Este capítulo era muy corto y un poco aburrido, así que al final he decidido unirlo con el siguiente. Ahora es un poco largo pero espero que más interesante.
Capítulo 11
Grantaire hizo planes para ir a París, pero tuvo que cancelarlos hasta en tres ocasiones. Era habitual que la agenda del grupo cambiara constantemente, pero empezaba a ser irritante que cada posibilidad de reunirse con Enjolras se frustrara siempre. Enjolras, por su parte, tampoco encontró el momento de volar a Nueva York para verle, y lo dieron por imposible cuando Minette inició su gira de dos meses en noviembre.
Era duro comenzar una relación a medio mundo de distancia pero, aunque Enjolras no estuviera allí físicamente, Grantaire lo sentía cerca. Su voz dorada era la luz en sus noches solitarias, el último destello del sol antes de que la oscuridad llegara, pero no podía encerrarla en un frasco como una luciérnaga para conservarla. La voz de Enjolras era la de muchas personas, la de quienes no tenían una y la de cuantos compartían su pasión y sus ideas. Sabía cantar, pero también hablaba, y las cosas que decía no eran del agrado de algunos. En París hubo problemas y allí estuvieron ellos, y aunque fueron protestas pacíficas y todo el mundo salió ileso, fue su carrera la que pagó el precio quedándose aquel año sin nominaciones y sin premios. Y la prensa no hablaba de eso.
De lo que se hablaba era del beso en el aeropuerto, que como cabía esperar causó bastante revuelo. Es un hecho: lo único más excitante que una pelea de famosos es un lío entre ellos, y si se mezclan ambas cosas el resultado es parecido al de la bomba de Hiroshima. Grantaire, que ya había protagonizado más de un escándalo y estaba acostumbrado al acoso constante de la prensa, manejaba el asunto con sentido del humor y salía medio airoso, pero a Enjolras todo aquello lo abrumaba. Lo indignaba, además, ser objeto de tanta atención por su vida privada mientras las causas que su grupo intentaba defender eran ignoradas, y cuando los periodistas se ponían muy pesados le costaba controlar su mal genio. Mal asunto, porque una salida de tono de esa clase podía salirle cara.
―Si el infierno existe, estará lleno de esos cuervos ―le decía Grantaire por teléfono―. Pero procura recordar que sois los chicos buenos, los de las canciones sobre fraternidad y todo eso. Tendrás que confraternizar con el prójimo periodista del cotilleo. Yo, en cambio, puedo sacudirles si quiero.
―Ya. ¿Cuánto te costó eso? ―le preguntó Enjolras, que conocía aquel escándalo ya viejo―. ¿Y qué te preguntó, por cierto?
―No lo sé y… no me acuerdo.
Estaba bastante borracho; de eso sí se acordaba. Fueron años intensos, los primeros, como la caída en picado de una montaña rusa después del lento y agónico ascenso. Ahora todo venía rodado y el camino parecía engañosamente llano aunque estuviera lleno de curvas vertiginosas y de giros inesperados. A veces te quedabas colgando cabeza abajo y te dabas cuenta de lo lejos que estabas del suelo. Y te preguntabas: "¿Y si me la pego?".
Pero ya no había marcha atrás. Había que hacer el viaje completo.
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Antes de comenzar la gira, Grantaire tuvo su oportunidad en Late Night. Fue poco después de que la foto del aeropuerto se hiciera viral, así que no resultó muy sorprendente que el tema saliera, aunque por lo menos tuvieron la deferencia de preguntarle por los planes del grupo antes de soltarle la bomba.
―Bueno, R, todo eso está muy bien ―le dijo el presentador mientras la famosa foto aparecía en pantalla―. Pero lo que todos nos preguntamos es ¿qué está pasando aquí? En serio, ¿qué pasa aquí? ―dijo alzando la voz mientras el público llenaba el plató de "uuuhs" y silbidos.
Grantaire sonrió con el aire mordaz de R y dijo:
―Se parece mucho a mí, ¿no? El tío feo que está besando a esa preciosidad.
Los "uuuhs" se convirtieron en "ooohs" de decepción. Grantaire guiñó un ojo y lo dejó ahí.
―¿No eres tú? ―dijo el presentador.
―¿Yo? Ya me gustaría.
―¿Y esa preciosidad, como tú dices, no es el vocalista de Les Amis?
―¿De Les qué?
―Bueno, tenemos unas imágenes suyas. Creo que son de Milán. ¿Podemos verlas? ―le preguntó a realización.
