Ranma ½ no me pertenece.-
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Advertencia: hoy no habrá advertencia. Sí, tal como lo están leyendo, no escribiré ninguna advertencia. Y esta vez es en serio. No, no bromeo. Me he taimado como el divo arrogante, mentiroso e hipócrita que soy...
Así es, señoras, señores, señoritas, señoritos, gatos con wifi y sus caninos esclavos. Estoy cansado de que la gente malinterprete las cosas que uno dice con tan nobles e inocentes intenciones. ¿Han visto esos programas televisivos que son un reciclar la basura de siempre, recogida del suelo más sucio que hay, metida en un envoltorio nuevo y vendido a precio de pescado en Semana Santa, llamado «realities»? Pues lamentablemente a veces creo que la gente en la vida real tiene peores reacciones que en aquellos programas donde las situaciones están más mal actuadas y forzadas que en un fic Akane x Mouse.
Originalmente creé estas columnas para jugar un poco al escritor malvado, al crítico que odia a todo inclusive a sí mismo. Dejar de lado el perfil del autor políticamente correcto y ser como uno es en realidad: prejuicioso, ambicioso, vanidoso y muchos otros osos para nada tiernos o esponjosos. Hay tanta hipocresía en este medio como en cualquier otro medio artístico, que cuando uno levanta el dedo para decir «esto no me gusta», entonces a afirmarse la ropa interior, porque no habrá mayor desastre conocido desde el final de la pomposa Pompeya que tener a una docena de fans insultándote por decir simplemente lo que uno piensa.
Lo menos que dirán los tolerantes de siempre es que uno es intolerante con sus ideas tan tolerantes, por tanto es justo que sean intolerantes con uno porque en ese caso ellos no serán intolerantes, sino que seguirán siendo tolerantes por crucificar al que es intolerante con sus ideas… ¿Alguien está siguiéndome? Porque lo que es yo, sigo consultando el significado de tolerante en la RAE y todavía no encuentro donde está prohibido opinar sobre lo que uno quiera, siempre y cuando no haya ofensas ni descalificaciones personales. Porque claro, una crítica positiva y negativa, no es lo mismo que una zalamería o un ataque personal sin fundamento.
Yo sé que aquí tendría que haber una advertencia, una moraleja, alguna idea que encierre todo lo anterior o a lo menos una nueva sección que pueda volver a ser copiada por otros (nota a mí mismo: debí haber registrado los derechos de las columnas de opinión en los fics), pero no la hay. Así que si desean sacar en limpio algo de todo esto, son libres de hacerlo, siempre y cuando no se contagien de mi intolerancia, puede llegar a ser peligroso.
No todos estamos preparados para ser odiados por esa gran mayoría que siempre tiene la razón. ¿O no la tienen?
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S&S Detectives
Un deseo imposible – parte 3 y final.
«Perdóname, Ranma»
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Tres disparos tronaron como relámpagos. Las aves trinaron y encumbraron el vuelo en bandadas cubriendo las estrellas. Un cuarto disparo sacó chispas sobre el capote y la sangre salpicó como una mancha negra a la luz pálida de la luna menguante.
Godo cayó cubriéndose con la espalda tras el pequeño automóvil. Akane, a su lado y de rodillas, se tapó la boca con ambas manos.
Los ensordecedores disparos, el rostro sufrido y mojado en sudor del viejo cocinero, el revólver que brillaba en su mano y que apoyaba sobre su otro brazo empapado de sangre, provocaron una parálisis en el cuerpo de la chica. Una irrepetible maldición que murmuró el viejo sacó a Akane de su estupor, agitó la cabeza para darse valor regañándose a sí misma en sus pensamientos, sacó del bolsillo un pañuelo con la mano temblorosa y se acercó para atender la herida de Godo. Al momento el viejo la miró de manera amenazante, como si no la hubiera reconocido, pero la porfía de Akane se hizo presente al no dudar. Empujó suavemente el arma y presionando con ambas manos el pañuelo sobre la herida intentó detener el sangramiento.
El viejo gruñó de dolor, después se sonrió al mirar como las blancas y delicadas manos de Akane se manchaban de rojo. «Qué niña más valiente, me recuerda a...»
Cerró los ojos un momento. Godo sonrió. Tras un destello de luz olvidó donde se encontraba. Ahora estaba en una pequeña callejuela de Nerima, niños jugaban con un balón, el sol de la tarde se asomaba tímido entre dos grandes nubes y esa chiquilla se acercaba, como la veía todos los días, corriendo para llegar a la hora, con el moño del cabello mal armado y los mechones escapándose, dando torpes pasos rápidos en un kimono que le quedaba grande dada su extrema delgadez. Encontró paz y resignación en sus recuerdos. Estaba satisfecho con su vida…
Una nueva tanda de disparos interrumpió sus pensamientos. Rápido Godo abrazó a Akane y la cobijó contra su pecho. Los vidrios estallaron, los neumáticos reventaron, el metal chirrió, un manto de chispas prendió sobre la carrocería. Luego hubo silencio.
Akane abrió los ojos, jadeaba presa del miedo. Contuvo la respiración apenas vio el revólver de Godo muy cerca de su rostro por la forma como la había rodeado con celo.
—Señorita Akane, es solo un rasguño… —el viejo se mordió los labios para no quejarse ante la asustada niña, apartándola bruscamente—. ¡Debe escapar!... Todavía no nos han visto gracias a la oscuridad, no saben que estoy herido, tardarán en acercarse; es una oportunidad valiosa y no la notarán si se escabulle hacia los árboles cubriéndose con el automóvil.
—¡No!, no lo dejaré, señor Godo.
—¡La quieren a usted, por Kami! ¿No escuchó a la señora Nodoka?... A estos… Ah… —aspiró con fuerza para calmar el temblor involuntario de su mano, para que la chica no lo notara—. A estos tipos no les importa un viejo cocinero como yo. Le aseguro que me dejarán en paz si usted se va…
—No… pero… yo…
—Si quiere salvarme debe alejarse de mí, ¿es que no lo entiende todavía? —Godo mintió con la mejor sonrisa que sus fuerzas todavía le permitían—. Es a usted a la que perseguirán después, ¡se olvidarán de mí! Debe correr, aproveche la ventaja que nos están dando. Váyase antes que se acerquen y sea tarde. Corra hacia los árboles y estará… esta es su… oportunidad.
Akane miró hacia los árboles, después al viejo Godo, otra vez hacia los árboles llevándose un dedo a los labios.
—Señor Godo, ¡lo llevaré conmigo! —Akane empuñó las manos llena de determinación—. Puedo cargarlo en mi espalda, soy muy fuerte.
—¡Qué niña más tonta! —Godo lanzó una suave carcajada y su rostro empapado en sudor brilló bajo la pálida luna. Aquella chiquilla era más valiente que muchos de los estúpidos pandilleros a los que había intentado convertir en yakuzas, en los años que perteneció a un importante clan en Tokio—. Bien, seré honesto con usted, la cosa pinta bastante mal... Ahora es la única que puede salvar a la señora Nodoka.
—¿Salvar a mi tía?
—¿Es que no lo ve?... Muy pronto… cerrarán todo escape… Debe… ¡Debe advertirle que está metida en una trampa!
—Pero…
—¡Corra! Yo saldré de aquí… pero no puedo ahora… llegar a… la señora Nodoka… Necesita ser advertida… escapar. ¿Es que no… desea salvar al joven Ranma?
Akane sintió una punzada en su pecho. Las vidas de su tía Nodoka y de Ranma dependían de ella.
—Hacen una bonita pareja… —Godo le cerró un ojo. Al momento gruñó evitando quejarse por el dolor. Pero notó con orgullo el leve rubor que por un instante consiguió devolver el color a las mejillas de la asustada jovencita—. Tome mi arma.
La chica recibió el revólver con las manos temblorosas. El anciano la corrigió al momento con sus viejas y callosas manos sobre las de ella. La suavidad de la piel de esa niña fue otro maravilloso consuelo que enterneció su antes duro corazón. ¿Qué edad tendría su nieta ahora, la de esa chiquilla Akane?
—Tómelo con fuerza, no lo deje caer, use las dos manos… Si va a disparar no estire ni tense los brazos, debe relajarlos dejándolos así, medio doblados… para amortiguar el disparo o la fuerza del retroceso podría lastimarla… Eso, así… Perfecto —gruñía constantemente para disimular las fuertes punzadas de dolor—. Preste atención… ¡Míreme a los ojos, Akane, no mire mi herida! —la regañó al notar el miedo otra vez dominándola—. Eso, así, a mis ojos, es usted una joven muy valerosa… Respire profundamente…. Escúcheme ahora, si va a disparar debe apuntar mirando por aquí y… —otros disparos se escucharon y zumbaron por encima de sus cabezas—. Esos idiotas todavía no saben que soy incapaz de responderles… Bien, bien, nos dará tiempo. Ahora, niña Akane, corra agachada hasta cruzar los primeros árboles y después suba por la colina… en búsqueda de la señora Saotome.
