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Estar y no estar con ellos...
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Abril del 2007.
- ¡Agh! El fuego me quema.
-Sí-hubo una pausa-. Y dicen que también renueva.
-Ya vámonos, me estoy asando.
-…-soltó una sonrisa silenciosa-. Tú no mandas, inútil.
Entonces ambos se deslizaron por el sendero de tierra, ignorando el caos del incendio y a los gritos que pedían el auxilio de una mano ayudadora que llegaría tarde.
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Más de tres años pasaron desde que la hija de la guerra y el hijo de la luna cayeron en una trampa de la que no pudieron salir sólo por haber pedido ayuda a la persona equivocada y por haber estado en el lugar más inoportuno.
Y durante esos años pasaron cosas de las que una persona común se aterrorizaría. Sí, sucesos horribles para dos adolescentes que no le pedían nada a la vida, nada más que tranquilidad.
Pero es momento de ir con gente a la que ni Russell ni su hermana Esme le habían dado importancia, con la familia que olvidaron por el simple hecho de que nunca estuvieron con ellos. Su familia mortal.
Sí, la misma familia a la que Estela Flores dejó en México antes de irse a Estados Unidos de América para después casarse con Abraham Flores.
Quizá... las personas que lo sabían todo sobre el origen del chico Russell.
Un cielo azul, eso era lo único que el pueblo de La Biznaga podría presumirle a los fuereños que venían de la ciudad. Porque en pobreza estaban peor. "Jodidos, cabrón" diría un pueblerino, "estamos 're jodidos."
Era la marcada diferencia entre el mayor terrateniente de la región Fernando García y la mayoría de campesinos, la que los hacía darse cuenta de sus carencias; eran las enormes camionetas 4X4 con vidrios polarizados contra los raquíticos caballos; era la hermosa residencia de dos pisos con vastos jardines en los lindes del pueblo contra las casuchas hechas de piedra o block sin color, con algunas partes de cartón; era la bella plaza del pueblo con capilla, presidencia, escuelita primaria, albergue, calles pavimentadas y jardines pequeños que don Fernando había ayudado a construir, contra la mayor parte de la región, que resaltaba en montes y cerros desérticos, milpas extensas y cientos de casitas distribuidas irregularmente. Era el poder del dueño mayoritario de las tierras contra el campesino, el simple trabajador.
Pero ahora a ningún pueblerino de La Biznaga le interesaba ni el cielo azul ni la pobreza, ¿deberían de darle importancia a algo a lo que ya estaban acostumbrados?
Lo importante para ellos era celebrar el Domingo Santo con la familia completa. Bueno, para casi todos.
Dos figuras corrían por el camino de terracería entre las milpas de alfalfa. Eran una adolescente y una niña completamente opuestas porque mientras una era alta, delgada y blanca, la otra era pequeña, delgada y morena.
- ¡Te juro que... jamás te volveré a hacer caso...!-gimoteaba la adolescente mientras intentaba dar pasos certeros. Se llamaba Lili-. ¡Tú... Y tus malditos atajos!
-Era por aquí-decía la niña morena. Se llamaba Itzel-. Me acuerdo...-miró a su prima por sobre el hombro y se echó a reír-. No aguantas nada, mujer...
La situación era la siguiente: era Domingo Santo de la Semana Mayor, que para Lili podría ser cualquier domingo pero no, porque su familia destinaba ese día para reunirse en el pueblo donde vivía la mayor parte de los parientes, en especial la abuela que era algo así como el núcleo. Por eso Lili y su padre habían tenido que viajar de la Ciudad de México a La Biznaga, Veracruz.
Al ser una chica citadina, Lili no conocía las desventajas del campo, por eso se le hizo fácil aceptar a Itzel cuando propuso tomar un atajo para llegar al río donde su familia había decidido ir a pasar el día. No se imaginó que caminar demasiado significaría... pues, cansarse. Tampoco podía creer que ella, una chica de quince años se cansara más rápido que Itzel, una niña de diez.
-Acelérale chofer, acelérale chofer, que te viene persiguiendo la mamá de tu mujer-canturreaba la pequeña Itzel mientras caminaba.
-...-Lili prefería usar su valioso oxígeno para caminar.
-¿Quiénes son ellos?-se preguntó Itzel señalando un Jeep negro que venía velozmente en dirección contraria a ellas.
-¿Quién...?
Un segundo. Eso tardó la pequeña Itzel para tirar a su prima Lili con todas sus fuerzas y ambas caer a un lado del camino, evitando de cerca que ese Jeep las atropellara.
-¡¿Qué... le pasa?!-jadeó Lili sin poder creer lo cerca que había estado de morir.
Pero el Jeep siguió avanzando como si algo lo viniera persiguiendo, levantando polvo en el camino.
Lili tosió y miró a su prima Itzel.
- ¿Y ese quién era?
-Sepa-Itzel estaba tan asustada como Lili-. Nadie, nadie tiene un carro así, ni si quiera don Fernando, y eso que él es bien rico. A lo mejor son fuereños...
Aún con la respiración agitada, Lili se levantó y ayudó a su prima a lo mismo.
-¿Estás bien?
-Sí...
Después del pequeño susto, las dos siguieron caminando y hablando de quién sabe qué cosas, hasta que Lili notó algo más extraño que un loco al volante. A unos veinte metros comenzaba una barda de metro y medio a lo largo del camino, sin final visible.
- ¿Y eso?-preguntó Lili con curiosidad.
-Acá empiezan las tierras favoritas de don Fernando-explicó Itzel-. ¿Te digo una cosa? A los señores les gusta trabajar aquí con él, porque paga así-extendió sus brazos- de lana-dinero-, aunque no deja que cualquiera lo ayude a recoger su cosecha, porque mi tío Saúl quiso ayudarlo, pero don Fernando lo corrió y como no tenía trabajo, se largó para Gringolandia-USA- con mi tía Estela...
- ¿Y eso?-repitió Lili sin hacer caso.
-Oh, que son las tie...
-No, mensa, ¿qué es ese humo de por ahí?
-¿Ah?-Itzel miró a donde señalaba Lili. Una delgada columna de humo se alzaba a lo lejos, entre los terrenos de don Fernando-. Quizá están quemando las yerbas malas o la basura.
- ¡Contaminadores!
Cuando llegaron al río, encontraron a toda la familia reunida ahí. El lugar donde solían reunirse estaba en las faldas de un par de cerros desérticos, que un río rodeaba. El lado derecho del río llevaba a la pendiente del cerro y sólo había tierra, espinas, biznagas, cardones y piedras lisas; el lado izquierdo era de tierra húmeda, pasto y mezquites, a la que se llegaba a pie cruzando milpas y en auto, bordeándolas.
