Este fic no es mío, pertenece a Ofravenwings que podréis encontrar en inglés en esta misma página. Así que todos los derechos le pertenecen a ella. Yo simplemente lo he traducido al español porque me gustó muchísimo y creo merece ser difundido en más idiomas.


—¿El laberinto? —pregunta Darcy. La palabra le provoca escalofríos por su espina dorsal girando a través de sus huesos. Fuerza una sonrisa. —¿David Bowie va a estar ahí con leotardos? —Beth la mira fijamente. —¿Tal vez un minotauro? ¿O sólo un montón de corredores oscuros y extrañas escaleras donde flotan las palabras y está la palabra casa escrita en azul?

Beth la mira sin entender nada. —¿Eh?

—No importa. —Darcy se aleja de la ventana. —Me refería a la película, a la mitología y literatura, House of Leaves, un gran libro. Tengo dos copias, una sólo para escribir notas —Darcy se vuelve, extiende la mano hacia la estantería de señalar sus copias pero entonces recuerda demasiado tarde de que las estanterías ya no están, junto con los libros. Por primera vez se siente la pérdida y algo pellizca su corazón. —Bueno, yo tenía dos copias , de todos modos.

—Nunca he leído mucho, la dislexia no ayuda mucho y no leía más allá de lo que nos obligaban en la escuela. —Beth se encoge de hombros. —Tampoco he tenido nunca mucho dinero para ver películas.

Darcy no puede apartar la mirada de los lugares vacíos donde se situaban las estanterías. Todo el apartamento está lleno de espacios vacíos. —Bueno. ¿Laberinto? —Beth rebota sobre los dedos de los pies como si la conversación anterior no se hubiera producido.

—Sólo espera y verás.

Caminan juntas hacia Central Park. Las calles están vacías y en silencio, pero Darcy captura escenas de vida por las ventanas que pasan: el parpadeo de las velas, el resplandor inconstante de las antorchas, de vez en cuando , un negocio se ilumina, probablemente gracias a un generador, a pesar de que no puede ver a nadie dentro. A unas pocas calles del parque oye la música, es una especie de zumbido atonal, una voz humana pero Darcy asume que es electrónica, ya que no se parece en nada a cualquier instrumento que haya oído en su vida.

Otra calle huele a humo. Es grueso y embriagado, hundiéndose en su piel y cabello, enredando en sus pulmones. Empieza a cuestionar a Beth, pero la chica presiona sus dedos en los labios indicando silencio. El eco de sus pasos suena en contrapunto con el ritmo de la música que vibra por el hormigón debajo de sus pies. Mirando hacia abajo, Darcy ve que ella todavía lleva ese par de botas que no coinciden. Ya no recuerda si incluso durmió con ellas puestas. Beth lleva la otra pareja que no coinciden, la imagen es peculiar. Las botas le quedan un poco grandes y se le descalzan un poco cuando camina. De pronto Darcy se siente un poco incómoda, Beth llevaba sus botas, su jersey, como si estuviera tratando de ponerse la piel de Darcy.

El malestar es fugaz porque llegan al parque. Un gran montón de ramas han sido apiladas a ambos lados de la entrada. Pequeñas luces juegan dentro de las hojas y ramas, a Darcy le lleva un momento reconocer el verde de los farolillos. Cuando mira por la calle, ve que los automóviles y otros vehículos han sido estacionados cerca para formar una barrera alrededor del perímetro del parque. En algunos lugares los coches han sido apilados uno encima de otro, a pesar de que ni siquiera sabe cómo alguien consiguió hacer eso. Incluso hay un autobús y varios carruajes de caballos usados para los turistas. Beth aprieta la mano de Darcy otra vez, sus dedos están fríos como el hielo.

—Tienes que entrar sola. Es parte del ritual.

Ella se mueve delante de Darcy, tragada por la oscuridad del parque. Varios farolillos parpadean y mueren; otros tantos más vuelven a encenderse, aunque Darcy no sabe cómo alguien podría haberlos encendido.
La luz verde le recuerda a Loki. Ese pensamiento es suficiente para hacerla avanzar hacia la oscuridad, lejos.
La música se eleva a su alrededor, como la cresta de una ola, entonces la oscuridad se estrella sobre ella y la engulle. La música se ralentiza, cada nota dibuja una vibración que se siente sobre la piel expuesta. Y entonces, incluso cuando ya ha acabado, continúa el sonido de su propio corazón.

