Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Natalie Rivers.
Capítulo 10
-Gracias por acompañarme –dijo Bella, cuando salían del hospital tras la ecografía.
–No tienes por qué agradecérmelo –Edward le dio la mano para ayudarla a bajar al barco–. Era mi deber.
Bella lo miró, pero el destello del agua la deslumbró y no pudo leer su expresión. Durante la ecografía había estado frío y distante, una actitud muy distinta a la de las dos últimas semanas. Desde que habían hecho el amor apenas existía tensión entre ellos.
Pensó, con tristeza, que seguramente era porque lo único que hacían juntos era hacer el amor. Al principio se había alegrado por su nueva intimidad y disfrute mutuo. Era un amante sorprendente y generoso que la trataba como a una princesa.
Cada vez que lo miraba el corazón le daba un vuelco y su amor por él había seguido creciendo, un preciado secreto de su corazón. Pero el tiempo pasaba y necesitaba más. Quería poder compartir con él algo más que el sexo.
Sería fantástico poder hablar con él, mantener una conversación real. En cuanto iniciaba algo que no fuera una conversación de cama, él la silenciaba. Con un beso, una caricia o sugiriendo algo deliciosamente exquisito que deseaba hacer con su cuerpo.
–¿Te molestó que preguntara el sexo del bebé? –sacó las gafas de sol del bolso. Quería poder interpretar su expresión, saber cómo se sentía.
–A mi abuelo le agradara que sea un niño –el tono de su voz no reveló su estado de ánimo.
–¿Quieres alguna? –pregunto ella, alzando las fotos del feto que le había dado el ecógrafo.
–Estoy seguro de que a mi abuelo le gustará verlas todas –sacó el móvil del bolsillo y lo encendió para ver si había recibido alguna llamada o mensaje mientras estaban en el hospital–. Guárdalas.
Bella lo miró en silencio. La brisa alborotaba su pelo cobrizo y hacia que su chaqueta se agitara, pero tenía el rostro rígido como una estatua. No parecía enfadado, sino más bien carente de toda emoción.
Ella sabía que debía ser duro para él creer que el niño no era suyo. Seguía sin saber por qué, pero tras la intimidad que habían adquirido últimamente, al menos en el dormitorio, le parecía fatal que siguiera creyendo algo que no era cierto.
Unos minutos después se encontraban en el Gran Canal. Aunque había estado allí multitud de veces, Bella no pudo evitar sentirse impresionada por los magníficos edificios que bordeaban el agua. Carlisle había empezado a contarle la fascinante historia de los palazzo que se veían desde su dormitorio.
–He pensado que tal vez te gustaría pasar por Ca' Masen –dijo Edward–. A no ser que estés cansada y prefieras que te deje en casa antes de ir a la oficina.
–Prefiero visitar a Carlisle –dijo Bella–. Quiero ver su rostro cuando sepa que tendrá un bisnieto –miró a Edward de reojo, incómoda al comparar el placer de su abuelo con el obvio desinterés de Edward.
–Seguramente empezará a elegir nombres. Nombres tradicionales, adecuados para el nuevo Masen –contestó Edward–. Pero no te preocupes. No le pondremos al niño un nombre que no te guste.
Bella se apartó el pelo de la cara y lo miró con interés. Justo cuando pensaba que mostraba tanta emoción y comprensión como una estatua de mármol, volvía a sorprenderla. Era la primera vez que expresaba que tendría en cuenta sus sentimientos.
–Me gustaría elegir un nombre que haga feliz a Carlisle –dijo ella. Lo cierto era que la emocionaba saber que el bisabuelo de su hijo lo quería de verdad y quería llamarlo siguiendo la tradición familiar. Pero era un pensamiento agridulce, dado que Edward no sentía lo mismo que su abuelo.
–Esta noche volveré tarde –dijo Edward, saltando del barco para ayudar a Bella a bajar ante el embarcadero de Ca' Masen–. Tengo trabajo retrasado.
Bella observó como el barco se reincorporaba al Grand Canal. Se había sentido muy feliz en la ecografía, viendo las imágenes de su bebé. Pero el peso de la tristeza empezaba a descender sobre ella.
Había sido maravilloso volver a pasar tiempo con Edward durante las últimas dos semanas. Había intentado no pensar en el futuro, diciéndose que la intimidad que habían redescubierto la ayudaría a restablecer la confianza de él en ella.
