Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a J. K. Rowling, a mí sólo se me fue la olla.

Este fic participa en el reto "Long Story 2.0" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black"


Capítulo IX: El sabor de la victoria

"La guerra no es ganar batallas y coleccionar triunfos. Eso puede ser inútil en el momento decisivo. La guerra es ganar la batalla más importante de todas: la que les va a permitir ganar todas las demás, una tras otra."

(Olenka Kuznetsova, bruja rusa)


11 de marzo de 1999 (poco después de las 7:30)

Tracey Davis no cuestiona los motivos de Blaise Zabini. Antes lo habría entendido, pero ayudarla en una situación tan suicida va contra lo que Tracey sabe de su ex novio. Blaise Zabini nunca se metió en un plan suicida, siempre fue a las de ganar. Quizá por eso no se atrevieron a desafiar al orden establecido juntos y lo dejaron estar. Tracey decidió meterse en la boca del lobo el día que murió su padre; ya estaba tan adentro que nada ni nadie podría salvarla, pero Blaise Zabini permaneció en lo seguro. Hasta ese momento.

No lo entendía y tampoco le interesaba, porque, armada sólo con una varita que Zabini le había dado, tenía que salir con vida de ella. Había alguien que, estuviera donde estuviera, la estaba esperando. Dennis Creevey. ¿Cómo había llegado a desarrollar esa relación con el chico? A veces se lo preguntaba, pero la respuesta no llegaba nunca. Sólo había empezado un día, cuando Dennis Creevey había empezado a aparecerse por su apartamento cada vez más seguido. Hablaban mucho a veces, pero nunca de sus demonios.

El día que lo hicieron, se entendieron.

Pero en aquel momento no tenía tiempo de pensar en eso. Tampoco quería. Tenía que apuntar con la varita y no fallar, pues aunque Hogwarts estaba mal defendido —en parte por su colaboración con la causa—, había varitas letales acechando cada poco.

De no haber dejado aquella nota falsa plantada en donde había dejado también el cadáver de Yaxley, Hogwarts estaría lleno. Pero en ese momento los supuestos aurores —mortífagos o carroñeros disfrazados de aurores— más competentes defendían un ministerio que no iba a ser atacado esa noche. De hecho Tracey sabía que atacarlo era un suicidio y no lo harían hasta que estuvieran seguros de poder ganar, como en aquel momento.

—¡Desmaius! —gritó, y derribó a uno de los aurores que se acercaba corriendo. Blaise se encargó del otro antes de que pudiera comprender exactamente qué pasaba allí.

A Tracey le gustaría preguntarle por qué la ayudaba exactamente.

Pero intuía que no quería conocer la respuesta porque ella lo había superado. Ella había aceptado que lo que había sido nunca volvería a ser, mientras que él se había quedado con ella grabada a fuego en el cerebro y en el corazón. Ella sabía que los recuerdos nunca volverían, pero intuía, por la manera en que la había tratado, que había esperado encontrarse con su recuerdo y en vez de eso se había topado con una Tracey distinta, diferente, que en nada se parecía a la de sus recuerdos, más que en los rasgos y el cabello pelirrojo teñido.

Corrían. Tracey no sabía a donde pretendía llevarla él, pero tampoco le importaba. No pensaba salir de allí sin Dennis o sin Vaisey, por más que Blaise insistiera qué era más seguro que se fuera ella sola. Las únicas dos personas en el mundo que le importaban lo valían.

Fue cuando doblaron otra esquina y ella alzó la varita, dispuesta a disparar un aturdidor contra los dos carroñeros que corrían hacia ella. Los catalogaba como carroñeros al primer momento porque no cualquiera recibía la marca. Tracey sabía que el Señor Tenebroso era selectivo y sólo les plantaba una cuando les convenía. En el casi de Malfoy, para castigar a sus padres, con Nott, porque su padre había insistido lo suficiente, con Zabini, para atarlo a su lado y no darle posibilidad de escape.

—¡Desmaius! —disparó el primero y fue certera.

—¡TRACEY!

