Capítulo XI
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"Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas.."
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Corría con prisa mirando mi reloj, tenía que estar en clase a las ocho, me quedaban cinco minutos y casi un kilometro de campus que cruzar. Escuché mi teléfono móvil y con el saltó que di, gracias a la estruendosa melodía que le había puesto, para poder escuchar las llamadas, dejé caer un par de libros que acababa de recoger en la biblioteca. Me agaché para recogerlos, pero entonces el bolso que colgaba de mi hombro se deslizó, cayendo también.
Bufé molesta, y comprendí que por más que lo intentara, no llegaría a la primera clase.
- Hay que levantarse más temprano.
Hablé sola.
Recogí mis libros con calma, y resignada contesté el teléfono.
- Hola – saludé, sabiendo que se trataba de Léana.
- Vaya, pero si finalmente te dignas a responder – rió con sarcasmo.
- No siempre puedo contestar – le repetí algo que había dicho más de una vez, desde que había venido a vivir aquí.
- Cualquiera pensaría que no me quieres contigo el fin de semana – continuó quejándose entre risas.
Creo que desde que me había venido a vivir aquí, para retomar mis estudios, era a Léana, a quién más extrañaba de Nueva Orleans. Pasadena era un lugar agradable, pero dado que no era una persona de muchos amigos, me costaba ambientarme, aunque la soledad tampoco estaba mal.
De eso hacía tres meses, cinco desde la última vez que había visto a Bill.
- ¿Pero qué comes que adivinas? – bromeé.
- Todo lo que prepara mi madre… - respondió con el mismo tono de diversión.
- Ah, claro… estaba pasando por alto ese importante detalle.
Tessa también era medio adivina.
- Harías bien en no olvidarlo – sonrió.
El estómago me sonó, ante la ausencia de desayuno, y ya de paso, la cena de la noche anterior. Al menos algo bueno había, en perderme la primera clase.
- ¿A qué hora llegaras? – pregunté.
- Sobre las ocho – habló animada – podemos salir por ahí a cenar, o al cine, o a una pizza, o a bailar…
- Tranquila, que estarás aquí tres días – intenté calmarla – nos dará tiempo para todo.
- Y para hablar – me instigó.
Léana tenía una fijación con hablar.
- Y para hablar – acepté con cierto tono de resignación.
- En la playa… - agregó.
- A este paso tendrás que pedirte unas vacaciones más largas – le advertí.
- Ya lo arreglaré para la siguiente – rió.
Corté la llamada unos minutos después. Notando la calidez del sol que comenzaba a calentar el día. Mi estómago volvió a sonar, y decidí aprovechar los minutos que me quedaban, en un buen desayuno.
Cuando estuve en la cafetería, pedí lo habitual, un café negro y un croissant. Me senté en un rincón algo alejado, y comencé a leer el índice del libro de Delval, sobre el desarrollo humano.
- Es un buen libro – escuché una voz junto a mí, y acto seguido vi a Jason, mi compañero en una de las asignaturas, que se sentaba frente a mí.
Abrí la boca algo intimidada.
- Ah… pues… no lo he leído aún – cerré el libro de un golpe.
- Lo vimos el año pasado con el profesor Schilling – comenzó a contarme.
- Oh…
Fue todo lo que me salió decir.
Y la verdad es que no era ciega, sabía que el chico estaba interesado en mí, pero yo no en él.
- Tengo que irme… - hablé dándole un mordisco al croissant, e intentando mantener una sonrisa, ordenando con cierta prisa mis libros.
- Claro…
- Ya he faltado a la primera clase, no quiero perderme también la segunda – comencé a explicar, quizás más de lo necesario, el motivo de mi partida.
- Ya nos veremos – aceptó él.
- Sí, desde luego… - apresé los libros contra mi pecho y me colgué el bolso.
- Hoy tengo la última clase con Baker – me aclaró.
- Ah… bien… nos vemos entonces… - no me quedó más que encogerme de hombros y sonreír, antes de darle la espalda a aquel atractivo chico de metro noventa, cabello castaño, y preciosos ojos celestes.
A veces me preguntaba, cómo ahora que me alejaba, qué era lo que había sellado de este modo mi alma.
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El aeropuerto de Los Ángeles, es uno de los más transitados, ya que por él se movilizan una cantidad, no despreciables, de artistas y personas dedicadas al espectáculo, de todos los tipos, además de encontrarse en una apreciada zona turística. Y quizás por eso mismo, no se me hacía extraño ver cada tanto, pequeños grupos de personas esperando el desembarco de algún famoso. Aunque claro, la seguridad también hacía lo suyo.
