CAPÍTULO XI

-Espera un momento aquí. –Dijo Emily antes de ingresar al restaurant, tratando de recomponerse, secándose las lágrimas que aún brotaban de sus verdes ojos.

-Pero… ¿Por qué? ¿Qué sucede? –Preguntó Candy sorprendida, mirando a las tres damas y al chofer que estaban igual de confundidos que ella.

Emily no prestó atención a aquello e ingresó sin titubeos al restaurant. Al hacerlo, se encontró con varias mesas ocupadas por gente conocida, quienes al verla se levantaron rápidamente de sus asientos y se acercaron con miradas expectantes.

-¿Y? ¿Está aquí? –Preguntaron todos al mismo tiempo.

-Sí, sí, está aquí. Acaba de llegar. –Respondió Emily con una sonrisa de oreja a oreja en su rostro.

No se quedó mucho tiempo allí, ya que rápidamente se alejó de ellos y se dirigió a la cocina. Al ingresar, vio como una señora petacona, de baja estatura, rellenita de cabellos negros recogidos con un rodete y un delantal floreado cubriendo su largo vestido rosa, iba y venía como un torbellino por todo el lugar.

-¿Y las cebollas para mi salsa? –Preguntaba batiendo las palmas, a los dos muchachos que estaban con ella. -¿Quién tiene las cebollas?

-Aquí están. –Respondió uno de los ayudantes, alcanzándole unas cebollas que reposaban sobre una mesada.

-Bien, ponlas aquí Carl. Las necesito aquí mismo ¿de acuerdo? Añade los tomates, es la hora. John, ¿le pusiste el ajo que te ordené? ¿No? –Preguntaba al ver la cara de susto de su otro ayudante. -¡¿Y qué esperas para hacerlo hombre, que me haga vieja? ¡Vamos chicos, que ya es casi la hora de la cena! Ah, y una cosa más, si pudiesen volver atrás en el tiempo e impedir que le coloque miel a la salsa napolitana, les agradecería infinitamente. ¡No dejen que haga cosas así en el futuro!

-¡Hola Valerie! –Saludó de pronto Emily, interrumpiendo aquella discusión.

-¡Hola Emily! ¿Pero qué haces levantada? Deberías estar haciendo reposo…

-¿Podrías apartarte de esa sartén un momento?

-¿Acaso ves alguna poción mágica? Esto no es un juego querida… ¡Esto es una salsa napolitana y es para siempre!

-Déjala….

-De acuerdo, ¿qué sucede? ¡Oh, pero vaya, qué sonrisa! ¿Y a qué se debe esa alegría? Oh, oh, oh… ¡Oh, Dios mío! Ella está aquí ¿cierto? –Preguntó la petacona mujer llevándose ambas manos al pecho.

-Tú ven conmigo. –Dijo agarrándola del brazo. –Y ustedes también, ¿qué esperan? ¡Vengan!

La cocina en un segundo fue desalojada, y tanto la cocinera como los dos ayudantes seguían en fila india a la débil pero feliz dama. Emily los llevó hasta el centro del comedor y allí se detuvo.

-Damas y caballeros, espero que estén listos para el momento que todos esperábamos… ¡Trrrrrrrrrrrrrrrr!

-¿Qué es eso? –Preguntó uno de los clientes que se había levantado de su mesa con curiosidad.

-Es un redoble de tambores, señor James.

-¿En serio? Pues a mí me pareció el sonido que hace el coche de mi proveedor cuando arranca. –Dijo Valerie sonriendo a más no poder. Le encantaba bromear con las ocurrencias de Emily.

-Ustedes sólo síganme la corriente ¿de acuerdo?- Dijo Emily ya un tanto molesta, pero sin poder quitarse la sonrisa del rostro.

-¡Está bien! –Respondieron todos los presentes al unísono.

-¡Damas y caballeros, les presento a Candy Adams! –Dijo finalmente Emily abriendo la puerta del restaurant, dando el paso a las cuatro damas y al chofer que esperaban impacientemente afuera.

-¡Ay, Emily! Qué manera de hacernos esperar, querida… Nos estábamos congelando allá afuera. –Dijo la mayor de las damas mientras se sacudía el tapado. -¿Por qué tanto misterio?

-Oh, oh, oh… Candy Adams… ¡Candy Adams! –Comenzó a hablar la cocinera mientras respiraba dificultosamente. –Oh, estoy hiperventilando, hiperventilando… Pero no se preocupen, estoy bien… Sólo que estoy hiperventilando…

-Val… ¿Necesitas una bolsa? –Preguntó uno de los ayudantes de la cocina al ver como la señora petacona se agarraba el pecho.