La voz, detrás de ella, sin embargo, la distrajo. Volteó la cabeza y vio de refilón el cabello claro de Dennis Creevey, la palidez casi mortal que su rostro, su pecho subir y bajar. No vio a Blaise Zabini intentando alzar la varita, pero bajó la suya en un momento de descuido. Todo le pareció en cámara lenta en ese momento, como si en verdad no estuviera pasando. Dennis, en cambio, comprendió lo que sucedía, abrió la boca y estuvo a punto de lanzar un grito mientras alzaba una varita que nunca llegaría a tiempo.

El carroñero que Tracey había dejado en pie alzó la varita y pronunció dos palabras certeras, apuntando a la pelirroja, que medio sonreía al ver a Dennis y luego empazó a voltear la mirada de nueva cuenta, antes de comprender del todo lo que sucedía.

—¡Avada Kedavra!

En ese momento, todo ocurrió demasiado rápido. Blaise esbozó una mueca de terror que sólo le duró un segundo y, valorando sus posibilidades, arrojó a Tracey a un lado, poniéndose en su lugar. El rayo verde le da en todo el pecho. El cadáver cayó empujando a la pelirroja que, sin comprender aun todo lo que ha sucedido alzó la varita e imitó al carroñero. No era la primera vez que mataba, sabía lo que se sentía. Pero Dennis, detrás de ella, no puede no verlo como un espectáculo ciertamente perturbador.

Cuando se quedaron solos en el pasillo, Tracey vio por fin el cadáver del chico moreno y fornido. No le salieron lágrimas, porque no sabía cómo sacarlas en aquel momento. Lentamente, pronunció unas cuantas palabras mientras Dennis la miraba, sin saber si acercarse.

—Murió… para… salvarme… —musitó ella.

Blaise Zabini podía haber estado enamorado del recuerdo que tenía de ella, pero había salvado a la Tracey de carne y hueso y se había sacrificado por ella. El chico más egoísta —después de Nott— que ella había conocido, se había sacrificado por el recuerdo de los tiempos pasados que no volverían. Al final, Dennis se acercó y le tomó la mano. No la abrazó, ni la besó, sólo le tomó la mano y la apretó.

—Me alegro de que estés bien —musitó.

—Me alegro de que me hayas encontrado… —sonrió ella a su vez. Se quedaron parados dos segundos más, entre un desmayado y dos cadáveres, hasta que Tracey volvió a hablar—. Vamos a buscar a Vaisey. Apuesto que está en las mazmorras.

No hacía falta decir más, aquellas palabras los hicieron salir corriendo de nueva cuenta, de regreso a las mazmorras. Tracey tomó la varita que se quedó en la mano de Blaise Zabini por si les hiciera falta. Después de todo, Zabini ya no la iba a necesitar nunca más. Antes de irse, Tracey se permitió un último pensamiento.

«No se te ocurra volver, Blaise», se dijo. Su lugar estaba detrás del velo, en el más allá. Blaise Zabini no tenía por qué volver porque, para ella, ya no había nada que resolver en ese mundo.

Guió a Dennis de regreso a las mazmorras, sabía que lo más lógico era que Vaisey estuviera por allí. Oyeron explosiones pisos más arriba y no se extrañaron de encontrar el lugar poco vigilado. Había nada más unos cuantos inexpertos que dejaron fuera de batalla mientras iban revisando salones, abriendo puertas a punta de varita y revisando todas las aulas en desuso. Finalmente, al abrir una puerta que se negaba a abrirse con un bombarda, encontraron un espectáculo perturbador.

Dennis apenas si tuvo tiempo de conjurar un Protego para que el hechizo de Alecto Carrow no les pegara de lleno. Después, contraatacó, junto con Tracey. Alecto era muy hábil, pero ellos eran dos y sólo buscaban la manera más rápida de dejarle fuera de combate. Finalmente, fue un hechizo aturdidor de Dennis el que logró estampar a Alecto contra la pared y dejarla inconsiente.

Vaisey, en el centro del aula, con las manos hacia arriba, fijar con cadenas que seguramente Alecto había conjurado, chorreaba sangre. No había perdido demasiada, pero si suficiente como para empezar a confundir sus sentidos. Tracey, hábilmente, lo soltó de las cadenas. Dennis se acercó para sostenerlo.

