En primer lugar, perdonadme el retraso. Debería haber actualizado hace siglos, pero hace unos días perdí a mi abuela, y no tenía ganas ni de escribir, ni de leer, ni de nada de nada.
Arthe, en cuanto cuelgue este capítulo, leeré lo que has escrito de la pluma encadenada, palabra, y te dejaré mis comentarios. Siento no haberlo hecho antes, pero tampoco tenía muchas ganas de leer. Y, por supuesto, me pasaré por tu nueva historia.
Kara, claro que se te ha echado de menos. Y si, Nadya está embarazada. Ya me contarás que te parece mi nueva locura cuando lo leas
Espero que os guste el capítulo, y que me animéis un poco dejándome vuestros reviews.
Besos y todo eso.
Capítulo 10. LEONARDO.
Nos pusimos en marcha arrastrando con nosotros al mortal, a quien parecían haber abandonado las fuerzas al comprender por fin que no volvería a ver a su hijo mientras estuviera bajo la tutela de la familia de Lisías. Y si conozco a los hombres, eso será demasiado tiempo para un viejo como él. El niñato es demasiado testarudo y altivo. No envidio la tarea de los hombres de Lisías, les llevará una eternidad conseguir que se comporte, o simplemente que entienda que le irá mucho mejor si sigue sus directrices.
Lyosha y yo cruzamos unas cuantas palabras, y decidimos que sería mejor tomar un taxi al aeropuerto. Peter conduce rápido, y nuestros hombres se mueven con eficacia. Se pondrán en marcha en un abrir y cerrar de ojos, y el avión estará esperándonos mucho antes de que nosotros consigamos salir del caos de tráfico de la ciudad. Si no tuviéramos que cargar con el mortal, probablemente mi hermano y yo iríamos corriendo, sabiendo que llegaríamos mucho antes. Pero ninguno de los dos siente el más mínimo deseo de arrastrar al hombre en sus brazos mientras se mueve por la ciudad fuera de la vista de sus habitantes.
No tardamos demasiado en localizar un taxi, que frenó en seco ante nosotros con un simple gesto de mi hermano. Sonreí al pensar en lo práctica que resulta en ocasiones la atracción que los mortales sienten por nosotros. Cuando empujamos a Jean al interior del taxi, nos miró confuso, provocando que Lyosha y yo riéramos entre dientes.
"¿Qué esperabas, viejo?", se burló Lyosha, tras darle instrucciones al taxista. "¿Murciélagos y capas?"
"No, yo...", respondió aturdido "supongo que es lógico, pero jamás me había imaginado..."
"Tu estancia en casa de Milton va a ser muy aleccionadora si sabes aprovecharla", reí yo. "Al menos te ayudará a borrar de tu mente todos esos mitos estilo Hollywood"
"No soy tan ignorante", protestó, recuperando parte de su antigua altivez.
"Eso ya lo veremos", masculló Lyosha.
El humor de mi hermano ha mejorado bastante desde que nos pusimos en marcha, pero aún se siente molesto con el mortal. La primera vez que lo encontró, apreció su valor y su eficiencia. Hace falta ser ambas cosas para llegar a viejo si te dedicas a cazarnos. Me consta que incluso llegó a sentir un cierto respeto por el viejo, y si este hubiera actuado de un modo más respetuoso, o menos temerario, quizá en este momento contaría con su aprecio. Pero el que intentara atentar contra lo que él creía era nuestra casa, aún ahora que conocíamos el fin que perseguía, y que tuviera en mente obligarnos a ayudarlo a él y al que todavía considera su hijo, es más de lo que los mal templados nervios de Lyosha pueden soportar. Quizá no estaría de tan mal talante si el viejo se hubiera presentado ante nosotros en lugar de intentar adentrarse en el terreno que controla nuestra compañera. En todo lo que se refiere a Nadya, no somos demasiado coherentes. Y más sabiendo que si Peter no hubiera tenido un papel en esta historia, es posible que la valiente y alocada Nadya saliera a buscarlos sin consultar con nadie, poniendo en peligro su vida y la del cachorro.
Tal y como había supuesto, el taxi tardó una eternidad en llegar al aeropuerto, mientras mi hermano y el mortal seguían encerrados en si mismos, guardando un obstinado silencio. Durante todo el viaje, apenas pude arrancarle a Lyosha un par de sonrisas, y eso que utilicé casi todo mi arsenal de bromas maliciosas. Algo que suele funcionar con él de inmediato. No importa demasiado. En cuanto vea a Nadya, su mal humor se esfumará como el humo. Y si no es así, él y yo tendremos una larga charla. La actitud del mortal no es ni de lejos suficiente para justificar ese ánimo abatido. Si algo le está hiriendo, lo compartirá conmigo aunque tenga que arrancárselo a golpes. No soy un hombre paciente, y menos cuando mi familia sufre. Los amo demasiado como para consentirlo.
Pagué la carrera distraídamente sin molestarme a esperar el cambio, mientras Lyosha arrastraba al mortal fuera del taxi. Mis ojos se clavaron en las pistas del pequeño aeropuerto. El avión nos espera y nuestra familia ya está preparada para partir, comprobé con aprobación. Decidí mejorar el humor de mi hermano, aunque sólo fuera un poco.
"Adelántate tú, y esconde a Nadya. Yo esperaré con el perro", sugerí en su mente.
"¿Seguro?", preguntó, enarcando las cejas con irónica incredulidad.
Reí entre dientes, sabiendo el motivo de su pregunta. Entre nosotros es una broma habitual intentar pisarnos el terreno para ser los primeros en ver a nuestra compañera, o compartir su cama en solitario. Mi hermano no debe estar en mi cabeza como suele hacer, o no sospecharía de la sinceridad de mi ofrecimiento. Y ese simple detalle, aumentó mi preocupación por él. Sea lo que sea lo que tiene en mente, lo tiene demasiado ocupado como para comprobar por si mismo que en esta ocasión no pretendo jugársela.
"Tú y yo vamos a tener una conversación muy seria, mi amado hermano mayor. Y será muy pronto, créeme", gruñí. "Anda, ve a buscar a Nadya, y procura sonreír. Si te ve con esa cara, imaginará la peor de las tragedias"
"No tardaré", sonrió con afecto, refiriéndose no sólo a su tarea, sino también a nuestra futura conversación.
"Más te vale, hermano. Mi paciencia tiene un límite", repliqué.
"Y uno muy pequeño, además", se burló.
Miró un instante a izquierda y derecha, y cuando estuvo seguro de que los ojos de ningún mortal seguían sus movimientos, corrió a toda la velocidad que le permiten sus piernas hasta el avión. Yo pude seguir sus movimientos, pero el viejo dejó escapar un jadeo. Para él, mi hermano simplemente desapareció de su vista. Sin duda, sabe que podemos movernos rápido, pero supongo que no imaginaba que fuera tan rápido.