―Me parece que ya me va sonando ―se rindió Grantaire para que no las pusieran.
―¿Seguro? Porque me dicen que también hay algo de un festival y algunos tweets…
―¿Habéis rebañado el fondo del cubo de basura, eh? ―rio Grantaire, que no esperaba menos―. Hice algunos comentarios desafortunados, es verdad ―admitió abiertamente―. Y lo de Milán, bueno, fue una cagada total. ¿Se puede decir cagada en tu programa, Tom?
Se podía, pero no fue una idea genial que digamos.
Las sesiones de ensayo se volvieron tensas después de aquello, y Montparnasse faltó a más de una sin dar ninguna explicación. A Grantaire se la sudaba bastante, pero sabía por qué se comportaba así y le jodía que fuera tan mezquino. Se negó a entrar en su juego, pero habló de ello con Bossuet, quien, aunque le dio la razón en parte, también le pidió que procurara ser razonable.
―¿Y te parece que su actitud lo es? ―replicó Grantaire mientras almorzaban juntos en su piso. Bossuet había comprado sushi en un restaurante carísimo y Grantaire lo estaba engullendo sin saborear ni un bocado―. Mira, puedes decir lo que quieras sobre la guerra que empecé, pero en todo caso era mi guerra y no la suya, así que no entiendo por qué le molesta tanto que salga con él.
―Oye, John Rambo, que yo estoy de tu parte ―le dijo Bossuet―. Hablaré con él si la cosa no mejora, pero si quieres arreglarlo tienes que intentar entender por qué se comporta así. No es por Enjolras, sino por ti.
―¿Por mí?
―Lo hiciste a espaldas de todo el mundo, a escondidas, y luego vas y lo haces público sin avisarnos de la que se nos viene encima ―dijo Bossuet―. Y, sí, lo de la NBC fue en parte culpa mía: dejé a Parnasse fuera de la entrevista porque sabía que os hablarían de Enjolras y no me fiaba de su reacción, pero tú también podrías haberte mordido la lengua.
―Ah, que hablé más de la cuenta ―se exasperó Grantaire―. ¿Sobre qué, si se puede saber?
―Dijiste que lo que hizo en Milán fue "una cagada" ―le recordó Bossuet.
―¿Y no lo fue?
―Claro que sí.
―¿Pues entonces qué quieres de mí?
―Es que no eras tú quien tenía que decirlo ―trató de explicarle Bossuet.
―Como que lo va a decir él ―gruñó Grantaire.
―Mira, eso da lo mismo. El caso es que arremetiste contra él delante de toda la puñetera Costa Este cuando no podía defenderse. Ellos son tu grupo, ¿comprendes? Tienes que ser leal de cara al público. Los trapos sucios no se airean por ahí.
Era una forma de verlo, sí, pero Grantaire no había pensado en eso. Aquello lo dijo sin pensar porque no había nada que pensarse, porque fue una cagada se mirase por donde se mirase. Ni se le había pasado por la cabeza que a Montparnasse pudiera molestarle. No se lo había reprochado y, ahora que lo pensaba, eso era raro.
―¿A ti te ha dicho algo? ―quiso saber.
―¿A mí? Sí, claro. Vino a llorar en mi hombro y yo lo consolé. No digas chorradas, anda. ―Bossuet se metió en la boca un filete de atún y lo saboreó con placer. Joly estaba rotundamente en contra del pescado crudo, así que tenía que comerlo a escondidas―. Mira, Parnasse es como es. Todos tenéis lo vuestro, pero qué se le va a hacer. Lo importante es que formáis un buen equipo, así que intenta ser parte de él.
Un buen equipo, ¿eh?, pensó Grantaire mientras recogían la mesa. Pero no siempre lo fueron. Fueron tres amigos una vez… como Les Amis, un nombre que le pareció jodidamente estúpido al principio y que de repente tenía mucho sentido. Era un recordatorio constante de lo que eran: amigos que habían triunfado juntos y que seguirían juntos pasara lo que pasara. Eso le había dicho Enjolras con toda tranquilidad cuando le habló de las dudas de Courfeyrac. Pero, si él se planteara dejar el grupo, ¿lo aceptaría Montparnasse? ¿Y por qué coño se preguntaba eso? Estaban en el mejor momento de su carrera, eran grandes, y si aguantaban unos años más llegarían a estar entre los gigantes.
