Disclaimer: Los personajes y el libro son de Rick Riordan.
Solo las intervenciones son mías.
*-x-*
Cuando desapareció la luz, podía verse a un joven alto, delgado pero fuerte, pelo negro revuelto y ojos verde mar. tenía una expresión confundida mientras miraba a su alrededor.
Antes de que pudiese decir nada, Apolo chasqueó los dedos y el joven comprendió.
-¡Malcolm! ¡Oh dioses! ¿Estás bien? estábamos a punto de caer y...
-Tranquilo estoy bien.
-¡Preséntate! -Bramó Zeus antes de que el alboroto fuera a más.
-Soy Percy Jackson hijo de Poseidón.
El dios del mar sonrió ampliamente y se levantó para brazarlo.
Percy se acercó a los semidioses.
Besó con pasión y necesidad a su novio.
-¿Con una cría marina? -Se asqueó Atenea. -No me gusta para ti.
-Nunca la he gustado así que...
-Él me hace feliz madre.
-¡No lo apruebo!
-Deja en paz a los chicos. -Dijo Poseidón.
Percy le sonrió.
-A mí Chase no me gusta. Pero al que te tiene que gustar es a ti.
Percy le miró interrogante.
-En estos capítulos me ha parecido un sabelotodo y me desquicia.
El semidiós asintió y se acercó a saludar a los demás. Abrazó a Thalia, Le dio varias collejas a Grover y saludó con efusividad a los demás.
-¿Así que con mi padre?
Lee se ruborizó.
-Si no cierras el pico, tendrás una flecha en el trasero.
-Hey tranquilízate Fletcher.
-Hola Blake. -Dijo cuando el perro se le acercó.
-Eres mucho más guapo que tu dueño.
El cachorro ladró.
-Dice que es muy consciente de ello. -Tradujo Grover.
Lee le guiñó un ojo al golden.
-Así que Tommy Britten. He oído hablar de ti.
El hijo de Afrodita se sonrojó.
-¿Me das permiso para usar el arco y las flechas contra él? -Le pidió Percy al moreno hijo de Apolo.
-No. No vaya a ser que nos des a uno de nosotros.
-¿Un cortecito con Anaklusmos?
Michael se lo pensó.
Se levantó y se acercó a Tommy.
-Le he perdonado. Pero te doy permiso para torturarlo lenta y dolorosamente si vuelve a hacerme daño.
-Genial. La señorita O'Leary tendrá con quien jugar a "Busca y despedaza al griego."
Tommy se puso pálido.
-Si no vas a dañar a mi hermano, no tienes de qué preocuparte.
El hijo de Afrodita cogió al más bajito entre sus brazos y ambos se besaron con desesperación.
Percy frunció el ceño en dirección a Silena. Ésta se encogió avergonzada.
-Ya puedes volver aquí. -Dijo Poseidón.
Nadie le hizo caso.
-¡Lee Fletcher!
El hijo de Apolo sonrió y se acercó al dios.
-Eres mío. -Se quejó el mayor.
-No soy de nadie.
-Nos hemos besado.
-Pero no somos pareja.
-No.
-¿Por qué?
-No me lo has pedido.
-Eso no hace falta.
-Entonces, nada de mimos. Yo no voy a besarme con alguien que no tiene intención de pedirme salir.
-Soy demasiado mayor para esto.
-Pues yo no. quiero un amor de esos con flores y corazones.
-Eso se parece sospechosamente a Cincuenta sombras de Grey. -Intervino Percy.
Ante la mirada sorprendida de los demás semidioses, él añadió:
-Malcolm me hizo leer la trilogía. Me costó bastante, pero lo conseguí.
-¿Y de qué van esos libros? -Se interesó Afrodita.
-Van sobre un dominante sexual y una estudiante de universidad que...
-¡Suficiente! -Bramó Hera.
-Aguafiestas. -Se quejó la diosa del amor.
-Ven conmigo Lee.
-No quiero.
-¿Querrías ser mi novio?
-Tengo que pensármelo.
-¿Qué?
Lee rió. Se acercó al dios y ambos se besaron.
-Aún no quiero que seamos pareja. Es demasiado pronto. Pero... me gusta besarte.
Poseidón gruñó.
-Es perturbador ver a mi padre besándose con uno de mis amigos.
El dios le sacó el dedo a su hijo.
-¿odrías secar a Atenea? -Pidió Hestia.
Poseidón miró a Lee.
Blake gruñó.
-Dice que por él, como si se queda así eternamente. -Aclaró Grover.
-Deja que se seque. -Suspiró Lee.
Poseidón accedió.
Atenea se relajó en su trono.
-¿En serio papá? ¿Zeus y tú?
-¿Estás seguro de que quieres saber sobre eso?
-Emmm. Mejor no.
-¿Y no te molesta que se acuesten? - Se interesó Ethan.
-Claro que no. Si al chico le pone cachondo. -Comentó Afrodita.
Lee se sonrojó.
-¡No es verdad!
La diosa rió.
-¿Así que te excita imaginarnos? -le susurró Poseidón al oído.
El hijo de Apolo besó en el cuello al dios y le dijo que sí al oído.
-¿y no podemos leer otros pensamientos que no sean los míos? ¿No podríamos leer los de Malcolm por ejemplo?
-Entonces, no todo el mundo entendería la lectura. -Comentó Atenea.
Varios fruncieron el ceño en su dirección.
Grover decidió empezar a leer.
*-x-*
Capítulo 10. Estropeo un autobús en perfecto estado.
*-x-*
Hefesto y Charles fruncieron el ceño molestos.
*-x-*
No tardé mucho en recoger mis cosas. Decidí que el cuerno del Minotauro se quedase en la cabaña, lo que me dejaba sólo una muda y un cepillo de dientes que meter en la mochila que me había buscado Grover.
*-x-*
-Eso es mejor que nada. -Comentó Thalia.
-¿Podrías bajar esa lanza? No es que me dé miedo ni nada pero... No quiero ser atravesado por ella.
Thalia sonrió con inocencia.
*-x-*
En la tienda del campamento me prestaron cien dólares y veinte dracmas de oro. Estas monedas, del tamaño de galletas de aperitivo, representaban las imágenes de varios dioses griegos en una cara y el edificio del Empire State en la otra. Los antiguos dracmas que usaban los mortales eran de plata, nos dijo Quirón, pero los Olímpicos sólo utilizaban oro puro.
*-x-*
-Por supuesto. -Dijo Zeus.
*-x-*
Quirón también dijo que las monedas podrían resultar de utilidad para transacciones no mortales, fueran lo que fuesen. Nos dio a Malcolm y a mí una cantimplora de néctar a cada uno y una bolsa con cierre hermético llena de trocitos de ambrosía, para ser usada sólo en caso de emergencia, si estábamos gravemente heridos. Era comida de dioses, nos recordó Quirón. Nos sanaría prácticamente de cualquier herida, pero era letal para los mortales. Un consumo excesivo nos produciría fiebre. Una sobredosis nos consumiría, literalmente.
