Navidad (o cómo Hermione se transforma en una explotadora de elfos por una buena causa)
Nieve, bolas de colores, regalos.
Es deprimente.
Sobre todo si te llamas Harry Potter, has destruido al mago más tenebroso del mundo, y te has ido dejando por el camino a tu padrino, tu profesor favorito y al hermano de tu mejor amigo.
Por tu culpa.
Y no sólo ellos. Hogwarts está casi vacío. Hay unos cuantos árboles y las estatuas cantan villancicos, pero a Harry le da la sensación de que jamás volverá a sentir la alegría de años atrás.
Es curioso, porque ahora deberían ser más felices que antes. Es decir, Voldemort está muerto. Antes estaba vivo. Así que Harry no entiende porqué siente ese agujero en el pecho, como si su alma tuviese un escape de alegría que dejase escapar la felicidad a borbotones.
Ron está arriba en el dormitorio, preparando el baúl para volver a casa. Ginny está en el segundo banco de piedra del patio de transformaciones, seguramente sollozando en el hombro de Luna Lovegood, aunque se supone que Harry no debe enterarse de esto. Hermione… en realidad no sabe dónde está Hermione, pero seguro que en la biblioteca o con algún profesor, manteniéndose ocupada, aprendiendo más y más. Harry tiene la impresión de que Hermione quiere acumular toda la información posible en el cerebro hasta que ya no sea posible contener más y le explote la cabeza.
Tal vez no es una mala idea.
El techo de la Sala Común parece que se le echa encima, la habitación se hace más y más pequeña y Harry empieza a sentirse muy agobiado con el fuego que crepita en la chimenea. Se pone de pie en un segundo y, con las manos en los bolsillos, sale por el agujero del retrato sin rumbo definido.
Hace frío. Es lo primero que piensa, apretujado entre la túnica, cuando asoma la nariz por la puerta de Hogwarts y durante unos segundos se plantea seriamente dar media vuelta porque se le está congelando la punta de la nariz y aún no ha salido. Pero reúne valor Gryffindor y sale hacia fuera.
Pasea, dejando un rastro impuro en la perfecta blancura de la nieve con los zapatos. Deja que la cabeza se quede tan en blanco como la nieve y que el frío penetre lentamente en el cerebro, sin preocuparse de absolutamente nada. Ha llegado al estado en que no siente las puntas de los dedos de las manos, y, extrañamente, se siente bien.
-¡Harry!
Suspira. Reconoce el tono de voz autoritario pero cariñoso de su mejor amiga y maldice su suerte. Sólo quiero un poco de tranquilidad, piensa. Y Hermione es cualquier cosa menos tranquila.
-¡Harry! –repite ella.
Y se da la vuelta.
Durante unos segundos su mente vuelve a quedarse tan en blanco como momentos antes. Después una sonrisita se va abriendo paso lentamente entre sus labios hasta que finalmente estalla en carcajadas. Ríe tanto que le duele el estómago y tiene que doblarse un poco porque su caja torácica se contrae en espasmos.
Ella lo mira un poco colorada, con una tímida sonrisa, a todas luces satisfecha porque su plan ha tenido éxito. Pero, a medida que las carcajadas se intensifican, frunce un poco más el ceño. Carraspea un poco, intentando atraer la atención del chico.
Harry se deja caer al suelo, todavía convulsionado entre carcajadas.
-Bueno, ya vale ¿no? –empieza a estar mosqueada. Harry controla la risa durante unos instantes. Trata de hablar pero las palabras salen confusas, mezcladas con carcajadas incontenibles.
-¡Es-es que eres… eres Santa Claus, Hermione!
Ella sonríe de nuevo y se rasca un poco la nariz porque la larga barba blanca le pica.
-No sé cómo Dumbledore podía llevar esto. Es incomodísimo.
Harry sigue riendo, en una especie de ataque de risa tonta imposible de parar y ella no puede evitar unirse a él, alegre por haber hecho sonreír a su amigo al menos un ratito.
-Eh, Hermione –dice él cuando ha podido controlarse un poco.
-¿Qué? –la voz de ella sale un poco sorda, escondida tras el pelo blanco.
-Di "Jou, jou, jou" –Harry estalla en carcajadas otra vez y aún se ríe más cuando Hermione, encerrada dentro del enorme traje rojo y blanco, con gorro y saco incluidos, pone los brazos en jarras y exclama con voz grave:
-¡Jou, jou, jou!
Ahora ambos ríen sin parar, el sonido de sus voces llenando el blanco espacio que los rodea. Se ríen tanto que cuando Ron aparece, alto, enfundado en su vieja capa grisácea, los mira con el ceño fruncido.
-Harry ¿Qué es tan gr…? ¡Hermione!
Ron reconoce a su novia bajo la espesa barba blanca a duras penas, pero cuando lo hace los ojos le chispean y aunque trata de no sonreír, le resulta prácticamente imposible. Y la risa de Harry es contagiosa, maldita sea. En menos de un minuto tiene que apoyarse en un árbol para no unirse a su amigo en el suelo mientras su cuerpo se convulsiona con carcajadas.
-Ah, veo que os parece muy gracioso –exclama Hermione con falso disgusto, aunque los labios se le curvan en una sonrisita maligna. Saca la varita de entre los pliegues de su manga roja bordada de blanco y apunta a sus amigos –Veamos cuánto os reís ahora.
El mismo instante en que ella realiza un movimiento de muñeca, Harry se da cuenta de que lo ve todo rojo. Un segundo después identifica la fuente de la luz rojiza: su nariz. Y al parecer Hermione también ha tenido la amabilidad de hacerle crecer un par de astas.
-Estás muy guapo, Rudolph.
Ron sólo puede señalarlo con el dedo y seguir riendo. Pero Hermione no ha acabado ahí:
-No te rías tanto. También necesito un duende ayudante.
Y la ropa de Ron cambia y encoge mucho, muchísimo, hasta que queda embutido en un trajecito veinte tallas menor, verde y con los adorables complementos de unas babuchas y un gorro rojo con campanillas.
Los tres se miran en silencio unos segundos, hasta que Ron pregunta:
-¿¿De verdad se creen esto los niños muggles??
Y los tres vuelven a estallar en una risa histérica.
···
-Neville…
La voz de Luna Lovegood atraviesa el Gran Comedor revoloteando dulce y soñadora. Neville no alza la vista del periódico mientras sus manos tantean la mesa intentando encontrar un trozo de tarta de limón.
-¿Mhh?
-Creo que finalmente nos han invadido los Enanos Mortales de Marte –dice ella, y cuando Neville mira por la ventana que ella señala, tiene que frotarse los ojos dos veces. Después, inexplicablemente, estalla en carcajadas.
-No, Luna, me temo que nos ha invadido alguien todavía más peligroso –los ojos de Luna se agrandan hasta casi desorbitarse- Santa Claus.
Llega con retraso, pero es que el espíritu navideño y mi musa han estado missing estos últimos días. Así que ¡Feliz Año a todos/as y que el 2008 sea fuente de nuevas pottericidades!