Les Amis, mientras tanto, estaban con los pequeños, con la gente corriente con problemas de verdad. El suyo sí que era un sueño grande; tanto que no podía hacerse realidad.
Pero tal vez tú sí puedas, se dijo cuando terminó la canción que había empezado a componer la noche que Enjolras se fue. Era una rendición, en cierta manera. ¿Por qué demonios iniciaría una guerra que no quería ganar? Tenía mucho que perder. A sí mismo, para empezar.
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Ocurrió en Los Ángeles a principios de noviembre, durante el primer concierto de la gira que emitieron en directo para el mundo entero. Allí cayó por primera vez, aunque entonces solo pareció un pequeño tropiezo.
Grantaire se había metido en el cuerpo un buen cóctel de alcohol y polvos mágicos para que la magia fluyera, y estaba frente a la puerta del escenario mientras el público rugía fuera. Montparnasse estaba junto a él, silencioso y huraño, probando su bajo. Grantaire le dio un codazo y le pasó el cigarrillo que se estaba fumando, y así fue como hicieron las paces justo antes de subir al escenario.
Abrieron con Morfina como hacían habitualmente, y a medio concierto tocaron aquella canción. La metieron en medio porque era lo que se hacía: abrir con los clásicos potentes, cerrar con los favoritos y soltar los temas nuevos a la hora u hora y media para tener margen para recuperar el ritmo.
―Esto es un adelanto del nuevo disco. Sois los primeros en oírlo ―explicó Grantaire―. Se llama Amanecer.
Comenzaba con un solo de guitarra breve y lento e iba in crescendo desde ahí, sin letra, aunque Grantaire no se apartó del micro, dejando así que la incertidumbre creciera conforme lo hacía la intensidad de la música: tres minutos de ascenso vertiginoso con lo mejor que sabían hacer, que no era poco. El silencio comenzó a extenderse desde las primeras filas y fluyó hacia atrás como una inundación. Cuando los videos de los que estaban grabando aparecieran en internet, se oiría murmurar a la gente cosas como "jo-der". Iban por cuatro minutos y estaban arriba del todo cuando Grantaire, de forma inesperada, se acercó al micro y cantó (y se arrancó de la garganta) la única estrofa de la canción:
Arderé, arderé
Y seré cenizas a tus pies
Mientras tú, hermoso mármol
Rayo de sol, amanecer
Lo prendes todo en llamas
Y me arrancas de dentro la fe
Pregúntame ahora si creo
Pregúntame en qué creo
Y te lo diré
Acabó tan bruscamente que el público se quedó mudo. Después, de golpe, el estadio entero estalló en una ovación, y Grantaire sonrió sin aliento frente al micro y pronunció un sencillo "gracias" antes de seguir. Las luces del escenario brillaron para bañar al público, aquel océano de aplausos que sonaba como la lluvia al caer. Había una multitud frente a él, pero hacía un momento estaba solo. Había tocado aquella canción para una sola persona aunque estuviera frente a sesenta mil…
…personas…
…mirándole a él… escuchándole a él… junto con todas las que seguían el concierto por internet…
La vista se le nubló. La luz lo cegó y borró de sus retinas aquella pavorosa visión. No podía respirar, la guitarra lo estaba asfixiando. Se enredó con la correa cuando se deshizo de ella y la tiró al suelo con un chirrido estridente, derribando el micro también, y apartó a Montparnasse de su camino para meterse a toda prisa en el backstage.
―¡R, qué pasa! ―le preguntó alguien del equipo técnico.
―Eh, compañero, ¿estás bien?
Grantaire no pudo responder. Estaba mareado y tuvo que sentarse en el suelo, donde lo rodeó el equipo al completo.
―¡Apartaos, coño, no lo agobiéis! ―Era la voz de Montparnasse, que echó a todo el mundo a empujones y se arrodilló delante de él―. ¿Te ha dado el bajón o qué? ―le dijo a Grantaire―. ¿Te has metido algo raro? A ver, mírame.
Él negó sin levantar la cabeza. Qué cagada. Qué puta chorrada acababa de hacer.
―Tú tranquilo, que ya pasa ―le dijo Montparnasse―. Y si no, pues que les den. Aunque no quería cerrar con tu mariconada de canción. Me siento sucio, joder.
Grantaire intentó sonreír. No lo logró del todo, pero ya era algo.
―Vamos a seguir ―prometió.