Observaba distraídamente a través de las ventanillas del avión los movimientos de mi familia, cuando la voz del viejo interrumpió el curso de mis pensamientos.
"¿Lo conseguirá?", preguntó con un hilo de voz.
Me encogí de hombros, sabiendo que se refería a su hijo.
"Eso depende de él. Mis amigos le ayudarán, de eso puedes estar seguro. Pero no servirá de nada si no se ayuda a si mismo", respondí con indiferencia.
"Pero, ¿podrá dejar de beber humanos?", insistió.
"No tengo ni idea, viejo", dije con sinceridad. "Pero el que no te haya atacado, es un punto a su favor"
"No iba a atacarme. Soy su padre", exclamó.
"Eres comida", repliqué mordaz.
Recordé una ocasión anterior en la que respondí unas palabras semejantes a una exclamación similar. Pero esta vez no me costó nada pronunciarlas, ni me hicieron sentir tan mal como cuando las vocalicé ante Nadya. Este hombre ya nos tiene por bestias sanguinarias, y nada de lo que yo diga podrá hacerle cambiar de opinión. El caso de Nadya es distinto. Ella nunca ha tenido que enfrentarse a la verdad de nuestra existencia. Nunca ha sentido la sed, jamás ha tenido nada que reprocharse. Y a Lyosha y a mi, reconocer ante ella lo que fuimos, lo que somos bajo nuestra fachada de cortesía y buenos modales, nos hace sentir indignos de su presencia. Nos recuerda lo poco que merecemos a un ser tan extraordinario como ella. Cada vez que tenemos que explicarle la intensidad de nuestra sed, nuestro deseo de sangre, o de violencia, tememos más y más por su reacción. Los dos sentimos pavor al pensar que un día nuestra compañera puede abrir los ojos, ver como somos en realidad, y huir de nosotros espantada. Y eso es algo que ni Lyosha ni yo podríamos soportar. Si Nadya se va de nuestro lado, dudo mucho que podamos seguir con nuestras vidas.
"Pero tus amigos son bebedores de animales, ¿no?", preguntaba el viejo, mientras yo seguía el negro curso de mis pensamientos. "Querrán que Maurice sea como ellos, le ayudarán a controlarse"
Lo miré exasperado. Los humanos no entienden ni los conceptos más básicos, y yo no soy demasiado paciente para extenderme con complicadas explicaciones. Pero la angustia en su voz, hizo que me compadeciera de él. Sólo teme por el que cree su hijo, y gracias al milagro que sólo Nadya podía obrar, empiezo a comprender lo que eso significa en realidad.
"La decisión es sólo suya. Mis amigos le ayudarán, cualquiera que sea su opción. Si decide beber de animales, le enseñaran a rastrear a sus presas, lo educarán para que pueda llegar a dominar su sed. Y si opta por los humanos, aprenderá con ellos a elegir bien a sus víctimas, y a hacer desaparecer su rastro para no llamar la atención de los tuyos", respondí con un indiferente encogimiento de hombros.
"¿No lo rechazarán si mata a humanos?", preguntó con genuina sorpresa.
"¡Qué superficiales y egocéntricos sois los mortales!", reí. "No tenéis tanta importancia en nuestras vidas como para rechazar a uno de nosotros por la forma en la que se alimenta. Al fin y al cabo, sólo sigue su instinto, lo que la Naturaleza le empuja a hacer, aquello para lo que está dotado. Nadie puede culparle por eso. Nadie culpa al león por comerse a la gacela"
Mis ojos captaron en ese instante una seña de mi hermano, indicándome que ya podíamos reunirnos con ellos. Tomé al viejo por el antebrazo, y tiré de él en dirección al avión. Me sorprendió sentir su resistencia. Por supuesto, no podía hacer nada para evitar que lo llevara sin ningún esfuerzo, pero aún así, no tengo ninguna intención de arrancarle el brazo de un tirón, y menos en un aeropuerto abarrotado. Lo miré y vi su rostro lleno de preguntas. Eso es bueno. Si te haces preguntas, puedes llegar a aprender. Y siempre está bien no vivir en la ignorancia. Pero ahora no es el momento. Ya habrá tiempo para eso en casa de Milton.
"Te aseguro que tendrás más respuestas de las que deseas, viejo. Pero ahora no hay tiempo para eso", lo insté.
El dudó unos segundos, pero finalmente se dejó arrastrar. Lyosha nos espera sentado tranquilamente, de mucho mejor humor que cuando lo dejé. Mi olfato me dice que Gino y las mujeres están a buen recaudo en la bodega del avión, escoltados por Glauco, y Ángelo se encuentra en la cabina, dispuesto a despegar el avión.
"Hemos avisado a Milton", sonrió Lyosha con malicia. "Creo que la expresión 'hervidero de actividad' no explica en toda su extensión lo que debe estar ocurriendo en su casa en este instante. Incluso me ha colgado sin despedirse"
Reí de buena gana al imaginarme a Milton en pleno ataque de nervios al saber que recibiría en pocas horas a siete vampiros y un cazador que está obligado por juramento a quedarse en su casa. Desde Chernobil que no acoge a tantos de los nuestros a la vez, y ya entonces habían transcurrido muchos años desde que su casa estaba siempre repleta de los nuestros volviéndolo loco a él y sus colaboradores con nuestras continuas demandas. Es demasiado mayor para salir en busca de los nuestros, y pocos de los que lo frecuentábamos hace veinte años seguimos acudiendo a su casa. Somos criaturas inquietas y una vez saciada nuestra curiosidad, no nos quedamos demasiado tiempo en un sitio. Hay demasiado por ver y por hacer. Confieso que yo mismo sigo visitándolo de tarde en tarde, sólo para comprobar si al final, cuando llegue su hora, cuando le vea la cara a la muerte, dejará su pose mojigata y nos pedirá que lo convirtamos al fin. Y cuanto más se acerca esa hora, más convencido estoy que se mantendrá en sus trece. Y sin duda, eso mantiene vivo mi interés. Hasta ahora, jamás he conocido a un mortal que rechace nuestra ponzoña cuando la muerte viene a buscarlo, y aunque no me guste lo más mínimo la idea, sospecho que Milton será el primero en hacerlo.
"Lo será. Ni te imaginas la fuerza de su determinación", comentó mi hermano.
Sonreí. Así que ya vuelve a estar en mi cabeza. Eso es buena señal.
"¿Me echabas de menos, latino?", preguntó con una sonrisa irónica.
"Es muy aburrido hablar solo", repliqué. "¿Está bien Nadya?", añadí en su mente.
