Aclaración:
Los personajes de Naruto es propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación.
Advertencia: Lenguaje sexual explicito - OOC
Capitulo Once: No puede ser
Hinata se frotó los cansados ojos mientras miraba su libreta de notas. Era viernes por la mañana, y los invitados no tardarían en comenzar a llegar. De hecho, ya habían llegado sirvientes de diferentes casas con baúles y maletas dispuestos a prepararlo todo para la llegada de sus respectivos amos y amas. Estaba sentada en una larga mesa de madera que había en una habitación contigua a la cocina, tiempo atrás utilizada para elaborar las medicinas que se usaban en la finca y actualmente sólo para guardar hierbas secas, mazapanes, panes y conservas.
—Bueno, Lottie—le dijo a la criada principal, que era responsable de trasmitir las instrucciones de trabajo a las otras criadas—, ya sabe cómo y cuándo se deben ordenar y limpiar las habitaciones después, de que los invitados se levanten cada mañana.
—Sí, señorita.
—Y recuerde que no debe dejar que ninguna criada se aventure sola en las habitaciones de los solteros en la casa auxiliar; deben trabajar en parejas.
—¿Por qué, señorita?
—Porque uno de los solteros podría verse asaltado por lo que una vez me describieron como "pasión mañanera". Cabe la posibilidad de que quieran aprovecharse de alguna chica y hacerle proposiciones deshonestas, o algo peor. Habrá menos probabilidades de que ocurra si las muchachas trabajan juntas.
—Muy bien, señorita.
—Y ahora, como parte de los invitados llegará esta mañana, ponga mazos de naipes en la sala de juego. Supongo que algunos caballeros querrán visitar el pabellón de pesca junto al lago; ¿podría decirle a Hordle que coloque sillas, mesas y un poco de vino?
—Señorita Hyuga…—Lottie miró sobre el hombro de Hinata y soltó una risita—. ¡Oh, Dios mío!—exclamó llevándose una mano a la boca y riendo disimuladamente.
—¿Qué sucede?—le preguntó Hinata, dándose la vuelta y poniéndose de pie al ver la alta silueta de sir Naruto en la puerta de la habitación. El corazón le latió con más fuerza ante semejante visión. Naruto estaba terriblemente guapo, con un aspecto muy viril, vestido con un hermoso abrigo azul y pantalones beige.
—Voy a hablar con el señor Hordle—dijo la criada, todavía riendo mientras salía corriendo de la habitación.
Hinata lo miró a los ojos y se humedeció los labios. No podía hacer mucho que estaba en Konohahill Park; debía de haberla ido a buscar nada más llegar. La semana que habían pasado separados no había hecho sino intensificar sus sentimientos hacia él, y tuvo que contenerse para no arrojarse a sus brazos.
—Buenos días, sir Naruto—dijo, casi sin aliento—. Tiene… tiene buen aspecto.
Naruto se acercó y con una de sus grandes manos le tocó la mejilla, manteniendo la yema de los dedos durante un instante en la curva de la mejilla.
—Eres aún más encantadora de lo que recordaba—murmuró—. ¿Qué tal te ha ido, Hinata?
—Bastante bien—consiguió decir ella.
—Mi madre no podría hablar mejor de ti. Está muy satisfecha con tu trabajo.
—Gracias, señor—respondió Hinata, bajando las pestañas, temerosa de que el deseo tan intenso que sentía fuera demasiado fácil de percibir. Sintiéndose cohibida, se dio la vuelta y cruzó los brazos—. ¿Ha sabido algo del vestido?—le preguntó, tratando de recuperar el dominio de sí misma.
Naruto entendió que se refería al vestido de noche color lavanda.
—Todavía no. Después de estudiar la tela y el estilo de confección, Sai ha limitado las posibilidades a tres sastres. Voy a interrogarlos personalmente cuando vuelva a Londres.
—Gracias—le dijo Hinata, esbozando una leve sonrisa—. Debería ofrecerle algo a cambio; cóbreme los gastos, o…
—Hinata—la interrumpió él frunciendo el entrecejo, como si se sintiera insultado—, jamás aceptaría dinero de ti. Es responsabilidad mía protegerte a ti y a los que trabajan para mí.
Ella no supo qué responder.
—Debo volver al trabajo—dijo escuetamente—. Antes de que me vaya, ¿quiere algo más, sir Naruto? Un refresco, café…
—Sólo a ti.