*-x-*
Muchos se estremecieron.
-Tal vez...
-¿En qué estás pensando Ares? -Inquirió Hermes.
-Darles una sobredosis de ambrosía a los semidioses que estorvan...
-¡Estás loco!
-Gracias querida.
Afrodita le frunció el ceño.
*-x-*
Malcolm trajo su gorra mágica de los Yankees, que al parecer había sido regalo de su madre cuando cumplió doce años. Llevaba un libro de arquitectura clásica escrito en griego antiguo, para leer cuando se aburriera, y un largo cuchillo de bronce, oculto en la manga de la camisa.
*-x-*
-¿En serio? -Rió Ethan.
-No sabía que iba a ser tan intensa la misión. -Se justificó el chico.
Muchos rieron incluído Percy.
-Gracias sesos de alga.
El hijo de Poseidón besó con suavidad a su novio.
*-x-*
Estaba convencido de que el cuchillo nos delataría en cuanto pasáramos por un detector de metales.
*-x-*
-El bronce celestial no es detectable. -Dijo Atenea.
-La niebla ayuda. -Secundó Deméter.
*-x-*
Por su parte, Grover llevaba sus pies falsos y pantalones holgados para pasar por humano. Iba tocado con una gorra verde tipo rasta, porque cuando llovía el pelo rizado se le aplastaba y dejaba ver la punta de los cuernecillos. Su mochila naranja estaba llena de pedazos de metal y manzanas para picotear.
*-x-*
-Delicioso. Una ración de latas por favor. -Rió Clarisse.
Dioniso sonrió y delante de la semidiosa aparecieron varias latas de refresco bacías.
-Todas tuyas Carlisle.
los semidioses rieron.
Grover miraba las latas con anhelo.
-Son de la semidiosa. -Dijo Dioniso.
*-x-*
En el bolsillo llevaba una flauta de junco que su padre cabra le había hecho, aunque sólo se sabía dos canciones: el Concierto para piano n. ° 12 de Mozart y So Yesterday de Hilary Duff, y ninguna de las dos suena demasiado bien con la flauta de Pan.
*-x-*
-¿Nos las tocas? -Pidió Castor riendo.
-No. Que te emocionas. -Respondió el sátiro.
-Esa ha sido buena chico cabra. -Dijo el hijo del dios del vino.
Semidiós y sátiro chocaron los cinco.
*-x-*
Nos despedimos de los otros campistas, echamos un último vistazo a los campos de fresas, el océano y la Casa Grande, y subimos por la colina Mestiza hasta el alto pino que antaño fuera Thalia, la hija de Zeus.
*-x-*
-No hace falta que cada vez que pienses en mí, lo hagas como Thalia la hija de Zeus.
-Entonces, Thalia la chica árbol. O mejor, Thalia el árbol de navidad. O puede que te guste más Thalia cara de pino. -Rió Percy.
Una descarga eléctrica le hizo temblar todo el cuerpo.
-¡Idiota!
Percy rió más fuerte.
*-x-*
Quirón nos esperaba sentado en su silla de ruedas. Junto a él estaba el tipo con pinta de surfero que había visto durante mi pasaje por la enfermería. Según Grover, el colega era el jefe de seguridad del campamento. Al parecer tenía ojos por todo el cuerpo, así que era imposible sorprenderlo. No obstante, como hoy llevaba un uniforme de chófer, sólo le vi unos pocos en manos, rostro y cuello.
*-x-*
-Argos es genial. -Dijo Luke.
-¿Por qué? -Se interesó Malcolm.
-Secretos de la cabaña once.
-¿Y yo puedo saberlo? -Cuestionó Hermes.
Luke iba a decir que no, pero vio la sonrisa que les dedicaba su madre y se acercó al trono del dios.
-Deja que metamos comida y otras cosas no peligrosas. -Le susurró.
Hermes sonrió.
Luke volvió con su madre y se sentó abrazándola.
*-x-*
—Éste es Argos —me dijo Quirón—. Os llevará a la ciudad y… bueno, os echará un ojo.
*-x-*
Algunos rieron.
La barba de Zeus se movía levemente.
*-x-*
Oí pasos detrás de nosotros.
Luke subía corriendo por la colina con unas zapatillas de baloncesto en la mano.
*-x-*
Hestia le sonrió.
El chico se ruborizó por la atención de la diosa.
*-x-*
—¡Eh! —jadeó—. Me alegro de pillaros aún.
—Malcolm se sonrojó, como siempre que Luke estaba cerca—.
*-x-*
El mencionado se había puesto colorado y le dio un puñetazo en el brazo a su novio.
-No es cierto.
-Claaaroo que no. -Dijeron muchos.
*-x-*
—Sólo quería desearos buena suerte — me dijo—. Y pensé que… a lo mejor te sirven.
Me tendió las zapatillas, que parecían bastante normales. Incluso olían bastante normal.
*-x-*
Grover frunció el ceño aún molesto.
*-x-*
—Maya! —dijo Luke.
*-x-*
Hermes salió volando.
-¡Maya! -Gritó. Y las zapatillas volvieron a guardar las alas.
-¡Qué mono! La contraseña es el nombre de su mami. -Se emocionó Afrodita.
-¡Maya! -Gritó Apolo.
-¡Maya! -Dijo Hermes.
-¡Maya!
¡Maya!
-¡Dejad a Hermes tranquilo! -Dijo Hestia.
Los dioses que le habían molestado agacharon la cabeza.
*-x-*
De los talones de los botines surgieron alas de pájaro blancas. Di un respingo y las dejé caer. Las zapatillas revolotearon por el suelo hasta que las alas se plegaron y desaparecieron.
—¡Alucinante! —musitó Grover.
Luke sonrió.
*-x-*
En la sala, el hijo de Hermes tanbién sonreía.
*-x-*
—A mí me fueron muy útiles en mi misión. Me las regaló papá. Evidentemente, estos días no las utilizo demasiado…
—Entristeció la expresión.
*-x-*
Luke decidió dedicarle una pequeña sonrisa a su ppadre. Él se la devolvió.
*-x-*
No sabía qué decir. Luke ya se había enrollado bastante viniendo a despedirse. Me preocupaba que me guardara rencor por haberme llevado tanta atención en los últimos días. Pero allí estaba, entregándome un regalo mágico…
*-x-*
-No te guardaría rencor por eso. -Comentó el rubio.
Percy le sonrió.
*-x-*
Me sonrojé tanto como Malcolm .
*-x-*
El hijo de Atenea le pegó en la cabeza.
-Así se va a quedar más idiota. -Comentó Thalia.
-¿Más? -Preguntó Malcolm.
Los semidioses rieron.
*-x-*
—Eh, tío —dije—. Gracias.
—Oye, Percy…
—Luke parecía incómodo—. Hay muchas esperanzas puestas en ti. Así que… mata algunos monstruos por mí, ¿vale?