Pero su reacción a la ecografía había dejado claro que no había cambiado nada. Ni siquiera ver el diminuto bebé lo había ablandado.
Las semanas siguientes siguieron la misma pauta. Parecía imposible que Bella pasara tiempo con Edward sin terminar en sus brazos.
Cada vez se enamoraba más de él y una diminuta semilla de esperanza había arraigado en su corazón. Si pudiera convencerlo de su inocencia, tal vez todo iría bien entre ellos, dentro y fuera del dormitorio.
Según avanzó el embarazo, su vida adoptó una rutina similar a la que había seguido cuando Bella llegó a Venecia a vivir con Edward. Empezó a pasear con ella por la ciudad y a llevarla a restaurantes, dándole por fin la oportunidad de hablar con él.
Pero, aunque era lo que llevaba deseando semanas, sabía que tenia que ir despacio, mantener las conversaciones en terreno neutral. Estaba intentando cimentar lo que sería la vida futura de su hijo mientras tuviera la oportunidad. No podía arriesgarse a estropearlo todo con un comentario desafortunado.
Una noche, él la sorprendió llevándola a Jacob's. Era la primera vez desde la terrible discusión en la que Edward había expresado sus sospechas sobre él.
Se tensó inconscientemente cuando entraron. Era terrible que la hubiera llevado allí, sobre todo cuando últimamente se llevaban tan bien. Jacob haría algún comentario y no sabía cómo reaccionaría Edward.
–¡Bella, Edward! –Jacob fue hacia ellos e hizo una extravagante reverencia–. Me alegra veros después de tanto tiempo.
–Jacob –Edward saludó al dueño del restaurante con voz neutra.
–Mamma mia! ¡Enhorabuena! –exclamó, contemplando el abultado vientre de Bella.
–Gracias –Edward condujo a Bella a la mesa y leapartó la silla él mismo.
–Me alegra verte de nuevo en Venecia tras la última vez –dijo Jacob, dirigiéndose a Bella. Luego miró a Edward y sus ojos destellaron con un brillo protector–. Debió de preocuparte mucho pensar en tu amor recorriendo sola las calles una noche fría y neblinosa.
Era el comentario que Bella había temido. Se había esforzado mucho para arreglar las cosas con Edward, por el bien de su hijo nonato y por su propia felicidad. En ese momento, le pareció más fácil asumir la culpa para que Jacob no pensara lo peor de Edward.
–Fue un tonto malentendido –barbotó Bella.
–No, era mi responsabilidad –dijo Edward con calma, poniendo su mano sobre la de Bella–. Quiero darte las gracias por cuidar de Bella cuando yo no lo hice.
–Debes de estar encantado de tenerla de vuelta –dijo Jacob. Seguía teniendo una mirada suspicaz y Bella deseó poder cambiar de tema.
–Es... fantástico estar aquí –balbució.
–Ahora es mi esposa –añadió Edward, con voz grave.
–Molte congratulazioni! –Jacob sonrió de oreja a oreja y su severidad se esfumó. Llamó a un camarero para que llevara una botella de Prosecco.
Bella sintió la presión de la mano de Edward y miró su rostro. Estaba tan guapo como siempre, pero no pudo leer su expresión. ¿Intentaba decirle que no creía que hubiera tenido una aventura con Jacob?
Tal vez solo quería que entendiera que, a pesar de que la consideraba infiel, si no con Jacob con otro, simularía para garantizar la felicidad de su abuelo.
Les sirvieron vino y siguió una serie de brindis por los recién casados, así que dejó de pensar en eso.
–Tienes un aspecto terrible –dijo Edward, ayudándola a subir los últimos escalones y conduciéndola al sofá del estudio.
–Gracias –Bella intentó sonreír, pero no se sentía bien.
–Llamaré al medico –dijo Edward, arrodillándose ante ella para mirarla bien.
–No hace falta. Fui a revisión hace dos días. Todo va bien, me acaloré volviendo de Ca' Masen.
Edward juró entre dientes y fue a la zona del bar para prepararle un vaso de agua mineral con hielo.
–Perdona –dijo, ofreciéndoselo–. Debí pensar en traerte algo de beber inmediatamente.
–No importa –la emocionó su preocupación–. Necesitaba sentarme antes que nada.
–No deberías caminar con este calor. Tienes que descansar unos días. Cuando te recuperes, si quiere ir a visitar a mi abuelo, debes hacerlo en barco.
