Como siempre, mis agradecimientos a todos en primer lugar.
Pjean: No me mates, es el recurso para mantenerlos enganchados XD. Pero por suerte, éste es un capítulo largo y revelador. Más personajes se darán a conocer, así como también se profundizará el pasado de otros.
Espero que les guste!
En medio del inesperado encuentro, las dos hermanas no podían creer lo que veían.
-¿Kenshin? – se sorprendió Kaoru.
-¡Akira! – exclamó Tomoe.
Las otras dos mujeres no podían articular palabra alguna del asombro, pero quien estaba en problemas era Shura, y no podía pensar muy rápido.
-Sólo estoy intentando ayudar a las jóvenes, Himura-san. – alcanzó a balbucear.
Kaoru le dirigió una mirada de pocos amigos.
-¿Ayudar ofendiendo a mi hermana? – ironizó molesta.
-No. – le contestó Shura aún nerviosa - Siendo sincera y dando muestras de realidad.
De repente la mujer sintió un escalofrío en la espalda al ver de frente la mirada dorada y furibunda de su Ken-san, quien obviamente a esas alturas se había dado cuenta de sus intrigas. A ese hombre no se le podía engañar fácilmente.
El pelirrojo se acercó a ella, ante la mirada ansiosa y asustada de los demás.
-¿Y cuál es la realidad de las cosas, Shura-dono? ¿Qué las hermanas Kamiya tienen que permanecer en sus lugares? ¿Qué Tomoe-dono no es adecuada para Akira? – inquirió de manera temible. Parecía que volvía a esos tiempos de la Revolución cuando interrogaba a sus prisioneros de guerra. Él se dio cuenta de eso, y con culpa, se contuvo y recuperó los modos.
Ikumatsu sintió que tenía que salir al rescate de todos.
-Discúlpame, Himura-san. – le dijo con calma forzada - Somos socios y eres un gran amigo de la familia, pero no creo que este asunto sea de tu incumbencia. Akira es mi hijo y de él cuido yo.
-Pero no me respetas. – protestó su hijo, quien la miraba fijamente con furia contenida. Eso paralizó a Ikumatsu, quien sintió que su hijo se alejaba de ella.
-Y tampoco se me respetó al incluir a Kaoru-dono en la conversación. – agregó Kenshin fríamente.
Ikumatsu frunció el ceño, extrañada.
-Creo que de perdí de algo. – le dijo - ¿Acaso tienes algo que ver con esa joven?
-Mi nombre es Kaoru. – le corrigió la joven.
-Ah, Kaoru. Gracias por recordármelo.
-Ni lo diga. – le dijo la kendoka con una sonrisa fingida - Me imagino que una persona de posición tan elevada como usted tiene tantas cosas en la cabeza como para recordar el nombre de una campesina.
-Kaoru, por favor. – musitó Tomoe, al borde de un colapso ante la tensa situación.
Ikumatsu, en cambio, seguía observando a Kaoru con mucha atención. Le devolvió la sonrisa de manera sincera.
-Eres voluntariosa, muchacha. – dijo suavemente - Tanto que casi me caes bien. – se volvió a Kenshin - Pero como le estaba diciendo a Himura-san, ¿acaso tú y Kaoru…?
-Somos enamorados. – se apresuró a decir el ingeniero con seriedad, para sorpresa de todos.
La más asombrada de todos era, por supuesto, Kaoru.
-¿Somos? Porque escuché decir que volviste a Kioto porque estabas decepcionado con tu vida en el interior. – le explicó con tristeza.
Kenshin la miró como si se hubiera vuelto loca al decir semejante cosa.
-¿Qué? ¿Yo? – luego volvió a fijar su vista en Shura, pero en vez de enfurecerse, se burló - Ah…creo que entendí. Apuesto que la persona que te dijo eso fue la misma que me dijo que no te importó mucho el saber que tuve que hospitalizarme aquí.
Kaoru entró en pánico.
-¿Estabas internado? – preguntó angustiada, examinándolo de arriba a abajo.
El corazón del Kenshin sintió algo cálido. Nunca antes alguien había reaccionado así ante su salud. De niño, cuando se enfermaba, las nanas y enfermeras se encargaban de él, pero lo hacían porque era su trabajo. En su adolescencia y en las filas de los imperialistas, si se enfermaba se curaba solo y se aguantaba, a falta de médicos. Y ya de adulto, rara vez enfermaba de algo y nunca había tenido un accidente.
Y ahora aparecía alguien que prácticamente se desesperó al verlo casi moribundo en la vera del río al salir del túnel siniestrado y nuevamente al enterarse de su internación. Sonrió para sus adentros; tal vez cuando le volviera a dar una gripe, la exageraría un poco.
-Estoy bien, no te asustes. – la tranquilizó - Pero creo que Shura-dono nos debe explicaciones.
Shura se alertó.
-¿Yo?
-Sí.
-¿Yo les debo explicaciones? – se hizo la tonta - No estoy entendiendo.
-Claro que lo entiendes. – le contestó Kaoru severamente, dejando de lado las formas - Fuiste tú quien dijo que Kenshin no quería saber más de Hagi y que no volvería.
Shura no decía nada, tratando de pensar en una solución rápida y sudando frío.
-¡Explíquese, Shura-dono! – exigió Himura.
De repente, la mujer arrugó la cara y empezó a llorar.
-¡Ustedes están siendo absolutamente injustos conmigo! – chilló, para luego desmayarse sobre la silla.
Con cuidado y preocupación, Akira y Kenshin colocaron a Shura sobre un sofá en un rincón de la lujosa confitería y trataron de reanimarla. Ikumatsu los observaba como si no le importara.
Algo alejadas, Kaoru y Tomoe cuchicheaban entre ellas.
-Patrañas. – decía una enojada Kaoru.
-¿Pero qué tipo de persona fingiría un desmayo? – se escandalizó Tomoe.
-Un tipo de persona llamada Shura. – murmuró su hermana - Estoy segura.
Por fin, Shura despertó. Contempló a todos a su alrededor azorada.
-¿Dónde estoy? – gemía - ¿Qué está sucediendo?
-Te desmayaste, Shura-san. – le dijo Akira - ¿Estás bien?
-Creo que sí, Akira-kun.
-Mejor vaya a descansar, Shura-dono, y más tarde hablamos. – masculló Kenshin volviendo a lanzarle rayos con la mirada.
-No sé a qué se refiere, Himura-san. – respondió ella débilmente.
Ambos hombres se dispusieron a ayudarla a subir al carruaje estacionado afuera.
-Tomoe, volveremos pronto. – avisó Akira.
Ikumatsu se tensó y se volvió hacia su hijo.
-¿No te quedarás en la casa, Akira? – quiso saber.
-No, volveré más tarde.
Su madre ya había tenido suficiente con todo eso.