El vuelo que traería a Léana desde Nueva Orleans, había aterrizado hacía diez minutos, así que ahora mismo estaba frente a la puerta de salida de los vuelos nacionales, esperando a ver el rostro sonriente de mi amiga, que por el entusiasmo que parecía haber puesto en este viaje, no me extrañaría que apareciera con lentes oscuros y un sombrero para el sol, cuando ya estaba atardeciendo.
- ¡Hola! – la escuché desde los metros que nos separaban, haciendo gestos más que evidentes de alegría.
Yo levanté la mano y le hice un gesto de saludo, ya que pensaba que ella había gastado efusividad por las dos.
En cuanto se acercó me dio un abrazo tan apretado, que casi me deja sin aire. Y yo se lo respondí con el mismo afecto. Léana, a pesar de lo poco que se lo decía, era una de las pocas personas que me conocía, y me quería a pesar de ello.
- ¿Qué tal viaje has hecho? – le pregunté, una vez que me soltó, tomando su maleta, ya que ella traía otro bolso más colgando del brazo.
- Oh muy bueno… un par de horas apenas se notan – respondió con alegría,
- Me alegro mucho.
- ¿Qué haremos primero? – quiso saber.
Yo estaba medio muerta, después del día que me había tocado. Intensivo por la mañana y un par de horas en la cafetería en la que había conseguido un trabajo de medio tiempo. Era habitual que los jóvenes consiguieran trabajos como este, en Los Ángeles, aunque la mayoría de ellos lo hacía para estudiar teatro o danza. Cuando me preguntaban qué estudiaba yo, y respondía psicología, se me quedaban mirando un instante, antes de soltar su conocido.
"Oh, bien"
- ¿Qué quieres hacer? – le pregunté amablemente.
Y apenas habíamos comenzado a caminar, cuando escuchamos a nuestra derecha, un tumulto de chicas que parecían desesperadas por algo, o alguien.
Ambas miramos, ante el ruido evidente que hacían.
- ¿Quién será? – preguntó Léana.
Me encogí de hombros.
- Algún actor, supongo…
- ¿Brad Pitt?... ¿Hugh Jackman?... – comenzó a preguntar, poniéndose de puntillas.
- ¿Porqué todos los que te gustan son viejos? – le pregunté.
Y Léana me miró como si hubiese blasfemado.
- Viejos estarán tus zapatos – se defendió.
- Entendido, no más comentarios sobre tus actores favoritos – dije.
Ella miró una vez más, pero parecía haber perdido el interés, se dio la vuelta y continuamos nuestro camino hacia la salida.
- Llevan camisetas que dicen Tokio Hotel… - me contó.
- ¿Quiénes?
- Las chicas que están gritando.
- Ah…
- Será algún grupo o así – se encogió de hombros.
- No me suenan…
- Ya, pero a ti no te suena ni Bon Jovi… ¿Cuándo escuchas música?
Habíamos comenzado una de nuestras características discusiones, que no terminó hasta que llegamos al metro. Lugar en el que comenzó otra, que trataba sobre mi obsesión por la soledad, y que a su vez, terminó cuando llegamos al apartamento en el que vivía.
- ¿Qué tal está Tessa? – pregunté desde la puerta de la habitación, en tanto Léana organizaba sus cosas.
- Bien, como siempre... – habló con tranquilidad - ¡Ahh!... – pareció recordar algo, y comenzó a buscar dentro de su maleta – me dijo que te entregara esto – había sacado una caja de madera de unos veinte por veinte centímetros, y me la entregó.
- ¿Y esto? – La abrí y vi que en su interior había una selección de semillas para hacer collares
Miré a Léana. Ella se encogió de hombros.
- A mí no me digas nada… - volvió a su maleta y a su ropa - ya sabes como es mi madre…
- No tengo tiempo para hacer collares… - aclaré.
- Ella dijo que siempre hay tiempo para rehacer lo mal hecho – me miró nuevamente – mensaje textual.
Sabía que no conseguiría nada intentando que Léana me respondiera cosas que ni ella misma entendía bien.
- Bueno… - caminé con la caja hasta el armario que había en la habitación y lo guardé en el interior, en la parte más alta – ahí no molestarán.