—Tenemos que detener la pérdida de sangre… —musitó Tracey, acercándose. Primero le pasó la varita por encima, quizá intentando con un hechizo de curación no verbal, pero no pasó nada. Se quitó el súeter, quedándose con una playera negra pegada que, seguramente no era muy útil en Escocia con ningún clima. Y lo hizo tiras, usándolo como venda sobre el torso desnudo de Neil Vaisey.

—Gracias… chicos… —musitó él, con la voz débil.

—No me des las gracias todavía —respondió Tracey—. ¿Puedes caminar? Tenemos que salir de aquí.

Entre Dennis y Tracey lo sostuvieron, cada uno de un lado. Aminoraba demasiado su marcha, pero no lo iban a abandonar. Salieron al pasillo, oyendo algunas voces que se acercaban, y prepararan la varita. Pero sólo eran estudiantes de Slytherin confundidos que habían salido de su sala común y en general, los ignoraron. Quizá aquel espectáculo no era tan infrecuente para ellos. Siguieron caminando, arrastrando a Vaisey tras sus pasos, esperando poder curarlo después. Tenían que salir de allí y Tracey no sabía cómo le iban a hacer. Quizá bastaría con llegar a la enfermería. Pedirle ayuda a Madame Pomfrey, si es que estaba en condiciones de ofrecer ayuda.

Sin embargo, los interrumpió una voz, entre horrorizada y sorprendida, desde atrás.

—¿Neil? —dijeron detrás.

Los dos se dieron la vuelta, con Vaisey a cuestas. Tracey reconoció a la chica enclenque que los miraba y Vaisey sonrió como pudo.

—Es… Vaisey… —corrigió, apenas con un hilo de voz.

La chica no pudo contestar la sonrisa. Tenía el cabello pelirrojo oscuro, no chillón como Tracey; el suyo era natural. De baja estatuta y poco pecho, Dennis le calculó su misma edad o quizá un año más. Cara alargada y frente ancha. Pocos segundos después, se acercó otra chica igual a ella, que iba peinada con el cabello para el lado contrario.

—¿Hestia? ¿Qué…? —preguntó ella y luego volteó a ver a las tres personas enfrente de ella. Abrió la boca en una perfecta o durante un momento, pero en cuanto la cerró reaccionó mucho más rápido que su gemela.

—Tenemos que ir con Madame Pomfrey —decidió y jaló a Hestia. Tracey sonrió. Tenían dos aliadass más. Vaisey, sin embargo, había perdido el conocimiento.


11 de marzo de 1999 (poco después de las 7:30)

—¿Estás segura?

Hermione asintió. Habían pasado bastante tiempo puliendo aquella idea, con sus más y sus menos y ahora había llegado el momento de llevarla a cabo. Estaban en los terrenos casi desiertos de Hogwarts, tal como Neville había pronosticado que sucedería si provocaban desorden en las torres, alejadas de los terrrenos y mantenían allí a la mayor cantidad de mortífagos y carroñeros posibles. Sin embargo, Hermione sabía que era sólo cuestión de tiempo que alguien pidiera refuerzos, por lo que era de vital importancia que no encontraran una vía de entrada.

Y ella sabía cómo volver aquel lugar inexpugnable. Lo habían discutido muchas veces, pues corrían el riesgo de atraparse a sí mismos allí dentro, ponerse un sitio que después no podrían violar, pero habían decidido que era la mejor manera de mantener Hogwarts en su poder, al menos por un tiempo, en lo que tomaban acciones más radicales.

Aun así, habían dejado una vía de entrada y salida. Algo absolutamente necesario en cualquier caso de emergencia. Una entrada que los mortífagos jamás podrían encontrar porque Aberforth tomaría sus propias precauciones: la de la sala de los Menesteres. Habían evaluado todas las posibilidades —al menos todas las que se les habían ocurrido— y según Hermione aquello, aunque radical, era lo mejor.

—Sí, segura… —musitó, alzando la varita.