*-x-*
Percy y Luke chocaron los cinco.
Afrodita los miraba pensativa.
*-x-*
Nos dimos la mano. Luke le dio una palmadita a Grover entre los cuernos y un abrazo de despedida a Malcolm, que parecía a punto de desmayarse.
*-x-*
-¿Tenías que leer eso?
-No podemos saltarnos nada. -Dijo Afrodita.
Malcolm estaba más rojo que las vacas sagradas de Apolo.
*-x-*
Cuando Luke se hubo marchado, le dije:
—Estás hiperventilando.
—De eso nada.
—Pero ¿no le dejaste capturar la bandera a él en lugar de ir tú?
*-x-*
Todos miraron al hijo de Atenea con sonrisas maliciosas.
-Luke y Malcolm sentados en un árbol... -Empezó a cantar Ethan.
-¡El chico listo ahora es mío!
-Cálmate sesos de alga. -Rió Thalia.
*-x-*
—Oh… Me pregunto por qué querré ir a ninguna parte contigo, Percy.
Descendió por el otro lado de la colina con largas zancadas, hacia donde una furgoneta blanca esperaba junto a la carretera. Argos le siguió, haciendo tintinear las llaves del coche.
*-x-*
-No te ofendas Chase. Solo había dicho la verdad. -Dijo Apolo.
Hermes rió.
*-x-*
Recogí las zapatillas voladoras y de pronto tuve un mal presentimiento. Miré a Quirón.
—No me aconsejas usarlas, ¿verdad?
Negó con la cabeza.
—Luke tenía buena intención, Percy. Pero flotar en el aire… no es lo más sensato que puedes hacer.
*-x-*
-No lo había pensado. -Dijo el hijo de Hermes.
-Pero si tú ni siquiera has estado allí aún. -Dijo Thalia.
-Pero ahora no se me había ocurrido.
Percy le sonrió.
*-x-*
Meneé la cabeza, pero entonces se me ocurrió una idea.
—Eh, Grover, ¿las quieres tú?
Se le encendió la mirada.
—¿Yo?
*-x-*
-No. El otro Grover. -Dijo Thalia sarcástica.
-Eres cruel Grace.
-Me lo dicen mucho Underwood.
*-x-*
En poco tiempo atamos las zapatillas a sus pies falsos, y el primer niño cabra volador del mundo quedó listo para el lanzamiento.
*-x-*
Casi todos se rieron.
El sátiro le sacó la lengua a Percy.
*-x-*
—Maya! —gritó.
*-x-*
-¡Maya! -Dijo Hermes rápidamente.
*-x-*
Despegó sin problemas, pero al poco se cayó de lado, desequilibrado por la mochila. Las zapatillas aladas seguían aleteando como pequeños potros salvajes.
*-x-*
El sátiro se sonrojó.
*-x-*
—¡Práctica! —le gritó Quirón por detrás—. ¡Sólo necesitas práctica!
—¡Aaaaah!
—Grover siguió volando en zigzag colina abajo, casi a ras del suelo, como un cortador de césped poseso, en dirección a la furgoneta.
*-x-*
Luke reía tanto que se había caído al suelo.
-Te enseñaré a volar. -Dijo entre risas.
-No gracias. No me gustaría caerme del Olimpo rodando.
-Tonterías.
*-x-*
Antes de seguirlo, Quirón me agarró del brazo.
—Debería haberte entrenado mejor, Percy —dijo—. Si hubiera tenido más tiempo… Hércules, Jasón… todos recibieron más entrenamiento.
*-x-*
Poseidón le sonrió a un ruborizado centauro.
*-x-*
—No pasa nada. Sólo que ojalá…
—Me detuve en seco, porque iba a sonar como un mocoso. Ojalá mi padre me hubiera dado un objeto mágico guay que me ayudara en la misión, algo tan bueno como las zapatillas voladoras de Luke o la gorra de invisibilidad de Malcolm.
*-x-*
Percy acarició el bolígrafo que siempre llevaba en el bolsillo.
*-x-*
—Pero ¿dónde tengo la cabeza? —exclamó Quirón—. No puedo dejar que te vayas sin esto.
Sacó algo del bolsillo del abrigo y me lo entregó. Era un bolígrafo desechable normal y corriente, de tinta negra y con tapa. Probablemente costaba treinta centavos.
*-x-*
-Madre mía. -Dijo Poseidón.
*-x-*
—Madre mía —dije—. Gracias.
—Es un regalo de tu padre. Lo he guardado durante años, sin saber que te estaba destinado. Pero ahora la profecía se ha manifestado claramente. Eres tú.
Recordé la excursión al Museo Metropolitano de Arte, cuando pulvericé a la señora Dodds. Quirón me había lanzado un boli que se convirtió en espada. ¿Sería aquél…?
*-x-*
Poseidón se estaba preguntando lo mismo.
*-x-*
Le quité la tapa, y el bolígrafo creció y se volvió más pesado en mi mano. Al instante siguiente sostenía una espada de bronce brillante y de doble filo, con empuñadura plana de cuero tachonado en oro. Era la primera arma equilibrada que empuñaba.
*-x-*
El dios del mar y su hijo se sonrieron con cariño.
*-x-*
—La espada tiene una larga y trágica historia que no hace falta que repasemos —dijo Quirón—. Se llama Anaklusmos.
—Contracorriente —traduje, sorprendido de que el griego clásico me resultara tan sencillo.
*-x-*
Percy sacó su espada y la sostuvo durante un rato en la mano.
la hizo girar repetidas veces y después la guardó.
-Hombres. -Refunfuñó Artemisa.
*-x-*
—Úsala sólo para emergencias, y sólo contra monstruos. Ningún héroe debe hacer daño a los mortales a menos que sea absolutamente necesario, pero esta espada no los lastimará en ningún caso.
*-x-*
El semidiós se acordó de Rachel y rió.
*-x-*
Miré la afiladísima hoja.
—¿Qué quiere decir con que no lastimará a los mortales? ¿Cómo puede no hacerlo?
—La espada está hecha de bronce celestial. Forjado por los cíclopes, templado en el corazón del monte Etna y enfriado en las aguas del río Lete. Es letal para los monstruos y para cualquier criatura del inframundo, siempre y cuando no te maten primero, claro. Sin embargo, a los mortales los atraviesa como una ilusión; sencillamente, no son lo bastante importantes para que la espada los mate.
*-x-*
May frunció el ceño molesta.
-Lo lamento señora Castellan.
Ella siguió mirando ceñuda al centauro.
*-x-*
—¡Ah!, y he de advertirte otra cosa: como semidiós, puedes perecer tanto bajo armas celestiales como normales. Eres doblemente vulnerable.
*-x-*
-Es bueno saberlo. -Refunfuñó Luke.
*-x-*
—Es bueno saberlo.
*-x-*
Thalia miraba horrorizada a Luke.
-Era tan joven... -Dijo suspirando.
-¡Oye! -Se quejaron Percy y el hijo de Hermes.
