CAPÍTULO XI

Julio de 2013. Salcombe, Devon.

El sol refulgía en lo alto, a punto de alcanzar su cénit. Una agradable brisa impregnada de espuma de mar soplaba. William Herondale jugaba con sus sobrinos en la arena de la playa, bajo el amparo de una enorme sombrilla que él mismo había clavado horas antes. Juntos, estaban construyendo no un castillo de arena, sino una auténtica fortaleza capaz de soportar ataques de dragones enemigos. Al menos ésta era la historia que ellos inventaban. Barbara Lightwood, la más mayor, se encargaba de supervisar cómo Jace, el menor, rellenaba los cubos de arena correctamente. Will les ayudaba a volcarlos. Eugenia iba para arquitecta de castillos, o eso le decía Will, y se aseguraba de que los cimientos fuesen consistentes.

—Éste ha quedado muy, pero que muy bien —aseguró el galés una vez hubieron terminado, contemplando desde cierta distancia el trabajo acabado.

—¿Mejor que el de ayer? —preguntó Eugenia, emocionada. La chiquilla se entusiasmaba ante cualquier halago proveniente de Will. Lo quería con locura. Todos en la casa se reían del hecho de que cuando estaban juntos, siempre fuese detrás de él. La pequeña tenía la gran ilusión de que cuando fuera mayor se casarían, y que no estaría mal pues "realmente Will no es mi tío de sangre".

—Pero no mejor que el de mañana, mi pequeña arquitecta —tras decirle esto, le guiñó un ojo y ella respondió con una enorme sonrisa.

—¡Dragones, dragones! —exclamó Jace, si bien había empezado a hablar hacía varios meses pocas veces se dignaba a abrir la boca.

—Claro, se nos habían olvidado… —Will sacó de su bolsa de playa las figuras de los horripilantes dragones malvados, junto con las de los que ellos habían decidido considerar como los buenos. Junto a éstas se encontraban otras pequeñas figuras de guerreros y guerreras (el galés había recorrido todo Londres hasta encontrar las figuras apropiadas, tanto masculinas como femeninas)—. Toma, colócalos tú Jace. Pero dales algunos a tus primas, ¿eh?

Su sobrino tomó entre sus pequeñas pero sorprendentemente hábiles manos las figuras de los dos dragones más terribles, y comenzó a hacer sonidos con la boca que pretendían ser temibles. Sus primas cogieron las otras, y Eugenia le tendió a Will la del guerrero moreno.

—Sir Galahad —enunció con voz teatral.

Justo cuando Will iba a aceptársela, una voz desde lejos lo llamó.

—¡Will! ¡Ven un momento!

El interpelado alzó la vista. Su amigo Magnus Bane caminaba hacia ellos a grandes zancadas. Iba con un bañador tipo short en un tono de un amarillo tan potente que casi cegaba la vista al mirarle. En sólo una semana allí, ya había logrado el bronceado más perfecto de todo Devon.

—¿Ocurre algo? —preguntó, extrañado de que su atención fuese requerida en aquellos momentos. Cuando estaba en casa, especialmente cuando estaba encerrado en lo que consideraba como su habitación (ya eran varios los años en los que viaja a Devon, y ya eran años ocupándola), todos lo llamaban y perturbaban su paz sin pensárselo, habitualmente para pedirle o preguntarle cualquier tontería. Cuando se encargaba de los niños, no obstante, nadie decía nada, no parecía que nadie se interesase por sus demás prolíficas habilidades.

—Sophie dice que un repartidor ha ido a casa con un paquete grande para ti. Ha pensado que querrías ir a recibir el envío tú mismo… como eres tan especialito con tus cosas.

Will chasqueó la lengua, fastidiado. Le gustaba cuando estaba él solo con los pequeños, disfrutando de la playa y los juegos infantiles; le mosqueaba mucho que los interrumpiesen. Por otra parte, si había un repartidor que preguntaba por él, sólo podía significar que el lote de libros que había pedido por encargo ya habían llegado. Se moría por poner las manos sobre ellos.

—Yo me quedo cuidando de los pequeños —dijo Magnus, sabiendo que por nada del mundo los dejaría solos.

—Está bien, ahora vengo… —Will echó a correr por la arena, y mientras lo hacía pudo escuchar cómo los niños exclamaban el nombre del asiático. Will y Magnus eran los mejores para todo tipo de juegos y diversiones, mucho más imaginativos que los Lightworms y por eso los niños los adoraban.

Subió las cortas escaleras que llevaban a la carretera, que posteriormente cruzó y en pocos pasos ya estaba entrando en la propiedad de los Lightwood. Tenían que tener una de las mansiones más grandes de aquella ostentosa zona de una ya de por sí población cara de Devon, y nada más y nada menos que una a pie de playa, sí señor.

Buscaba a alguien con aspecto de repartidor, pero mientras recorría el caminillo de piedras que llevaba a la puerta de entrada, a quien vio fue a un chico con ropa veraniega sentado en las escaleras del porche. Unos pocos pasos más adelante y se percató de que no se trataba de un chico cualquiera. Se levantó las gafas de sol que llevaba puestas y se las colocó sobre el pelo a modo de diadema. Con la vista más clara, se hizo más que evidente lo que parecía inimaginable.