Por supuesto que quizá sería demasiado radical, porque todos los estudiantes quedarían dentro, sin posibilidad de salir. Pero Molly había sido la que había dado la solución a todo aquello. Simplemente publicar un anuncio dando un día y una hora para que los padres que quisieran recogieran a sus hijos. Aun planteaba problemas, al menos para Hermione, pero era lo mejor que podían hacer. Necesitaban hacerse de Hogwarts y no tenían tiempo de evacuar, ni la seguridad de que los evacuados llegarían sanos y salvos a casa. Aquello era, aunque radical, mejor.

O eso quería creer.

«Salvio hexia…», pensó, apuntando al cielo. Necesitaría fuerza para realizar aquel escudo, pero sabía que había más gente ayudándola. «Protego horribilis». Cuando acabara, nadie podría entrar a Hogwarts, ni siquiera podrían verlo. Una barrera que volvería todo el castillo una fortaleza que desde entonces sería su centro de operaciones.

No le gustaba la idea de ver a Hogwarts convertido en el refugio de la resistencia, siendo un colegio, pero de alguna manera tenían que devolverlo a las manos correctas, a la gente que no torturaba estudiantes, tenían que garantizar la seguridad de los magos más jóvenes del Reino Unido. Después de todo, ellos eran el futuro y quizá podrían tenerlo más fácil que ellos. A Ron y a ella no les había tocado fácil y, en cierto modo, ellos habían elegido el camino pedregoso.

Ellos dos habían elegido permanecer junto a Harry incluso en los momentos más oscuros. Nunca les preocupó demasiado poner en riesgo su vida, porque vivían haciéndolo, hasta que Harry murió. En ese momento comprendieron lo mortales que eran y lo fácil que era terminar del otro lado. Entonces Hermione empezó a ser el doble de cuidadosa. Si antes lo era, después pareció una obsesiva. Pero poco a poco fueron recuperando la confianza en lo que hacían. Ellos y Neville fueron tomando el lugar de Harry, aunque no pudieran ni siquiera igualarlo.

Harry había tenido otro tipo de carisma. Y ellos ya estaban demasiado cansados y golpeados como para tratar de infundir ánimos. Se dedicaban a lo suyo, que era huir. Hasta que Ron decidió que eso no era vida y Hermione apoyó el plan de recuperar Hogwarts. Si lo hacían, tendrían un hogar, aunque fuera uno provisional.

«Protego totallum», siguió, sin pausa. Ron, detrás de ella, vigilaba los alrededores asegurándose de que nadie la molestara. Ellos no estaban librando la verdadera batalla, que estaba arriba, donde tenían que mantener a los carroñeros y a los mortífagos hasta que no pudieran abandonar Hogwarts. Ron sabía que habría muertos. Siempre los había, porque ya habían perdido a mucha gente. Todos tenían cicatrices, como Susan, en la cara, o dedos de menos, como su hermano. Todos tenían heridos de guerra y muertos que cargaban en la conciencia, como Dean a Parvati.

Poco a poco, el escudo se fue cerrando sobre Hogwarts. Hasta que no hubo una sola hendidura. Desde afuera, el colegio ni siquiera podría verse. Sólo un llano verde, donde antes había estado el castillo. Hermione estaba agotada, y se dejó caer de rodillas.

—Hogwarts es nuestra —declaró.

Faltaba ver las consecuencias.


11 de marzo de 1999, 21:00

Había muertos, por supuesto que había muertos. Habían juntado los cadáveres en el Gran Comedor y, McGonagall, que se sorprendía de la rapidez con la que había ocurrido todo, no podía dejar de preguntarse cuándo sería la próxima vez que habría cadáveres allí. Aunque habían intentado alejar a la mayoría de los estudiantes del peligro, al menos a los menores de edad, McGonagall podía ver entre los muertos cuerpos diminutos atrapados en el fuego cruzado. De los miembros de la Orden y el Ejército de Dumbledore, que a su entendimiento empezaban a ser lo mismo, Su Li no volvería a levantarse, y tampoco Megan Jones. Había unos cuantos más, pero no quería repasar los nombres, solía recordar a todos sus alumnos y le dolía verlos convertidos en soldados en ese momento. Nunca hubiera querido ver forjado ese futuro para ellos. Pero en ese momento, tenía que volver a poner orden en ese lugar.

