Disclaimer: tanto el universo "The Walking Dead" como sus personajes son propiedad de Robert Kirkman y AMC. Dicho esto, la historia sí que es mía, y por tanto cualquier uso no autorizado de ella está prohibido.


Llevaba tres días en la Terminal. Le habían dado ropa de enfermera y le habían pedido que se dedicara a cuidar de los enfermos y los heridos. Era un trabajo más bien mecánico, pero no por ello menos agotador. Además, estaban buscándola a todas horas. Sólo podía descansar en los diez minutos que dedicaba a comer, con prisas y sin probar apenas bocado, antes de volver a limpiar, coser heridas, cambiar vendajes, poner compresas frías, aplicar pomadas, limpiar… caía con una facilidad aplastante sobre la camilla de hospital, y no le gustaba ni un pelo: no le gustaba estar agotada hasta el punto de no poder mantenerse despierta por las noches.

No tardó en descubrir quiénes eran las personas al mando. La Terminal estaba organizada en sectores. Los que iban vestidos de policía se ocupaban de mantener seguro los alrededores. Informaban de las manadas grandes de caminantes, limpiaban los caminos que utilizarían para ir a buscar recursos, planeaban futuras rutas de escape y se encargaban de los caminantes que lograban pasar por todas las barreras de seguridad. Luego estaban los que se incursionaban en busca de suministros y arreglaban desperfectos en las vallas. Y luego estaba la parte médica, en la que habían reclutado prácticamente a la fuerza a Beth.

Mary era la que estaba al cargo. Quedó patente en el instante en el que vio cómo los demás la trataban con un respeto casi reverencial. Puede que Gareth y su hermano tuvieran bastante poder como para organizar las cosas, o que cada sector tuviera su propio encargado, pero era ella la que tenía la última palabra. Resultaba, en cierto modo, intimidante, pero había sido la única cara amable que se había dignado a darle explicaciones de cualquier tipo. Gorman, por otra parte…

Beth no podía quitarse de la cabeza lo repulsivo que le resultaba el hombre. Prácticamente desde su llegada se había encargado de incomodarla en todas las formas posibles. La desnudaba con la mirada en cuanto se encontraban en la misma habitación; le guiñaba el ojo y hacía insinuaciones más bien poco sutiles sin ningún reparo; y en alguna ocasión incluso había dejado que sus manos vagaran demasiado tentativamente, dejándolas reposar en su hombro con ligereza cuando la mandaba a recoger algo, o rozándole la cintura con la punta de los dedos cuando pasaba por su lado. Era el segundo al mando en la parte de seguridad, y se portaba como un auténtico cretino sabiendo que tenía un cargo de responsabilidad.

El principal problema no era lo "importante" que fuese. Era lo extrañamente inquietante que resultaba. Beth sólo quería marcharse de allí para no volver a cruzarse con él, o pegarle un manotazo y decirle que no volviera a ponerle un dedo encima, pero es que ni siquiera sabía qué podía decir. Le había observado y era así con todas las demás mujeres que estaban allí trabajando en la Terminal. No veía que ninguna otra se quejara –a pesar de que Beth había visto lo incómodas que las ponía– pero ella llegó a preguntarse si quizás estaba exagerando, si puede que estuviera malinterpretando su manoseo exagerado. No es que tuviera ninguna clase de fijación con ella. En absoluto.

No fue hasta el cuarto día de su estancia en la Terminal que sus peores temores se hicieron realidad.

Estaba terminando de cambiarle las vendas en el brazo a un hombre con quemaduras cuando oyó llegar a alguien. Pensando que era el doctor, se giró, a tiempo para encontrarse cara a cara –o bueno, cara a hombro– con el objeto de sus pesadillas.

Buenos días, Bethy —la saludó con una desagradable sonrisa. Beth reprimió una mueca de asco. Odiaba que la llamara así. Ése apodo le pertenecía única y exclusivamente a su padre, que lo pronunciaba con cariño paternal. Gorman sólo se encargaba de hacerlo sonar sucio, de manchar la memoria de su padre.

Pero no podía decirle nada, claro que no. Así que en su lugar le ignoró y le dio la espalda para aplicarle la pomada al hombre.

Estás muy guapa con esa trencita —estaba tan concentrada en su tarea que se sobresaltó al oír la voz del hombre tan cerca de su oído. Se estremeció, apartándose al instante, pero Gorman sólo rió, como si fuera una broma. Llevaba la trencita en la coleta que solía hacerse cuando vivían en la prisión, pero desde que había llegado se había limitado a una coleta alta que le permitiera trabajar sin estorbos. Era la única concesión estética que se había permitido desde que llegó y ya se estaba arrepintiendo.

Respiró hondo y volvió a aplicar la pomada sobre la piel dañada, preguntándose si es que no se daba cuenta de que no quería tenerle ahí.

Gorman pareció ser capaz de "contenerse" durante un par de minutos, en los que se apoyó en una encimera tras ella y la observó trabajar. Beth fue capaz de calmarse lo suficiente como para continuar con su tarea. En cuanto colocó la última venda, Gorman alzó el brazo y la tocó en el hombro.

Beth se giró en el mismo instante en el que el hombre salía por la puerta. El mismo en el que Gorman se levantó de la encimera y la acorraló contra la camilla, con las manos firmemente plantadas en su cintura. Beth soltó un grito ahogado y se pegó aún más contra la camilla, tratando de crear más espacio entre ellos.

