Capítulo 11: Amor Mutante

—Rex, yo...— Laumy no sabía realmente que decirle; demasiadas sorpresas para un solo día. Eran dos pero sorpresas al fin.

—¿Qué dices, nena?¿Me dejarías ser el primer hombre que te haga sentir mujer completamente?— Rex preguntó adorando el brillo en los ojos de su chica, no sabía si era de miedo, de nervios o de sorpresa. —Sé que es un poco apresurado y quizás te haya asustado mi propuesta pero... quiero que me dejes demostrarte lo que siento, es algo que es sincero y deseo concretar contigo porque te amo, nena.— confesó tiernísimo.

—Rex...— musitó la joven castaña nerviosa aun sin saber bien que decir.

—Sé comprender si me niegas. No te obligare a nada si no te sientes preparada.— un frente de comprención salió de sus morenos labios al mismo tiempo que se confesó con sinceridad y lleno de sentimientos.

—¿De verdad lo deseas?— la chica cuestionó brindándole una mirada dulce corriéndole un pequeño mechón de la frente de su chico.

—Nunca hable más en serio en mi vida.— dijo Rex con aterciopelada voz, algo que conmovió a la chica. —¿Aceptas?— preguntó con dulzura logrando que ella lo deslumbre con su modesta y tierna sonrisa.

—Si me lo pides.— la joven objetó con deliberada afabilidad, recorriendo su vista en las divinas sombras del rostro de Rex que contrastaban a la perfección con su tono de piel.

—¿Me dejarías hacerte el amor y convertirte en mi mujer?— Rex pidió no pudiendo ser más dulce y con ojos llenos brillo.

—Sí.— Laumy susurró con emoción y ternura a la vez; aun no caía, aceptó casi llorando por la dulzura que le transmitió en palabras el joven moreno.

Se acercaron... Mirándose como si fuera la primera vez que se veían. Repitiendo la misma escena que todos los enamorados hacen en un momento así. Pero todo con un tono más de inocencia. Parecieron dos chicos chiquitos que se amaban en secreto buscando dar ese primer beso casto y lleno de ternura.

Laumy sintió como el joven arrimó la mano izquierda a un costado de su rostro acariciando el mismo, haciendo que esa caricia dure lenta y dulcemente mientras lo observaba y sonreía entre besos cortitos con ternura, en cada contacto pudo oír como los latidos de su corazón galopaban con desesperación contra su pecho anunciando un mágico momento con el muchacho.

Rex necesitaba unir sus labios con los suyos. "Es tan linda, tan bella, tan hermosa... Tan dócil y fuerte a la vez...", pensaba Rex... Una personalidad única que lo volvía loco y si no la besaba pronto como él quería no se iba a controlar por mucho tiempo.

Unos minutos después...

Canción: Hazme

Autor: David Bolzoni

Estaban arrodillados sobre la cama. Laumy había dejado caer su largo cabello hacia adelante para cubrir en parte su semi desnudez. Rex miraba a Laumy como si fuera su más valioso tesoro y esta a su vez con su mirada trataba de decirle todo lo que con palabras no le podía decir.

Rex se acercó a ella, corrió esas dos cascadas castañas para deleitarse más con el contacto directo y acariciar su cuerpo como si fuera de porcelana. Transmitiéndole con cada paso de sus manos en su piel y con cada beso lento y tierno las ganas que tenía de hacerla suya, sin remordimiento, porque ella así lo deseó.

Buscaba su boca; los besos empezaron a tomar color por parte de Rex y la chica aún no se atrevía a pasar a la fase de profundizar sus besos y sólo lo hacía de una forma aniñada, una manera que a él le encantaba, lo desesperaba pero debía conseguir esa sensación de goce completo. El joven humedeció su boca y le enseñó a besar como se debe, necesitaba hacerlo, era una muestra más pasional y disfrute para los dos.

La joven fue acostumbrándose a ese dulce vaivén dentro de su boca y el joven poco a poco fue recostándola en la cama acariciándola con suma dulzura e intensidad. Tomando iniciativa, seducido por su hermosa EVO y la suave música que se escuchaba de un pequeño y cercano estéreo arrinconado. Una canción elegida especialmente por él.

