Capítulo XI: Aceptar

Ikki se había ido de la misma manera que había aparecido, y Kanon volvió a envolverse en soledad. Pero por primera vez en su vida, la conocida soledad ya no dolía tanto.

Ese lugar estaba impregnado del cosmos de Defteros, y Kanon necesitaba saber más de aquél torturado guerrero. Necesitaba saberlo todo, para así poder aceptar de una vez por todas el pasado y mirar únicamente hacia el futuro. Sus ya más sosegados pasos le llevaron a deambular por las profundidades de la gruta, donde encontró esparcidas por el polvoso terreno unas ramillas de árbol y algunos troncos secos, con los que se apresuró a encender un fuego únicamente chasqueando los dedos. Seguidamente se sentó en el suelo frente al recién nacido foco de luz y calor, observando las llamas bailar, dejándose acariciar por el calor que le ayudaba a secar sus ropas, sus largos cabellos y también la parte más lóbrega de su alma. La luz que emitía el fuego iluminaba su rostro de manera deliciosa y espectral, y él se dejó embriagar por la calidez de ese pequeño hogar. Cerró los ojos, apoyando su cabeza contra la fría y áspera pared, y esperó que los sueños le contaran de aquél que una vez había albergado su alma.

Y allí apareció Defteros, vivo tras sus párpados cerrados, sentado en frente de él, calentándose a su vez con la única fuente de calor que la cueva podía conocer.

Kanon se volvió espectador de unas escenas que se habían vivido allí doscientos años atrás. Vio a Defteros, despojado por fin de esa asquerosa máscara, hipnotizado con el fuego mientras cocía algo parecido a un roedor que le serviría de cena, con la mirada perdida en él, concentrado en vete a saber qué, acariciando con su lengua sus salidos colmillos. Ya no había tristeza en su rostro, pero todavía quedaba un remanso de dolor, de culpa…

También volvió a sentir cómo la sumisión se convirtió en rechazo. Rechazo a los sentimientos, rechazo al contacto humano, rechazo a todo lo que puede bien alimentar un corazón. Se convirtió en un terrible ogro que atemorizaba a la población de la isla por despecho, evidenciando la lacerante infección de una herida que en Defteros nunca sanó: Defteros jamás pudo superar el hecho de haber asesinado a su hermano, el sabor de su propia sangre manchando su puño nunca pudo ser limpiada del todo. A pesar que Aspros lo manipuló como una marioneta, a pesar de olvidar su promesa, a pesar de todo lo que los condujo a destruirse mutuamente, un día habían sido hermanos. Y se habían amado y protegido, aunque fuera sólo en los recuerdos de la infancia.

Hasta que apareció él...el oro. Y con él, el miedo a que éste fuera seducido por las sombras.

El torrente de imágenes y sentimientos que invadían a Kanon era imparable. En una nueva oleada de recuerdos vio un encuentro fortuito con Shion, aún adolescente, recién estrenado como Caballero de Aries. Un Shion lleno de vida y bondad, un Shion que sintió incomprensión y repugnancia ante la orden que decretaba mantener el rostro de Defteros oculto. Un Shion que siglos después fue Patriarca y permitió que el mismo error se repitiera por segunda vez. Aunque irónicamente tuvo un pequeño detalle que marcó cierta diferencia, pero no menos dolorosa: cambiar la máscara por el destierro. Y aquí Kanon supo porqué siempre había sentido aversión hacia Shion. Porqué algo muy profundo en sus entrañas lo empujaba a odiarle, hasta el punto de proponerle a Saga asesinarle. Shion siempre fue cobarde, no fue capaz de desafiar a las estrellas, no se atrevió a salir del camino que éstas diseñan. Y el alma de Defteros esta vez no perdonó. Se alzó en rebeldía e hizo que Kanon, con apenas quince años de edad, se enfrentara a Saga, flirteara con Poseidón, reivindicara que su nombre fuera conocido, aunque no por haber vestido el oro, sino por haber intentado destruirlo.

Kanon tenía los dientes tan fuertemente apretados que la mandíbula le dolía. Con rabia y dolor abrió los ojos y los clavó a la armadura de oro que tenía frente a él. Su respiración estaba acelerada, notaba como el odio le volvía a recorrer las venas como un veneno que se esparce lentamente, y en ese momento odió de nuevo la armadura de Géminis. Y ella lo supo, e intentó transmitirle que no tuvo elección. Que cuando pudo defendió a Defteros, que lo acompañó hasta su muerte...Que ella sí desafió a las estrellas.

A través de sus ensueños de pasado, Kanon descubrió que la armadura de Géminis había vivido por dos años en esa cueva, esperando con paciencia que su nuevo protector decidiera vestirla, mientras Defteros se revolvía en remordimientos, volviéndose cada vez más fuerte, más aterrador, más temido y solitario.