Se miraron y rieron.
*-x-*
—Ahora tapa el boli.
Toqué la punta de la espada con la tapa del bolígrafo y Anaklusmos se encogió hasta convertirse de nuevo en bolígrafo. Me lo metí en el bolsillo, un poco nervioso porque en la escuela era famoso por perder bolis.
*-x-*
Muchos rieron.
Quirón sonrió un poco.
*-x-*
—No puedes —dijo Quirón.
—¿Qué no puedo?
—Perderlo —dijo—. Está encantado. Siempre reaparecerá en tu bolsillo. Inténtalo.
*-x-*
-Menos mal. Si no, lo habría perdido al inicio de la misión. -Dijo Percy.
Grover y Malcolm le miraron tratando de aguantarse la risa.
*-x-*
Me mostré receloso, pero lancé el bolígrafo tan lejos como pude colina abajo y lo vi desaparecer entre la hierba.
—Puede que tarde unos instantes —dijo Quirón—. Ahora mira en tu bolsillo.
Y, en efecto, el boli estaba allí.
—Vale, esto sí que mola —admití—, pero ¿qué pasa si un mortal me ve sacando la espada?
*-x-*
-Esos no ven nada. -Espetó Hera con desdén.
Algunos la miraron mal.
*-x-*
Quirón sonrió.
—La niebla siempre ayuda, Percy.
—¿La niebla?
—Sí. Lee la Ilíada. Está llena de referencias a ese asunto.
*-x-*
-Uf. No gracias. Prefiero mantener mis neuronas como están. -Dijo Percy.
Atenea, Malcolm y Quirón le miraron mal.
Él les sacó la lengua.
-¿No prefieres a alguien más maduro? -Quiso saber Atenea.
Malcolm negó con la cabeza.
*-x-*
—Cada vez que los elementos monstruosos o divinos se funden con el mundo mortal, generan niebla, y ésta oscurece la visión de los humanos. Tú, siendo mestizo, verás las cosas como son, pero los humanos lo interpretarán de otra manera. Es increíble hasta dónde pueden llegar los humanos con tal que las cosas encajen en su versión de la realidad.
*-x-*
-Tristemente así es. -Suspiró May.
*-x-*
Me metí Anaklusmos otra vez en el bolsillo.
Por primera vez sentí que la misión era real. Estaba abandonando la colina Mestiza. Me dirigía al oeste sin supervisión adulta, sin un plan de emergencia alternativo, ni siquiera un teléfono móvil (Quirón nos había contado que los monstruos podían rastrear los móviles; llevar uno sería peor que lanzar una bengala). Yo no tenía otra arma más poderosa que una espada para luchar contra monstruos y llegar al Mundo de los Muertos.
*-x-*
-Vaya lástima. -Se lamentó Castor.
-Con lo chulos que son los móviles de ahora. -Secundó Ethan.
-¿Eso son como teléfonos portátiles? -Se interesó Atenea.
Los semidioses asintieron.
Apolo sonrió.
*-x-*
—Quirón, cuando dices que los dioses son inmortales… Me refiero a que… hubo un tiempo antes de ellos, ¿no? —pregunté.
—Hubo cuatro edades antes de ellos. La Era de los Titanes fue la Cuarta Edad, a veces llamada Edad de Oro, nombre que desde luego no le hace justicia. Esta, la era de la civilización occidental y el mandato de Zeus, es la Quinta.
*-x-*
-La mejor. -Dijo el rey de los cielos con suficiencia.
Nadie se lo rebatió.
*-x-*
—¿Y cómo era… antes de los dioses?
*-x-*
-horrible seguramente. -Dijo Bianca.
Hades asintió de acuerdo con ella.
*-x-*
Quirón apretó los labios.
—Ni siquiera yo soy tan viejo como para acordarme de eso, niño, pero sé que fue una época de oscuridad y barbarie para los mortales. Cronos, el señor de los titanes, llamó a su reinado la Edad de Oro porque los hombres vivían inocentes y libres de todo conocimiento. Pero eso no era más que propaganda. Al rey de los titanes poco le importaban los de tu especie, salvo como entremeses o como fuente de entretenimiento barato. Hasta los primeros tiempos del reinado de Zeus, cuando Prometeo, el titán bueno, entregó el fuego a la humanidad, tu especie no empezó a progresar, y Prometeo fue considerado un pensador radical incluso entonces. Zeus lo castigó severamente, como recordarás. Por supuesto, al final los humanos empezaron a caer simpáticos a los dioses, y así nació la civilización occidental.
*-x-*
-Me encantan las explicaciones de Quirón. -Dijo Charles.
Todos asintieron de acuerdo con él.
*-x-*
—Pero ahora los dioses no pueden morir, ¿no? Quiero decir, mientras la civilización occidental siga viva, ellos seguirán también. Así que… aunque yo fracase, nada podría ir tan mal como para que se desmadre todo, ¿no?
Quirón me sonrió con melancolía.
—Nadie sabe cuánto tiempo durará la Edad del Oeste, Percy. Los dioses son inmortales, sí. Pero también lo eran los titanes. Y siguen existiendo, encerrados en sus distintas prisiones, obligados a soportar dolor y castigos interminables, reducido su poder, pero aún vivitos y coleando. Que las Parcas impidan que los dioses sufran jamás una condena tal, o que nosotros regresemos a la oscuridad y el caos del pasado. Lo único que podemos hacer, niño, es seguir nuestro destino.
*-x-*
Todos sin excepción se estremecieron.
No querían ni pensar lo que pasaría.
Luke estaba comenzando a plantearse la posibilidad de no seguir a Cronos.
*-x-*
—Nuestro destino… suponiendo que sepamos cuál es.
—Relájate y mantén la cabeza despejada. Y recuerda: puede que estés a punto de evitar la mayor guerra en la historia de la humanidad.
—Relájate —repetí—. Estoy muy relajado.
*-x-*
-Bastante relajado. -Dijo Percy.
*-x-*
Cuando llegué al pie de la colina, volví la vista atrás. Bajo el pino que había sido Thalia, hija de Zeus, Quirón se erguía en toda su altura de hombre caballo y nos despidió levantando el arco.
*-x-*
-Thalia, la hija de Zeus. -Repitió ella enfadada.
-Es que eres su hija.
Ella le lanzó una flecha que el semidiós logró esquivar por muy poco.
*-x-*
La típica despedida de campamento del típico centauro.
*-x-*
-Típicamente típico. -Apostilló Luke.
-Vamos. Lo típico. -Secundó Tommy.
*-x-*
Argos nos condujo a la parte oeste de Long Island. Me pareció raro volver a una autopista, con Malcolm y Grover sentados a mi lado como si fuéramos compañeros de coche habituales. Tras dos semanas en la colina Mestiza, el mundo real parecía pura fantasía. Descubrí que me quedaba embobado mirando cada McDonald's, a cada chaval en la parte trasera del coche de sus padres, cada valla publicitaria y cada centro comercial.