-Si John, estoy bien, gracias… Sólo que estoy tan feliz… Oh pero por todos los cielos, eres igualita a tu madre… -Valerie emocionada hasta las lágrimas, se acercó a Candy agarrándole fuertemente de las manos. -Justo hoy estaba recordando que falta poco para tu cumpleaños y deseaba tanto que estuvieras aquí para festejarlo con nosotras… Y ahora estás aquí… ¡Dios! ¿Y si todo lo que deseo se hace realidad?

-Rápido, desea que venga la primavera por favor, que me estoy congelando. –Interrumpió la señora Lee que seguía en la puerta de entrada con sus bolsos en la mano.

-Oh, pero cuánto lo siento Ashley. Somos unas malas anfitrionas. Bienvenidas a nuestro restaurant. Pasen, siéntense aquí. Esta es la mejor mesa porque tiene la mejor vista. –Decía Valerie mientras las ubicaba en una mesa con un enorme ventanal que daba a la plaza central.

-¿Nuestro restaurant? –Preguntó Candy. Era la primera vez que hablaba desde que había ingresado al lugar.

-Sí querida… El restaurant es de tu madre y mío. Lo compramos hace algunos años a los hijos de Sookie McCarthy, la antigua dueña que falleció a los 80 años de un ataque al corazón. Sookie fue prácticamente mi maestra de cocina, me enseñó todo lo que sé ahora. Era una mujer muy buena, ¿no es así Emily? – Preguntó Valerie con una inmensa sonrisa a una distraída Emily que en ese momento se estaba sentando muy despacio con las demás mujeres.

-Sí, sí… -Respondió ella, sin prestarle demasiada atención.

Un silencio incómodo reinó en la mesa. Como si nuevamente se encontraran debajo del ojo de una tormenta. Tanto la señora Abott, como la señora Lee y la señora Walker, que estaban en ese momento a punto de sentarse en la mesa se miraron fijamente entre sí.

-Chicas, ¿qué les parece si llevamos primero nuestro equipaje al dormitorio, de paso nos cambiamos esta ropa húmeda y luego venimos a cenar? –Preguntó Caroline de pronto, que veía la necesidad de dejar a solas a madre e hija.

-Pero Caroline, yo tengo hambre… -Refunfuñó Ashley mientras se alejaba a regañadientes de la mesa.

-Comeremos más tarde, vamos… -Dijo Viviane que en seguida entendió las intenciones de su amiga.

-Bueno, mientras estas bellas señoras se van a cambiar ¿qué les parece si les sirvo una de mis especialidades? ¡Tallarines con salsa napolitana! ¿Eh? ¿Qué les parece? –Ofreció Valerie emocionadísima por todo lo que estaba pasando.

-Está bien Valerie, lo que traigas estará bien… -Dijo Emily que ya se le notaba un tanto cansada.

-Valerie es la mejor cocinera del pueblo Candy, ahora cuando pruebes su comida verás lo que te digo. –Agregó Caroline que aún no se había ido del todo. –Bueno, yo me retiro, hablamos más tarde, hasta luego.

-Hasta luego. –Respondieron al unísono las damas que se quedaban en el comedor.

-Bueno, enseguida les traigo su cena. –Dijo Valerie mientras se retiraba a paso rápido como un torbellino hacia la cocina. –John, Carl, dejen de charlar y vengan que seguramente ya se nos quemó la salsa. Y nuevamente, si por esas casualidades del destino pueden viajar al pasado por favor no dejen que me olvide la salsa en el fuego. Les agradecería infinitamente. ¡No dejen que estas cosas pasen en el futuro! –Y así en medio de gritos y discusiones, la petacona cocinera con sus dos ayudantes se perdieron dentro de la cocina.

-¡Oh, vaya! Sí que es una mujer muy simpática. –Dijo Candy sonriendo mientras veía toda la escena.

