Los cuatro entraron en la sala principal. Aún seguían entrando soldados heridos procedentes de los diferentes puestos del fortín.
- Repliega a todos. Toca retirada. - Érewyn escuchó las órdenes de su tío desde la parte posterior de la sala, donde se refugió en las sombras para no ser reconocida. Legolas, junto con Gimli y un grupo numeroso de hombres, ayudaba a preparar la enorme balda con la que atrancarían la puerta una vez acabaran de entrar todos los heridos .
- ¡Volved, volved! ¡Todos atrás! - Gritaba Gamelin.
- Han atravesado el portón. Están en la fortaleza. - Informó Aragorn - Adentro, ¡metedlos dentro!
La puerta se cerró, y casi todos los hombres y elfos se apostaron tras ella haciendo presión sobre los tablones. Casi de inmediato, los familiares golpetazos del ariete retomaron su ritmo, esta vez, sobre la puerta del castillo, más pequeña y más frágil. Théoden suspiró.
- Han tomado la fortaleza, es el fin. - La voz derrotada del rey llamó la atención de Aragorn. Se acercó a él dispuesto aquella vez a rebatir sus argumentos, fueran cuales fueran.
- Dijísteis que esta fortaleza no caería mientras la defendiérais, y seguís defendiéndola. Ellos han muerto defendiéndola. - Dijo, señalando con el dedo hacia el exterior del castillo. - ¿No hay otra salida en la caverna para las mujeres y los niños? - Obtuvo el silencio por respuesta, Gamelin miraba a su rey, esperando quizás un atisbo de esperanza, y Aragorn tuvo que repetir la pregunta para llamar su atención - ¿Hay alguna otra salida?
- Hay un pasadizo. - Respondió el capitán de Cuernavilla. - Lleva a las montañas, pero no llegarán lejos. Los uruk-hai son demasiados.
- Ordena a mujeres y niños que vayan al paso de montaña, ¡y levantad una barricada! - Gamelin obedeció las órdenes de Aragorn sin rebatirlas. Su rey se había quedado sin recursos y le resultaba demasiado doloroso contemplarle y esperar quizá que reaccionara por fin y volviera a tomar el mando.
- Demasiada muerte… - Murmuró Théoden - ¿Qué pueden los hombres ante tan aciago destino?
Érewyn, suspiró. La angustia de su tío la había derrumbado, y deseó poder descubrirse y abrazarle una última vez. Apoyó la espalda en la fría piedra de la pared. Las lágrimas rodaban por su rostro, silenciosas. ¿Cómo imaginar que su vida y la de sus seres más queridos iba a acabar de aquella forma? ¿No se suponía que el bien siempre triunfaba por encima del mal? ¿Dónde quedaba el honor? ¿Para qué había servido tanto sacrificio? Buscaba inconscientemente respuestas para aquellas preguntas y se daba cuenta de que el tiempo se le escapaba de las manos. En cualquier momento romperían la puerta y se acabaría todo. Sollozó en silencio y bajó la vista al suelo.
De repente notó una mano en su brazo y se sobresaltó. Legolas trataba de consolarla en silencio, en aquel oscuro rincón, esperando pacientemente a que recuperara la compostura. Ella cerró los ojos y siguió llorando, siendo incapaz de liberarse de la tristeza que la embargaba.
Los golpes sordos del ariete resonaban en la sala y el silencio se había apoderado del ambiente. Todos aguardaban el fatal destino, tratando de defenderse hasta el último momento.
Gimli se acercó a ellos, y Érewyn vió cómo le sonreía, mientras sujetaba firmemente el mango de su hacha.
- ¿Qué está pasando aquí? Hace un momento estaba ante una guerrera de Rohan. ¿No me digáis que os habéis venido abajo! - Ella le miró, y dejó de llorar.
Una guerrera de Rohan, una dama de hierro rohirrim. Eso era su esencia en realidad. Siempre había sido así y lo había demostrado con creces. Estaban vivos aún y hasta el momento había luchado por ella misma, por sus amigos y su familia y había defendido aquella fortaleza con uñas y dientes.
- Nunca sabemos lo que nos depara el destino, por aciago que sea… - La voz de Legolas susurró y Érewyn miró sus ojos, que brillaban con aquella luz tan característica. - Pero jamás debes perder la esperanza. ¿Recuerdas? - El elfo le sonrió y ella dejó de llorar a pesar de seguir oyendo las embestidas y los rugidos al otro lado de la puerta. - Incluso en los momentos más oscuros existe una luz que ilumina el camino de los hombres.
