Disclaimer: Este fic es una adaptación de la Novela homónima de Elizabeth Rolls, con los personajes de la gran Stephenie Meyer.
Capítulo XI:
A pesar de que estaba encantada de tener al capitán Black como compañero de mesa, tener a sir Riley al otro lado era una tortura. Había aprovechado la primera oportunidad, para aproximarse a ella y asegurarle que había olvidado su pequeño malentendido.
—Sin duda alguna, os dejasteis engañar por las atenciones de Cullen —dijo bajando la voz, ignorando lo desagradable que le resultaba—. Vos no sabéis cómo, un tipo de su categoría ve las cosas.
Isabella tomó una cucharada de sopa de tortuga, que de repente le sabía muy especiada. ¿Acaso nunca se daría por vencido? Desesperada, pensó que le iba a hacer falta más que palabras, para convencerlo de que nunca se casaría con él, ni con ningún otro. Le sería imposible entregarse a otro hombre, que no fuera Cullen.
Isabella trató de entablar conversación con alguno de los otros comensales, consciente de que lady Esme estaba más atenta a los comentarios de sir Riley, que a lo que estaba contando lord McCarty.
Lord McCarty era encantador, pensó Isabella. Era todo un caballero y sólo tenía ojos para su esposa. Lo había conocido aquella noche y su amabilidad y buenos modales, le habían impresionado. Rosalie era una mujer con suerte.
Con lady Esme se estaba esmerando, bromeando con la anciana acerca de un antiguo escándalo de la familia, asegurándole que el secreto estaba a salvo con él.
—Lo único que puedo decir es, que me alegro de que Rosalie os mantenga a raya —dijo lady Esme y se giró hacia sir Riley—. ¿Cómo os va, Biers?
Era consciente, de que sir Riley estaba incomodando a Isabella. La muchacha parecía a punto de explotar.
Aliviada, Isabella se concentró en su plato. Luego, se encontró con la cálida sonrisa de Jacob Black y se la devolvió.
Desde el otro lado de la mesa, Cullen advirtió la dulzura de su sonrisa hacia Jacob. Su corazón se encogió. No soportaría verla casarse con Jacob, aunque era preferible a que lo hiciera con Biers. Al menos Jacob sería un marido cariñoso. Pero, no era asunto suyo con quién decidiera casarse Isabella.
Completamente ajeno al hecho de que, su anfitrión, estaba considerando la idea de hablar con él a solas, Jacob Black estaba entregado a la tarea de entretener a la señorita Swan. Estaban hablando de los castigos que habían sufrido en sus años de infancia y, de vez en cuando, reían con ganas. La ocurrencia de Isabella de que Alec hiciera las cuentas domésticas, después de su última travesura, impresionó a Black.
—Qué buena idea, señorita Swan. Estoy convencido de que aprendió la lección.
—Así es —convino Isabella—. Además, he de reconocer que lo hizo mucho mejor que yo. Incluso Renée, su institutriz, lo dijo.
—Un niño necesita un hombre del que aprender —intervino sir Riley—. Pronto me ocuparé de que así sea.
Justo en el momento en el que hacía aquel comentario, todo el mundo se quedó en silencio.
Isabella se sonrojó. Todos los ojos de la mesa se posaron en ella. No había nada que pudiera decir para rebatir lo que acababa de afirmar sir Riley, sin resultar descortés.
A Edward no le agradó lo que acababa de escuchar. Enseguida reparó en que el vicario se agitaba en su asiento, consciente de que sus servicios iban a ser necesitados. Tenía que detener a sir Riley, antes de que obligara a Isabella a rechazarlo en mitad de la cena. A pesar de la costumbre de que la conversación tenía que hacerse con las personas sentadas a derecha e izquierda, dirigió una mirada gélida a sir Riley.
—Sir Riley, pensé que había quedado claro que no se os concedería esa o cualquier otra licencia.
Sus palabras eran una advertencia encubierta. Lady Esme lo miró mientras se llevaba una cucharada a la boca. A punto estuvo de romper a reír. Nunca antes había visto a su sobrino tan enfadado. Tal y como había imaginado, había olvidado completamente sus modales.
Edward continuó hablando con lady McCarty, consciente de que había hecho mal. No se atrevía a mirar a Isabella. Si lo hacía, era capaz de declararse allí mismo, delante de todos. ¡Maldita tía Esme! Seguro que había planeado todo aquello.