Porque el chico que le estaba esperando sentado en los peldaños se trataba nada más y nada menos de Jem, su James.

La reacción del otro chico fue instantánea. Se levantó al verle y comenzó a caminar hacia él de inmediato. Así, Will pudo observar que llevaba una mochila a la espalda, y que había depositado una pequeña maleta de viaje a su lado, así como lo que a todas luces era el maletín que contenía su preciado violín. En cuanto a su atuendo, llevaba un gorrito de verano, gafas de sol, una camisa color pastel con pequeñas piñas y bananas estampadas, bermudas en tono camel y sandalias.

Estaba como a tres pasos de él cuando se había detenido. Will lo había mirado de arriba abajo como para comprobar que no tenía ante sí un espejismo. Como si necesitara algo más para comprobarlo, Jem habló, y ahí sí que no hubo lugar a dudas:

—Will, te debo una disculpa…

El galés no le dejó decir nada más. Interrumpió sus palabras con un abrazo de oso.

Nunca había estrechado entre sus brazos antes a Jem, y se preguntó entonces el porqué. Una sensación maravillosa recorrió su cuerpo de manera inmediata. Jem tenía un aspecto frágil, pero al abrazarle se notaba que en realidad era fuerte. Lamentó el hecho de que llevara mochila y no pudieran sus manos tener un contacto más cercano con su espalda, pero aun así tenían el pecho del uno pegado contra el del otro, y su barbilla descansaba sobre el hombro derecho de Jem. Superados unos primeros instantes de estupor, los propios brazos de Jem le correspondieron. Apoyó una mano sobre su omóplato derecho, la otra alrededor de su cintura. Will iba exclusivamente en bañador, y se imaginó que Jem lo encontraría pegajoso por la mezcla de sudor, protector solar y arena. No pensó en ello mucho más (así como decidió no pensar en el horrible estado de su cabello, después de haber sido enterrado en arena por sus sobrinos aquella mañana) y se dejó llevar por la dulce sensación del reencuentro.

—Will… —murmuró Jem en su oído, e hizo ademán de separarse de él. Pero no de un modo brusco, sino suave, tranquilo y moderado. Retiró sus manos lentamente, dejándolas estar un segundo más de lo necesario en sus caderas, justo encima del elástico del bañador, antes de separarlas de su cuerpo por completo—. Siento no haber…

—Ssh —espetó Will—. Has venido para quedarte unos días, ¿no?

—Si sigue en pie tu propuesta de invitarme…

—¿Por qué no debería seguir en pie? —enérgicamente, el galés fue hasta donde Jem había dejado la maleta y la cogió—. Ven, pasa y te enseño la casa. Dentro de nada estará preparada la comida.


En el interior Jem descubrió lo que desde el exterior ya se podía sospechar: se trataba de una casa espaciosa de grandes dimensiones, hecha para que corriera la brisa del mar de una punta a otra. La parte baja comprendía una amplia cocina antigua pero reformada y equipada con las últimas tecnologías, un aseo de cortesía, un gran regio comedor interior que raramente se usaba y una formidable sala de estar llena de sofás y sillones para grandes contingencias. Saliendo por ésta, en el lateral había un gran porche, con una larga mesa con muchas sillas bajo éste; era el lugar donde habitualmente hacían las comidas, y tenía unas formidables vistas elevadas a la playa. De vuelta al interior de la casa, y subiendo por unas escaleras señoriales, se llegaba a los pisos de las habitaciones. En el primero estaban el dormitorio principal de los padres Lightworm, un majestuoso baño, el dormitorio que ocupaban los niños, el de Gabriel y el de Gideon. En el siguiente piso se hallaba la habitación de Alec, la biblioteca, un estudio y dos habitaciones de invitados, una de las cuales solía ocupar Will. En la otra instalaron las cosas de Jem. En la última planta se hallaba un gran desván lleno de objetos de diversa índole procedentes de antiguos propietarios a los que sólo los niños –y Will, para sus teatrillos de verano— prestaban atención.

—Puedes ir instalándote, si no te importa yo me iré a cambiar.

El baño era compartido por las dos habitaciones, y Will dejó la puerta entreabierta para mientras tanto, conversar.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

Un ruido blando que golpeaba el suelo, ¿sería el bañador de Will?, no pudo evitar preguntarse Jem.

—En tren hasta Totnes, después he tomado un autobús.

—Vaya, me pregunto quién viajará en autobús hasta uno de los pueblos más ricos de Reino Unido —comentó, pero de un modo que no se burlaba de Jem por usar el transporte público, sino todo lo contrario. Criticaba a todos los propietarios de grandes fortunas que acababan juntándose en el mismo lugar, como si no pudieran mezclarse con la gente normal y sólo pudieran veranear entre los de su clase—. ¿Has tenido que esperar mucho para transbordar?

Se escuchó el sonido de la ducha, cómo comenzaba a caer el agua.

—No, ha ido la cosa muy fluida. Ya había mirado previamente el modo de llegar de la forma más rápida.