La familia había hecho una fogata en un espacio libre de pasto y mezquites, con piedras y leña; media docena de personas se habían sentado en los troncos para preparar los pescados que iban a comer fritos, unos cuántos montaban los caballos en el camino cercano y casi una docena de adolescentes y niños jugaba dentro o en la orilla del río.
- ¿Por qué me dejaron?-reclamó Lili a la primera persona que encontró, o sea su padre Marco que miraba interesado cómo encendían la fogata.
-Porque no quisiste despertarte temprano para venir a la misa y cuando terminó, mejor nos adelantamos.
En eso la abuela se acercó a Lili.
- ¿Y por qué no quieres ir a misa, Lilí?-reclamó la abuela a Lili con dureza.
-Soy atea hasta que Dios diga lo contrario.
En realidad Lili no era atea. Sabía que había algo, Dios, Buda, Kami, naturaleza, destino, el karma o lo que sea que regía el mundo, pero ella no tendía a hincarse o pedir y esperar milagros. No tendía a seguir costumbres a las que no les encontraba sentido, pero sí le gustó ver la cara que pusieron sus tíos al oírla.
La abuela Petra no se enojó.
Doña Petra Flores era una mujer morena como casi toda su familia, su expresión dura y seria no denotaba su edad, y su largo cabello trenzado canoso mostraba los años de su vida. No era una mujer de la que se esperara que recibiera a sus nietos con una sonrisa y mil historias para contar, las galletitas sobraban; era una mujer a la que la vida le había endurecido el corazón.
-Tú, Lilí, ayúdame a preparar el atún-ordenó la abuela Petra-, tú Itzel trae los jitomates.
Lili e Itzel no refunfuñaron y se pusieron a trabajar de buena gana.
- ¡Al menos ya estamos todos!-gritó uno de los primos que estaba chapoteando en el río-. ¿A que sí, Amá Grande?
'Amá Grande' era una manera de llamar a la abuela, la otra era con el diminutivo 'Lita'.
- ¡No es cierto!-intervino Itzel enojada mientras ponía una bolsa con jitomates sobre una roca-. Faltan mi tío Saúl, mi tía Alma y mi tía Estela.
Lili hizo una mueca sarcástica.
Sí, la vida de su Amá Grande Petra había sido una mierda, como la de todas las mujeres de aquél pueblo, pero las cruces que la abuela cargaba diario sobre sus hombros (quizá hasta su muerte) tenían nombre y apellido: Saúl Flores García, Alma Flores García y Estela Russell (antes Flores García).
El tío Saúl era, según Lili, un hombre joven sin oficio ni beneficio al que le gustaba mantener a su familia en los nervios porque... bueno, sí tenía un oficio y ese era ser un 'Coyote', un hombre que ayudaba a grupos de indocumentados a cruzar la frontera México-estadounidense con el riesgo de que los atrapara la policía. A Lili ese le parecía un trabajo de baja categoría y no le gustaba ver la cara agria que su Amá Grande ponía cuando Saúl regresaba a la frontera. Pero él era padre de dos niños y decía que "para que los chamacos tengan qué tragar, hasta matar", aunque Lili conocía a sus hijos Justin y la pequeña Sidny, y pensaba que no eran el tipo de hijos por los que un padre debería de arriesgarse tanto, porque eran unos pequeños juniors que Lili no sosportaba. El tío Saúl llegaba cada seis o siete meses ("no puedo estar mucho tiempo lejos de mi tierra, cabrón"), se quedaba uno o dos y luego volvía a "trabajar". ¿Y sus hijos? Se quedaban a gastarse todo el dinero que papi les daba; ¿Y su esposa Cristi? También gastaba el dinero de Saúl, pero en sus amantes.
La tía Alma también se había ido a Estados Unidos pero a diferencia del tío Saúl, ella se quedó "para siempre", olvidándose de que tenía una familia en México, olvidándose de sus padres. Lili sólo la conocía por viejas fotos. Ninguna mensualidad, ninguna carta, ninguna llamada. Nada. "Espero que no te arrepientas de haber olvidado a tu madre, tía Alma."
Y la tía Estela era harina de otro costal. Estaba muerta. Ella se había ido a Estados Unidos con su hermana Alma cuando apenas era una jovencita, pero la tía Estela sí se había preocupado por su familia, siempre lo hizo. El problema surgió cuando se casó de improviso con el señor Russell, ¿el inconveniente? Su marido tenía el "pecado" de practicar otra religión, algo que la familia Flores no toleraba. ¿Cuántos años doña Petra le aplicó la Ley del Hielo por eso? Quién sabe, pero si se hubieran arreglado, ahora Mamá Grande no tendría ese vacío en el pecho, ese que sólo provoca la muerte de un hijo, el que es identificado por el dolor de saber que tu hija murió pensando que estás enojada con ella.
Esas fueron las razones por las cuáles doña Petra miró a su alrededor, a toda la familia que tenía, niños, adolescentes y adultos, y afirmó:
-No estamos todos.
-No me jodas-resopló una joven que estaba junto a Lili-. Todos hicimos el bendito esfuerzo de viajar hasta un pueblo escondido en el culo de México Mágico para soportarnos las caras, ¿y mi Amá G no está contenta? Tú hasta veniste de otro estado-señaló a Lili.
Ella era Atzín, una joven de diecinueve años que era la prima favorita de Lili.
-Es que le duele no ver a los tres, Atzín-explicó Lili mientras colocaba la punta del cuchillo sobre la tapadura de aluminio del atún y aplicaba fuerza. Bendita la hora en que no trajeron abrelatas.
-Pero tiene más-señaló Atzín y luego le pasó a Lili una piedra para que con ella golpeara el mango del cuchillo.
Era cierto, la abuela tenía a sus otros hijos: Karen, Abel, Lucas y Marco, sus yernos, nueras y nietos, ¿no era suficiente...?
En ese momento las primitas Sidny e Itzel pasaron entre Lili y Atzín, correteándose entre sí.
-Fíjense por dónde van-les exigió Atzín a las niñas-. Pudimos haberlas rebanado con el cuchillo.
-Oye primis, ¿y mi primito Gabo?-le preguntó la pequeña Sidny a su prima Atzín, ignorando que la estaba regañando.
-No sé.
-Yo sí sé, yo sí se-presumió Itzel-. Dijo que luego venía, que primero iba a ir a pajarear con sus amigos, ¡va a traer pájaros para comer! ¿Verdad, Lilí?
Lili no hizo caso a su prima Itzel. Estaba pensando en otra cosa.