-Sí… Valerie es una de mis mejores amigas, además de Viviane, Caroline y Ashley. Cuando con tu padre vinimos a vivir aquí, conocí a Valerie mientras buscaba trabajo y ella fue la que habló con la señora McCarthy, quién nos empleó a ambos en un abrir y cerrar de ojos, a mí como mesera y a tu padre como ayudante de cocina. Esto es lo que tiene la gente de este pueblo… No son de juzgar a la gente por las apariencias. Si supieras cómo veníamos vestidos… Yo toda una dama de sociedad y tu padre todo un hombre de negocios. Nunca se nos hubiera cruzado por la cabeza que algún día tendríamos que trabajar en un lugar como éste, pero sin embargo así fue ¿puedes creerlo? –Una inmensa sonrisa se dibujó en los labios de Emily mientras hablaba y sus ojos brillaban intensamente. Era como si estuviera viendo los momentos vividos hace muchísimo tiempo. –Y hoy por hoy te digo, que fue lo mejor que nos pudo pasar en la vida… Sí… Éramos tan jóvenes… Yo sólo contaba con 16 años y tu padre con 22. Lo único que cada uno traía encima era una pequeña maleta y nada más… Bueno, además de un inmenso puñado de sueños… Sueños que deseaban a gritos la eterna felicidad…

Candy la miraba fijamente. Emily en un segundo había perdido su verde mirada en la blanca plaza que se veía detrás de los cristales. No sabía muy bien cómo hablar o qué decir. Las conversaciones espontáneas de repente se habían esfumado y nuevamente se encontraban como al principio, nuevamente eran dos personas desconocidas compartiendo una mesa. Candy se sentía incómoda, se preguntaba una y otra vez qué hacía allí, por qué sentía un inmenso cariño por la mujer que estaba sentada enfrente y a la vez rechazo. Por qué tenía unas inmensas ganas de charlar, contarle toda su vida y a la vez se sentía tímida y asustada. Por qué se sentía tan extraña así consigo misma y a la vez tan feliz que quisiera bailar por toda la habitación. Por qué, por qué, se preguntaba…. Por qué tenía sentimientos tan contradictorios, tan confusos que la perdían cada vez más y más… Y como queriendo escapar de la realidad, cerró los ojos y respiró profundamente una y otra vez, calmó su mente y buscó en su interior. Si había algo que había aprendido en tantos años de luchar contra los rechazos de la alta sociedad, era buscar la calma en su interior, encontrarse consigo misma, sólo así podía enfrentar todas las situaciones difíciles de su vida, sólo así podía hacerle frente a los ataques de pánico.

Fue así como lentamente fue cayendo en un pequeño trance, recordando sus viejas aventuras en el hogar de Ponny, el padre árbol, Annie y Tom, luego la ida a Lakewood, Anthony, Archie y Stear… Y luego vio, algo más… Algo especial y mágico… Casi sin querer y sin buscarlo, vio a unos maravillosos luceros celestes mirándola con cariño, con una grandiosa sonrisa y sólo una frase vino a su mente…

"Pequeña ¿sabes que eres más linda cuando sonríes?"

Albert… Su príncipe… Era increíble que apenas en los recuerdos le encontraba, pero aún así tenía la capacidad para calmar a su agitado corazón…

"Albert… ¿Qué estarás haciendo en este momento?"

-Candy, Candy… -Oyó a su madre, sacándola súbitamente de sus pensamientos.

-¿Eh, sí?

-Valerie nos acaba de traer la comida y ni te diste cuenta, se ve que estabas más distraída que yo. –Dijo Emily, guiñándole un ojo. Aquello que estaba viviendo era tan de otro mundo, que aún le costaba creer que la insoportable soledad que sentía hace algunos días se estaba yendo de a poco.

-Perdón, no volverá a pasar… ¿comemos? –Dijo Candy simulando una sonrisa.

-Sí, sí… Comemos.

El resto de la cena la pasaron prácticamente en silencio. Comieron todo el tallarín con salsa napolitana que les había servido Valerie pero omitieron el postre. Ambas estaban más que cansadas y lo único que deseaban era ir a recostarse un rato.

-Obviamente, te hospedarás en nuestra casa que se encuentra justo detrás del restaurant, Candy. Valerie y yo vivimos juntas hace un par de meses. –Decía Emily mientras caminaba tomándola fuertemente del brazo. La noche había caído hace media hora y los dolores comenzaron a sentirse con más intensidad. No debía tardar tanto en llegar a su habitación y llamar a su enfermera para que le dé su dosis de calmante. –Allí tienes una habitación hecha especialmente para ti, espero que te guste.

Lentamente atravesaron el pequeño comedor, ambas tomadas del brazo, hasta llegar a una puerta trasera que comunicaba el restaurant con la casa. Los pasos de Emily se hacían cada vez más lentos y Candy en seguida se dio cuenta del por qué. Los años que había trabajado tanto en la escuela de Mary Jane como en el hospital de Chicago le habían dado muchísima experiencia en ese tipo de dolencias. Y aunque el cáncer era una enfermedad que aún no se sabía por qué ocurría ni mucho menos si tenía cura, sí se sabía que era muy dolorosa y que se debía recurrir a calmantes muy fuertes para que el paciente pudiera soportarlo.

