Disclaimer: Los personajes de Harry Potter son propiedad de J.K. Rowling . No hay ninguna intención de lucro ni de infringir el copyright. La trama es enteramente mía así como los personajes originales que puedan llegar a aparecer.

ADVERTENCIA: Sepan que no siempre apruebo lo que mis personajes hagan, son solo eso, personajes.


Los Límites de Hermione Granger

Capitulo 11:

— Hermione.

Dedos que se deslizan.

— Hermione...Hermione.

Dedos dentro mío.

— ¡Hermione!

— ¿Ah?— no entendía nada. Mis ojos estaban pesados, no querían abrirse.

— Hermione, despierta ya. — la voz de Ginnyterminó de traerme al mundo, a la realidad.

— ¿Qué ocurre, Ginny? Tengo mucho sueño, es domingo…

— Lo siento, pero Harry me pidió que te despertara. Parece enojado.— se disculpó. Me levanté torpemente. — Le diré que bajas en un rato.

— Umm, sí. Me cambio y voy.

Una vez que la pelirroja se fue, caminé hasta el baño para despabilarme. Me bañé con agua fría hasta sentir que la modorra se me quitaba, dándome la última enjuagada con agua tibia para no quedar congelada. Lavé mis dientes y arreglé mi cabello en una trenza lateral. Volví a la habitación, donde tomé mi polera de lana negra y unos jeans oscuros. Antes de colocármelos, busqué mi ropa interior. Tomé las bragas naranja y verde, y, luego de rebuscar el corpiño desordenando todo el cajón, recordé que ya no estaba en mi posesión. Elegí otro, pero conservé la parte inferior.

Terminé de vestirme con una sonrisa pícara y satisfecha en mis labios. Había soñado con él, cosa que me alegraba en sobremanera, y no sabía por qué.

Recompuse mi rostro por el de alguien más serio y sereno. Ir a enfrentarme a un Harry enojado con cara de quien recuerda sus picardías no parecía una buena idea.

— ¿Harry? — lo llamé cuando llegué al pie de la escalera de la Sala Común.

— Al fin… Ven. — me dijo con rostro irritado. Se dirigió a la puerta del retrato de la Dama Gorda, pero no salió por ella, simplemente usó el espacio del estrecho pasillo como un rincón oculto de la vista de los alumnos desperdigados por la sala. — Recién volví de mi entrenamiento de Quidditch, y Malfoy estaba fuera del retrato, esperándote aparentemente.

— ¿Qué? — pregunté sinceramente confundida.

— Sí. — escupió exasperado, cruzando los brazos sobre su pecho. — Me interceptó diciendo: Unas palabras, Potter. — le imitó. — Y cuando quedamos solos, me dijo: ¿Serías tan amable de buscar a Granger? Dile que teníamos un desayuno programado. — no pude evitar reírme, lo que le molestó aún más. Luego siguió con su personificación. — Y que recuerde que a la familia Malfoy no le gusta que sus invitados lleguen tarde.

Familia Malfoy. Oh, no… se refiere a su madre. Maldición.

— Umm, gracias, Harry. — comencé a darme vuelta para salir al encuentro con el rubio, pero me detuvo por el codo.

— Alto. Primero que nada, ¿desayunarás con Malfoy? — me miró incrédulo pero también indignado. — Y segundo, y más importante, me prometiste que hablarías con Ron. — me recriminó.

¡Doble Maldición! ¿Qué hago? ¿Qué hago? Tranquila, Hermione. Prioridades.

— Lo siento, Harry. Lo había olvidado. Tienes razón, ahora lo resuelvo. — me excusé. Luego señalé la salida. — ¿Dices que Malfoy me está esperando afuera? — asintió. — De acuerdo. Cancelaré y ahora vuelvo. Localiza a Ron por mí mientras tanto.

Salí. Y ahí estaba, rodeado por la cálida iluminación de los enormes ventanales. Solo, en el hall entre pasillos, de brazos cruzados, apoyado en el grueso barandal de piedra de las escaleras, luciendo todo su porte aristocrático con una gracia que parecía hacerle burla a las revistas de modelos masculinos muggle.

¿Acaso siempre le admiré físicamente, o esto es algo nuevo?

Me arrimé, con una mueca de disculpas implantada en mi rostro.

¿Qué? No me digas que no vendrás, Granger. — me recriminó sin siquiera saludarme.