—Señor Weasley, señorita Granger… —llamó, acercándose a la pareja. No tenía tiempo de ponerse sentimental, pero sospechaba que no podía evitarlo—, tenemos que hablar.

—¡Profesora McGonagall! —sonrió ella. Era la primera vez que realmente hablaban desde que Harry había muerto—. Me alegro que esté bien…

—Lo mismo digo —ella sonrió, también—. Sin embargo me gustaría charlar un poco sobre el futuro de Hogwarts… Me gustaría que siguiera… funcionando con normalidad.

Era lo único que pedía. Sin embargo, le faltarían profesores. Defensa contra las Artes Oscuras y Aritmancia, las materias que impartían los Lancaster. Adivinación y no conocía a nadie calificado. Lo mismo para Cuidado de Criaturas mágicas, aunque se le ocurría un nombre… Para Astronomía no sería tan difícil, o eso pensaba. Ella misma impartiría Transformaciones el tiempo que fuera necesario. Necesitaba una cierta atmósfera de normalidad.

—¿Cómo colegio? —preguntó Ronald Weasley.

—Sí, señor Weasley, como colegio… —remarcó ella. Era lo obvio—. Si queremos cambiar algo tenemos que educar a la generación que sigue. Y podemos ser capaces de hacerlo… Sin embargo, me faltarán profesores.

—No sé en qué podemos ayudarla, profesora… —musitó Hermione, que no entendía del todo el papel que jugaba en ese momento.

—Pensé que ya que ustedes son buenos en Defensa… —dejó caer, volviendo a remarcar algo que a ella le parecía casi obvio—. Necesitaremos mucha ayuda. Incluso el señor Longbottom podría prestarles un poco de ayuda, me parece.

—¿Está sugiriendo… que demos clases? —preguntó Weasley. Parecía emocionado y sorprendido a la vez.

—Sí, eso es exactamente lo que estoy sugiriendo, señor Weasley —respondió ella—. Piénsenlo —dijo, sabiendo que era absurdo de su parte pedirles una respuesta en ese momento, tendría que darles, al menos, un poco de tiempo—. Por cierto… —añadió, recordando algo—, su hermano… William —aclaró—, sacó un Excelente en su ÉXTASIS de Aritmancia, ¿cierto?

Ron asintió antes de ver a la profesora McGonagall irse. Sonrió al ver a Filius con el brazo vendado, pero de pie y declarando que estaba perfectamente, así que se acercó. Contaba con él —y casi todos los demás profesores que quedaban—, para reordenar todo por allí. No sería fácil ni sería un camino sencillo, pero estaba segura de que podían lograrlo con el tiempo. Quizá también pensaba eso para dejarse llevar por el optimismo, después de meses de verse recluida en algo que parecía prisión domiciliaria, vigilada. Ya no tenía que rendirle cuentas a nadie. Hogwarts estaría bajo su mando a partir de ese momento.

Sin embargo, aún tenía alguien más con quien hablar. Y ese alguien se había encerrado a cal y canto en su despacho cuando todo había acabado. Así que, armándose de paciencia, caminó hasta el despacho de Horace Slughorn.

—¿Horace? —llamó.

Le pareció oír una exclamación de sorpresa. En realidad, nunca había entendido del todo las lealtades de Horace, quizá porque nunca habían estado demasiado definidas. Apreciaba a los poderosos y se rodeaba de ellos para conseguir todo tipo de favores. Y, a la vez, resultaba demasiado manipulable. Unos cuantos halagos y Horace soltaba cualquier cosa, casi.

—Minerva… —abrió a puerta—. No esperaba verte, creí que estarías más ocupada… —soltó.

—Un poco sí… —respondió ella—. Pero tengo que asegurarme que los profesores de mi plantilla quieran seguir impartiendo clases.

Horace Slughorn se mostró gratamente sorprendido.

—¿Eso quiere decir que…?