Salió diez minutos después con una guitarra nueva y la firme promesa de que nunca haría aquello otra vez. Jamás en su vida había pisado un escenario siendo solo Grantaire.
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Tenía un mensaje de Enjolras, pero no lo vio hasta que llegó al hotel. Decía: "Llámame". Grantaire obedeció.
―¿Estás bien? ―le preguntó él.
Grantaire se derrumbó en la cama, agotado pero sonriendo.
―Lo has visto… ―Se lo había estado preguntando toda la noche, pero no contaba con ello. Con nueve horas de diferencia, en París estaría amaneciendo cuando tocaron aquella canción. Qué ironía, ¿no? Y qué tontería, también.
―¿Qué te ha pasado? ―le preguntó Enjolras, preocupado.
―Un mal viaje ―mintió Grantaire. Aunque, bien pensado…―. A veces se me va la mano, pero ya estoy bien.
―¿Seguro?
―Mhum.
Cerró los ojos y sintió que se hundía, pero se aferró a la luz para poder hablar con él.
―¿En qué crees, Grantaire? ―flotó su voz como un destello entre la niebla.
A Grantaire se le escapó una risa tan leve como un suspiro.
―Pues en ti, rayo de sol ―dijo medio dormido.
No supo si él le respondió. Cuando cerró los ojos, la oscuridad se espesó.
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Les Amis no asistieron a la gala de los MTV en Viena. No estaban nominados ni invitados, así que tampoco se vieron en aquella ocasión. Minette, por su parte, se llevó el premio al Mejor Disco Alternativo del año, un reconocimiento de los grandes que le arrebataron a grupos mucho más consolidados, así que la satisfacción era doble o debería haberlo sido. Lo cierto fue que el entusiasmo que demostró Grantaire al recibirlo fue tan falso como los aplausos, y esa noche estuvo más convencido que nunca de que aquella industria no era más que un Olimpo de cartón brillante, una fábrica de marionetas con aspecto de dioses.
¿Excesos? ¿Problemas legales? ¿Escándalos de toda clase? No es que se los pasaran por alto; es que ser unos capullos formaba parte del espectáculo. Les Amis, en cambio, se habían salido del guion establecido y les habían sacado la amarilla, por así decirlo. Aquello era un aviso, pero una más como esa y estarían fuera del partido.
Las jóvenes promesas, los chicos comprometidos… Hacía un año estaban en boca de todos, ¿y a quién le importaba dónde estuvieran ahora? A sus fans, desde luego, que habían cerrado filas en torno a ellos, pero a muy pocos de los que se sentaban en aquel teatro.
Y también estaba la prensa, claro. A esos no se les escapaba nada, y allí estaban cuando los artistas salieron entre el estallido de los flashes y las preguntas de los reporteros. Habían perdido una gran ocasión de conseguir fotografías de los dos juntos en un evento público, pero a falta de imágenes se lanzaron a la caza de alguna declaración. Acribillaron a Grantaire a preguntas, y Montparnasse tampoco se libró. El incidente de Milán volvía a ser actualidad aunque hubiera pasado un año ya, pero Montparnasse ignoró las preguntas que le hicieron. Grantaire, en cambio, no tuvo reparos en entrar al trapo, y a las preguntas personales e indiscretas respondió con aquel descaro que hacía que la prensa se frotara las manos. Otros medios, más profesionales, quisieron saber si planeaban hacer alguna colaboración, y Grantaire les dijo que no habían hablado de ello.
―¿Qué opinas de que no hayan sido nominados este año? ―le preguntó una reportera francesa.
―Hace tiempo dije que sus canciones eran divertidas ―le respondió Grantaire―, pero parece que algunos no tienen sentido del humor.
―¿Crees que hay intereses políticos detrás de su ausencia?
―¿Quién, yo? ―fingió escandalizarse Grantaire―. Yo no creo nada, por eso me va tan bien. Hago música sobre alcohol y drogas y esas cosas tontas y me han dado un premio, ¿ves?
Más tarde, mientras descorchaban champán en la limusina y Babet y Sous se asomaban al techo solar para aullarle a la luna por toda la ciudad, Montparnasse decidió romper su voto de silencio y le dijo:
―¿Sabes qué? Me rindo. Si quieres ponérselo en bandeja a ese tío por su cara bonita o por su culo de putillo, pues tú mismo, pero por lo menos intenta que su mierda no nos salpique a nosotros. ¿O también es mucho pedir que no nos hundas a todos?