— Buenos días primero, ¿no? — le regañé juguetonamente. Y luego me recompuse, volviendo a arrugar y contraponer mis facciones. — Lo siento, Malfoy.

— Grangerrrr... — rezongó en un tono frustrado, arrastrando la "r", de manera que mi apellido parecía más un gruñido que otra cosa. Se había llevado las manos a su rostro, pasándolas con brusquedad por toda la superficie.

— Lo siento, enserio. Pero había olvidado que le prometí algo a Harry. — le expliqué con mi voz algo implorante, realmente me sentía mal por la situación. — Y cuando anoche tu madre exigió que me llevaras a desayunar, estaba totalmente distraída.

— Comprendo. — dijo incorporándose del barandal. — De todas maneras, mi madre no lo exigió, lo sugirió. — me aclaró,— Esa es su manera de pedir las cosas. — finalizó frunciendo sus hombros y metiendo las manos en los bolsillos.

¿Tan adorable y vulnerable puedes verte defendiendo a tu madre?

— Bueno, lamento haberte hecho subir hasta aquí. Y que tuvieses que perder tiempo esperándome. — volví a disculparme.

— Tranquila, te lo cobraré de alguna manera. — me respondió con una sonrisa ladina absolutamente sexy.

Umm, eso suena bien...Quizás sea yo quien comience a portarse mal de ahora en adelante.

— Te tomo la palabra. — repliqué mirándole fijo desde mis pestañas. Su sonrisa se ensanchó y levantó sus cejas sugestivamente.

— Toma de mí todo lo que quieras. — continuó jugando mientras se daba la vuelta para bajar las escaleras. — Hasta luego, Granger.

— ¡Alto! ¿Puedes darle un mensaje a ella de mi parte? — asintió mirándome de costado desde el cuarto escalón. — Dile que tenía un compromiso y que le compensaré con una visita esta tarde… si le parece bien. — agregué lo último pensando en las cordialidades básicas de una auto invitación.

— De acuerdo. Te haré saber su respuesta.


Ron estaba en las gradas del campo de Quidditch, aún vestía la ropa de entrenamiento y su escoba estaba a su lado.

Lo habíamos tenido que buscar con el Mapa del Merodeador, el que después devolví a su dueño junto con la capa.

Cuando percibió que alguien se aproximaba, y que ese alguien era yo, hizo un amago de irse por otra de las salidas. Pero que yo empezara a correr hacia él, con mi varita en mano, lo detuvo.

Nunca huyas de Hermione Granger. Nunca.

— Ron. — le saludé, sentándome junto a él, reclinando mi espalda contra el asiento y mirando al frente y arriba, donde se veía al equipo de Slytherin teniendo su propio entrenamiento. — ¿Qué haces aquí solo? Sabes que puedes tener problemas con las serpientes si estas sospecharan que espías sus jugadas, ¿verdad?

— No los espío, solo quería estar solo — refunfuñó, cruzándose de brazos.— Y ahora, también arruinaste mi momento de soledad. Siempre arruinas todo.

Me volteé a verlo, claramente sorprendida por la causticidad en sus palabras. Él me ignoró, de hecho, volteó su rostro un poco más en la dirección contraria a la que yo me encontraba. Parecía realmente enojado.

¿Qué te molesta? ¿Son celos? ¿Por qué yo esté con alguien más, o porque te dejamos "fuera" de algo con Harry?

— Ron, yo no arruine nada. Todo lo contrario, arreglé algo. Realmente estás confundiendo la situación. — nada, silencio. Le di tiempo, pero terminé retomando la charla. — Verás, eres tú quien no acepta los cambios y lo ve como algo negativo. Eres demasiado caprichoso a veces, pero lo peor de todo es que esta vez estás más que muy equivocado. — no me contestó. No me recriminó. Sólo se mantuvo en silencio, ignorándome como si yo no existiese.

Esta era su jugada. Como si nosotros fuéramos piezas de ajedrez, y la partida hubiese estado en marcha desde hace tiempo sin que yo lo supiera. Pero no le podía dejar ganar. No cuando sus tácticas carecían de inteligencia emocional. Si quería jugar, jugaríamos.