Érewyn le devolvió la sonrisa y se limpió las lágrimas. Aquellas habían sido las palabras que le había dicho durante el viaje a Cuernavilla, y cómo la primera vez, habían tenido el mismo efecto esperanzador. Desenvainó su espada y se irguió de nuevo.
- Y las mujeres valientes no necesitan un guía. - Finalizó.
- ¡Así se habla mi señora! - exclamó Gimli. Un siseo de parte del elfo le hizo taparse la boca con la mano. Erewyn rió de nuevo.
- ¡Cabalgad conmigo! - Dijo Aragorn, de repente. - Resistid y enfrentadlos.
- Por la muerte y la gloria. - Sugirió el rey, recordando épicas batallas del pasado.
- Por Rohan, por vuestro pueblo. - Las miradas de ambos se cruzaron en silencio, y Théoden cambió la expresión de su rostro.
- Está saliendo el sol. - Dijo Gimli. En efecto, a través de las estrechas troneras del muro la tenue luz del amanecer se coló, iluminando la estancia y los sombríos pensamientos del rey. Y Aragorn recordó las palabras de Gandalf, "espera mi llegada con la primera luz del quinto día. Al alba mira al este".
- Sí… sí. El Cuerno de Helm resonará en el Abismo una última vez. - Théoden se incorporó, y Háma comenzó a anudarle de nuevo la coraza, cubriendo con cuidado la herida del hombro.
- ¡Sí! - Exclamó Gimli, feliz de ver otros ánimos renovados en el ambiente. Se alejó corriendo de sus amigos y desapareció por una puerta cercana, a través de la cual podía verse una escalera de caracol.
Legolas sujetó a la muchacha por los hombros, aprovechando que la sala volvía a llenarse de movimiento y el bullicio cubría el silencio de nuevo. La obligó a retroceder hasta la pared de piedra y su gesto se volvió pensativo, como escogiendo las palabras que iba a decirle.
- Aragorn me necesita ahora… Puedo protegerte mejor desde el exterior. No les dejaré entrar… Tú quédate aquí y no hagas locuras. - Le aconsejó. Ella guardó silencio. El cuerno de Helm sonó estruendosamente en el Abismo, deteniendo a los orcos en su ataque. La muchacha comenzó a sentir de nuevo la adrenalina de la batalla, en cualquier momento empuñaría su espada de nuevo, y debía hacerlo con esperanzas y con valor. No sabía porqué, pero tenía la sensación de que aquellos tres aún guardaban un as bajo la manga. Legolas siguió hablando en tono calmado. - Cuando abran la puerta intenta mantenerte lejos de ellos. Primero entrarán con lanzas, luego con espadas. Quédate atrás, intenta mantener tu espalda contra la pared pero no te cortes la retirada, no te acorrales y…
- Orejas Picudas. - Gimli estaba junto a ellos de nuevo, tras hacer sonar el cuerno de Rohan. - ¿Acaso olvidas que yo estoy aquí? No pienso montarme en esa bestia blanca de nuevo. La última vez que luchamos juntos subidos en su lomo me arrojó al suelo como un saco de papas. - Érewyn no pudo evitar sonreír ante las palabras de Gimli y aprovechó para limpiarse las lágrimas del rostro. - Mi hacha y yo nos quedaremos junto a ella. - Legolas se inclinó y palmeó el hombro del enano con afecto.
- Confío en ti, amigo mío. - Gimli sonrió.
- Cabalga solo, y mátalos a todos, paliducho.
Legolas se dispuso a alejarse hacia las cuadras pero Érewyn le detuvo, sujetándole del brazo. El elfo se giró y ella dudó un momento antes de hablarle.
- Ten cuidado. Mantente a salvo. - Suplicó ella. El elfo sonrió.
- No he sobrevivido a miles de arañas gigantes, a la furia de Caradhras, a las Minas de Moria, al Balrog de Morgoth y a una hueste de huargos para caer aquí, en el barro.
Una carcajada de Gimli llamó la atención de ambos.
- ¡No! ¡Está claro que si no hay un lecho de flores bajo sus pies, Legolas no caerá!