A Hinata le temblaron las rodillas. Trató de mantenerse serena. Como si su boca no estuviera seca de deseo, como si su cuerpo no hirviese de excitación. Hizo un intento por desviar la conversación.
—¿Cómo está su hombro, señor?
—Se está curando bien; ¿quieres echarle un vistazo?—le preguntó Naruto llevándose la mano a la camisa, como si estuviese ansioso por desnudarse para ella en ese preciso lugar. Hinata le dirigió una mirada de asombro pero, por el brillo de sus ojos, se dio cuenta de que Naruto estaba bromeando. Si alguna vez iba ella a poner fin a la atracción que había surgido entre los dos, tenía que ser ahora.
—Sir Naruto, ahora que ya vuelve a estar bien, y que yo he tenido algunos días para reflexionar sobre nuestra…nuestra…
—¿Relación?—sugirió él.
—Sí. He llegado a una conclusión.
—Y ¿qué conclusión es ésa?
—Creo…creo que mantener una relación íntima no sería inteligente por parte de ninguno de los dos. Yo estoy satisfecha con ser su ayudante, y con eso basta—dijo, y sólo titubeó al final de su discurso—. A partir de ahora no aceptaré más atenciones indecorosas de su parte.
Naruto mantuvo su mirada en ella.
—Ya discutiremos ese asunto más tarde—murmuró finalmente—. Después del fin de semana. Ya verás cómo acabaremos por entendernos.
Hinata, nerviosa, tragó saliva y se dio la vuelta, tratando de mantenerse ocupada con los objetos de un estante cercano. Encontró un ramillete de hierbas secas y, sin darse cuenta, se puso a hacer crujir las hojas.
—No cambiaré de opinión.
—Yo creo que sí—repuso Naruto en voz baja, y se fue.
Nobles, políticos y hombres de diversas profesiones se paseaban por las habitaciones comunes y los jardines traseros. Las mujeres jugaban a las cartas, charlaban sobre costura o revistas femeninas o paseaban por los pulcros senderos que había en el exterior. Los caballeros se dirigían a la sala de billares, leían periódicos en la biblioteca o iban al pabellón junto al lago. Era un caluroso día de junio, y la brisa que soplaba no bastaba para aligerar al inmisericordioso sol.
Entre bambalina, los sirvientes estaban muy ocupados limpiando, cocinando, planchando y aireando todos los manteles y sábanas que se usarían en esos dos días de fiesta. La cocina rebosaba de vapores y aromas; los hornos de pan estaban llenos de masa y los asadores repletos de carnes y jamones. Siguiendo las órdenes del cocinero, las ayudantes de cocina envolvían codornices en hojas de parra y tocino y las ensartaban en brochetas. Las codornices serían servidas como aperitivo, para aplacar el apetito de los comensales hasta que la cena fuese servida, a las diez en punto.
Satisfecha de que todo discurriese según lo previsto, Hinata fue hasta los amplios ventanales que había al final de la gran escalera y observó a un grupo de invitados que estaban en la terraza del jardín de abajo. Localizó a Naruto a la primera; su inconfundible figura era fácil de distinguir entre las otras. Aunque llevaba el peso de su autoridad sin problemas, era un hombre de éxitos casi legendarios, y los invitados eran claramente conscientes de ello.
Hinata sintió una punzada de celos al ver la forma en que las mujeres revoloteaban a su alrededor, nerviosas y excitadas con su presencia, y cómo le hablaban y le sonreían y le lanzaban miradas coquetas. Por lo visto, la reputación de sir Naruto como casto caballero no sólo no apagaba el ardor femenino, sino que lo avivaba aún más. Hinata estaba segura de que muchas de las mujeres allí presentes, sin importar su edad o circunstancias, estarían encantadas de poder afirmar que habían conseguido atraer la atención de aquel escurridizo viudo.
Los pensamientos de Hinata fueron interrumpidos por pasos en la escalera de mármol. Se dio la vuelta y vio a un par de lacayos que cargaban con un enorme baúl, con las caras enrojecidas por el esfuerzo. Detrás de ellos iba Yahiko Uzumaki, cogido del brazo de una joven esbelta y muy atractiva. No parecieron reparar en Hinata hasta que llegaron al descansillo.
—Buenas noches, señor Yahiko—murmuró Hinata, haciendo una leve reverencia.