— Lamento que pienses que tienes derecho a enojarte porque Harry y yo decidimos empezar a reunirnos sin ti. — le dije en un tono apacible, mirando mis manos entrelazadas sobre mis piernas. — Lamento que te molestara tanto que no te dijéramos apenas comenzamos. Verás hace menos de una semana que todo empezó.— Suspiré dramáticamente. — Y ahora Harry me ruega que te cuente. Él quiere que seas parte de esto. De alguna manera. Sé que pocos lo aceptaran, se dieron ciertos cambios, y se pueden dar más. No lo sé, Ron ¿Te gustaría intentarlo? ¿Ser parte de esto? Seríamos los tres, como antes, como siempre…

Y eso lo consiguió. El rostro de mi amigo pasó de una palidez insalubre por la impresión, a un rojo vivo por la vergüenza de las implicancias que estaba haciendo. Lo más gracioso de todo es que mi propuesta era sumamente inocente cuando la filtrábamos con la verdad de la situación: complotar contra Voldemort de forma más activa e intencionada. Pero, como nuestro querido Weasley tiene metido en la cabeza de que tenemos alguna especie de relación amorosa… No me quiero ni imaginar las perturbadoras imágenes del trío que cree que le proponemos.

— ¡¿Q-qué?!— exclamó con sus ojos enormes como bludgers.

— Eso. Lo que escuchas. — le dije fingiendo inocencia. — ¿No quieres ser parte de esto?

— ¡Herm-Hermione…! — continuó horrorizado.

— ¿Qué? No es algo malo, Ron. De hecho, yo lo he disfrutado bastante. Verás que será muy gratificante…

— ¡Hermione! — ahora su rostro comenzaba a tomar la forma de alguien que sentía pudor y asco al mismo tiempo. Un poema, si les digo la verdad.

Tuve que hacer mucha fuerza para no explotar de risa en ese preciso instante. La maniobra aún no terminaba. Tenía que hacerlo entrar en razón por la vía más obvia.

— ¿Qué, me dirás que no? — le pregunté fingiendo algo de molestia. — Míralo del lado lógico. De esta forma ninguno de los tres se sentirá solo, nunca. Y como yo me la paso estudiando, podrán hacerse compañía tú y Harry…

— ¡Hermione! ¿Te das cuenta de que lo que me están proponiendo es… es… no quiero ser prejuicioso, si a ustedes les gustan... — trastabillaba sobre sus propias palabras, era adorable. — Mira, para empezar, no me gustan los hombres, además Harry es como mi hermano…

— Lo sé, eso no te lo discutiría. Yo me siento igual. — le interrumpí. Me miró, ladeando su cabeza confundido.

— ¿Ah, sí? ¿Tú quieres a Harry como un hermano?

Jaque.

— Claro que sí, tonto. A ti también te quiero como a un hermano. — contesté con una sonrisa cariñosa. Su entrecejo se frunció tanto que parecía acordeón. — ¿De qué crees que estoy hablando? — le cuestioné como si realmente no supiera. Entonces lo miré abriendo bien mis ojos, para que el efecto fuera creíble, y le pregunté, como adivinándolo todo — ¿No me digas que creías que Harry y yo tenemos algo? ¿Creíste que te proponíamos formar un ménage à trois?

Jaque Mate.

Entonces me di el lujo de reírme a carcajadas fuertes, claras y libres, hasta el punto de casi hacerme pis encima y atraer la atención de todos los Slytherin que practicaban en el aire. Ron volvió a enrojecer, mirando a todos lados menos a mis ojos.


Ya le había explicado a Ronald la realidad detrás de mi jugarreta. Obviamente, omití todos los detalles íntimos en los que involucraba a Malfoy, detalles que ni siquiera Harry conocía. Costó hacerlo entender la importancia de reclutar a los Slytherin, como era de esperarse. Personas como mi pelirrojo amigo eran las que cultivaban el prejuicio desde el seno materno. No podía culparlo, pero si podía intentar hacerlo ver; ver que la verdad iba más allá de bueno-malo, blanco-negro, ellos-nosotros.

Cuando logré calmarme de la risa, con ayuda de sus miradas irritadas, nos quedamos charlando en las gradas un rato. Puse en claro que no pretendía tener ningún tipo de relación amorosa ni con él ni Harry, y menos los tres a la vez. Increíblemente que lo pusiera en palabras fue necesario para que se relajara.

Luego caminamos de regreso al castillo, pero nos quedamos dando vueltas por los terrenos. Discutir con Ron de cosas importantes se hacía más ameno si lo mantenías en movimiento. Él era un chico con demasiada energía, por eso su tendencia a explotar en furia. La caminata al aire libre y fresco de otoño surtió efecto, y con cada paso que dábamos su postura tanto física como ideológica se fueron relajando y equilibrando.