El elfo les sonrió una última vez antes de salir corriendo por la rampa interior en busca de Arod, mientras el rey montaba ya a Crinblanca y Aragorn a Brego.
- ¡Ha llegado la hora de empuñar juntos el acero! - Las palabras de Théoden infundieron valor a sus jinetes, que aguardaron ansiosos la apertura de la puerta. Tras él había numerosos hombres montados a caballo, y entre ellos pasó Arod, como una exhalación, para posicionarse tras Aragorn. Desde su montura, Legolas siguió dando las últimas órdenes a sus arqueros, quienes se apostaron estratégicamente en las troneras y en las esquinas de la sala.
Desde su rincón, Érewyn pidió al Gran Jinete que les mantuviera con vida y desenvainó su espada. A su lado, Gimli preparó el hacha, deseoso de blandirla de nuevo.
- ¡Coraje, despierta ahora, por ira, holocausto y rojo amanecer! - Los hombres levantaron la balda y el rugido del rey resonó en el fortín. - ¡A ellos, Eorlingas!
En medio de la confusión que siguió a la apertura de la puerta Érewyn sólo alcanzó a ver que muy pocos orcos consiguieron entrar. Los caballos les embestían, arrojándoles fuera de la rampa, mientras galopaban sin dudar. Las flechas de los elfos ayudaron a abrir el paso del rey, y Aragorn apartaba a la escoria del ejército de Saruman dando espadazos sin parar.
Como Legolas había dicho, los pocos que quedaron vivos entraron primero con lanzas, y una vez fueron eliminados estos, siguieron los armados con espadas. Gimli se mantuvo junto a ella en todo momento, y Érewyn usó su espada sólo un par de veces.
De repente, a través de las troneras del castillo se coló una luz cegadora que hizo retroceder a los orcos, aterrorizados. El final de aquella larga batalla estaba a punto de llegar.
- ¡Gandalf! - Exclamó Gimli. - ¡Ya era hora!
El rey Théoden lucha solo. - Murmuró Gandalf. Ante él, la visión de una casi derrotada Cuernavilla dolía a la vista, pero a través de las puertas de la fortaleza, los jinetes de Théoden con su rey a la cabeza salieron con una furia renovada cargando contra las tropas de Saruman. Un jinete se situó junto al mago y observó lo que Gandalf describía.
- Hasta ahora. ¡ROHIRRIM!
Al grito del primer Mariscal de la Marca, un ejército de más de dos mil hombres cargó desfiladero abajo por el flanco trasero de los orcos, que trataron de detenerles con lanzas
- ¡Éomer! - Exclamó Théoden. El anciano rey contempló, aliviado, cómo su sobrino acudía por fin en su ayuda.
- ¡POR EL REY!
Ya había pasado todo y a pesar de estar a salvo, la muchacha no podía parar de temblar. Quizá era el frío que entumecía sus músculos pero era más probable que se tratara del mismo miedo a morir, de haber mirado a la muerte a la cara y haber sobrevivido.
La emoción de la batalla. La guerra. Su crueldad y su grandeza. La injusticia y la valentía. El arrojo, el coraje, la pasión.
Acababa de conocerlos y estaba segura de que no podría olvidarlos fácilmente.
Se apoyó en el muro de piedra, donde Legolas la había dejado al cuidado de Gimli, y el enano aguardaba cerca de la puerta. Muchos soldados habían abandonado el fuerte, ansiosos por ver de nuevo la luz del sol que creyeron no volver a contemplar, y sólo quedaban ya ellos dos, y algunos heridos que eran atendidos por otros hombres que habían salido ilesos. La chica resopló y se acercó a la puerta, pasando sobre los cadáveres de los orcos y situándose frente a Gimli. La impaciencia comenzaba a ponerla nerviosa, y es que no sabían qué estaba pasando en el campo de batalla. Simplemente habían dejado de entrar más orcos y los jinetes habían informado que el ejército de Saruman se retiraba. Pero desconocía qué destino habían corrido sus amigos y su tío.
- Gimli, id con ellos. Yo estaré bien. - Dijo Érewyn, con voz cansada. El enano negó con la cabeza mientras seguía observando el exterior, en aquel momento fijándose en algo en concreto.
- No. Me mataría si me voy. - Contestó.
- ¿Quién te…?