Isabella no sabía si estaba más horrorizada, por la licencia que se había tomado sir Riley o el modo en que Cullen le había parado los pies. Lady Tanya y su madre no dejaban de mirarla.
Mientras sir Riley demostraba un gran interés en su cena, el capitán Black se dirigió a Isabella con voz queda.
—Eso ha sido una tontería. Edward carece de tacto —dijo—. Será una sorpresa, si alguna mujer de su posición acepta casarse con él.
Aquellas últimas palabras las dijo en voz tan baja, que sólo pudo oírlas ella.
Isabella tragó saliva.
—No sé por qué me decís una cosa así, pero…
—Porque tengo tan poco tacto como él, querida. No permitáis que estos pequeños contratiempos os afecten, señorita Swan. Las únicas personas que pueden molestarse no cuentan. Tenéis mi palabra.
Aquellas dos personas habían entrado en cólera, ante la muestra de interés de Cullen por la señorita Swan. Lady Denali estaba furiosa. ¿Cómo se había atrevido a invitar a su amante a una cena, estando presente su hija? Por no mencionar que la situación estaba clara para todo el mundo.
Lady Tanya no estaba menos disgustada que su madre, pero su enojo estaba mitigado por la idea de que si Cullen tomaba a la señorita Swan como amante, eso la salvaría de tener que compartir su cama, más de lo necesario. Alzó la mirada y se encontró con los ojos de Cullen. No pudo reprimir un escalofrío, al recordar las libertades que se había tomado con su persona.
Aquella reacción no pasó desapercibida para Edward. Había perdido el control. ¿Cómo iba a compartir su cama con aquella mujer, si acababa casándose con ella? Sorprendido, se dio cuenta de que, por primera vez, empezaba a tener serias dudas acerca de aquel matrimonio. De repente, la idea de casarse con Isabella le resultaba más aceptable.
Poco a poco, mientras comía, fue convenciéndose de que no podía casarse con Tanya Anstey. Pero estaba a punto de declararse. ¿Cómo demonios iba a salir de aquel aprieto? Tenía que haber una manera. Una cosa era un matrimonio de conveniencia y otra, pasar el resto de su vida con una mujer que había dejado bien claro, que sería una tortura compartir su cama con él.
¿Cómo había podido hacer aquella advertencia a Biers? Sólo había pretendido borrar aquella expresión de desagrado del rostro de Isabella, pero lo único que había conseguido había sido empeorar las cosas. Durante el resto de la cena, tan sólo se dirigió a lady McCarty y a lady Denali, agradecido por la presencia de Jacob Black junto a Isabella.
Lo cierto era que Isabella parecía estar muy a gusto con Jacob, lo que le resultaba insoportable. La observó de soslayo, mientras se retiraba el primer plato y se servía el segundo. Parecía haberse recuperado de su bochorno y estaba charlando relajadamente con Jacob, mientras lady Esme mantenía ocupado a Biers.
Lady Denali comentó que el guiso de venado era excelente y Cullen sonrió. Era demasiado astuta para mostrar su indignación. Lo último que quería era que pensara, que su propuesta de matrimonio no sería aceptada. Era muy importante que Tanya se casara con Cullen. Si volvía a Londres sin compromiso, lady Denali sería el hazmerreír de todas sus amistades.
Así que continuó halagando al cocinero de Cullen.
—No puedo imaginar cómo conseguís convencerlo, para que os acompañe al campo.
Edward sonrió con cortesía.
—Está muy bien pagado, lady Denali. Hay algunos servicios que requieren un buen dinero y tener un cocinero francés, es uno de ellos.
—¡Desde luego! —convino lady Denali.
Desvió la mirada hacia la señorita Swan y se preguntó, cuál sería el precio de los servicios de aquella fresca.
Siguiendo su mirada, Edward frunció el ceño al caer en la cuenta de lo que debía de estar pensando. Sintió un arrebato de ira al reparar en que alguien pudiera pensar, que se estaba aprovechando de una muchacha desvalida como Isabella. Aquello lo dejó sin palabras. Además, era un insulto hacia Isabella. Un insulto que él había propiciado.