— De acuerdo, Hermione. Confiaré en ti. — me dijo finalmente, con rostro que reflejaba que se sentía seguro de sus palabras — Aun no sé qué esperas de mí. Ya sabes… tú eres la de los planes, Harry es el del destino poderoso… yo solo los sigo. — continuó algo cohibido, encogiéndose de hombros.

— Nada de eso, Ron. — rechisté.— Tu eres el estratega, el que le pone el pecho a las balas, el que al final inclina la balanza a nuestro favor.

— ¿El pecho a las balas?

— Frase muggle. — aclaré. — Significa que cuando estamos en situación de peligro, tomas la delantera, y nos socorres. Cuando las cosas se ponen difíciles, nos das ánimo, ya sea con tu humor o con alguna conducta arriesgada e incoherente. Y al final funciona…

— Exageras…

— Hablo enserio. — le aseguré, frenándome para que me viese a los ojos. — Cuando te hablé del trio con Harry, fui sincera, metafóricamente hablando. Cuando mejor funcionamos es cuando estamos los tres, juntos. — asintió, con una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios. — Además, no nos olvidemos de que realmente necesitamos de tu cabecita estratega. La guerra lo demanda, no Harry, no yo. La guerra. Si no tenemos a alguien con la capacidad de ver más allá de la siguiente jugada, no habrá plan que resista.

— En eso tienes razón. Pero está Dumbledore…

— Tengo mis sospechas de que no estará por mucho más tiempo.— me sinceré.

— ¿Lo dices por su mano? Yo también lo pensé… — suspiró abatido y se sentó en el pasto, tendiéndome la mano para ayudarme a bajar hasta su nivel. — No quise decirle nada a Harry, pero creo que es una maldición de algún tipo muy oscura.

— Sí, no sé cuánto tiempo más durará entre nosotros su guía.

— Necesitamos que le diga todo lo que le debe decir a Harry antes de que sea tarde. Todo. — comentó con rostro serio pero determinado.— ¿Has notado que tiende a contarle las cosas a medias? Como si siempre se guardase algo para después.

— No creo que sea porque quiera hacerse el misterioso. — dije algo cansina. — Es como si quisiese cuidar a Harry de la realidad. Creo que tiene buenas intenciones, pero puede ser perjudicial en el cómo se definirá la guerra.

— Estoy de acuerdo. Hay que hacer algo.

— ¿Alguna idea? — pregunté entusiasmada de repente.

— No aún. Pero lo pensaré. — asintió una vez de forma firme con sus labios apretados. — Todavía no sabemos qué le habrá dicho en la reunión privada que tuvieron anoche… ¿Harry no te contó nada verdad?

— Umm, no.

Nos mantuvimos en silencio un rato, hasta que el estómago de Ron gruñó con fuerza.

— ¡Hora de almorzar! — comandó, poniéndose en pie de un salto. Volvió a tenderme sus manos para ayudarme, pero esta vez tiró de mí con ganas, haciendo que me levantara un poco por los aires. Reí corriendo tras de él.


— ¿Todo de vuelta a la normalidad? — preguntó Harry sentándose junto al pelirrojo, quien ya devoraba una presa de pollo de manera glotona.

— Shi… ¡Peoweshamaljita gruja mehjihocaegr! ¡Mehjento jun ihota! — comentó señalándome con la comida con la que aun no se atragantaba.

— Ron, no seas tan asqueroso… se te cae la comida de la boca. — le pedí entre asqueada e irritada.

— ¿Tú le entendiste? — me preguntó el ojiverde

— Sí, luego te explico.

El comedor estaba repleto, no iba a arriesgarme a crear cotilleo por error sobre un trio amoroso que nunca sucedió.

— Lo siento, Harry. — se disculpó Ron con una mueca.

— Está bien. Me alegra que todo quedara claro.

Se sumaron Neville y Ginny y el resto del almuerzo continuó como siempre. Charlas banales entre amigos, risas y bromas involucrando vasos hechizados que te escupían su contenido cuando te los llevabas a la boca. Nada fuera de lo común. Hasta que una lechuza me trajo un rollito de papel casi llegando al final del medio día. Y no cualquier lechuza, era Pequeño, el devorador de golosinas de Lavender, el que me entregaba los mensajes de Malfoy.

— ¿Correo a estas horas?— preguntó Neville a mi derecha.