De un momento a otro se encontraron cara a cara. Devorándose con la mirada y ardiendo de deseo con cada una de ellas. Estaba sucediendo. Lo que más anhelaba por compartir con ella se estaba cumpliendo.

El remolque estaba escasamente iluminado por el brillo lunar. Eso daba más intimidad... más adrenalina.

Él se encontraba encima de ella besando su cuello a una lentitud desesperante. Haciéndola suspirar placenteramente por los constantes toques de su boca en esa sección. No eran furiosos y picantes, eran dulces y llenos de amor. Demostraban lo que él sentía.

—Es tan lindo lo que nos está pasando...— mencionó el muchacho en un dulce ronroneo besándole la base del cuello ocasionando que rayas lilas de neón aparecieran en ella en aquella zona junto con el ya conocido sonido de sus nanites, un cosquilleo delicioso.

—Sí...— ella susurró con sumo placer mientras ardía con cada célula de su piel y abrazándose la espalda del joven que también se iluminó con líneas azules accionando ese típico sonido. —Demasiado.— pronunció cerca de su oído un poco agitada por los besos de Rex en su cuello derecho.

—Te amo, Laumy.— susurró Rex cariñosamente cuando ella cerró los ojos, el muchacho prosiguió a entrelazar sus propias manos con las de ella; en una de ellas donde relucía ese precioso anillo, eso sí que iba a ser con mucho amor.

—Te amo, Rex.— la joven transmitió con una suave sonrisa a la vez que los labios de Rex se establecían en sus mejillas complaciendo a ambas con igual amor.

"Te amo, te siento, te vuelvo a sentir

y en cada segundo me enamoro de ti."

Guiándose por la luz de la luna que bañaba sus cuerpos exclamando hacerse uno; la memorizaba táctilmente. Podía sentir como cada parte de su cuerpo quemaba de sólo rozar su piel semi desnuda con la suya. Las expresiones de Laumy disfrutando el cariño del joven eran suaves, lo incitaban a continuar lo que iniciaron.

Ahora no había marcha atrás. Cada caricia, cada beso y un principio de respiraciones irregulares daban la prueba de cuan verdadero era lo que estaban decidiendo hacer en ese momento. Eran conscientes de que en pocos minutos dejarían de ser dos jóvenes inocentes.

A Rex ya no le importaba nada. No le interesaba si las horas pasaban, si el tiempo se detenía o si el mundo se destrozaba, su cerebro no funcionaba en esa dilación. No le daba la cabeza para pensar en esas cosas. En lo único que se concentraba era en ella, en él, en ellos. En nada más.

Las manos de ambos paseaban deseosas dejando rastros de fuego en el mayor órgano de las anatomías. Cada pulgada que los envuelven; un juego previo que se volvía amoroso y pasional a cada segundo.

Los dedos de la joven se enredaron pausadamente en los cabellos de su bronceada nuca. Lo acariciaba con tanta ternura, como sólo ella podía transmitirle ese amor tan singular. Rex amó esa sensación. Tan así que inconscientemente el joven arqueó su espalda por el placer que le produjo. El joven mantuvo su boca vacilante, sus ojos cerrados dejando lucir esas tupidas pestañas, las sensaciones a flor de piel anunciaron que era el momento de unirse en esa noche. Entregándose al máximo paraíso.

—Mi Princesa.— dijo Rex muy despacio cuando restregó amorosa y lentamente una mejilla con la de ella, actuó casi como un cachorro que buscaba el calor de su amo. —Mi hermosa Princesa.— continuó más tierno que antes rozando su pecho con el de ella en un intento de alcanzar el principio de la mandíbula de la chica para besarla, y lo logró, mordisqueaba esa zona a su parecer sin demostrar bestialidad.