No has sido muy amable desde que llegaste, Bethy —murmuró, con su cara a escasos centímetros de la suya—. Verás, aquí tenemos un sistema muy simple: hoy por ti y mañana por mí. Te salvé la vida, te he dado refugio, te he alimentado, te he protegido de los mordedores, y te he dicho lo guapa que estabas hoy. ¿Y qué tengo a cambio? Malas caras y ceños fruncidos —chasqueó la lengua, negando con la cabeza—. Muy mal.

Beth tragó saliva y retrocedió aún más, moviendo la camilla un par de centímetros.

Verás, Bethy, mi madre me enseñó que hay que dar las gracias cuando alguien hace algo por ti. Incluso ahora, con esos bichos ahí fuera, creo que es de sentido común tener modales, ¿no? Mantener la civilización.

Apretó el agarre en su cintura y recorrió la distancia que les separaba, hasta que sus cuerpos estuvieron completamente pegados.

Tú pareces la típica niña buena que siempre decía "por favor" y "gracias". ¿Me equivoco? Una buena chica, con educación. Venga, dime gracias. Vamos, dímelo —sus dedos estaban clavándose con tanta fuerza en su carne que Beth estuvo convencida de que le saldría un moratón.

Y allí plantada, Beth se dio cuenta de algo: el miedo la mantenía despierta. No de una forma agradable, con la adrenalina corriendo por sus venas y su corazón martilleando sin piedad en su pecho, pero al menos la hacía pensar más rápido, y si eso la sacaba de allí, bienvenido fuera.

Gracias —murmuró, tan bajito que dudó que le hubiera oído.

Muy bien —respondió él, con aquella horrible sonrisa acentuándose—. Pero no es suficiente.

Beth abrió aún más los ojos, tratando de controlar el temblor que se apoderaba de todas sus extremidades. Giró la cabeza justo a tiempo para evitar que sus labios colisionaran. En su lugar, su boca dio a parar con su cuello, pero en vez de volver para reclamar su boca, dejó los labios allí plantados, aspirando levemente. Beth juró que podía sentir cada vello de su cuerpo erizarse.

Eres una buena chica, eres una buena chica… —murmuraba. Y en aquella marea de terror, Beth sintió otra cosa: furia. Estaba tan encolerizada que el temblor del miedo inicial fue sustituido por el de un cabreo sin precedentes. ¿Qué sabía él de ella? Una buena chica. Sí, eso es lo que era hacía dos años, una buena chica que vivía en la granja, portándose bien y haciendo todo lo que le dijeran.

Era.

Pero no, ya no era la misma Beth que había tenido que marcharse de su hogar en mitad de la noche para huir de los caminantes. Ni siquiera era la Beth que cuidaba a Judith y hacía la comida. Era la Beth que había escapado con Daryl, la Beth que había tenido que luchar tan duro como los demás por sobrevivir.

Ya no era una buena chica.

Sintió sus manos vagando por debajo de su camiseta. Una siguió su camino hasta llegar a rozar su sujetador, mientras que la otra le dio un suave pellizco al elástico de sus pantalones antes de perderse por debajo de la tela.

Fue en el instante en el que sus dos manos daban con las dos piezas de ropa interior que Beth reaccionó. Le apartó de un empujón y le dio un zarpazo con todas sus fuerzas en la cara. En cualquier otro momento no habría sido capaz de moverle ni un milímetro, pero estaba tan ocupado intentando desabrocharle el sujetador y seguir tocándola que no se lo había esperado. Una parte de Beth susurró que, en realidad, no se esperaba que se resistiera de ninguna forma.

Vio que sus cortas uñas le habían hecho una marca en la cara que ahora sangraba ligeramente, y se sintió extrañamente bien. Satisfecha. Pero estaba tan alterada que incluso ella podía notar lo mucho que subía y bajaba su pecho al respirar. Observó cómo la cara de Gorman pasaba de la incredulidad a la comprensión, y luego, a la furia. Volvió a ella con tanta rapidez que Beth se desestabilizó momentáneamente. La agarró del pelo con fuerza y prácticamente la estampó contra la camilla, obligándola a doblarse dolorosamente hasta que su espalda dio contra ella.

Eres más tonta de lo que pensaba —gruñó—. No sabes lo que te conviene.

Sus manos ya no eran lentas y pesadas. Le bajó los pantalones de un tirón, y se le echó encima para evitar que se moviera. Beth se retorció, tratando de librarse, pero era demasiado pesado. Con una mano le inmovilizó las muñecas poniéndoselas encima de la cabeza, y con la otra empezó a desabrocharse sus propios pantalones.

Beth estaba tan aterrorizada que no era capaz de gritar para pedir ayuda. Empezó a agitar las manos desesperadamente para librarse de su agarre, y fue entonces cuando dieron a parar con las mismas tijeras quirúrgicas que había usado para cortar las vendas. Giró de nuevo la cabeza para evitar que la besara y trató de cogerlas con más firmeza. Cerró los ojos y aguantó mientras Gorman empezaba a besarla por la oreja, las clavículas, y cuando llegó a sus pechos, se detuvo un instante, relajándose momentáneamente. Beth supo que era ahora o nunca.