–No necesito descansar unos días –protestó Bella–. Mañana estaré bien. Y necesito andar para hacer algo de ejercicio, eso es bueno.
–Voy a llamar al medico –afirmó él–. Quiero enterarme yo mismo de lo que te conviene. No permitiré que hagas más de lo necesario.
Bella lo miró con asombro y consternación. Embarazada de siete meses aún estaría trabajando a tiempo completo, si no tuviera el privilegio de estar casada con un hombre rico.
–Tienes los tobillos hinchados –Edward se inclinó para quitarle las sandalias–. ¿Eso es normal?
–Creo que sí –dijo Bella. Edward empezó a masajearle los pies para borrar las marcas dejadas por las tiras de las sandalias y luego siguió subiendo hasta las rodillas–. A no ser que sea excesivo. La comadrona siempre lo comprueba, pero no sé qué significa.
–Se lo preguntaré al medico.
–En serio, ya estoy bien –protestó Bella. El vaso de agua la había refrescado y se sentía mejor. Más que mejor. Sentir los dedos de Edward empezaba a disparar su libido. Estar en el tercer trimestre de embarazo no había disminuido su deseo físico por él–. Pero creo que estaría mejor si me refrescara en la ducha.
Edward la alzó en sus fuertes brazos y la subió al dormitorio. La llevó al cuarto de baño y la dejó en el suelo de mármol. Estaba deliciosamente frío y, como siempre que estaba junto a Edward, Bella sintió plena conciencia de su propio cuerpo. Cada milímetro de su piel anhelaba tocarlo o ser tocado por él.
–¿Necesitas ayuda? –preguntó él. Sus ojos se oscurecieron y Bella adivinó que sabía exactamente lo que necesitaba.
–Me encantaría algo de ayuda –trago aire mientras él abría la ducha. Luego, se agachó, agarró el bajo del amplio vestido de verano y se lo sacó por la cabeza.
Él se libró de su ropa rápidamente y la lanzó hacia el dormitorio de un puntapié.
–Eres bellísima –dijo, acariciando el vientre hinchado al tiempo que empezaba a quitarle las braguitas.
Bella se apoyó en sus hombros para ayudarlo. El seguía adorando su cuerpo, a pesar de lo avanzado de su embarazado. Era muy inventivo a la hora de encontrar formas de disfrutar haciendo el amor a pesar de los cambios de su cuerpo. Su modo de tratarla le daba esperanzas con respecto al futuro.
Le desabrochó el sujetador y luego, desnudos, entraron juntos a la ducha. Ella suspiro cuando Edward empezó a aplicarle gel. Estar con él era increíble.
Esa tarde Edward llevó a Bella a su casa en las montañas Dolomite. En cuanto descendió del helicóptero, notó que su cuerpo se relajaba con el frescor. No se había dado cuenta de que siempre tenia calor en Venecia; el palazzo tenía aire acondicionado, pero el aire de la montaña era mucho más refrescante.
–Es increíble –dijo, mirando las vistas.
–El chalé es un refugio muy útil –dijo Edward–. Y será un buen lugar para que descanses.
–No se puede decir que haga mucho en Venecia –protestó Bella, volviéndose para mirar lo que suponía era el chalé de Edward. No encajaba con su idea de lo que era un chalé, basada en las pequeñas casitas de vacaciones en las que a veces se habían alojado Renée y ella en verano. No en un impresionante edificio de madera que parecía un exclusivo centro de esquí alpino–. Estoy embarazada, no inválida.
–El medico dijo que te iría bien salir de la ciudad –Edward tomó su mano y subieron los escalones de madera hasta el un impresionante balcón corrido que parecía rodear todo el edificio–. Y estoy de acuerdo.
Entraron en la zona de estar de la planta baja, organizada para sacar el máximo partido a las increíbles vistas.
–Siéntate y descansa mientras hablo con el ama de llaves sobre la cena.
Bella se hundió en un cómodo sillón. Sus pies lo agradecieron, a pesar de que acababa de bajar del helicóptero. Y había pasado casi toda la tarde durmiendo, hasta que Edward la despertó porque había llegado el medico.
El diagnostico fue que todo iba bien, y que Bella podía salir de la ciudad unos días. Cuando se marchó, Bella le dijo a Edward que no quería interferir con su trabajo, pero descubrió que Edward había hecho el equipaje mientras ella dormía.