"Más hermosa que nunca", sonrió. "Y molesta por que no le hemos dado tiempo para despedirse de Shynn y Sandra. Creo que no podremos retrasar mucho nuestra vuelta, o tendremos que soportar sus gruñidos durante meses"
"¿Y Gino? Tiene que notar el olor de este", pregunté de nuevo, señalando con un gesto discreto al cazador.
"Lo percibe, pero se controla. Está bien alimentado, y por algún motivo, su apetito no es muy voraz. De todos modos, he dejado a Glauco con él. Si pierde los nervios, lo sujetará a tiempo"
Mi hermano habla en rápidos susurros. En parte para que Nadya no escuche la conversación, pero también para que el mortal no capte ni una sola palabra. Un hombre que lleva tanto tiempo persiguiendo a los nuestros, a la fuerza ha tenido que aprender alguna palabra en nuestro idioma, y ni de lejos pensamos hacerle partícipe de nuestros secretos. No obstante, la precaución parece innecesaria. El mortal está hundido en su asiento, ajeno a nosotros y a lo que le rodea, mientras su mente se pierde en sólo el diablo sabe que caminos.
"Piensa en su hijo", murmuró Lyosha.
El cambio en su tono de voz, alegre hasta ese momento, hizo que yo no tuviera ninguna duda de cual es el tema que lo ha estado preocupando hasta ahora. Lo miré, buscando respuestas en su rostro, ya que no puedo hallarlas en su mente, y mi intuición decidió ayudarme esta vez.
"No seremos como él. Jamás estaremos tan ciegos", respondí a las dudas que mi hermano no había llegado a formular. "A los suyos les encanta engañarse a si mismos, hermano. Nuestra visión de la realidad es mucho más aguda"
"Es el vínculo que le une a él lo que le obliga a engañarse. Y no veo porque va a ser menos fuerte en nuestro caso", arguyó.
"Por todos los diablos, claro que no. Será incluso más fuerte", sonreí. "Pero eso no quiere decir nada. No somos una especie que se engañe, Lyosha. Vemos demasiadas cosas para que así sea. Además, este hombre estaba solo con su cachorro. Nosotros somos tres a engañarnos, y toda una familia de más de treinta miembros para sacarnos de ese error. Ni ese cachorro será capaz de manejar a tantos"
"Supongo que tienes razón", aprobó sonriente. "Dudo que ame al cachorro más de lo que ya os amo a Nadya y a ti, y ninguno de los dos sois capaces de engañarme"
"Eso no prueba nada", reí. "En mi caso es sólo porque puedes leer mi mente. Y en el de Nadya porque jamás he visto a nadie que mienta tan mal"
"Nos matará cuando se entere", comentó Lyosha, dejando escapar su risa maquiavélica.
"Procuremos que no se entere, entonces", respondí entre risas, sabiendo que tiene toda la razón. Y sabiendo también que tarde o temprano se enterará.
Cuando aterrizamos por fin en King Solomon, el humano parecía haber recuperado parte de su vitalidad. Sigue manteniendo un obstinado silencio, pero ya no tiene esa expresión apagada y hundida en recuerdos. Observó con atención nuestras idas y venidas por el avión, mientras organizábamos el traslado a casa de Milton. Ángelo se dirigió a alquilar dos vehículos que nos trasladen al refugio. Fue fácil decidir que Gino debería quedarse en la cabaña permanentemente escoltado. Hay demasiados humanos, y por muy alimentado que esté, mi amigo no será capaz de dominar sus instintos. Cualquiera de nosotros podría detenerlo si perdiera el control, pero no nos arriesgaremos a darle ese susto al anciano Milton. Gino aceptó la orden sin dudarlo. Durante todo el vuelo, ha mantenido la sed a raya, pero sus ojos empiezan a volverse peligrosamente oscuros. Será mejor que uno de los hombres lo acompañe a cazar cuanto antes, mientras los demás saludamos a Milton.
"Estoy muy orgulloso de ti, querido", lo animé. "Lo has hecho muy bien"
"No creo que pueda aguantar mucho más. La sed me está matando", gimió.
"No te preocupes. En seguida te separaremos de él. Y al llegar a casa de Milton, podrás alimentarte. Resiste solo un poco más, querido, esta tortura acabará pronto", lo instó Lyosha.
Gino asintió frunciendo los labios y asintió, como si pretendiera mantener su sed dentro de él con ese gesto. Acaricié su mejilla en un pobre gesto de ánimo, y tras dedicarle una sonrisa aprobadora, me volví hacia Lyosha. Ahora viene lo más difícil. Mi hermano miró al cielo, suspiró, y posó su vista en Nadya, que recogía sus bolsas canturreando alegremente.
"Nadya, tú irás con Gino y con Glauco", ordenó con suavidad.
Nadya se volvió hacia nosotros con la velocidad del rayo.
"¿A la cabaña?", gruñó. Asentimos. "De eso nada", replicó, ignorándonos y volviéndose a concentrar en su tarea.
"Nadya, no es negociable", dije.
"Por supuesto que no lo es", replicó ella en tono ligero, sin volverse hacia nosotros siquiera. "Me apetece ver a Milton. Iré con vosotros"
Mi hermano dejó escapar un ligero gruñido, y yo mismo estoy notando como la familiar sensación de ira empieza a invadirme. Ya sabía que no iba a ser fácil convencer a Nadya de que por su seguridad, es mejor que se mantenga alejada de ojos curiosos, pero saber lo testaruda que es nunca me prepara para nuestras discusiones.
"Nadezhda, no es momento de discutir. No permitiremos que los mortales puedan sospechar tu estado. Si quieres, pasaremos la noche contigo en la cabaña, pero no pisarás la mansión"
La actividad de Nadya entre las bolsas cesó de inmediato. Sus manos se apoyaron sobre la mochila que estaba cerrando, y casi pude oír como sus ojos y sus dientes se cerraban con ira. No necesito ver su rostro para saber que será la más perfecta máscara de furia. Me llega con percibir su olor. Y no es necesario decir, que el olor de su rabia no contribuyó en absoluto a ayudarme a controlar la mía. Escuchamos como tomaba aire ruidosamente, y un segundo más tarde se volvió hacia nosotros con los puños apretados y los ojos ennegrecidos chispeando de ira.
"No soy una criatura recién transformada que no sabe controlarse", replicó en un tono mortalmente controlado. "No podéis dejarme aparcada cada vez que queráis mantener a raya vuestra estúpida preocupación"
"Y sin embargo, es lo que pretendemos hacer", replicó Lyosha airado. "Tienes dos opciones, Nadezhda. O entras en la cabaña por las buenas, o Glauco se encargará de hacer que te quedes por las malas. Es más que capaz de manteneros a Gino y a ti dentro de ella con o sin vuestra colaboración"
Nadya abrió la boca para responder, pero a estas alturas mis nervios ya no soportan más presión.