*-x-*
-Suele pasar. -Rió Luke.
*-x-*
—De momento bien —le dije a Malcolm—. Quince kilómetros y ni un solo monstruo.
Me lanzó una mirada de irritación. Luego dijo:
*-x-*
-Eso da mala suerte. -Dijo Silena.
*-x-*
—Da mala suerte hablar de esa manera, sesos de alga.
—Recuérdamelo de nuevo, ¿vale? ¿Por qué me odias tanto?
—No te odio.
—Pues casi me engañas.
Dobló su gorra de invisibilidad.
—Mira… es sólo que se supone que no tenemos que llevarnos bien. Nuestros padres son rivales.
*-x-*
-Eso es una tontería. -Dijo Afrodita. Mirad Romeo y Julieta.
-Ambos murieron. -Apostilló Charles.
-Pero a pesar de la rivalidad de sus familias, ellos se amaban.
Percy y Malcolm se sonrieron y se besaron con dulzura.
*-x-*
—¿Por qué?
*-X-*
-porque aquí la cara lechuza, está amargada. -Dijo Poseidón.
-y tú eres un idiota.
-Me lo dicen a menudo. Ya no me afecta.
*-x-*
—¿Cuántas razones quieres? —Suspiró—. Una vez mi madre sorprendió a Poseidón con su novia en el templo de Atenea, algo sumamente irrespetuoso.
*-x-*
-Ella me tentó y no me pude negar.
Atenea le miró mal.
-Eres un estúpido cabeza pulpo.
-Esa me la apunto. -Rió Hermes.
*-x-*
—En otra ocasión, Atenea y Poseidón compitieron por ser el patrón de la ciudad de Atenas. Tu padre hizo brotar un estúpido manantial de agua salada como regalo. Mi madre creó el olivo. La gente vio que su regalo era mejor y llamaron a la ciudad con su nombre.
—Deben de gustarles mucho las olivas.
—Eh, pasa de mí.
*-x-*
-Bueno... Si hubiera inventado la pizza... -Dijo Tommy.
Los semidioses rieron.
*-x-*
—Hombre, si hubiera inventado la pizza… eso podría entenderlo.
*-x-*
-¿Tú también Britten? -Se horrorizó Thalia.
-Deberíamos tener camisetas en las que ponga: ¡Equipo Percy! -Dijo Silena.
-Eso ya está cogido. -Comentó el hijo de Poseidón.
-¡Equipo Leo! -Gritó Malcolm riendo.
-¿Quién es Leo? -Se interesó Hermes.
-Ya aparecerá. -Contestó Thalia.
*-x-*
—¡Te he dicho que pases de mí!
*-x-*
-Tiene muy mal genio hijo mío.
Percy sonrió enamorado.
-Lee también. -Devolvió el chico.
Poseidón le miró dudoso.
*-x-*
Argos sonrió en el asiento delantero. No dijo nada, pero me guiñó el ojo azul que tenía en la nuca.
*-x-*
Malcolm frunció el ceño.
*-x-*
El tráfico de Queens empezó a ralentizarnos. Cuando llegamos a Manhattan, el sol se estaba poniendo y había empezado a llover.
*-x-*
-Fantástico. -Ironizó Bianca.
*-x-*
Argos nos dejó en la estación de autobuses Greyhound del Upper East Side, no muy lejos del apartamento de Gabe y mi madre. Pegado a un buzón, había un cartel empapado con mi foto: «¿Ha visto a este chico?»
Lo arranqué antes de que Malcolm y Grover se dieran cuenta.
*-x-*
-lo vimos. -Dijeron el sátiro y el hijo de Atenea.
Percy gruñó descontento.
*-x-*
Argos descargó nuestro equipaje, se aseguró de que teníamos nuestros billetes de autobús y luego se marchó, abriendo el ojo del dorso de la mano para echarnos un último vistazo mientras salía del aparcamiento.
*-x-*
-Creeis que tendrá ojos en...? -Preguntó Ethan.
-¿En dónde? -Quiso saber Luke.
-En sus partes privadas.
-Travis me dijo una vez que él y Connnor lo vieron totalmente desnudo y ahí no tenía ojos. -Comentó Percy.
-¿Y por qué querría Stoll ver eso? -Se interesó Ethan.
-Tal vez le gusta. -Intervino Luke.
-No deseábamos esos detalles. -Se quejó Silena.
-Yo sí quería saberlo. -Contradijo Charles mandándole una mirada de odio.
La chica se encogió.
*-x-*
Pensé en lo cerca que estaba de mi antiguo apartamento. En un día normal, mi madre ya habría vuelto a casa de la tienda de golosinas. Probablemente Gabe el Apestoso estaría allí en aquel momento, jugando al póquer y sin echarla siquiera de menos.
*-x-*
Todos fruncieron el ceño.
Percy apretó los puños disgustado.
*-x-*
Grover se cargó al hombro su mochila. Miró hacia donde yo estaba mirando.
—¿Quieres saber por qué se casó con él, Percy?
—¿Me estabas leyendo la mente o qué? —repuse, mirándolo fijamente.
—Sólo tus emociones.—Se encogió de hombros—. Supongo que se me ha olvidado decirte que los sátiros tenemos esa facultad. Estabas pensando en tu madre y tu padrastro, ¿verdad?
*-x-*
Grover y Percy se sonrieron.
*-x-*
Asentí, preguntándome qué más se habría olvidado Grover de contarme.
—Tu madre se casó con Gabe por ti. Lo llamas «apestoso», pero te quedas corto. Ese tipo tiene un aura… ¡Puaj! Lo huelo desde aquí. Huelo restos de él en ti, y ni siquiera has estado cerca desde hace una semana.
*-x-*
Percy se levantó y se dirigió donde estaba su amigo.
-¿Sigo oliendo a él?
Grover apartó la cara.
-En serio tío. ¿Sigo oliendo a él?
-No. -Contestó. -Ahora haz el favor de quitarme tu axila de la cara.
El chico se apartó y se sentó más tranquilo.
-¿Y no preguntaste que donde estaba la ducha más cercana? -Quiso saber Thalia.
El sátiro sonrió.
*-x-*
—Gracias —respondí—. ¿Dónde está la ducha más cercana?
*-x-*
La cazadora sintió un escalofrío. No quería pensar igual que el sesos de alga.
*-x-*
—Tendrías que estar agradecido, Percy. Tu padrastro huele tan asquerosamente a humano que es capaz de enmascarar la presencia de cualquier semidiós. Lo supe en cuanto olfateé el interior de su Cámaro: Gabe lleva ocultando tu esencia durante años. Si no hubieses vivido con él todos los veranos, probablemente los monstruos te habrían encontrado hace mucho tiempo. Tu madre se quedó con él para protegerte. Era una señora muy lista. Debía de quererte mucho para aguantar a ese tipo… por si te sirve de consuelo.
*-x-*
Atenea seguía preguntándose cómo es que una mujer tan lista había acabado enamorada de ese cara pez.