—¿Vienes como una súbdita? —pregunta una voz. No es ni hombre ni mujer y no tiene acento. Súbdito. Una vez más piensa en Loki. Beth va hacia él, inocente y con miedo. ¿Había tenido miedo de Loki o fue el conocimiento de lo que iba a pasar con ella después de pasar aquella hora en la cueva?

Darcy se estremece y la oscuridad se desliza con manos de terciopelo enguantada sobre su piel. Quiere estar en cualquier lugar menos aquí. Incluso en el infierno, dondequiera que esté. La voz hace un sonido curioso, sin palabras, algo así como medida e indecisa y entonces la oscuridad desaparece. Ella está de pie en la entrada del parque de nuevo.

Las sensaciones la invaden: la suavidad de la hierba pisoteada bajo sus botas, el espeso humo del incienso en el aire, esa extraña música atonal. Se oye otro ruido y se vuelve para a ver a un hombre vestido de negro con un farolillo, deslizándose en un espacio entre las ramas enredadas. Sus se apartan de ella y se aleja hacia las sombras. Por el parque puede ver poco más que sombras. Aquí y allá, conjuntos de farolillos como pequeñas constelaciones, pero aparte de eso la única luz proviene de las estrellas del cielo. De alguna manera, incluso la luz de la Torre Stark se bloquea. Se siente como si la ciudad hubiera desaparecido, como si se encuentra en un antiguo lugar salvaje.

—¡Darcy!

Beth está de pie a poca distancia, un hombre alto y delgado permanece a su lado. Ambos llevan capuchas oscuras. Darcy ve que por la parte de atrás de su vestido hay una hendidura que permite a Ravi asomarse. Se queda mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos, no hace ningún sonido. Los gestos de Beth le indican a Darcy que se una a ellos. Darcy cruza la pequeña distancia que les separa, cada paso parece no llegar nunca.

En un pequeño árbol por el que pasa hay un incensario que emite humo azul. Las espirales de humo se retuercen perezosamente, dispersando lentamente en el aire. Huele a incienso iglesia, el incienso y la mirra tan familiar de su infancia, pero hay algo más ahí. Algo más profundo que serpentea en la sangre de Darcy, más potente que cualquier fármaco que se haya inventado nunca.

El hombre observa a Darcy con atención mientras ella se acerca para unirse a ellos. Se ha quitado la capucha hacia atrás revelando un pelo muy corto que se enrosca fuertemente contra su cuero cabelludo. En la oscuridad, sus ojos se ven negros, imposible descifrar su verdadero color.

—Darcy, él es Ozy, —dice Beth cuando Darcy les alcanza. —Ozymandias.

Darcy tiene que detenerse de mirarle descaradamente. Parece tan normal, nada que ver con un hombre que se hace llamar Ozymandias.

—Darcy, —dice Ozy. Su voz es ligera y agradable, sin acento. Me tiende una mano, sus uñas están perfectamente recortadas, sus dedos no llevan anillos. Darcy toma su mano, la saluda en un agarre firme, fresco. El puño del abrigo se sube con un movimiento y puede ver el borde de un tatuaje, algo que ondula como una serpiente hasta la muñeca. —Me alegro de que hayas venido. También me alegro de que hayas a Beth y a Ravi. Ella nos habló de tu amabilidad.

Darcy se encoge de hombros, quiere mirar hacia otro lado pero los ojos de Ozy la atrapan. —No se puede dejar a un bebé morir de hambre, ¿verdad?

—Beth también nos dijo que trabajas para Tony Stark. —Ozy sonríe, mostrando unos dientes delanteros torcidos. —No te preocupes por eso ahora, Darcy, no vamos a presionarte para que nos consigas cosas. Supongo que tu presencia en el edificio fue lo que inspiró a Stark para que nos proporcionase electricidad, y sólo por eso, te doy las gracias. —Él todavía está sosteniendo su mano. Se arrodilla y presiona la frente contra sus nudillos, un curioso gesto. Su frente es tan fresca y suave como sus dedos. Está sonriendo otra vez cuando se para. —Aprovéchate de los refrescos, el entretenimiento. Y cuando llegue el momento, si lo deseas, puedes entrar en el laberinto cuando las puertas se abran de par en par.

Él aprieta su mano y finalmente la suelte. Darcy todavía siente su contacto incluso después de haberse integrado entre los pequeños grupos de gente pululando alrededor del parque. Beth lo observa irse, su expresión es de adoración.