—Me alegro. Oye, ahora que lo pienso —dijo Will, y a partir de entonces se escuchó su voz bajo una cortina de agua. De nuevo, Jem no pudo evitar imaginarse la situación que estaba teniendo lugar a escasos metros de él—. ¿Estabas compinchado con Magnus o algo así? ¿O lo del repartidor era cierto y lo he dejado tirado por ti?

—¿Qué repartidor? Supongo que sería cosa de Magnus… La verdad es que llamé hace un par de días a Alec para preguntarle por la ubicación exacta la casa y cómo llegar hasta aquí… pero me dijo que mejor hablara con Magnus, que él se encargaría de ocultártelo porque a él esas cosas no se le dan bien.

—Ah no, pobre Alec. Siempre que quiere sorprender a Magnus me pide ayuda a mí… Cach— tras esto, saltó lo que seguramente serían toda una lista de improperios en galés, y entremezclado en ellos, estaba el nombre, precisamente, de Magnus.

—¿Qué ocurre? —preguntó el asiático contra la puerta, que seguía estando entreabierta de forma incitante.

Escuchó cómo Will salía de la ducha, caminaba por el baño con pies descalzos y no paraba de abrir armarios.

—Se ha llevado todas las malditas toallas. Ha tenido que ser él, yo había puesto unas limpias esta mañana…

—¿Quieres… la mía? —Jem sacó la de su maleta.

—Es igual —Will soltó un gruñido, y por el sonido pareció que entraba en su habitación—. Me exaspera. Cuando vivíamos juntos me hacía lo mismo. Me pasaba la vida yendo a la lavandería a hacer lavadoras con sólo toallas. Y cuando yo iba a ducharme, todas habían desaparecido por arte de magia —siguió quejándose un rato más, y entre sus palabras se encontraba el título "Gran Brujo irresponsable desaparecedor de toallas", hasta que al final dijo—. Así que ya lo sabes.

—¿El qué?

Will abrió la puerta, apareciendo ya vestido, con pantalones chinos grises, una camisa de manga corta azul marino con pequeños dibujos de anclas en blanco y unos bonitos mocasines que ya le había visto antes puestos. Sus cabellos estaban empapados, y brillaban como si en lugar de gotas tuvieran diamantes incrustados.

—Si no quieres hacerme enfadar, no me dejes sin toallas.

—Lo tendré en cuenta —Jem se levantó, quedándose plantado frente a él. No sabía qué decir, qué hacer—. Oye, Will…

—¿Por qué Will y no William? —preguntó el galés con el ceño fruncido, un tanto mosqueado ante tanto Will por parte del asiático.

Pero Jem no tuvo oportunidad de explicarse, pues la puerta del cuarto en el que se encontraban se abrió de par en par. Cecily apareció tras ésta. Les miró con una enorme sonrisa perversa en los labios (demasiado similar a la que acostumbraba a lucir su hermano) antes de decir:

—Oh, aquí estáis. No podías escondérnoslo por mucho tiempo, Gwilym. La comida estará en seguida, y tendrás que compartirlo con todos nosotros —su tono de voz trataba de resultar amenazante.

La puerta del baño se abrió, y tras ésta, se encontraba Magnus, que seguía con las mismas guisas que en la playa.

—Oh, aquí estáis —su tono de falsa sorpresa se asemejaba escandalosamente al de Cecily.

—Por el amor de la Gran Biblioteca de Alejandría, ¿qué no se puede tener un momento de intimidad en esta casa? —preguntó Will, exasperado, mientras Magnus y Cecily se enviaban miradas de complicidad.

—Claro que no —dijo Cecily, a lo que Magnus le siguió:

—¿Intimidad para qué? ¿Algo que deba saber…?

—La comida ya está lista… —comentó otra voz, una nueva para los oídos de Jem. El portador de la voz asomó la cabeza por encima del hombro de Cecily, y al instante de verlos, se puso colorado—. Oh… lo siento… no sabía que Jem ya hubiera llegado… lo siento, venid cuando podáis. La comida ya está lista…

Y dicho esto, se marchó.

—¿Todos sabían que vendría Jem? —preguntó Will, mirando a Magnus y luego a su hermana, de forma acusadora.

—Era necesario, para las raciones de la comida —arguyó Cecily, como si aquello lo explicara todo—. Bueno, os dejamos vuestra ansiada intimidad, pero ya hay que ir a comer. No tardéis mucho en hacer… lo que fueseis a hacer —les guiñó el ojo y cerró la puerta sonoramente.

—Yo también me voy, creo que Alexander se estará quitando los restos de arena… debo ir a comprobar la operación... a veces se despista y necesita ayuda… —dicho lo cual, cerró la puerta del baño, marchándose en la otra dirección.

Will y Jem se miraron a los ojos, compartiendo una reacción que mezclaba la sorpresa y la diversión.

—¿Sorprendente, verdad? —comentó finalmente el galés—. Gracias, James, mis más sinceras gracias por venir a salvarme de esta panda de locos.