-¡Basta de esa joven, Akira! – siseó furiosa - Kenshin es un adulto y puede hacer lo que quiera con la otra, pero tú eres mi hijo y nos vamos.
Pero Akira estaba decidido.
-No, me quedaré. – le dijo claramente.
-No me entendiste, Akira. No te lo estoy pidiendo, te lo estoy ordenando.
Su hijo le lanzó una mirada de enfado que le dolió.
-¿Acaso me llevarás a la fuerza? – replicó - Porque si no estás perdiendo el tiempo.
Por el momento, Ikumatsu Kiyosato no tuvo otra opción que darse por vencida.
Minutos más tarde, los dos jóvenes se volvieron a reunir con sus amadas.
-¡Listo! – exclamó Akira alegremente.
-¡Este sí que fue un encuentro tumultuoso! – resopló Kenshin.
-Como todos nuestros encuentros. – le dijo Kaoru dulcemente. El pelirrojo se sonrojó ante su mirada llena de amor.
Mientras, Akira se acercaba y miraba a Tomoe como si se le hubiese aparecido un ángel.
-Esperé mucho por verte, Tomoe, pero no me esperaba verte aquí. – le dijo embobado.
-Tu carta fue muy bonita, y bastó eso para darme fuerzas y venir con Kaoru y Megumi. – explicó la joven, ruborizada a más no poder.
-¿Dónde está Megumi-dono? – preguntó Kenshin buscando a su alrededor.
-Ahora no se encuentra muy bien. – le comentó Kaoru con cierto pesar, al recordar el episodio con Aoshi la noche anterior - ¿Por qué no salimos a ver la ciudad? – propuso más animada.
Los demás concordaron muy entusiasmados y entre los cuatro se encaminaron hacia las calles de Kioto para explorarla.
Sanosuke estaba harto. Pasada la angustia por Kaoru, se recuperó rápidamente de la herida de su pierna gracias a su amigo Soujiro. Daba caminatas para volver a recuperar su total movilidad y un día, durante uno de esos paseos, se topó con su hermana Uki. Esbozó una sonrisa enorme y caminó hacia ella para saludarla, pero la chica simplemente le dirigió una mirada de indiferencia y siguió de largo. Esas actitudes de su hermana lo tenían loco y harto. Muy harto.
Así que una tarde se le apareció por sorpresa en la cocina de la Mansión Shishio, asustándola.
-Uki-chan, creo que es hora de que tengamos una charla. – le dijo serio.
Uki se recompuso y lo miró con renovada indiferencia.
-¿El señor necesita algo? – preguntó con amabilidad.
Esa fue la gota que colmó el vaso.
-¡YA BASTA, UKI! – bramó Sanosuke - ¡MÍRAME A LOS OJOS Y TRÁTAME COMO TU HERMANO QUE SOY!
Ella permanecía impasible.
-Usted ya no es mi hermano.
-¿De qué estás hablando?
-Estoy hablando de que ya no pertenezco a su familia, desde que vine a esta casa y fui adoptada por la familia de Shishio-sama. – le dijo con un dejo de amargura en la voz.
-¡Mentirosa! Viniste aquí porque Yumi-san se encantó contigo y quiso ayudar…
-Y me enseñó a leer, a escribir, y cuidó de mí como si fuera de la familia. – interrumpió Uki secamente - Shishio-sama permitió todo eso.
-¡Por favor, Uki! ¡Ese tipo te trata como si…!
-¡¿Y cómo quiere que me trate si me da casa, comida y trabajo?! – terminó por explotar ella - ¡Él me trata mejor de lo que sus padres me trataron, señor!
Sanosuke la desconocía totalmente. No podía creer que ante él estaba la misma niña con la que jugaba y había compartido tantos momentos preciados de su niñez. Las lágrimas empezaron a nublarle la vista.
-Son tus padres también…y ellos te aman, como Outa y yo te amamos. – le dijo con la voz ahogada - Somos tu familia, Uki-chan…
-Otra cosa que aprendí aquí en el Palacio Juppongatana fue que el amor es una ilusión, algo que creamos para sentirnos bien. – contestó Uki con desprecio.
Su hermano levantó las cejas, divertido.
-¿Eso quiere decir que no amas a nadie? – preguntó burlón - Muy bien, me iré, así no me ves más y yo no veo en lo que mi hermanita se convirtió.
En ese momento su madre, Naname, apareció para llevárselo. Había estado haciendo las compras en Hagi, y al volver a su pequeña cabaña, de camino se encontró con un vecino que le informó haber visto a su hijo mayor ir hacia la Mansión Shishio hecho una furia. Naname se asustó y se encaminó apresuradamente hacia ese lugar.
Sabía que Sanosuke iba unas a veces por ser amigo del hijo del dueño, pero si iba tan enojado, sólo había una respuesta: Uki. Y no quería tener más problemas ni con ella ni con Makoto Shishio.
-¡Sano! ¡Vámonos para…! – pero al ver a la joven, su corazón de madre pudo más y empezó a llorar - ¡Mi pequeña!
-Saluda a nuestra madre, Uki-chan. – le ordenó Sanosuke a su hermana mientras abrazaba a Naname.
Uki desvió la mirada, pues no quería que vieran el dolor plasmado en ella.
-Es su madre, señor. – dijo cortante.
Naname lloraba aún más fuerte en brazos de su hijo.
-¿Qué hice para que mi propia hija me trate de esta manera? – gimoteaba.
Fue allí que Uki los miró a los dos con lágrimas de rabia en los ojos.
-Cuando era pequeña, usted me entregó a la familia Shishio como si yo no fuera nada. – le dijo a su madre entre dientes.
-¡Basta, Uki-chan! – exclamó su hermano.
Ella los volvió a mirar con afectado recato, como hacía con todos.
-Necesito volver a mis obligaciones. – se despidió - Con permiso. – y dejó la cocina.
-¡Soy la peor madre del mundo! – seguía lamentándose Naname.
-¡No digas tonterías, mamá! – la regañó Sanosuke, quien no aguantaba más el llanto y lloraba junto a ella mientras salían de la casona del antiguo hitokiri.
Uki se encerró en su cuarto y también empezó a llorar amargamente.
Ikumatsu y Shura recorrían las calles en el carruaje, rumbo a su mansión. Cada una perdida en sus propios pensamientos.
-¿Puedo saber la razón del espectáculo? – preguntó de repente la Reina del Arroz.
Shura suspiró. Ikumatsu tampoco era alguien a quien se le podía engañar así como así.
-Te diste cuenta…
-Nos conocemos desde hace mucho tiempo, Shura. – dijo su socia con una sonrisa amarga - ¿Les mentiste a Himura-san y a esa chica Kaoru?