En aquel preciso instante, Isabella miró hacia el otro extremo de la mesa y se encontró con la mirada penetrante de lady Denali. Cullen también la estaba observando, como si lo hubiera ofendido. Lentamente, dejó el teMichaelor en el plato. Incapaz de evitarlo, sostuvo su mirada. Parecía confusa y herida. Temblorosa, bajó la mirada y se las arregló para fingir interés, hacia lo que Jacob Black estaba diciendo.
Edward leyó el dolor en su rostro y vio cómo se giraba, en busca del amparo de Jacob. ¿Acaso no iba a dejar de causarle dolor? ¿Cómo demonios iba a soportar aquello? Nunca había sentido aquella clase de pasión. Deseaba protegerla, quitarle todas las cargas y asegurarse de que no volviera a mirar a ningún otro hombre. Y lo único que hacía era herirla, obligándola a buscar el consuelo en uno de sus mejores amigos.
El amor parecía confundirlo todo. No podía pensar con claridad, porque la deseaba demasiado. Incluso sentía un tipo de deseo diferente. En el pasado, el placer había sido el principal objetivo de sus aventuras. Por eso, siempre se había asegurado de acostarse con mujeres experimentadas, que tuvieran la habilidad suficiente para satisfacer a un hombre.
Isabella habría sido diferente, pensó desesperado.
Habría sido como hacer el amor por vez primera. Ahora deseaba dar placer y no sólo recibirlo.
—¿Lord Cullen?
La cálida voz de Rosalie, le hizo regresar de sus pensamientos.
Él la miró aturdido.
—Disculpadme. ¿Qué estabais diciendo?
—Vuestra tía me está indicando, que ha llegado la hora de que las mujeres se retiren al salón —dijo.
Edward miró a lady Esme, que sonreía con malicia a su amiga.
—Decidle a la señorita Swan, que necesito hablar con ella en privado y que luego haré que alguien la lleve a su casa. ¿Haréis eso por mí?
Tenía que disculparse con ella y no podía hacerlo, en una habitación llena de gente.
Rosalie lo miró, entornando los ojos.
—Confío en que veléis por su reputación.
Edward parpadeó. Nunca antes, había escuchado un desafío como aquél en boca de una mujer. Antes de que pudiera contestar, Rosalie contestó a la señal de lady Esme y se levantó de su asiento, para abandonar el comedor y dejar que los sirvientes llevaran los decantadores de oporto y brandy. Los caballeros se levantaron y esperaron a que las puertas se cerraran tras las damas.
Al volver a sentarse, Edward decidió que no estarían mucho tiempo tomando los licores. Para empezar, la presencia del vicario ponía límite a las típicas historias subidas de tono, que solían contarse en aquellas reuniones. Además, no tenía estómago para ellas.
No habría soportado escuchar aquellos cuentos sobre mujeres, mientras pensaba en cómo había faltado a Isabella. Su amor por Isabella Swan, había evitado que la sedujera. No era su vulnerabilidad la que lo había detenido. Estaba claro que era porque se había enamorado locamente de ella, aunque hubiera sido tan estúpido como para no darse cuenta antes. Un sentimiento intenso y profundo, había impedido que cometiera algún acto que perjudicara su buen nombre. Se lo explicaría y luego dejaría que se fuera.
En el salón, Isabella se había acomodado frente al fuego. Lady Tanya y su madre estaban comentando, con insolencia, la insinuación de sir Riley.
—¿Debemos daros la enhorabuena, señorita Swan? —preguntó lady Tanya, con cierto tono jocoso.
—Sir Riley siempre se ha preocupado por Alec y me ha ofrecido sus consejos —replicó Isabella, con tranquilidad—. No creo que eso sea motivo de celebración.
Lo cierto era, que le hervía la sangre por aquel comentario.
—¡Qué lástima! Pensé que se refería a otra cosa —dijo lady Denali—. Pero estoy convencida de que, sir Riley, sería el hombre perfecto para vos. Mucho mejor que Cullen —sonrió, triunfante.
Isabella se quedó pálida de ira y abrió la boca para decir algo, pero lady Tanya intervino antes.
—Estoy de acuerdo. Aunque me atrevería a decir, que la idea del matrimonio nunca se os ha pasado por la cabeza.
—Así es —dijo Isabella—. Me temo que los ejemplos que veo, en mujeres desesperadas por cazar un marido, las estratagemas que usan y la insolencia de sus comportamientos, me han hecho decidirme por dejar los planes de boda para otras.