—Ya le dije que no lo dejaré atrás.
—¡Basta de preocuparse por mí! —Godo la reprendió bruscamente—. Corra en esa dirección, no levante la cabeza por nada ni se detenga… ¡Ah, ah!... Yo me arrastraré en esta otra. Será nuestra mejor oportunidad. ¿Me escuchó? ¡Parta tras la señora Nodoka!
—Pero no sé dónde está.
—Ella la hallará a usted primero. ¡Corra!
Akane, empujada por Godo, encogida dio los primeros pasos. El revólver le pesaba en la mano tanto como su propio corazón que golpeaba furioso contra su pecho. Otra tanda de disparos rozó el metal del automóvil y cortó algunas ramas justo por delante de Akane. Ella cayó de rodillas asustada, las piernas no le respondían y se sentía mareada en mitad del camino entre el vehículo y los primeros árboles.
—¡Estúpida niña, arriba, mueva esas cañitas de bambú que tiene por piernas!... ¡Ahora!
La voz del anciano Godo la volvió a la realidad y la instó a moverse con todo el valor que pudo reunir. Avanzó tropezando, apoyándose en el suelo con las manos cuando cruzando los primeros árboles se encontró enormes raíces. Dando pasos a ciegas resbaló en una pendiente de hojas secas, dando un corto grito al deslizarse varios metros hacia la profundidad del bosque.
Los disparos cesaron. Godo cerró los ojos e intentó calmar su respiración. Miró hacia la dirección en la que él, según le contó a Akane, debería haber escapado. Pero ya no podía moverse, los años habían mermado sus fuerzas, la sangre había teñido de rojo el pañuelo de Akane y formaba un pequeño charco bajo sus dedos fríos.
—¡Bah!, qué humillación, una sola bala y estoy acabado —respiró con fuerza—, eso me pasa por meterme… donde no me mandan… Las mujeres hermosas siempre son… peligrosas. Qué importa, hoy he podido compartir… mi último día con dos… bellezas —levantó los secos labios mostrando los dientes en una forzada sonrisa—. Godo, eres un maldito afortunado.
Escuchó las hojas secas crujir bajo el peso de una docena de pisadas. Hombres armados con pistolas se acercaban lentamente al automóvil cruzando la calle. El viejo se relamió los labios y sacó del bolsillo su última sorpresa.
Los escuchó cerca. Algunos tomaron posiciones cubriéndose del lado opuesto del pequeño automóvil, uno de ellos hizo indicaciones con su mano a los otros y avanzó agazapado alrededor del vehículo. Se encontró a Godo solo, herido, tirado en el piso con la espalda contra la puerta sobre un charco de su propia sangre. Rápidamente lo apuntó con su arma.
Pero el viejo Godo escupió un anillo de metal que dio bote en el suelo y se rio con burla. En su mano tenía una cosa redonda y metálica, en el suelo el atacante vio que el anillo era en realidad el seguro que ese maldito viejo había arrancado segundos atrás con los dientes.
—Son unos novatos... —la sonrisa de Godo se convirtió en una risotada.
—¡Granada! —gritó aquel sujeto palideciendo. Pero ni él ni sus compañeros pudieron escapar.
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La explosión en la noche se vio como una esfera de fuego girando rápidamente sobre su propio centro, y tan rápido creció como desapareció en una humareda. Las pequeñas piedras del suelo saltaron y el temblor se sintió hasta los huesos de Nodoka. La mujer, paralizada por lo sucedido, no podía pensar en lo que debía hacer. Su instinto le decía que debía volver, pero su corazón de madre le impedía moverse. Temía que ya fuera demasiado tarde, hasta que un disparo rozó la piedra en la que se apoyaba.
—¡Allí está, sobre las rocas!
—¡Que no escape! ¡Rodéenla!
Las voces de los matones resonaron junto a nuevos disparos. Nodoka se acurrucó abrazando el rifle sintiendo en su cuerpo como una fina lluvia los fragmentos de piedra que los disparos arrancaban de las rocas que la protegían. Se culpaba susurrando, no dejaba de recriminarse, estaba más asustada por el destino de los jóvenes y del viejo Godo antes que su propia seguridad. Un nuevo disparó hizo saltar la roca sobre su cabeza. El polvo y los fragmentos cayeron con más fuerza sobre su ropa asustándola, obligándola a volver en sí. Se enderezó un instante y apuntó rápidamente con el rifle en mitad de la oscuridad. De un certero movimiento y un giro de la palanca arrancó la mira telescópica del rifle y la tiró. Sacó otra mira que colgaba de su chaleco de cintas de cuero, la ensambló diestramente y volvió a apuntar. La nueva mira infrarroja le mostró la silueta brillante de una veintena de hombres armados que se movían en zigzag entre los árboles intentando trepar por la colina hasta ella.
Uno de los hombres se quejó cuando un disparo en la oscuridad le dio en la mano perdiendo su arma. Se tiró al suelo agazapándose, los demás hicieron lo mismo advertidos, intentando ponerse a cubierto tras los árboles y las rocas de la pendiente.
Nodoka cambió rápidamente de posición, se movió un par de metros hacia la derecha utilizando una nueva cobertura, volviendo a apuntar. Disparó, con milimétrica precisión y volvió a lastimar a uno de los atacantes ahora en el hombro.
Los hombres intercambiaron rápidas instrucciones. A pesar de encontrarse a cubierto otro de ellos había sido alcanzado y herido. Esa mujer tenía la posición aventajada en ese momento.
No obstante, Nodoka sabía que su ventaja era también su prisión. No podía salir de ese lugar ni tampoco ayudar a su hijo Ranma o la joven Akane. Además su cobertura sólo servía si no disparaba más de una vez desde un único sitio o el fuego del cañón de su rifle la descubriría; era una de las muchas reglas que debía tener un tirador en la oscuridad, mientras ellos no supieran de qué lado cubrirse exactamente, ella podría seguir manteniéndolos a raya.
Se encogió afirmándose la gorra china ante una nueva ronda de disparos, los fragmentos rebotaban por toda la formación rocosa; Ella sabía lo que estaban haciendo, disparando a ciegas una ráfaga constante en una técnica de fuego de supresión, para que ella estuviera obligada a mantenerse abajo, permitiendo a un pequeño grupo avanzar por un punto ciego. Se arrastró decidida aunque un poco torpe por la tierra, casi abrazando el rifle sobre sus brazos, hasta encontrar una abertura entre dos rocas.
El pequeño grupo que quiso ascender, confiados en la cobertura que les prodigaban los disparos de sus compañeros, no había conseguido avanzar unos cinco metros por la colina, cuando uno de ellos gritó al sentir una bala cortar como un cuchillo el contorno de su tobillo. Sus compañeros, advertidos, lo cogieron del brazo retrocediendo rápidamente, poniéndose otra vez a cubierto tras los árboles.
—Idiotas, ¡qué hacen! Somos los Ishin Shishi, ¡cómo puede ser que nos detenga una sola mujer! —bramó incrédulo el líder del grupo.
—Es buena, pareciera saber dónde estamos en todo momento.
—¡Disparen, demonios, disparen a todo lo que se mueva!
—No veo nada.
—Usa los infrarrojos.
—¡Así tampoco puedo verla, no sé dónde está, sólo veo rocas…!
El hombre de los lentes infrarrojos dio un grito de horror cuando el siguiente disparo de Nodoka rozó su cabeza y despedazó el complejo equipo que usaba como un casco delante de sus ojos, dejándole un montón de piezas rotas que colgaban de la cinta de la cabeza.
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Ranma, con una rodilla en el piso, jadeaba intentando superar el dolor del último golpe que había recibido. Los dos rivales con los que había tenido que enfrentarse a la vez también sudaban y respiraban con dificultad, uno de ellos se limpiaba la sangre de los labios y el otro movía el brazo intentando recobrar parte de la sensibilidad perdida.
A diferencia de ellos, no eran los golpes lo único que le dolía al muchacho. Cada disparo que brillaba en la oscuridad del bosque y tronaba como un lejano trueno, era como una puñalada en su propio corazón haciéndolo temer lo peor.
—Lo comprendes muy bien, Ranma Saotome.