Minerva McGonagall asintió.

—Exactamente eso, Horace. El puesto sigue siendo tuyo, si lo quieres

—Por supuesto, Minerva.

Nunca había sabido qué pensar de Horace Slughorn. Por supuesto, eso no quitaba que fuera un buen profesor y nunca se hubiera unido a los mortífagos, así que estaba dispuesta a mantenerlo allí.


11 de marzo de 1999, 21:30

Estaba increíblemente cansada. Tenía la idea de que aquel día había sido demasiado largo y demasiado explosivo. Sólo quería cerrar los ojos y descansar. Aunque Hogwarts ahora estaba —según ella— en las manos correctas, no le parecía que el mundo hubiera cambiado para bien en lo más mínimo. Sólo le parecía un lugar menos cruel. Pero había muertos, como siempre y ella los había visto. Neville, Luna, Peakes y ella se habían quedado sentados en el Gran Comedor un momento, antes de que ella se desesperara de aquel lugar y antes de abandonar a Neville con Luna —algo que tenía que hacer si quería que las miradas de Neville hacia la rubia se transformaran en algo más— jaló a Peakes. Menos de dos horas antes, aquel castillo había sido el escenario de una batalla. No tan cruenta como la de 2 de mayo del año que había pasado, pero sí una batalla. Con muertos y heridos. Una batalla rápida que había sido una segura victoria para ellos. Pero sólo era Hogwarts. No era como si hubieran matado a Lord Voldemort. ¿Cómo iban a matar a Lord Voldemort si Harry no había podido hacerlo antes? Ginny ni siquiera quería cuestionarse eso en ese momento porque aquella pequeña victoria le había resultado tan complicada, que algo más se le antojaría suicida.

Caminó mecánicamente, sin darse cuenta realmente de a dónde iba, hasta que sus pies la guiaron a una de las cuatro torres. La torre de Astronomía. Nunca le había gustado demasiado ese lugar para tomar clases, pues las noches que tenía clase con Sinistra todo era frío y además, cuando hacia viento la clase era casi imposible de tomar. Por suerte, era Escocia y tenían cielo despejado la mayor parte del año.

Sin embargo, en aquel momento, le gustaría asomarse por su barandilla y ver el vacío. Y después alzar la mirada y ver el cielo y constatar que no había cambiado. Que aunque hubieran ganado aún tenían un camino demasiado largo que recorrer y no podían rendirse. En cierto modo, estaba satisfecha, porque ella había sido parte de eso; pero al darse cuenta de cuánto era necesario para efectivamente ganar la guerra, la victoria tomaba un sabor amargo. Habían perdido mucho y habían ganado demasiado poco terreno. ¿Estarían dispuestos a seguir perdiéndolo todo?

Ginny sí. Pero… ¿los demás? ¿Aquellos con familias que cuidar? No había manera de saberlo.

—Ganamos… —musitó, apenas audible para que Peakes la oyera.

Era la primera vez que lo decía. No estaba segura de que se alegrara, porque faltaba demasiado y el camino era demasiado empinado, demasiado sinuoso y demasiado largo. Lord Voldemort un día saldría de las sombras en las que se escondía para gobernar Reino Unido, porque para su ambición no ería suficiente y ellos tendrían que estar allí, listos para hacerle frente. Quizá perdieran la vida, pero al menos los sobrevivientes podrían consolarse diciendo que todos habían muerto creando un mundo mejor.

—Sí, ganamos. —Peakes sonrió. Parecía más feliz que ella. Como si aquella victoria lo llenara.

A ella no.

Ella quería vengar a Harry. Vengar todo lo que había sido y todo lo que no había podido ser. Pero para eso iba a necesitar plantarse enfrente de Lord Voldemort y matarlo. Y no creía que eso fuera a ser posible, nunca, al menos no para ella.

—Pero el costo parece desproporcionado —se atrevió a confesar finalmente—. Parece que perdimos demasiado para ganar tan poco.