— Sí, es raro. — comentó Ginny, comenzando a inclinarse a mi otro costado para chusmear mi nota. La desaté y guardé rápidamente en el bolsillo interno de mi túnica. — ¿De quién es? ¿No la leerás? — preguntó sospechando.

— No tengo prisa. Probablemente es una tontería. — me encogí de hombros para restarle importancia mientras le daba pedacitos de cerdo al ave que se había quedado esperando su premio.

Pequeño malcriado.

— Seguro es un mensaje de M…¡OUCH!

Bendito seas Harry, tú y tus codos afilados.

— ¿M...mmm?— insistió la pelirroja con sospecha pícara reflejada en sus ojos.

— Si, Ron ¿Porqué no nos dices a que…mmm… te referías? — le reclamé con algo de irritación.

— ¿McGonagall? — sugirió.

— Sí, claro… — le contestó incrédula su hermana.


Te espera a las tres de la tarde para tomar el té. Su puerta es la única que hay al final del pasillo del despacho del Profesor Snape.

Golpea tres veces y di: "Dragón"

No te rías, Granger. Ella lo eligió, no yo.

A mí ya me cuestionó. Sospecha de que tenemos algo, sin embargo, no le dejé nada en claro. Así que intentará sacarte información a ti.

¿Mi consejo?

No dejes que mi madre te intimide.

No le digas la verdad, pero tampoco le mientas, porque lo sabrá.

El resto ya lo haces naturalmente, por suerte, porque ella siempre valorará mucho el ingenio y respeto en una persona.

Presumo, casi con total seguridad, que intentaras ganártela, no sé por qué o para qué. Pero sólo te advierto que no será fácil. Nadie le conoce una sola debilidad a esa mujer.

Y ten cuidado, ya sabes de lo que soy capaz de hacer por ella.

Suerte.

El mensaje era más enriquecedor de lo que yo esperaba. Malfoy, sin querer, me había dado herramientas para convencer a la Señora Malfoy de aliarse activamente con nuestra causa.

¿Sus debilidades? Si a nadie le dice nada que la palabra clave de su puerta sea "Dragón", pues que me pase por encima una manada de centauros en este instante. Claramente, apelar a su lado materno sería lo obvio.

Y luego, estaba esta oración: A mí ya me cuestionó. Sospecha de que tenemos algo, sinembargo, no le dejé nada en claro.

Que él lo fraseara diciendo que ella sospecha y no que ella cree, a mí, personalmente, me dice que es él el que siente o piensa que tenemos algo. Fue su manera de no negarlo ni afirmarlo. De no dejarme las cosas en claro.

Pero eso no sería problema, porque por ahora me siento tranquila con el tipo de relación que estamos descubriendo. Él me respeta, y eso es todo lo que pretendía desde un principio.

Dejaremos que la Sra. Malfoy saque sus propias conjeturas. Que su curiosidad e intriga por mí y la situación entre su hijo y yo, se mantengan vivas por el tiempo necesario. Al menos hasta que sus voluntades estén claramente inclinadas hacia el triunfo del "lado de la luz"

Guardé el mensaje del rubio junto con los anteriores. Me miré en el espejo, observando con cuidado mis prendas de vestir. Mis ojos expresaban concentración, y era natural, ya que meditaba en profundidad qué hacer con mi imagen. ¿Cómo se supone que debo lucir para ir a tomar el té con Narcisa Malfoy?

Luego recordé que la mujer había sido trasladada de improvisto, y no poseía más que su atuendo para dormir y una bata de seda. Ni siquiera sabía si tenía su varita consigo al momento de tocar la carta traslador. Entonces, con esa idea en mente, tomé la resolución de llevarle unas cuantas prendas de ropa más. Eran muggles en su mayoría, pero le ofrecería transformarlas en algo más acorde a sus gustos si eso la hacía sentirse más cómoda.

Velar por su comodidad y hacerla sentir lo menos prisionera posible, eran la clave para ablandarla ante esta situación.

Una vez que tuve todo listo, partí, pasando por la biblioteca en búsqueda de unos cuantos libros de pociones para dejarle a la mujer. "Mi madre es una aficionada" había dicho Malfoy cuando comenté lo enorme era el ala de pociones de la biblioteca de la Mansión Malfoy ficticia que nos proporcionó la Sala de los Menesteres.

Al ser domingo, la mayor parte de los alumnos se encontraban en los jardines, disfrutando de los últimos días de sol antes de la caída del invierno, por lo que el recorrido hasta las mazmorras se dio en solitario y sin encuentros distractores.

