No al plagio


Capítulo diez: Iniciativa


8 de Septiembre de 1999, Hogwarts.

Ya había pasado una semana de nuestro último encuentro íntimo. Parecía que todo se movía con lentitud, pues no cabía en mi mente la aceptación de que a mis casi veinte años ya estuviera esperando un hijo que tenía genes lobunos y, sobretodo, que tenía el ADN del ser más complicado del planeta: Severus Snape.

Era difícil no imaginarme con un niño idéntico, en todos los ámbitos, a Snape. Me temblaba el cuerpo de solo pensar en esa posibilidad; ya tenía suficiente con la actitud de Ébano y de mi esposo como para agregar a un niño amargado.

—No te atormentes, humana. A lo mejor, tu bebé sale igual a ti… Prepárate para ver el mundo arder con él o ella —se burló la loba en mi mente—. Y si no dejas de pensar en tonterías vas a llegar tarde a la clase de Lupin, que por muy buena persona que sea, sigue siendo un maestro. Sumando que el sistema educativo es un caos con un montón de mujeres hormonales por los embarazos —terminó con una carcajada.

Eso era cierto, las clases han sido una pesadilla. Cada dos por tres, una alumna sale corriendo de su aula por motivos de vómitos u otras que salían después de recibir un patronus de sus maridos diciendo que no pueden controlar a sus infantes llorosos, de fondo se podía escuchar que no mentían pues los gritos de los niños se escuchaban con potencia y todos compadecíamos a la pobre bruja que salía despavorida llena de preocupación y con promesas de hechizar a su estúpido esposo por no saber controlar a su pequeño «retoño».

Yo estaba aterrada con todo eso. Ébano me dijo que por ser loba iba a tener las hormonas más alteradas que las de una bruja normal y eso me tenía con los nervios de punta.

—Tienes razón. Lunático no nos dejará en paz si llegamos tarde —comenté inquieta.

—Ese estúpido lobo me las va a pagar como vuelva a hacer la idiotez que se le ocurrió la clase anterior.

—Y yo mataré a Lupin por no controlar a su lobo —sentencié colérica.

Claro que lo haría, pues ese lobo lo estaba pidiendo a gritos.

«Era la primera clase del lunes e iba a llegar después de la hora de entrada; caminaba con prisa por los pasillos. No había podido ir a comer porque me levanté tarde y el comedor ya estaba cerrado. Me enfermaba ser impuntual, pero con cada día que pasaba sentía que las fuerzas se me consumían dando lugar a unas ganas de dormir por horas. Mi bebé agotaba a su madre.

Llegué al salón y vi que la puerta estaba cerrada, tomé una bocanada de aire invocando a la valentía que caracterizaba a mi casa, ya que la ocupaba para dos cosas: para dar la cara a Lupin por llegar tarde a su clase y para aguantar las miradas de pena que, desde que entramos a clases, no se alejaban de mí. La gente cuchicheaba que se compadecían de mí porque me había tocado el peor de todos los hombres como esposo y que de seguro era un suplicio enorme tener que intimar con él.

—Bola de estúpidos, ya quisieran tener en su cama a un hombre como Severus —gruñía la loba cada vez que escuchábamos los murmullos en los pasillos.

—No puedo negar la estupidez del ser humano que nos rodea —objeté, no por defender a Severus, claro está eso. Si no porque me purgaba que hablaran de algo que no sabían ni vivían—. Sin embargo, debemos tener consideración de ellos, ya que no saben que soy loba y piensan que sus palabras no llegan a mis oídos, cuando es todo lo contrario. Lo escucho fuerte y claro.

—Como sea, si siguen así no creo poder continuar en silencio mientras escucho cómo agreden a mi hombre, ¿estamos? —me advirtió, haciendo vibrar mi pecho con un gruñido gutural.

Varios alumnos voltearon a vernos y agradecí a Merlín que lo pasaran por alto, porque ellos también iban tarde a sus clases.

—Cálmate, loba. No podemos dejarnos en evidencia de una forma agresiva —pedí antes de tocar la puerta con firmeza esperando que la orden de poder entrar.

—Eres una chiquilla amargada —susurró Ébano por última vez.

En eso, se escuchó que la puerta era destrancada y se abría de par en par. Lupin me miraba con ojos inquisidores y divertidos, sus perlas destellaran un color amarillo y supe que era Lunático el que estaba tomando el mando en ese momento. No me sorprendía, pues era una de las cosas que yo le sugerí a Remus para que su relación con el lobo mejorara. Pero algo en su mirar me dio desconfianza mientras él se hacía a un lado dejándome para.

—Disculpe que llegue tarde, profesor —me excusé—. Tuve un inconveniente, ya sabe, ascos y vómitos mañaneros.

—No hay problema, señora Prince. Entiendo que usted, como otras alumnas, tienen esos problemas de gestación.