... Aunque si Lili lo pensaba bien, y viendo cómo sus tíos no se ponían de acuerdo en quién freiría los pescados, Lili podía entender por qué Amá Grande echaba de menos a sus hijos ausentes. Si bien se habían ido, Alma a veces (A VECES) enviaba dinero SÓLO para sus padres, Saúl se molestaba en regresar cada que podía y no pasaba una mañana que no visitara a sus viejos, y Estela en vida se había esforzado por enviar ropa y dinero (que los abuelos nunca vieron) a todos sus parientes cada vez que podía; Lili aún guardaba con cariño los vestiditos que le regaló esa tía a la cual nunca vio. En cambio los tíos que estaban en México reñían por todo, desde simples habladurías malintencionadas, hasta arrebatarse terrenos valuados en cientos de miles de pesos. Lili aún no sabía cuál de sus tíos era el que siempre se había quedado con los dólares que la tía Estela Russell había enviado a sus padres.
-Sí faltan mis hermanos-habló en voz alta el tío Lucas-, pero no quieren venir.
-Esos como que ya no son de la familia-habló el señor Enrique (esposo de Karen) mientras le prendía fuego a la fogata.
-Pos esos son tan hijos míos como tu esposa Karen-replicó Amá Grande sin alzar la voz. Lili se sobresaltó al oírla tras de sí.
El señor Enrique se calló. A Atzín y Lili se les escapó una sonrisa.
-Oye, Abel-habló la susodicha Karen, hija mayor de Amá Grande-, reúne a los chamacos y vigílalos para que no se vayan a lo más hondo del río.
El tío Abel, el hermano menor, era un hombre joven que estaba sentado junto a Lili, quitándole las escamas a los pescados que iban a freír. El atún sólo sería el aperitivo.
- ¿Por qué yo?-se quejó él-. Estoy ocupado.
- Porque tú eres el Subdelegado de la comunidad, tienes algo de autoridad. Y pa' que no se ahoguen.
- ¿Mi tío? ¿Autoridad?-se burló Justin, de quince años, desde la orilla del río-. Si el don Fernando García lo mangonea bien bonito.
-A mí ese señor me hace los mandados-bufó el tío Abel, pero se levantó y miró a todos los que estaban en el río-. ¡Eh, chamacos vénganse!-nadie le hizo caso-. ¡Mocosos...!
- ¿Quién es ese?-preguntó Justin señalando hacia el camino mas cercano (de terracería, entre las milpas). Había un caballo y jinete que se acercaba a donde estaban ellos.
-Quizá viene por los pescados-especuló Lili.
-Es mi Tesorero-dijo el tío Abel distraído.
El jinete no tardó en llegar, bajo las miradas de curiosidad de todos. Aún no se detenía cuando empezó a gritar:
- ¡Abel! ¡¿Está el subdelegado Abel Flores?!
Los que habían estado montando caballo, el tío Lucas, sus dos señoras Selena y Talía, y el papá de Lili, Marco, eran lo más cercanos al jinete.
-Acá está-le contestó la joven señora Selena al jinete.
- ¡Abel, te buscan!-gritó el tío Lucas.
El tío Abel se levantó con algo de desgana y le entregó su cuchillo a Atzín, para que ella siguiera desescamando a los pescados. Ella hizo una mueca de asco.
- ¿Qué pasó?
- ¡Ven, apúrate!-exclamó el Tesorero agitado-. ¡Se queman las milpas de don Fernando! ¡En el Cerro Viejo y dicen que hay gente!
- ¡No digas!
- ¡No!
Lili alcanzó a escuchar y se preocupó al instante, igual que toda la familia. ¿A poco se referían a la columna de humo que Lili había visto en el camino? ¡No podía ser!
¿Cómo era posible?
-¿Un incendio?-murmuró Atzín-. ¿Gente?
-Lo dudo-susurró Liliana nerviosa-. Todo mundo está con sus familias, nadie trabaja hoy y nadie vive en Cerro Viejo.
El tío Abel y el Tesorero se fueron rápidamente en camioneta, porque tenían que llegar a Cerro Viejo.
Mientras tanto, la familia comenzó a desalojar el lugar con nerviosismo, los adultos empacaron la comida y los menores se apresuraron a salir del río. No podían estar conviviendo mientras había un incendio cerca del pueblo.
En eso, Amá Grande tomó a su hija mayor, Karen, del brazo y le dijo:
-Manda a tu Emiliano a que busque a su hermanito Gabo. No me gusta que ande solo y mucho menos ahorita que hay muchos fuereños que llegaron por Semana Santa.
-Sí, Amá, a mí tampoco me gusta que ese niño vague solo...
Lili ayudó a levantar la fogata y guardar la comida en la cajuela, y luego se subió con Atzín en la camioneta de su papá Marco. Como los demás se subieron en otra camioneta y coche, Atzín, Lili y su padre se fueron solos, pero directo a Cerro Viejo para ver en qué podían ayudar con el incendio.
Cuando se acercaron a Cerro Viejo, pudieron distinguir el humo negro que cubría todo el lugar, aunque no podían ver el fuego, lo peor era que el viento lo expandía. Habían unas decenas de personas que se estaban amontonando en el portón entre el muro que delimitaba las tierras predilectas de don Fernando García.
Entonces Marco Flores García, el padre de Lili, se bajó de la camioneta y le pidió a Atzín y Lili que se quedaran. Lili quiso ir con él, pero sabía que sólo estorbaría.
- ¡Alto!-escuchó Lili que su padre decía mientras se acercaba a la multitud-. No sabemos si es muy grave...
- ¡Es que no nos quieren abrir la puerta!-gritó un campesino-. ¡Se está quemando! ¡Hay chamacos adentro!
Con eso la gente se inquietó aún más y Lili no pudo oír lo que su papá respondió. Por eso Atzín y Lili se miraron, dispuestas a bajarse para ver qué ocurría, pero de pronto un muchacho abrió la puerta del conductor e intentó subir a la camioneta. Las dos se asustaron, pero Atzín fue la que empujó al chico para que no entrara.
- ¿Quién eres, qué quieres?-espetó.
-Marco Flores quiere que las lleve a su casa-contestó el otro con hostilidad, alzando las llaves que le habían dado.
Atzín hizo una mueca, pero ya no intentó alejarlo.
- ¿Por qué? ¿Qué está pasando? ¿Y mi papá?-Lili se atrevió a preguntar.
-Nada, la gente se volvió loca-el chico entró, cerró la puerta y arrancó la camioneta-. Pero tu jefe-padre- está bien, 'nomás va a ver qué pasa.