—Tu Princesa por siempre, Rex... por siempre.— dijo ella manteniendo una sonrisa mientras Rex besó el hombro derecho de la joven que se iluminó fuertemente por el choque eléctrico de sus labios cuando los nanites se hicieron escuchar mínima y consecutivamente por ambos jóvenes.

"Te amo, te vuelvo a elegir y

en cada mirada te derrites en mí."

¿Con dulzura? Sí, por supuesto. ¿Cómo tratarla con salvajismo? Si era una figura frágil y delicada tal cual como una princesa de cristal. Su Princesa. Su Nena.

Retiró su sostén mientras la besaba. Ella le respondió de una manera encantadora. Generosamente y con pasión. Rex compartió esa acción descendiendo sus manos recorriendo la fina cintura reloj de arena hasta llegar a lo que concluía con su coqueto conjunto.

Lentamente abandonó esos labios para admirar a la Venus de Nilo desnuda que tenía enfrente de sus ojos. Admiró su mirada y la incertidumbre que poseía en ella. Admiró su boca, esa que exclamaba ser de su propiedad otra vez; esos finos labios hinchados y rojos de tanta presión por los suyos. El carmín de su carnosa boca contrastaba exquisitamente con el color particular de su piel. Admiró como su pecho bajaba y subía, a un ritmo regular. Admiró el vaivén de su abdomen semi marcado, el cual parecía bailar. Admiró todo su cuerpo en sí, era como si lo hubieran tallado a mano. Como si la hubieran pensado y hecho para él.

Y a Rex... como le gustaba lo que veía, y no lo hacía lascivamente, lo hacía con amor y devoción. Era inimaginable lo hermosa que era esa muchacha. Una belleza rara y angelical pocas veces vista en este mundo.

—Déjame verte sin pudores mi hermosa EVO.— el joven arma pidió cuando la chica tapó sus naturales pechitos con inhibición; eran lindos.

Era lógico que la joven se sintiera así; inhibida. Nadie más que sus padres y el doctor que la trajo al mundo la vieron desnuda. Laumy no se animaba a sacar las manos, no era porque se arrepentía de esto sino por una cuestión de cierta vergüenza ante alguien a quien nunca mostro su cuerpo completamente expuesto; Rex sonrió ante esa postura, le resultó tierno. Lo hizo por ella, lentamente despejó las barreras y bajó su rostro para probarlos a su ritmo, a uno delicado, un poquito travieso; sabían a miel pura y a durazno. Ella soltaba pequeños gemidos un poco tímidos.

Descendió; haciendo un camino de besos casi llegando hasta su zona más íntima, cuando se separó se sentó unos momentos en el abdomen de la joven. Sintió las cálidas manos de Laumy acariciarle con timidez los pectorales y sus ojos parecieron pedirle un cierto permiso en cada paso que hacía. Como si lo que consolidaba estaba bien o mal. Rex percibió hasta que sus finas y blancas manos le transmitían esa sensación.

No dijo nada, sólo accionó a tomar su mano derecha, acoplarla en su mejilla y acariciarla a su parecer mientras cerraba los ojos. Transmitiéndole seguridad y que continué en su recorrido mientras degustaba el suave tacto de la misma. La chica sonrió con elegancia, ternura y finura.

Segundos y minutos después...

Rex se acomodó y se acercó un poco más para complacerla de tibios besos, besos y labios que para Laumy sabían a chocolate caliente en los labios de su chico y para él en la boca su chica se degustaba un riquísimo sabor a cerezas embebidas en alcohol. Un coctel imaginario que emborrachaba fantasiosamente a los dos y que cada vez pedían más y más.

—Laumy...— Rex la llamó en un susurro, abandonando sensualmente los labios de la joven y se abrazó a ella como si fuese su último minuto sobre esta Tierra.

—¿Mm?— contestó con suavidad la joven y hermosa castaña.

—¿Estás lista?— el joven indagó mirándola con dulzura para comprobar de que se sentía segura de lo que estaba por hacer con él y no recibió respuesta en palabras, solo una sonrisa aprobadora por parte de la joven. Rex sonrió.

"Te amo, te pienso y vuelvo a escribir

Y cada palabra te trae hasta mí."