Percy sonrió ante la mención de su madre.
Era la mejor del mundo.
*-x-*
No me servía de ningún consuelo, pero me abstuve de expresarlo. «Volveré a verla —pensé—. No se ha ido.»
*-x-*
Hades frunció el ceño.
-No es una buena idea.
Percy prefirió no adelantar acontecimientos.
*-x-*
Me pregunté si Grover seguiría leyendo mis emociones, mezcladas como estaban. Me alegraba de que él y Malcolm estuvieran conmigo, pero me sentía culpable por no haber sido sincero con ellos. No les había contado el motivo por el que había aceptado aquella loca misión.
*-x-*
Ambos le sonrieron a Percy.
Thalia le mandó una descarga eléctrica.
-¿Y eso por qué?
-Me apetecía.
*-x-*
La verdad era que me daba igual recuperar el rayo de Zeus, salvar el mundo o siquiera ayudar a mi padre a salir del lío.
*-x-*
-¡Mi rayo es lo más importante!
-por supuesto. -Espetó Hera.
-Gracias hijo mío.
-Sabes que te quiero papá.
El dios del mar no se quedó tranquilo.
*-x-*
Cuanto más pensaba en ello, más rencor le guardaba a Poseidón por no haberme visitado nunca, ni haber ayudado a mi madre, ni siquiera habernos enviado un miserable cheque para la pensión. Sólo me reclamaba porque necesitaba que le hicieran un trabajito.
*-x-*
-Lo lamento.
-hey no te preocupes.
El dios del mar se entristeció.
-Ahora que sales con Lee, ¿Debo llamarle padrastro? ¿O tal vez madrastra?
El hijo de Apolo le miró mal.
-Aún no estamos juntos.
-Tú mismo lo has dicho Lee. Aún. -Dijo Luke.
-¿Tengo que dejar de llamar a Zeus tío Z y empezar a llamarle papá dos?
-¡No! -Gritó el mencionado.
-¿Y yo tengo que llamar al tío P papá dos? -Se interesó Thalia.
-Emmm. Prefiero tío P.
Hera miraba molesta a todo el mundo.
-Si frunces tanto el ceño, te saldrán arrugas. -Dijo Afrodita.
La diosa del matrimonio frunció aún más el ceño.
*-x-*
Lo único que me importaba era mamá. Hades se la había llevado injustamente, y Hades iba a devolvérmela.
*-x-*
El dios de los muertos miró mal al chico.
*-x-*
«Serás traicionado por quien se dice tu amigo —susurró el Oráculo en mi mente—. Al final, no conseguirás salvar lo más importante.»
*-x-*
-Esa parte no me gusta. -Dijo Poseidón.
-A mí tampoco me hacía ninguna gracia. -Concordó Percy.
*-x-*
«Cierra la boca», le ordené.
La lluvia no cesaba.
La espera nos impacientaba y decidimos jugar a darle toquecitos a una manzana de Grover. Malcolm era increíble. Hacía botar la manzana en su rodilla, codo, hombro, lo que fuera.
*-x-*
El hijo de Atenea sonrió con suficiencia.
*-x-*
Yo tampoco era muy malo.
El juego terminó cuando le lancé la manzana a Grover demasiado cerca de su boca. En un megamordisco de cabra engulló nuestra pelota. Grover se ruborizó e intentó disculparse, pero Malcolm y yo estábamos muriéndonos de risa.
*-x-*
En el salón de los tronos ocurría lo mismo.
*-x-*
Por fin llegó el autobús. Cuando nos pusimos en fila para embarcar, Grover empezó a mirar alrededor, olisqueando el aire como si oliera su plato favorito de la cafetería: enchiladas.
*-x-*
El sátiro deseaba comer unas enchiladas en ese momento.
*-x-*
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—No lo sé. A lo mejor no es nada.
Pero se notaba que sí era algo. Empecé a mirar yo también por encima del hombro.
Me sentí aliviado cuando por fin subimos y encontramos asientos juntos al final del autobús.
Guardamos nuestras mochilas en el portaequipajes. Malcolm no paraba de sacudir con nerviosismo su gorra de los Yankees contra el muslo.
Cuando subieron los últimos pasajeros, Malcolm me apretó la rodilla.
*-x-*
Afrodita sonrió pícaramente.
*-x-*
—Percy.
Una anciana acababa de subir. Llevaba un vestido de terciopelo arrugado, guantes de encaje y un gorro naranja de punto; también llevaba un gran bolso estampado. Cuando levantó la cabeza, sus ojos negros emitieron un destello, y mi pulso estuvo a punto de pararse.
Era la señora Dodds. Más vieja y arrugada, pero sin duda la misma cara perversa.
Me agaché en el asiento. Detrás de ella venían otras dos viejas: una con gorro verde y la otra con gorro morado.
*-x-*
-¿Las tres furias?
Hades palideció ante el descomunal cabreo de su hermano.
Lee le acarició el brazzo con suavidad hasta lograr calmar al dios del mar.
Poseidón besó con fuerza al hijo de Apolo. Después, miró durante un buen rato a su hijo asegurándose de que estaba bien.
*-x-*
Por lo demás, tenían exactamente el mismo aspecto que la señora Dodds: las mismas manos nudosas, el mismo bolso estampado, el mismo vestido arrugado. Un trío de abuelas diabólicas.
*-x-*
-Suena a grupo de rok. -Dijo Ethan.
El hijo de Némesis logró destensar un poco el ambiente.
*-x-*
Se sentaron en la primera fila, justo detrás del conductor. Las dos del asiento del pasillo miraron hacia atrás con un gesto disimulado pero de mensaje muy claro: de aquí no sale nadie.
El autobús arrancó y nos encaminamos por las calles de Manhattan, relucientes a causa de la lluvia.
—No ha pasado muerta mucho tiempo —dije intentando evitar el temblor en mi voz—. Creía que habías dicho que podían ser expulsadas durante una vida entera.
—Dije que si tenías suerte —repuso Malcolm—. Evidentemente, no la tienes.
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-La típica suerte de Percy. -Dijo Thalia.
Poseidón palideció.
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—Las tres —sollozó Grover—. Di immortales!
—No pasa nada —dijo Malcolm , esforzándose por mantener la calma—. Las Furias. Los tres peores monstruos del inframundo. Ningún problema. Escaparemos por las ventanillas.
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-¿No querías monstruos? Pues toma monstruos. -Dijo Ares.
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—No se abren —musitó Grover.
—¿Hay puerta de emergencia?
No la había. Y aunque la hubiera, no habría sido de ayuda. Para entonces, estábamos en la Novena Avenida, de camino al puente Lincoln.
—No nos atacarán con testigos —dije—. ¿Verdad?
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-Qué ingenuo e inocente. -Rió Hera.
Poseidón la miró mal.
-No sé por qué te pones así. Sólo son unos estúpidos libros. ¿Desde cuándo habéis mostrado tanto interés por vuestros hijos? Es ridículo.