Takamori Saigo se mostró cruelmente calmado, con una mano en el bolsillo levantando el borde de la elegante chaqueta y la otra en alto gesticulando molestamente cada palabra—, quisiste usarte a ti mismo como una carnada para atraparnos, pero no pensaste que para nosotros tú serías el cebo para atraer a tu madre y… ¿crees que la niña Tendo habrá venido también?... Exacto, debió venir igualmente, envuelta como un regalo para nosotros. En eso no puedes engañar a tu sangre, madre e hijo son igual de ingenuos y predecibles.
El joven dio un puñetazo en el piso partiendo las tablas. De un rápido impulso volvió a ponerse en pie adoptando una postura de guardia nueva para esos hombres, era la primera vez que lucía su auténtico estilo de combate; no era ninguno aprendido desde su infancia ni tampoco de los muchos enseñados por la matriarca Cologne, sino que era una particular variante de kenpo, nombre con que se conocía en Japón a todas las artes marciales chinas, englobando por ello a muchos estilos distintos. Pero el de Ranma era el estilo particular de la escuela de combate libre, o todo vale, aprendido directamente del escurridizo y legendario maestro Happosai.
Ranma estaba furioso y asustado hasta perder el control, sus dientes crujieron peligrosamente y una delgada línea de sangre apareció por la comisura de sus labios.
—Me pregunto quién morirá primero —Saigo continuó con una mano en alto mostrándole el horizonte por sobre el bosque y los templos—. ¿Escuchas los disparos, sabes lo que significan? Cada uno de ellos puede ser el último en la vida de Nodoka Saotome, o de tu protegida Akane Tendo —esbozó una apenas notable sonrisa, agregando con una voz tan fría y distante que no provocó emoción—. Felicidades, muchacho, has hecho un excelente trabajo para nosotros.
—Eres… ¡Eres un maldito!
Se arrojó en contra de Takamori Saigo con tal furor que sus pies hicieron crujir la madera del suelo. Los dos hombres, atentos, se interpusieron entre el muchacho y su jefe. El primero no pudo ver más que una sombra borrosa desviándose hacia su costado, intentó seguirlo, pero la sombra desapareció para aparecer sobre su cabeza. Ranma separó las piernas en el aire propinándole a su rival una patada en el rostro con una fuerza incontrolable que le rompió la mandíbula. Mientras el hombre caía de espaldas y Ranma tocaba el piso con la punta del pie, el otro matón ya lo atacaba con una patada por la espalda.
El joven inclinó la cabeza evitando el zapato de su enemigo que rozó su mejilla a tal velocidad y con tanta fuerza que le provocó un pequeño corte. Aquel sujeto sin detenerse siguió girando el cuerpo dándole la espalda al muchacho, dando un pequeño brinco al cambiar la pierna de apoyo para impulsar una segunda patada con la otra pierna hacia atrás, con mayor fuerza que la primera. Ranma lo detuvo a la altura del tobillo con un brazo en alto como escudo, sus pies firmes se deslizaron medio metro al recibir el impacto, atrapó la pierna del sujeto con una mano, levantó el otro brazo doblando el codo, y lo bajó clavándoselo en la altura de la rodilla con la fuerza de un martillo.
El crujido fue espantoso. El hombre se desplomó revolcándose de dolor con la pierna doblada de una manera antinatural.
Ranma lo ignoró, tal era su furor que ya no pensaba en nada más. Libre de molestias volvió su atención a Saigo. Deslizó los pies y adoptó otra vez la postura de defensa. Takamori Saigo no se inmutó, siquiera sacó la mano del bolsillo. Alzó una ceja en gesto de curiosidad.
—Así que éste es el famoso estilo de Happosai, ¡admirable! Normalmente es evasivo y burlesco siempre usando las debilidades del rival en su contra, aunque puede volverse rápido y letal en manos de un asesino subyugado por la ira. Comienzo a entender por qué evitabas mostrarlo desde un principio: todavía eres incapaz de dominarlo del todo bien.
Sacó la mano del bolsillo, los elegantes zapatos negros dieron un sonido ronco cuando se deslizaron sobre el piso separando ligeramente los pies, alzó las manos estiradas mostrándole las palmas desnudas. Ranma, todavía cegado por la ira, lo examinó con un ligero temblor en su párpado izquierdo. No parecía tratarse más que de una sencilla postura de aikido, que junto con el karate eran las dos artes marciales que practicaban antiguamente los espadachines japoneses para mantenerse en forma y saber defenderse en caso de estar desarmados. Inconscientemente el joven dejó escapar una arrogante sonrisa.
Ranma Saotome corrió al encuentro de Takamori Saigo. Conocía el aikido y sabía que se basaba en agarres rápidos y contraataques para desviar la fuerza del rival. Ranma se burló en su mente de las intenciones de ese sujeto de detenerlo. Atacó de frente, tal era su osadía que se prometió no fallar; no podría evadirlo, nadie podría; ni siquiera Cologne, su vieja maestra, podría evadir el golpe a la velocidad con que toda su ira lo alimentaba.
El aire rugió como una ventisca ante el impacto que hizo temblar todo el templo. El brazo de Ranma vibraba, furioso, incontenible. Su puño palpitaba hundido en la palma extendida con que Takamori lo había detenido.
—Eres bueno, ya te lo dije —habló no sin esfuerzo al percibir la presión del brazo de Ranma sobre su mano—. Ah, tu formación es…, en verdad, envidiable.
Ranma no estaba dispuesto a escuchar halagos ni burlas de ese tipo. Takamori lo sorprendió empujándolo. El joven al segundo paso que dio hacia atrás atacó otra vez. Giró el cuerpo cortando el aire con una patada más terrible que aquellas con que derribó a los anteriores rivales. El aire volvió a rasgarse ante el sonido del impacto, cuando Takamori Saigo lo detuvo con un brazo cubriéndose la cabeza. Los zapatos se deslizaron por las tablas del piso, pero el hombre en lugar de retroceder cogió por sorpresa a Ranma abrazándole la pierna y parte del cuerpo. Lo alzó por encima de su hombro proyectándolo con la misma terrible fuerza del muchacho, para terminar clavándolo en el piso de espaldas.
Las maderas crujieron y se levantaron alrededor del cuerpo del joven que gimió furioso por el doloroso aterrizaje. Pero Saigo no se detuvo, ya que aprovechando la oportunidad le clavó el pie en el abdomen con tanta fuerza que le arrancó un segundo grito hundiéndolo un poco más entre las tablas partidas.
Takamori retrocedió lentamente caminando en círculos al derredor del caído joven, desabotonándose la chaqueta. Examinándolo, ajustándose el borde del cuello y las mangas del fino traje negro.
—Sin embargo, careces de experiencia —lo sermoneó—. Te dejas cegar por tus sentimientos y no prestas atención a tu oponente. ¿Eso es todo, algo tan básico no te lo enseñaron tus maestros o es una falencia de tu infantil carácter?... ¡Arriba!
Las maderas crujieron, Ranma se movió con lentitud saliendo del agujero. De forma penosa intentó rodar por el piso alejándose de Takamori, recobrando un segundo aire al levantarse apoyando su peso en una rodilla. Con la mano en el abdomen intentó contener el dolor y las náuseas, mucho más le dolía la espalda y sentía el hombro extraño, supuso para su preocupación que lo tendría dislocado perdiendo un poco la movilidad en el brazo derecho.
—Cállate… ¡Cállate! No necesito tus lecciones.
—Con bravuconerías no conseguirás golpearme, ni salvar a tus preciadas mujeres. ¿Qué esperas? Ya descansaste lo suficiente. Levántate.
Otro hombre de Saigo, que no había participado del encuentro, observaba la situación admirado de su líder, pero también asombrado y aterrado de la fuerza del joven que derribó a sus otros tres compañeros y era capaz de volver a hablar después de haber recibido tal castigo. Anteriores rivales del jefe Saigo no habían contado con la misma suerte.
—Tráelo —le ordenó Saigo a su distraído hombre. Éste obedeció con una reverencia alejándose.
Ranma estaba de pie una vez más, agotado, sentía un espantoso dolor en su cuerpo, pero nada era comparable a la rabia que lo carcomía por dentro. Escuchaba más disparos, los mismos que antes lo habían aterrado, ahora le despertaban una ligera esperanza: mientras los escuchara, su madre y Akane quizás seguirían con vida. ¡Debía ganarle rápidamente a ese tal Takamori y salvarlas!