Grantaire vació su copa y la balanceó entre los dedos mientras miraba por la ventanilla.
―Me parece que ya lo entiendo ―comentó en tono distraído―. Lo que te molesta tanto de él.
Montparnasse soltó un resoplido para ilustrar el interés que le merecía aquello.
―Es porque ha llegado donde está jugando limpio, ¿verdad? ―continuó Grantaire.
―Y una mierda.
―No todo el mundo es como nosotros, ¿sabes? Hay gente que no está dispuesta a lo que sea con tal de ver su cara en una portada.
―Venga ya, R, ¿pero tú lo has visto? ―dijo Montparnasse en tono despectivo―. Si tienes un billete en primera, lo usas. Punto.
―Y eso lo sabes porque te han dado unos cuantos viajes, ¿no?
La pausa duró varios segundos: los que tardó Montparnasse en decidir si le partía la cara. Había una línea ahí y Grantaire acababa de cruzarla, pero quería que le entrara en la cabeza que iba muy en serio con Enjolras y que insultarlo a él también era pasarse de la raya.
El coche acababa de detenerse frente al hotel, donde un grupo de fans lo rodeó. Era un misterio cómo descubrían siempre dónde se alojaban. Babet y Sous salieron por el techo sin esperar a los guardaespaldas y se zambulleron entre sus admiradores, dejando a Grantaire y a Montparnasse a solas en el coche.
―Mira, no he dicho nada ―acabó rectificando Grantaire―. Olvídalo, ¿vale? Pero, joder, intenta entender…
―Lo entiendo muy bien ―lo cortó Montparnasse sin necesidad de alzar la voz―. Y, por cierto: de nada.
Abrió la puerta y salió dejando el premio en el asiento: aquel astronauta con los pies tan lejos del suelo. Grantaire se quedó mirándolo mientras oía los gritos de los fans. No estaba de humor para saludarlos, pero hizo el esfuerzo. Montparnasse había pasado de largo sin mirarlos, pero en la puerta del hotel dio media vuelta, regresó a por la primera chica medio guapa que vio y se la llevó a su habitación.
Grantaire subió veinte minutos después, suspirando aliviado cuando la puerta del ascensor se cerró. Babet y Sous se habían ido al bar de la azotea con unas cuantas chicas y habían insistido para que Grantaire los acompañara, pero él hubiera preferido saltar por una ventana. No era por las chicas, desde luego, ni tampoco por ellos, sino porque verlos era como mirarse en un espejo hacia el pasado no tan lejano. ¿Sería él tan cretino y tan patético hacía pocos años? Probablemente más que ellos. Lo ponían de los nervios.
Pensaba vaciar el mueble bar, y por lo menos esa idea lo animó cuando llegó a su habitación con la chaqueta del esmoquin sobre un hombro y la estatuilla en la mano. Lo extrañó encontrar la luz encendida y la ventana abierta… Allí, frente al paisaje nocturno de la ciudad dividida por el Danubio, estaba esperándolo Enjolras.
A Grantaire se le cayó el premio. El célebre Hombre de la Luna alunizó bruscamente en el suelo.
―Quería darte una sorpresa… ―le explicó Enjolras a un Grantaire completamente perplejo.
―Pues… enhorabuena.
―Pero en realidad me has sorprendido tú.
―¿Esperabas a otra persona? Porque yo me alojo aquí.
Enjolras sonrió de forma sutil. Incluso aquel gesto tan leve le cortaba la respiración.
―He oído lo que le has dicho a la prensa ―le aclaró―. Vas a tener problemas si empiezas…
Pero su voz se apagó cuando comprendió que Grantaire no lo estaba escuchando. Había cruzado la habitación a grandes pasos y lo envolvió en sus brazos para besarlo. Y aunque Enjolras no tolerara que lo hicieran callar, se lo pasó por esa vez y respondió a su beso con igual entusiasmo. Estaban sin aliento cuando se separaron.
―Perdona… ―dijo Grantaire medio riendo y medio jadeando, y puede que medio llorando si caben tres mitades en una sola cosa―. ¿Qué estabas diciendo?
―Nada interesante, al parecer.