—Bien dicho, señorita Swan —dijo una voz delicada—. Hay muchas mujeres que están deseando a toda costa casarse.
Isabella se giró sorprendida y se encontró con Jessica Newton, que le guiñó un ojo.
—No pretendía…
—Por supuesto que no —la tranquilizó Jessica—. Sólo una mente perversa, habría malinterpretado vuestras palabras. Ahora, venid y explicadnos a Rose McCarty y a mí, cómo hay que criar a un niño. Está desesperada por darle un heredero a McCarty. Y yo estoy esperando algo muy interesante para el invierno y me vendría bien algún consejo.
Nada más decir aquello, tomó a Isabella del brazo y se la llevó, dejando a lady Denali y Tanya impresionadas por su insolencia.
—¡Pero bueno! —exclamó lady Tanya con desagrado.
—Tranquila, querida —dijo su madre—. Qué desagradable. ¡Vaya un modo de dar una noticia! ¡Y con ese vestido! Son tal para cual. No sé cómo los Newton consintieron ese matrimonio.
Consciente de que estaban hablando de ella a sus espaldas, Jessica sonrió.
—Ya estás en mejor compañía, querida. Eso les dará tema de qué hablar y se olvidarán de la falta de diplomacia de Cullen.
—¿Estáis…? —comenzó Isabella, pero su timidez le impidió acabar la pregunta.
—Por supuesto —dijo Jessica con una sonrisa—. Pero todavía no se lo he dicho a Michael. Lo haré esta noche. Rose me contó la ilusión con la que Emmett se tomó la noticia. Sin duda, Michael sentirá lo mismo.
Rosalie y ella conversaron con Isabella, acerca de las travesuras de los niños, hasta que los caballeros se les unieron.
Cullen buscó con la mirada a Isabella, tan pronto cruzó el umbral de la puerta. Allí estaba. Se sintió aliviado al verla con Jessica y Rosalie. Deseaba acercarse a ella, pero se dio cuenta de que la esposa del vicario necesitaba ayuda.
Lady Denali y Tanya estaban hablando, con la paciente señora Henshaw, acerca de la mejor manera de que un párroco rural mantuviera a sus fieles en la senda de la virtud. La señora Henshaw nunca había reparado, en el buen trabajo que Lucius y ella estaban llevando a cabo. Al ver que su señoría se unía al grupo, sonrió con satisfacción, especialmente cuando comprobó que era el centro de sus atenciones.
—Decidme, señora. Acerca del sermón que vuestro marido dio el domingo pasado sobre la fe, ¿alguna vez vuestras oraciones se hacen realidad?
—A veces, milord —respondió nerviosa—. Y siempre de la manera más inesperada.
—Le estaba explicando a la señora Henshaw, la importancia de los miembros del coro, que han de estar libres de todo reproche. Hay que ser cuidadoso y no perdonar los pecados.
—Por supuesto —convino la señora Henshaw y aprovechó para cambiar el tema de la conversación—. Y hablando de música, estoy segura de que lady Tanya tiene un gran talento. Si no fuera demasiada molestia…
No se le había ocurrido otra forma, para conseguir que lady Denali se callara.
Lady Esme estaba hablando con Rosalie.
—Estupendo —dijo, al oír la propuesta de la señora Henshaw—. Un poco de música no nos vendrá mal.
Tanya se mostró encantada, de poder mostrar sus talentos. Había estudiado con los mejores maestros y tocaba el piano con gran destreza. Eso le recordaría a Cullen sus habilidades. Seguramente, la señorita Swan no tendría dotes musicales. Después de todo, el instrumento que tenía en su salón era un viejo clavicordio.
Mostrándose reticente, se acercó al instrumento y se sentó. Enseguida empezó a tocar.
Su representación fue extraordinaria, pensó Edward. La ejecución fue perfecta, pero había algo que se echaba de menos, una chispa que pudiera dar vida a la música y al instrumento. Al final, aplaudió y asintió, cuando lady Denali le murmuró al oído que el gusto de Tanya era irreprochable.
Lady Tanya se puso de pie y sonrió, aceptando el aplauso como si fuera su obligación. Le habría gustado continuar con su demostración, pero lady Esme tenía otros planes.
—Muy bien —dijo la anciana y, al ver que hacía amago de sentarse de nuevo ante el piano, rápidamente añadió—. Lady McCarty, vos también tocáis muy bien.