—¿No es increíble? —Pregunta, juntando las manos —Es como si el mundo estuviera esperando a ser salvado por él.

Darcy toma una respiración profunda con ganas de aclarar su mente. Lo único que logra hacer es tener que inhalar más humo. Su sabor es pesado en la boca como si masticara cenizas. —¿Hay algún lugar donde el aire esté más limpio? —le pregunta Darcy. —Una sitio donde el humo no me alcance.

—Deberías estar mejor alrededor de la comida. —Beth toma el brazo de Darcy y la lleva más allá de los grupos de personas. Pocos de ellos prestan las dos muchachas ninguna atención, aunque Darcy atrapa gente sonriendo a Ravi a medida que pasan.

—Necesito un trago, de todos modos.

Una serie de mesas de caballete se han desperdigado a lo largo del parque. Las mujeres y los hombres visten de negro como el hombre de los farolillos que se había ido. Se mueven en silencio detrás de las mesas, hay varias ollas de sopa y pan, jarros de agua y lo que se ve como jugo reconstituyente, así como botellas de cerveza y vino, todo caliente. Beth agarra dos botellas de cerveza y entrega una a Darcy.

—¿De dónde viene todo esto? —pregunta Darcy. Ella sostiene la cerveza caliente pero no bebe.

Beth abre su cerveza y tira la chapa en una papelera cercana. —La gente trae lo que puede. Hay un montón de cosas en la ciudad, si sabes dónde buscar. Muchas personas dejaron sus pertenencias atrás. Darcy retuerce su botella de cerveza entre sus manos. Extrae la chapa y la envía al mismo sitio que Beth. Se escucha el sonido al chocar contra el suelo y no en su lugar. Beth se mueve inmediatamente, lo recoge y lo tira a la papelera. —Una de las reglas de Ozy, —dice. —No dejamos nada tirado. Por la mañana el parque debe estar como nunca hubiéramos estado aquí.

Darcy mira detrás de los caballetes. En las sombras sólo puede ver las formas de los coches apilados unos encima de otros para formar una pared. —¿Cómo es eso posible? Las personas dejan señales a su paso, no importa lo que pase.

—Todo es posible, —dice Beth, tomando un trago de su cerveza que se hincha otra vez y luego se desvanece repentinamente dejando sólo ecos. Beth agarra inmediatamente la cerveza intacta de Darcy y la coloca de nuevo en una de las mesas de caballete. Agarra el brazo de Darcy la lleva por el parque. Cuando Darcy empieza a hacerle una pregunta ella presiona sus dedos contra los labios de Darcy. La piel de Beth huele a humo. El incienso se espesa de nuevo a medida que se alejan de las mesas y Beth las dirige a través de los grupos de personas. Todos están usando las mismas prendas con capuchas oscuras y todos se las han quitado.

La noche parece crecer más oscura a medida que avanzan hacia lo que Darcy piensa que es el centro del parque. Todo parece apagado, el parque en sí , con sus rocas y jardines reemplazados por una interminable extensión de hierba pisoteada. Beth se detiene de repente, aunque Darcy no puede ver nada a su alrededor le indica que han llegado a su destino. La luz de las estrellas se ha ido, así como la oscuridad de terciopelo que Darcy había experimentado dentro de los límites del parque. Todo es silencio, ni siquiera puede oír la respiración de Beth, aunque aprecia su pecho agitándose lo suficientemente.

Beth presiona sus dedos contra sus labios, apunta al suelo y luego se retira desapareciendo en la oscuridad. El pánico nace en Darcy. No tiene ni idea de lo que está pasando aquí y desde luego no sabe nada de lo que está sucediendo en este lugar. Las manos se deslizan por la capucha que lleva sobre los hombros y se la echa encima, aunque cuando se ve no puede ver quién es el que la ha ataviado así. Quiere huir pero parece que no puede encontrar la energía para levantar sus manos.

Todo está quieto.

Todo está esperando.

Un solo golpe de tambor rompe el silencio junto con otro y luego otro. Pronto, decenas de tambores están sonando en todo el parque, todos ellos superando el ritmo de un latido del corazón. Darcy siente que su corazón late lento para caer en el ritmo de los tambores. El recuerdo de Bera llega a ella. Ellos también tamborilearon para ella antes de que el cuchillo se dibujara a través de su garganta. Siente la humedad en el lugar donde el cuchillo había cortado. Sin tocarlo, Darcy no puede decir si se trata de sudor o de sangre. Ni siquiera está segura de querer saberlo.