Lo que antes era ira mutó rápidamente en ansiedad. Las manos e sudaban y al adoptar su postura de combate, el brazo derecho lo dejó más abajo. A pesar del dolor se empeñó en moverlo, no debía revelar al oponente ninguna debilidad. Entonces vio una entrada, cuando lo notó distraído dando órdenes. Aprovechó el momento y se lanzó sobre Takamori.
Saigo vio venir a Ranma por encima de su hombro, lo estaba esperando. En el último instante dio un paso atrás y con las manos comenzó a desviar una rápida secuencia de golpes que Ranma le arrojó con toda su destreza. Los cuerpos giraban en una dirección, después en la otra. Los puños eran detenidos con las manos y brazos, las patadas con los tobillos en alto. Ranma se agachó barriendo el suelo con la pierna, pero Takamori ya había dado un pequeño brinco evitándolo. Contraatacó con una rápida patada en el aire, que el muchacho detuvo agachado con los brazos cruzados sobre la cabeza. El golpe lo resintió y se fue de espaldas, pero dio una rápida voltereta hacia atrás deteniéndose con los pies, y se impulsó con ambos para correr otra vez a su encuentro.
Lo atacó moviéndose ahora hacia los costados, pero Saigo se adelantaba cruzándose cubriendo todas las entradas un paso por delante de los ataques del joven. Ranma maldijo entre dientes, era como intentar golpear una sombra. En su osadía lanzó un golpe recto, profundo e imprudente, exponiendo su cuerpo al ser evitado fácilmente por su rival. Saigo lo atrapó por la muñeca, le dobló el brazo a Ranma girándolo y presionándolo contra su propia espalda. Y sin piedad propinó una rápida patada en los tobillos obligándolo a doblar las piernas en un quejido.
El joven Ranma quedó a su merced, de rodillas, humillado, con Saigo tras él sosteniéndolo por el brazo que lo mantenía doblado de una manera dolorosa.
—Ya era hora que aparecieras—Takamori regañó al último de sus hombres al verlo regresar recién. Mientras intentaba contener los movimientos de Ranma que como un animal enjaulado gruñía y batallaba por liberarse a pesar del dolor.
Ranma levantó una pierna consiguiendo apoyar el pie. Entonces aplicó toda su fuerza intentando estirar las piernas y levantarse.
—Deja de intentarlo, muchacho necio, ¡te quebraré el brazo!
No le importó el dolor cada vez más intenso con que su propio brazo, en posición inusual, se cargaba contra su espalda más fuerte a medida que intentaba luchar contra la presión con que Saigo intentaba aplacarlo contra el piso.
—¡Te advierto, muchacho idiota, te lo partiré en tantas partes que jamás volverás a sentirlo en tu vida! —Takamori le advirtió en un tono de voz que parecía de verdadera preocupación.
Pero nada de esto le importó al joven Ranma. En un momento Saigo se cargó con más fuerza presionándolo hacia el piso. Ranma gritó cuando sintió el castigo sobre los huesos de su brazo y hombro. No obstante, sonrió, lo tenía donde quería…
Al estar tan cerca de él, Ranma levantó bruscamente la cabeza dándole con la nuca en el rostro. Saigo retrocedió con el rostro lastimado y lo soltó. En ese momento Ranma giró apoyando un pie al levantarse, para alzar la otra pierna en una rápida patada que buscó la cabeza de ese sujeto.
Ranma contuvo la respiración junto con el choque. Saigo, a pesar de tener el rostro lastimado y la nariz sangrando, había detenido una vez más la patada de Ranma con el antebrazo a centímetros de su cabeza. Los ojos de Saigo se contrajeron, miraron a Ranma con una frialdad que el muchacho percibió con un escalofrío.
Takamori rugió como un animal salvaje cuando le arrojó un puñetazo de regreso que el joven por poco consiguió evitar. Los pies de Ranma apenas se podían distinguir en el piso cuando retrocedió rápidamente, evitando uno tras otro los puños de Saigo que buscaban su cuerpo. Intentó detener dos patadas, pero la fuerza de ese hombre era inhumana y lo hacía trastabillar. Retrocedía, esquivaba, apenas mantenía el equilibrio, todo lo que podía hacer era escapar de los mortales ataques que no le daban respiro.
Las patadas de Saigo eran rápidas y cortantes como espadas, y los puños tenían la fuerza de una demoledora cuando le rozaban la cabeza a Ranma. En su orgullo el joven no quiso seguir permitiéndolo, y aprovechó el descontrol de Saigo para desviar un golpe y contraatacar. El ímpetu violento de Takamori se frenó ante el sorpresivo puño de Ranma que le dio en la mejilla, su cabeza retrocedió como el disparo de un arma de fuego, y al volver la cabeza otra vez hacia adelante con porfía, recibió una patada que lo hizo dar un paso atrás.
El joven Saotome sintió la oportunidad para devolverle todo lo que había sufrido y saltó sobre él sin darle respiro, pero Saigo giró recobrándose más rápido de lo que había deseado lanzando también una patada al aire. Ranma consiguió apoyar ambas manos sobre el tobillo de Saigo impulsándose en una acrobática evasión pasando por encima de la cabeza del hombre. Y al caer del otro lado intentó volverse para atacarlo por detrás.
Jamás Ranma esperó que Takamori fuera tan rápido, pues sus intenciones fueron detenidas por un brutal codazo que Saigo lanzó hacia atrás e impactó violentamente en el costado de la cabeza de Ranma. El muchacho escupió cuando el golpe lo hizo voltearse bruscamente, apenas consiguieron sostenerse sobre los pies. Estaba aturdido, sentía que todo le daba vueltas, dejó de escuchar por un momento, todo lo que zumbaba era un ensordecedor pitido en sus oídos, y al intentar mirar, solo notó manchas brillantes en lugar de las luces del templo.
Saigo se calmó. Vio al muchacho tropezar torpemente y tambalearse a punto de caer. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo y limpió la sangre de su rostro que había salpicado sobre la camisa blanca y su fina corbata. Las heridas de su rostro no aminoraban el temor que infundía con su presencia, sino que aumentaban ante el furor que sus ojos antes inexpresivos revelaron. Se acercó lentamente al joven que luchaba por mantenerse consciente intentando no volver a caer al piso con torpes pasos en todas direcciones. Cuando Ranma notó a Saigo casi encima, como una mancha borrosa, intentó levantar los brazos para protegerse la cabeza.
Pero Saigo le lanzó una recta patada que se hundió en el abdomen de Ranma, con tal fuerza que lo dobló en dos como una varilla a punto de quebrarse, arrojándolo violentamente hacia atrás. Ranma chocó de espaldas contra una columna del templo, con tanta violencia que la madera crujió desde la base hasta el techo dejando caer una lluvia de polvo y astillas sobre su cabeza y ropas. Ya no le quedaban energías para defenderse, todo lo que Ranma podía hacer era intentar mantenerse en pie sosteniéndose gracias al pilar en el que se apoyaba. Jadeaba desesperado, incluso el dolor era una sensación lejana que le pareció ajena a su propio cuerpo.
Takamori Saigo otra vez estaba delante de él.
—Eres un crío insolente —lo abofeteó violentamente con el reverso de la mano haciéndolo escupir un poco de sangre—, tus padres no te han enseñado nada —lo volvió a abofetear en la dirección opuesta—. Aprenderás a respetar a los que son tus superiores —lo abofeteó dos veces más sin piedad. Los nudillos de Saigo rompieron los labios del muchacho—. ¿Me has entendido?
Ranma jadeó dificultosamente, se relamió sintiendo el intenso sabor de la sangre. Los mechones humedecidos por el sudor colgaban cubriéndole el rostro inclinado. El anterior codazo que le había provocado una contusión severa le abrió una herida de la que brotaba sangre que empapaba sus cabellos y caía por el lado del rostro hasta mojar su camisa china sucia y maltratada.
—¡Responde! —Takamori Saigo ordenó en tono marcial.
Intentó contener los jadeos. Entonces levantó el rostro amoratado muy lentamente. Para sorpresa de Saigo, Ranma sonreía calmado, incluso un poco juguetón, entrecerrando los ojos con ingenuidad.
—Vete al demonio...
El rostro de Takamori Saigo se deformó de indignación e ira. Dio un paso atrás y le conectó una feroz patada en el cuerpo de la que ni siquiera pudo defenderse. La gruesa columna de madera estalló en fragmentos al ser atravesada por el maltratado cuerpo del joven. Voló entre trozos de madera y astillas que giraron en el aire y se sintió ligero. El tiempo se detuvo, como si un segundo se hubiera convertido en una eternidad.