Aquel candor en la sonrisa… Y luz de sus ojos azulísimos. Aquello era real, y la prensa y Montparnasse y todos los demás podían irse al infierno. Dios, lo echaba tanto de menos. Debería ser un caballero y ofrecerle algo de beber o por lo menos hablar con él, pero habían hablado muchísimo y lo que Grantaire quería era quitarle la ropa. Volvió a besarlo mientras lo hacía retroceder hacia la pared, pero Enjolras fue mucho más directo que él y lo empujó hacia la cama, donde Grantaire cayó sentado mientras él se quedaba de pie. Se sentía desarmado cuando lo miraba de aquella forma. Grantaire no sabía qué quería hacer, pero…
Oh.
Oh, joder, joder…
Enjolras había trepado a la cama, haciéndole retroceder, y le estaba desabrochando los pantalones mientras se inclinaba sobre él. Grantaire quiso detenerlo. No podía dejarlo hacer eso con su preciosa boca, pero no fue capaz de decir nada y se dejó caer en la cama mientras la vista se le nublaba…
Pero…
Pero entonces notó que aquella boca tan dulce y tan cálida no era… tan hábil ni parecía muy experimentada. No supo qué pensar, y lo que se le ocurrió lo asustó tanto que se negó a seguir pensándolo. Pensó entonces en las insinuaciones de Montparnasse y en cuánto le jodería descubrir aquello; seguro que hasta él se sabía un par de trucos, y eso que los tíos no eran lo suyo, pero tampoco quería pensar en eso. Se atrevió a mirar, aunque le parecía casi un pecado, y vio su perfil enmarcado por sus rizos dorados y sus suaves labios… dios santo...Entonces sus ojos azules se alzaron, y al ver que Grantaire lo estaba mirando se apartaron de inmediato. Enjolras nunca dejaba de desconcertarlo. Parecía tan seguro de sí mismo… Pero se estaba preguntando si lo que hacía le gustaba. Si supiera cuánto…
Grantaire se recostó de nuevo y enterró los dedos en su cabello con suavidad, sin forzarlo, solo para dejarle saber que estaba mejor que bien. No, Enjolras, no necesitaba ser muy hábil para volverlo loco, pero Grantaire no lo dejó ir demasiado lejos. Disfrutó un poco más de aquello, permitiéndose volver a espiarlo mientras él tenía los ojos cerrados, y después acunó su nuca para atraerlo y poder besarlo.
Se moría por desnudarlo, pero ya sabía que Enjolras prefería hacerlo él mismo y Grantaire no tenía nada que objetar. Adoraba mirarlo y venerar con los ojos aquella piel de mármol que tan cálida era al tacto. Grantaire se quitó la camisa con los botones milagrosamente intactos, pero no pudo ni quitarse los pantalones antes de oír ese "fóllame" que él le susurró al oído con urgencia. Ya no había redención para su hermosa boca, y su voz… Su voz lo hacía sentir cosas que desconocía hasta ahora. Grantaire ni siquiera tenía condones, pero Enjolras sí. Tenía muy claro para qué estaba allí y no era para jugar. Lo quería ya y parecía necesitarlo tanto como él o más. Grantaire no lograba entenderlo.
―Eres todo un misterio ―le susurró al oído mientras se entrelazaban sus cuerpos―. Pero no me quejo. Puedes aparecer de la nada cuando quieras.
Y probarme una vez más que eres tan ingenuo…
Tenía que ser muy cándido o muy seguro de sí mismo, o ambas cosas a la vez, para colarse allí sin avisar como si no cupiera la posibilidad de que Grantaire tuviera compañía. Pero Enjolras parecía dar por hecho que iban en serio y además confiaba en él, y aunque Grantaire no sabía si merecía esa clase de confianza (la mayoría de sus relaciones duraban horas y las más largas se acababan por la mañana) lo hacía feliz saber que Enjolras pensaba así.
Pero, en realidad, no tenía ni idea de lo que pensaba Enjolras. Solo Enjolras sabía realmente qué quería y por qué. Grantaire esperó fervientemente que lo supiera.
Lo besó con avidez antes de penetrarlo, despacio pero de una sola vez, y Enjolras se arqueó buscándole con todo su cuerpo mientras gemía con fuerza.
―Dímelo otra vez ―le pidió entre jadeos.
―¿Qué quieres que te diga? ―Grantaire le diría lo que quisiera, fuera verdad o mentira.
―Lo que me decías en… tu canción…
―¿Te gustó?
Enjolras asintió con los ojos cerrados y después, en voz baja y entrecortada, le explicó cuánto… y cuántas veces… en su cama… con sus manos…
―Joder… ―sollozó Grantaire.
―Dímelo.
―Joder, Enjolras…
―Dime…
―Creo. Creo en ti.