"¡Basta ya, mujer!", bramé. "Si no estás dispuesta a tener un poco de sensatez por ti, tenla al menos por el cachorro. O te quedas en la cabaña, o Ángelo te llevará de vuelta a casa mientras nosotros terminamos lo que hemos venido a hacer aquí"
"No. No lo haré", gritó ella. "He dicho que quiero ver a Milton, y eso es lo que haré. Y si me mandáis de vuelta a casa, os juro que me esconderé donde sea hasta que nazca el cachorro, y no lo veréis hasta que sea un adulto. Ya lo habéis oído, todos están dispuestos a acogerme"
Esta discusión tiene todo el aspecto de prolongarse hasta el infinito. Es la mujer más testaruda del mundo, y si bien nunca fue sencillo conseguir que Nadya haga algo que no desea, en los últimos tiempos es aún peor. Cada vez es más consciente de su estatus y de su fuerza, y cada vez es más complicado rendir su voluntad. Ni por las buenas, ni por las malas. Intenté tranquilizarme, pensando si su ira podría perjudicar al cachorro, y temiendo también que intente cumplir su amenaza, mientras mi hermano se debate junto a mi, tratando de encontrar una salida.
"¿Puedo decir algo?", preguntó Gino con un hilo de voz.
Me volví hacia él con evidente ira. ¿Es que nunca va a aprender a mantener la boca cerrada?
"Por favor, no me mires así, creo que puedo ayudar", rogó.
Me obligué una vez más a calmar mis nervios. Gino no tiene la culpa de la testarudez de Nadya, y yo no he podido dedicarle el tiempo suficiente como para explicarle el modo correcto de hacer las cosas. Mi amigo vio la rendición en mis ojos, y se apresuró a hablar.
"Toda esta discusión está provocada por el estado de Nadya, si no he entendido mal. No queréis que... los humanos lo sepan"
Le costó pronunciar la palabra. Aún no está preparado para separar a los humanos de si mismo, pero aprecié su intento. Cuanto antes sea plenamente consciente de la diferencia, mucho mejor. Asentí, sonriendo un poco. Sólo un poco. Eso le animó a continuar.
"La veis con vuestros ojos, no con los de ellos. Su estado pasa por completo desapercibido. Podría pasearse desnuda por la ciudad, y nadie pensaría que está embarazada, os lo aseguro", explicó apresuradamente. "Incluso a mi me cuesta verlo, y sé que está ahí"
"Tiene razón", murmuró Sue, que ha asistido a toda la discusión en silencio, y volviéndonos la espalda, como si quisiera esconder que está ahí. "Es un cambio muy sutil para un mortal. Y ya sabéis lo poco observadores que son y lo escasa que es su capacidad de atención"
Lyosha y yo cruzamos una mirada, y nos volvimos a mirar a Nadya. La observé con atención, intentando escapar de la agudeza de mis sentidos vampíricos. Es imposible. Mi vista es excelente, y para mí, la redondez de Nadya es algo más que evidente. Pero quizá un mortal... Volví a mirar a mi hermano, que al igual que yo, observa a nuestra compañera con ojo crítico. Alzó la vista hacia mí.
"¿Qué opinas?", preguntó.
Compuse un gesto de exasperación. No tengo ni la menor idea. Pero si dos de los nuestros dicen que es posible que no se note, y eso puede frenar el mal humor de Nadya, casi optaría por intentarlo. Si alguien se percata de su estado, siempre hay otro camino que tomar. No es que me guste, pero la seguridad de mi familia está por encima de la vida de los mortales. Lyosha asistió con una mueca resignada. Tampoco le hace mucha gracia la solución, pero los dos sabemos que es la única forma.
"Está bien", susurró con un gesto de rendición. "Pero si percibo que alguien sospecha, aunque sea lo más mínimo, te marcharás de inmediato, ¿lo has entendido?", añadió en dirección a Nadya en el más severo de sus tonos.
Ella asintió velozmente, disimulando una satisfecha sonrisa de victoria.
"Esto no es un juego, Nadya. Si Lyosha te hace la más pequeña de las indicaciones, obedecerás sin pensártelo ni un momento, ¿está claro?"
Nadya volvió a asentir con decisión, sacudiendo la cabeza varias veces. Con un suspiro de resignación, Lyosha abrió la marcha fuera del avión, en dirección al garaje donde ya esperaba Ángelo con los coches. Nos distribuimos velozmente en los dos vehículos. Nuestros primos en uno de ellos, rumbo a la cabaña, y nosotros con el cazador, y una exultante Nadya hacia la mansión principal. Antes de que pudiera sentarse en el lugar equivocado, me apresuré a situarme ante el volante, mientras mi hermano ocupaba el asiento trasero. De ese modo, a nuestra compañera no le quedaba más remedio que ocupar un lugar junto a uno de nosotros, y no quedaría junto al cazador. Quizá su estado no sea evidente, pero prefiero no tentar a la suerte. Cuanto más lejos esté de él, mejor. Tras unos instantes de vacilación, Nadya ocupó el asiento delantero. No le quité ojo al perro durante todo el camino a la mansión, y sé que mi hermano hizo exactamente lo mismo que yo
Apenas un segundo después de aparcar el vehículo frente a la puerta principal, Milton y su joven colaborador, Connor, estaban en las escaleras preparados para recibirnos. Sus expresiones son la perfecta demostración de la profesionalidad y la serenidad, pero no engañan ni de lejos a olfatos tan refinados como son el mío y el de mi familia. El olor de su nerviosismo es aún más evidente que sus rostros. Sin embargo, si consiguieron confundir al cazador. Jean los contempló con curiosidad, sorprendido ante su tranquilidad. Y su confusión no hizo sino aumentar al escuchar los amables saludos de los habitantes de la mansión, y ver como extendían sus manos hacia nosotros para que las estrecháramos, sin ningún tipo de aparente prevención.
"Es un placer volver a veros", sonrió Milton. "Vuestras estancias están preparadas, si deseáis tomaros un tiempo antes de reunirnos. Hemos preparado varias habitaciones que espero sean de vuestro agrado. También hemos encendido la chimenea del salón, por si no os apetecía subir de inmediato"
"Esa si que ha sido una gran idea", aprobó Lyosha. "Vayamos al salón, ya tendremos tiempo para ver las habitaciones cuando lleguen los demás. Pero antes, este es Jean. El hombre de quien te hablé, Milton"
Milton le tendió la mano con una sonrisa profesional y un gesto mucho menos servil que el que suele emplear para nosotros. El cazador miró la mano extendida ante él, y tras un pequeñísimo instante de vacilación la estrechó con firmeza.