Aunque nunca estuvo solo del todo.

Pese a todo, tenía un amigo. Un caballero dorado que no se cansó de hacerle visitas al volcán hasta que su presencia fue aceptada. Un dorado con el que forjó una profunda amistad tras las bambalinas de la Sexta Casa cuando aún quedaba algo de inocencia y esperanza en su maltratado corazón. Asmita de Virgo, a quién, tiempo después, Defteros echaba en cara lo sucedido con Aspros, a quién culpaba por no haber hecho nada para evitar el desastre. Por no haberle prevenido acerca de la emboscada que le preparaba bajo las órdenes del Patriarca Sage. Defteros culpaba a Asmita de la muerte de Aspros tanto como a él mismo. Pero Asmita insistía. Se negaba a perder probablemente la única persona cercana que había encontrado en el Santuario. Eran antagónicos, pero iguales al mismo tiempo. Defteros vivía escondido en las sombras. Asmita vivía escondido detrás de las dudas que lo carcomían en todo momento. Vivía en busca de una verdad que no era tan simple de descifrar. Porqué nunca había habido verdad absoluta.

Asmita no desistía en su empeño de visitar a Defteros con frecuencia, aguantaba improperios y malas actitudes, insultos y desaires, golpes y ataques propinados a través de la rabia contenida, y nunca hacía nada para evitarlo. Lo aceptaba como parte natural de lo que estaban viviendo. Como si Asmita también se ofreciera a recibir el castigo que creía merecer. Y esperó. Esperó que llegara el momento en que sus visitas ya no fueran odiadas, sino esperadas. Los vio a los dos juntos frente al fuego, compartiendo los tés que Asmita traía de su templo, hablando, reflexionando, aceptando, y de vez en cuando, riendo. Y Kanon supo con abrumadora certeza que esos dos hombres siempre se amaron. No sabía descifrar cómo, pero supo que se amaron. Quizás sencillamente sentían un profundo sentimiento de amistad que les unió más allá de la tragedia. Quizás se amaron como lo hacen los amantes, en cuerpo y alma. Y por fin Kanon comprendió porqué se sintió sosegado en el templo de Virgo cuando huía de la máscara que lo amenazaba en la Casa de Géminis. Porqué el templo de Virgo lo cobijó en ese momento como nunca lo había hecho el de Géminis. Quizás el poco cosmos de Asmita que aún transpiraban los fríos y solitarios muros de Virgo le dieron la señal que las respuestas las encontraría en la Isla de Kanon. No fue el cosmos de Shaka, no…Siempre fue Asmita, el caballero ciego de nacimiento. El caballero incomprendido, despreciado, y juzgado sin juicio. El caballero al que nunca ninguno de sus compañeros de armas se dignó a conocerle. El caballero que se sacrificó en soledad sin que nadie pudiera elegir acompañarle o detenerle.

Una tímida lágrima emergió de nuevo, luchando por abrirse paso al tiempo que Kanon luchaba para deshacerse del nudo que se había estrechado en la garganta.

En esas vívidas imágenes había percibido un sentimiento de profundo respeto. Y amor. Algo que él siempre se había privado de sentir.

...

Habían pasado unos cuantos días desde que Kanon había llegado a la isla. Poco a poco había ido asimilando todo lo que esas rocas volcánicas le transmitían. Había conocido toda la historia de Defteros y Aspros, había sufrido con ella, había vuelto a experimentar todo un torrente de emociones negativas que lo transportaron al más bajo de los infiernos, pero también había experimentado el perdón, la gratitud y el amor.

El sol había tostado su piel, su cuerpo lucía semidesnudo, cubierto únicamente por sus pantalones, y su cabello, desaseado completamente, le daba el aspecto de una bestia encolerizada.

Y finalmente había llegado el momento: Kanon debía volver al Santuario. Pero no lo iba a hacer sirviéndose de su poder, todavía ó bajar al pueblo por su propio pie. Si aquella gentuza había temido a un viajero sólo por relacionarlo con una leyenda, ahora lo iban a temer con razón. Se iba a dar el gusto de jugar un poco con ellos. Lo justo para que experimentaran el verdadero terror.

Al pensar eso no pudo reprimir una sonrisa maliciosa y llena de picardia, una sonrisa que por fin iluminó su rostro. Recogió sus pocas pertenencias, se prendió uno de los pocos cigarrillos que se había racionado y cargó bajo su brazo una gran piedra que debía descansar sobre otras tierras.

La aldea esperaba...y la media sonrisa del ogro ya anunciaba su llegaba.

#Continuará#