Era la primera vez que se atrevía a ponerlo en palabras. Antes su rabia y su determinación la habían cegado y la habían convencido de que, efectivamente, Hogwarts sería la gran victoria. Pero aunque era una gran victoria, no sería la más grande. Faltaba hacerse con el gobierno y, como todo el mundo sabía, irrumpir en el ministerio. Hacía falta limpiar la mierda de la sociedad mágica y quitarle importancia al estatus de sangre. Faltaban muchas cosas. En ese momento, era capaz de comprenderlo.

Se recargó contra la barandilla de la torre de Astronomía y volteo al vacío. Sobrecogía. Albus Dumbledore había caído desde aquella altura.

—Pero… es una victoria… —respondió Peakes—. Si no puedes celebrar una victoria, ¿qué te mantiene optimisma?

Ginny se encogió de hombros, sin saber qué contestar exactamente. ¿Qué le decía? ¿La venganza? ¿La rabia que aun le quedaba dentro? Se había amargado y lo sabía. Era capaz de sonreír, sí, aunque su sonrisa fuera sólo una mueca a causa de la cicatriz, pero casi nunca lo hacía de corazón. Sonreía como un reflejo, porque con cara de nada no iba a inspirar a nadie a seguirla. Necesitaba esa sonrisa para dirigir al Ejército de Dumbledore, igual que necesitaba las palabras tranquilizadoras de Luna y la confianza de Jimmy Peakes. Sin eso nunca hubiera logrado urdir parte de aquel plan casi perfecto. Ella sola, con su rabia y su amargura, nunca hubiera logrado absolutamente nada.

—No lo sé —respondió ella—. Ya no lo sé. Quizá ya sólo me mantiene viva la esperanza de ver caer a todos. De saber que la gente me apoya y me sigue. Que me tienen confianza.

Peakes se acercó un poco más a ella.

—Ginny… —puso su mano sobre la mano de ella—, siempre tendrás mi confianza. Vale la pena pelear, si es pelear a tu lado. Sin ti jamás habríamos logrado nada. Así que… siempre tendrás mi confianza.

Intentó sonreír. No le salió.

—Gracias —acabó respondiendo, volviendo a mirar al firmamento. Las estrellas les devolvían la mirada. Ginny había olvidado todos sus nombres, aunque Sinistra había insistido, año con año, en que debían aprendérselos. Pero no era capaz de recordar ninguno de los nombres de aquellos luceros luminosos que se las ingeniaban para mostrar un poco de luz entre tanta oscuridad.

—Ginny —siguió Peakes y después pronunció dos palabras enormes—: Te quiero.

Te. Quiero. Palabras enormes, tres sílabas que podían cambiarlo todo porque no toda la gente se atrevía a decirlas en voz alta. Muy sencillas. Ginny se descubrió pensando que le daban miedo. Porque ella se había atrevido a querer a un chico y lo habían matado.

—Peakes, creo que se me olvidó como querer —confesó ella.

Tantos meses de amargura y desesperación desembocaban en aquella frase. Una frase dicha con una voz medio temblorosa y medio sorprendida, pero segura de lo que está diciendo. Tantos meses que habían tenido aquella terrible consecuencia para Ginny. Se preguntaba cómo podría volver a querer a alguien, si se había atrevido y lo había visto morir, de repente, ante sus ojos. Ni siquiera había sido como en las novelas románticas, cuando el héroe muere trágicamente en los brazos de su amada. Harry ni siquiera había tenido tiempo de dedicarle una mirada. Lo único que había visto, antes de morir por segunda vez, había sido el rostro de Lord Voldemort y el rayo verde que no pudo parar.

Pero Peakes tenía una solución para aquella eventualidad. Peakes siempre tenía una solución para todo.

—Yo puedo querernos por los dos —musitó, esperando la respuesta de la pelirroja. Ginny sólo le sonrió, y apretó su mano.


¡Y sólo queda un capítulo para el final! Dios, que largo ha sido esto, hubo momentos en los que ya no sabía exactamente como terminar la historia. Pero al final encontré esta alternativa y ahora ya sólo falta cerrar algunos cabos sueltos por allí… (en especial, los que son sobre Vaisey).

Andrea Poulain

A 16 de enero de 2015