Concluidas las presentaciones, nos guiaron hasta el confortable salón en el que un año antes Lyosha había estado a punto de arrancarme las entrañas. El lugar donde vi a Nadya por primera vez, y donde empecé a enamorarme de ella como un niñato. Aún recuerdo con total claridad cada pliegue de su vestido de gasa azul, y la forma en que dejaba entrever las apetitosas curvas de su cuerpo, provocándome una lujuria incontenible. Aún con Lyosha enfrentándose a mí, dispuesto al combate, me costó apartar los ojos de ella. Sonreí ante el recuerdo de ese primer contacto con la que hoy es mi familia, y mi hermano me devolvió la sonrisa sin dudarlo ni un instante.
"Debí matarte en esa ocasión", rió.
"Querrás decir que debiste intentarlo, ancianito", repliqué sonriente.
"Si habláis de vuestro primer encuentro, no imagináis cuanto me alegro de que Nadezhda os detuviera. Me habría dado un infarto si os hubierais llegado a pelear", interrumpió Milton.
"Casi te da de todos modos", rió Nadya alegremente. "Deberías dar gracias que eso ocurriera cuando sólo tenía que detener a Lyosha. Si pasara ahora, no sé si podría frenarlos a los dos"
"Y ni se te ocurra hacerlo", repliqué con un gruñido satisfecho, mientras me acomodaba junto al fuego. "Si alguien piensa de ti lo que yo pensé entonces, te garantizo que merece cuando menos una buena paliza"
Mientras Nadya y Lyosha tomaban asiento a su vez, observé divertido como Jean parecía dispuesto a sentarse, y Milton lo detenía con disimulo, en un gesto rápido y preocupado. Jean lo miró con sorpresa, y un punto de irritación. Mi hermano, que también se ha percatado de la escena, decidió salir en ayuda de Milton, sin poder reprimir el tono burlón de su voz.
"Déjalo que se siente, Milton. Ya nos hemos acomodado, y dudo mucho que cambiemos de opinión"
Milton asintió sin más comentarios, y tomó asiento frente a nosotros, seguido por Connor. Jean los imitó con gesto ofendido y confuso. Reí a carcajadas.
"Deberías escuchar con atención los consejos de Milton, viejo, o no sobrevivirás a tu primer encuentro con los nuestros en terreno neutral", me burlé. "Yo en tu lugar, seguiría sus indicaciones al pie de la letra, y sin enfadarme"
"No es que nos importe que te arranquen las entrañas, pero el corazón de Milton es delicado. No estaría bien que le dieras ese susto", añadió Lyosha. Al ver la cara molesta y confundida del mortal, volvió a estallar en sonoras carcajadas, a las que yo no tardé en unirme. "Milton, explícale lo que ha ocurrido, no nos importa"
"¿Estás seguro, Aleksei?", preguntó Milton.
"Diablos, Milton, explícaselo de una vez. Tus rodeos me ponen de los nervios", exclamé.
"Lo lamento", se apresuró a disculparse. "No era mi intención irritarte"
Bufé con desesperación y él se volvió de inmediato hacia Jean, con más que evidente inquietud. Nadya me miró reprobadora, pero yo me limité a sonreír y encogerme de hombros por toda respuesta. La actitud servil de Milton siempre me divierte, y no pienso evitar provocarla.
"Siempre debes dejar que se acomoden antes que tú. Y aún cuando te parezca que están cómodamente instalados, espera un par de minutos más. Ellos te pedirán que te sientes cuando les parezca oportuno", estaba explicando Milton. "De lo contrario, corres el riesgo de que prefieran tu asiento, y te arranquen de él. Suelen preferir los sillones que están más próximos al fuego, pero basta que tú te sientes en el más lejano para que opten por ese. Algunos de ellos son... indecisos"
"Caprichosos está bien, Milton", rió Lyosha. "Es más preciso"
"Quede claro que lo has dicho tú, y no yo", sonrió Milton, con apenas un punto de indecisión.
"No alcanzo a entender que te lleva a humillarte así", replicó Jean, ante el más que evidente sobresalto de Milton y su colaborador.
"Supervivencia, viejo", gruñó Lyosha. "Sigue comportándote con tan poco respeto, y no tardarás en comprender la razón a tu propia costa"
"Por favor", suplicó Connor en un susurro, no sé si dirigido a Jean o a nosotros.
"No pensamos matarlo, Connor. Al menos, no de momento", lo serené. Bueno, al menos lo intenté. No pareció serenarse demasiado con esa frase. Lo intenté de nuevo. "Si no se comporta, alguien sufrirá antes que él"
La cara del viejo cazador se contrajo en una mueca de dolor. Se debatió interiormente ante la mirada escrutadora de mi hermano, que presta total atención a sus procesos mentales. Pocos segundos después, el rostro de Lyosha mostró una sonrisa desprovista de humor, aprobando las conclusiones de Jean. Me recosté en el sillón, satisfecho con la refinada crueldad de mi hermano. Matarlo habría sido un final compasivo, comparado con el destino que le estamos obligando a aceptar. Hacer que pase el resto de su vida ayudando a las criaturas que tanto ha odiado, es un castigo más que apropiado para un hombre que ha matado a cientos de los nuestros.
Es cierto que sólo intentaba ayudar al que considera su hijo, pero esa no es excusa para intentar obligar a dos vampiros más antiguos que un milenio a aceptar su voluntad. No es excusa para atentar contra nuestro territorio. No es excusa para poner en peligro a nuestra compañera. Su hijo intentó localizarnos, y quizá otro de los cazadores podría hacer mucho con la poca información que éste ha podido conseguir. Sólo por eso, debería morir, pero la solución que Lyosha ha ideado es mucho más irónica y sutilmente sádica. Si Jean se escapa aunque sólo sea un milímetro de los límites que se le han marcado, el esfuerzo que ha hecho para salvar a su cachorro será en vano. Primero le presentaremos sus cenizas, y después acabaremos con él sin dudarlo. ¿Despiadados? Somos vampiros, ¿qué otra cosa se puede esperar de nosotros? Y al fin y al cabo, sólo intentamos proteger nuestra forma de vida, nuestra existencia. ¿No es acaso lo mismo que los perros ponen como excusa para perseguirnos? Dicen que atentamos contra las Leyes Naturales, que no deberíamos existir, que ponemos en peligro a toda la humanidad. Si ellos se sienten con derecho para matarnos, ¿por qué no deberíamos nosotros de devolverles el favor? Me agradan los mortales, pero por encima de todo está la seguridad de los míos. De mi especie en general y de mi familia en particular. Y si para ello debo matar a todos los que son como él, mi conciencia no sufrirá demasiado por ello.
"Cumpliré mi parte del trato, pero no podéis obligarme a que me guste", masculló Jean.
"No tiene porque gustarte. Bastará con que finjas que es así. De lo contrario, alguien que no conoce tu historia podría molestarse por tu falta de educación. Podría irritarse, y herir a Milton o a alguno de los suyos. Y si eso ocurre, lo siguiente que sabrás de tu hijo será donde están sus cenizas", replicó Lyosha.