Asentí, entrado al aula con premura, buscando un lugar vacío para sentarme. No presté atención a los demás alumnos y me senté a lado de una joven rubia que acariciaba su pequeño vientre abultado; era Luna. Sus ojos soñadores me saludaron con un gesto risueño y no pude evitar devolverlo.

—Estoy totalmente segura de que tu esposo está feliz por la noticia de su nonato —me susurró con su voz angelical.

La miré con ojos sorprendidos, no podía creer que lo supiera. ¿A caso era adivina? Esa pregunta siempre me la había hecho y siempre encontraba pruebas para darle una respuesta positiva.

—¿Cómo lo…?

—Tienes un aura de maternidad muy linda, ¿sabes?

Y con eso me dejó en silencio; ya no había dudas de que ella era realmente especial. Le dediqué una sonrisa cómplice mientras le pedía que no comentara nada. No quería que todos lo supieran hasta que no fuera inevitable… pero parece que mis ruegos no fueron escuchados.

—Bueno. Podemos seguir con la clase que la señora Prince interrumpió —dijo Lunático con sorna; era tan diferente del amable Remus—. Estábamos hablando sobre una de las imperdonables: el imperius. Todos sabemos lo que es y lo que hace, pero no todos sabemos cómo contratacarla o utilizarla.

Hubo un silencio mortal antes sus palabras y me di cuenta de que no había sido la única que había notado ese tono de voz malicioso salir del lobo. Hasta Luna dejó de pasear su mirada soñadora por todo el salón para concentrarla en el profesor.

«¿Qué se trae en mente?».

Tenía miedo de averiguarlo, pero insisto, mis ruegos no eran escuchados.

—Y para eso, voy a necesitar un voluntario… aunque de voluntario no tendrá nada, porque lo escogeré yo. —Se escucharon varios jadeos de temor.

«Que no sea yo, que no sea yo, que no sea yo».

—Como llegó tarde, Prince. —Merlín me odiaba—, usted nos hará los honores el día de hoy. Pase conmigo.

La mirada que ese lobo me daba me hacía estremecer y provocaba que Ébano gruñera en mi interior. Algo muy malo estaba planeando ese animal.

Me levanté de mi asiento con lentitud y pasé adelante; no volteé a ver a nadie; estaba concentrada totalmente en el ser que no despegaba sus ojos amarillos de los míos.

—Veamos si usted es tan inteligente como dicen, señora.

—Veamos si usted sale bien parado después de esto, profesor.

Dijimos los dos al mismo tiempo para levantar las varitas en contra del otro.

—¡IMPERIO!

Claro está que uno fue el ganador…».

SSتHG

Dormir junto a esa mujer era un martirio que me estaba haciendo mella día con día y, no lo decía porque se moviera mucho en la cama, lo decía porque me era imposible separar mis ojos de ella. Al principio, le eché la culpa al animal que tenía dentro de mi mente, pero, desde que supe que lo tenía, ya no lo había vuelto a escuchar en mi cerebro. Así que ya no valía la pena seguir negándolo, esa niña estaba despertando mi interés con creces.

Por esa razón, mis ojos no se podían retirar de ella cada noche, pues su semblante se volvía cándido, dulce y adorable, su ceño se fruncía cada vez que no se acomodaba en el colchón y sus labios se entreabrían con ternura.

Una de las cosas que noté era que sus manos siempre se acomodaban sobre su vientre protegiendo a nues… su retoño. Me costaba creer que ella quisiera tener a ese niño que compartía genes conmigo. ¿Quién en su sano juicio desearía que sus hijos llevaran el ADN de alguien tan amargado y poco agraciado como yo? Sin embargo, venía esa cría y hacía todo lo contrario de lo que yo pensaba.

No seas tan malo contigo mismo, Severus. ¿Por qué te cuesta tanto trabajo darte una oportunidad? —habló el que llevaba una semana sin aparecer.

—¿No te basta con tener acceso a mis pensamientos como para que me andes preguntando el por qué? Tengo un pasado que conoces muy bien. Fui, soy y seguiré siendo un asesino. ¿Con qué cara quieres que mire a mis futuros vástagos? ¿Eh? ¿Qué les contaré cuando se acerquen a mí por las noches? ¿Les relataré lo «hermoso» que fue ser un mortífago? ¡No, Esteban! ¡Ni si quiera sé si seré un buen padre o seré una imitación exacta de Tobías!

Desahogué lo que tan guardado tenía en el alma, mi miedo más profundo en la vida que me había evitado rehacer mi vida en todos estos años.

«¿Podría ser un verdadero padre o decepcionaría a mis hijos como lo hicieron conmigo?».