-Fue necesario, Ikumatsu. – respondió Shura, pero no iba a revelar sus verdaderas intenciones - Quería protegernos a todos de las malas influencias de esas interesadas. – y agregó celosa - Es más, tú ya te estabas encantando por Kaoru.
Ikumatsu rió y empezó a evocar su juventud, la época en que su vida era perfecta antes de que la obligaran a casarse…
-Kaoru me recuerda a mí misma cuando era joven. – explicó con nostalgia - Una muchacha sin frenos…
-Pero sin tu elegancia y sin tu autocontrol.
-Ella no me interesa, Shura. – le aseguró - Mientras no se meta a ayudar a Tomoe y Akira, me da igual. Y Himura-san tampoco es mi problema. – y retomó la pregunta que había quedado en el aire - Ahora contesta lo que te pregunté, ¿por qué el desmayo?
-¡Porque no tenía opción! Sabía que nada bueno saldría de esa confrontación y porque tampoco sería bueno para nuestros negocios que Himura-san estuviera peleado contigo por Akira-kun. – le mintió su amiga.
Y para suerte de Shura, eso la convenció.
-Bien pensado. – le felicitó Ikumatsu - Por eso te hice mi brazo derecho.
-Te veo muy tranquila amiga, en vista de que Akira-kun se quedó con esas víboras. – comentó Shura con extrañeza.
Ikumatsu volvió a reír.
-Es porque ya tomé una decisión. – dijo con satisfacción - Akira lo sabrá al llegar a casa.
Megumi se despertó muy tarde, para luego encontrarse con que sus amigas se habían marchado sin ella. Pero pensaba que era mejor así: no estaba de humor para disfrutar nada de la ciudad, y eso sólo echaría a perder el buen ambiente y entusiasmo de las hermanas Kamiya. Por lo que decidió, estando sola en casa, continuar uno de sus bordados que había traído de Hagi. Escuchó que alguien tocaba la campanilla y la servidumbre lo recibía.
Bostezó. Tal vez sea uno de esos socios o clientes de Aoshi, hasta podría ser Sayo, así que tendría que disculparlo por su ausencia y le invitaría un poco de té, haciendo gala de su educación como noble. Se preparó y acomodó el kimono para recibir al visitante.
Pero nada la había preparado para lo que se iba a encontrar.
Frente a ella se presentó una mujer alta, de cabellos castaños recogidos en un elegante rodete bajo y con pequeños lentes oscuros. Y lo que llamaba más la atención era que estaba ataviada con una camisa blanca con volados y una larga falda recta de tiro alto que se ajustaba a sus formas. Parecía una de esas feministas europeas que Megumi veía en las revistas de moda y novedades.
Pero la portadora era quien más llamaba la atención, y Megumi casi se desmayó.
-¡¿TAE-CHAN?! – chilló como poseída.
La mujer se quitó los anteojos, que no le permitían ver en detalle y casi cayó para atrás al ver a Megumi.
-¡¿MEGUMI-CHAN?! – gritó.
Megumi estaba petrificada y la vista empezó a aguársele debido a la nostalgia y la culpa.
-Tanto tiempo, querida Tae-chan… - dijo con voz quebrada.
Tae la observaba, debatiéndose entre abrazarla o no.
-Sí…tanto tiempo… - suspiró, optando por lo segundo.
-¿Por qué viniste a casa de Aoshi-san? – quiso saber Megumi, ya más calmada.
-Porque soy clienta suya desde hace poco. – respondió la joven castaña - ¿Cómo están tu abuelo y tu padre?
-Están muy bien, gracias.
Tae contempló su kimono y levantó las cejas en señal de desagrado.
-Veo que en Hagi las muchachas siguen teniendo maneras tradicionales. – observó.
-Sí… - dijo Megumi tímidamente.
-Pues qué bueno que viniste a Kioto, porque te mostraré cómo las tradiciones nos limitan. – le dijo con ojos decididos y expresión desafiante - ¿Sabes? Ya no soy la joven apocada y manipulable de antes. – y agregó, mirándola significativamente - Ya no me dejo llevar por persuasiones que sólo benefician al ego de los demás.
-Ehhh… - Megumi moría de la vergüenza.
Para su fortuna, Aoshi hizo acto de presencia.
-¡Tae-san! – exclamó - ¡Viniste para nuestra reunión!
-Creo que me retiro para que tengan su reunión. – dijo Megumi haciendo una inclinación y encaminándose a su cuarto.
-¡Megumi! – la llamó el abogado preocupado - ¿Dormiste bien, amiga mía?
Ella se volvió a mirarlo con dolor en los ojos…¿amiga mía?
Tae se percató del detalle.
-¡Claro! – respondió Megumi enfáticamente - Dormí muy bien, amigo mío. ¿Por qué no dormiría?
-Bueno, ayer fue un día lleno de eventos. – explicó Aoshi encogiéndose de hombros.
-No recordaba. – dijo la joven con mal humor dejando sorprendido al par de jóvenes.
Los cuatro tórtolos habían llegado a la mansión de Aoshi Shinomori. Era el momento de la cruel despedida del día. La habían pasado tan bien: disfrutaron de espectáculos callejeros, comida de paso y paseo por las ferias, algo que Kenshin y Akira nunca habían hecho, siendo que prácticamente vivían en esa ciudad. Frecuentes asistentes del teatro, restaurantes caros y eventos de alta sociedad, el ameno mundo de la plebe era algo nuevo para ellos, y maravilloso de la mano de Kaoru y Tomoe.
Pero lo bueno siempre tenía un fin, y afortunadamente en este caso, sólo por ese día. Y Akira lo sabía.
-¿Tienen planes para mañana? – le preguntó a Tomoe mientras iban del brazo hacia el portón.
-Aún no. Es mejor que hables con tu madre antes de hacer planes. – respondió Tomoe apenada - No la vi feliz con esta situación.
Akira le sonrió, haciendo que la chica se pusiera roja como un tomate.
-Descuida. Tomoe… - él también estaba sonrojado, con la boca seca y manos sudadas con lo que quería pedir - ¿Sería mucha osadía de mi parte…darte un beso?
A pesar de que eso sólo aumentó el calor en su novia, ella asintió, y acercándose lentamente, capturó los dulces labios de Tomoe con los suyos. Era el primer beso de ambos, y aunque algo torpe y corto, de igual manera era inolvidable y placentero.
Después del beso permanecían ruborizados y respirando pesadamente, como si en vez de darse un besito hubieran corrido una maratón. En un acto de valentía, Tomoe le dio un beso rápido en la mejilla y corrió adentrándose en la mansión del abogado.
Akira quedó más tonto por ella que antes, si eso era posible.
Un poco más alejados, Kaoru y Kenshin atendían sus propios asuntos.
-¿Entonces es verdad lo que dijiste en ese restaurante? – preguntó Kaoru - ¿Ahora somos oficialmente novios?