-Una cosa es lo que dejemos ver a los demás, y otra muy diferente es lo que sintamos. -Espetó Hermes. -Si por mí fuera, me encargaría personalmente de todos mis hijos.
Luke se sorprendió muchísimo por esto pero sonrió.
Casi todos los dioses con hijos asintieron de acuerdo con él.
-no estás diciendo más que gilipolleces.
-Si no fuera porque los semidioses hacen falta en el mundo, yo habría dejado de tener niños. -Dijo Apolo. -No digo que no me acostaría con mortales, pero procuraría que no se quedasen en estado.
-Odio las leyes que nos prohiben tener contacto con nuestros pequeños. -Se lamentó Afrodita.
-Las leyes están para algo.
-¡Cállate ya Hera! -Bramó Hades.
Zeus decidió no hablar.
Grover decidió seguir leyendo.
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—Los mortales no tienen buena vista —me recordó Malcolm—. Sus cerebros sólo pueden procesar lo que ven a través de la niebla.
—Verán a tres viejas matándonos, ¿no?
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-Eso suena perturbador. -Se estremeció Charles.
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Pensó en ello.
—Es difícil saberlo. Pero no podemos contar con los mortales para que nos ayuden. ¿Y una salida de emergencia en el techo…?
Llegamos al túnel Lincoln, y el autobús se quedó a oscuras salvo por las bombillitas del pasillo. Sin el repiqueteo de la lluvia contra el techo, el silencio era espeluznante.
La señora Dodds se levantó. Como si lo hubiera ensayado, anunció en voz alta:
—Tengo que ir al aseo.
—Y yo —añadió la segunda furia.
—Y yo —repitió la tercera.
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-Son un poco cantosas. -Dijo Luke.
-Lo dicen para atraer la atención de los mortales y que no sospechen. -Comentó Atenea.
Luke la miró dudoso.
*-x-*
Y las tres echaron a andar por el pasillo.
—Percy, ponte mi gorra —me urgió Malcolm.
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-Nunca le ha dejado su gorra a nadie. -Comentó Thalia.
-nunca ha hecho falta. -Se justificó el rubio.
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—¿Para qué?
—Te buscan a ti. Vuélvete invisible y déjalas pasar. Luego intenta llegar a la parte de delante y escapar.
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-No os dejará allí solos. -Dijo Michael.
Percy le sonrió y Tommy frunció el ceño disgustado.
*-x-*
—Pero vosotros…
—Hay bastantes probabilidades de que no reparen en nosotros. Eres hijo de uno de los Tres Grandes, ¿recuerdas? Puede que tu olor sea abrumador.
—No puedo dejaros.
—No te preocupes por nosotros —insistió Grover—. ¡Ve!
Me temblaban las manos. Me sentí como un cobarde, pero agarré la gorra de los Yankees y me la puse.
*-x-*
-¡pringado!
-Cierra el pico Ares. -Dijo Deméter.
*-x-*
Cuando miré hacia abajo, mi cuerpo ya no estaba. Empecé a avanzar poco a poco por el pasillo.
Conseguí adelantar diez filas y me escondí en un asiento vacío justo cuando pasaban las Furias.
La señora Dodds se detuvo, olisqueó y se quedó mirándome fijamente. El corazón me latía desbocado.
Al parecer no vio nada, pues las tres siguieron avanzando.
*-x-*
Poseidón estaba tenso. Abrazaba a Lee con fuerza mientras miraba atentamente a su hijo.
*-x-*
Por los pelos, pensé, y continué hasta la parte delantera del autobús. Ya casi salíamos del túnel Lincoln.
Estaba a punto de apretar el botón de parada de emergencia cuando oí unos aullidos espeluznantes en la última fila.
Las ancianas ya no eran ancianas. Sus rostros seguían siendo los mismos —supongo que no podían volverse más feas—, pero a partir del cuello habían encogido hasta transformarse en cuerpos de arpía marrones y coriáceos, con alas de murciélago y manos y pies como garras de gárgola. Los bolsos se habían convertido en fieros látigos.
Las Furias rodeaban a Grover y Malcolm, esgrimiendo sus látigos.
*-x-*
-Me he enamorado. -Dijo Ethan.
-Yo también. -siguió Luke.
-Son tan guapas... -Suspiró Apolo.
-Su belleza me resulta abrumadora. -Intervino Afrodita.
Todos rieron menos tensos.
*-x-*
—¿Dónde está? ¿Dónde? —silbaban entre dientes.
Los demás pasajeros gritaban y se escondían bajo sus asientos. Bueno, por lo menos veían algo.
—¡No está aquí! —gritó Malcolm—. ¡Se ha ido!
Las Furias levantaron los látigos.
Malcolm sacó el cuchillo de bronce. Grover agarró una lata de su mochila y se dispuso a lanzarla.
*-x-*
Clarisse bufó y le tiró una lata al sátiro.
Éste la atrapó con la boca y después de masticarla y tragársela, siguió leyendo.
*-x-*
Entonces hice algo tan impulsivo y peligroso que deberían haberme nombrado para Niño THDA del Año.
*-x-*
Poseidón miró al chico interrogante.
*-x-*
El conductor del autobús estaba distraído, intentando ver qué pasaba por el retrovisor. Aún invisible, le arrebaté el volante y lo giré abruptamente hacia la izquierda. Todo el mundo aulló al ser lanzado hacia la derecha, y yo oí lo que esperaba fuera el sonido de tres Furias aplastándose contra las ventanas.
—¡Eh, eh! ¿Qué dem…? —gritó el conductor—. ¡Uaaaah!
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Todos reían imaginando la escena.
*-x-*
Forcejeamos por el volante y el autobús rozó la pared del túnel, chirriando, rechinando y lanzando chispas alrededor.
*-x-*
Hefesto y su hijo miraron mal a Percy.
*-x-*
Salimos del túnel Lincoln a toda velocidad y volvimos a la tormenta, hombres y monstruos dando tumbos dentro del autobús, mientras los coches eran apartados o derribados como si fueran bolos.
*-x-*
Ares reía como loco.
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De algún modo, el conductor encontró una salida. Dejamos la autopista a todo trapo, cruzamos media docena de semáforos y acabamos, aún a velocidad de vértigo, en una de esas carreteras rurales de Nueva Jersey en las que es imposible creer que haya tanta nada justo al otro lado de Nueva York. Había un bosque a la izquierda y el río Hudson a la derecha, hacia donde el conductor parecía dirigirse.
Otra gran idea: tiré del freno de mano.
*-x-*
-¡Me cae bien este chico! -Dijo Apolo.
*-x-*
El autobús aulló, derrapó ciento ochenta grados sobre el asfalto mojado y se estrelló contra los árboles.
Se encendieron las luces de emergencia. La puerta se abrió de par en par. El conductor fue el primero en salir, y los pasajeros lo siguieron gritando como enloquecidos. Yo me metí en el asiento del conductor y los dejé pasar.