- ¿A poco sí hay niños en el incendio?-se preguntó Lili un poco asustada.
-Ay, Lili, no seas tonta, ¿a poco crees que un señor como Fernando García dejaría que hubiera mocosos en sus terrenos?-replicó Atzín con pesadez. Lili notó que el chico sonrió con ironía-. Esta gente sólo quiere hacer ruido para meterse en los terrenos y a ver qué agarra.
- ¿Y el incendio?
- ¿Y los bomberos para qué sirven?
-Oh.
Hubo un pequeño silencio mientras se alejaban de la gente y, después, de Cerro Viejo. Lili miró hacia atrás. Por la concentración del humo y las llamas, se dio cuenta de que el (ya lejano) incendio tenía su auge en medio de los extensos terrenos de sembradíos, donde no había casas. Esperaba que la gente lo controlara a tiempo.
Más relajada al pensar que las pérdidas serían sólo materiales (y no suyas), Lili respiró tranquila. Aunque... ¿Qué había causado el desastre?
- ¿Pa' dónde jalo?-preguntó el chico entonces, distrayendo a Lili.
- ¿Eh?
- ¿Para dónde las llevo, pues?
-Ah... ¿Conoces la casa de don Hilario y doña Petra?-él asintió-. Ahí.
Atzín y Lili se callaron un rato. Para ser sinceros, ninguna era de las personas que hablaran demasiado, sobre todo con chicos que apenas conocían; Atzín porque estaba aburrida y miraba el camino con apatía, y Lili porque su mente estaba en el incendio. ¿Acaso el Jeep que ella e Itzel habían visto, tenía que ver en el asunto?
-Ustedes no son de por aquí, ¿verdad?-al parecer, al chico no le gustaba el silencio.
-Más o menos... no-contestó Lili. Atzín ni les hizo caso.
- ¿Entonces de dónde son?
-De la Ciudad de México.
- Ah la madre, ¿y qué son de don Hilario Flores?-él parecía interesado; pero Lili no era de muchas palabras.
-Es mi abuelo.
-Oh. Dicen que es tan chingón como mi viejo Fernando García...
- ¿Eh?
-Que si hubiera querido, don Hilario Flores hubiera tenido tanta lana-dinero- como mi abuelo Fernando García. Pero no sabía que tuviera nietas tan bonitas, ¿cómo te llamas?
Lili frunció el ceño. ¿Él era nieto de ese señor tan rico al que todos le tenían miedo? Debería serlo, su tono presuntuoso no podría haber salido de ningún lado. Ella quiso responderle mal, pero se acordó de que él estaba manejando.
-Liliana-respondió secamente-. Pero ella es Atzín, no tiene novio.
-Brincos dieras, aquí la soltera eres tú-resopló Atzín.
-Ah, pues, yo soy Alejandro García-dijo él un poco confundido-. Soy nieto de don Fernando García y Peñalber.
- ¿Y por qué no estás ayudando en el incendio?-preguntó Lili con hastío.
-Ahí iba, pero tu jefe-padre- me preguntó si sabía manejar, le dije que a webo-sí-, me dio sus llaves, señaló su camioneta y me dijo que si me pasaba de listo, él conocía a mi abuelo.
-Oh-Lili no tenía nada qué decir.
-¿Y estudias?-Alejandro desvió el tema.
-Sí.
- ¿Qué?
-Ingeniería en Artes Marciales.
Atzín la miró de reojo. Uno: esa carrera no existía, y dos: Lili apenas iba a terminar la preparatoria.
- ¿Y eso qué es?-Alejandro era curioso.
-Algo que tú no conoces-de verdad, a Lili la ponía de malas que le hicieran tantas preguntas.
- ¿Y es allá en tu ciudad?
-Sí.
-¿Y eres nieta de don Hilario?
-Sí.
- ¿Y tu papá es don Marco Flores?
-Que sí.
- ¿Y nomás veniste a ver a tus abuelos?
-Sí...-Lili estaba perdiendo la paciencia.
- ¿Y estás estudiando Ingeniería en no sé qué?
-Sí.
- ¿Y te gusto?
-Sí... ¡Digo no!-exclamó Lili con enojo. ¿Cómo había podido caer en una trampa tan tonta?
- Te gusto, ¿entonces quieres ser mi novia?-preguntó Alejandro arrastrando las palabras. Atzín la prima se puso roja, pero no del coraje, sino por aguantar la risa.
-Explícame a los hiperbóreos y luego veremos-Lili estaba molesta. ¿Cómo habían llegado a ese punto?
-¿Hiperquién?-y para acabar, era sordo-. ¿Eso es un sí?-sordo no: menso.
-Llegamos-anunció Atzín fingiendo indiferencia. Lili la maldijo en silencio porque sabía que por dentro se burlaba de ella.
El chico, Alejandro detuvo la camioneta en frente de una casa de dos pisos que estaba junto a la carretera pavimentada y un canalito de cemento; habían varias casa más, pero lo suficientemente alejadas entre sí para que cada una tuviera una pequeña milpa y un corral para un par de borregos. La casa de los abuelos tenía las paredes pintadas de blanco y muchas flores que Amá Grande cuidaba con esmero. Una camioneta desgastada ya estaba estacionada junto al corral, lo que significaba que la abuela ya estaba ahí.
Lili empujó a Atzín para que saliera pronto, algo que afortunadamente su prima obedeció.
- ¿Hiperbóreos?-susurró Atzín en la oreja de Lili.
-Fue lo único que se me ocurrió-cuchicucheó Lili.
- ¿No me invitas a pasar?-quiso saber Alejandro con ya demasiada coquetería, recargado en el cofre de la camioneta.
Aquello molestó más a Lili. Sí, agradecía que él las hubiera traído, pero de eso a meterlo en la casa de SU sacrosanta abuela como Pedro por su casa, había una diferencia abismal.
-Mira, amigo, 'hiperbóreos', ¿recuerdas?-dijo Lili con calma, a pesar de que se sentía muy molesta-. Y 'shinigamis'; si no eres capaz de explicar al menos esas dos cosas, no podremos pasar más de dos minutos sin que me aburra. GRACIAS por el viaje, adiós-y se dio la vuelta para entrar a la casa.
-Espera...
-Déjala en paz-intervino Atzín con más indiferencia-. No te conviene, es perfeccionista, ambiciosa, lee libros y esas cosas que la gente sataniza.
Aunque, Atzín también leía libros.
- ¿Y?
-¿Podrías darme las llaves del carro de mi tío?-Atzín ignoró lo último. El chico se las dio, con una mueca que intentaba ser una sonrisa-. En serio, amigo, no molestes a Lili. Gracias por el viaje-añadió rápidamente y también entró a la casa.
