— Muy bien, valiente. Mañana iremos a Southborough Lane Stables a ver si nos pueden alquilar un par de caballos.
— Ya… bueno, tengo un problema con eso —dije acordándome de que para ir a caballo se utilizan unas prendas especiales—, no tengo ropa para montar.
— Por eso no te preocupes, le diré a mi hermana que te preste algo suyo.
— ¿Tienes una hermana?
— Sí, somos una familia numerosa —se rió.

Unas luces naranjas me cegaron un momento, luego me di cuenta de que eran los faros del autobús que llevaba al centro. El chico, del cual aún no sabía su nombre, como todo un caballero me pagó el ticket y luego nos sentamos en unas butacas situadas al fondo del vehículo junto a la ventana.
No me había parado a pensar qué hora era hasta que pasamos por delante de un negocio que tenía un reloj digital instalado en la fachada. Las nueve y media. Había pasado ya una hora desde que había salido de casa y bueno, se suponía que ya debería estar viendo la película y según mis cálculos a las diez ya estaría fuera y tal vez cenando; por esa razón salí de casa sin comer nada. Y ahora, después de tanto andar y hablar empezaba a tener hambre y sed. Miré al castaño que estaba sentado a mi lado sin decir nada.

— Emm... como-sea-que-te-llames ¿falta mucho para llegar?
Se giró al oír cómo le había llamado.
— Mi nombre es Skandar —dijo sonriendo—, y no; el cine está justo al doblar esa esquina de allí —dijo señalando hacia el frente.
— Por fin sé tu nombre. Ahora ya sé con qué nombre ponerte en mi lista de contactos.
— ¿Y cómo te llamas tú?
— Llámame como quieras, porque si te digo mi nombre no lo pronunciarás bien.
— Tienes razón, además no soy muy bueno recordando nombres. ¿Te parece bien si te llamo Crypty?
— ¿Crypty? ¿Qué es eso? ¿Una marca de galletas?
— No. Pero crypt significa secreto o incógnita y cómo te he conocido a través de mensajes anónimos, creo que es perfecto.
— No está mal —le devolví la sonrisa; me pregunté cuando se cansaría de sonreír.

El autobús paró justo después de que los dos nos miráramos sonriendo como dos tontos. Justo delante de dónde nos había dejado estaba el cine. A esas horas no había mucha gente haciendo cola. Normal en un domingo por la noche, al día siguiente había que ir a trabajar. Nos acercamos a la entrada donde habían colgados todos los carteles de las películas que se estaban proyectando en las salas esa semana. Nos decidimos por una de comedia, a ninguno de los dos nos apetecía ver una de terror. Esta vez me negué a que pagara también mi entrada así que yo pagué lo mío. Subiendo las escaleras para ir a la sala dónde se iba a proyectar la película mis tripas hicieron un ruidito, quejándose de que el estómago estaba vacío.

— ¿Tienes hambre? —me preguntó Skandar aún con esa sonrisa que me estaba empezando a cansar.
— Sí. Es que no he cenado aún.
Miró el reloj que llevaba en su brazo izquierdo y luego volvió a fijar sus ojos en mí.
— Aún quedan quince minutos para que empiece, vamos a por algo de comer. Aunque sea solo para que aguantes hasta después de la película.

Fuimos a la tienda de golosinas que había en la planta baja. Los dulces no son algo que comer para cenar pero para que me llenaran un poco el estómago no estaban mal. Compré una bolsa de dulces para comerla entre los dos y luego subimos para sentarnos en nuestros asientos. Nada más entrar noté que se ponía tenso y no hacía más que mirar al suelo. Miré a mi alrededor por si había alguien que le intimidara, pero no noté a nadie "extraño". Ante tal duda le pregunté.

— ¿Qué te pasa?
— ¿A mí? Nada.
— Si claro, y yo como flores. ¿A quién has visto? Porque no te has puesto tenso porque haya el aire acondicionado encendido y tengas frío.

Miró hacia atrás con disimulo y luego me miró a mí.

— ¿Ves la chica rubia que está sentada entre el chico vestido de blanco y la castaña con gafas?
— Sí —dije mirando hacia atrás descaradamente.
— Pero disimula —me dijo medio gritando medio susurrando.
— Vale, vale —me volví a girar hacia delante—. ¿Qué es lo que pasa con esta chica?
— Me acosa —me miró y se puso serio cuando vio que me estaba aguantando las ganas de reír—, es muy grave, no es para que te pongas a reír.
— Lo siento, pero es que ¿tú te has oído? "Me acosa" —dije imitando su tono de voz—, ¿Cómo te va a acosar? Tú no se qué te fumas, pero estás muy mal.

— Yo no me fumo nada. Pero es verdad, me sigue a todos sitios y además tiene mi número de teléfono y me llama por la madrugada y me envía mensajitos. Un día me encontré en el buzón una foto mía hecha por ella y había escrito unos corazones con su nombre y el mío. Está pirada. Está ida de la cabeza, creo que la tendrían que meter en un manicomio o algo parecido. ¿Tú sabes lo que es no poder dormir por las noches?
— ¿No puedes dormir por miedo a que ella aparezca en tu casa?
— No. No duermo porque no para de llamarme y además mi hermano le sigue la historia. A veces se hace pasar por mí el muy imbécil.

Ahora sí, no puede reprimir la carcajada que antes me había guardado.

— ¿Y si intentas hablar con ella? Quizá te entienda y te deje en paz.
— Créeme que no hay nada que hacer.
— Después iré a hablar con ella.
— ¿Qué? Ni se te ocurra.

Me limité a sonreír y justo después dejé de verle. Las luces se habían apagado. La película estaba a punto de empezar.