*-x-*
-Debería haber sido el último en salir. -Dijo Hestia de mal humor.
*-x-*
Las Furias recuperaron el equilibrio. Revolvieron sus látigos contra Malcolm , mientras éste amenazaba con su cuchillo y les ordenaba que retrocedieran en griego clásico. Grover les lanzaba trozos de lata.
*-x-*
Clarisse le lanzó otra lata al sátiro. Éste se la comió con gusto.
*-x-*
Observé la puerta abierta. Era libre de marcharme, pero no podía dejar a mis amigos. Me quité la gorra de invisibilidad.
—¡Eh!
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Malcolm le pegó un puñetazo en el brazo.
*-x-*
Las Furias se volvieron, me mostraron sus colmillos amarillos y de repente la salida me pareció una idea fenomenal. La señora Dodds se abalanzó hacia mí por el pasillo, como hacía en clase justo antes de entregarme un muy deficiente en el examen de matemáticas. Cada vez que su látigo restallaba, llamas rojas recorrían la tralla. Sus dos horrendas hermanas se precipitaron saltando por encima de los asientos como enormes y asquerosos lagartos.
*-x-*
-Tres veldades. -Dijo Hermes de manera soñadora.
*-x-*
—Perseus Jackson —dijo la señora Dodds con tono de ultratumba—, has ofendido a los dioses. Vas a morir.
*-x-*
-Cuanto amor. -Dijo Charles sarcástico.
-Los monstruos me adoran. -Secundó Percy.
-Se nota. -intervino Lee.
*-x-*
—Me gustaba más como profesora de matemáticas —le dije.
*-x-*
-Sesos de alga. -Rió Thalia.
*-x-*
Gruñó.
Malcolm y Grover se movían tras las Furias con cautela, buscando una salida.
Saqué el bolígrafo de mi bolsillo y lo destapé. Anaklusmos se alargó hasta convertirse en una brillante espada de doble filo.
Las Furias vacilaron.
La señora Dodds ya tenía el dudoso placer de conocer la hoja de Anaklusmos.
*-x-*
-Mi brazo también conoce ese dudoso placer. -Dijo Lee.
Poseidón le frunció el ceño a su hijo y besó al chico que tenía entre sus brazos con dulzura.
-¿Tenéis que hacer eso delante de mí?
-Sí. -Contestó el dios del mar a su hijo.
*-x-*
Evidentemente, no le gustó nada volver a verla.
—Sométete ahora —silbó entre dientes— y no sufrirás tormento eterno.
—Buen intento —contesté.
—¡Percy, cuidado! —me advirtió Malcolm.
La señora Dodds enroscó su látigo en mi espada mientras las otras dos Furias se me echaban encima.
Sentí la mano como atrapada en plomo fundido, pero conseguí no soltar a Anaklusmos. Golpeé a la Furia de la izquierda con la empuñadura y la envié de espaldas contra un asiento. Me volví y le asesté un tajo a la de la derecha. En cuanto la hoja tocó su cuello, gritó y explotó en una nube de polvo.
*-x-*
-¡Ese es mi hijo! -Gritó Poseidón.
Ares levantó el puño.
*-x-*
Malcolm aplicó a la señora Dodds una llave de lucha libre y tiró de ella hacia atrás, mientras Grover le arrebataba el látigo.
—¡Ay! —gritó él—. ¡Ay! ¡Quema! ¡Quema!
La Furia a la que le había dado con la empuñadura en el hocico volvió a atacarme, con las garras preparadas, pero le asesté un mandoble y se abrió como una piñata.
*-x-*
-Demasiado gráfico. -Se quejó Silena.
-Se ha cargado a las tres furias. -Se sorprendió Hades.
-¡Siiiiiii! -Gritó Poseidón.
*-x-*
La señora Dodds intentaba quitarse a Malcolm de encima. Daba patadas, arañaba, silbaba y mordía, pero Malcolm aguantó mientras Grover le ataba las piernas con su propio látigo. Al final ambos consiguieron tumbarla en el pasillo. Intentó levantarse, pero no tenía espacio para batir sus alas de murciélago, así que volvió a caerse.
—¡Zeus te destruirá! —prometió—. ¡Tu alma será de Hades!
*-x-*
-Todas las almas acaban siendo mías.
*-x-*
—Braceas meas vescimini! —le grité. No estoy muy seguro de dónde salió el latín. Creo que significaba «Y un cuerno».
*-x-*
Los dioses miraban asombrados a Percy.
-(Tal vez sea un legado romano de alguno de nosotros. -Pensaban.
Una luz blanca bañó tenuemente la sala y una carta cayó en el regazo de Lee.
Poseidón la cogió y la leyó en voz alta.
"Somos las Moiras. Resulta, que Perseus Jackson es legado de Vulcano. Él es su bisabuelo."
Hefesto parpadeó a su forma romana por un segundo.
La nota se desintegró en la mano de Poseidón.
Charles abrazó a Percy casi partiéndole dos costillas en el proceso.
Hefesto sonrió y el hijo de Poseidón le devolvió la sonrisa.
*-x-*Un trueno sacudió el autobús. Se me erizó el vello de la nuca.
—¡Salid! —ordenó Malcolm—. ¡Ahora!
No necesité que me lo repitiese.
Salimos corriendo fuera y encontramos a los demás pasajeros vagando sin rumbo, aturdidos, discutiendo con el conductor o dando vueltas en círculos y gritando impotentes.
—¡Vamos a morir!
*-x-*
-Todo el mundo morirá en algún momento. -Intervino Hades.
-¡Viva la positividad! -Gritó Apolo.
-Solo he dicho la verdad. -Se quejó el dios de los muertos.
*-x-*
—Un turista con una camisa hawaiana me hizo una foto antes de que pudiera tapar la espada.
—¡Nuestras bolsas! —dijo Grover—. Hemos dejado núes…
¡BUUUUUUM!
*-x-*
-Eso ha sonado a explosión. -Se emocionó Ares.
*-x-*
Las ventanas del autobús explotaron y los pasajeros corrieron despavoridos. El rayo dejó un gran agujero en el techo, pero un aullido enfurecido desde el interior me indicó que la señora Dodds aún no estaba muerta.
—¡Corred! —exclamó Malcolm—. ¡Está pidiendo refuerzos! ¡Tenemos que largarnos de aquí!
Nos internamos en el bosque bajo un diluvio, con el autobús en llamas a nuestra espalda y nada más que oscuridad ante nosotros.
*-x-*
-¿Lanzaste un rayo hacia mi hijo? -preguntó Poseidón muy enfadado.
-Eso no ha sucedido todavía. Además, ¡No tengo a Astrapí!
-Ya ha terminado el capítulo. -Intervino Grover.
-Yo leeré. -Dijo Bianca.
El sátiro le pasó el libro a la chica.
-Resulta un poco raro leer sobre ti mismo en tercera persona. -Comentó Grover.
Bianca iba a comenzar la lectura, pero una luz grisácea se lo impidió.