Estoy cansado de esta vida, de tener que aparentar lo que no soy y a la vez soy. Soy el murciélago de las mazmorras, pero no soy alguien que da favoritismos a idiotas. Soy un hombre que amó y que no nació para ser correspondido. ¿Familia? Nunca planeé tener una. No soy digno de tenerla y hasta eso me obligan a poseer. —Solté un suspiro que dejaba ir todo el estrés, el cansancio y el miedo a todo esto que no era mi campo.

—Te diré una cosa y ya no volveré a insistirte con este tema: Si se te dio una oportunidad de seguir con vida y de tener una familia maravillosa ―porque no me puedes negar que la pequeña Hermione está calentando tu corazón―, es porque puedes corregir todos los errores que tuviste en el pasado, que estás cometiendo en tu presente y que podrás evitar en el futuro.

Bufé desesperado con sus palabras, porque yo también había pensado lo mismo. Cada noche que veía a Hermione dormir en mi cama, me imaginaba un panorama en donde nos perdíamos en la piel del otro, no por compromiso, sino porque deseábamos probar las mieles y llegar al cielo con las caricias mutuas. Imaginaba cómo serían nuestros hijos físicamente y en personalidad, aunque no negaba que serían niños demasiado inteligentes para el bien del mundo mágico.

El lobo volvió a quedarse callado, dándome mi privacidad para cavilar todo lo que había pasado en esta semana. El silencio era el mejor aliado en esos casos.

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«—Nunca un alumno será mejor que su maestro, niños. Deben entenderlo.

Escuché la voz de Lunático con fuerza junto a mí. Realmente no estaba tan preocupada, porque Ébano podía librarnos. La cuestión era: ¿cuánto tiempo iba a tardar en sacarnos de este lio que le estúpido lobo, con el perdón de Remus, nos había metido?

—Ya que fue de éxito este maleficio, podrán preguntar cada uno de ustedes lo que deseen, yo le ordenaré que conteste.

No podía creer lo que estaba diciendo ese engendro del demonio. ¡Es una estupidez lo que está hablando! Lástima que no pude seguir despotricando en su contra porque la primera pregunta se escuchó con fuerza.

—Respeto mucho a mi jefe de casa, sin embargo, siempre he tenido la curiosidad de saber ciertos temas que como alumna no he podido saber… —dijo Daphne desde su asiento—. También sé que me meteré en problemas si él se entera pero, viendo que es la oportunidad del siglo, no la voy a desaprovechar. Mi pregunta es: ¿tuvo una infancia tan terrible como se rumoreaba entre los mortífagos?

Esa pregunta nos dejó a todos en silencio; por mi parte, pensé que iba a preguntar algo más comprometedor. Mantuve mi mirada hacia en frente todo el tiempo, hasta que recibí la orden de contestar la pregunta.

—No te puedo contestar a ciencia cierta porque evitamos tocar temas delicados en nuestro matrimonio, pero no me queda duda de que sí vivió una niñez muy dura que no se la desearía nadie.

Mi voz se alzó en medio del silencio de forma monótona. Me sorprendí de lo falsa que me escuchaba; era normal, después de todo estaba siendo manejada.

Otra mano se alzó tímida al final del salón, no supe quién era pero pertenecía a los tejones.

—¿Es cierto que eres una loba… diferente? Porque mi papá trabaja en el departamento que rige las leyes de matrimonios y vio en los registros que Severus Snape había sido emparejado con una criatura mágica oscura. Cuando supe que eras tú pensé que era una veela, pero luego me di cuenta que no tienes ciertas características de uno, por consecuencia, decanté el que seas vampiro.

Tuve ganas de reír con fuerza por lo cómico de la situación, un tejón sacando análisis brillantes con tan poca información. Era de locos todo eso; si seguíamos así creo que no tiene nada malo ser sometida a un imperius momentáneo.

Volví a recibir la señal:

—Así es. Soy una loba. —Hubo un jadeo general y el sonido de sillas siendo arrastradas—. Una loba que tiene la capacidad de controlar al 100% su lobo interno.

—¡Oye! —gritó Ébano, ofendida, en mi mente.

—¿Ha-ablas en serio? —preguntó con temor alguien.

Mi respuesta no fue hablada sino que fue cambiar mis manos y rostro en la forma de lobo. Gritos de espanto se dejaron oír y ya no pude aguantar las ganas de carcajearme que tenía.

—Es muy bella tu lobo, Hermione. —No había duda de que Luna estaba loca. ¿Quién puede decirle bella a Ébano?

—¡Basta, niña! —rugió la loba y todos pudieron escucharla por la conexión mental general que hizo ésta para comunicarse con todos—. Mi forma es muy hermosa, te mueres de envidia cada vez que salgo a la luz.

Los alumnos estaban estupefactos; no sabían si reírse, llorar o salir corriendo del aula por lo que estaban presenciando.

—Regresa a tu cueva, Ébano —ordenó Lunático molesto por la interrupción de la loba; claro está que no hizo caso.