Agitó la mano que sujetaba las tijeras con todas sus fuerzas, y en cuanto la tuvo libre, clavó la punta en el cuello de Gorman. Ni siquiera supo si había acertado o no hasta que notó su cuerpo empapado en un líquido espeso y caliente, el cuerpo de Gorman deslizándose con suavidad hasta quedar tirado en el suelo. Beth permaneció petrificada unos segundo, con la vista clavada en el techo, respirando agitadamente. Lenta, muy lentamente, se incorporó y rodeó el cuerpo del policía, dejando huellas de sangre por el impoluto suelo. El corazón le latía a tanta velocidad que pensó que le estallaría.

Tengo que… —murmuró. Se agachó y le quitó la pistola a Gorman, antes de empezar a registrarle frenéticamente en busca de las llaves. Tenía que salir de allí. Si la descubrían la matarían.

Creyó que podría llorar de felicidad cuando escuchó el ligero tintineo del metal al agitar un bolsillo.

"Tengo que salir de aquí", era en lo único en lo que podía pensar. Alzó la vista y se encontró cara a cara con su reflejo: estaba despeinada por el forcejeo, con los ojos abiertos de par en par, casi como una paranoica, y estaba totalmente cubierta en la sangre que Gorman había derramado encima de ella.

Los siguientes minutos fueron como una nube borrosa para Beth. Ni siquiera supo cómo fue capaz de arrancarse el uniforme empapado en sangre y las zapatillas y cambiarse, cómo pudo fingir que no tenía un cadáver en la misma habitación que ella mientras se rehacía la coleta y se guardaba el arma y las llaves cuidadosamente, ni mucho menos cómo consiguió no encontrarse con nadie de camino al patio exterior.

La recibió la luz del día en plena cara. Parpadeó unos segundos, tratando de acostumbrarse a tanta claridad de golpe, y vio que sólo habían unos policías comiendo en una de las mesas de picnic. Retrocedió instantáneamente y se pegó a la pared del edificio. No quería que la viera nadie. Tenía que salir de allí, pero… ¿cómo?

Fue como si una pequeña lucecita se encendiera en su cabeza. Respiró hondo y trató de fingir una calma y decisión que no sentía en absoluto mientras caminaba en dirección a los policías, que levantaron la cabeza de sus platos al verla llegar.

¿Qué quieres? —preguntó uno de ellos bruscamente. La mujer sentada a su lado le dio un ligero codazo, pero él siguió mirándola como si fuera un insecto molesto.

Chequeo —respondió simplemente Beth—. Consulta 3.

¿Chequeo? ¿A la hora del almuerzo? —Dijo otro de los policías—. ¿Ese hombre no come o qué?

Beth se encogió de hombros.

Hay mucho trabajo hoy, pero Mary le ha dicho que el chequeo tenía que hacerse.

Los policías se miraron unos segundos con cara de fastidio antes de empezar a levantarse y recoger las bandejas.

Yo lo haré —se apresuró en añadir Beth. Necesitaba una excusa para quedarse más tiempo allí. Empezaron a marchar en dirección a la consulta que Beth acababa de abandonar, cuando se dio cuenta de que uno de ellos, el que la había saludado de una forma tan amable, seguía allí plantado tras la mesa.

Ve, yo lo haré —repitió, acercándose para coger su bandeja. Entonces él la sujetó con fuerza por la muñeca y la miró.

¿Lo has pasado bien? —preguntó. A Beth se le paró el corazón. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía saber lo que acababa de hacer?

No… no sé de qué hablas —murmuró, bajando la vista al instante. El policía chasqueó la lengua.

Me ha dicho Gorman que eres una pequeña revoltosa. Una de las indomables. Sí, a él le encantan los retos, y cuando llegaste, parecía como un niño la mañana de Navidad —añadió en voz baja. Beth se atrevió a mirarle rápidamente de soslayo. Tenía los ojos oscurecidos, observándola muy de cerca mientras ella hacía la pantomima de estar limpiando. Se acercó a su oído y susurró—. ¿Conmigo también?

Beth se quedó petrificada en el instante en el que le agarró el interior del muslo con fuerza. Así que era eso. Gorman se lo había contado. Ese desgraciado les había contado a todos sus amigos lo que tenía pensado hacer.

Apretó aún más y se la quedó mirando, como esperando su reacción. Beth se limitó a devolverle la mirada con una expresión totalmente neutral, sin moverse ni un centímetro. Él permaneció así unos segundos más, hasta que finalmente la soltó y resopló, soltando una carcajada.

No, supongo que no —suspiró—. Además, no me gusta compartir.

Beth soltó el aire, sin saber que lo había estado reteniendo, y el policía le guiñó el ojo, casi como si fuera un amigo íntimo, al tiempo que se alejaba de espaldas hacia el edificio.

Echó a correr en el instante en el que desapareció tras la puerta. Cuando ella llegó a la Terminal, acababan de volver de una salida que había terminado en un enorme incendio para tratar de eliminar caminantes. El fuego había hecho que tuvieran tantos heridos por quemaduras que prácticamente no daban abasto, y la mitad de los que procuraban la seguridad de las vallas tenían que cumplir con las tareas de los que iban en busca de suministros. Eso dejaba los puntos más débiles de la valla sin vigilar. Si era capaz de llegar hasta la parte de atrás…

Las piernas le temblaban por el súbito sprint, pero sabía que si se detenía acabaría de rodillas, así que en su lugar se presionó más y más, prácticamente saltando, hasta que empezó a vislumbrar los vagones en los que guardaban los suministros y el corazón casi se le sale del pecho de pura felicidad.