En ese instante la mente de Ranma fue más rápida que la dolorosa realidad que lo envolvía. Aquel tipo le había dado una paliza. Los disparos fueron ecos lejanos que apenas pudo percibir, la voz de su madre regañándolo se confundía en sus muchos recuerdos. La sonrisa de Akane desapareció hasta ser una imagen difusa que no pudo conservar, cuando todo se tornó oscuro a su derredor.
Había perdido.
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Las manos de Ranma temblaron ligeramente cerrando los dedos. Las movió sin fuerzas intentando empuñarlas. Abrió los ojos. Dobló el cuerpo penosamente tratando de deslizar las rodillas para sostener así el peso de todo su cuerpo. Estaba mareado, aquel golpe en su cabeza le había hecho mucho daño, más que el castigo que recibió después en el resto de su cuerpo. Veía todo borroso, sentía náuseas. De rodillas apoyó ambas manos para sostener el peso del cuerpo y vio una mancha roja sobre las tablas, después sintió la humedad sobre una de sus manos y también en su cabello, vio oscuras gotas rojas alejarse de su mirada y caer en el piso una tras otra. La sangre caía desde su propia cabeza.
—Me alegra que finalmente estés dispuesto a escucharme tranquilamente.
Se burlaba, lo sabía, porque apenas podía mantenerse consciente, pero luchaba por hacerlo. Akane estaba en peligro, también su madre, aunque los disparos los percibía como ecos lejanos, casi arrullos que lo invitaban a la inconsciencia, se resistió. Y con la lucha recobró parte de los sentidos, siendo el principal de ellos el dolor que comenzó a castigarlo por la osadía de no rendirse a la oscuridad. Al intentar levantarse cayó de nuevo, con un brazo en el piso y la otra mano extendida apenas consiguió mantener la cabeza y los hombros en alto para mirarlo con todo el orgullo que le quedaba.
Saigo seguía limpiándose los labios y la nariz lastimada con su pañuelo que se había teñido completamente de rojo. Chasqueó los dedos de una mano. El otro matón, antes congelado por el espectáculo, corrió junto a su líder llevando una pequeña caja de madera que sostuvo sobre las manos de manera respetuosa. Takamori Saigo extrajo un bulto rodeado en un paño de seda. Lo desenvolvió acercándose a Ranma.
Era la pequeña figura con forma de un cerdito de oro macizo.
—¿La reconoces?
Ranma gruñó, pero no respondió. Tampoco le quedaban energías para hablar pero no le demostraría su debilidad a pesar de ya encontrarse en el piso. «Estúpido P-chan», pensó en un momento de idiotez, «todo es tu culpa».
—Años, generaciones, hemos buscado lo que esta tonta figura escondía. Ahora gracias a tu padre y a Happosai, finalmente tenemos la clave que nos faltaba para ser libres… Libres para iniciar una nueva en Japón.
—De qué… estás hablando.
Saigo hizo un extraño giro con la mano, la figura de P-chan que parecía sólida se dobló extrañamente, para luego desarmarse en un montón de piezas que rebotaron a sus pies. En las manos él se quedó con el contenido, era un pequeño papel muy antiguo doblado en varias partes, que estiró revelando ser un documento de varias hojas escritas en tinta.
—Esto que ves es la confesión de un traidor. Te prometí respuestas si vencías a mis guerreros y soy un hombre de palabra, siempre cumplo mis promesas.
—Por qué… quieres decírmelo… ahora.
—¿Para qué hacerlo, piensas, si de todas maneras vas a morir? No me subestimes, muchacho, no soy un asesino despiadado. Sé valorar el potencial cuando lo descubro y no me gusta desperdiciar nada; eres joven, soberbio, malcriado, pero todavía puede haber un lugar para ti…
—¿En tu maldita organización?... —Ranma aspiró con fuerza intentando hablar con firmeza—. ¡Primero muerto!
—No, Ranma, no. La organización no es lo importante. Yo hablo de una posición mucho más importante… en el futuro de esta nación. Crecerá y entenderás, muchos años tenemos por delante en nuestra gran obra y guerreros con tu talento harán falta. Aprenderás a aceptar los sacrificios, como nosotros lo hemos hecho a lo largo de la historia. No somos monstruos como debes imaginarlo, no… Hemos luchado constantemente y también sufrido, hemos renunciado a nuestras mujeres, asesinado a nuestros hermanos, abandonado a nuestros hijos, por la tarea majestuosa de edificar una nación poderosa y justa. Una nación que gobierne y que no sea esclava de poderes extranjeros.
—Este país está… bastante bien y no… no necesita a… a dementes como… tú.
—¿Qué somos un país desarrollado, democrático, eso quieres decirme? ¿Qué las espadas y los imperios son cosa del pasado?... ¡Con qué mentiras esta sociedad envenena la mente de nuestros niños! Los hacen débiles, creyentes de un sistema político que nos hizo esclavos, de una economía que ató nuestro porvenir a los caprichos de las demás naciones, atados por una serie de sistemas que ellos nos han impuesto para someternos.
Ranma guardó silencio, apretando los labios para no quejarse del terrible dolor que lo sacudía.
—Ranma Saotome, deberías saberlo mejor que muchos. Durante dos, casi tres años fuiste un cadete en Las Fuerzas de Autodefensa de Japón. ¿Has comparado a nuestro «ejército» con el de las otras naciones?
—Las Fuerzas de… Autodefensa de Japón… —Ranma gruñó con el orgullo que alimentó sus energías al recordar los buenos momentos que pasó como un recluta junto a sus compañeros—. No… No existen para provocar guerras… —apoyó ambas manos en el piso y trató de levantar el cuerpo, consiguiendo recoger otra vez las rodillas—, existen para… defender a la gente… como una extensión armada de la… policía.
—¡Tonterías! ¿Crees en esa mentira de nuestra constitución sobre una nación pacifista? Es el collar con que los extranjeros nos han controlado. ¿No sabías que al principio teníamos prohibido tener un ejército como la nación «pacífica» en que nos convertimos? Pero no tuvieron que pasar muchos años para que durante la «Guerra Fría», en que los poderosos jugaron con los pequeños países como peones en su conflicto, se nos «permitió» reorganizar una fuerza armada para cuidarles las espaldas a «nuestros aliados». Sí, así nació tu querida JSDF, ¿para proteger a nuestra gente? Eres otra víctima de las mentiras de la historia, las mentiras que se escriben en papel con la sangre de los inocentes sacrificados como armas en manos de los extranjeros.
—Eso no…
—¿Y cuándo fue que nos convertimos en una nación pacífica?... Lo sabes, después de la gran guerra en que nos obligaron a rendirnos tomando como rehenes la vida de millares de civiles inocentes, tras los otros millares que asesinaron sin ninguna provocación, ¿es esa la clase de batalla en la que participan auténticos guerreros? Dos ciudades fueron aniquiladas, y una tercera estaba amenazada si nuestro emperador no cedía a sus egoístas demandas. Estábamos dispuestos a perecer uno por uno defendiendo nuestras costas, ¿pero quemar hasta las cenizas a ciudades completas de civiles que no tenían como defenderse? ¡Ésa es la clase de guerra que gusta a los extranjeros cobardes que no dan la cara al enemigo!
Estiró la hoja en las manos, los históricos documentos que habían estado ocultos en el interior de la pequeña figura de oro.
—Todo comenzó cuando nosotros, los Ishin Shishi, el brazo armado de los idealistas Ishin Ishin, nos propusimos usar nuestras espadas para que se cumpliera el deseo de una nación justa y mejor: erradicar a los terratenientes, acabar con el shogunato que consumía nuestras tierras en inútiles guerras internas y unificar el poder en nuestro emperador para expulsar a los bárbaros extranjeros. Así es, Ranma, nosotros fuimos los que forjamos la era Meijí. Sin embargo, nuestros deseos no fueron cumplidos. Tras dejar de ser útiles al gobierno, fuimos arrinconados y despreciados como a una plaga mientras las ideas traídas por los extranjeros se hacían más fuertes, y nuestros guerreros cada vez más débiles, reemplazados por inútiles campesinos. Mi antepasado «Takamori Saigo» fue un ejemplo de cómo el gobierno Meijí pagó murió durante la rebelión Satsuma.