Un caballo blanco entró en la sala y Legolas se bajó de un salto. Gimli le señaló con el dedo.
- Éste me mataría.
El elfo le ignoró y, tras dar una última ojeada al exterior, se acercó a ella y la tomó del brazo.
- Vamos. - Dijo, simplemente. En seguida, Érewyn se vio arrastrada por los pasillos del castillo, al raudo paso del elfo.
Había salido ileso, sin un solo rasguño. La muchacha se sintió aliviada de verle a salvo, sabiendo que aquella pesadilla había pasado ya.
- ¿Dónde está mi tío? ¿Y Aragorn? ¿Están a salvo? - Preguntó la chica.
- Sí. Están bien. Se acabó. Hemos vencido. - Le informó el elfo. Siguió arrastrándola deprisa por los estrechos pasillos del castillo sin darle tregua ni explicarle nada más.
- ¿Dónde estamos yendo? - Preguntó, extrañada por el comportamiento de su amigo, como si no quisiera que les vieran.
- ¿Acaso quieres que tu tío te descubra? - Le preguntó, sin detenerse. - Está a punto de llegar al fortín y Éomer le acompaña. - El rostro de la chica se encendió de felicidad.
- ¿¡Éomer!? - Dijo, sonriendo.
- Sí, tu hermano llegó con un ejército de miles de jinetes. Gracias a él hemos vencido esta batalla. Y está deseando verte. A tí y a Éowyn. Mejor que salgáis de las cuevas juntas. Ahora ajústate el yelmo.
Legolas le soltó la mano y salieron por la puerta de atrás. El sendero de piedra enfilaba hacia el paso de montaña. La luz del sol hacía brillar la pared rocosa. El rocío y la lluvia se habían helado en la fría madrugada. Al final del estrecho paso, había una barricada levantada con rocas que ya algunos hombres estaban desmontando.
El elfo se detuvo al pie del estrecho paso y la miró.
- No serás la primera que se encamina hacia las cuevas. Muchos jóvenes deben haber vuelto a hurtadillas a la seguridad de las cavernas, deseosos de estar con sus madres y hermanas... Ojalá ninguno hubiera tenido que luchar. Ojalá todos hubieran podido tener la misma suerte.
Ambos guardaron silencio recordando la cantidad de niños que habían defendido el fortín como auténticos soldados. La mayoría de ellos no volverían con sus madres. Érewyn sintió un escalofrío al pensar en esas madres cuando buscaran a sus hijos y no les encontraran.
La chica recordó algo muy importante. De no haber sido por Legolas ella mismo podría haber formado parte de todos aquellos inocentes que no habían visto el amanecer. De no haber sido por él aquel orco la habría matado en la muralla de la torre.
- Muchas gracias… Te debo la vida. - Legolas sonrió y golpeó el yelmo de la chica suavemente.
- No existen actos heroicos entre amigos. No me debes nada. - Érewyn le observó a través del yelmo. La sonrisa del elfo era tan franca como siempre. Eran amigos, camaradas de batalla. Compañeros. A la luz del sol, y después de la batalla, el rostro de Legolas le parecía aún más bello de lo que había sido antes, aún manchado de barro. La muchacha agradeció tener el rostro cubierto por el yelmo ya que estaba segura de que debía estar completamente colorada. Legolas la hizo reaccionar dándole la vuelta y empujándola levemente hacia el paso de montaña. - Ahora ve, y quítate esa coraza en cuanto estés dentro.
Érewyn pasó de largo la barricada con el paso firme y los soldados no le prestaron mucha atención. Aún no habían recibido la orden de abrir el paso a los refugiados, y las mujeres y los niños todavía permanecían en las cavernas, hasta que les llegara el aviso de vía libre. Pero muchos muchachos habían bajado ya a las cuevas, impacientes por esconderse en los brazos de sus madres.
La chica descendió por los escalones de piedra y llegó hasta la entrada de las cavernas, cuya puerta estaba cerrada. El silencio la rodeó, al fin, y sintió un agudo pitido en los oídos, fruto, seguramente, de haber estado escuchando el ardor de la batalla durante horas.
Levantó el puño y golpeó tres veces. Las paredes rocosas llevaron el sonido por todo el túnel, y Érewyn esperó en silencio hasta que la puerta se abrió y el rostro de Éowyn asomó por la rendija.