Aceleró el paso hasta llegar a la valla, cuando de pronto oyó fuertes golpes desde el interior del vagón. Se quedó muy quieta, con la vista clavada en el bosque frente a ella y una mano aún apretada fuertemente contra la valla. Se giró despacio, creyendo que era una alucinación, pero entonces hubo otro golpe, más fuerte aún que el anterior, y comenzaron las voces.

Ayuda… ayuda, por favor… —era la voz de una mujer—. ¡Haremos lo que nos diga, pero déjenos salir, por favor!

Beth se acercó muy lentamente hasta el vagón, prácticamente pegándose a él. De pronto, un enorme brazo salió de entre un hueco del vagón y trató de agarrarla. Beth retrocedió instintivamente, chocando contra alguien.

Se giró y vio a Mary allí plantada. A Beth le pareció mucho más intimidante así, con aquella mirada vacía que cuando gritaba órdenes.

Mary… —murmuró.

No deberías estar aquí. Es peligroso —musitó Mary—. Son unos embusteros.

Yo no…

Vamos, deberías ir a comer —seguía diciendo ella, poniéndole la mano en la espalda para moverla con suavidad—. Tienes que seguir trabajando.

De pronto, la mano en su espalda bajó hasta encontrar la pistola, sacándola y agitándola frente a ella.

¿Qué es esto, querida? —Beth intentó apartarse, pero entonces Mary la golpeó en plena cara con la pistola y la tiró al suelo. Le dio una patada en el estómago que la dejó sin respiración, y antes de que pudiera intentar siquiera defenderse, la había sujetado con fuerza por la coleta y la tenía arrastrándose por el suelo, intentando moverse a la misma velocidad que ella para evitar que le dejara el cuero cabelludo en carne viva—. Niña ingrata.

Gorman, él… —trató de decir, aún tambaleándose por la patada—. Ha intentado…

No seas estúpida, ya lo sé. ¿Quién crees que le dijo que era buena idea? —Mary seguía arrastrándola por el patio principal, mientras la gente que empezaba a salir al exterior pasaba por su lado sin mirarla siquiera, como si fuera una escena habitual—. Yo te di un techo, te di comida, te he dado un motivo para vivir. Hemos estado sacrificándonos por ti y lo único que tenías que hacer era mostrar un poco de gratitud. ¿Y qué haces a cambio? ¡Imbécil! —pegó un tirón aún más fuerte que le sacó un quejido, antes de volver a lanzarla contra el asfalto.

Mierda… —maldijo entre dientes, doblándose de dolor.

¡Reagan, llévala con las demás! —Se agachó para ponerse a su altura y murmuró—: Te he malcriado demasiado. Creí que podías ser parte del Bien Común. Sólo eres una cría muerta.

Beth no se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que no se encontró tumbada en el suelo de una habitación oscura con una multitud de vocecitas susurrando y sollozando sin parar. Sólo cuando el dolor remitió lo suficiente pudo pensar en las palabras de Mary.

Una chica muerta.


No faltaba mucho para que amaneciese. Llevaban toda la noche corriendo sin parar, en busca del resto del grupo, pero habrían tenido más éxito quedándose sentados en una piedra a esperar a que aparecieran de la nada. Sasha había desaparecido en mitad de la refriega y tampoco aparecía por ninguna parte. Daryl suspiró y se frotó los ojos, en un intento de luchar contra el cansancio.

—No pueden haber ido muy lejos —dijo Maggie, frenética—. Puede que ni siquiera hayan salido aún del pueblo.

—Ya lo hemos revisado, Maggie —dijo Rick.

— ¡Pues comprobémoslo otra vez! —exclamó ella, con los ojos anegados en lágrimas. Glenn se acercó para abrazarla y rompió a llorar—. No puedo perder a mi hermana otra vez.

Daryl resopló, haciendo más ruido del que pretendía, y Maggie se giró para atravesarle con la mirada.

— ¿Algo que decir? —le ladró ella. Daryl abrió la boca para contestar, pero vio a Glenn tras ella haciéndole gestos desesperados de "no lo hagas, tío" y se mordió la lengua, con tanta fuerza que casi se hizo sangre. Apretó los puños y gruñó un "no" —. Entonces ayúdanos a encontrarles. Tú sabes rastrear, puedes seguirles la pista.

—Cariño, Daryl ya ha… —intentó calmarla Glenn, pero ella se soltó de su abrazo.

—Tiene que haber algo que no hayas visto, algo que se te haya pasado por alto. ¡Daryl! —Maggie le agarró del brazo y le hincó las uñas, quizás con demasiada fuerza para su gusto.

Daryl la miró unos instantes. Nunca se había fijado tanto como en aquél momento en lo mucho que Beth se parecía a su hermana mayor.

No, pensó él, es Maggie la que se parece a Beth.

Las dos tenían unos ojos que relampagueaban de pura furia cuando se enfadaban o cuando estaban hablando apasionadamente de algo. Y Maggie tenía el mismo brillo en la mirada que su hermana pequeña había portado el día que le había puesto en su sitio en aquella cabaña. Supo que ella, al igual que Beth, no iba a rendirse hasta conseguir lo que se proponía. Y por primera vez desde que la pequeña de los Greene estaba de vuelta, Daryl pensó que quizás Maggie se había preocupado mucho más por su hermana de lo que parecía.