Llegué puntual. Toqué dos veces y pronuncié "Dragón" con claridad, no sin antes revisar a mis espaldas que nadie merodeara por el largo y oscuro pasillo. Unos instantes después, la esbelta figura de la bruja se asomaba por la puerta. Se hizo a un lado dándome paso para luego cerrar rápidamente.

— Buenas tardes, Srta. Granger.— saludó cortésmente mientras yo dejaba mi, siempre compañera, mochila en el suelo junto a la entrada. — ¿Cómo ha estado su día? ¿Pudo descansar bien?

¿Primera frase y ya está buscando información en mis respuestas, Señora?

— Buenas tardes. Gracias por recibirme, Sra. Malfoy. — comencé siguiendo las vías de la cortesía. — Mi día ha estado bien. Relajado pero fructífero, aunque no he podido estudiar ni un poco, como me hubiese gustado. — le dije con naturalidad, después de todo, no era mentira. Caminábamos hacia un juego de sillones que se encontraban en el medio de la habitación, la antesala de lo que serían sus cuartos privados a los que se accedía probablemente por una puerta lateral. — Y en cuanto a mi descanso, sinceramente, tengo cansancio acumulado. Estos últimos días han sido muy atareados para mí, como podrá imaginar.

"No le digas la verdad, pero tampoco le mientas, porque lo sabrá."

— Si, puedo hacerme a la idea. — comentó mientras señalaba uno de sus mullidos sofá para indicarme que tomara asiento. Ella también lo hizo en el que se encontraba en frente. — Lo que me lleva a mencionar que estoy realmente impresionada e intrigada con el método que creó para traerme hasta Hogsmeade. Ha de haber sido difícil y consumidor de tiempo, ¿no?

— Totalmente. Toda la investigación me consumió horas que suelo usar para estudiar. — concordé, acomodándome en la postura más sobria y noble que pude recrear. — De hecho, y no me tome por vanidosa, pero lo considero el logro más complejo y lleno de inventiva que he tenido en mi vida.

La mujer rio con gracia y asombro. Luego palmeó dos veces en el aire y automáticamente una elfina doméstica apareció a nuestro lado, inclinándose en una profunda reverencia.

— Sra. Malfoy, ¿en qué puede Adrika servirle? — preguntó con sumo respeto con su voz aguda.

— Tráenos té y dos porciones de Selva Negra, por favor. — le pidió con soltura, como si tratar con elfos domésticos fuera algo de todos los días. Claro que, para ella, probablemente era algo de toda su vida.

Mis ojos sorprendidos se quedaron fijos en el espacio vacío que dejó Adrika al desaparecerse.

— ¿Esa es su elfa doméstica? — pregunté.

— No, es del colegio. El director la llamó anoche, pidiéndole que atendiera mis necesidades.— aclaró con simpleza. Ni una gota de emociones en su expresión. — Hasta ahora, ha sido una elfina muy amable y dedicada.

— Bien. Espero no tenga problemas. — dije algo acusante.— Disculpe mi tono, pero la historia de su familia con los elfos domésticos marca precedente.

— Descuide, Srta. Granger. No cabe en mí el maltrato. Eso es y ha sido cosa de mi marido únicamente. Aunque Draco tiende a tomar a Lucius de ejemplo. — me dijo con gotas de amargura en su rostro.

Ahí estaba, una emoción. Amargura. La pregunta era: ¿Por su marido? ¿Por la imitación de su hijo? ¿Por ambas opciones?

Poco a poco tendría que averiguar cuál era su postura referente a Lucius Malfoy. Con esa información certera, sería mucho más fácil tomar decisiones respecto a cómo sugestionarla para tenerla de nuestro lado.

— Comprendo. — asentí, dando el tema de los elfos por zanjado.

Segundos después, Adrika, trajo una bandeja con el pedido de la mujer sentada frente a mí. Nos sirvió a cada una preguntándonos si deseábamos miel, leche o azúcar.

— Amargo, por favor. — contestamos ambas a la vez. Nos miramos sorprendidas, ella lo disimuló con una sonrisa pequeña y cordial.

— Le traje ropa, pensando en la probabilidad de que no tuviese su varita como para trasfigurar algo en túnicas, pero veo que… — le señalé su propio cuerpo con mi mano. — ha logrado ingeniárselas.