La hora de la verdad llegó. Su peso se acopló delicadamente en el de ella, continuando el ritual de cariño mutuo. Rex aprovechó cada segundo a contrarreloj para acariciarla y ser acariciado por la bella mujer que estaba junto a él. Mientras él la besaba tersamente, ella descendió sus manos hasta el elástico de su ropa interior bajando la ídem con suma delicadeza acariciando la tersa piel de su maciza cola, repartiendo su cariño en las morenas piernas del muchacho que se iluminaron fuertemente por los nanites. Le pareció algo muy tierno por parte de ella. Rex imaginó que por un momento sus palmas y yemas se transformaron en seda pura.

Hasta ahora Rex era el único que la estuvo mimando y no la dejó mover un dedo en toda la situación. Ella pareció tomar más confianza en el tiempo que pasaba el muchacho. En el comienzo se veía nerviosa, casi como una niña que le teme a lo desconocido. Pero fue acostumbrándose a su muy cercana compañía.

Era obvio que ella tenía miedo. Esto era algo que se debía hacer con cuidado y tener una ocasión especial. Era la primera vez para los dos pero en ella era mucho más preciado y debía atesorarlo por siempre. Y era Rex el que debía complacerla en cada gesto y no cansarla en el intento. Tenía que ser cariñoso y sensible. Tanto como lo es ella con él.

—Te amo muchísimo, Laumy.— el agente le recordó por infinita vez muy cerca de su oído cuando se acomodó entre sus piernas e ingresó suavemente de un solo envión en el cuerpo de la chica, sintió como ella aguantó la respiración; se contrajo y rasguñó la espalda del moreno por la generosa longitud que estaba envuelta en un fino látex para evitar algo no planeado, quizás... ese algo lo sería en un futuro, ahora sólo debían disfrutar de una juventud sana y cuidándose por dos. El movimiento comenzaba. Lento y pausado. —Te amo demasiado. Preciosa... nunca lo olvides. Nunca te olvides que te amo con todo mi ser.— nuevamente le recordó un poco ronco colocando su frente con la de ella brindándole una hermosa sonrisa y sintiendo como sus hormonas comenzaban a explotar de amor y pasión.

—Te amo, Rex. Me haces muy feliz.— la joven pronunció tersamente regalándole una sonrisa al besar a su novio de una manera casta y juvenil, siguió su ritmo cuando Rex se refugiaba una y otra vez dentro ella a velocidad neutral. Acostumbrándose poco a poco a la incomodidad del primer momento que segundos después se convirtió en placer y felicidad.

—Igual que a mí, hermosa. Me haces mucho muy feliz.— comunicó el joven cerca de sus labios, cortó la insoportable distancia y fundió su boca en un profundo y lento beso francés, de la misma manera fue correspondió por la bella agente que aferró sus manos al cuello del arma de Providencia y lo acercó más a su cuerpo.

"Y cada instante que acaricio tu piel es para ti

Por cada vez que me tienes dentro."

Poco a poco... lenta y dulcemente... Rex fue haciéndola suya. Haciéndose uno mutuamente. Amándose de una manera inconmensurable. No había sonidos que los interrumpieran, solamente los suyos; la sinfonía de amor que componían sus cuerdas vocales. La armonía que inundaba los oídos. El ritmo riquísimo se prolongaba de manera pasional... Ese que iba a un compás delicioso y embriagador; los llevaría a tocar con la punta de sus dedos la cima del cielo.

Los únicos testigos de la escena de amor eran la Luna y las estrellas que los espiaban por la ventana, el remolque y la estructura abandonada, esa que una vez fue su refugio cuando él y los demás competían contra Providencia. Todos ellos... guardarían celosamente este día tan especial para ambos. Su aniversario número 3.

Pero los que en verdad recordarán este momento... serían ellos dos. Los que se amarían... hasta que el alba los sorprenda.

"Hazme morir, hazme vivir;

a salir el sol.

Hazme sufrir hasta llegar

Hazme otra vez el amor."