Kenshin le sonrió.
-Yo pensé que ya éramos novios en Hagi. – le dijo mientras le acariciaba la mejilla.
-Bueno, es que a veces la gente no parece segura. – repuso Kaoru haciendo un puchero.
Kenshin acunó su rostro en las manos para que lo mirara. Su sonrisa seguía dibujada en el suyo.
-Pues yo estoy muy seguro. – replicó para luego gritar al cielo - ¡Ah, Kaoru Kamiya! ¡Eres un huracán que arrasó con mi corazón!
-¡Himura-san! – exclamó la chica riendo, simulando estar escandalizada.
-¿Y sabes qué? Creo que Kioto no está preparado para ti.
-Pues en cambio, yo sí estoy preparada para Kioto.
Pero el pelirrojo ya estaba cansado de la conversación y decidió que era hora de disfrutar de los besos de su kendoka. La abstinencia lo estaba volviendo loco y no iba a desperdiciar la oportunidad de degustarla. Tomó a la chica entre sus brazos y la estrechó contra sí mientras tomaba esa pequeña cereza que era la boca de Kaoru con la suya. Estaba extasiado, la sintió más dulce y más suave que antes, y presintió que el resto de su cuerpo sabría igual o mejor. Eso lo emocionó.
Después de un rato y para su desgracia, Kaoru rompió el beso y se despidió de él entre risas. El ex asesino también sonreía como bobo mientras ella desaparecía tras la puerta de la casa.
Akira, que los estaba observando a una distancia prudencial, estaba feliz por su amigo. Nunca lo había visto de esa manera, animado y como si la vida tuviera razón de ser vivida. Supo que Kaoru era la razón para Kenshin; nunca pensó que viviría para ver al pelirrojo sumido en la pasión.
-¡Pienso que deberías sonreír más a menudo, tal y como lo haces ahora! – le dijo mientras se alejaban - ¡Kaoru me cae muy bien!
-Pues de ahora en más creo que sonreiré más seguido, amigo mío. – le respondió Kenshin, aun sonriendo, con el rostro de Kaoru en su mente.
Pero las emociones no habían terminado para Kaoru. Apenas entró a la casa de Aoshi, además del dueño de casa, Megumi y una emocionada Tomoe, vio a alguien más. Su corazón se detuvo y sus ojos se llenaron de lágrimas de felicidad.
-¡TAE! – se abalanzó hacia su amiga, quien correspondió calurosamente a su abrazo, también llorando.
Al ver esa escena, Megumi sintió una punzada en el pecho.
-¡KAORU-CHAN! – gritaba su amiga - ¡Mi adorada Kaoru-chan!
Una vez pasadas las impresiones, los jóvenes se dispusieron a contar sobre su día, té de por medio. Pero todos estaban más interesados por la vida de Tae, y qué había hecho en todo ese tiempo.
-Primero quiero disculparme con ustedes. – dijo Tae – Pero desde que me mudé aquí con mi familia trabajamos de sol a sol para poder levantar el restaurante Shirobeko. No fueron días fáciles ni cortos, por lo cual no pude comunicarme con ustedes como hubiera querido.
Kaoru asentía sonriendo mientras le tomaba de la mano.
Tae continuó – Por suerte, nuestro negocio floreció, y ahora estamos por abrir la sucursal Akabeko de Tokio, que Sae llevará adelante con su marido. – miró a Aoshi con devoción – Hace poco coincidí con Aoshi-san, y le propuse que fuera el abogado de la familia. También con él recuperé un poquito de mi Hagi natal.
-Adoro tu ropa – le dijo Kaoru con ojos brillantes. Megumi la miró escandalizada.
-Gracias, aunque siempre recibo miradas prejuiciosas en la calle, no me importa. – contestó su amiga – Me encanta este estilo.
-Kaoru-chan usó pantalones una vez, en un baile que Megumi-chan dio – comentó Tomoe para participar en la conversación.
-Fue sólo para hacer una broma. – intervino Megumi de mal humor – Kaoru sabe muy bien que la gente seria se viste de manera respetuosa.
-¡Megumi!
-No hay problema, Kaoru-chan, es una reacción común. – repuso Tae mirando intensamente a Megumi – Vivo rodeada de occidentales, así que su moda me llamó la atención y la adopté. Además, no sé, me hace sentir que tengo presencia a la hora de cerrar negocios.
-¿Quiere decir que también eres una mujer de negocios? – preguntó Kaoru estupefacta. Sí que Tae había cambiado mucho.
-A ver, déjame adivinar. – intervino Megumi - ¿Sigues soltera?
-No, Megumi-chan. – respondió Tae de buen talante – Soy novia, así como nuestro amigo Aoshi-san. – dijo con cierta malicia, pues su intuición y los gestos de uno y otro la habían llevado a la conclusión de que la nieta del Barón Gensai estaba enamorada del abogado.
-Mi noviazgo no es tema de tanta importancia… - comenzó Aoshi, quien sentía que la tensión se podía cortar hasta con una cuchara. Kaoru y Tomoe también estaban nerviosas.
-Bueno, cuando te cases, ya no tendrás tiempo para esas cosas del trabajo. – contestó Megumi.
-Cuando me case, no sólo seguiré teniendo tiempo, sino que lo haré con la persona que elegí para mí sin influencias de nadie.
Fue allí que Megumi estalló con toda su culpa, su enojo y recién descubierta envidia hacia su antigua amiga.
-¡YA BASTA! – gritó sumida en el llanto - ¡PERDÓNAME! ¡NO ERA MI INTENCIÓN HACERTE DAÑO NI A TI NI A KATSU!
Todos los presentes miraron a la joven atónitos. Menos Tae, quien la miraba con severidad.
-No te disculpes por algo que no sientes. Para ti siempre primó el emparejar a la gente como si fuese ganado que teniendo en cuenta los sentimientos. – dijo tranquilamente mientras tomaba su té – Y no cambias. Aoshi-san me contó que fuiste tú quien hizo de celestina para su relación con Sayo-san (a quien también frecuento ahora). – y agregó, a modo de venganza – Y de todas tus uniones y separaciones, tal vez ésta sea la unión perfecta. No sólo por los sentimientos sinceros de los novios, sino porque a ti te afecta más de lo debido. – dicho esto, se puso de pie y se despidió – En la vida uno cosecha lo que siembra. Con permiso.
Y se retiró, dejando a todos confundidos por sus enigmáticas palabras. O a decir verdad, sí entendieron qué quiso decir Tae, pero prefirieron callarlo. Megumi corrió llorando a su habitación mientras que los otros tres jóvenes permanecieron por lo menos un cuarto de hora más paralizados del estupor.
Cuando ambos hombres llegaron a la mansión Kiyosato, se separaron, ya que cada uno tenía que resolver cuestiones propias con esas dos mujeres que moraban con ellos.