—Escúchame bien, estúpido lobo —se impuso—. La que da las órdenes soy yo ahora. Eres tan idiota que no te das cuenta que a la que tienes bajo el mando de la imperdonable es al cerebro de Hermione, yo tengo mi propia mente, ¿recuerdas? Y antes de que trates de maldecirme a mí, te recuerdo que soy tu alfa y si me atacas te irá muy mal. De por sí ya te irá mal por ponerle una mano encima a mi lado humano.

Hubo una lucha de miradas después de eso. Lo ganó la loba después de un minuto y se notó que fue doloroso para el lobo aguantarle la mirada a su alfa de esa forma.

—Bien. Ya que sabes cuál es tu lugar, puedo regresar a Hermione y más te vale que pares toda esta estupidez porque me estás cansando. Yo no sé por qué Hermione le dijo a Remus que te sacar de tu cueva si lo único que haces es fastidiar la vida de la gente. —expresó la loba llena de molestia.

—Quizás tengas razón en tus palabras, pero por lo menos a mí me ama mi mate.

Y con eso, señores, se soltó un aguerra campal en el salón de DCAO. No dije nada cuando Ébano tomo por completo su forma, yo solo me dediqué a proteger con mi magia a mi pequeño bebé. También estaba molesta por sus palabras, me estaba dejando en vergüenza frente a gente que no conocía lo que era la palabra discreción. ¡En menos de media hora toda la escuela iba a saber todo esto!

El lobo, por su parte, no tardó en seguir los pasos de su alfa. Aunque sabía que tenía la pelea perdida, estaba emocionado porque tendría un momento lleno de adrenalina y vaya que iba a tener mucha sustancia corriendo por su cuerpo porque, según lo que entendía de los pensamientos de Ébano, lo iba a dejar imposibilitado por varias semanas.

—Te enseñaré a quedarte callado, imbécil.

—Lo que usted diga, su majestad.

Mis compañeros corrieron a refugiarse a la pared de la entrada del salón; estaban asombrados por el tamaño que tenían los lobos y no solo eso, sino también por lo maravilloso que era ver a dos lobos totalmente convertidos y con el completo raciocinio en sus cuerpos. Siempre se había creído que los que tenían la maldición perdían la cabeza cuando se transformaban, pero ver a estos dos transmutados, gritándose cosas que te hacían reír y a la vez temblar de miedo, desmentía todo lo que se leía en los libros de esas criaturas.

Ser lobo podía ser divertido… pero no lo era cuando estabas embarazada, cuando tenías a tu lado humano imperiado, cuando alumnos a tu alrededor que apostaban grandes cantidades de galeones a tu favor y en contra, y cuando tu instinto animal quería arrancarle la cabeza a quien había osado en desafiarlo.

Divertidísimo, ¿no?».

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El silencio podía ser un buen aliado, pero a veces te traicionaba trayendo recuerdos que quieres olvidar, enterrar en lo profundo de tu mente.

Aunque este recuerdo en particular me traía unas ganas inmensas de soltarme a reír como hace años no lo hacía. Era algo tan infantil e inmaduro que costaba trabajo creer que la persona que protagonizaba esa memoria era la persona que todos consideraban como la más adulta de su generación. A veces la humanidad peca de ingenuo, no se debía olvidar que mi terrible esposa era una joven que iba a cumplir sus veinte años, tenía un año más por el que utilizó con el giratiempo, en unos días. ¡Estaba llena de hormonas revolcadas por la juventud! ¡Ahora sumemos su embarazo y su condición de criatura! ¿Qué querían? Era una bomba de relojería; en cualquier momento iba a reventar. Esa fue la ocasión.

Ver entrar a Minerva a mi despacho por la chimenea con una cara de muerto, no tuvo precio. Al principio, no entendí toda su palabrería; no le estaba prestado la atención debida, me enfoqué todo el tiempo en los ensayos que estaba revisando.

Casi muero del susto, que disimulé muy bien, cuando dejó caer tres libros sobre la mesa en la que estaba trabajando con fuerza para llamar mi atención a ella. Sus ojos casi se salían de orbita cuando me explicó, más calmada, que su adorada pequeña estaba creando un alboroto en la clase de DCAO junto a al profesor Lupin. Lo peor era que estaban dando un espectáculo que le podría costar la libertad a los dos, ya que lo estaban dando como Ébano y Lunático.

Supe de inmediato que las cosas se saldrían de control si no se paraban de una buena vez, pero no tenía idea de cómo iba a parar a dos lobos.

Salimos corriendo de mi despacho rumbo al lugar de los hechos. Al llegar, sentí vergüenza de estar casado con esa mujer y, a la vez, un miedo enorme al ver el poder que despedían, que despedía mi esposa en particular.

No se distinguía quién iba ganando, todo eran patas, garras y dientes. Pero se podía notar que era una disputa limpia, con reglas que se respetaban a raja tabla. Insisto, era admirable y terrorífico ser testigo del derroche de poder muscular entre esos dos.