"¿Por qué no aprovechas la ocasión para aprender algo, en lugar de comportarte como un niño caprichoso? Será mejor para todos", lo insté.
"Tu amigo ya me hizo esa oferta. Y no veo que más tengo que aprender acerca de vosotros. Sois bestias sanguinarias que os alimentáis de los humanos. Y los que no lo hacéis aún sois peores. Los otros al menos no engañan a nadie. Vosotros sois igual de salvajes, pero no tenéis los redaños suficientes como para actuar con sinceridad"
Antes de que pudiera terminar la frase, Lyosha y yo nos levantamos como un solo hombre dispuestos a terminar con sus insultos. Nunca llegaré a saber si lo habríamos matado, aunque me inclino a pensar que es lo más probable. Pero Nadya se interpuso entre nosotros y el cazador, mirándonos con severidad.
"¿Vais a demostrarle que tiene razón?", preguntó airada. "Somos mejores que él, no le deis la satisfacción de morir convencido de lo contrario"
Miré a Lyosha, poco dispuesto a complacer a Nadya en esta ocasión. Sus ojos negros como el carbón me devolvieron una mirada igualmente furiosa, pero probablemente más serena que la mía. Un segundo después se clavaron en algún punto sobre mi hombro. Seguí la dirección que apuntaba su mirada, y vi a Milton y Connor, que contemplan la escena aterrorizados. El muchacho sólo está asustado, pero el corazón del viejo late demasiado deprisa, y su sonido llega cada vez más débil y apagado a mis oídos. Suspiré, intentando tranquilizarme, mientras mi hermano separaba el cabello de sus ojos, tirando de él desde su frente hacia su coronilla, en un gesto característico en él cuando los nervios le dominan. No me calmaré por el cazador, ni aunque Nadya me lo haya pedido, pero Milton no merece esto, y menos en su casa. Es una descortesía imperdonable.
Fijé mi vista en el cazador, que se escondía tras Nadya intentando mantener una apariencia de serenidad. Pero a nosotros no puede engañarnos. El olor de su miedo apesta. Y no es para menos. Ningún hombre me acusa de falta de valor y sale bien parado, y mucho menos si ese hombre es un maldito mortal y lo que es peor, un condenado perro.
"Está bien", respondí en dirección a Nadya. "Pero es mejor que controle su lengua, o ni siquiera tú podrás salvarle la vida"
"Tranquilízate, Milton", masculló Lyosha. "Por el bien de todos los presentes, te doy mi palabra de que intentaremos no partirle el cráneo"
Nos sentamos de nuevo junto al fuego, sin apartar la vista del perro. A pesar de mi irritación, tuve que reconocer lo mismo que mi hermano había visto en él la primera vez que sus caminos se cruzaron. Jean el cazador es un tipo valiente. Y aprecio el valor más que muchas otras cualidades en un hombre, pero mi escasa paciencia tiene un límite muy fácil de cruzar.
"Tu preocupación por el que un día fue tu cachorro va a terminar por matarte, viejo. Es mejor que aceptes nuestra palabra, o las cosas se pondrán para los dos aún más feas de lo que ya están", gruñó Lyosha.
Así que es por eso por lo que mi hermano se está controlando mejor que yo. En la mente del viejo debe ver que sólo el miedo por su hijo le hace comportarse de ese modo tan descortés. Sólo ahora empiezo a entender lo que significa ese miedo, y quizá hasta yo pueda disculpar sus actos. Pero es mejor que domine su lengua, o yo no dominaré mi genio.
"Siéntate y cállate, maldita sea", rugió Nadya, al ver como el hombre abría la boca para replicar.
Lyosha y yo cruzamos una sonriente mirada cuando el viejo se estremeció ligeramente y tomó asiento con lentitud intentando no apartar la mirada de nuestra compañera. Una vez más, Nadya ha conseguido soltar a su fiera interior, y observa al cazador en la más perfecta representación de una sobrenatural leona dispuesta a un combate a muerte para defender a su progenie. Mi actitud defensiva se relajó de inmediato. El lado salvaje de nuestra pequeña consigue serenar nuestros nervios con mucha más eficacia de lo que lo haría cualquier discurso lógico y razonado.
Jean terminó por bajar la mirada ante el escrutinio feroz de Nadya, y sólo entonces ella se acomodó en el suelo entre nosotros, de espaldas al fuego que crepita en la chimenea, sin apartar sus ojos del hombre ni un instante, estudiándolo, tanteándolo. Lyosha y yo volvimos a mirarnos, y decidimos sin palabras dejarla hacer lo que quiera que tenga en mente. La sonrisa salvaje en el rostro de mi hermano, me dice que será algo que va a gustarme. Y mucho.
Cuando Nadya volvió a hablar, su tono era mortalmente controlado. Destila peligro hasta en la más suave de las sílabas de su alocución.
"¿Quién diablos te crees que eres? Los malditos cruzados como tú, con sus malditas obsesiones me enferman. Estos hombres te han perdonado la vida dos veces. Han salvado a tu hijo de la muerte a manos de los que llamas tus amigos. Y aún así, te atreves a insultarlos. Te niegas a comprender sus motivos, a intentar siquiera salir de la oscuridad de tu ignorancia. Eres la criatura más desagradecida y ridícula que jamás han contemplado mis ojos"
"Un solo acto de bondad no disculpa una vida llena de horrores", masculló, como si repitiera unas palabras aprendidas mucho tiempo atrás.
Nadya rió a carcajadas, ante el evidente asombro del cazador y de todos los mortales presentes.
"Qué idiota", dijo alegremente. "Esa frase sólo demuestra lo estúpido que eres, por muy digna que te parezca"
"No veo que hay de estúpido en mis palabras", gruñó el cazador.
"Porque eres imbécil", espetó Nadya. "Hablas de una vida llena de horrores, sin tener ni idea de cual es nuestra historia. O la historia de todos a los que te has enfrentado antes que nosotros. ¿Y qué hay de tu vida? ¿Qué me dices de todos los que tú has matado? No sabes si eran pobres hombres como tu hijo, que no pidieron llevar esta existencia. Tú matas a criaturas jóvenes, ¿cómo sabes si han tenido tiempo de cometer cualquiera de esos horrores?"
"No importa. Si no lo habían hecho, terminarían por hacerlo tarde o temprano. Es vuestra naturaleza. No pueden hacerse excepciones"
"Y sin embargo, las haces. Le has perdonado la vida a uno de nosotros sólo por el vínculo que te unía a él. No puedes presumir de no tener un doble rasero, viejo. Lo tienes, y peor que el nuestro", repliqué.