Rosalie no se molestó en decir que nadie querría escucharla. En vez de eso, sonrió a lady Esme y se fue directa al piano. Sus dedos danzaron unos segundos, sobre el instrumento para comprobar el tono.
Luego se detuvo y se giró hacia su audiencia.
—Beethoven. La Appassionata.
Y sin más preámbulo, empezó a tocar.
Isabella no había escuchado nunca tocar así. La música que sonaba bajo sus dedos, tenía un poder que despertaba los sentidos.
En cuanto Rosalie empezó a tocar, Edward reconoció lo que había echado de menos en la actuación de Tanya: pasión. Para Tanya, la música era un modo más de mostrar sus encantos. Para Rosalie, era el modo de entrar en otro mundo, en el que la pasión y los sentimientos eran primordiales, para transportar hasta allí a su público con ella.
Al final, se hizo un silencio en el que Edward miró a Emmett McCarty. Su viejo amigo miraba admirado a su esposa, que seguía sentada al piano ajena a los aplausos. Estaba sentado al borde de su silla y Edward pensó que, aquella noche, Rosalie McCarty no iba a dormir demasiado.
Edward tragó saliva. Sabía cómo se sentía Emmett. Isabella estaba sentada a pocos metros de él. Sus mejillas estaban encendidas por la emoción y unas lágrimas asomaron a sus ojos, mientras contemplaba a Rosalie McCarty.
Lady Esme estaba mirando a Rosalie, con la cabeza ladeada.
—Creo que ahora deberíamos escuchar una canción —dijo y miró directamente a Isabella—. Venga, señorita Swan. Deben saber que canta como los ángeles.
Por un momento, Isabella pensó que iba a morirse ante las miradas de todos los presentes, pero la alegre mirada gris de Rosalie la animó. Isabella se levantó y se acercó al piano, sin la menor idea de lo que iba a cantar.
Rosalie empezó a tocar la melodía de la canción, que le había enseñado el día en que se habían conocido.
Isabella se quedó de piedra. No podía cantar aquella canción, delante de Cullen. Sus ojos se encontraron con los de Jacob Black, que la miraba con su amable sonrisa en los labios. Discretamente, asintió con la cabeza. De pronto pensó que, de aquella manera, podía decir lo que sentía sin avergonzarse. No era ella la que había elegido la canción. Si Cullen se daba cuenta, podía pensar lo que quisiera. Si no lo entendía, no había nada que temer.
Isabella respiró hondo y empezó a cantar.
Edward escuchó paralizado. El corazón le latía con fuerza. Con la letra de la canción, le estaba diciendo que su corazón era suyo. Se le estaba declarando en cuerpo y alma. De acuerdo con su forma de ser, se había atrevido a decirle lo que sentía, con la confianza de que sus sentimientos no eran recíprocos. Parecía segura de que sería rechazada. Isabella había hecho lo que él temía hacer.
Al terminar la canción, se quedó mirándola incrédulo, mientras ella observaba a Rosalie tocando las últimas notas. En aquel momento, estaba seguro de una cosa: Isabella Swan era suya. No podía proponerle matrimonio a Tanya. Le daba igual, si se producía un escándalo.
Isabella se dio cuenta de que había una ardiente mirada fija en ella, mientras agradecía los aplausos. Con timidez, miró a Cullen y se ruborizó al encontrarse con sus ojos. Era el único que no aplaudía y lo que vio en su expresión le hizo tragar saliva. Le había declarado su amor abiertamente y él se había dado cuenta. Lo que fuera a hacer a partir de ahora, Isabella no lo sabía.
—¡Ya era hora! —dijo lady Esme, entre dientes.
Media hora más tarde, se sirvió el té. Hasta entonces, la conversación había girado en torno a la música.
—Ha sido maravilloso —dijo Jessica—. ¿Dónde aprendisteis esa canción?
Se quedó encantada con la explicación de Isabella.
—Preguntaré a mis sirvientas si la conocen —dijo guiñándole un ojo a Rosalie—. Puede que no tenga buena voz, pera sé reconocer una buena canción cuando la oigo.
—Una canción de sirvientas —dijo lady Tanya a su madre—. La melodía no está mal, pero la letra… Seguro que el origen está en esos sentimientos tan vulgares que expresa.