- ¿Podemos salir ya? - Preguntó en un susurro.
- Falta poco. - respondió Érewyn en el mismo tono - por el momento dejame entrar... quiero volver con mi hermana.
Éowyn abrió un poco más la puerta y observó al chico. Con cota de malla, coraza, espada, un yelmo que le tapaba el rostro, y con enormes salpicaduras de sangre por todas partes. Era la viva imagen de la guerra. Pero bajo su yelmo unos ojos muy familiares la observaban con una mezcla de sentimientos que no era capaz de describir.
Éowyn se tapó la boca y estiró de ella hacia dentro.
Cerró la puerta tras ella y la observó con los ojos desencajados, mientras Érewyn se sacaba por fin el yelmo. Su hermana pequeña tenía sangre de orco en el rostro y las manos, y vestía una coraza y una cota de malla, también manchadas de restos de las alimañas.
- ¿Cómo puede ser? ¡He estado aquí toda la noche y no he pegado ojo! ¿Cómo has podido salir ahí fuera?
- … Mejor no preguntes. - Contestó Érewyn. Se dejó caer al suelo y se estiró en el piso, sin importarle lo frío y húmedo que estaba. Le pareció el lugar idóneo para echarse un largo sueño.
Su hermana mayor recibió silencio en lugar de una explicación y Érewyn se sintió satisfecha de no haber oído aún la frase que la había acompañado durante todo el día. Pero esto no duró mucho. Éowyn se arrodilló junto a ella y le desabrochó la sujeción de la coraza antes de abrir la boca para comenzar a recriminarle.
- ¿Es que estás completamente loca?
Éomer subió la rampa a galope. Cuanto más se acercaba al fortín, más le costaba al caballo pasar entremedio de los cadáveres que estaban esparcidos por doquier. Incluso se tropezó con el voluminoso cuerpo de un Uruk y Éomer tuvo que aminorar su paso. De no hacerlo, su caballo se acabaría cayendo.
Sombragrís seguía la grupa del caballo de Éomer a pocos metros de distancia.
- Es horrible… Absolutamente horrible. - Murmuró el Mariscal, cuando atravesó el portón de entrada.
El suelo de la fortaleza estaba abarrotado de muertos de los dos bandos. Pero sobretodo era una masa negra de pestilentes orcos lo que más disgustaba a Éomer. Haría falta varios días para limpiar todo aquello y estaba seguro de que el humo de las hogueras llenaría el cielo y se vería desde Isengard. Una buena manera de recordarle a Saruman su derrota.
- Horrible, sí, y amargo es el sabor de esta victoria. - Contestó Gandalf, viendo las numerosas bajas de hombres y elfos.
Éomer saltó del caballo antes de que se detuviera y llegó junto a dos conocidos de los que había desconfiado en primer término. Gimli, el enano, fumaba en su pipa, sentado sobre el cuerpo de un Uruk Hai y Legolas paseaba distraídamente arriba y abajo acariciando la punta de una de sus flechas. El jinete soltó una risotada ante la visión de los dos cazadores. Ambos tenían la apariencia de quien acaba de aparecer y se comporta como si nada hubiera ocurrido.
- Jamás pensé que diría esto pero… - Gimli dió dos profundas caladas a su pipa y Legolas detuvo sus paseos, encarando con gesto serio al Primer Mariscal de la Marca. Éomer no podía olvidar el día en que le apuntó con una de sus flechas amenazándole con matarle si tocaba a su amigo enano. Pero a pesar de la poca o nula simpatía que le profesaba, debía reconocer el esfuerzo y el sacrificio que había hecho el elfo. Había defendido su tierra. Él, un miembro de una raza que parecía querer distanciarse cada vez más del mundo de los hombres. Quizá no se había ganado su simpatía, pero sí su respeto. - Dichosos los ojos que vuelven a veros… a ambos.
Gimli desviaba la vista de uno a otro. La densidad del aire entre ambos podía haber sido cortada con un cuchillo. Entonces el elfo sonrió e hizo una ligera reverencia con la cabeza, en señal de respeto. El enano soltó un suspiro de alivio al ver sonreír a su amigo.
- No debéis darnos las gracias. A partir de ahora deberemos unirnos si deseamos expulsar el mal de estas tierras. - Dijo el enano.