"Mi hermano tiene toda la razón, viejo. Sé que piensas que por el hecho de ser bebedores de animales no dejamos de suponer un peligro para los tuyos, y tienes razón. Lo somos. Pero no matamos porque si. Nosotros tomamos cada caso en particular, no somos genocidas. ¿Sabes cuál es la diferencia entre nosotros, viejo? Que tú quieres matarnos simplemente por ser lo que somos. Nosotros os matamos para alimentarnos, por necesidad. O por lo que hacéis, por esos actos de horror de los que hablabas, comprobados y contrastados. ¿Quién es el salvaje entonces?"
"Debes reconocer que hay mucha verdad en lo que dice", intervino Connor. "Es cierto que los vampiros son seres violentos e irritables. Y muy peligrosos. Pero si te molestaras en escucharlos, descubrirías que muchos de ellos se rigen por normas mucho más estrictas que las tuyas, o las de muchos de nosotros"
Lyosha lo observó con abierta curiosidad, y el muchacho se apresuró a bajar la vista y murmurar una veloz disculpa.
"No te disculpes. Lo que has dicho es cierto", aprobó Lyosha. "Y esa teoría que veo en tu mente, es muy interesante. Me gustaría que compartieras los detalles en voz alta para mi familia"
"Sólo es una teoría", murmuró Connor. "No he podido comprobarla fehacientemente, como podrás suponer"
"No me cabe duda", replicó Lyosha entre carcajadas. "Pero aún así, compártela con nosotros, por favor"
"Bueno...", empezó Connor, dubitativo. Miró a Milton, que lo animó a continuar con una aprobadora inclinación de cabeza, cargada de profundo afecto y orgullo.
Comprendí en ese instante que para mi viejo amigo, el muchacho es como el cachorro que la vida le ha negado. Lo ha educado, y preparado para que sea su sucesor, su huella y su legado en este mundo. Y se siente tan orgulloso de sus logros, como yo lo estoy de los de cualquiera de los que recibieron mi ponzoña, por mucho que me hayan rechazado. Personalmente siempre lo he considerado un joven demasiado impulsivo, y peligrosamente dispuesto a olvidar los consejos de Milton cuando está enfrascado en sus tareas, pero el reconocimiento de lo que el anciano siente por él, me predispuso a tratarlo con más ecuanimidad de ahora en adelante.
El joven se detuvo un instante, poniendo en orden sus pensamientos, y comenzó a hablar con lentitud, midiendo cada palabra, ante la sonriente mirada de su anciano mentor.
"La idea surgió leyendo los estudios de Milton. Como sabéis, lleva toda su vida hablando con los vuestros, y recopilando la escasa información que extrae de vuestras charlas. No me malinterpretéis, la conversación de la mayoría de los vuestros, y más la de los antiguos, suele ser amena e interesante – ¿podría serlo de otro modo, con todo lo que habéis vivido? – pero os perdéis de continuo en circunloquios y filosofía. Es muy complicado extraer datos de utilidad, que nos ayuden a comprender vuestra naturaleza. Que nos proporcionen datos para entender que os impulsa a actuar del modo en que lo hacéis. O lo que aún sería más interesante, cómo surgisteis, cual es vuestra fisiología, cómo funcionan de verdad vuestros cuerpos. Y sin embargo, creo que algo hemos avanzado"
Se detuvo un momento para comprobar que hasta ese instante, sus palabras no habían causado una reacción negativa en nosotros. Ni de lejos. Saber cuales son las conclusiones de Milton acerca de nosotros, despierta en mi una curiosidad difícil de controlar. Años y años poniendo su vida en juego para tratar con seres tan irritables y peligrosos como nosotros, a la fuerza han tenido que dar su fruto. Es un hombre muy concienzudo.
"Pero, ¿por qué?", interrumpió el cazador, y esta vez no había rastro de intención ofensiva en sus palabras. Está genuinamente sorprendido. "¿Por qué estudiarlos? ¿Por qué os arriesgáis así?"
"Por afán de conocimiento, por supuesto", replicó Milton sin dudarlo un instante. "Por la curiosidad humana. La maravillosa cualidad que nos convierte en lo que somos. Algunos estudian las partículas subatómicas. Otros trazan teorías sobre el tejido mismo de la existencia. Unos cuantos analizan la biología humana, decodifican el ADN. Otros observan el cosmos, buscan el origen de la vida. Y hay quien intenta encontrar otras formas de vida inteligentes, desesperados por descubrir que no estamos solos en el Universo. Mis colaboradores y yo sabemos que no estamos solos en el Universo. Y no necesitamos mirar a las estrellas. En nuestro pequeño planeta hay más especies inteligentes de las que nadie parece tener conocimiento, e intentamos conocerlas y aprender de ellas. De todos los seres que los humanos han olvidado, y que sin embargo se mueven entre nosotros"
El cazador lo consideró un instante.
"Siempre he sospechado que hay más criaturas que los vampiros. Pero si tal como tú crees es así, ¿por qué ellos? ¿Por qué ayudar a una especie que en su origen se alimenta de la nuestra?"
"Eso no lo decidí yo", rió Milton alegremente. "Los vampiros parecen ser los únicos que sienten la suficiente curiosidad por nosotros como para regalarnos su compañía. Así que, en parte, han sido ellos los que han marcado el rumbo de mi investigación al prestarse a ella. Créeme, si mañana una sirena llamara a nuestra puerta, la recibiríamos con los brazos abiertos, igual que hacemos con ellos"
"Creí que sólo querías estudiar especies inteligentes, Milton", bufé. "Si una sirena llama a tu puerta, es mejor que la lances a un estanque"
Milton me miró confuso, intentando decidir si yo estaba bromeando.
"No bromea", añadió risueño Lyosha. "Yo ni siquiera me molestaría en lanzarla a un estanque. Estará mejor en tu sartén"
"A eso me refería exactamente", sonrió Connor. "Gracias a una charla banal, hemos descubierto que tal vez existan las sirenas"
"¿Tal vez? Claro que existen. Pero te aseguro que no son muy dignas de estudio", reí. "Las hadas. Esas si que son unas criaturas dignas de análisis"
"Y de uno muy detallado", rió Lyosha, mientras Nadya nos fulminaba con la mirada.
"¿Por qué no dejáis continuar al chico?", gruñó. "A nadie le interesan vuestras conquistas"
"Sin querer contradecirte, Nadezhda, te aseguro que sí nos interesan", sonrió Milton. "No los detalles, naturalmente", se apresuró a añadir, "pero si contribuyen a aportar datos que confirman nuestra teoría"
Al ver la mirada molesta de Nadya, Connor se apresuró a continuar su explicación.