—¿Tu antepasado?... Sí, ya lo recuerdo —Ranma afiló la mirada—, te llamas como ese tal Takamori Saigo que comenzó una revuelta…
—¿Revuelta? —Saigo metió una mano en el bolsillo del pantalón, inclinó el rostro con una triste sonrisa—. Mi antepasado en un principio jamás quiso liderar una rebelión, su devoción al gobierno Meiji era incuestionable. Voluntariamente se ofreció como diplomático para viajar a Corea, en ese entonces una colonia que disputábamos con China. Había preparado un plan para que lo asesinaran, y así incitar una guerra que nos habría hecho más fuertes. ¿Qué sucedió? El gobierno, asustado de la influencia de «las potencias extranjeras», le impidió hacerlo. Finalmente desilusionado se retiró a Satsuma, donde viviría tranquilamente educando a los futuros soldados y guerreros. Pero el emperador y sus pérfidos consejeros lo atacaron creyéndolo una amenaza para el nuevo régimen. Mi antepasado tuvo que liderar a los guerreros que se reunieron buscando la justicia que les fue negada, obligado tomó la espada y pereció defendiendo el honor y la historia de nuestra nación. ¡Y con sólo cuatrocientos valientes se enfrentó a un ejército de trescientos mil!
Ranma guardó silencio, necesitaba tiempo, sólo un poco más para conseguir recuperar las fuerzas. No le importaba la historia ni las aburridas excusas de ese tipo, todo lo que tenía en mente era salvarlas a ellas. Cada lejano disparo era como el tic tac de un angustiante reloj que le indicaba la cruel cercanía de lo inevitable.
—¿De qué estás hablando? —la voz del joven se escuchó más firme, su respiración era menos entrecortada—. Nada de esto tiene… relación… con la familia de Akane.
Takamori Saigo se rio de la ignorancia del joven, que era un ejemplo de la ingenuidad de toda una nación que creía en las mentiras que ellos habían tejido en los libros de historia.
—Estos documentos son el testimonio de un traidor. Uno de nuestros miembros más hábiles que tenía una importante misión: asesinar al príncipe Hirohito y a toda su familia.
Hirohito era el nombre real del nieto del «emperador Meijí», que durante su gobierno se hizo llamar «emperador Showa». Gobernó durante los inicios de la primera guerra mundial hasta su muerte en el año de 1989.
—¿Asesinar al emperador Showa?... Pero… el emperador Showa… —Ranma tomó aliento, lo que estaba escuchando no tenía sentido—. No, estás mintiendo, hasta yo sé que el emperador Showa murió hace pocos años, y ahora el emperador es su hijo Akihito. Entonces… ustedes fracasaron.
—Ranma, ¿dices que nosotros fracasamos?... —Saigo insistió en sonreír, ahora con burla—. El príncipe regente Hirohito jamás llegó a convertirse en el emperador Showa como dicen los libros de historia.
—No… lo… entiendo.
El hombre volvió a burlarse de la ingenuidad de Ranma, dando una fuerte risotada.
—¿Todavía crees que ese títere de Akihito que vive en el palacio imperial y su familia son los auténticos descendientes del emperador Hirohito? No, Ranma, no. Aquel emperador fuerte y determinado que apoyó la invasión de Manchuria, aquel emperador que le dio la razón al ejército tras el asesinato del primer ministro y le quitó poder al corrupto parlamento de esa época, era uno que nosotros escogimos, un miembro del Ishin Shishi.
—No es verdad.
—Nosotros controlábamos al emperador Showa, nosotros éramos el gobierno de la era Showa; nosotros escogimos al primer ministro que reemplazó al asesinado Tsuyoshi Inukai en la revuelta militar de mil novecientos treinta y dos, y que también nosotros incitamos. Pero tras la cobarde dominación extranjera debimos ocultarnos. ¿Qué sucedió después? Humillados debimos soportar los vergonzosos actos de los que nos sometieron: nos arrebataron nuestro honor, violaron a nuestras mujeres, nos esclavizaron con sus sistemas económicos. Mas nos hemos recuperado, y desde las sombras hemos retomado lentamente el poder antes perdido. Hemos observado silentes como el gobierno volvió a llenarse de corruptos políticos que engañaban al pueblo con promesas de prosperidad y libertad. Ilusos… pobres ilusos. Siquiera el actual emperador Akihito conoce la verdad sobre su falsa ascendencia, ignora que él no es un auténtico descendiente de nuestra señora, ni tampoco corre por sus venas la sangre divina de Amaterasu.
«¿Diosa Amaterasu, sangre divina, asesinar al emperador, dirigir al gobierno desde las sombras?», Ranma pensó rápidamente, el sudor comenzaba a enfriársele en la espalda provocándole escalofríos, «¿qué demonios tiene este maldito idiota en la cabeza?»
—Estás… ¡Estás más loco que los Kuno!
—Oh, así que estoy loco. Puede ser, la locura y la pasión son dos hermanas inseparables en el corazón de un hombre que se entrega por el bien de lo que más ama… —las facciones de Saigo se tensaron, oscurecieron, apretó la mano que sostenía los viejos papeles hasta hacer crujir sus huesos—. ¿Crees acaso que asesinar al príncipe Hirohito fue algo de lo que nos sentimos orgullosos? ¿Imaginas que no nos damos cuenta del crimen que hemos cometido contra nuestra señora al desear la muerte de su descendiente?
»Hemos pecado, blasfemado contra nuestra diosa, traicionado a nuestro emperador… y procurado su muerte. Pero todo lo hicimos por el bien de nuestra nación. Sin embargo, no pudimos hacer lo mismo con su familia. ¿Lo ves ahora, comienzas a entenderlo? Sí, ahora noto la sorpresa en tu mirada, muchacho. La historia es tan sencilla que llega a ser ridícula. Nuestro mejor agente en esa época, al que enviamos a cumplir tan importante cometido, dudó. Y utilizando las mismas armas con que el Ishin Shishi lo formó, las utilizó en nuestra contra para ocultar y proteger a la familia del sacrificado emperador Hirohito.
—Tiene que ser una broma… —Ranma miró el piso con los ojos abiertos, aquello era peor de lo que habría podido imaginar. ¿Significaba que Akane era en realidad…? —. ¡Estás inventándolo todo!
—¿Inventarlo? Estás en lo cierto, ¡nosotros, el Ishin Shishi, rehicimos el destino de Japón! El ascenso al trono del falso Hirohito, dirigir una guerra en las costas de Asia, luego una guerra mayor a través de las islas del pacífico, todo fue obra nuestra. Sin embargo, el tener que asumir una injusta derrota y reconstruirnos desde las cenizas, todo aquello limitó nuestros recursos y debimos olvidarnos de la familia de Hirohito por un tiempo, esperando a que el secreto de nuestra traición no fuera divulgado por el destino. Y así fue, nada ha cambiado, la historia sigue de nuestro lado. Somos fuertes otra vez y estamos decididos a reconstruir la nación que nunca debió dejar de ser… Comenzando por no cometer mismo error. Gracias a estos documentos hemos hallado a todos los descendientes del verdadero emperador Hirohito y nos aseguraremos de que el secreto del traidor jamás sea revelado.
Saigo deslizó la mano bajo la chaqueta y sacó una reluciente pistola semiautomática, de diseño personalizado, que Ranma reconoció al instante. Era su arma, la que había perdido en casa de la familia Tendo. Angustiado apretó los labios, sus dedos resbalaron sobre el piso empuñando la mano. ¿Acaso no podía hacer más? ¿Había fallado? ¿Así acabaría todo?
Pero Takamori Saigo lo sorprendió una vez más. Giró hacia el balcón, apuntó el arma y su voz resonó con fuerza, como el último repique de la campana de un viejo reloj dentro del corazón del muchacho. Provocándole a Ranma un dolor que jamás había sentido.
—Y comenzaremos por usted, princesa.
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Sus labios temblaron y todos sus pensamientos lo abandonaron ante el terror que lo embargó, cuando reconoció la tímida figura que se encontraba cerca del balcón. Tan traslúcida que le pareció un espíritu, tan distante que desesperó…
Takamori Saigo se sonreía de una manera extraña, parecía ser de satisfacción, quizás orgullo.
—Evadir a mis hombres apostados en los alrededores del templo, llegar hasta aquí y todavía osar amenazarme con tan insolente valor… Usted es una jovencita admirable, princesa Akane.
La brisa nocturna meció suavemente los cabellos del cruel hombre, el que se sentía así mismo envuelto en un halo de misticismo, guiado por el destino, por el peso de la historia que apoyaba sus acciones y torcía así la voluntad de los dioses.
Akane Tendo se encontraba frente al extenso balcón en lo más alto de Kiyomizu Dera, sosteniendo con ambas manos un pesado revólver. Estaba decidida y no revelaba en su rostro el miedo que sí tenía y que le hacía temblar las piernas, y que agitada subía y bajaba como latidos los suspiros en su pecho. El matón de los Ishin Shishi quiso también sacar su arma, hasta que Saigo lo detuvo con un gesto brusco. Y espero con comprensiva paciencia a que la jovencita recobrara el aliento.