Los tambores aumentan su ritmo hasta que se convierten en una ráfaga de percusión. De pronto, se quedan en silencio . Como uno, un círculo de velas bengala cobra vida. Debe haber habido más de los trabajadores vestidos de negro que las encendieran, es tan rápido que Darcy no consigue verles bien. Ella parpadea mientras su visión se ajusta a la repentina luz. En primer lugar ve el suelo rodeado de velas. El césped ha sido arrancado, raíces pálidas se levantan aquí y allá, como huesos exhumados. Todo huele como un bosque después de la lluvia, como si un rayo podría atacarles en cualquier momento.

Más allá del círculo de luz hay un sólido muro de oscuridad. Darcy no puede ver nada de sus detalles, lo único que puede decir es que es una cosa enorme que ocupa la mayor parte del parque. Aparece Ozy con otra vela que sujeta en las palmas ahuecadas. Él está allí por un momento, en silencio, sin preocuparse de la cera fundida que gotea sobre su piel desnuda. Observa la llama vacilante por un largo tiempo, cuando mira hacia arriba, la luz se recoge en sus ojos y brilla como el ámbar, más resplandeciente que las velas.

—Girando y dando vueltas en un giro cada vez mayor,

El halcón no puede oír al halconero;

Las cosas se desmoronan,

El centro no se sostiene,

La anarquía se ha desatado sobre el mundo .

Hace una pausa durante un largo rato con los ojos brillantes moviéndose a través de la multitud. Se detiene en Darcy y curva sus labios en una pequeña sonrisa antes de continuar.

—La marea de sangre se ha desatado,

La ceremonia de la inocencia se ahoga.

Termina la cita aunque Darcy sabe que el poema aún continúa. Lo sabe bien porque que era el favorito de su madre, en el erase una vez antes de que las cosas fuesen mal. Sus estómago se retuerce y se aleja, pero Beth es allí de repente con su mano como una garra alrededor del brazo. La mirada de Ozy se mueve sobre la multitud una vez más, parece como si su ojos se posaran sobre cada persona individualmente. Darcy ve algo que atrae a la gente a él. Es una cosa rara, a sentir como si alguien te viera realmente, sobre todo en estos tiempos.

Ozy sonríe. —Deja que el laberinto esté abierto. Deja que te llame para entrar.

Se apaga la vela que sostiene. Todas las otras velas se pagan simultáneamente, el oscuro terciopelo rueda por el mundo a través del mundo. Darcy parpadea frenéticamente pero la oscuridad no se borra de sus ojos. Las palabras de Ozy hacen eco a través de su mente: la marea de sangre se ha desatado...
Ella da un paso adelante a pesar de que no tiene ninguna conciencia de saber que su cuerpo puede hacerlo. Un paso más y baja, oye la risa sibilante a través de la oscuridad. Una luz destella y de repente Loki está allí. Es transparente, con la piel brillante como si estuviera tallado en nácar. Su boca se mueve frenéticamente pero ella no le escucha. Su mensaje es claro, incluso sin palabras. No dar un paso más. Este camino lleva a los dragones.

Tú eres el único dragón en este mundo, Darcy quiere decírselo, pero al igual que Loki, no emite sonido con los labios. Los zarcillos oscuros se rizan a su alrededor tirando de ella hacia adelante. Da un paso más y la imagen de Loki se disuelve, una llama apagada. Un paso más y la oscuridad se aleja rodando. Está de pie delante de una pared. Es por lo menos de seis pies de alto y en lugar de estar hecha de piedra o ladrillo o cualquier otro material de construcción, está hecha de todo. Desde donde pone de pie se puede ver una silla finamente tallado con ranuras en el lado de la ropa arrugada, el sonajero de un bebé, algunos libros e informes y una impresión de Monet enmarcado en plástico barato. Más objetos que no puede identificar se acuñan en la pared.

Le pican los dedos con el deseo de quitar los libros de la pared para que pueda ver sus títulos, pero mantiene sus manos a los costados. Sabiendo que si quita incluso una cosa, todo se vendrá abajo. Esto es lo que Ozy y su grupo han hecho con las cosas que quedaron atrás. Con sus cosas, supone. Una vez más se da cuenta que de hecho lo piensa de manera imparcial, aunque crea que debería estar enojado. Debería sentir algo.