El chico miró la casa con cierta altanería.
-Locas-murmuró Alejandro.
Lili olvidó su pequeño enojo muy rápido. ¿Por qué? Porque al entrar a la casa, se dirigió rápidamente a la cocina (olvidamos que no pudo comer nada debido a la noticia del incendio), pero antes de entrar escuchó voces y se quedó parada.
-Vamos, ma', no se ponga triste-decía la voz de tía Karen-. Mi hermana Estela ya no está, ya no hay que sufrir por ella.
-Además, Alma es una malagradecida, no vale la pena pensar en ella-esa voz gruesa era del tío Lucas-. Y mi hermano Saúl no tarda en llegar.
-No me entienden-el tono de Amá Grande era duro-. Ya casi se cumplen cuatro años de que mi Estela se... fue, ¿a poco creen que este dolor en mi pecho desapareció...?
La voz de Amá Grande... ¿Era dolor?
-Todos la extrañamos porque mi hermana era lo que era, pero también fue una mujer muy buena-declaró tía Karen bajando la voz.
Lili quiso entrar, pero ese le pareció un momento tan íntimo de su Amá Grande que se sintió una intrusa.
-... Y mis nietos-musitó Amá Grande-. Mi Esmeralda, mi Daniel... ¿Por qué nadie sabe dónde están?
-Alma dijo que una familia los adoptó...
-Eso dice ella-dijo tía Karen con desdén-, pero si Alma hubiera luchado en serio, mis sobrinos estarían viviendo con ella y no con quién sabe quién.
- ¿A poco tú te harías cargo de hijos ajenos?-el tono insidioso del tío Lucas molestó a Lili.
-Yo no soy Estela-respondió tía Karen, demasiado pronto-. Bueno... perdón, mamá...-añadió, tratando de reparar su error-. Es que, ya no tiene caso que te preocupes, amá. Esme y el chico ¿Daniel Rick? están bien, Alma dice que los mandaron con una buena familia...
-Saúl cree que la mamá de Rick, la verdadera, lo reclamó...-cuchicucheó el tío Lucas.
-Ese sinvergüenza...-gruñó Karen.
- ¡Esa mujer no!-Amá Grande se sobresaltó.
-Es rica, mamá-dijo el tío Lucas bajando la voz-, lo sabes.
-Es rica pero abandonó a su niño-replicó Amá Grande enojada-. Seguro lo trata como otro de sus sirvientes...
-Mamá...-tía Karen habló más bajito-. No tiene caso buscarlos porque acá nadie puede hacerse cargo de ellos... ¿Mamá?
- ¿A dónde vas?
-...-Lili escuchó los pasos de su Amá Grande y se alejó de la puerta, haciendo como que estaba ahí de casualidad.
-Buenas, Amá Grande-saludó Lili tímidamente cuando la vio salir de la cocina.
-Come y lava tu plato-ordenó la abuela sin mirarla y sin detenerse.
En seguida la tía Karen salió, tan pálida y sudorosa como si hubiera visto un fantasma. Parecía preocupada, pero Lili intuyó que no era por lo que había estado hablando con su madre.
- ¿Y mi Emiliano? ¿Y mi Gabo?-le preguntó bruscamente la señora Karen a su sobrina Lili, antes de que ésta dijera algo.
"Madre sobreprotectora" pensó Liliana. "¿Cómo se puede preocupar de ese mocoso de Gabo? Sólo se fue a jugar por ahí, seguramente se le olvidó ir al río".
-Pues... Gabo estaba aquí en la mañana con Itzel, cuando me desperté-explicó Liliana vacilante-. Luego dijo que iba a pajarear-cazar pájaros- y que nos alcanzaría en el río. Emiliano estaba allá con nosotros, ¿no?
La tía Karen no necesitó escuchar nada más para luego salir del lugar, dejando a Liliana muy confundida porque tenía ganas de preguntarle muchas cosas sobre los hijos de su tía Estela.
Una vez se quedó sola, la chica ignoró su breve encuentro con su tía Karen y luego se puso a reflexionar.
Lili no sabía qué pensar sobre todo lo que había escuchado (de la conversación entre su tía Karen, el tío Lucas y Amá Grande). En primer lugar, Liliana no debió de haberlo hecho, pero ante la oportunidad de saber algo sin ser descubierta no pudo negarse.
Así que... la muerte de tía Estela le dolía más a la abuela de lo que Lili quería admitir. Perder un hijo debería de ser un infierno, eso era seguro. Y por eso, era una piedrita en el arroz el puro hecho de pensar en una Amá Grande que sufría; no en una mujer fuerte y rígida, aunque amable con Lili, como solía ser.
Además. estaban sus primos, ¿Esmeralda y Rick Daniel? Cuya familia adoptiva nadie conocía... Y resultaba que Daniel no era hijo de tía Estela, porque tía Karen había dicho que ella misma no era capaz de hacerse cargo de "hijos ajenos", y quizá su verdadera madre (una mujer rica) hubiera reclamado a Daniel. Lo curioso era que todo aquello enfadaba a Amá Grande demasiado. ¿Le molestaba el saber que Daniel no era su nieto biológico o que la tía Estela hubiera adoptado a alguien ajeno a la familia?
Lili reflexionaba todo esto mientras se dirigía a la habitación de sus padres en el segundo piso.
Sin embargo, el chico no podía ser totalmente ajeno a ellos, porque conociendo a los adultos de la familia Flores, todos eran muy reservados sobre con quién emparentarse, ¡si por eso le habían dejado de hablar a tía Estela! Por haberse casado con un judío... ¡Oh! Pero tía Estela no había sido tan cerrada como sus parientes.
"Aún así, tiene que haber una razón muy fuerte para que te hagas cargo de un niño ajeno como si fuera tu hijo", pensó Lili a la vez que buscaba una fotografía en unos de los cajones que había bajo la cama de sus padres. "No así como así. Mmmm... ¿Y si es hijo de un familiar y tía Estela lo cuidó por eso? Pero eso no explica por qué sus verdaderos padres no se hicieron cargo de él."