—Estoy de acuerdo, querida —convino lady Denali—. Creo que son demasiados elogios para una persona de gusto y talento mediocres. No me agrada Beethoven. Después de todo, era partidario de ese monstruo de Bonaparte.
—¿Vulgar? —preguntó, una voz profunda desde detrás de ellas—. ¿Os parece que el amor es un sentimiento vulgar, lady Tanya?
Lady Tanya se giró y se encontró con los ojos de lord McCarty.
—Creo que personas de nuestra clase social, no deberían dejarse llevar por sentimientos tan intensos. Hay algo indecoroso en tales cosas, bien sea genio, intenso dolor o amor.
McCarty asintió.
—Entiendo. Bueno. Nunca pensé que fuera un hombre tan vulgar. Pobre Rose, ahora no querrá saber nada de mí. A menos que… A menos que ella también se sienta vulgar. Teniendo en cuenta que ha elegido a Beethoven, quizá todavía haya algo de esperanza para este pobre marido —y con una sonrisa, dejó sin habla a las dos mujeres.
Lord Sam Uley estuvo a punto de echarse el té encima, al oír aquel comentario.
—Cielo Santo, McCarty. ¿Qué pretendes? ¿No te das cuenta de que Cullen, está a punto de proponerle matrimonio?
—¿Quieres hacer una apuesta? —preguntó, arqueando las cejas.
—¿Una apuesta? —repitió lord Sam—. Deberías saber que no hago ese tipo de apuestas.
—Estoy seguro de que, Cullen, no se casará con Tanya Anstey —dijo McCarty.
Lord Sam lo miró desconcertado.
—Mira, Sam —continuó—. Cullen no es tan tonto —añadió y fue a sentarse junto a lady Esme.
Ella le ofreció una taza de té, que él aceptó agradecido.
—Confío en que estéis satisfecha del resultado de la velada.
Sorprendida, lo miró interrogante.
—¿Qué os ha contado Rosalie?
McCarty sonrió.
—Tan sólo, que contabais con ella para impedir ese matrimonio. No me dijo nada más, aparte de preguntarme si a Edward le gustaba la música. A eso hay que añadir, lo que sé de Edward y mi capacidad de observación.
—Siempre fuisteis muy listo. ¿Cómo ha podido Edward ser tan estúpido como para considerar… Bueno. Supongo que fue culpa mía. Nunca debí mencionarle la palabra deber. Pero creo que lo hemos conseguido, con ayuda de la dama en cuestión. Ahora, sólo queda comprobar si tiene la cabeza suficiente, para declararse a la mujer adecuada.
Las carcajadas de McCarty llamaron la atención de su esposa, que estaba hablando con Isabella.
—¡Cielo santo! Lady Esme ha debido de decir algo muy divertido —dijo y volvió a girarse hacia Isabella—. Me ha pedido que te diga, que se ocupará de que alguien te lleve a casa en uno de sus carruajes.
En aquel momento, sir Riley las interrumpió.
—He pedido mi carruaje, señorita Isabella. Nos iremos en breve.
Isabella lo miró.
—Oh, ¿vinisteis con el vicario y la señora Henshaw? No lo sabía. Buenas noches, sir Riley.
Su irritación era evidente.
—Os llevaré a casa, señorita Isabella. Quisiera hablar de algunos asuntos con vos.
—Vuestra manera de hablar de las cosas, me resulta repugnante —dijo Isabella—, y no estoy dispuesta a soportarlo más, sir Riley. Mi opinión sobre ese asunto sigue siendo la misma. No necesito de vuestros consejos. Buenas noches —y antes de irse, añadió—. He tratado de respetar vuestros sentimientos, a pesar de que vos habéis ignorado los míos. A menos que queráis que lo diga más claro, espero que os olvidéis del tema.
Rojo de ira, se dio media vuelta y se despidió de los anfitriones.
—¡Dios mío! —exclamó Rosalie, visiblemente impresionada—. ¿Siempre rechazas ofertas de una manera tan rotunda?
—Espero que, al menos, le haya quedado claro.
—Sin duda alguna. Aunque se lo merecía —dijo Rosalie.
Confiaba en que la señorita Swan, no respondiera a lord Cullen de la misma manera.
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Me asombra mucho como pensaban las mujeres en aquella época... ¿Dónde quedaba el amor? ¿De que disfrutaban? Es solo un pensamiento...
Solo quedan 4 capítulos!