-Mi madre, es decir, tu abuela tuvo que regresar a Nueva York para ocuparse de unos asuntos familiares, y desde entonces Valerie y yo nos hacemos compañía mutuamente. –Continuó hablando Emily quedamente.

-¿Nueva York? –Preguntó Candy quedándose estática al escuchar aquello.

-Sí, Nueva York. En realidad tanto los Knight como los Adams, somos de Nueva York. Prácticamente toda nuestra familia se encuentra viviendo allá. Pero, esa historia será para otro momento, ahora estoy muy cansada…

-Oh sí, te acompaño a tu habitación. –Dijo Candy tomando nuevamente aire profundamente, tratando de recomponerse. Definitivamente los últimos días habían sido más que estresantes y apenas que le era posible mantenerse serena.

Una vez que llegaron al dormitorio y que Candy la ayudó a cambiarse y a recostarse en su sencilla pero elegante cama de dos plazas, Emily le pidió por favor que vaya a la habitación contigua a llamar a su enfermera.

-Ahora que estoy aquí yo también puedo ayudarte, porque también soy enfermera ¿lo sabías? –Le dijo Candy sonriendo mientras acomodaba unos cuantos almohadones debajo de su cabeza y la arropaba cariñosamente.

-¿En serio? –Preguntó Emily sorprendida. -Nunca me hubiese imaginado que Los Andrew dejaban trabajar a sus mujeres.

-No, no lo hacen… Conmigo fue una excepción. Pero ya te contaré más sobre eso, en otro momento –Dijo Candy guiñándole un ojo. –Ahora quédate aquí que en seguida regreso.

Candy salió rápidamente de la habitación, regresando al cabo de unos minutos con una mujer bastante mayor vestida con el uniforme característico, que traía una cajita en sus manos.

-Bien señora Emily. Como bien sabe ha llegado la hora de su calmante ¿de acuerdo? –Decía la enfermera mientras sacaba una inmensa jeringa de la cajita que había traído. –Bien, ahora como siempre lo hacemos. Respire profundamente, eso es… Listo, ya está. Creo que con esto no habrá más dolores por unas horas –Dijo la mujer al terminar de inyectarle la dosis correspondiente de calmante.

-¿Candy? –Preguntó Emily mientras trataba de mantener los ojos abiertos.

-¿Sí?

- Haz algún ruido para que sepa que no haz desaparecido.

-Acá estoy…

-Sí, ahí estás… Mi niña… Al fin estás aquí, al fin te encontré… Oye, me olvidé de algo.

-¿De qué?

-¿Ves aquel cuaderno de tapa dura? –Preguntó Emily señalando un cuaderno de tapa de cuero marrón que estaba sobre un escritorio a un costado de la habitación.

-Sí… -Contestó Candy.

-Bueno, es tuyo… Quiero que lo leas… Son notas, las escribí con lo que tenía a mano… Cada vez que ocurría algo que quería comentarte, o cualquier pensamiento de nuestro tiempo asqueroso, lo he apuntado y lo he metido en aquel cuaderno para que no se me olvidase…

-¿De verdad? –Preguntó Candy ya sintiendo cómo un par de lágrimas hacían el esfuerzo por fugarse de sus ojos.

- Te he extrañado tanto, mi querida niña…

-Y yo a ti… Mamá… -Candy no aguantó más y le abrazó fuertemente ahogando el llanto en el suave cuello de su madre. Decir mamá era tan extraño, tan diferente, tan irreal… Pero a la vez tan dulce y mágico… Imposible de explicar…

Candy se quedó allí hasta que Emily logró dormirse. En completo silencio salió del dormitorio, no sin antes tomar el cuaderno que su madre le había regalado. Con la ayuda de la enfermera encontró su dormitorio y una vez que ingresó allí, no podía creer lo que sus ojos veían… Todo era tan bonito… Con las paredes pintadas de un rosa claro, la cama grande de dos plazas en el centro con suaves sábanas blancas decoradas con delicados corazones lilas bordados a mano. Pequeñas mesitas de luz, ubicadas una en cada costado de la cama con un inmenso florero sobre ellas, un enorme escritorio de madera muy fina frente a un ventanal que daba a un grandioso patio que todavía no tenía el gusto de visitar pero que ya lo haría al día siguiente, y a su derecha un enorme armario con toda clase de ropa, vestidos y zapatos femeninos, especial para una joven de su edad.