Minerva jadeaba preocupada por la posibilidad de que su hija saliera herida y yo me contenía por no maldecir a todos los rufianes que estaban sacando provecho de todo esto con apuestas, que no les importó vernos llegar. Sin embargo, hubo un rugido que se cimbró de tal forma que paralizó a todos. Ningún sonido se percibía. Era un silencio sepulcral.

Desvíe mi mirada hacía enfrente y no dudé en dar un paso adelante cuando vi que la bestia café oscuro tenía su hocico enterrado en el costado derecho de la de color miel. Para ser más preciso, justo en el inicio de su vientre bajo.

No entendí qué era lo que estaba pasando hasta que visualicé que de ese lugar salía sangre. Y comprendí que la criatura que había sido mordida era mi esposa, que era mi hijo el que estaba en peligro.

Esteban secundó mis pensamientos con un gruñir amenazante que retumbó en mi pecho. Fue lo que rompió el silencio antes de que la loba se moviera para quitarse de encima al lobo que la tenía prendida, se ayudó con sus patas traseras y su dentadura para hacerlo. Cuando se liberó, arremetió contra el lobo para mandarlo a volar e impactarse con una de las paredes.

Yo no me había dado cuenta que apretaba mi varita con fuerza y que estaba a medio camino de llegar a donde se encontraba mi mocosa.

—¿Tú mocosa? —se dejó oír Esteban.

—Déjame en paz —corté la conversación sin mucha importancia para seguir cavilando.

Adiviné el momento correcto en el que se iba a proyectar sobre el lobo herido y corrí para impedirlo. Lo que se me olvidaba era que la loba estaba en un estado de protección natural, quería matar a la bestia que había a atacado a su nonato y yo me atravesé en su cometido.

Me puse de frente a ella esperando en golpe como solo Severus Snape era capaz: con el semblante imperturbable ante una amenaza de muerte segura y con los brazos extendido hacia los lados mientras me tragaba todo el miedo que sentía al ver correr a la loba en mi dirección con el hocico lleno de sangre ajena y con los perlas violetas que destellaban muerte.

El gritó que pegó Esteban en mi mente fue un susurro para mí, aunque sí alcancé a escuchar con claridad lo que me dijo: Si no evitas que haga una locura, la matarán a ella. Esas once palabras se clavaron en mi mente como una mantra provocando que me uniera al show del día.

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«Llevábamos un buen rato dándonos buena pelea, todo estaba excelente. Los dos sabíamos que no podíamos pelear de verdad por mi estado. Sin embargo, no sé en qué momento todo se volvió tan real.

—¿Qué te pasa, perro? —preguntó Ébano, llena de veneno por los ataques que el lobo estaba proporcionando.

—No me pasa nada, mi señora. Simplemente, quiero divertirme un buen rato.

—Te recuerdo que estoy encinta, lobito. Tienes que tener cuidado con dónde dejas caer tus mordidas.

—Créame que tengo muy presente que usted está esperando cría —se burló.

Ya había perdido la noción del tiempo, pero sabía que la cantidad de estudiantes se había multiplicado, y mucho. El aula estaba retacada de audiencia que gritaba jubilosa por ver sangre derramada, como si en la guerra no se hubiera derramado suficiente. Me tomé en serio todo esto y reafirmé la protección sobre mi pequeño, no podía dejar que algo le pasara.

En un momento, llegó a mis fosas nasales el olor peculiar de Severus junto al de Minerva. Eso no evitó que despegara los ojos de mi contrincante. Él también lo notó y pude jurar que una sonrisa macabra se formó en su rostro antes de atacarme muy cerca de donde se estaba gestando mi bebé.

El rugido que salió de mi boca fue de sorpresa aterrada; había bajado la guardia por el mini shock que había creado el gesto del animal.

—¿Qué diantres…?

—Perdóneme, pero tenía que hacerlo. Era necesario.

Ébano perdió el control después de sus palabras y de percibir el lamento de su pareja. Se habían metido con el tesoro más sagrado de una pareja de lobos: su cachorro. Yo sabía que estaba bien porque mi magia lo protegía, pero el solo pensar en la mínima probabilidad de que le pasara algo malo me nubló la mente y me entregué por completo a mi instinto de protección.

Nadie iba a impedir que matara a ese lobo, ni siquiera el saber que Remus también correría esa suerte… o eso creía, porque cuando estuve dispuesta a lograr mi meta mi estoico esposo se atravesó en mi camino para luego hacerme detener de un modo que carecía de su sello Snape.

A unos cuantos centímetros de chocar bruscamente con él, me detuve, impactada. Mi esposo puso un rostro amable, lleno de paz y susurró, para que solo yo lo oyera, que si detenía todo esto, iba a darme un día completo de verdadero matrimonio.