Levanta la vista hacia el cielo sin estrellas, el vacío presionando hacia abajo. Tal vez era mejor que no sintiese nada. Después de todo, vivía en un mundo donde los dioses y los superhéroes son reales. —Y yo sólo soy Darcy Lewis, —dice a la pared. —Nadie en absoluto. —Un sonido profundo retumba desde detrás de la pared. Darcy se activa, la adrenalina corre por sus venas. Suena como una gran bestia que la está esperando. Al igual que el minotauro con el que bromeó. —Puede quedarse en un mito, ¿de acuerdo? —suplica.

Una risa hace eco a su alrededor, suena justo en el borde de su límite de audición por lo que el sonido se siente más que oírse, como las manos que están inquietos sobre su piel. Ese profundo gemido viene otra vez y luego la pared delante de ella comienza a moverse. Se divide, las dos caras pivotan hacia fuera como puertas. Más allá se puede ver otro de los muros construidos a partir de desechos, una brecha que conduce más profundamente en lo que hay más al fondo.

—No, entonces es David Bowie, —dice a las puertas abiertas. —El color me decepcionó en ese momento, por lo menos.

Mira detrás de ella, y el corazón le da un vuelco. El parque se ha ido, sólo hay otra pared laberinto detrás de ella. Se enfrenta a la necesidad de plantar los puños contra ella para exigir que se la dejen salir. —Así que no me dan a elegir tampoco en esto, —dice ella. —Muy bien. Sólo otra cosa, que Darcy vuele hacia arriba. —No hay una respuesta. El laberinto está en absoluto silencio, el cielo negro por encima completamente inmóvil. Se pregunta brevemente cómo se puede incluso ver nada, ya que no hay luz para poder comprobarlo, decide que probablemente es mejor no pensar en ello .

—Sólo piensa en ello como un sueño, —se dice a sí misma. —Sólo empieza a caminar. ¿No dicen que girando a la derecha encontrarás la manera de salir del laberinto de nuevo?

Hay una muñeca de porcelana en la pared de enfrente, sus ojos negros mirándola. Su abuela le había regalado una muñeca similar cuando era una niña y su madre la había colocado en un estante en el cuarto de Darcy. No pudo dormir esa noche mirando fijamente a la muñeca, medio convencida de que iba a parpadear para salir de su plataforma. A la mañana siguiente le había dado la vuelta poniéndola de frente a la pared. Era más fácil hacer caso omiso de ella cuando sus ojos no te observaban.

Llega a la muñeca situada en la pared. Una picadura azul en los dedos, como una descarga eléctrica, le impide tocarla antes de que ella se acerque. —Correcto, —dice ella frotando su mano contra los vaqueros. —No toque las paredes. Mantente girando a la derecha. Yo puedo hacer esto. —Comienza a caminar, sus pies moviéndose sin pensar en el ritmo del poema que Ozy había citado. Y a pesar de que nunca había sido consciente de haberse aprendido el poema, encuentra sus líneas corriendo por su mente mientras camina, girando siempre a la derecha.

Tosca bestia, su hora viene, por fin, se arrastra hacia Belén para nacer, repite una y otra vez. Ella camina y camina, ampollas se forman y estallan sobre sus talones, y nunca parece llegar a ninguna parte. Cuando regresa de vuelta a esa muñeca de porcelana, aprieta los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavan en sus palmas. —Bueno, a la mierda. —Pisa con el pie , ignora la imagen de sangre resbaladiza en sus botas. Resbaladiza ¡Vete a la mierda! Y saca este maldito poema de mi cabeza. ¿Podrías ser más cliché, Ozy ? ¿No podrías por lo menos encontrar algo que la gente no haya citado una y mil veces?

Y entonces ella está corriendo, volando a través del laberinto, toda idea de doblar a la derecha ha sido olvidada, sólo quieren estar en movimiento, llegar a alguna parte, cualquier lugar. La risa se hace eco a su alrededor otra vez, y luego, de repente, el laberinto ha desaparecido. Está de pie en frente de su casa, el aleteo de la cortina en la brisa, su borde blanco manchado por la sangre.

Darcy niega con la cabeza, un movimiento casi convulsivo. —¡No. No, no, no, no, no. Llévame de vuelta al maldita laberinto! A cualquier sitio menos aquí. —Cae de rodillas. La tierra es suave y húmeda, pisoteada por la suela de las botas. —Por favor.

No hay una respuesta, pero sí una brisa.