Sabía que, cuando Edward decidía algo, era imposible hacer que cambiara de opinión. Y la emocionó que se hubiera molestado en hacer su equipaje. Nadie le había hecho una maleta en su vida. Si hacia un breve viaje con Renée, era Bella quien comprobaba que no olvidaban nada esencial.
–Te he traído una bebida –Edward se detuvo en el umbral con un vaso de agua con hielo en la mano, y la contempló admirando las vistas.
Estaba preciosa. Sus mejillas tenían un suave resplandor, llevaba el pelo recogido en la nuca, pero algunos rizos marrones se habían escapado y se arremolinaban junto a un lado de su rostro.
–Gracias –se volvió hacia él y sonrió, iluminando aún más su ya radiante rostro. El se alegro de haberla sacado de la ciudad. Podía tenerla entera para él, sin distracciones. Pronto nacería el niño y nada sería igual. Bella tendría otro centro de interés en su vida y la agradable rutina que habían establecido cambiaría.
–He supuesto que querrías beber algo, últimamente siempre tienes sed –le pasó el vaso y se sentó frente a ella.
–No sabía que tenías esta casa –dijo Bella, tras tomar un largo trago de agua–¿La usas a menudo?
–Para esquiar en invierno –dijo Edward, recordando que había pasado casi dos semanas, tras la marcha de Bella, lanzándose por las pistas negras–. Y es un sitio tranquilo para alejarse del bullicio en verano.
–Nunca me habías traído aquí –dijo Bella.
–No nevó hasta tarde este año, y para entonces ya tenías lo que creímos era un virus estomacal.
–Ah –Bella se llevó la mano al cabello. Se dio cuenta de que era una masa de rizos, tras haber hecho el amor en la ducha. El la había dejado durmiendo en la cama y después no había tenido tiempo de alisárselo de la forma habitual antes de salir de la ciudad.
–Si recuerdo haberte dicho que me gustaba tu cabello liso –dijo Edward de repente–. Tiene un brillo precioso cuando lo alisas, casi como el del pan de oro incrustado en cristal de Murano.
Bella lo miró, atónita por su confesión.
–Entonces, ¿por qué dijiste que no te gustaba liso?
–No quería decir eso –contestó Edward, deseando no haber sacado el tema–. Es solo que lo prefiero rizado.
–Bueno, me alegro –dejó el vaso en la mesita de café y se levantó para ir hacia él. El echo la cabeza hacia atrás para mirarla mientras se sentaba en el brazo del sillón y le pasaba los dedos por el corto cabello cobrizo–. Porque ése es su estilo natural.
El cuerpo de él reaccionó de inmediato, como siempre. Sólo mirarla era suficiente para excitarse. Era maravillosa. Incluso con el cambio de su cuerpo, no se cansaba de ella.
–Te he traído aquí para descansar –alzó la mano y acarició su pómulo con los dedos.
–Pues será mejor que me enseñes el dormitorio –le dijo. Sus ojos brillaron con una invitación sexual.
Durante los dos días siguientes, Bella llego a pensar que no había sido tan feliz en toda su vida. Había decidido no preocuparse por el futuro y se concentró por completo en el presente, consciente de que podría ser su última oportunidad de estar a solas con Edward.
Nunca había pasado tanto tiempo seguido con él. El había ignorado su móvil y su ordenador portátil para concentrarse en ella. Era el paraíso.
Edward era maravilloso. Atento a todas sus necesidades, la cuidaba y la llevaba a visitar sitios bonitos durante el día. Por la noche le hacía el amor de forma exquisita.
–Tienes suerte de haber crecido cerca de aquí –suspiró Bella, admirando el paisaje. Edward la había llevado a una bonita pradera alpina, cubierta de flores silvestres, para hacer una comida campestre.
–Siéntate y descansa –dijo él, extendiendo una manta sobre la hierba–. Aún tienes que regresar a la telecilla andando.
–Estoy algo cansada –admitió Bella, pasándose una mano protectora por el vientre y curvando la espalda para frotarse las lumbares.
–Deja que lo haga yo –Edward se agacho a su lado y empezó a masajear el punto exacto que le dolía.
–Ah, qué maravilla –murmuró Bella inspirando con deleite y disfrutando de la presión de su mano–. Ojala tuviera energía suficiente para bajar allí –añadió, mirando el cristalino lago de montaña.
–Te llevaré mañana –ofreció Edward–. Conozco una ruta diferente y más corta.
–Me mimas demasiado –Bella se volvió para mirarlo–. ¿No tienes que regresar a la ciudad?