No dudé en parar en seco mi carrera. Pero no terminó en eso, Severus acortó la distancia que había entre nosotros para darme un abrazo apretado. Lo sentía y olía temblar de miedo, le estaba costando trabajo darme esa muestra de cariño frente a tantos espectadores y, sobre todo, por mi mutación.

Poco a poco fui tomando conciencia de lo que había estado a punto de hacer y quise desmayarme de la impresión. Era Severus el que susurraba palabras tranquilizadoras en mi oído, por un momento pensé que era Esteban.

—Me está haciendo pasar una vergüenza tremenda, señorita. Yo la pensaba más sensata, madura, y resulta que estaba a punto de matar a un profesor en frente de cientos de pares de ojos. —Si a eso se le podía llamar palabras tranquilizadoras—. Pero lo que pensé que estaba en primer lugar en su lista de prioridades es la vida de su bebé. ¿Acaso no me peleó por preservar la vida de su retoño? No sé qué pensar después de verla ponerlo en peligro de esta forma.

Era algo tan curioso ver a una loba gigantesca con la cola entre las patas, la cabeza agachada y a un hombre pequeño, que en realidad era alto, regañando a esta como si de su hija se tratase.

Severus siguió sermoneándome hasta que Luna se acercó a nosotros.

—¿No cree, profesor, que sería mejor espantar a los chismospplos del lugar? Así podría tener privacidad para darle amor a su tierna loba.

Los dos giramos a verla con el ceño fruncido, molestos, él porque sabía que tenía razón ―ya que muchos estaban esperando a que se dictara quién fue el ganador― y yo, porque pensé que se estaba burlando de mí al decirme tierna. ¿Estaba ciega? La sangre le quitaba todo lo tierno a mi apariencia.

—Creo que debería empezar por desaparecer usted de mi vista, señorita Lovegood. ¿No le parece?

La pequeña soñadora le dio una sonrisa enigmática para luego voltearse con toda la inocencia que le proporcionaba la pequeña protuberancia que sobresalía en su vientre. Realmente, no me esperaba esa sonrisa significara que iba a gritar por toda el aula que el profesor Snape estaba a punto de cruciar a todo aquel que había apostado en esta riña de lobos y que le descontaría tantos puntos a sus casas que pasarían veinte años y todavía seguirían debiendo puntos.

Está de más decir que en menos de lo que se expresa «murciélago de las mazmorras», los pasillos y el aula quedaron vacíos, quedando solo Luna, la profesora Minerva, Remus, Snape y yo.

—Sus métodos son un poco ortodoxos, pero eficientes —comentó frunciendo el ceño con impaciencia Severus; dejó salir un suspiro de fastidio antes de susurrar a regañadientes—: quince puntos para Ravenclaw, por haber evitado que gastara saliva a lo idiota.

Ciertamente, todos los presentes, excepto la rubia, estábamos asombrados por la gran cantidad de puntos que autorizó a la casa de las águilas. Nunca había sido testigo de que mi esposo diera puntos en esa cantidad y mucho menos por la 'razón' que había dado.

Por mi parte, ya no pude seguir de pie y tuve que acostarme de lado a causa del dolor intenso en la zona que Lunático había roído con sus dientes afilados. Odiaba a ese perro por lo que hizo; apuesto a que estaba experimentando algo. Pero no entiendo qué era lo que quería comprobar con tanta urgencia.

Me quedé pensando en los posibles motivos de su actuar por unos largos minutos, puesto que salí de mis cavilaciones al sentir una pequeña caricia cerca de la zona lastimada, un gemido lastimero salió de mi hocico cuando un dedo de Snape hizo contacto con la herida más profunda que tenía. Lo escuché chasquear la lengua, estaba enojado.

—¿Puedes volver a tu estado natural? —me preguntó y negué con la cabeza—. Bueno. Tendré que trabajar la herida contigo así.

Me cogía desprevenida su aparente falta de temor con mi transformación. Recuerdo que la primera y única vez que me había visto, se asustó mucho por mi presencia no deseada; no podía despegar los ojos de él buscando algún indicio de ese temor reverente que sé que le tenía a los de mi clase.

—Deja de hacerlo, no encontrarás nada —se dejó auscultar su voz en el silencio creado por los presentes—. He tenido meses para mentalizarme que en un momento determinado tendría que estar presente ante tu forma de perro. —Gruñí, ofendida por sus palabras—. Ni te atrevas a alzarme la voz, que tú has provocado todo esto, escuincla. Todo por darte aires de grandeza. ¡Sabía que el engreído de Potter te iba a contaminar con su presencia!

Volví a gruñir, pues no iba a permitir que me siguiera faltando al respeto y que metiera a mi amigo en eso. Estaba por levantarme… estaba porque un sonido como de aplauso se dejó percibir. Las respiraciones de los presentes se dejaron de escuchar y podía apostar que si estuviera en mi forma humana estaría roja hasta los pies de la vergüenza y coraje que estaba viviendo.