Akira decidió ir primero a su habitación a cambiarse para después buscar a su madre. Mayúsculo fue su desconcierto al encontrarla allí, con sus maletas hechas y con una sonrisa en el rostro.
-¿Qué es esto, Okaa-sama? – preguntó Akira rascándose la cabeza.
-Tu equipaje y tu pasaje. – le explicó su madre, mostrándole un billete de barco - Mañana te embarcas para Europa.
El joven sintió que el mundo se le caía encima.
-¿Cómo que para Europa? – preguntó.
-Irás a una de las fincas de la familia allí hasta que te cases.
-Pero no tengo ningún interés en ir allí.
-Yo tampoco tengo ningún interés en que te cases con una joven irrelevante como Tomoe Kamiya. – le contestó su madre con tono áspero.
Por dentro, Akira estaba desesperado. No quería pelear con su madre, pero mucho menos quería darle el gusto de separarlo de Tomoe. Ahora que por fin se habían encontrado y dispuesto a luchar por su amor, el muchacho no iba a permitir que ninguna fuerza, humana o divina, los separase.
Así que con un gran dolor en su corazón, prefirió hacerle a su madre lo siguiente:
-Pues tengo que decirte algo que te gustará, aunque es difícil para mí. – empezó a decir con ojos húmedos - Después de que te fuiste por el desmayo de Shura-san, Tomoe-san quedó muy afectada con lo sucedido.
-Poco me importa lo que sienta ella.
-Puedes pensar lo que quieras de Tomoe-san, pero ella fue firme y enfática, y me hizo elegir entre tú y ella.
Ikumatsu se puso furiosa.
-¡Qué desvergonzada! – exclamó - ¿Y tú qué le dijiste?
Enmascarando la vergüenza, Akira sonrió a su madre.
-Que te elegía a ti, mi madre. – le dijo.
Ikumatsu se dejó caer sentada en la cama de la impresión.
-¿A mí, hijo mío? – le preguntó.
-Sé por todos los sacrificios que hiciste al criarme sola.
Su madre ya lloraba de orgullo hacia él.
-Si siempre fui una mujer rígida y dura, lo fui pensando en ti, en tu futuro y tu legado. – sollozó.
-Fue todo eso lo que le dije a Tomoe-san. – prosiguió Akira - Y que todo terminó entre nosotros.
Y en un arrebato de amor maternal, Ikumatsu se arrojó a los brazos de su hijo. ¡Admiraba su fortaleza para librarse de la joven esa! Se prometió que nunca más lo ahogaría con sus insistencias de madre.
-¡Hijo mío! ¡Mi Príncipe del Arroz! – lloraba de felicidad ella - ¡Vamos a deshacer las maletas!
Abrazándola, Akira sonreía de oreja a oreja. Se había salido con la suya. Pero no sabía que se había metido en otro problemón.
Por otro lado, Kenshin fue a ver a Shura en su habitación.
-Mi querido Himura-san, ¿vino a ver cómo estoy? – quiso saber ella fingiendo debilidad.
Pero Kenshin no estaba para delicadezas y preguntó sin rodeos:
-Vine a repetirle la pregunta que le hice antes. ¿Por qué me mintió a mí y a Kaoru-dono? ¿Qué es lo que usted quiere, Shura-dono?
Pero también Shura estaba más que preparada; esta vez no la tomaría por sorpresa.
-¡Quiero su bien, Himura-san! – exclamó con angustia - ¡El bien de Akira-kun, de esta familia!
-¿Y por qué mentir ayuda en eso? – inquirió Kenshin, molesto.
Y la mujer recordó un episodio que usaría a su favor.
-¡Usted siempre dijo que la misión de las campesinas cuando un hombre de afuera llegaba a su pueblo era agarrarlo y casarse por dinero!
-Generalicé de manera equivocada. – masculló el pelirrojo con cierta culpa.
-¡Yo también! – se victimizó la otra - Akira-kun es como un hermanito para mí y usted…usted es un hombre cuyo bienestar es muy importante para mí. ¡Yo sólo quería protegerlo!
-Shura-dono…
-¡No! ¡Ahora usted me va a dejar hablar! – chilló mientras derramaba lágrimas de cocodrilo y se arrodillaba a los pies del estupefacto ingeniero - Yo mentí…le mentí a usted y a Kaoru Kamiya para proteger su felicidad…pero parece que me engañé…usted está interesado en ella…entonces perdóneme… - y se echó a llorar desesperadamente.
Kenshin se preguntaba cómo diablos habían llegado a eso.
-Le agradezco su preocupación. – fue todo lo que pudo decir.
-¿Entonces me perdona? – preguntó Shura con ojos esperanzados - Sólo quiero su bien.
-Entiendo los motivos por los cuales hizo lo que hizo. – admitió Kenshin entrecerrando los ojos.
-Muchas gracias, Himura-san. – dijo Shura mientras se levantaba con ayuda del pelirrojo - Le juro que le pediré disculpas a Kaoru-san. Sólo quiero su felicidad.
-Qué bueno, porque yo también quiero la suya. – con esas últimas palabras, Kenshin se inclinó y dejó la habitación.
El afligido rostro de Shura se deformó de cólera.
-¡Ganaste esta batalla, Kaoru Kamiya! – rezongó en la soledad de su habitación - ¡Pero la guerra sólo acaba de comenzar, maldita campesina! ¡Me las vas a pagar por haberme arrodillado ante Ken-san!
-Le pedí explicaciones a Shura-dono. – le contaba Kenshin a Akira poco después - Se explicó, lloró, se arrodilló, pidió disculpas…pero ya no consigo creer en ninguna palabra de lo que ella dice…
Se detuvo al notar que su amigo no le prestaba atención, sino que tenía la mirada fija en algún punto de la pared y la cabeza en cualquier lugar menos allí.
-Le dije a mi madre que lo mío con Tomoe se terminó. – dijo al fin con voz de ultratumba.
-¡¿Qué?!
-Ella estaba dispuesta a mandarme a Europa así sin más, y tuve que mentirle. – le explicó su amigo, ahora sintiéndose culpable - No vi otra solución y no sé qué haré ahora.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, el panorama no mejoró para el joven empresario.
-Tengo una idea que sé que adorarás, hijo mío. – le comunicó su madre, muy contenta - Es para disculparme por lo de ayer.
-¿Y cuál es tu idea?
-Mañana daremos un baile de gala para encontrar una novia para ti, Akira.
El chico casi se atragantó con su comida.
-¿Así? – farfulló - ¿Tan rápido?
-Cuanto más rápido, mejor. – expuso Ikumatsu - Eres un joven que adora bailar y festejar, y después de tu decepción amorosa, mereces distraerte. Mañana enviaré invitaciones a las jóvenes casaderas de las más importantes familias de la ciudad.