Pero en cuanto abrió la boca para decir algo, hubo un fuerte estruendo que sacudió la mitad de los árboles, y entre la maleza surgieron varias figuras. Daryl levantó inmediatamente la ballesta, tenso como un arco.

—Dios mío —murmuró Carol tras él. El cazador sintió que se le helaba la sangre cuando vio aparecer a Tyreese, Bob y a Carl portando a Judith.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó Rick, adelantándose para abrazar a su hijo. Carl parecía al borde de las lágrimas, respirando temblorosamente, y le tendió Judith a Carol. Daryl miró a su alrededor, tratando de encontrar a Beth entre los recién llegados, pero no aparecía por ninguna parte.

Fue como si todo funcionara a cámara lenta. Incluso Tyreese parecía hablar más despacio, aunque eso era probablemente por el agotamiento.

—Ellos… las han… de vuelta al Santuario —jadeó, incapaz de pronunciar palabra. Pero en cuanto Rick se acercó a él, Tyreese le cogió por la camisa y le zarandeó—. Tenéis que… ir a por ellas… ya.

Se hizo el silencio. No se oía nada más que las agitadas respiraciones de los que acababan de llegar, y quizás el insistente corazón de Daryl.

— ¿Dónde? —preguntó Maggie, que parecía acabar de salir del trance.

—A pocos kilómetros —resolló Bob—. Se esconden en una iglesia que hay en mitad del bosque. Al norte —añadió, antes de que sus piernas se rindieran y cayera de rodillas al suelo. Sasha se acercó para ayudarle a estabilizarse, mientras que Rick y Daryl intercambiaban una rápida mirada. Éste último no tardó ni un instante en empezar a correr en la dirección que había indicado Bob, siendo seguido a los pocos segundos por Maggie, Rick, Glenn y Michonne.

Rick trató de detener a Daryl un par de veces, decirle algo, pero él estaba tan concentrado en seguir corriendo que no se giró ni una vez. Comenzaba a ver retazos de rastros: al principio eran apenas visibles, mucho menos con la débil luz de la luna para iluminarlos, pero luego fueron tomando forma, hasta llegar a un claro en el que podía distinguir perfectamente la forma de las huellas de varias personas.

No tardaron en llegar hasta lo que parecía la iglesia que Bob había mencionado. Permanecieron allí parados, jadeantes y exhaustos. Cuando Daryl dio un paso adelante, Rick le detuvo sujetándole con un brazo.

—Ni se te ocurra entrar ahí tú solo —gruñó. Daryl le miró un instante antes de asentir. Tenía razón. Muerto no le servía a nadie.

— ¿Qué hacemos? —preguntó Glenn.


Beth pudo oler la sangre incluso antes de abrir los ojos. Sentía la boca pastosa y los párpados parecían pesarle toneladas, pero lo peor era el dolor físico. Era la clase de agotamiento que parecía dejar todos sus músculos ardiendo, incapaces de realizar ningún movimiento. Comenzó a respirar por la boca, tratando de deshacerse del desagradable olor metálico que invadía sus fosas nasales, pero el aroma a sangre ya había calado en ella. Sentía el sabor en su lengua, caliente y seca.

Pasados unos segundos, consiguió abrir los ojos, y lo primero que vio fue a Ellie, tumbada e inconsciente frente a ella. Respiró entrecortadamente, antes de proferir un diminuto susurro:

—Ellie… —murmuró, pero ella no respondió. Tragó saliva, antes de volver a llamarla—. Ellie.

Inmediatamente después sintió que alguien la agarraba del pelo con fuerza y la sentaba de un tirón. Beth soltó un grito ahogado y se obligó a mantener las lágrimas de dolor a raya, pero eso no evitó que se sintiera a punto de desmayarse cuando vio al objeto de todas sus pesadillas en cuclillas frente a ella.

—Hola, Beth —la saludó Gareth con tono alegre—. ¿Me has echado de menos?

Beth le miró con los ojos abiertos de par en par y las manos temblando violentamente contra las cuerdas que la amordazaban.

Pasaron unos segundos más en los cuales Gareth la escaneó muy atentamente, antes de suspirar, como decepcionado, y chasquear la lengua.

—Me parece que no —dictaminó—. Tengo que admitir que estoy impresionado. Lewis dice que nunca había visto correr tanto a nadie por su vida —soltó una risa seca—. Supongo que mi madre había perdido su toque, ¿verdad? Siempre creyó que eras débil —bajó la voz—. No te conoce.

Alzó la mano y Beth siseó, encogiéndose, pero él se limitó a colocarla con suavidad en su rostro, al tiempo que le acariciaba la mejilla con el pulgar. Beth se estremeció.

—No como yo —prosiguió—. Nadie te conoce como yo.

Beth giró la cabeza para evitar su contacto, y se encontró con Ellie mirándola en estado de shock. Beth la miró intensamente, tratando de advertirle que no se moviera ni un milímetro.

Gareth permaneció en silencio unos instantes más, antes de suspirar y ponerse en pie, mientras caminaba por toda la estancia.