Ya abajo, como si la escena anterior nunca hubiese sucedido, llegó el turno de las presentaciones. Cecily dio un sonoro beso a Jem en la mejilla mientras sonreía descaradamente a Will, los hermanos Lightworm le tendieron la mano con mucha formalidad, aunque Alec con mayor cariño, Magnus dio sus acostumbrados y pomposos dos besos y en cuanto a Sophie… Generalmente, la gente solía advertir previamente de la presencia de la cicatriz que cruzaba el rostro de la chica para tratar de evitar las miradas de sorpresa y espanto, pero Will supo que con Jem no habría necesidad de hacerlo. Así fue, pues el asiático le sonrió y saludó como si no hubiese nada extraño en su cara, a lo que Sophie, siempre cohibida en las primeras presentaciones, le respondió con una cálida sonrisa. Los niños fueron niños al fin y al cabo, y le saludaron con la más natural espontaneidad. Y después, se sentaron todos a la mesa a compartir un refrescante almuerzo estival. Al principio la pequeña Eugenia miró con malos ojos a Jem por robarle su sitio al lado de su querido Will, pero más tarde y gracias a Barbara, que le hizo un pequeño interrogatorio, cuando descubrió que tocaba el violín se lo perdonó. A Eugenia le volvía loca la música, su sueño era poder tocar algún día el gran piano de sus antepasados, que lo único que hacía era guardar el polvo hasta que era afinado por un profesional de forma periódica.

La comida transcurrió animadamente y, para alivio de Jem y sobretodo de Will, el nuevo invitado no fue el centro de la conversación. Dejaron que los niños llevasen la voz cantante, por lo que hablaron de la obra de teatro que preparaban como todos los años con tío Will, hablaron de la hermosa fortaleza de dragones que habían construido con tío Will aquella mañana, de las ganas que tenían de hacer una excursión en barca como tío Will les había prometido (la familia poseía un pequeño yate, pero ellos preferían ir en la humilde barca de su tío), así como de lo bien que se lo pasarían aquella tarde yendo con él a la feria de Kingsbridge, una población cercana.

Después, y al ver que Jace ya empezaba a cabecear, Alec se levantó para llevar a los niños a hacer la siesta, y el resto hizo lo propio para recoger los platos. Jem hizo ademán de unírseles, pero Will se lo impidió.

—¿Por qué?

—Ley de los tres días —ante la mirada de interrogación de Jem, explicó—. Las visitas se libran de hacer tareas domésticas durante los primeros tres días de visita. Si se quedan más, ya tienen que adecuarse al ritmo de la casa. Siempre se queda alguien acompañando a las visitas. ¿Te apetece que demos una vuelta y te enseñe la zona? Aunque tampoco hay mucho que ver, la verdad. Playa y más playa, locales turísticos de lujo y más locales turísticos de lujo, casas pijas y más casas pijas.

—Si me lo pintas así tampoco me hace mucho verlo…

—Bueno, disfrutarás de la atracción más apetecible de la zona —como Jem no se adelantó a su broma, añadió—: un joven de atractivo sin igual con grandes dotes de carisma te acompañará.

—No sabía que vendría con nosotros Gabriel —replicó Jem, mirándole a los ojos de forma descarada.

—¡James! —Will hizo gesto de ofensa, pero se rió a gusto, con grandes carcajadas. Echaba de menos a Jem, desmontándole sus chistes—. Te enseñaré mi sitio favorito. Espérame un momento, voy a robar un vehículo —y sin decir nada más ni tampoco dejarle decir, volvió a entrar en la casa.


—Ni se te ocurra robarle el coche a Alec —comentó Magnus, desde encima de él. Estaba en el primer piso y le observaba desde el hueco de la escalera.

—¿Por qué dices eso? ¿Cómo sabías que iba a hacerlo? —Will comenzó a subir los peldaños que les separaban.

—Te conozco mucho y desde hace mucho… y sé que te gustaría impresionar a Jem con tus alocadas maniobras al volante, pero el biplaza de Gabriel no te serviría luego para llevar a los niños a la feria —para cuando dijo esto, Will ya estaba frente a él, y el asiático sonrió al ver que la mirada del galés decía "mierda, ha descubierto mi plan de principio a fin"—. Por cierto, ¿va todo bien entre vosotros? ¿Ya habéis solucionado… lo que fuera que teníais que solucionar?

Will suspiró, mientras se alborotaba los cabellos que casi ya habían secado.

—No hemos hablado de nada… profundo. Pero las cosas parecen ir como siempre. Y ha venido.

No dio ninguna conclusión porque él no había llegado a ninguna. Esperaba alcanzarla conforme avanzara el día… a ser posible, ahora cuando estuviesen los dos a solas de verdad.

—Realmente le sientan bien esos colores alegres… —comentó Magnus, y le sonrió de medio lado—. No es mi tipo, pero debo admitir que es muy atractivo. Al veros sentados juntos ha sido como ver el ying y el yang, opuestos que en su contradicción, armonizan.

Ante aquellas palabras, el galés no sabía qué responder, así que preguntó:

—¿Y por qué no me puedo llevar el coche de Alec?