—¿Princesa?... ¿Yo?... No… No sé de lo que me está hablando —respondió Akane confundida.
—Ha venido a cumplir con su destino, o a reclamar mi vida para regresar al trono que nuestra señora Amaterasu exige.
—¿Qué cosa…? ¡N-Nada de eso! He venido por Ranma.
—Ah, ya comprendo —Takamori perdió la sonrisa decepcionado, esperaba más de ella—. ¿La determinación de nuestra princesa está alimentada por sentimientos tan pueriles?
Takamori bajó el arma. Pero la chica no alcanzó a sentir alivio, porque al momento, como dominado por un arranque de ira, el hombre giró dándole una fuerte patada a Ranma en el rostro que lo volvió a tumbar dando un par de giros por el piso.
—¡No lo lastimes! —Akane gritó desesperada.
Saigo no la escuchó. Se acercó con ritmo marcial y dirigió el cañón de la pistola directo a la cabeza del el adolorido muchacho que apenas podía levantar el rostro del piso, presionando levemente el gatillo hasta que el metal vibró ansioso en su mano. Ranma, sin importarle la mortal amenaza, trató de apoyar los codos para levantarse. Saigo lo detuvo bruscamente aplastando con la planta de su zapato la cabeza del muchacho contra el piso.
—Akane, chica boba… —Ranma insistió en levantar la cabeza desafiando la humillante presión del zapato de aquel hombre. Apoyó ambas manos contra el suelo porfiando, pero ni aun así tenía fuerzas para conseguirlo—. Ve… Vete… ¡Vete de aquí!
—Para ya, deja de intentarlo—Takamori Saigo aconsejó al joven con hipocresía—, quizás te quebré una costilla o dos durante nuestro pequeño ejercicio. No querrás hacerte más daño, podría ser fatal en tu estado actual —todo lo dijo en voz alta, con el retorcido placer de ser escuchado por la chiquilla Tendo.
—Ranma… Oh, no… Ranma…
—No lo escuches, ¡está mintiendo! —al gritar escupió un poco de sangre y se desplomó otra vez son fuerzas, crujiendo la madera bajo la cabeza por la fuerza del zapato de Saigo—. Vete… Vete… —jadeó sin aire, apenas audible—. Akane, tonta… vete de aquí… vete… ¡Vete! —terminó con un grito desesperado, acallado por el pie de Saigo que lo aplastó con tal fuerza, que la madera crujió bajo su lastimada mejilla.
—¡No lo haré, no te dejaré, Ranma! —Akane cogió con más firmeza el arma.
Sus ojos cristalinos soltaron destellos de cristal por sus nerviosos movimientos, que brillaron como estrellas. El cañón del revólver tembló y en su nerviosismo no podía apuntar bien a la imagen de aquel cruel hombre que estaba torturando a Ranma. No importando lo malvado que fuera, seguía siendo un ser humano y ella una novata que jamás había disparado en su vida—. Idiota, yo… —cerró los ojos ahogando un sollozo, culpándose a sí misma—… no voy a abandonarte.
Ranma palideció, sintió que su corazón se partía en dos. ¿Esas palabras le eran felices o tristes?
—Oh… —exclamó Saigo.
Atento movió los ojos hacia Akane, como si estuviera expectante de la reacción de la niña. Y en un acto de piedad, o quizás cansancio, liberó finalmente la cabeza de Ranma.
Ranma cerró los ojos. Respiró con calma, disfrutando cada fracción de segundo en el que ahora podía descansar. Entonces se impulsó sobre los codos y levantó el rostro despegándolo de la madera. Y gritó con las fuerzas que solo quedaban en su espíritu.
—Akane, por lo que más quieras… —aspiró hasta que el pecho le dolió—. ¡Eres una inútil, no sirves para nada, sólo me estorbas!... ¡Sal de aquí, esta no es tu pelea, no fastidies más este asunto!... ¡Sólo me estás molestando, tonta! ¡Te odio! ¿Qué no lo entiendes?... Te odio, desaparece… Vete… Tienes que irte… Déjame… a… ahora… —cayó rendido sobre su rostro.
La chica no se movió. Inclinó el rostro ligeramente y sus hombros comenzaron a temblar. Al levantarlo otra vez las lágrimas caían recorriendo sus mejillas emblanquecidas.
—Ranma, deja de ser tan terco, no voy a irme sin ti. Tú eres el que no lo entiende, grandísimo bobo, yo no… —su voz decayó, susurrando tímidamente—. Jamás te dejaré porque yo te… ¡No!
Akane enmudeció cuando Saigo preparó el arma volviendo a apuntar al joven en la cabeza. Ranma se mordió los labios, impotente, pensando si podría atacarlo a esa distancia antes que una bala le atravesara el cráneo. Su estúpido cuerpo seguía sin responder a sus órdenes aumentando su desesperación.
—Princesa, ¿qué espera para disparar? Me tiene a su merced, ¿o no quiere salvar a su necio amigo?
Akane, como si hubiera recordado recién que tenía un arma en sus manos, alzó el cañón apuntando con firmeza. Sus dedos rozaron el gatillo, que presionó ligeramente, apenas hundiéndolo un poco.
—Akane… —Ranma no sabía qué hacer.
Takamori cambió la pistola de dirección y volvió a apuntar a Akane. La chica Tendo quedó sin aliento al descubrir en los ojos de aquel hombre, profundos y vacíos, el final de su vida y sintió que el corazón dejaba de latir dentro de su pecho.
—¿O es que no desea a lo menos salvar su propia vida?
Ranma levantó el cuerpo, golpeó con el puño el piso partiendo la madera y escupió sangre con en un potente grito que estremeció los cimientos del templo, y el corazón de Akane.
—¡Dispara!...
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La voz de Ranma, su desesperación, preocupación y dedicación por ella, revivieron su corazón recobrando el color de su rostro.
—No… —los dedos de la chica aflojaron el gatillo— No puedo hacerlo.
—No puedo… —Akane inclinó el rostro—, no puedo hacerlo.
Ranma también inclinó su rostro, dejando de luchar para levantarse, sintiéndose derrotado.
—Conocerse uno mismo es la virtud de los sabios. Bien hecho, princesa, no esperaba menos de su nobleza que va más allá de las vulgares intenciones de los mortales. Usted no sería capaz de quitarle la vida a otro ser, no, no me he equivocado y no hay nada de lo que avergonzarse. Por el contrario, debería sentir orgullo de su propia pureza que demuestra su auténtico linaje.
—Deja de hablar como si lo supieras todo —masculló Ranma en el piso, apretando los puños, conteniendo la rabia que sentía por ese maldito.
—Ustedes me quieren a mí —dijo Akane sorprendiéndolos a ambos, al volver a levantar el arma y apuntarlo de nuevo, pero ahora sin dudas—. Si me entrego, ¿dejarán ir a Ranma?
—Akane… —Ranma quedó mudo, con la frente contra el suelo intentando levantar la espalda. No concebía lo que ella estaba proponiendo. Cuando lo entendió la desesperación se apoderó de lo poco que quedaba de calma dentro de su mente— ¡Eres una tonta…! ¡Ahrg…!
Saigo le propinó una fuerte patada a Ranma en el abdomen que lo hizo deslizarse varios metros en dirección de Akane, girando al final para quedar tumbado de espaldas ante ella. La chica dudó, tembló, deseaba con todo su ser correr esos dos pasos que los separaban para socorrerlo, pero cuando hizo un ligero gesto de moverse Takamori la volvió a apuntar recordándole que en esa situación no debía bajar su propia arma.
—¿Por qué lo hiciste? —reclamó indignada Akane. Tanta crueldad era inimaginable para su ingenuo espíritu.
—Él debe aprender a cuidar sus modales —Saigo se dirigió al adolorido joven regañándolo con dureza—. Ranma Saotome, estás ante una de las princesas de Japón; mide tus palabras.
—Maldito… —el joven giró en el piso.
Asombrando a Saigo, Ranma consiguió finalmente levantar la espalda, deslizó una pierna y apoyó su peso en una rodilla y un pie. Respiraba con dificultad pero ya tenía la fuerza a lo menos para sostener su propio cuerpo. Parecía que el muchacho tenía todavía un poco más que dar y eso, en lugar de irritar a ese sujeto, le provocó una oculta alegría que brilló en sus ojos—. Si… Si la tocas… ¡Te mato!