Yahiko la miró, obviamente sorprendido. A Hinata le causó gracia darse cuenta de que éste no había sido avisado de su presencia en la casa; aunque, por supuesto, los asuntos que tenían que ver con los sirvientes no serían de su interés.
—¿Qué está haciendo aquí?—le preguntó él bruscamente.
—La señora Uzumaki me pidió que le ayudase con los preparativos de la fiesta, puesto que la anterior ama de llaves se marchó precipitadamente.
—¿Quién es?—le preguntó a Yahiko la joven de cabello corto.
El primo de Naruto se encogió de hombros, como quitándole importancia al asunto.
—No es más que la sirvienta de mi hermano. Vamos, Konan; no es nada decoroso que nos entretengamos en el descansillo.
Hinata observó con interés cómo se marchaba la pareja. La esposa de Yahiko era la clásica belleza inglesa, cabello lacio y pálida, de boca pequeña y roja como el capullo de una rosa. Hinata sintió pena por ella; estar casada con un niñato consentido como Yahiko no debía ser fácil.
Al anochecer, los invitados se dirigieron al comedor, presidido por un gran hogar de mármol. Unos enormes arcos de piedra rodeaban una serie de ventanas coloreadas de estilo prerrafaelita, que brillaban a la luz de las velas. Hinata trató de pasar lo más inadvertida posible, consultando cosas con los lacayos mientras éstos servían la cena, compuesta por ocho platos, entre los que había ternera en su jugo, pez San Pedro, liebre y cerceta asadas y salchicha de faisán. Después de que se hubieron retirado todos los platos, se sirvió una selección de mermeladas, pasteles y helados.
Cuando hubo acabado la cena, los lacayos recogieron la mesa y usaron espátulas de plata para recoger las migas que habían quedado sobre el mantel. Las damas se retiraron al salón para a tomar café, mientras los caballeros se quedaron en la mesa a beber oporto y tener un poco de conversación masculina, aunque algunos fueron a la sala de billares a fumar. Después de media hora de separación, las parejas volvieron a reunirse en el salón para tomar el té y seguir charlando. Hinata entró discretamente en la sala y miró a Kushina Uzumaki para ver si estaba satisfecha; cuando las miradas de ambas se encontraron, Kushina sonrió y le hizo un gesto de que se acercase. Hinata obedeció al instante.
—¿Sí, señora Uzumaki?
—Hinata, a los invitados les gustaría jugar al juego de los asesinatos.
—¿Perdón?—preguntó Hinata con asombro. Kushina rió al ver la cara de la muchacha.
—Los asesinatos son la última moda; ¿no has oído hablar de ellos? Los jugadores extraen tiras de papel de un bol para ver qué papel les ha tocado desempeñar. Uno de los papeles dice "asesino", otro "investigador", y el resto son víctimas potenciales. La casa debe estar a oscuras y todo el mundo tiene que esconderse. El asesino va en busca de víctimas, mientras el investigador trata de descubrir su identidad.
—Como el escondite.
—¡Exacto! Y ahora, Hinata, llama a una o dos criadas y dejen la casa a oscuras, y dile a los sirvientes que sigan con su trabajo sin estorbar a los jugadores.
—Sí, señora Uzumaki; ¿sería tan amable de decirme qué partes de la casa deben quedar a oscuras? Una de las acompañantes de Kushina, una mujer pelirroja de mediana edad, con un elegante peinado, respondió:
—¡Todas, por supuesto! Sería un aburrimiento si no pudiésemos usar toda la casa. Haciendo caso omiso de la mujer, Hinata inclinó la cabeza y le susurró a Kushina:
—Señora Uzumaki, ¿puedo sugerir que la cocina permanezca iluminada? Las encargadas de la cocina tienen un montón de vajilla que lavar…
—Una decisión inteligente, Hinata; será mejor que mantenga la cocina iluminada. Y ahora, dese prisa, por favor; me temo que muchos de los invitados están ansiosos por comenzar.
—Sí, señora.
Mientras Hinata iba a cumplir las órdenes, oyó como la mujer pelirroja el decía a Kushina:
—No me gustan sus modales, Kushina. Si quieres mi opinión, creo que es demasiado orgullosa, lo cual no es nada apropiado para un ama de llaves.
A Hinata le ardieron los oídos al saberse criticada.
—Nadie te ha pedido tu opinión—murmuró entre dientes.