―Eso no.
Grantaire no lo entendió. ¿No era eso? ¿Entonces qué quería?
¿Tal vez…? O quizá no. No lo sabía, pero se arriesgó:
―Rayo de sol…
Enjolras cerró los ojos y lo buscó con desesperación, y Grantaire lo folló como sabía que le gustaba, preguntándose si sería así como él lo imaginaba. Sus caderas decían que sí a gritos, y cuando Grantaire volvió a susurrárselo, esta vez al oído, él se corrió sin previo aviso, aferrado a sus brazos y mordiéndose el labio inferior. Con aquella visión frente a él, Grantaire no tardó mucho en seguirlo.
Pasó casi un minuto hasta que recobró el aliento, y la cordura no quería recuperarla. Enjolras había girado el rostro sobre la almohada y tenía un brillo húmedo en las rubias pestañas.
Estabas roto, pensó Grantaire mientras lo miraba. Tú también…
En aquel mundo de locos estaba todo del revés.
Pero tú vas a arreglarlo, ¿verdad que sí? Y yo creo que puedes porque creo en ti.
Aunque no fuera eso lo que él quería oír.
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Cuando aquella madrugada despertó solo en la cama, Grantaire no se extrañó demasiado. En las relaciones esporádicas, despertarse y descubrir que la otra persona se ha marchado suele ser un alivio: ahorra situaciones incómodas y proporciona una prueba tranquilizadora de que no ha habido malos entendidos y de que todo el mundo quería lo mismo, aunque también deja cierta sensación de vacío. Grantaire lo notaba más al principio, pero después la sensación… bueno, no desapareció exactamente, sino que se hizo más o menos crónica y acabó acostumbrándose. Despertar a solas solía ser un alivio, pero era un jarro de agua fría cuando era Enjolras quien dejaba la cama vacía.
Grantaire lo buscó con la mirada sin levantar la cabeza de la almohada. No estaba, pero hasta el dormitorio llegaba el susurro del agua al correr. Se quedó adormilado hasta que, minutos después, Enjolras regresó a la habitación sigiloso como una sombra. No encendió la luz mientras buscaba su ropa.
―Hueles bien ―le dijo Grantaire con voz soñolienta, aunque solo olía a champú corriente.
―Perdona, no quería despertarte ―susurró él.
―Te perdono ―bostezó Grantaire―. Pero vuelve a la cama.
―No puedo. Mi vuelo sale dentro de tres horas ―le explicó Enjolras mientras recogía su ropa.
Grantaire gruñó y se tapó la cara con la almohada. La dura realidad volvía a la carga y encima lo hacía a las cinco de la mañana.
―¿Y te ibas sin despedirte como un ligue de una noche? ―le reprochó―. Solo faltaría que no te acordaras de mi nombre.
―Qué insultante sería eso… ―comentó él como de pasada.
Grantaire no replicó. Se lo tenía merecido.
―Tocado ―admitió con resignación. Después se levantó―. Bueno, pues vamos.
―No hace falta que me lleves. Pensaba pedir un taxi abajo ―dijo Enjolras.
Grantaire suspiró con dramatismo y le tiró su camisa a la cara.
―A ver cuando aprendes a ser una estrella como dios manda.
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Se despidieron en el coche. No en un taxi, sino en la limusina que Minette tenía a su servicio las veinticuatro horas. Claro que era ostentoso e innecesario, pero tuvieron intimidad un ratito más y a eso Enjolras no puso tantas objeciones.
No fue una despedida fácil. Habían pasado dos meses separados y no sabían cuándo volverían a verse, aunque intentarían pasar juntos Año Nuevo y, si podía ser, sería en París esta vez.
―No es justo que siempre vengas tú a verme ―le dijo Grantaire con su frente descansando en la de él―. ¿Me llamarás cuando llegues?
Lo besó por última vez y, cuando Enjolras se bajó del colche, lo siguió con la vista hasta que se perdió entre el bullicio. Tuvo ganas de correr detrás de él, subirse a cualquier avión y desaparecer, pero odiaba las películas románticas con toda su alma. Así que regresó al hotel, le dio un buen sobresueldo al chófer por las molestias y pidió que le subieran el desayuno a su suite. Siempre tenía hambre cuando estaba de buen humor.