-¡Brillante, amiga mía! – festejó Shura - ¿Cómo no pensamos en eso antes?
-¿No sería mejor que espere unos días más, Ikumatsu-dono? – propuso Kenshin en un intento de comprar tiempo para su amigo - Para que su fiesta sea un éxito.
-Las fiestas no son mi especialidad, pero no fracasaría en algo tan simple. – replicó la dueña de casa - ¿Estás feliz, hijo mío?
Akira tragó saliva y le dedicó una sonrisa a su madre.
-Claro. – respondió - No hay tristeza que una fiesta no pueda solucionar.
Pero cuando se quedó a solas con Kenshin en su habitación, empezó a despotricar agobiado.
-¡Un baile! – exclamaba - ¡Para presentarme pretendientes!
-¡Calma, Akira! – le dijo Kenshin - ¡Encontraremos una salida para eso!
Pero Akira no escuchaba razones.
-¡No tenemos tiempo, el baile es mañana! Ni siquiera tuve tiempo de explicárselo a Tomoe, necesito hablar con ella antes de ese baile.
-Viendo la rapidez de las cosas, amigo, no podrás hablar con ella antes del baile. – le explicó el pelirrojo con desánimo - Sólo queda que hables con ella durante el baile.
-¿Estás loco, Kenshin? – el pobre muchacho ya se agarraba de los cabellos - Mi madre no permitirá que Tomoe venga al baile.
Y al gran Battousai se le ocurrió una idea.
-¿Y si ella no supiera que Tomoe-dono estará presente? – preguntó.
-Me estás confundiendo.
-Piensa: ¿cuál es el tipo de baile que no permite que los invitados sean reconocidos?
Y el rostro de Akira se iluminó.
-¡Un baile de máscaras! ¡Eres un genio, amigo! – aulló feliz - Mañana seré yo quien reparta las invitaciones; todos sabrán que será un baile de máscaras, menos mi madre.
Durante la noche anterior, Megumi pensaba dolorosamente en el acontecimiento que tiempo atrás tantas vidas cambió y asoló.
Flashback.
Tres años antes todo era diversión y sonrisas con las tres amigas: Kaoru Kamiya, Megumi Katsura y Tae Sekihara de 17, 18 y 22 años respectivamente. Consideraban que les faltaba mucho para asumir responsabilidades y deberes, aunque estaban más que en edad de hacerlo.
Mientras Kaoru, con un padre samurái e instructor de kendo, y Megumi, siendo hija de un político importante y nieta de un Barón, disfrutaban de las mieles de la estabilidad y el buen vivir, Tae era quien más sufría los embates de malas rachas económicas, ya que su padre era artesano y apenas alcanzaba el dinero para comer. Muchas veces ella y su hermana gemela Sae trabajaban limpiando casas y cocinando en el restaurante local para poder colaborar con los gastos. Su madre había muerto cuando eran niñas, por lo que tampoco contaban con una influencia femenina. Esa característica era lo que la acercaba más a Megumi, como huérfana.
Para pasar el tiempo, entre las peleas de Kaoru y Megumi por la insistencia de la primera en ser kendoka y el recién descubierto talento casamentero de la segunda (en esa época tuvo sus primeros éxitos en unir parejas), fantaseaban con el amor. Kaoru decía que quería un hombre que fuera compañero suyo y con el que pudiera compartir la vida sin sumisiones; Megumi no le daba importancia a esas cuestiones, porque al ser nieta de un Barón y miembro de la nobleza, no podía andar enamorándose de cualquiera; y Tae…Tae nunca había pensado en el amor como algo posible, ya que había sido educada para aspirar a un marido que, más que un príncipe de cuentos enamorado, fuera más un protector y proveedor del hogar. Hasta que conoció a Katsu…
En realidad ya se conocían de antes, pues también era originario de Hagi y andaba de arriba abajo con los hermanos Sagara y los gemelos Shishio (siempre que podían escaparse del padre). Y desde jóvenes habían tenido una relación cordial y de buenos vecinos. Katsu era huérfano, y había sido adoptado por la familia Sagara cuando sus padres murieron de cólera siendo él muy pequeño. El muchachito siempre la miraba embelesado, y ella lo atribuía a que era simplemente cosa de la edad. Ya cambiaría cuando creciera, qué niño tan precoz.
Y el niño creció. Y en ese momento, con 17 años, las inclinaciones de Katsu hacia una Tae mayor que él no habían cambiado. Y al notar eso, la joven castaña recibió los primeros embates de ese novedoso sentimiento llamado amor.
Y se sintió afortunada. Porque mientras Kaoru soñaba con un hombre que ni siquiera existía y Megumi esperaba unirse a alguien por estatus, ella, Tae Sekihara, la más desafortunada de las tres, cocinaba en su interior ese sentimiento de manera más pura y sincera. Y fue así, que después de un encuentro secreto (orquestado por Sanosuke) y un intercambio de besos y palabras de amor, Tae y Katsu empezaron un noviazgo. Él estaba feliz y entusiasmado y ella de igual manera.
Cuando se lo comunicó a sus amigas, la reacción fue dividida: mientras Kaoru celebraba alegremente su noviazgo con Katsu, Megumi puso el grito en el cielo. Sabía que Tae, por ser pobre y ya entrada en edad, en su opinión, no podía aspirar al mismo tipo de hombre que ellas dos, pero tampoco era cuestión de aceptar al primer desarrapado que se encontrara en el camino. Sabía que el muchacho era huérfano, recogido y para colmo quería ser artista, cosa de fracasado para la joven noble.
Y fue así que un día, y sin que Tae lo supiera, Megumi fue a hacerle una visita a su padre. Y no hace falta describir la conversación. Cuando Tae llegó a su casa, su padre, enterado de su relación con Katsu, le ordenó que deshiciera su noviazgo con él, que ella merecía algo mejor. Y Tae se negó, discutió con su padre y las cosas siguieron su rumbo durante algún tiempo.
Megumi, harta de ver a su amiga insistiendo con alguien que no valía la pena, decidió que hablaría con ella de una vez por todas con seriedad, y desgraciadamente y para sorpresa de ella, obtuvo buenos resultados. Convenció a Tae de que no era el hombre indicado, que no podía esperar nada de él y que no podría cubrir las necesidades primarias de una familia, lo que coincidía, para alivio de Megumi, con una mudanza definitiva que Sekihara-san planeaba para la familia en Kioto. Acorralada por él, por su amiga y por el traslado, Tae aceptó sin chistar y dejó de contestar las esquelas que le mandaba Katsu para encontrarse. Se mudó a Kioto en pocos días y fue así que dio por terminada la relación con el joven.
-Me pregunto si estaré haciendo lo correcto al no arriesgarme. – dijo Tae tristemente antes de marcharse.