–Los negocios pueden esperar –Edward encogió los hombros–. Pronto acabará el verano, y aunque esto es precioso en invierno, hace demasiado frío para comer fuera. Vamos a disfrutarlo –Edward abrió la cesta y sacó una botella de agua mineral, zumo de frutas y la deliciosa comida que había preparado el ama de llaves.
–Creo que no deberíamos pasar demasiado tiempo fuera –dijo Bella–. Odio pensar que Carlisle esté solo, sin visitas.
–Tiene visitas –contradijo Edward, con voz seca–. No era un recluso antes de que llegaras tú.
–No he dicho que lo fuera –dijo Bella, molesta por la súbita brusquedad de Edward–. Creí que te gustaba que le hiciera compañía.
–Y yo creí que eras feliz aquí –dijo Edward–. Pero si prefieres volver a casa, volaremos esta tarde.
–¿Por qué siempre tiene que ser todo o nada contigo? –Bella expresó su frustración sin pensarlo. Le gustaba que Edward fuera fuerte y decisivo, pero a veces deseaba que no lo viera todo blanco o negro.
–No entiendo lo que quieres decir –le paso un plato de comida. Bella lo aceptó con cierta desgana.
–Quiero decir que he sido feliz aquí, muchísimo –explicó-. Eso no impide que piense en Carlisle. Pero no quería decir que nos fuéramos de inmediato.
–Tiene a gente que se ocupa de él veinticuatro horas al día –Edward mordió el pan con furia.
Pensó en su abuelo. Le debía hacer felices sus último días. Y, aunque en cierto sentido lo irritaba, sabia cuánto alegraban a Carlisle las visitas de Bella.
Maldijo su egoísmo por querer mantener a Bella alejada de la ciudad por su propio placer. Tendrían que volver a Venecia.
–Quiero a tu abuelo –dijo Bella de repente–. Me acepta y no me juzga.
–No sabe lo que has hecho –dijo Edward con voz controlada pero tensa, deseando que Bella no le hubiera recordado su traición–. Yo sí lo sé, pero no soy quien sigue sacando el tema. Conozco la verdad.
–Nuestro hijo crecerá sin conocer a su bisabuelo –dijo Bella como si, pérdida en sus pensamientos, no lo hubiera oído–. Pero Carlisle quiere que crezca conociendo la historia de su familia, sabiendo de dónde viene y a lo que pertenece.
Edward la miró, incapaz de creer que siguiera hablando así. Apretó los puños e intentó controlar su creciente ira. ¿Por qué se empeñaba en decir cosas que le recordaban su infidelidad?
–Yo nunca sentí que perteneciera a nada. Mi padre no me quería y mi madre apenas conseguía salir adelante –dijo-. Por encima de todo, quiero que nuestro hijo sepa que es deseado y querido de verdad. Que sepa que pertenece a su familia.
–Mi abuelo es viejo ahora –dijo Edward, apretando los dientes–. No te habría parecido tan agradable hace unos años. Era un hombre formidable.
–Ya lo sé. Sigue siéndolo –contestó ella rápidamente–. Obviamente, es cosa de familia.
–Sabe que le queda poco tiempo –dijo Edward–. Creo que eso ha intensificado sus deseos.
–Estoy de acuerdo. De eso estamos hablando.
–Estamos hablando de su deseo de un bisnieto.
–Yes lo que vamos a darle –dijo Bella.
–Es lo que él creeque vamos a darle –masculló Edward–. El hecho de que esté dispuesto a reconocer al niño como mío, por la felicidad de mí abuelo, no implica que haya olvidado la verdad.
–Yo tampoco la he olvidado –Bella se apartó el pelo de la cara con un gesto de exasperación.
–Déjalo ya –dijo Edward–. Puedes simular que el niño es mío ante el resto del mundo, pero no me insultes hablándome como si yo no supiera la verdad.
–No pareces saberla. Yno sé por qué no me das una oportunidad. Accedí a no volver a mencionarlo porque sabía que no arreglaríamos nada Si seguíamos discutiendo. Pero creía que habíamos empezado a crear un vínculo y no entiendo por qué sigues negándote a escucharme.
Edward apretó los puños. Lo sacaba de quicio que siguiera alegando inocencia. No lo soportaba más.
–Se que no es mío porque no puedo tener hijos.
Falta poquito para que termine esta historia... solo dos capitulos más y el epilogo. Ya estoy preparando una nueva! Gracias por los reviews =D