Aunque trataba de evitarlo, no podía dejar de pensar con amargura que, si el destino hubiese sido más benévolo, ella hubiera podido ser una de las invitadas de esa noche. Había nacido con el mismo estatus social que toda aquella gente, y no tenía paciencia para aguantar su arrogancia. De hecho, su sangre era más azul que la de los Uzumaki, aunque eso ya no sirviese de nada.
Después de ordenar a los sirvientes que dejasen las habitaciones a oscuras fue a apagar las luces de una de las habitaciones de recepción de la planta baja. La luz de la luna brillaba a través de la ventana, y Hinata comenzó a echar las cortinas de terciopelo.
De repente, alguien entró en la habitación. Hinata, iluminada por un rayo de luna, dudó un instante y se volvió. A primera vista, la silueta del hombre le recordó a Naruto, y el corazón le latió con más fuerza; sin embargo su voz hizo desvanecer todas sus ilusiones.
—Eres una gatita muy lista—le dijo Yahiko con desdén—. Te entrometes en la vida de mi primo, y ahora en la casa de mi familia. Debes de estar muy satisfecha.
Hinata trató de permanecer impertérrita, aunque por dentro hervía de rabia. ¿Qué derecho tenía aquel majadero para seguirla hasta allí e insultarla?
—No sé a qué se refiere, señor Yahiko; sólo espero que su tia esté satisfecha conmigo. Yahiko soltó una risa gutural.
—Seguro que lo está; y no cabe duda de que mi primo también, y en más de una forma.
—¿Perdón?—Hinata fingió no entender el comentario y se dispuso a salir de la habitación— Discúlpeme.
Sin embargo, Yahiko se interpuso en su camino con una desagradable sonrisa en el rostro.
—Naruto debe de haber sido un blanco fácil—comentó—. Después de tantos años de vivir como un monje, mi primo debe de haber sucumbido ante ti como un perro hambriento ante un hueso.
—Se equivoca—replicó Hinata—. Por favor, señor Yahiko, déjeme pasar.
—Y parece que ya lo tienes enredado—agregó—. Es lo que se comenta en la familia; mi tia afirma incluso que… Bueno, da igual. No voy a dar categoría a sus estúpidas especulaciones poniéndolas en mi boca. Sólo quiero que te quede una cosa bien clara, golfilla: tú nunca formarás parte de esta familia.
A medida que se iba acercando a ella, las sombras jugaban sobre sus manos a medio alzar y les daba aspecto de garras.
—Esa idea ni se me ha pasado por la cabeza—declaró Hinata—. Creo que la bebida no le sienta nada bien, señor.
La declaración de Hinata pareció aplacar a Yahiko.
—Mientras no albergues ninguna ilusión de convertirte en una Uzumaki, no tengo nada que discutirte; de hecho…—Hizo una pausa y la miro de forma especulativa—. Pronto te cansarás de las atenciones de mi primo, si es que no lo has hecho ya. Es demasiado beato como para ofrecerle verdadera pasión a una mujer. Supongo que no debe de haber ninguna excitación en irse a la cama con semejante blandengue; ¿por qué no intentarlo con un hombre que te puede dar más variedad?
—Ése debe de ser usted, supongo—respondió Hinata con acidez. Yahiko extendió las manos y le dedicó una sonrisa de complicidad.
—Al contrario que ese dechado de virtudes para el cual trabajas, yo sé complacer a una mujer.—Se rió desde lo más hondo de la garganta y luego añadió en tono confidencial—: Puedo hacer que sientas cosas que nunca has imaginado; y si me satisfaces, te recompensaré con todas las chucherías que una mujer pueda desear. Es mucho más de lo que tienes ahora, ¿verdad?
—Me da usted asco.
—¿En serio?—dijo Yahiko, que se acercó a ella con dos pasos y la agarró, pero Yahiko se detuvo al notar que alguien entraba en la habitación. Hinata se horrorizó al darse cuenta de que era Naruto. Aunque la habitación estaba en penumbras, los ojos del magistrado jefe brillaron como los de un gato. Su mirada posó primero sobre Yahiko y luego en Hinata.
—¿Qué estáis haciendo aquí?—preguntó bruscamente.
—Estaba buscando un sitio donde esconderme—contestó Yahiko, soltando a Hinata de golpe—. Por desgracia, tu preciosa señorita Hyuga ha decidido hacerme partícipe de sus encantos. Tal como suponía, no es más que una fulana. Que la disfrutes—dijo, y se marchó dejando la puerta entornada.