—¿Quieres decir, además de porque no tienes el carnet y a él le daría un ataque? —en vistas de que sabía que a Will aquello no le importaba en absoluto, terminó diciendo—: Esta tarde tenemos la fiesta de pedida de mano de Lydia. Necesitamos el coche.

—Ah, cierto… —murmuró Will, recordando. Alec había conocido a Lydia Branwell estudiando la carrera, y se habían hecho grandes amigos.

—¿Por qué sonríes ahora de ese modo? —Magnus enarcó una ceja con suspicacia. Era cierto. Will sonreía como más le gustaba, esto es, con gran picardía.

—Estaba pensando… Aline, la mejor amiga de Alec, se casa este año. Lydia, otra gran amiga suya, se compromete hoy… ¿No te sientes un poco presionado?

—Ya sé por dónde vas. Y no. No me importaría en absoluto convertirme en el marido de Alexander Lightwood.

La sonrisa traviesa de Will se había desvanecido, mudando en una expresión de asombro. Era increíble cómo, después de años de la más irresponsable promiscuidad, Magnus Bane había encontrado la estabilidad en aquel chico (que no había que olvidar que era Lightworm al fin y al cabo, en palabras del galés).

Al mismo tiempo, se escuchó cómo alguien tropezaba en el inicio de las escaleras. De nuevo, Magnus se asomó para ver de quién se trataba. Era Alec. Seguramente había escuchado al menos el final de la conversación y se había puesto nervioso.

—¡Garbancito! ¡Tranquilo, no me refería a hoy mismo!

Con una risita, Will se encaminó a la habitación de Gideon y Sophie, para cumplir su objetivo inicial de conseguir un vehículo, mientras que Magnus se dedicaba a asegurarle a Alec que no le haría una pedida de mano sorpresa, y que si se acababan casando sería por iniciativa mutua.


—¿Jem? —preguntó Cecily, al tiempo que salía por la puerta y se encontraba cara a cara con él.

—Hola, Cecily, ¿necesitas ayuda en alguna cosa?

—Oh no, en absoluto. Quería decirte algo. Sin que mi hermano estuviera presente, quiero decir.

El asiático asintió, y se levantó de la silla que había estado ocupando. La joven Herondale bajó los peldaños del porche y comenzó a caminar por el jardín, sin mirar atrás pero esperando a ser seguida.

—No soy buena en esto… —admitió, una vez se detuvo en el fondo del jardín—. Como ya habrás podido darte cuenta, nuestros padres no se esmeraron mucho en enseñarnos los más refinados modales.

Esto último lo dijo con una sonrisilla que a Jem se le antojó propia de Will. Era curioso ver a Cecily, ver lo igual que era a su hermano, en las facciones, en los gestos, en la manera de hablar y comportarse… pero al mismo tiempo, ver que no era Will en absoluto. Más tarde, reflexionaría que no era tan extraño que no se sintiera atraído por ella, pues al fin y al cabo Gabriel la amaba pero al mismo tiempo detestaba a su hermano. Quizás era otro de los curiosos rasgos de los Herondale, que eran tan intensos que sólo podías interesarte por uno, pues más resultaría una bomba de relojería para cualquiera.

—Quería darte las gracias, de corazón. Gracias por haber salvado a mi hermano… Últimamente estaba perdiendo su esencia. Fingía para que no se le notara (y realmente lo hacía bien, porque es un buen actor). Pero al verlo ahora… se nota que lo de antes estaba mal. Will es como yo, nunca puede estarse quieto, pero en el último año parecía que no le motivaba hacer nada… Al dejar el teatro y a Tessa pareció que había perdido todo lo que tenía y sin ninguno estaba perdido… hasta que te conoció. Es como si le hubieses devuelto el interés en la vida.

—No creo en Will como una persona que necesite ser salvada —respondió Jem, de un modo que podría haber sido malinterpretado, pero Cecily había crecido rodeada de palabras, por lo que comprendió exactamente lo que quería decir.

—Yo tampoco. Y estoy segura de que ni él mismo lo cree. Pero simplemente… ha resultado ser así —tras un pequeño silencio, terminó añadiendo—: Gracias por lo del otro día, también.

—¿Qué otro día? —preguntó Jem, sin comprender. Pensó en el suceso de la borrachera de Will, pero no creyó que nadie pudiera agradecerle por lo que hizo, y tampoco se imaginaba a Will contándole a su hermana aquel momento de bajeza.

—¿No te lo dijo? El fin de semana pasado fue el segundo aniversario de la muerte de nuestra madre y nuestra hermana Ella… —sin darse cuenta, Cecily se llevó una mano al corazón—. Sentí mucho no haber podido estar con él, aunque ya el anterior año se negó en redondo a tenerme cerca… En aquella ocasión Magnus estuvo con él, pero esta vez él no pudo encontrarle. Luego supe que fuiste a hacerle compañía.

Justo cuando Jem iba a decirle que él no había hecho realmente nada, que no se merecía su cálido agradecimiento, la joven Herondale le abrazó. Cuando él pasó sus brazos alrededor de ella, por primera vez sintió a Cecily como lo que realmente era: una chica que apenas pasaba la veintena y que a pesar de eso, se había tenido que enfrentar a situaciones que le habían hecho ser adulta antes de tiempo.