Y entonces Liliana la encontró. La fotografía estaba escondida en un pequeño álbum que su padre Marco tenía de su hermana, uno que había comenzado unos años atrás. Esa era la última foto que Marco y Lili habían pegado. En su momento a Lili le había parecido irrelevante, pero ahora, sabiendo lo que sabía, no pudo evitar examinarla con interés. El título decía "Día del niño, 1996 [Alma, William, Arath, Esme y Rick]". En ella se veía una amplia sala con paredes color salmón, adornada con globos de colores y figuras de cartón para niños. La tía Alma, una mujer delgada con facciones afiladas y bonitas, tenía una expresión de enfado mientras correteaba a un niño de dos años que estaba disfrazado de pollito; el hijo de la tía Alma, Arath, un alegre niño rubio, estaba parado frente a la lente, disfrazado de Superman y señalando sus bíceps de plástico; Esme era una niña regordeta, cuyas mejillas sonrojadas y redonditos ojos pequeños eran adorables, ella estaba junto a Arath y lucía un traje de Blanca Nieves; por último, estaba Daniel, un mini Robin Hood muy feliz. Si se lo preguntaran, Lili hubiera afirmado que que él sí era su pariente, porque era morenito como su familia (excepto por Lili y Arath, que eran blancos), aunque en un tono mas claro. Pero si se fijaba en sus grandes ojos redondos (muy expresivos, por cierto), no sabría qué decir; es decir, eran café muy claro, un color que recordaba los colores dorados del atardecer, pero en el ojo derecho se reflejaba tenuemente la luz de una lámpara y el iris parecía gris, como si sus dos ojos fueran distintos.
- ¿Eso es posible?
-Toc, toc-alguien mas tocó la puerta e imitó el ruido.
- ¿Quién es?-Lili sonrió.
-La muerte y vengo a verte-Atzín entró con desgana-. ¿Qué onda con tu novio Alejandrito?
- ¡Cállate! Oye, ¿sabes algo de los hijos de tía Estela?
-Nop y como no están aquí, no me interesa.
Alejandro García, el rebelde por naturaleza, estaba caminando por la placita del pueblo. Con las manos en los bolsillos y la mirada bailando desde la falda de una joven que salía de una tiendita, hasta su pequeño escote, no se fijó por dónde iba hasta que casi chocó con dos personas que venían en dirección contraria.
-Fíjate por dónde vas, p*ndejo-gruñó uno de ellos.
Alejandro no quiso hacerse a un lado, es más intentó darle un empujón al otro como señal de que estaba de mal humor, pero uno de los otros chicos jaló a su compañero. Frente a Alejandro estaban los adolescentes Justin Flores Mesquital y Emiliano Doh Flores (¡Qué suerte tenía Alejandro! Esos dos eran primos de 'esa loca chica' llamada Liliana).
Justin, hijo de Saúl Flores y Cristina, era un muchacho alto (más que Alejandro), cuya ancha frente y rostro ovalado, enmarcaban su expresión de suficiencia; Alex lo conocía bien, ¿cómo no conocer al hijo del mejor coyote de la región? A Alejandro, Justin no le agradaba. En cambio el otro muchacho, Emiliano también era alto, pero muy flacucho, tenía el pelo muy alborotado (al parecer, no conocía el peine) y la nariz muy larga; Alex lo conocía sólo porque era el portero del equipo de fútbol de la región, pero nunca le había hablado.
-Nomás no los mato porque son mis cuñados-refunfuñó Alejandro, moviendo los hombros para relajarse.
- ¿A poco andas con mi hermanito Gabo?-replicó Emiliano burlón. Justin rió.
-No, es tu prima la Liliana-ahora Alejandro se rió cuando las sonrisas de esos dos se borraron.
-Esa creída no atrae ni a las moscas-dijo Justin con altanería.
-No molestes a mi prima-dijo Emiliano sin enojarse.
-Quítense de mi camino que queriendo, los mando a tragar comida de perro-Alejandro chasqueó sus dedos frente a sus caras.
-Queriendo, yo te mando a matar-escupió Justin.
-Acá el que tiene dinero soy yo, indio mugroso.
En ese punto no necesitaron palabras para saber a dónde iban las cosas. Los músculos tensos, la hostilidad, las miradas desafiantes... realmente querían pelearse. Porque Justin y Alejandro siempre eran dos balas perdidas esperando el momento para causar estragos. Ese era el momento.
Dado el historial de peleas que Alejandro conocía de él, sabía que Emiliano también iba a continuar con la pelea. Pero al parecer hoy los primos Flores tenían prisa, porque Emiliano jaló la camisa de Justin y le dijo en un murmullo:
-Primero encontramos a mi carnalito Gabo-hermanito Gabo-. Ya después le rompemos la cara a este p*ndejo.
- ¿A poco ustedes pueden conmigo?
En ese momento una blanca camioneta se detuvo junto a ellos, más bien, frenó junto a ellos. Algo suficiente para distraerlos momentáneamente.
Entonces la puerta del copiloto se abrió y pudieron ver el interior. El conductor era un hombre fornido, cuyo rostro cuadrado estaba repleto de arrugas, pero su barba lisa y negra, y su expresión de dueño y señor, mostraban autoridad para muchos años más. Llevaba puesto un sombrero y una chamarra de cuero. Era don Fernando García, dueño y señor de casi todo en el pueblo de La Biznaga.
-Súbete, muchacho-le ordenó el señor a Alejandro.
El nieto de Fernando García les hizo una mueca de desdén a los otros dos y luego subió como si fuera el mejor del mundo. Luego la camioneta salió disparada. Justin y Emiliano no pudieron hacer nada.
-Te ibas a pelear con esos escuincles, ¿verdad?-inquirió don Fernando entonces.
-Es que su prima se me hace la difícil, pero está loca.
-¿Eran de los Flores?-aunque no miraba a su nieto, el hombre preguntaba sin interés.
-Sí, es una vieja que se cree la gran cosa porque viene de la capital.
-Me acuerdo de que había una palomita bien hermosa en su familia-comentó don Fernando suavizando su tono de voz-, Estelita era re'chula-muy bonita-, la condenada estaba muy flaca-delgada-, pero tenía unas piernotas que te llevaban al cielo.
Aquello captó el interés del más joven, Alejandro.
- ¿Y luego?
-La tumbé debajo de un nopal y la desfloré-contestó el señor como si nada-. Luego la p*ndeja voló a los United States con su hermana Alma, que's que porque me tenía miedo. De puro coraje, corrí a su hermano de mis peones, Saúl, y él también se largó, y cuando lo volví a ver, ya era un coyote hecho y derecho.
- ¿Y eso qué?-a Alejandro ya le estaba aburriendo la historia de su abuelo.
-Pos que esas viejas-mujeres- sólo sirven para calentarle la cama a los poderosos como tú y yo. Chamaco, no dejes que esa niña te caliente la cabeza...
- ¿Cómo crees?-resopló Alejandro con seguridad.
-... Porque vas a pagar muy caro.
-Ella ni si quiera me gusta.
- ¿Entonces pa'qué la molestas?