Hinata estaba helada, y no podía dejar de contemplar la amenazadora silueta de sir Naruto. La tensión del silencio se quebró por los sonidos que hacían los invitados mientras se escurrían por la casa en busca de un escondite.
—¿Qué ha ocurrido?—le preguntó Naruto en voz baja.
Hinata abrió la boca para decirle la verdad, pero, de repente, se le ocurrió una idea escalofriante. Yahiko Uzumaki acababa de darle la excusa perfecta para acabar de una vez por todas con lo que había entre ella y Naruto.
Si él creía que había tratado de seducir a su Primo, ya no se sentiría interesado por ella. La dejaría ir sin pensárselo dos veces; y eso sería mucho más fácil que la otra alternativa, es decir, las discusiones, las confesiones sobre el pasado y cómo ella había tratado de acabar con él y el dolor de Naruto cuando supiese que había enviado al hermano de Hinata a la muerte. Puede que fuera mejor hacerle creer que, en realidad, nunca la había llegado a conocer, y que ella no era merecedora ni de afecto ni de confianza; que tenía suerte de poder deshacerse de ella.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Hinata trató de que su voz sonara fría y calmada.
—Su primo acaba de explicarlo—dijo.
—¿Has tratado de seducirlo?—le preguntó Naruto, incrédulo.
—Sí.
—¡Claro, y yo me lo creo!—exclamó él, tomándola del cuello con tanta fuerza como Yahiko y cogiéndole el vestido con la otra mano—. ¿Qué está pasando aquí? Yo no estoy jugando a nada, y no toleraré que tú lo hagas.
Hinata se quedó inmóvil entre los brazos de Naruto, con la cara vuelta hacia un lado.
—Suélteme. No importa lo que crea; ¡la única verdad es que no lo deseo! Y hora, ¡quíteme las manos de encima!—exclamó, y embistió contra los musculosos hombros de Naruto, golpeándolo en el lugar de la herida.
Él gruñó, molesto, pero no la soltó; su aliento a vino quemaba a Hinata como si de vapor se tratase.
—Puede venir alguien—susurró la muchacha.
A Naruto no pareció importarle. Le echó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto la totalidad de su cuello. Hinata pudo notar el duro empuje de la erección de Naruto, a pesar de la gruesa falda que llevaba puesta. Naruto le lamió los labios y luego la besó en la boca con lujurioso ardor. La mujer sintió una placentera oleada de calor por todo el cuerpo. Emitió un profundo gemido y se entregó a Naruto sin reservas.
—No puedes mentirme—le susurró él al oído, acariciándole uno de los pechos por encima del vestido—. Te conozco demasiado bien, Hinata; dime la verdad.
Desesperada y totalmente perdida, se dejó caer contra Naruto. Había perdido el control sobre sus palabras y sus actos. Se sintió anegada por una oleada de emoción, sintiendo como ésta rompía sobre su alma, hasta dejarla limpia como una playa sin arena.
—No puedo—dijo con voz quebrada—, porque la verdad haría que me odiases, y yo no podría soportarlo.
—¿Odiarte?—le preguntó Naruto, elevando el tono—. Dios mío, ¿cómo puedes pensar eso? Hinata…
Naruto se detuvo, y tomó aire al ver que a la muchacha le corrían lágrimas por las mejillas. Sin poderse contener, volvió a besarla y acariciarla con frenesí, como si quisiese arrancarle la ropa.
Ella sucumbió a los labios y las manos de Naruto, ahogándose en un mar de sensaciones, con todos sus pensamientos sumergidos en un éxtasis de rendición. Él introdujo la lengua en su boca y se dedicó a explorarla. Hinata perdió el equilibrio y se aferró al cuello de Naruto con más fuerza; él era la única cosa sólida en un mundo que se había hecho volátil e inestable. De repente, se sintió caer en la alfombra y se dio cuenta de lo que Naruto pensaba hacer.
—Oh, no—dijo entre suspiros, pero él la hizo callar con otro beso ardiente, mientras su cuerpo iba bajando sobre el de ella.
Naruto le levantó el vestido hasta la cintura y se puso a hurgar entre su ropa interior. Hinata se retorció al sentir su mano por encima de la ceñida liga que llevaba puesta. El pulgar de Naruto le iba rozando la piel, suave y caliente, moviéndose cada vez más arriba, hasta que topó con la mata de vello rizado.