En el dormitorio había dos albornoces y un par de envoltorios de condón, la cama estaba tan revuelta que parecía que un tornado hubiera pasado por ella, y era un milagro que su smoking no estuviera colgado en la lámpara, pero Grantaire no esperaba recibir visitas y no se preocupó. No contó con que Montparnasse no entendía de puertas cerradas. Ni siquiera llamó.
―¿Y qué, has dormido bien? ―le preguntó mientras Grantaire daba buena cuenta de unos bollos de naranja que estaban para chuparse los dedos.
―De maravilla ―respondió él con la boca llena.
―O sea, que ayer montaste una fiestecita privada ―dijo Montparnasse mientras se sentaba frente a él y cogía una tostada―. ¿Y a qué viene darme la charla si luego te llevas a la cama al primero que pasa? Te gusta tocarme los huevos, es eso.
Grantaire sonrió sobre el borde de su taza de café. Estaba un poco amargo, así que lo endulzó con algo del mueble bar.
―No sé yo, Parnasse… Eres muy guapo, pero creo que te respeto demasiado.
―Mira qué gracioso ―dijo Montparnasse sin sonreír ni por asomo―. Está claro que te hacía falta echar un polvo. ―Tiró la tostada en el plato y se puso de pie―. Nos vamos, así que ve acabando.
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Tenían que volar a San Francisco para retomar la gira que duraría hasta finales de diciembre, pero el regreso no fue apasionante que digamos. Fue allí, en San Francisco, donde Grantaire sufrió el segundo ataque de pánico.
En aquella ocasión, logró mantenerlo bajo control sin tener que dejar el escenario, pero la experiencia fue aterradora y dejó un residuo permanente de terror. Lo obsesionaba la idea de que volviera a sucederle, y su pánico se alimentó de ese temor y creció y creció. Grantaire no sabía qué le estaba pasando, pero le parecía mucho más fácil actuar borracho y colocado que pensarlo demasiado. En Portland dio un concierto tan malo que nadie se hubiera quejado si no hubiese salido más al escenario, y en Seattle rompió otra guitarra de pura frustración y no salió a hacer un bis aunque el público se desgañitó. Grantaire no supo quién se chivó a Bossuet, que lo llamó desde Nueva York para tener una charla con él.
―Me gustaría que hablaras con Joly ―le pidió. No era la primera vez que lo sugería, pero a Grantaire no le hacía gracia que le abrieran la cabeza como un melón por si no le gustaba lo que salía.
Ninguno de aquellos conciertos se emitió en abierto como el de Los Ángeles, pero gracias a los fans y a los putos móviles ya no pasaba nada sin que se enterara el mundo entero. Y Enjolras se enteró, por supuesto.
―¿Va todo bien? ―volvió a preguntarle. Lo hizo horas después del concierto de Vancouver porque Grantaire no había cogido el teléfono cuando lo llamó antes de la actuación. Odiaba ignorar sus llamadas y temía que él se diera cuenta, pero tenía la sensación de que le resultaba más fácil salir al escenario cuando no pensaba en Enjolras.
Como si dejara de hacerlo alguna vez…
―No pasa nada ―mintió. Le mintió aunque lo quería. Porque lo quería. Estaba loco por él―. Se me va la mano a veces, qué le voy a hacer.
Arderé, arderé
Y seré cenizas a tus pies
Pero era él; sabía que era Enjolras el que lo estaba jodiendo vivo. Le había abierto los ojos de una bofetada y, por alguna maldita razón, Grantaire fue lo bastante masoquista como para volver a poner la cara.
Intento entenderlo, le había dicho aquel verano. Lo que pasa por tu cabeza cuando te plantas delante de tanta gente y les dices que no merece la pena.
Nada, debió decirle Grantaire. Cuando salía al escenario no pensaba. Por eso la cagó tanto en Glastonbury y por eso, al parecer, el público lo adoraba.
Crees que nadie te escucha, pero ¿y si alguien lo hiciera?
Pues eso sería una mierda. Y ojalá no fuera cierto porque ¿qué había estado haciendo si lo era? Y aún peor: ¿qué iba a hacer? Grantaire no sabía hacer nada más… no tenía nada más… La música era su vida.
Mientras tú, hermoso mármol
Rayo de sol, amanecer
Lo prendes todo en llamas
Y me arrancas de dentro la fe
Pero estaba perdiendo su oscura aura, su voz sin alma, la sonrisa que era como un desgarro en la cara. Estaba perdiendo a R, y a R lo necesitaba.
Sin R, su carrera tenía los días contados. Sin R, su castillo en las nubes se estaba derrumbando.