Nos quedamos un momento en silencio. Léana y yo sabíamos a qué se refería Tessa con lo de 'rehacer lo mal hecho', habíamos tenido más de una conversación sobre Bill, después de aquella última mañana, en la que la única despedida que tuvimos, fueron los gritos furibundos de Tom. Y Tessa insistía en la conexión que había entre nosotros.
- ¡¿Y? – Preguntó Léana con entusiasmo - ¿qué haremos?
Viernes por la noche, se podían hacer muchas cosas en esta ciudad, así que saldríamos, y esperaríamos que la noche nos guiara.
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Habíamos estado en una pizzería, 'las mejores pizzas del mundo' decía el cartel de la entrada, y yo estaba convencida de que ese era un eslogan gastado, cuando de pizzerías se trataba. Luego de eso nos fuimos a un bar, que a eso de la una de la madrugada comenzó a poner temas bailables, practica bastante habitual en lugares pequeños. Bailamos hasta que nos dieron cerca de las cuatro de la madrugada, hora en la que decidimos volver a casa.
- ¿Y mañana que haremos? – me preguntó Léana, mientras caminábamos acercándonos a mi apartamento.
La miré sin poder creerlo.
- Me duelen los pies, la espalda y un poco la cabeza – me quejé - ¿me podrías preguntar eso mañana?
Ella me miró seriamente.
- Te estás poniendo vieja – sentenció.
Entorné los ojos.
- No es eso… ha sido una semana agotadora… - le expliqué.
Llevaba puestos unos zapatos altos, que la misma Léana me había obligado a llevar, y tenía ganas de tirarlos al río, claro, si el Mississippi estuviera cerca.
- Lo siento… - se disculpó ella.
La miré. Y en un segundo se me pasó todo el enfado.
- No te preocupes… estoy algo irritable… - me encogí de hombros, como si aquel fuese un estado habitual en mí.
- Mañana te prepararé el desayuno – me anunció con alegría.
- O la comida… porque ya pasan de las cuatro… - le advertí.
- Lo que sea… - me dio un empujoncito con su hombro contra el mío.
Los pies me dolieron un poco más, por el desequilibrio leve de ese empujón y aún nos quedaban unas cuantas calles que recorrer.
- Espera… - le pedí.
Y me arrimé a una pared cercana, para soltar las hebillas que sostenían mis zapatos al tobillo.
Léana se acercó y se quedó ahí de pie junto a mí. Cuando me quité ambos zapatos, un alivió enorme se extendió por todo mi cuerpo, y aunque sabía que ir descalza significaría ir un poco más lento, lo prefería.
Entonces noté que Léana tenía puesta la mirada en los carteles que había pegados en la pared.
- Mira… Tokio Hotel… - mencionó.
Y yo miré lo mismo que ella.
Ninguna de las dos pudo decir palabra durante unos segundos, o quizás minutos, no estaba segura.
Bajo aquellas letras blancas y rotas, que marcaban claramente la palabra Tokio Hotel, se encontraban cuatro chicos imponente, cada uno a su manera. A dos de ellos no los conocía de nada, pero me resultó imposible no reconocer a Tom, que con una mirada profunda e inquisidora, parecía estar mirándome, como si me dijera 'no he dejado de vigilarte'. Y a su lado, un poco por delante, liderando a aquel grupo de cuatro, estaba Bill, alto, imponente, majestuoso, enfrentando al mundo. Con una apariciencia muy diferente a la que le había conocido, tanto, que si no fuesen sus ojos, no estaba segura de poder reconocerlo.
- Tokio Hotel… - susurré.
- Sí… - susurró también Léana.
Comprendiendo recién en ese instante, que era muy probable que hubiésemos estado a metros de distancia esa misma tarde, cuando las chicas aquellas, cuyas camisetas marcaban el nombre de sus ídolos, esperaban a alguien en el aeropuerto.
El corazón me latió ansioso, descompasado. Y se me llenaron los ojos de lágrimas.
"Yo te recordaba con el alma apretada de esa tristeza que tú me conoces."
Continuará…
Ufff… que Arien y Léana se encontraran con ese cartel, me ha puesto los vellos de punta. Debe ser bastante impresionante encontrarte con ese al que amar así. Bueno, que les voy a contar yo, si nos pasa cada vez que Bill nos mira desde esas imágenes.
Espero que el capítulo les haya gustado. Siempre les he dicho, desde las historias anteriores, que todo pasa por algo, así que a ver.
Besitos.
Siempre en amor.
Anyara