-Por que Marco Flores me agarró de su chofer (¿quién cree que es?); yo lo iba a mandar a volar, pero como vi que en su camioneta estaban dos chamacas fuereñas, quise divertirme un ratito con ellas. Esa Liliana parecía inocente y tonta, ¡pero quiso humillarme con sus chingad*ras de hipernosequé y sus chiniyamis! No me voy a dejar de una vieja así-añadió enfurruñado.
Don Fernando se encogió de hombros, dándole la razón a su nieto.
-Por cierto, ¿tú qué haces aquí?-quiso saber Alejandro sin salir de su repentino mal humor-. Pensé que estabas en la capital, arreglando negocios.
-Ya los terminé...-el señor alzó su labio superior a modo de sonrida-. Allá encontré a unos gringos están interesados en que les preste mis tierras para sembrar sus yerbitas mágicas y van a venir en unas semanas.
-Ah, por cierto, se quemó Cerro Viejo-añadió Alejandro, apenas acordándose de eso.
-Ya lo sé, vamos para allá; pero el capataz me dijo que no es nada...
-Pero si son tus tierras favoritas.
-Na, si los gringos deciden invertir acá (y lo van a hacer porque no hay mejor opción), voy a ganar cinco veces más de todo lo que me rendía la siembra de Cerro Viejo en un año.
- ¿Y también van a venir gringas buenotas?-preguntó Alejandro con ilusión.
-Quién sabe, no sé a quiénes nos van a mandar. Pero tú, hijo-puso una mano en el hombro de su nieto-, los vas a apapachar, los vas a tratar como reyes y si viene una gringa con ellos, la enamorarás; mientras, yo también los convenzo y así los dos haremos negocios jugosos.
-Trato hecho-aceptó Alejandro contento.
Unos minutos después, abuelo y nieto llegaron a la casona que era la 'base' de los plantíos de Cerro Viejo. Había varios coches estacionados y hombres reunidos en el porche de la casona. Don Fernando se estacionó y salió; su nieto se quedó en la camioneta porque no le interesaba saber qué había sucedido en el incendio. Sin embargo, cuando vio que su abuelo se puso a hablar con el capataz y notó que el rostro del señor se ensombreció de pronto, Alejandro García supo que algo estaba mal. Muy mal.
Algunos primos Flores estaban reunidos en el comedor de la casa de Amá y Apá Grande. Era una habitación que tenía una larga mesa que el tío Abel había hecho él mismo (sus asientos no eran más que dos tablas sostenidas por blocks), una chimenea de ladrillos, un gran estante lleno de trastes, un refrigerador y una estufa negra.
El primo Justin estaba vaciando la comida del refrigerador, en tanto ponía al corriente a Liliana de los lugares en los que habían buscado a su travieso primito Gabo; mientras Itzel y Sidny corrían por ahí. Liliana estaba recargada en la mesa con ganas de no estar ahí.
En ese momento llegó la prima Carolina, una chica que a Lili le había caído bien... hasta que descubrió que Caro había dicho que Lili andaba con X cantidad de chicos a la vez. Caro venía con el tío Abel.
-Ya llegué, amá-anunció tío Abel cansado.
- ¿Qué onda, Abel? ¿Qué pasó allá?-Justin corrió a interceptarlo.
Tío Abel no sonrió como siempre lo hacía.
-Gabo y otro niño estaban en el incendio.
Lili pensó que el clima estaba loco, ¿cómo es que el frío se había colado en esa casa?
Oh, hum, ¿buenos días, señor Russell?
Yo… soy Karim, me, ¿me recuerda?, ¿sabe quién soy? Espero que sí porque si no, usted pensará que estoy un poco loca por escribirle.
Esto… perdóneme por la molestia, ya sé que está muy ocupado, señor Russell, pero es una tarea de la escuela primaria (¡sí, llegué a la primaria y pronto me graduaré!). ¡Discúlpeme! Es que apenas estoy aprendiendo esas cositas sobre postales y saber, ¿cómo dijo el profesor? Expresarme bien, eso. Por eso el profesor Paul Blofis nos pidió que tuviéramos un corresponsal y como encontré anotada su dirección entre los libros de Ghan, se me hizo fácil… digo, podría escribirle a Ghan, pero él está muy cerca y podría burlarse de mí y usted está lejos y si se quiere reír… ¡Digo! Olvide eso último, por Dios, ¿cómo se puede borrar esta tinta Hefesto Indeleble? ¡Sabía que no debí de haberla comprado a Beckendorf!
Quiero decir, no es como que yo piense que usted es un inmaduro que se burlará de lo que escribo, pero es mejor que no esté cerca de mí cuando lea esto; es que soy un poquito… bueno, me da mucho miedo que la gente se ría de mí, con trabajo soporto a Ghan cuando se le ocurre tomarme el pelo.
Bueno, hum, por favor no se moleste, yo sólo necesito un corresponsal para cumplir con mi tarea. Es más, ignóreme si le molesto, pero por favor, déjeme seguir escribiendo para que el señor Blofis no me repruebe. Es que aparte de la dirección de Ghan y la suya, no tengo otra; quise poner la del Campamento, pero Ghan me llamó "tonta" por eso.
Lamento muchísimo todas las molestias,
Suya,
Karim.
Suria terminó en este punto y dobló la carta con cuidado.
De vez en cuando, cada vez que se sentía realmente fastidiada, ella tenía la necesidad de sentarse a leer con calma y perder su mente en asuntos ajenos (como aquella carta que iba dirigida a Russell y que ella poseía). Realmente disfrutaba la lectura de un escrito griego, tal como un masaje en el cuello.
- Tienes una llamada, es la señora Dagmar.
Y la burbuja de tranquilidad se rompió con la voz de Jamil, quien acababa de entrar en la habitación de Suria.
Ambos se miraron sin transmitir sentimiento alguno. Bueno, ese era el caso de Suria, porque los ojos de Jamil gritaban "ansiedad".
- ¿Qué es eso?-inquirió Jamil en un murmullo, señalando la carta que Suria tenía.
-No te importa-dicho eso, Suria salió para recibir la llamada en el teléfono que estaba en el pasillo.
Jamil no supo qué decir. Tenía dieciocho años y su hermana diecinueve, pero ninguno sabía cómo arreglar la hostilidad que había entre ambos; o más bien, Suria como toda orgullosa hermana mayor no estaba dispuesta a arreglar el caso, porque Jamil era el único que quería llevarse bien con ella.