-No tiene dinero ni expectativas. Echarías a perder tu vida con él y tu padre sólo quiere lo mejor para ti. – le contestó Megumi – Y yo hubiera fallado en mi deber como amiga si no te hubiera persuadido a hacer lo correcto.
Eso rompió el corazón de Katsu y provocó el enojo de Kaoru, quien apoyó la relación de sus amigos, aunque no fue suficiente para evitar la separación. Poco tiempo después, Katsu desapareció y los Sagara dijeron que se había marchado a Tokio, sin querer informar más de lo debido.
Con la partida de ambos a diferentes destinos, Megumi se dio por satisfecha y Kaoru no le habló por un tiempo. Pero posteriormente habían limado asperezas y recuperado su amistad, pero no de la misma forma, con la sombra del sufrimiento de Tae sobre las dos.
Fin flashback.
La joven noble empezó a derramar lágrimas de remordimiento. Sentía que la vida le estaba cobrando por haberlos separado con su situación con Aoshi. Sentía que se merecía todo lo que le estaba pasando. Ahora vivía en carne propia el dolor del amor.
-Tae-chan…perdóname… - sollozaba en silencio.
Esa mañana, y con un ánimo de los mil demonios por la falta de sueño, las cosas no parecían acomodarse para Megumi.
-¿Por qué estás tan callada, Kaoru-chan? – le preguntó Tomoe a su hermana, quien permanecía pensativa en la sala.
-Estaba pensando…que… - lo había pensado mucho y estaba decidida - Ya no volveré a Hagi.
Las quijadas de Tomoe y Megumi cayeron al piso al oír semejante declaración.
-Kaoru, todos sabemos que eres precipitada, pero esa idea sobrepasa los límites. – razonó Megumi - ¿No volver más a Hagi? ¿Qué absurdo es ese?
-Tengo mis planes. – respondió Kaoru - Pero volveré para hablar con mamá y papá.
-Parece que hasta olvidaste que naciste en Hagi. – insistió su amiga.
-Es que al reencontrarme con Kenshin ya estoy segura de lo que él siente por mí y yo por él y… - los ojos de la joven se iluminaron - ¡Kioto! Las personas, la energía, la vibración… ¡Estoy decidida! ¡Me quedaré a vivir aquí!
-¡Pero Kaoru!
-Mi corazón está decidido.
-Si alguien me dijera que el agua de la ciudad te está afectando, no dudaría en creerle. – protestó Megumi - ¡Primero tus obligaciones y después las locuras!
Kaoru la fulminó con la mirada. Tomoe miraba a una y a otra con miedo.
-¿Y con qué tengo obligación? – le increpó la kendoka - Creo que mi única obligación es mi felicidad.
-¡Tu felicidad está en tu pueblo y con los tuyos!
-¡Mi felicidad está donde están mis sueños!
-¡Esta ciudad es un agujero negro!
-¿No te das cuenta aún de que la gente percibe las cosas de distinta manera? – explotó Kaoru enojada - ¡Tú, que empezaste a sentir cosas allí adentro! – agregó, señalándole el corazón.
Megumi pensó que no podría aguantar tantos ataques. Y Tomoe estaba blanca como un papel temiendo una ruptura.
-¡¿Estás hablando de Aoshi?! – exclamó ofendida - ¡No admito que coloques mis problemas para comparar los tuyos!
Kaoru suspiró, dándose cuenta de que había sobrepasado los límites.
-Disculpa, Megumi. No quise lastimarte.
-No pasa nada, Kaoru-chan. – dijo su amiga ceremoniosamente - Cometí un error y con tristeza veo que tu cabezonería te llevará a cometer uno a ti también.
La conversación fue interrumpida por la campanilla, señal de visita. Por el simple hecho de hacer algo y moverse de allí, Kaoru se adelantó a la servidumbre y fue a ver quién era. Lo que vio la hundió aún más en el abatimiento.
-¿Qué estás haciendo aquí? – le increpó a una sonriente Shura.
-Sé que soy la persona que menos quieres ver en este momento. – explicó su rival - Pero vine para pedir tu perdón y tu amistad. Sé que he sido dura contigo desde que nos conocimos, pero entiende que es el arma que uso en el mundo de los negocios. – y agregó con intención - Lo hago para proteger a las personas que quiero.
Pero Kaoru no era tonta y entendió perfectamente a quién se refería.
-¿Personas como Kenshin? – preguntó.
-Y Akira-kun. – agregó Shura - Sé que puedes comprender mi postura, defiendes a tus hermanas con uñas y dientes.
-¿Realmente me estás pidiendo disculpas?
-Claro que sí. – insistió la mujer - Kaoru-san, perdóname por haberte mentido y por intentar separarte de Himura-san. Ya me disculpé con él, pero no podré dormir hasta que tú me disculpes.
En el fondo, agradecía que estuviera hablando con la joven en la puerta; no quería que los demás fueran testigos de esa humillación.
-Si Kenshin ya te perdonó no puedo sino también hacer lo mismo. – dijo Kaoru con simpleza - Pero no es fácil…
-Por favor, cree en mi sinceridad.
-Está bien, te perdono de corazón.
-¡Gracias! ¡Al fin podremos construir una amistad sin mentiras! – se alegró Shura, y se le ocurrió algo con lo que desquitarse - Estoy feliz con todo esto, y también quiero pedirte que transmitas a Tomoe-san todo mi amor y se recupere de la decepción con Akira-kun. Él nos contó lo que sucedió. – y se dio prisa en dejar la casa con una sonrisa triunfante y dejando a Kaoru confundida.
-¿Decepción con Akira? – se preguntó la chica.
-¡Ya sé cómo voy a destruirte, usurpadora! – siseó una malévola Shura mientras abría un paraguas para protegerse de las primeras gotas de la lluvia que se avecinaba. Kaede, quien la esperaba en el portón, se unió a ella.
Mientras tanto, en Hagi había una persona enardecida ante los hechos ocurridos la anterior noche. Después de reunir caballos y hombres capaces y matones, Shogo Amakusa, sonrisa diabólica incluida, llevó a cabo su plan de provocar quemazones en tres haciendas de arroz y té vecinas. Eso llevaría a la ruina a sus dueños, y él aprovecharía para comprar esas propiedades por una ganga. Llevaría a cabo los mismos operativos que esa Reina del Arroz con la que quería competir, sólo que con la diferencia de que en vez de ir a la caza de haciendas arruinadas, él mismo ocasionaría tal ruina en ellas.