- Tanto elfos como hombres han derramado su sangre hoy. Rohan debería recordar esto en el futuro. - El tono de Legolas no era para nada conciliador. Los cuerpos de sus hermanos de Lorien estaban mezclados con los de los demás, y un profundo dolor le oprimía el pecho al contemplarles.
- Serán recordados. Y Rohan no olvidará jamás esta silenciosa alianza que se ha forjado entre nuestras razas. - Respondió Éomer.
El Mariscal desvió la vista al ver que comenzaban a llegar de las cavernas las mujeres y los niños que se habían refugiado allí. Se alejó de ellos y oteó, ansioso, por encima de la multitud, en busca de sus dos hermanas. Eran lo que más amaba en el mundo y la vida no habría tenido sentido para él si les hubiera ocurrido algo.
Casi había gritado de indignación al conocer de boca de su tío la hazaña-locura que había realizado Érewyn, en la que seguramente perdió el puñal, y que había impedido la pérdida de numerosas vidas, arriesgando la suya propia.
Cuando Théoden le había explicado todo, había sentido un impulso tremendo de ir a buscar a su hermana pequeña para reprenderla, y había tenido que aguantar el resto de información que Théoden seguía dándole.
Pero en aquel momento, cuando las distinguió a ambas entre la multitud, sólo quiso abrazarlas fuertemente, sentirlas junto a él, olvidando reproches y riñas.
Éomer se escurrió entre la gente y arrojó su yelmo al suelo antes de recibir entre sus brazos a su hermana pequeña, que se arrojó sobre él, rodeándole con brazos y piernas. El Mariscal la sujetó con un brazo y con el otro atrapó a Éowyn y besó su rostro.
Por fin estaban juntos los tres, de nuevo.
Éomer se había sentido desfallecer tantas veces al pensar en ellas. Al preguntarse a sí mismo si estarían bien, si conseguirían seguir adelante sin él, fuertes y valientes, sin derrumbarse como él lo hacía, que no pocas veces había perdido la noción del tiempo y había pasado noches enteras sin pegar ojo. Incluso sus hombres habían tenido que detenerle al estar dispuesto a regresar a Edoras, sin importarle las amenazas de Gríma. Sólo por verlas una vez más. Sólo por contemplar sus bellos ojos de nuevo.
Érewyn terminó colgada del hombro de su hermano como un saco, riendo a carcajadas, mientras Éomer bloqueaba a Éowyn con el otro brazo y besaba su cabeza sin parar. Las risas de los tres hermanos llenaron el fortín al tiempo que Théoden llegaba junto a Gandalf y Aragorn.
Al ver a este último, Éowyn trató de separarse de su pegajoso hermano reprendiéndole su comportamiento, pero sin conseguir dejar de reír.
- ¡Éomer, por favor! ¡Soy una dama! - Éomer hechó un vistazo hacia donde su hermana miraba y descubrió al montaraz que había cabalgado junto a su tío, protegiéndole durante la batalla. El jinete sonrió de forma pícara y pellizcó las costillas de Éowyn antes de que esta consiguiera zafarse de sus brazos y se alejara, riendo todavía, en busca de su tío y de Aragorn.
- ¡Soy una dama! - Dijo el Mariscal, en tono de burla, imitando a Éowyn, Érewyn rió, colgada del hombro de Éomer. - ¿Y tú, mi joven rohirrim, qué eres? - soltó a Érewyn en el suelo y apoyó las manos en su cuello. - ¿Cazadora de huargos? - La boca de Érewyn se abrio desmesuradamente, al igual que sus ojos. Éomer soltó una risotada al ver la cara de su hermana. - ¿Acaso creías que no me enteraría? ¡Tío no puede guardar un secreto! - La muchacha bajó la vista, avergonzada, pero Éomer no se lo permitió. - ¿A qué viene esa cara? - Preguntó.
- Os he fallado… - Respondió ella, a media voz. - Todos esperáis que me comporte de un modo que no es natural para mí. Y os he decepcionado… una y otra vez. - La barbilla de la muchacha tembló. - Lo siento mucho y…
- ¡No! ¡No lo hagas! ¡No lo sientas! ¿Con quien crees que estás hablando? - Érewyn le observó, extrañada por el tono que su hermano estaba usando con ella. - ¿Con el viejo carcamal? - Dijo, señalando con el pulgar a su tío, que en aquel momento se bajaba del caballo.