¿Mi esposo se atrevió a darme una cachetada en mi muslo trasero expuesto? Rogaba porque alguien me dijera que todo era producto de mi imaginación, que Snape no osó hacer semejante barbaridad. ¡No enfrente de tanta gente!

—Pues déjame decirte que sí nos dio un tremendo golpe en el muslo… aunque no puedes negar que es demasiado sexy —jadeó excitada Ébano en mi subconsciente.

—¡Por Merlín, Ébano! ¡Ten un poco de dignidad! ¿Cómo es posible que veas con buenos ojos el maltrato animal? ¡Deja tú! ¡Golpeó a su esposa! —Me encontraba histérica; la situación me estaba superando.

—Eres una exagerada, ni te dolió. ¿Quieres que te refresque la memoria? Somos loba y lo que te hizo se sintió como un piquetito de mosquito. Pero, como siempre estás de limón, no ves que fue endemoniadamente erótico y más siendo en público. ¿Quién diría que le gustaba el sadomasoquismo a nuestro mate? —ronroneaba la loba mientras me transmitía imágenes comprometedoras que involucraban a Severus, un látigo y yo amarrada en una cama.

—¡Ya basta, cerda! —reprendí, acalorada. Odiaba las hormonas atolondradas del embarazo.

—No te hagas la santa que bien que se te acaba de antojar, al rato vas a decir que a nuestro cachorro se le antojó que sus papis tengan una noche subida de temperatura en medio de este frío —se carcajeó la loba cuando intenté contestar y solo balbuceaba como un pez en el agua.

—Señoras. —se calló la melodiosa risa de Ébano y yo sudé frío—. Me harían un gran favor si me pusieran atención y dejaran su… conversación poco decorosa para otra ocasión. Ya que puedo asegurar que no se han dado cuenta del ridículo que están haciendo al gruñir de esa forma tan… no conveniente para una dama.

Severus se había colado en mi mente, oclumante entrometido tenía que ser, y había sido testigo de la plática bochornosa que tuve con mi loba.

Así es. Juré que el chucho que estaba desmayado junto a la pared y que estaba siendo atendido por Minerva me las iba a pagar si volvía a meterme en problemas».

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Repito, ese día quería arrancarle la cabeza a Granger, pero, recordando, me nacía una pequeña mueca de burla. Desde esa fecha, no he dejado que se le olvide a mi tierna esposa la desfachatez realizada.

El menudo cuerpo de mi mujer temblaba de coraje cada vez que le hacía mención de los hechos. No sería Severus Snape si no sacaba provecho de la situación, era un Slytherin. Sería demasiado ingenuo de su parte pensar que no tomaría ventaja de todo esto.

—No obstante, tampoco puedes negar que te provoca cierta satisfacción ver sus mejillas coloradas e infladas al hacerte pelea por no dejarla en paz.

Puse los ojos en blanco, cansado de la intromisión de esa voz que era peor que el chillido de una mandrágora. Lo ignoré. Era el mejor método que tenía contra él.

Quise seguir divagando en mis pensamientos, pero unos golpes firmes en la puerta de mi despacho me sacaron de ellos.

—Pase —ordené sin despegar la vista de los documentos que tenía sobre la mesa.

—Disculpa que venga a esta hora a tu despacho —se excusó la dueña de mis pensamientos, entrando por la puerta sin timidez—. No tengo ganas de entrar retrasada, otra vez, a la clase de Lupin. Ya tengo suficiente con lo aconteció la semana pasada como para volver a repetirlo.

Oculté mis labios con mis manos cruzadas para que no notara el gesto socarrón que se posó en ellos.

—Entonces… tu mejor opción fue venir a fastidiar a tu profesor con tu presencia —refuté simulando desgano.

—A mi profesor no, a mi marido sí. Vengo en mi papel de esposa embarazada que tiene que ser atendida por su dedicado esposo.

Me regresa la burla con sus ojos marrones llenos de picardía y algo más que me costaba discernir, pero estaba seguro de que ya los había visto en otra ocasión.

—¿Aquí viene a buscar a ese prototipo de marido? Pues se ha equivocado, Granger. En este lugar no existe nadie que pueda atenderla como usted gusta. —siseé con malicia.

Su gesto decayó un poco, desvió su mirada de la mía y la dejó caer sobre la estantería que contenía todo tipo libros, desde muggles hasta lo heredados por mi familia Prince. La vi pasar un trago amargo segundos previos de regresar su mirar a mi rostro.

—¿Por qué eres así? —preguntó con genuina curiosidad—. ¿Es tan difícil para ti actuar como si te importáramos?