El primer gran golpe a su ánimo se dio esa misma tarde antes de realizar su plan, por culpa de un telegrama de su hermana Sayo. En él, le comunicaba con mucha felicidad su reciente compromiso con Aoshi Shinomori, y esperaba verlo en Kioto en cuanto pudiera para que el joven abogado pudiera pedir su mano de manera correcta y formal. Furioso, el hacendado arrugó el papel y empezó a lagrimear de tanta ira contenida. No sólo su querida Sayo se casaba con un hombre a quien consideraba del lado enemigo, ya que era amigo de su gran molestia, Hajime Saito. Sino que también le aterraba esa realidad latente (que antes no consideraba) de que su hermana se alejara de él.
Pero no había tiempo para sentimentalismos, y todo su enojo lo volcaría al plan de quemar esas haciendas esa noche, para aumentar su patrimonio y su ego, y de paso hacerle olvidar lo que él consideraba la traición de Sayo.
Empezaron por una de las haciendas más alejadas, para que no lo implicaran inmediatamente. Pero no todo salió según lo esperado. Primero, porque vieron unos niños jugando en las inmediaciones de las plantaciones, que dieron la voz de alarma. Y segundo, el dichoso Jinete Negro; como por arte de magia, el encapuchado salió de la oscuridad para rescatar personas, sobre todo niños, y los adultos que desesperados buscaban a sus pequeños que habían salido sin permiso para jugar en la oscuridad.
Ese Jinete sí que era un hombre muy fuerte. Pudo derribar a sus hombres más cercanos, quienes por suerte escaparon de ser atrapados y reconocidos. Por suerte, no hubo víctimas y el único daño fue la perdida de las plantaciones. Desde lo alto de un cerro, donde podía contemplar todo perfectamente, Shogo Amakusa juró y perjuró que ese hombre se las pagaría. Abortó el operativo y ordenó la retirada.
Su odio era tal que obviamente se lo transmitió a sus empleados, una vez que llegaron todos sanos y salvos a la hacienda, cuando el amanecer empezaba a asomar apenas.
-Desastre…¡Anoche fue un completo DESASTRE! – bramó el hombre fuera de sí frente a sus temerosos hombres - ¡Teníamos que haber quemado tres haciendas y sólo conseguimos quemar una! ¡¿Cómo fue que el maldito del Jinete Negro supo de nuestros planes?! – empezó a escanearlos con la mirada - Tal vez haya un traidor…
-No se preocupe señor, los hombres son todos de confianza. – se apresuró en decir su asistente.
-Yo lo vi, señor. – dijo uno de los matones con un hilo de voz.
Shogo se abalanzó sobre él y lo tomó por los hombros.
-¿Y le viste la cara?
-No pude, por la capucha.
Eso fue más que suficiente para desatar una cólera salvaje en Amakusa, que empezó a golpearlo sin contemplaciones.
-¡Señor! ¡Por favor! – lloraba el atacado - ¡Les dije a las personas con las que me crucé que él era el culpable de todo eso!
Shogo se detuvo, y sonriendo, lo dejó ir. Empezó a reír a carcajadas mientras los demás lo miraban con miedo. Su patrón tenía unos cambios de humor que asustaban.
-Me diste una gran idea. – dijo Shogo con voz peligrosamente melosa - Si ese idiota encapuchado quiere meterse en mis asuntos, voy a colocar a todo Hagi en su contra. No tiene ni idea de con quién se metió.
Aprovechando la salida a casa de Kaoru, y pese a la lluvia, Shura arrastró a Kaede para que la acompañara en el proceso de lo que consideraba su gran triunfo sobre Kaoru.
Shura Kairyu había nacido en una pobre familia de pescadores de Yokohama. Sus primeros años fueron duros y llenos de carencias, que terminó con la muerte de sus únicos familiares. Eso la llevó a marcharse del puerto, que tanto odiaba, para encaminarse a Tokio, donde después de tanto procurar, terminó trabajando como parte de la servidumbre de la familia samurái Myoujin. El señor de la casa estaba casado y tenía un hijo pequeño, y la joven, desde las sombras, siempre envidió esa felicidad y tranquilidad que el dinero y la posición brindaban. Pero no todo duraba para siempre, ni para la familia Myoujin, ni para ella.
Después de una repentina enfermedad, la señora de la casa había pasado a mejor vida, lo que sumió a su marido en la más profunda de las depresiones. Fue allí que Shura, quien se encargaba de los cuidados del niño, empezó a urdir su plan: seducir al flamante viudo para casarse con él y cumplir su sueño de ser una señora de su casa. Así tuviera que aguantarse al mocoso, a quien odiaba y consideraba un fastidio.
Lo más sorprendente fue la facilidad con que las cosas le salieron. Después de meterse en la cama de Myoujin-sama, en cuestión de pocos meses ya era su nueva esposa y señora Myoujin, de la familia samurái de Tokio. Si bien el hombre se había casado con ella más que nada por darle una madre a su hijo, Shura no podía quejarse de su nuevo estilo de vida, del que disfrutó por varios años.
Al morir su marido, éste le legó a su esposa y a su hijo sus propiedades, que consistían en la casa, varios comercios prósperos y un dojo de esgrima que ella vendió inmediatamente. También le confió la educación y cuidado de su hijo, de 10 años, lo cual molestó sobremanera a Shura. Ese niño era un estorbo para ella, lo odiaba y él la odiaba a ella. Por lo tanto, como última venganza hacia su finado esposo y a modo de desquite con el muchachito, lo mandó a un internado de varones en Kioto, lejos de Tokio y de su vida hasta que fuera un adulto y pudiera librarse de él, aunque eso le costase perder parte de la pequeña fortuna que compartía por ley con su hijastro. Lo dejó como a un perro y nunca más se molestó en saber nada de él.
Seis años después, y justamente en Kioto, Shura tomó una decisión en cuanto al uso de ese chico. Después de pensarlo y analizarlo bastante, y pese a que no le agradaba la idea de volver a verlo, decidió que lo haría útil de una vez por todas. Consideraba una señal divina el hecho de que estuvieran en Kioto.
Así que se dirigió con Kaede al internado.
-¿Está segura de hacer eso, Madame? – preguntó su confidente con cautela.
-No veo otra solución por ahora. – respondió Shura con disgusto - Además, ese mocoso tiene que servirme de algo de algún momento. Ya bastante con que su padre me lo haya dejado al morir.
Llegaron. Y después de conversar largo y tendido con las autoridades del lugar, éstos mandaron llamar al muchacho para que hablara con ella a solas.
Ante Shura se presentó un jovencito alto de unos 16 años, de piel morena, ojos de color marrón oscuro y cabello negro y corto de punta. El chico endureció la mirada al verla; sus ojos reflejaban el más puro odio.
Shura sonreía con satisfacción.
-Después de tantos años… - dijo.
-¿Qué quieres, maldita busu? – le increpó el joven con brusquedad y con la mirada clavada en ella, como si esperara matarla de ese modo.
Shura seguía sonriendo.
-Tengo una misión para ti, mi querido hijastro, Yahiko Myoujin.