"En más de una ocasión, durante las charlas con los vampiros, éstos han comentado que sienten sus cuerpos como ríos de adrenalina enloquecidos que necesitan calmar con emociones fuertes. Corregidme si me equivoco"
Le incitamos a continuar con un gesto. Esto se pone interesante. Probablemente yo mismo he dicho algo similar en alguna charla con Milton, pero me sorprende que de todas las tonterías que suelto en una conversación se haya fijado precisamente en eso. No pude evitar preguntarme a donde nos va a llevar todo esto, cada vez más auténticamente interesado en la charla.
"No conocemos demasiado de vuestra fisiología, aunque en apariencia es humana. Desde el principio nos preguntamos porque unos órganos funcionan y otros no. No parece lógico que se deba simplemente al capricho. La Naturaleza no es tan poco rigurosa. Hasta donde nosotros conocemos, vuestros pulmones no precisan de aire para respirar y los órganos digestivos son igualmente inútiles. Pero vuestros músculos y nervios, y vuestro sistema circulatorio, dejando al margen vuestro corazón, parecen funcionar perfectamente. Y el cerebro de un vampiro es sin duda es una máquina muy bien engrasada"
"Disponemos de otras máquinas perfectamente bien engrasadas en nuestros cuerpos, Connor", reí sin poder resistirme a una replica tan maravillosamente servida en bandeja.
"Si, a eso iba precisamente", respondió él, devolviéndome una sonrisa pícara. "Creemos que no sólo la adrenalina domina vuestros cuerpos. Todo el sistema hormonal actúa con una precisión sorprendente. De ahí vuestros estados de ánimo extremos. Vuestro cerebro segrega hormonas a una velocidad que un cuerpo humano no alcanza a concebir. La serotonina sube y baja, hundiéndoos en la depresión o exaltando vuestro ánimo. La oximeticina os hace enamoraros con una velocidad que los mortales raramente comprendemos, y os mantiene unidos a vuestros compañeros durante siglos. La adrenalina da fuerza y velocidad a vuestros músculos, os hace actuar con la rapidez y la precisión de un depredador perfecto, siempre dispuesto al combate. Y luego está la testosterona en los machos. Si pudiéramos analizar vuestra sangre, estoy convencido de que vuestros niveles de testosterona serían desproporcionados. Y recientes estudios han hallado la relación entre los niveles de testosterona y la violencia. Siempre nos preguntamos por qué las hembras no luchan tan a menudo, no son tan violentas. Y las hormonas parecen la respuesta perfecta. Ellas tienen elevados niveles de estrógenos. Por eso son tan femeninas y tentadoras. Mas serenas, pero siempre dispuestas a defender a sus clanes"
"¿Quieres decir que somos violentos porque una hormona nos obliga a ello?", pregunté sorprendido, sin estar muy seguro de si eso era una ofensa.
"Tú eres el menos indicado para preguntar eso, Leonardo", sonrió Milton. "No es sólo la violencia lo que provoca esa testosterona. También contribuye a tu irrefrenable adicción por las hembras"
Le di vueltas a la idea unos instantes, intentando aparcar mi irritación. Pese a mi reticencia, debo reconocer que esa teoría encaja. Y más conociendo datos que Milton ignora. No todos los nuestros son tan activos como mi hermano o como yo. Ni en la batalla, ni con las hembras. Es cierto que comparado con los humanos, toda mi especie los supera de lejos en ambas cosas. Y desde luego, nuestras hembras son mucho más femeninas y gratas de amar que las humanas. Pero algunos estamos por encima de la media de los nuestros, y quizá eso es lo que nos convierte en cabezas o damas de clan. Todos los jefes de familia que conozco son grandes guerreros, y todos enloquecen por las mujeres de un modo u otro. Quizá no tanto como yo, pero supongo que lo que yo era como humano tiene mucho que ver con eso. Todos nos traemos algo de nuestra vida como humanos a nuestra nueva existencia. Sabiendo eso, es probable que esos niveles de los que Milton habla, tengan mucho que ver en los dones que conforman a un hombre como el perfecto cabeza de clan. A más testosterona, más ansia de batalla, más riesgo, y más hazañas que sumar a tu reputación. Y quizá, sólo quizá, esas hormonas tengan algo que ver en el estado de Nadya.
"Es algo que deberíamos recordar comentarle a ellos", aprobó Lyosha, sin querer nombrar a los elfos. Que su existencia permanezca en secreto ante los humanos es fundamental.
"Desde luego, como teoría, encaja", aprobé a mi vez.
"Muchas gracias", sonrió Connor. "Pero sólo es una teoría. No explica en realidad mucho de lo que sois, ni muchas de las actitudes que os son comunes"
"Pero me da la razón", interrumpió Jean. "Si eso es cierto, no pueden evitar matar, lo llevan en la sangre"
"Eso es precisamente de lo que habla Connor. Por mucho que pienses lo contrario, la mayoría de ellos elige a quien matar. En un inmenso porcentaje, no son anárquicos con la muerte. Luchan contra su instinto acabando con lo peor de nuestra especie, contra seres que hasta nosotros, que hasta nuestras leyes permiten encerrar de por vida, o matar con la serena aquiescencia de nuestros gobernantes"
"¿Hablas de la pena de muerte? ¡Pero es bien distinto!", protestó el cazador. "Nosotros no nos comemos a nuestros condenados"
"No, es cierto. Vosotros matáis por venganza, al igual que nosotros. Y en ocasiones, por puro placer. Sin duda eso es mucho mejor que matar para alimentarse", replicó Lyosha con sarcasmo.
"Y en la mayoría de los casos, ellos son bastante más reticentes que nosotros a acabar con sus iguales. Nos llevan mucha ventaja en lo que a la conservación de la especie se refiere. No conozco ningún caso de asesinos psicópatas entre los vampiros. Sólo se matan entre ellos por ira, pero jamás sin motivo", añadió Connor.
Mi hermano se volvió hacia mí con preocupación, sin duda pensando en Tanya. No pude evitar rechinar los dientes ante su recuerdo. El único caso de un irracional y enloquecido asesino de vampiros en mi especie, y tiene que ser alguien a quien yo transformé. Maldita, maldita irreflexión.
Nadya se aproximó hacia mí, y posó una mano tranquilizadora sobre mi pierna, mirándome con afecto. Acaricié su cabello, intentando concentrarme en esa sensación, y escapar a mis recuerdos. Lyosha me dedicó una sonrisa de ánimo, antes de volverse al cazador con expresión severa.
"Lo creas o no, te aseguro que es así, viejo", escupió. "No nos matamos entre nosotros sin un buen motivo. Y si alguien se atreve a hacerlo, todos nos volvemos contra él"
"Claro, para matar a alguien sin motivos, ya nos tenéis a los mortales", replicó el cazador.
"La pirámide alimenticia", susurró Connor, haciendo que todos nos volviéramos hacia él con curiosidad. "Nosotros matamos animales por deporte. Ellos matan mortales para quemar adrenalina. Pero escogen bastante mejor que nosotros"