Hubo una vez en la que el propio Russell, fastidiado por la apatía entre los hermanos Paz, quiso que hicieran las pases. Pero desistió con el tiempo. Jamil supuso que fue porque Russell se enteró del origen de esos problemas. Quizá se enteró de lo más vergonzoso que Jamil había hecho en toda su vida, de lo que Jamil se arrepentiría toda su vida...
-Seguramente por eso Russell también me odia-se lamentó Jamil con pesadez-. Soy una basura...
El sonido de un aleteo llamó la atención de Jamil, quien miró hacia arriba y vio que en lo alto del armario estaba una jaula con una paloma dentro. El chico la reconoció de inmediato, pues era la mascota de Suria.
- ¿Sigues aquí?-le preguntó al animal-. Tu jaula está abierta, puedes irte.
El animal lo ignoró y prefirió beber de su bebedero.
Jamil la miró con enojo. Esa paloma, a diferencia de él, tenía la absoluta libertad de hacer lo que quisiera, ¿por qué no se largaba de ahí para disfrutar de su libertad?
No, la pregunta era: ¿Por qué Suria la había adoptado? Ella era una hija de Ares, ella por naturaleza no congeniaba con los animales, ¿por qué había tenido el capricho de atrapar esa ave cuando ésta llegó sujetando una carta (que Jamil no leyó) en sus patas? Si ella fuera hija de Afrodita lo entendería, porque las palomas eran las aves del amor. Pero como Suria era hija de Ares, entonces Jamil estaba confundido.
Era como intentar comprender por qué Russell había adoptado cachorritos de monstruos como si fueran perritos callejeros.
-Vete-ordenó Jamil entornando los ojos-. Se libre.
El ave no hizo caso. Jamil la miró intensamente.
-No es posible.
En su lamento, Jamil pudo escuchar la dura voz de Suria, proveniente del pasillo. Por eso el muchacho se asomó al pasillo con timidez.
- ¿Y por qué no envían a Russell?-preguntó Suria con fingida calma, aunque por su expresión, Jamil se dio cuenta de que estaba maldiciendo por dentro.
Su interlocutor dio una respuesta un poco larga. Suria arrugó la frente, más enojada.
-Su trabajo no es algo que tome mucho tiemp...
Al parecer, el interlocutor interrumpió a Suria.
- ¿Y por qué yo?
La respuesta del otro, al parecer, no fue del agrado de Suria.
-Oye, tú no...-Suria intentó decir algo, pero luego dejó el teléfono en su lugar con exceso de fuerza-. Me colgó-refunfuñó.
- ¿Pasó algo?-quiso saber Jamil.
Suria lo miró con los ojos envenenados con enojo.
-No era Dagmar, era uno de los sirvientes de su marido-dijo indignada.
-Oh...-Jamil seguía sin entender.
-Quieren que vaya a México a abrirle negocios al "Señor"-enfatizó.
- ¿Qué?-Jamil se sorprendió y se molestó. ¿Iban a enviar a Suria a otro país contra su voluntad?-. ¿Por qué?
-Como descendemos de latinos, piensan que me entenderé mejor con ellos-respondió Suria con asco.
- ¿Y si tu jefe te quiere quitar de enmedio?-especuló Jamil un poco asustado de esa idea.
- ¿Y por qué querría hacerlo?-se burló Suria-. Soy su mejor... guerrera.
-Pero...-Jamil no sabía cómo decirlo-. ¿Y si descubrió que eres la amante de su esposa...?
- ¡¿Quién te dijo eso?!
Jamil se mordió la lengua.
- Esa chica... Bernardette me lo dijo-respondió lentamente-. ¡Suria!-exclamó-. Por favor, ya no sigas metiéndote con la señora Dagmar... ¡Deja...! ¡Deja de trabajar para ese "Señor"!
Suria no aguantó y le dio un puñetazo a su hermano en el estómago. El chico inmediatamente se dobló de dolor.
-Uno: es imposible que mi jefe descubra lo de su esposa-habló con ira contenida- y será mejor que no abras tu asquerosa boca porque te mato...
- ¿Por... por qué estás con ella?-gimoteó él sin recuperarse-. Es... peligroso.
Suria guardó sus palabras un instante.
-Dos-dijo al fin, omitiendo las últimas oraciones de su hermano-: mi trabajo nos alimenta a tí, a mamá y a mí, y nos da seguridad...
Entonces Jamil se dejó caer de rodillas al piso y dejó de quejarse, pero no levantó la cara.
-No creas que no sé lo que haces-susurró-. Sirviendo a un "Señor", haciendo trabajo sucio para él... atacando a gente sólo porque te lo ordenan...
-Míralo desde otro punto de vista-gruñó Suria-: estoy usando mis habilidades como corresponde. Y-alzó la voz al notar que su hermano iba a hablar otra vez- si me salgo de ahí... nos matan a los tres. ¿Quieres morir?
Jamil no contestó. La respuesta era obvia, "no".
-Párate-Suria pasó a un lado de Jamil, cuidando de pisar un pie de su hermano-. Pareces perro... ah, me equivoqué. Tú ERES un perro.
...
...
...
...
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...
Glosario (mexicanismos).
Maizal: sembradío de maíz.
Petatearse: morirse.
Chamaco: niño.
Gringo: estadounidense.
Jefe (a): usualmente hace referencia a papá y mamá.
Disculpen los insultos como 'p*ndejo', 'p*nche' o 'no m*mes', quise evitarlos, pero se me hace algo tan cotidiano entre nosotros que podría (para Rick) marcar la diferencia entre México y USA.
¡Hola!
Estoy viva, estoy viva. Sí, se que prometí el capítulo en dos semanas, y ya lo tenía, pero como hablaba sobre lo que sucedió con Suria y Russell en estos 3 años, no me pareció relevante enfocarme en eso, lo importante son sus secuelas.
¿Qué les pareció esta familia? No miento, la basé en la mía y no por eso dejen de criticarla, ya sé que mi familia es muy egoísta.
No sé si lo había dicho, pero mi caso es como el de Lili (yo vivo en la cd. y de vez en cuando voy de visita al pueblo), aunque en carácter soy más como Atzín. Lo del señor dueño de casi todo no es broma, en mi pueblo hay una familia "todopoderosa" que me caía muy mal.
En el siguiente pondré el árbol genealógico, para que sepan quién es pariente de quién.
Por favor, sé que es bastante meter a nuevos personajes, pero sólo pido que así como al leer "El ladrón del rayo" le dimos una oportunidad a Percy y su pandilla, también se la demos a estos chicos.
Sé que lo agradecerían mucho.
¡Oh! ¿Y qué onda con Suria? (Inserte hipótesis aquí).
¿COMENTARIOS, POR FAVOR?
Cuiídense mucho,
yo