— Oh, muy amable y considerado de su parte, Srta. Granger. — inclinó su cabeza. — Pero, en tiempos de guerra, no veo posible despegarme de mi varita. — asentí en acuerdo con ella. — La elfina doméstica me facilitó esta túnica por la mañana. Pero aceptaré su ofrenda con gusto. Puede dejarme lo que sea que haya traído.

— Son mías, creo que el talle estará bien. No somos tan diferentes de cuerpo. Pero me temo que son prendas muggle en su mayoría. — miré a otro lado, se me retorcía un poco el estómago de tan solo pensar en validar una cuota de discriminación ante mis orígenes.

— Ah… umm. No es problema. — dudó unos segundos. La miré asombrada ya que en su voz había un tinte de vergüenza. — Cualquier cosa que haya traído será bienvenido. — agregó de inmediato, como intentando dejar el tema por zanjado.

— ¿Está segura? ¿Usaría jeans y poleras de lana? — le pregunté sin salir de mi estado de sorpresa.

— ¿Jeans? No estoy segura de que son esos, pero podré acostumbrarme. — me contestó con una sonrisa algo nerviosa.

— Estos son jeans. — demostré acariciando mis piernas hasta el borde del pantalón en mis caderas.

— Oh… nunca los he usado. Las brujas sang… no solemos usar pantalón las mujeres en el mundo mágico. — se corrigió.

— Lo he notado. — comenté, intentando disimular mi amargura por su casi comentario prejuicioso. — Son muy cómodos, ya verá.

Mis intentos por quitarle importancia al asunto no pasaron desapercibidos, lo que nos llevó a un silencio incómodo interrumpido por el sonido del metal contra la porcelana en cada bocado de Selva Negra que tomábamos.

La mujer fue tornándose cada vez más seria. Probablemente, su mente trabajaba a toda marcha como la mía. Muchas preguntas sin respuestas, muchas omisiones a tener presente, mucha actuación. Alguna de las dos iba a explotar. Pero la seriedad en el rostro de la matriarca cobró un aire de determinación y la seguridad se le tornó máscara; una máscara que ya había visto en su hijo, esa que usa cuando no quiere demostrar que se arrepiente de algo.

Menos mal que estudié a Malfoy este último tiempo, sino esta mujer me tendría totalmente perdida.

— Srta. Granger, — interrumpió el silencio y mis pensamientos. — Me gustaría hacerle algunas preguntas de gran importancia para mí. Y como puedo ver que usted es una muchacha inteligente, no la insultaré con rodeos. Seré directa. — la miré interesada. Se llevó la taza a los labios. Tomó un sorbo sin soltarme la mirada. Me estaba analizando, podía sentirlo en la piel. — Pero, primero, preferiría dejar ciertas cosas en claro. Preferiría que nuestra conversación se dé en un terreno lo más limpio posible. Con el tiempo limaremos asperezas. — volvió a beber de su té. Se estaba tomando su tiempo, ya fuera para ordenar sus ideas, tomar coraje, o posicionarme donde me quería, como buena Slytherin.

— De acuerdo, Sra. Malfoy. La escucho. — tomé mi propio té para distraerme de su penetrante escrutinio.

— Primero que todo, gracias. Gracias por traer paz al espíritu de mi hijo. Por sacarme de mi propio hogar, donde me sentía realmente prisionera. Donde el miedo, horror y asco era moneda corriente de todos los días. — dijo con una mueca de desagrado en sus labios. Sospechaba que el mal gusto se debía al recuerdo de los usuarios de su casa y no a tener que disculparse con una hija de muggles. — Segundo, gracias por la túnica de abrigo que me facilitó anoche. Parece algo sin importancia, pero es un detalle que no puedo dejar pasar. Habla muy bien de usted. La vuelve una persona dedicada y prolija ante mis ojos. — sonreí asintiendo con mi cabeza en reconocimiento por sus palabras. — Y tercero, gracias por hacer que Draco vea el mundo con otros ojos. Cosa que ni mi marido ni yo supimos hacer. Le ha dado la oportunidad de ser una mejor persona, más noble y de calidad. Algo que he anhelado para él desde el momento en que supe que lo traía en mi vientre, pero que, por mis propias faltas, no pude proporcionar desde el ejemplo.

La miré sorprendida, por lo que parecía la enésima vez esa tarde.

¿Acaso Narcisa Malfoy acaba de agradecerme por romper los prejuicios de sangre de su hijo? Porque suena terriblemente a una forma de disculparse, rebuscada, pero forma de disculpa al fin.