—¿Interrumpo algo? —preguntó Will, de pronto. Con su voz, pareció romper el abrazo—. ¿Acaso siempre que te dejo un momento tengo que encontrarme con que estás compartiendo afectos con alguien más, James? —no parecía resentido, sin embargo. Más bien, divertido—. Aunque por otro lado, esto es tener mucho mejor gusto que con el Lightworm, Cecily. Te felicito por la evolución.

—Oh, cállate ya, Gwilym. Sólo le estaba diciendo que me alegro de que haya venido a pasar un tiempo con nosotros —se separó de Jem y caminó hasta Will. A su lado, dijo, aunque en una voz que permitía a Jem que la escuchara—: Y si lo que quieres decir es que te parece que Jem está muy bueno, adelante, puedes decirlo sin ambages; nadie te dirá lo contrario.

Cecily se marchó, orgullosa de haber dejado a Will sin palabras. Una vez se recompuso, él dijo:

—Ya he conseguido unas llaves…

—A propósito de eso —dijo Jem, y Will sintió cómo se le torcía el gesto, esperando malas noticias—, ¿luego iremos a la feria con los niños, cierto?

—Esto… sí. Como no sabía que vendrías, se lo había prometido. Pero si tú no quieres venir, puedes quedarte, por supuesto. Me sabría mal pero… no puedo decirles que no, ¿comprendes?

—No lo decía por eso. Me gustaría acompañaros a la feria. Nunca he ido a una feria aquí —dijo, y Will supo que se refería en Reino Unido—. Lo que quería decir es que estoy algo cansado por el viaje… y me gustaría poder descansar un poco.

—Oh. Claro. Lo entiendo —dijo Will, y asintió ligeramente—. Entonces, no te molesto más. Te dejo ir a la cama…

Se quedaron mirándose por un momento más del habitual, hasta que Jem acabó entrando a la casa y marchándose a su habitación a dormir.


Will decidió irse también a su habitación a leer, para así tratar de alejar de su cabeza la sensación de que Jem había querido irse a la cama para no tener que enfrentarse a estar con él a solas. Y como siempre le sucedía con una gran lectura, terminó tan atrapado en las páginas, que no se enteró de que alguien estaba reclamando su atención.

—¿Will? —preguntó Jem, y al tocar a la puerta, que había dejado abierta, lo que hizo fue abrirla un poco más—. ¿Te molesto?

Will parpadeó, confuso al dejar de observar las palabras impresas del libro y encontrarse, en cambio, con la visión de Jem en su puerta. Ya ni recordaba su atuendo veraniego, que le quedaba francamente bien aunque no se había atrevido a decírselo. Desde su posición, esto es, tumbado en la cama, podía fijarse en las delicadas rodillas y tobillos que aquel pantalón corto dejaba a la vista.

—Me gusta tu elección de vestuario, James —comentó rápidamente, justo antes de apartar los ojos de él para cerrar el libro y sentarse en la cama.

—Gracias. No soy muy de ir a la playa y no sabía… —dijo, aunque no terminó la oración.

—¿Has conseguido descansar?

—Un poco sí.

—Me alegro, porque debo decirte que ir a la feria con Will Herondale es toda una experiencia a la que se le deben dedicar los cinco sentidos.

Jem sonrió y con esto, salieron juntos de la habitación.

Los niños ya se habían despertado. Sophie estaba en proceso de terminar de arreglarles. Gideon le preguntó a Jem si sabía conducir, pues para sorpresa del asiático, Will no tenía el carnet. Instalaron la sillita de Jace en el otro asiento vacío en la parte posterior del coche familiar, ayudaron a que los niños se sentaran y los cinco emprendieron el camino hacia Kingsbridge.

Will no dejaba de toquetear la radio mientras daba indicaciones de cómo salir de Salcombe, y Jem acataba las órdenes en silencio. Los niños, en la parte de atrás, parecían cuchichear. Cuando ya habían salido del núcleo de la población, Will detuvo la búsqueda de cadenas cuando comenzó a sonar una canción de Artic Monkeys que había salido el mes anterior, llamada Do I wanna know?.

—Me encanta esta canción —confesó el galés, mientras comenzaba a tararearla.

[…]
He soñado contigo casi todas las noches de esta semana.

¿Cuántos secretos puedes mantener?
Porque está esta canción que he encontrado
que de alguna manera me hace pensar en ti
Y la pongo en modo "repeat"
Hasta que me quedo dormido
Derramando bebidas en mi sofá

¿Quiero saber
si este sentimiento fluye en ambos sentidos?
Triste por verte partir
De alguna manera estaba esperando que te quedaras
Cariño ambos sabemos
Que las noches principalmente fueron hechas para decir cosas
Que no puedes decir mañana por el día

De algún modo, mientras cantaba el estribillo de la canción con su desafinada voz, a Will se le hizo imposible no pensar en que ésta realmente trataba de él y Jem.

—¿Sigo recto o tomo la salida? —le preguntó el asiático, sacándole de su meditación.