- ¡Ssssh! - Siseó Érewyn. - ¡Te va a oír!
- ¡Que me oiga! - Contestó él. - ¿Te salió mal la jugada? ¿El huargo te hirió, mató a tu caballo, le hizo daño a alguien? - Érewyn negó con la cabeza. - Entonces venciste, y no debes avergonzarte por nada de lo que hayas considerado correcto hacer, ¿entendido? Y lo que digan los demás no debe importarte. - Ella asintió, en silencio. Éomer acarició su mejilla. - Jamás, ¿me oyes? Jamás me decepcionarás. Sólo puedo sentirme orgulloso de ti… Y Madre también lo estaría. - Éomer sacó de su cinto el puñal de plata que encontró en el campo y se lo dio. La joven enterró el rostro en el pecho de su hermano y él le besó el cabello, aspirando profundamente su aroma. El aroma de su hogar… y de algo más. - ¡Por el Gran Jinete, Érewyn! ¿Qué hiciste? ¿Revolcarte sobre el huargo? - Ella se separó y levantó una ceja. - ¡Apestas a orco!
- No le he encontrado, mi señor. No hay ni rastro de él.
- El hombro de Théoden ya había sido vendado y el rey se encontraba en las caballerizas, junto a su ujier, su sobrino y Aragorn, valorando los daños que la fortaleza había sufrido. Háma le había explicado ya lo que había visto allí abajo, el muchacho que debía haber acabado con los orcos que se colaron en las cuadras, salvando a los caballos de una muerte segura.
- Mmmmh - Murmuró el rey. - ¿No te fijaste en cómo iba vestido? ¿Cómo era su yelmo?
- Llevaba un yelmo pequeño que le cubría casi por completo el rostro, con un penacho corto en la parte superior. También llevaba una coraza negra sobre una cota de malla, todo de una talla muy reducida, casi de niño. - Aragorn tosió al oír la descripción del soldado.
- Por lo tanto es un niño a quién buscamos. - Concluyó Théoden. Contempló el cadáver del Uruk, atravesado por la estaca. - Sigue buscando. Pregunta a los soldados dónde le vieron por última vez, si es que le vio alguien más.
- Sí, señor… Pero es muy probable que no haya sobrevivido.
- En ese caso brindaremos por él en este día a partir de ahora, pero no te des por vencido. Pregunta a las mujeres y a los niños también. - Háma asintió con la cabeza y se retiró a cumplir las órdenes de su señor.
- Los daños son importantes, mi señor. - Dijo Aragorn. - Deberíais comenzar cuanto antes a repararla. - Théoden se acercó al montaraz y palmeó su hombro.
- Mucho me temo que más que una reparación, esta fortaleza lo que necesita es una reconstrucción. Pero tenéis razón. Hay que comenzar cuanto antes a arreglar esto, y habría que desalojar pronto a las mujeres y los niños. El Abismo de Helm comenzará a apestar dentro de poco.
Los pasos del rey se alejaron en compañía de los de Aragorn. Pero Éomer se quedó atrás. En la mano del gigantesco Uruk Hai había algo que se le había pasado por alto a su tío, y Aragorn no se había acercado lo suficiente como para verlo.
Se acercó a él y se agachó para quitarle de la mano el pedazo de cuero marrón que reconoció en seguida. Como siempre, el caballo grabado no daba lugar a dudas. Le encantaba aquel caballo y lo llevaba en el cinto, en los puñales, en la aguja del pelo...
Aquel era un pedazo de su cinturón, y el muchacho que estaban buscando estaba metido en una bañera justo en aquel preciso instante.
- Érewyn… - Susurró el Mariscal.
Por eso olía a orco. Debía llevar la ropa manchada de sangre de orco y aunque había ocultado las manchas lo mejor que había sabido, no había podido deshacerse de ese olor. Y Éomer llevaba demasiado tiempo acostumbrado a respirarlo como para no reconocerlo.
Una cosa era despistar a un huargo. Pero otra muy diferente era haber participado a escondidas de la batalla que había decidido el futuro de Rohan. Érewyn había puesto su vida en peligro deliberadamente por segunda vez, y aunque Éomer le había demostrado que la apoyaría, aquello era demasiado para asimilarlo en un mismo día.
Apretó fuertemente el trozo de cinto en su mano y sintió que la sangre hervía en sus venas.