— No sé si esa era su intención en todo este plan retorcido en el que lo ha involucrado, pero conversamos seriamente esta mañana, y puedo ver que ha hecho mella en la mente de mi hijo. — continuó al ver que yo no daba respuesta. — Por ello, quiero asegurarle que haré todo lo posible en tomar a mi propio hijo de ejemplo, y dejar de lado los ideales que se me inculcaron desde la infancia.

Listo, eso es todo. El mundo estaba patas arriba. Definitivamente había una disculpa escondida tras esa promesa de cambio.

— Sra. Malfoy, no sé qué decirle. — comenté sinceramente.

— No debes decir nada, muchacha. — me aseguró. Luego suspiró. Terminó su té, y al momento de apoyar la taza devuelta, levantó sus ojos a los míos y sonrió de manera feroz. — Ahora sí, momento de las preguntas.

Ahí es cuando vi a la madre sacar sus garras. Su hijo no dejaba de estar en peligro, ambas lo teníamos en claro. Pero nadie estaba a salvo. No hasta que Voldemort fuera derrotado.

— ¿Qué planes tiene para mi hijo en esta guerra? Y no me niegue que algo trae entre manos, porque, sino, no veo por qué tanto esfuerzo en eliminar la amenaza de mi muerte como base de las decisiones de Draco.— preguntó concisamente. Luego me miró por encima de su nariz, como desafiándome. — A menos que tenga algún tipo de interés romántico en él. Lo que nos lleva automáticamente a otra conversación, Srta. Granger.

¡Maldición!

¿Cómo le respondía a esto? ¿Cómo le oculto la verdad sin mentir? ¿Cuál es la verdad, para empezar? Mis planes con respecto a Malfoy, mutaron tanto en tan sólo cuestión de días. Y mis motivaciones también. Nunca tuve el control de la situación como yo creía. No realmente.

¡Qué ingenua!

Tenía que venir su madre a hacerme cuestionar la verdad.

¿Qué le decía? ¿Cómo contestar esto si ni yo lo sabía?

— Emm… bueno. — comenté incómoda. Sentí mis mejillas arder.

¡No! ¡No, Hermione! ¡Te estás dejando en evidencia! ¡Esta mujer leerá a través de cada poro de tu piel! ¡Cada movimiento, pestañeo y sonido!

— Es complicado. — le dije, tragando con dificultad.

— Umm, ya veo. — comentó asintiendo y dedicándome una sonrisa pícara y conocedora.

¡Demonios! ¡Es peor que Dumbledore!


N/A: Muy bien… esta conversación con Narcisa no ha terminado…

A ver quien adivina lo que dijo Ron cuando tenía la boca llena de comida?

No sé qué opinaran ustedes, pero cada día me enamoro más de Draco… de este en específico.

Miles de gracias a sus bellas palabras de apoyo! A las personas que se han sumado hace poquito, les digo, BIENVENIDAS! Gracias por quedarse y compartir este proceso que es para mí muy placentero.

Se dieron cuenta de los 500000 quilos de review que me dejo Cyg? SE PASOOOOO! Te amo tan fuerteeeeeeeeeee mujeeerrr! Hajajajaa el Review tiene más palabras que algunos capítulos de esta historia, enserio, no miento!

Espero tener el cap 12 antes de partir de vacaciones (aún no sé a dónde ir… Por si alguien es de Córdoba, Argentina, quizás paso por ahí… nos tomamos unas birritas, o unos mates!)

En fiiin… les agradezco infinitamente todo su apoyo, me alegra muchísimo que les guste lo que escribo, me inflan el ego en sobremanera.


Les comparto cosas que me dice Mary (Editora de este fic.) cuando me envía sus correcciones.

Terminé de vestirme con una sonrisa pícara y satisfecha en mis labios. Había soñado con él, cosa que me alegraba en sobremanera, y no sabía por qué.

N/E: Seguro no sabe… se te nota a la legua que te encanta, Hermione, ¡acéptalo!

Necesitamos que le diga todo lo que le debe decir a Harry antes de que sea tarde. Todo. — comentó con rostro serio pero determinado.— ¿Has notado que tiende a contarle las cosas a medias? Como si siempre se guardase algo para después.

N/E: Ron tiene tanta razón en eso… ¿Qué le cuesta a Dumbledore ser sincero y contar el cuento completo? Se hubiera ahorrado siete libros.


Sus críticas y opiniones son bienvenidas,

no nos abandonemos,

ya les amo!

Abrazos Cósmicos!