—También es cierto que estoy muy, muy decepcionado, Beth. ¿De veras, escapar? ¿Después de todo lo que hemos pasado juntos? ¿De todo lo que he hecho por ti? —Gareth seguía hablando, dándole la espalda. Beth se giró para poder escanear la estancia, tratando de encontrar cualquier cosa que pudiera servirle para soltarse.

—Ellie también fue desagradecida con nosotros. Os hemos dado comida, refugio, seguridad… y aún así seguís intentando resistiros. Sólo queremos ganarnos vuestro amor, pero seguís empeñadas en marcharos. Me pregunto por qué —añadió, en tono reflexivo. Suspiró melodramáticamente y se encogió de hombros—. En fin, tampoco importa. Estáis de vuelta, ¿verdad? Eso es todo lo que de verdad me interesa. Habéis vuelto con nosotros, con vuestra familia.

Beth tuvo que reprimirse para no empezar a temblar otra vez. Estaba claro que había subestimado el nivel de desquicio de Gareth.

—Tenemos a todo tu grupo vigilado. Estoy seguro de que vendrán a buscaros, sobre todo ese… chalado con la ballesta —comentó como si nada—. No nos costará mucho lidiar con ellos, no te preocupes. Ni siquiera con ese tipo, con Daryl, ¿verdad? —Beth apretó los dientes—. Hemos permitido que pervirtiera a nuestra pequeña Ellie durante demasiado tiempo. Se aprovechó de una niña desorientada y confundida. Y no te quita ojo de encima —añadió, esta vez con un tono totalmente carente de naturalidad—. Sí, tendrá lo que se merece.

Beth no estaba segura de dónde estaba. A juzgar por el aspecto de la estancia, llena de cruces y un atril de madera con una Biblia abierta. Tras ella había una mesa, también de madera, con varios libros encima y restos de objetos destrozados.

—Ellie —siseó Beth—. Detrás de ti.

La chica pareció confusa un instante, pero cuando vio a Beth haciéndole un gesto con la cabeza

comprendió a lo que se refería. Tras ella, yacían los restos de un espejo roto. Ellie asintió, antes de empezar a estirarse para alcanzar los vidrios.

—Nuestra pequeña se ha hecho toda una mujer, ¿no te parece? —preguntó él, dándose la

vuelta al tiempo que Ellie se quedaba quieta, fingiendo seguir inconsciente—. Mírala, es realmente preciosa. Kevin se alegra mucho de que haya vuelto —Beth se quedó petrificada.

—No —murmuró ella.

—Y tu amiga Sasha también es guapa. Y además es valiente. En cuanto os vio corriendose fue directa hacia vosotras. Nos complicó el trabajo, claro, pero en fin… siempre me han encantado las mujeres bravas. Espero que no te pongas celosa —dijo, volviéndose a poner en cuclillas frente a ella.

—Gareth —jadeó Beth, sintiendo cómo la sangre abandonaba su cara—. Ése no era el trato.

—No es puedas quejarte de incumplir tratos ahora mismo, señorita —contestó él en tono

juguetón, como si todo aquello fuera una gran broma entre amigos.

—Yo… lo siento —mintió Beth—. Perdóname, perdóname. Todo empezó a arder y tuve mucho miedo. Creí que habías muerto. Perdóname.

Gareth asintió.

—Pues claro que te perdono, cariño —dijo, y volvió a pasarle el pulgar por la mejilla con delicadeza—. Pero entiende que no eres la única aquí. Sasha y Ellie también merecen un poco de amor de los demás.

—No —repitió Beth, tratando de contener un sollozo—. Por favor, no.

— ¿No? —dijo él, frunciendo el ceño. Le recogió con cuidado una lágrima—. No llores, Bethy, por favor. Odio verte así. Sabes que todos tenemos que sacrificarnos por el Bien Común.

—Sólo yo —musitó Beth, encogiéndose sobre sí misma, intentando aguantar las lágrimas—. El trato era sólo yo. Por favor, por favor… vámonos a casa, tú y yo, pero déjalas marchar. Sasha es inocente, Ellie es una niña. Solo es una niña. Te lo ruego.

Gareth permaneció así, con el ceño fruncido y los ojos más oscuros que antes. Sonrió, pero no había amabilidad alguna en aquél gesto de lobo.

—El caso es —comenzó—, que tu grupo ha causado destrozos. La zorra de tu amiga, la del pelo corto, ha matado a mi madre. El loco de la barba ha matado a mi hermano. Tu amiga Sasha ha masacrado a decenas de los míos. ¿Comprendes? Tienen una deuda conmigo.

—No —contestó Beth—. No. No vale la pena. Gareth, no vale la pena. A veces es mejor perdonar. Mary no querría esto.

—Mi madre querría que vengara a cada uno de los míos —replicó él.

Beth se quedó en silencio unos segundos, tratando de pensar en algo.

—Entonces —dijo finalmente—, cóbrala conmigo. Soy tuya. Déjales ir. Tú siempre dices que estás dispuesto a perdonar. Me has perdonado ahora mismo, puedes hacerlo con ellos. Sólo cóbrate la deuda conmigo.

Gareth se puso en pie.

—No me tomes por imbécil, Beth —amenazó—. Sé que no eres tonta, y mucho menos débil. Si tienes tanto empeño en protegerles será por algo. No te creas que no he visto cómo miras a Daryl. A él será al primero que mate —le aseguró, endureciendo la expresión—. Y después, nos iremos todos a casa, y me aseguraré de que nunca vuelvas a separarte de mi lado.