-Mamá… Se ve que jamás perdiste la esperanza de encontrarme ¿verdad? –Hablaba Candy quedamente, mientras hacía el esfuerzo por contener las lágrimas.

Estaba emocionada, ver todo el amor de una madre no era algo que alguna vez en su vida se imaginó experimentar. Todo parecía un sueño… Pero sin embargo, allí estaba… Viviendo aquellos increíbles momentos, extraños, de eso no cabía duda, pero definitivamente hermosos.

De repente un pensamiento cruzó por su mente, helando su piel: Aquellos bellos momentos no iban a ser eternos y tal vez hasta ni siquiera durasen tanto. Oh por Dios… Si había algo que había aprendido al ser enfermera era que aquella horrible enfermedad no daba muchas esperanzas de vida, todavía recordaba cómo tuvo que obligarse a aprender a lidiar con la muerte, y con el paso del tiempo lo había conseguido, pero jamás, absolutamente jamás, creyó tener que vivir un caso tan cercano, jamás creyó tener que vivir aquello con su propia madre.

Sin darse cuenta, se dejó caer en la cama. De repente, todo había cambiado… Su vida ya no le era conocida, su apellido le era totalmente extraño… Y como despertando de un profundo sueño, veía dónde se encontraba, en un pueblo a cientos de kilómetros del hogar que la vio crecer… Se sentía completamente perdida… Y sin saber por qué de repente sintió una profunda angustia en su pecho… Llevándola sin remedio a aquel mundo donde la soledad reina y las lágrimas abundan…

"Oh, Albert… ¿Dónde estás? Te necesito tanto…"

Continuará…

s-s-s

*Capítulo basado en la serie televisiva "Gilmore Girls" (Temporada 6)

¡Hola chicas! ¿Cómo están?

Mily: Gracias amiga! Me alegra infinitamente que te guste mi historia, y más me hace feliz que te hayas enganchado. Espero que este capítulo también te haya gustado. Besitos! :)

Anahis: Síii, por fin una mami! :) Jaja son muchas preguntas, que se irán contestando en los próximos capítulos, lo prometo! ;) Abrazoooo! :)

Passcusa: Jajaja, bueno, veremos qué pasa con la mamá de Candy, veremos… ;) Muchísimas gracias a vos por tomarte el tiempo de leer y comentar. Muchísimas gracias de verdad. Besotes! :)

Coquette: Hola! Gracias! :) Espero que este capítulo también te haya gustado. Abrazo! :)

Galaxylam84: Gracias :) Si te cuento que yo casi me largo a llorar al escribirlo… Abrazote y gracias por comentar! :)

Vane: Jaja, como ya te había dicho, no te voy a decir por qué el fic se llama así, eso solita lo vas a tener que descubrir jijiji :P Bueno, del padre todavía no sabe nada, peeeeeeeero, veremos… Todo puede pasar jijijiji ;) Abrazoote amiga! :)

Rianne Black: ¡Hola! Ya te había contestado este comentario pero como me descubriste jejeje ;) creo que no estaría mal contestarte de nuevo… Sí, en los grupos ya lo había puesto como aclaración y acá iba a aclararlo al final, pero ya que lo mencionas, sí, es en Gilmore Girls que me estoy basando para el pueblo y un poco más, seguro te diste cuenta también al leer este capítulo ¿no? ;) Es que adoré esa serie y bueno, quise darle también ese toque mágico a mi cuento… Espero que te siga gustando ;) Un abrazooote y gracias por leer y comentar :)

Llara-y: Muchísimas gracias amiga :) Un abrazo gigante! :)

Eliza: Muchísimas gracias, espero que este capítulo y los que siguen también te gusten :)

Elyter: Muchísimas gracias por tomarte tu tiempo para leer y comentar :) Jaja, espero que este capítulo no te haya parecido tan pequeño como el anterior ;) Un abrazo!

Magnolia: ¡Hola amiga! Gracias por comentar aquí también! :) Gracias, esa era la idea jiji ;) Abrazoooteee!

Gracias chicas por leer, seguir mi historia y comentar. Espero que este capítulo también les haya gustado :)

Les mando un abrazote gigante y bien fuerte :)

Y nos vemos en el próximo capítulo por este mismo canal :)

Abrazooooooooo :)