—Continúa por aquí. La salida es un par de kilómetros más adelante —le explicó, y después giró el rostro para ver cómo estaban los niños, que se callaron al mirarle. Alargó el brazo hacia atrás y comenzó a hacerles cosquillas en las piernas, expuestas al llevar sus atuendos de verano.

Jace era el que más sabía contenerse y fingir que las cosquillas no le hacían nada. A Will le resultaba fascinante ver cómo su cara de concentración máxima se desbarataba cuando acababa encontrándole el punto que le hacía estallar inevitablemente en carcajadas. Barbara y Eugenia, en cambio, no podían parar de reír desde el primer momento.

—Perdona, ¿te molesta para conducir? —preguntó Will—. Somos muy escandalosos.

Jem giró por un segundo el rostro para mirarle a los ojos y sonreírle.

—En absoluto.

Al rato, volvió a decir:

—Me estás mirando de forma extraña.

—Simplemente… me resulta raro verte conduciendo. No sabía que te hubieses sacado el carné.

—Y yo no sabía que tú no lo tuvieses —respondió, mientras torcía ligeramente a la izquierda. Como Will no respondía y ya no estaba girado hacia los niños, añadió—: Y no obstante, sabes conducir, ¿cierto?

—A los ocho años ya sabía conducir el tractor de mis abuelos. A los doce mi padre nos enseñó a conducir a Ella y a mí —comentó, mirando fugazmente a Jace, que estaba pasándole su peluche favorito a Eugenia—. La vida en el campo es muy distinta a la de la ciudad, el tiempo fluye de forma distinta.

Jem simplemente asintió.

—Ahora. Toma esa salida —le indicó el galés.


—Nada de separarse de nosotros, ¿entendido? —repitió una vez más Will, una vez habían salido todos del vehículo, habían sacado del maletero el carrito (ya ninguno de ellos lo usaba, pero sabía que seguramente terminarían tan cansados que alguno de ellos lo necesitaría) y habían cerrado el coche. Estaban a la entrada de la feria—. Si os apetece que vayamos a otro sitio, podemos dividirnos, pero sólo si vamos Jem o yo con vosotros. ¿Entendido?

Los tres niños asintieron.

Los niños no habían puesto pegas a la presencia de Jem, pues suponían que si era amigo de Will, sería también divertido. No se habían equivocado. A pesar de su corta edad y, por tanto, la imposibilidad de participar en muchas de las actividades, los tres se lo pasaron en grande. Los niños se pintaron la cara de animales de la selva, Jem se dejó dibujar hocico y bigotes de gato, así como unos ojos más rasgados, y todos juntos lograron arrastrar a Will al puesto de pintura facial, donde le maquillaron como un arlequín. También montaron en el tiovivo, varias veces seguidas porque a Jace le encantaba. Después, acudieron al puesto de tiro al blanco, pues a las pequeñas les habían encantado un par de peluches que querían conseguir. Los niños trataron de tirar, en vano, pues era demasiado difícil y eran demasiado pequeños. Barbara recordaba la buena puntería de Will y le pidió que probara, y entonces fue cuando el galés les contó que Jem era un lanzador de cuchillos profesional, y les "confesó" que lo había conocido cuando había viajado a China y él trabajaba en un circo ambulante. De este modo, ambos compitieron por conseguir lo que querían las niñas, pero fue Jem quien consiguió los preciados peluches. Aprovechando que Jace quería ir al baño, compraron dulces para la merienda (entre los que se encontraba el sempiterno algodón de azúcar) y tomaron asiento en una mesa libre al borde de la feria. Jem se quedó cuidando de las niñas, y aprovechando que su tío Will no se encontraba entre ellos, Eugenia le preguntó:

—¿Will y tú sois novios, como tío Alec y tío Magnus?

A Jem la pregunta le vino por sorpresa, pero la negó de forma amable.

—Lo digo porque no pasaría nada. Tú podrías ser el novio de Will y yo, cuando fuese un poco más mayor, podría ser su novia —explicó con una sonrisa.

—¿Un poco más mayor? ¿Cuántos años? —preguntó Jem, curioso por conocer su respuesta.

—Uhmmm pues… yo creo que cuando tenga ocho, ya podré ser su novia.

Jem sonrió y le alcanzó el vaso de batido de fresa que se había pedido.

—A mí me gustaría que fueseis novios —dijo Barbara, que había estado callada pegando bocados al algodón de azúcar—. Así tío Will tendría a alguien especial con quien pasar los cumpleaños.

—¡Los pasa con nosotros! —le discutió Eugenia.

—Ge, por favor, qué cría que eres —A Jem le hizo gracia, pues no lo sabía a ciencia cierta pero las niñas no debían llevarse ni dos años de diferencia en edad—. Es como cuando es el cumpleaños de papá o de mamá, que les gusta estar con nosotras pero también quieren estar solos para darse besitos y abracitos.

—A veces tío Will está triste —replicó Eugenia, que como todos los niños fascinaba a Jem por su curioso modo de hilar las ideas—. Cuando le veo así me acerco y le doy un abrazo. ¿Le darás tú abrazos cuando lo veas triste y nosotras no estemos, Jem?

