−No tiene sentido que nos quememos aquí fuera. Volvamos y sigamos hablando. – El ángel miró a la mujer y le pareció verla preocupada.

− Recuerdo que habías tenido un problema con tu prima ¿Qué tal con aquello?

Kella lo miró con las cejas arqueadas. No parecía posible que cambiase de tema con esa rapidez, además, no recordaba haberle mencionado a nadie lo de su prima ladrona. No obstante, ambos volvieron por donde habían venido. Kella con paso delicado y sinuoso, el Jinn cojeaba, pero andaba firme.

Mientras tanto en el mercado, el patriarca dio la vuelta a la mochila sobre la mesa del puesto para revisar el contenido, no se molestó en separar lo que estaba a la venta de lo que no, después de todo, los soldados solían llevar encima cosas de valor sentimental, nada útil. Por las calles paseaban personas con paso perezoso, aún era pronto, pero ya había gente dispuesta a regatear. Un par de soldados pasaron por delante del puesto y uno de ellos llamó la atención del otro con un codazo antes de de señalar a la mesa del patriarca.

−Tú, eso es de un soldado ¿De dónde lo has sacado?

−Uno de esos muchachos, ya sabéis, estaba desesperado por sacarse algo de dinero y me lo dio todo. – Contestó con mucho cuidado.

− ¿Sí? Y ¿Quién era el pobre desgraciado?

− Er… no lo sé, un tipo de pelo rubio, pero no fue por aquí.

− ¿Sabe lo que le digo? Que me quedo la placa. ¿Quién sabe? Puede que me lo encuentre un día.

El patriarca le vendió la placa apresuradamente, cualquier cosa con tal de deshacerse de ellos, no le daban buena impresión. Y tenía razón, pero venderles la placa fue lo peor que podía haber hecho. Solo se dio cuenta de su error esa tarde al ver al Jinn cuidando de uno ce los chicos que parecía haber sufrido una insolación. Al día siguiente y contrariamente a lo que solían hacer, se marcharon. Si no lo hubieran hecho, hubiesen tenido una desagradable visita.

El Jinn caminaba tirando de un camello testarudo. Kella no iba demasiado cargada así que andó un poco más deprisa y de puso a tu altura.

− Jinn, cada día que sale el sol estás más triste, y cada vez que se pone la luna lo escondes mejor.− Kella se había tomado como una misión personal descubrir qué le pasaba. Entendía que echaba de menos su vida anterior, y que le habían robado algo muy importante, y que por algún motivo, se negaba a confiar en nadie. Pero a pesar de todo… no lo entendía, tenía una vida simple en la que no pasaba hambre ni frío ¿Por qué no podía dejar pasar todo aquello y quedarse con ellos?

− Kella, agradezco que te preocupes, pero no puedes hacer nada por mí así que te recomiendo que lo olvides.

− Puedo ser muy testaruda.

− Cuando no puedes solucionar un problema, es mejor aprender a convivir con él, o te destrozará.

− Deberías aprender de tus propios consejos, Jinn.

− Tienes razón, Kella, pero soy mi peor alumno. Por cierto, aún no te he felicitado.

− ¿Por qué?

− Por el niño, por supuesto.

− Aun no se lo he dicho a nadie. – Al Jinn se le puso cara de culpabilidad. – A veces estoy tentada a creer que de verdad eres alguna clase de demonio. Solo hace tres meses. – Comentó ella sonriendo − y es mi primer hijo.

− ¡Jinn! ¡Te llaman!

Era el patriarca, que quería poner al Jinn sobre aviso. Ya hacía bastante del incidente con los soldados, pero sospechaba que lo andaban buscando y no podría quedarse una vez que lo encontrasen. Le pidió que anduviese muy atento y que se dejase ver lo menos posible.

Empezaron a ver más soldados cerca del campamento, pero nunca directamente sobre ellos. Cada vez que parecía que se acercaban, todos se volcaban en la tarea de hacer pasar al Jinn por uno de ellos. El Jinn de sentía agradecido, verdaderamente agradecido, pero también se sentía culpable por ponerlos en peligro. No quería marcharse, pero si no lo hacía pronto, tarde o temprano le encontrarían, y culparían a la tribu de su desaparición.

Sin embargo, el Jinn no tuvo el valor de abandonarlos e incluso llegó el día en que vio al hijo de Kella. Ella lo había llamado como a un amigo para que lo viese. Un pequeño muy moreno, de pelo ensortijado y manos oscuras que enseguida se aferraron al dedo del ángel. El Jinn no llegó a sonreír hasta medio minuto después. Todos lo atribuyeron a la impresión. Todos menos Kella, ella conocía al Jinn mejor que nade y sabía que había visto algo. También sabía que si le preguntaba, él solo diría "no pasa nada, Kella, todo va a salir bien, Kella, tienes un niño precioso".

El Jinn salió de la tienda, y sus pasos dejaron un reguero de huellas desiguales. Tragó saliva y miró a lo lejos. Llevaba tiempo notando algo extraño, algo que no iba bien, pero sin poder identificarlo. Creía que eran soldados acercándose, no se esperaba que el hijo de Kella estuviese enfermo. No iba a decírselo, pero lo más probable era que solo durase unos meses, un año a lo sumo si él se quedaba y ejercía de médico.

No podía pasar nada peor.