+STAGE 011: INFIERNO+

¿Amor? Sí, lo que yo sentía, era un amor desbordante.

Pero tenía tanto miedo de este sentimiento que, prácticamente ni quise quedarme cuando ella me invitó a la cama y ni quise saber cuando ella empezó a remarcar mis puntos buenos, cuando ella me contó un poquito más de su vida y cuando ella me trató más bien que tú en toda tu vida.

Y yo fui tan tarada que la dejé hablar, la dejé reírse al paso en que recordaba anecdotas y hasta la dejé avergonzarse si pasaba más de diez minutos hablando sola, cosa que finalmente terminó por agotarla y así sucumbió al sueño que se tenía merecido desde anoche.

Me sentí más segura apenas ella cerró los ojos, fue como que volví a respirar cuando ella se quedó dormida y como si cada uno de mis miedos se hubieran ido con ella, como si ella ya no pudiera acercarse a mi corazón y como si yo estuviera a salvo de quedar prisionera de sus encantos.

Sin embargo pasó lo que tenía que pasar, ella me había tomado de la mano un ratito antes y así se le corrió un mechón de su cabello dorado, por lo que yo me limité a acercarme y a acomodar ese poquito de pelo suavemente tras su oreja.

Pero fui tan débil o quizá tan obvia que la miré, miré cada una de las muecas que puso en ese rato y hasta me detuve a ver de cerca su boca entreabierta, tanto que tal vez olvidé el compromiso que llevaba fuera contigo y toqué esos labios con más deseo que nunca en toda mi jodida vida.

Inevitablemente temblé apenas toqué, quizá porque su respiración chocó contra mi piel o quizá porque me derretí con semejante acto involuntario de ternura, cosa que me llevó a arrimarme a esa lujuriosa boca y plantar en sus labios un beso que a mí me hizo sentir extremadamente viva.

ANTES DE, PRÁCTICAMENTE, SALIR CORRIENDO.

-¿Ya te vas?-dijo, cuando me vio sentada, de espaldas

-Sí...-dije, con mi mejor voz-Ya se me hizo tarde...-

-Podrías quedarte un poco más, ¿sabes?-remoloneó, un poco-No pienso cobrarte nada-

-Gracias...-la miré, sonriente-Pero, mejor no-dije, medio triste-No quiero agobiarte con mis problemas-

-¿Hmm?-se incorporó, extrañada-¿Y eso?-

-Es que me gusta lo que tenemos...-la miré, medio idiota-Y hace un momento, tuve un poco de miedo, ¿sabes?-me encogí, de hombros-Cuando te vi dormir, digo-

-¿Miedo de qué?-preguntó, sin entender

-Me pasan cosas contigo, ¿sabes?-le confesé, tímida-Pero, en el fondo, me asusta lo que siento por ti-apreté, los puños-Por eso, quiero que lo dejemos como está-me puse, de pie-A nivel profesional, digo-y agarré, mi cartera

-Espera-me detuvo, sujetandome de la muñeca-¿Dónde puedo encontrarte?-

-Ya sabes dónde vivo, pero...-la vi, con mi mejor sonrisa-Mejor, deja que yo te busque, ¿sí?-

-No vas a dejarme plantada otra vez, ¿o sí?-me miró, con desconfianza

-Por supuesto que no...-dije, divertida-Desde ahora, eres mi prioridad...-

¿Que si la besé? No, no la besé.

Salí de ahí lo más normal que pude, sin ponerme a pensar en lo que yo pudiera llegar a sentir y en lo que ella quizá sintiera en mi ausencia, sólo porque habíamos cometido el error de involucrarnos demasiado y de mirarnos a la cara más de la cuenta.

Porque lamentablemente esto no podía ser, yo no podía arriesgarme a vivir con ella este sentimiento enfermo y tirar por la borda todo lo que había construido a tu lado, lo que me había costado casi toda mi vida entera y sólo para que te decidieras a llevarme al altar.

Tal vez ella nunca entendería o quizá nunca me perdonaría, pero... ella no tenía idea de lo que era para mí ser tu esposa, de lo que significaba para mí ser la única heredera de tu apellido y lo mucho que mi futura dependía del fruto de este matrimonio, tanto que prácticamente me tenías como en tus manos y con algo que ninguna mujer se arriesgaría a perder frente a un hombre.

EL ORGULLO.

Por eso me volví a la casa sin pensarlo dos veces, entré como haciendome la disimulada y me mandé directamente a la habitación, donde desgraciadamente te encontré bien despierto y lamentablemente tuve que darte el beso de los atrasados "buenos días".

Entonces después de eso me hice la interesada en ti, pregunté si se te había pasado la resaca o si querías que te preparara un rico café, cosa que nos llevó a una muestra de cariño innecesaria y unos piropos cursis que a mí me dieron más asco que de costumbre.

Pero quizá disimulé tan bien que ni te diste cuenta, por eso me soltaste dandome un último besito en el cuello y volviste a tu rutina diaria de ponerle alcohol a tu estomago vacío, antes de quedarte parado frente a la ventana como una estatua y transportarme con unas palabras de digno cagón al mismisimo infierno.

-Deberíamos mudarnos...-dijiste y yo, casi, me paralizé