Jem asintió, complacido de ver lo mucho que las niñas querían a su tío, ya que estaba más que comprobado que Will las amaba como si fuesen sus propias hijas. Eugenia se escurrió por bajo la mesa para reaparecer en el banco en el que se sentaba Jem, subida al cual pudo darle un abrazo.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Will, a sus espaldas—. De nuevo así, eh, ¿James? ¿Qué haces para tener el cariño de tantos y tan diversos pretendientes? —depositó a Jace, a quien había llevado en brazos, al lado de Eugenia. Después, él se sentó frente a ellos.

—Supongo que será mi encanto natural —respondió con un encogimiento de hombros.

—Ésa —dijo Will, señalando con el dedo—, es una respuesta muy mía.

Cuando terminaron de reponer fuerzas, Will les avisó que no podrían quedarse mucho más, así que cada uno podía elegir acudir a una atracción o actividad más a la que acudir. Tras muchas protestas, acalladas por la promesa de su tío de que volverían pronto, tomaron sus decisiones. Barbara se decantó por el puesto de calcomanías, Jace quería otra vuelta en el tiovivo y Eugenia decidió que tenían que subir a la noria.

Tras cumplir con los deseos de Barbara y Jace, acabaron subiendo a la noria.

—¿Se verá nuestra casa? —preguntó Eugenia, emocionada.

—La casa muy lejos —replicó Jace.

—Tiene razón vuestro primo. No podemos ver la casa desde aquí. Es una noria mucho más pequeña que la de Londres. Pero no por eso es menos interesante.

Decidieron jugar a ver quién se daba cuenta de más detalles de su alrededor, y mientras los niños iban diciendo cosas, Will las iba buscando con la mirada o proponía buscar otras. Perdió toda la concentración, no obstante, cuando notó que le cogían de la mano. Pero no era ninguna de las pequeñas manos de sus sobrinos, sino la larga y estilizada mano de Jem. Asintiendo a lo que decían los niños, aunque contra todos sus principios no estaba fijándose en lo que le decían, Will paseó la mirada por sus manos entrelazadas, para posteriormente alzar los ojos y encontrarse con los de Jem, que le miraban de forma intensa.

Una pequeña sacudida y la noria se quedó detenida por unos segundos. Los niños se giraron nerviosos para preguntar qué era lo que sucedía, y Jem deslizó la mano para apartarla de la suya, pero con rápidos reflejos el galés se la agarró a tiempo, y las mantuvo entrelazadas mientras les explicaba a sus sobrinos que habían llegado a lo más alto de la noria y que estaba a punto de comenzar el descenso.

Sus manos permanecieron unidas hasta que tuvieron que salir de su cabina, momento en el cual las separaron, pues Jace pidió que lo llevaran en el carrito y Barbara si la podían coger en brazos. Volvieron al coche y condujeron en silencio la mayor parte del tiempo que duró el camino de vuelta, sin mirarse entre ellos.

De vuelta en la casa familiar, se encontraron con que Gabriel y Cecily también se habían ido a cenar fuera, por lo que sólo les recibieron Gideon y Sophie, que se ofrecieron a acompañar a los niños a la cama. Ellos protestaron, pues querían que Jem les diese las buenas noches, y con risas por partes de los adultos Jem les prometió que iría a su habitación a llevarles sus nuevos peluches.

Will y Jem se habían quedado a solas afuera de la casa, al lado del coche, cuando Jem le dijo:

—Tengo una cosa para ti.

El galés le miró, sorprendido. ¿Le había comprado algo en la feria mientras él no miraba?

—Cierra los ojos… —dijo, y así lo hizo Will—. Ábrelos.

Will pegó un brinco.

—¡Un pato! ¡Aléjalo de mi vista! —exclamó.

Mientras tanto, Jem reía.

—Es sólo un peluche. Y es adorable.

—Apártalo de mi vista, Carstairs. Eso no entra en casa —dijo, haciéndose el ofendido mientras tomaba el camino para entrar a la vivienda—. Y no tardes en deshacerte del cadáver, que tenemos un cuento que contar y unos niños a los que dormir.

Pero Jem no lo tiró, sino todo lo contrario. Tenía pensadas muchas bromas que hacerle al galés de aquel momento en adelante, esto es, si su relación volvía a ser la misma después de lo que aquella noche tenía pensado contarle.


¿Qué tendrá que decirle Jem a Will?

Siento dejarlo por aquí, pero el capítulo me quedaba inmensamente largo si no lo cortaba. Puede que esta parte peque un poco de introductoria del viaje a Devon. Trataré de subir la segunda parte la semana que viene. Prometo respuestas para entonces.

Si alguien tiene propuestas de posibles actividades con los niños, con las otras parejas o simplemente de Jem y Will (aparte de estar acurrucaditos en la cama, lo cual puede que pase o puede que no), podéis ir diciéndome. Estoy abierta a propuestas.

Muchas gracias como siempre a mi querida FromTheFuture por sus ideas y apoyo, te debo el fic casi completo.

Espero que os haya gustado, a quien deje review con su opinión prometo enviarle un Jem con camisa de piñas y bananas a casa. O eso intentaré.

Mizpah