En algún lugar de la casa, una mujer chilló, tratando de parecer asustada, mientras el asesino seguía con su búsqueda, lo que hizo que los invitados se echaran a reír.
—Nos encontrarán—dijo Hinata, estremeciéndose frenéticamente bajo el cuerpo de Naruto—. No, no debes…
Con ternura, él introdujo los dedos en la ingle de ella, moviendo el pulgar hacia arriba para acariciarle la capucha del sexo. Ella gemía y temblaba, mientras aquellos dedos entraban en su cuerpo con delicadeza y la boca de él la besaba con desesperada avidez.
—No podemos—susurró Hinata—; aquí no.
Naruto la calló con un beso y le apoyó la cabeza en un brazo. Retiró los dedos del interior de Hinata, que notó como él se desabrochaba los pantalones.
Naruto la montó, usando los muslos para separarle las piernas. Hinata apoyó la cabeza en el abultado bíceps de Naruto y comenzó a jadear, mientras el cuerpo se le ponía rígido de ansiedad.
—Relájate—le dijo él, deslizándole la mano bajo las nalgas—; tendré cuidado. Ábrete para mí; eso es…Así.
Naruto la penetró con un cuidado exquisito, abriéndola y llenándola de cálidas sensaciones imposibles.
Se oyeron pasos en el exterior y sonido de risas; sin duda alguno de los invitados buscaba un sitio donde esconderse.
Estaban a punto de ser descubiertos. Hinata se echó hacia atrás, llena de pánico, luchando enérgicamente por liberarse. Naruto notó como todo el peso de su erección se deslizaba húmedamente fuera de aquel cuerpo embriagador. Resoplando con fuerza, le apretó las muñecas contra la alfombra.
—Cállate—le dijo al oído.
—¿Y si nos escondemos aquí?—preguntó una mujer, deteniéndose ante la puerta.
—No—respondió una voz masculina—. Demasiado obvio. Sigamos por el pasillo.
Los pasos de ambos se fueron alejando de la puerta, y Hinata se apartó de Naruto en cuanto éste le soltó las muñecas. Se puso de pie y se estiró la ropa. La cara le ardía de excitación; se agachó para levantarse las voluminosas bragas y atárselas. Los brazos y las piernas le temblaban a causa del miedo y los nervios, y sentía todo el cuerpo dolorido por la pasión de la que no había podido liberarse. Nunca había sentido nada igual, ese fuego inextinguible que le quemaba con una ferocidad de locura.
Naruto se abrochó los pantalones y se acercó a Hinata por detrás. El suave roce de sus dedos sobre los hombros de ella hizo estremecer a la muchacha. Deseaba tomar las manos de Naruto y llevárselas a los pechos, y suplicarle que le proporcionase el alivio que ansiaba. En lugar de ello, se quedó quieta como una estatua mientras él hurgaba en su despeinada cabellera.
—Es obvio que he perdido la práctica—comentó Naruto con ironía—. Mi sentido del tiempo solía ser mucho mejor.
—No deberíamos haber ido tan lejos—dijo Hinata, sintiendo los labios hinchados—. He…hemos tenido suerte de no poder acabar.
—No tardaré en acabarlo, por Dios—le aseguró Naruto, apretándole los hombros—. Iré a tu habitación más tarde.
—¡No!—replicó Hinata—. Cerraré la puerta con llave. No… no quiero volver a hablar de esto nunca más. Por lo que a mí se refiere, esto nunca ha ocurrido.
—Hinata—murmuró él—, sólo hay una cosa que puedes hacer para mantenerme alejado de tu cama, y es decirme que no me deseas.
Naruto esperó con calculada paciencia mientras Hinata luchaba consigo misma. Cada vez que trataba de hablar se le cerraba la garganta, y los hombros se le estremecían al contacto de las manos de Naruto.
—Por favor—susurró finalmente, aunque no tenía muy claro a qué se refería.
Naruto le pasó la palma por la clavícula e hizo presión sobre el centro del pecho, sintiendo a través del grueso vestido el latido de su corazón.
—Pronto llegará nuestra hora de la verdad—dijo con ternura—. No hay nada que temer, Hinata. Ella se apartó con un movimiento brusco.
—Sí que lo hay—contestó con voz quebrada—, lo que pasa es que todavía no lo sabes.
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Continuará...