Estaba a punto de contestar, cuando fui capaz de percibir cierto aroma agridulce en el ambiente. Fruncí el ceño en busca de la fuente de ese olor; enfocando mi olfato, supe que venía de Hermione. Era su perfume natural, del que tanto disfrutaba todas las noches al dormir junto a ella. Sin embargo, había cierto picor que alteraba su aroma original, haciéndolo un poco amargo.

«¿Qué es eso?».

—Está dolida por tus palabras —susurró Esteban en mi cabeza; agotado por lo mismo de siempre—. ¿Podrías tomar en serio las palabras que te digo y creerme cuando te digo que te arrepentirás sino te das y les das una oportunidad?

—Ya sé que tú no quieres vivir todo esto, pero tienes que resignarte a vivirlo, Severus. Los dos estamos condenados para siempre a pasar lo que nos resta de vida juntos… y más allá de la muerte. —Gruesas lágrimas empezaron a caer por su delicado rostro, haciendo que su figura se viera más frágil de lo que era—. Estamos esperando un bebé. ¡Y ni se te ocurra decirme que no es tuyo porque recuerdo muy bien que tú fuiste el que me desvirgó y el que se acostó conmigo por muchos meses para conseguirlo! —Tomó un respiro para continuar—. Lleva tu sangre, es parte tuya. Hasta me curaste cuando peleé con Lunático… te importó lo que posiblemente le iba a pasar. Puede que pienses que no eres el mejor padre que alguien pudiera tener. Sin embargo, me sentiría orgullosa de poder decirle a mi hijo o hija que su papá no solo fue un donador de esperma sino que también es un padre que se esfuerza por ser el mejor día con día. Severus, sé que no soy lo que deseas como esposa, que soy muy inmadura para un ser tan centrado como tú… ¿No crees que es hora de tener una relación en paz por el bien de nuestro nene?

Me quedé callado sopesando sus palabras junto a las que me había dicho Esteban. Ellos tenían razón, no podía seguir actuando de esa forma. No era parte de mi personalidad andarme lamentando por todo y de todos. No. Ni cuando estuve frente a Voldemort me había acobardado tanto.

—He de decir que sus hormonas le están afectando más de lo previsto e imagino que es por su licantropía.

Descrucé lo brazos para levantarme de mi asiento y dirigirme a donde estaba ella. Di varias vueltas a su alrededor antes de detenerme a su espalda, me acerqué para degustar de su aroma y solté mi hálito cerca de su lóbulo como una suave caricia. La vi estremecerse y me pegué a su espalda. No sabía lo que estaba sucediendo, pero había algo que me llamaba a tocarla y fue lo que hice, cerré mis brazos sobre su vientre atrayendo su espalda a mi duro pecho. La oí gemir y eso me encendió más.

—Snape… —No la dejé seguir, poniendo mi dedo índice sobre sus labios.

—Guarde silencio y escuche. —Asintió sin chistar—. Entiendo perfectamente lo que dice y acepto, hagamos una tregua por el bien de nuestra paz mental y de los futuros vástagos que tendremos. Sin embargo, hay algunas condiciones que me gustaría darle a conocer.

—No Sev…

—No le he dicho que hable —ronroneé sobre su cuello mientras reparto pequeños besos; parecía un depravado con lo que le hacía, pero no iba a parar—. Uno, usted seguirá durmiendo en mi cama y si tenemos ganas de desfogar nuestros cuerpos nos ayudaremos, ¿está claro? —No la dejé responder—; dos, la respetaré en todo momento y le diré en su cara, con mis palabras que me está hartando su forma de ser, usted también puede hacerlo. Tres, —la tomé de los hombros volteándola para tenerla de frente— sellaremos nuestro nuevo trato justo en este momento y de la manera en la que hemos aprendido a gozar.

Le dediqué una mirada intensa, llena de los sentimientos que me embriagaban en esos momentos. No sé si era por culpa de los sentidos de licántropo, pero ya no soportaba el hambre que tenía por ella.

—Cumplamos el antojo que el mocoso tiene de que sus padres posean una tarde fogosa —comenté con diversión y arrogancia.

Tenía tanto tiempo que no me sentía tan vivo… Con ella entre mis brazos me sentía vivo, pero era demasiado orgulloso como para aceptarlo. Me negaba a aceptarlo por temor a lo que podría pasar en un futuro. Sin embargo, eso quedó en segundo plano cuando ella fue la que terminó con la distancia que separaba nuestros labios.

Quizás, solo quizás, era tiempo de ser egoísta y dar pie a la iniciativa que tanto me estaban rogando y no me hice del rogar demasiado. Correspondí el beso, no con la lujuria o ternura de la última ocasión, sino con la promesa de que le daría una oportunidad a nuestro matrimonio.


(Capítulo beteado por MrsDarfoy)

Dedicado a MrsDarfoy, gracias por tus consejos y jaladas de oreja.

Besos, inesUchiha.