—Gareth —comenzó, pero él levantó una mano para interrumpirla. Alzó las cejas y recorrió los dos pasos que los separaban dando zancadas. Beth creyó que iba a golpearla. Cerró los ojos y se preparó para el impacto, pero se giró violentamente al oír un quejido de dolor y se encontró a Ellie tirada en el suelo, sangrando por el labio.

Gareth se agachó y recogió el trozo de espejo.

—Puta mentirosa —siseó él—. Bueno, Beth, estás de suerte. Tu deuda empieza aquí. Jim, en la cara no, quiero que esté guapa.

Beth no tuvo tiempo de reaccionar antes de ver cómo la bota del hombre aterrizaba sobre su costado y antes de que pudiera hacer nada para evitarlo, algo le golpeó en la nuca y su mundo se volvió negro por segunda vez.


El hombre trató de gritar para pedir auxilio, de alcanzar su arma, pero Daryl le tenía fuertemente sujeto por el cuello. Ni bien acababa de ponerse rojo, Daryl giró bruscamente el brazo, antes de oír el inequívoco chasquido de un cuello roto.

Se volvió y vio a Maggie acabando con un caminante que estaba demasiado cerca. Cuando sacó la hoja empapada en sesos de su sien, le miró y asintió. Daryl devolvió el gesto y se dirigieron hacia el bosque de nuevo, donde esperaba el resto del grupo.

—Tres en la entrada y uno en la parte de atrás —informó Rick—. Daryl y yo vamos a por los dos de atrás. Maggie, Tyreese y Glenn, a por la puerta principal.

Todos asintieron, conformes.

—No malgastéis balas. Si podéis usar el cuchillo, mejor —añadió el sheriff—. Si las cosas se ponen feas y alguien sale herido, volved con los demás.

Volvieron a asentir y se separaron, cada uno dirigiéndose hacia su destino. Daryl apretó el agarre sobre la ballesta, preparándose para acabar con el que se interpusiera en su camino.

Bien no había dado ni dos pasos cuando sintió que alguien se le lanzaba sobre la espalda. Daryl se inclinó hacia delante inmediatamente para desestabilizarle y tirarle al suelo, antes de atravesarle la cabeza con el cuchillo.

—Uno menos —dijo Rick. Daryl jadeó, con la adrenalina aún fluyendo por sus venas.

Cinco minutos después, Maggie, Glenn, Tyreese, Rick y Daryl se encontraron en la entrada, sosteniendo sus armas en alto, colocados a ambos lados de las puertas. Todos apuntaron hacia los matorrales cuando oyeron a alguien viniendo, pero suspiraron de alivio al ver que sólo era Michonne. La mujer sacó la katana y se colocó en posición sin hacer ningún comentario. Rick miró al resto del grupo para asegurarse de que estaban preparados antes de asentir y abrir de golpe las puertas. Daryl entró inmediatamente, con la pistola en alto, apuntando a todos lados en busca de enemigos. Sin embargo, se encontraron con el más absoluto silencio.

—Es una puta trampa —gruñó Daryl, antes de notar el frío metal contra su nuca.

—Muy listo —oyó que decía una voz a sus espaldas, al tiempo que le pegaban una patada para mandarlo de rodillas al suelo.

Daryl vio aparecer a dos hombres y a una mujer, todos apuntándoles directamente a la cabeza.

—Ése hijo de puta ha sido el que se ha cargado a Lewis —ladró uno de ellos, señalándole.

—Démosle una lección —gruñó el otro, pero la mujer les detuvo a ambos.

—Ni hablar. Ya habéis oído a Gareth. Tenemos que esperarle.

Los dos hombres comenzaron a quejarse, pero ella les silenció, y de pronto, lo único que se oía era el sonido de las pistolas al cargarse amenazadoramente. Glenn tragó en grueso, pero ninguno perdió la compostura. Todo estaba bajo control. Abraham, Carol y Rosita estaban por los alrededores. Si algo salía mal, ellos entrarían a tomar partido.

No tardaron en oír los pasos de Gareth entrando por la puerta.

—Vaya, fíjate qué casualidad —se relamió como un gato al ver a su presa, mientras observaba a los seis que estaban de rodillas en mitad de aquella iglesia—. Nos volvemos a cruzar.

Sacó su arma y apuntó directamente a la cabeza de Daryl, cargándola y haciendo amago de disparar. Sin embargo, en el último instante, pareció dudar, y guardó el arma, sonriendo.

—Debería matarte —comenzó con lentitud—, debería pegarte un tiro al pecho y encerrarte con tus amigos en una habitación para que te encargaras del resto. Te mereces una muerte lenta y agónica.

Daryl frunció el ceño. ¿De qué coño hablaba aquél chiflado?

—Sin embargo, creo que te necesito un poco más —dijo, antes de girarse y decir—: Traedlas.

Daryl se quedó sin respiración al ver a Beth siendo arrastrada por el suelo por uno de los hombres, mientras la mujer continuaba apuntándoles. Sasha parecía estar despertando, y Tyreese palideció al verla. Ellie no paraba de retorcerse y consiguió hincar los dientes en el brazo de uno de ellos, por lo que se llevó una bofetada que la lanzó directa al suelo.

Gareth se acercó hasta Beth y empezó a darle golpecitos en las mejillas para que recobrara la consciencia.

—Eso es, eso es —murmuró, al tiempo que ella abría los ojos, confundida. Tardó unos segundos en asimilar lo que estaba pasando, pero entonces le localizó, a un par de metros de distancia, y abrió los ojos desmesuradamente, aterrorizada. Gareth le cogió la cara—. ¿Ves esto, Daryl? Ésta es la chica más guapa que he visto en toda mi vida. ¿Cuántas chicas tan dulces crees que quedarán vivas ahora mismo?

Daryl apretó los puños, mordiéndose el interior de la boca con tal fuerza que pudo saborear su propia sangre.

— ¿Qué va a pasar con nosotros si no mantenemos un mínimo de civilización, eh? —prosiguió Gareth, sin soltarla—. Hay unas reglas, Daryl. Y no mirar a la mujer de otro es básico. Sobre todo si es una mujer como Beth. ¿Verdad que sí, preciosa? —dijo, acariciándole distraídamente. Beth se apartó de golpe, asqueada, y entonces él rio—. ¿Ves lo que te digo? Es tan dulce como la miel, pero si la enfadas, te romperá el cuello. Ni siquiera antes de que pasara todo esto había muchas mujeres así. Es única en su especie. Por eso es mía —añadió, al tiempo que se inclinaba para presionar sus labios contra su frente. Beth se estremeció, tratando de retroceder, pero él la mantuvo sujeta en su sitio.

—Enfermo hijo de puta —gruñó Daryl, revolviéndose.

—De eso nada, Daryl. Verás, ella se resiste, se hace la víctima, trata de salvar un poco de dignidad, ¿sabes? —Dijo como si nada—. Pero en el fondo… le gusta. Le gusta tener a alguien que la proteja, que la mantenga segura. Le gusta tener a un hombre fuerte a su lado que pueda cuidar de ella.

Se quedó en silencio un segundo, mirándola, como si estuviera recordando algo, y sonrió. Se acercó a Daryl, y se agachó para ponerse a su altura.

—Le encanta cuando hacemos el amor —susurró.

De pronto, la visión de Daryl se volvió de color rojo. No dudó ni un instante en pegarle un cabezazo con todas sus fuerzas. Gareth se cayó de espaldas, sangrando por la nariz, y de pronto Daryl tenía tres pistolas dirigidas hacia su cabeza, dispuestas a volarle los sesos de un momento a otro, sin darse cuenta del error fatal que cometían.

Rick se puso en pie de un salto y clavó su machete en el cuello de uno de los hombres, mientras Glenn se lanzaba contra el otro. Maggie golpeó a la mujer en la cara antes de lanzarla al suelo y comenzar a atravesarla con su cuchillo una y otra vez.

Daryl ni siquiera estaba pendiente de la escena que se desarrollaba a su alrededor. Se había lanzado contra Gareth y no paraba de golpearle, de asestarle puñetazos directos a la barbilla, a la nariz, a cualquier cosa que tuviera a su alcance. Quería romperle la cara, ahogarle en su sangre, desollarlo vivo, abrirlo en canal y dejarlo para que los caminantes se ocuparan de él, quería…

—Daryl —Tyreese le cogió del hombro, pero él se apartó de golpe. Cuando sintió que Tyreese le rodeaba con sus enormes brazos, trató de resistirse, pero sabía que el hombre le tenía atrapado. Viendo que no podía seguir, levantó la pierna y le lanzó una última patada a la cabeza que le dejó sangrando e inconsciente en el suelo—. Cálmate.

Daryl seguía respirando profusamente cuando levantó la vista y se encontró a Beth mirándole, con las lágrimas desbordando. Sin embargo, en cuanto sus ojos se encontraron, Beth bajó la vista inmediatamente.

—Beth —murmuró, y trató de acercarse, pero en el momento en el que se soltó del agarre de Tyreese, Beth cerró los ojos y cayó al suelo, inconsciente.


Los primeros rayos de sol comenzaban a despuntar en el horizonte, haciéndose paso a través de las copas de los árboles. Carl oyó pasos acercándose, y se puso en pie, sujetando la escopeta con más fuerza.

— ¿Papá? —preguntó él, mirando de soslayo a Bob, que estaba apoyado contra un árbol, dormido. Dio media vuelta cuando escuchó otro sonido por la derecha, y entonces vio la cara de su padre aparecer entre la maleza. Carl sintió que se desinflaba de pronto—. ¿Qué ha pasado?

Rick no contestó. Carl abrió la boca para volver a preguntar, pero cualquier palabra que tuviera planeado decir murió en su garganta al ver a Daryl cargando a Beth en brazos.

— ¿Está…? —logró pronunciar, pero entonces Carol surgió tras Rick y le colocó una mano en el hombro, negando con la cabeza. Carl soltó el aire de golpe de puro alivio—. ¿Está bien?

Hubo un silencio más prolongado, y entonces el chico levantó la vista y se encontró a todos los adultos excepto a Daryl mirándose entre ellos.

Y por una vez, Carl no quiso saber la respuesta.


Uf, vale, vale vale. Creo que era un secreto algo obvio, no sé, pero yo he intentado mantener la intriga hasta entonces. ¿Qué pasará ahora? Pues para eso habrá que esperar al siguiente capítulo, pero se preveen curvas (sé que lo digo en cada capítulo, pero éste es hasta la fecha el más oscuro que he escrito de este fic).

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