—Le hice una pregunta —Akane, intentando mostrarse fuerte a pesar que la imagen de Ranma vencido y luchando por su vida destruía también parte de su propia voluntad de acero, revelándose el miedo y la angustia en sus ojos—, si me entrego, ¿no lastimaras a Ranma o a mi tía Nodoka?
Takamori Saigo no dudó.
—Ellos no me interesan. Su vida, princesa, en cambio es la única que necesitamos ahora, princesa.
— ¿Lo prometes?
—No… No lo hagas, Akane, ¡está mintiendo!
Saigo disparó, Akane se quedó paralizada al no haber podido reaccionar a tiempo, cuando la sangre saltó manchando su mejilla. Ranma dio un paso atrás por la fuerza del disparo que lo empujó y obligó a ponerse de pie, pero resistiéndose se inclinó hacia adelante y cayó otra vez con una rodilla en el piso justo por delante de Akane. El joven afiló los ojos como un lobo arrinconado, gruñó mostrando los dientes, llevó una mano a su brazo donde la bala lo había alcanzado por debajo del hombro. La sangre brotó copiosamente empapando sus dedos, la camisa china y formando un charco en el piso.
—¡Basta ya de interrupciones, muchacho! Tu tiempo ha terminado, ¿qué no lo comprendes? Las palabras no salvarán a nadie, sólo los hechos, acciones como la de nuestra princesa que aboga por prolongar tu destino que tú insistes en consumir con tus constantes insolencias. Eres un perro ante ella, no tienes ni la menor idea del honor inmerecido que la princesa Akane te está otorgando al entregar su preciosa vida a cambio de la tuya. ¡Eres un necio malagradecido! Guarda silencio y escucha —entonces Saigo miró a Akane, tanta crueldad iba a la par de una profunda honestidad que de alguna manera a ella la convenció—. Soy un hombre de palabra, mi princesa. Usted me ha mostrado un brillo de nobleza en los tiempos oscuros que vivimos. Ahora creo más que nunca en nuestra misión, gracias a su sacrificio mediante. Ellos vivirán, cumpliré fielmente su último deseo, pero usted deberá morir en su lugar. ¿Es ese su deseo, mi princesa?
Akane bajó los ojos un momento pensativa, si no hacía algo los matarían a todos. Ella no era ilusa como Ranma se lo repetía hasta aburrirla; a diferencia de él, sabía que no podrían escapar. Y aunque tuviera el valor para dispararle a ese hombre, ¿qué sucedería con el resto? Seguían estando atrapados por un ejército de asesinos armados. Nada podía salvarlos, a menos que, si la única persona que necesitaba morir esa noche era ella, ¿para qué arrastrar también a su tía Nodoka y a Ranma? Estaba cansada, jamás esperó todo lo que le estaba sucediendo, ni mucho menos los sentimientos que ahora reconocía sentía por aquel joven al que no quería ver morir no importando el precio que debiera pagar a cambio. Los ojos claros de Ranma se posaron en ella desesperados, girando el torso, con una rodilla en el piso, con la mano sosteniendo su brazo herido, y una mirada que era más la de un pequeño niño abandonado, parecía querer suplicarle que no lo hiciera; y eso bastó para alentarla, aunque lo estuviera imaginando y fuera únicamente un deseo para consolarse, que Ranma sentía lo mismo por ella.
Finalmente Akane asintió muy lentamente. Su dedo se relajó alrededor del gatillo. Bajó los brazos, su mano se abrió dejando caer el arma que rebotó con un sonido.
—Akane, no lo hagas —lágrimas asomaron a los ojos del orgulloso joven, y no eran por culpa del dolor de sus graves heridas—. ¡Akane!
La chica le dedicó una mirada llena de infinita ternura, que él recordaría por el resto de su vida.
—Ranma, gracias por todo. Siento lo que ha sucedido, pero ya no puedo seguir poniéndolos en peligro… Éste es mi problema.
—¡No seas tonta! —los labios del muchacho temblaron—, no tienes que hacerlo, Akane…, no…
—No hay nada que puedas hacer para evitarlo, tampoco es tu culpa —susurró suavemente y repitió esperanzada para que él lo llegara a entender algún día—. Nada de esto es tu culpa, Ranma, no tienes que sentirte mal. Pero… me hubiese encantado haber podido conocerte un poco más.
Saigo apuntó silenciosamente, no quería prolongar por más tiempo el sufrimiento de su princesa, justo en el momento en que la tragedia había elevado su belleza a la perfección. Sería el momento exacto para recordar eternamente su noble sacrificio.
—Yo quiero… Ranma, lo único que quiero es que protejas a mi familia.
—Akane, yo… Aka…
El trueno sacudió a la montaña, desplomó la confianza y la infantil arrogancia. Lo hizo comprender que el mundo no siempre se movería bajo sus reglas, ni que todo desafío era una meta que con su tozudez podía alcanzar. La gente moría, tantas como nacían en ese pequeño mundo. Miles de millones que él jamás llegaría a conocer. Y una de esas almas que quizás nunca debió haber conocido, una chica que debió haber sido un número más, una fotografía en la prensa, una crónica que lamentar mientras bebía una taza de té, si no hubiera aceptado aquel caso en el principio, ahora era una parte de su vida arrancada con la violencia de una bala en el corazón.
El fuego del cañón de la pistola iluminó la oscuridad, de su pistola, que había perdido en una necia distracción. Disparada por un rival al que fue incapaz de derrotar. El casquillo vacío rebotaba en el piso de tablas, mientras el cuerpo de Akane se elevaba con el hermoso vestido abriéndose como una flor en su plenitud. Los ojos antes enérgicos, furiosos, ingenuos, alegres, infinitamente tiernos; ahora estaban estáticos, abiertos, opacados y vacíos, sin esa vida con la que segundos atrás le hablaba, dejando una estela de brillantes lágrimas.
Por una maldita ironía finalmente su cuerpo respondió y se movió más allá de sus límites, con una fuerza que antes le había negado. Parándose sobre sus pies, ignorando el dolor que sacudió su cerebro, más allá del punto donde otros habrían caído inconscientes. Sus manos estiradas quisieron alcanzar las manos inertes de la jovencita que se alejaban en el aire, se alejaban de sus dedos teñidos de rojo, alejándose de su vida, de su mundo, del mundo que antes habían compartido, cruzando a un mundo donde no la vería jamás.
El pequeño cuerpo de Akane, empujado por el potente disparo, partió la baranda y cayó por el borde del balcón precipitándose en la oscuridad.
—¡AKANE!
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Ranma saltó tras Akane, no importando si podía o no mover el resto de su cuerpo. Sólo se arrojó por el borde queriendo alcanzarla aunque fuera más allá de la muerte.
—Maldito necio… —Takamori Saigo susurró enfurecido no con el joven, sino contra sí mismo.
Tiró el arma de Ranma sobre los restos de la figura de P-chan. Guardó los documentos en su bolsillo, ya no necesitaba tanta ceremonia. El mundo era un lugar frío, apto para los que tenían la voluntad de vivir por sobre las muertes de muchos otros. Quizás le había hecho un favor a esa chiquilla impidiéndole descubrir una realidad donde su alma sería finalmente corrompida, y conservar así su pureza para la eternidad.
—Ordena que cesen el ataque y regresen —dijo a su hombre mientras cruzó por delante de él.
—Pero señor, esa mujer conoce nuestra existencia —respondió. Saigo se detuvo repentinamente—, puede ser peligrosa…
Lo abofeteó furioso rompiéndole la boca.
—Te he dado una orden. Nodoka Saotome vivirá, a lo menos por hoy.
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En las afueras del templo un vehículo negro de vidrios polarizados lo esperaba, rodeado por un grupo de hombres formados a ambos lados. Uno de ellos le abrió la puerta. Al acomodarse en el interior inclinó el rostro con las manos tensas sobre las rodillas. Lo había hecho, había derramado la sangre de un imperio, y pronto deberán seguir otros más hasta borrar por completo los errores de la historia.
—Debemos completar los preparativos —dijo pensativo, como si estuviera dándose una orden para sí que lo obligara a moverse, a superar el dolor que carcomía su pecho.
—¿Y la familia de la muchacha? Aún no hemos terminado, jefe —habló uno de sus matones, de contextura enorme, gran corpulencia, calvo y mirada ladina, que se sentaba adelante en el lugar del copiloto. Por su actitud parecía no temerle a su líder como lo pasaba con el resto de los hombres del Ishin Shishi.
—Ellos están muertos...
—Es un error, jefe, y lo sabe.
Saigo alzó el rostro lentamente, alzó una ceja, atento a lo que le decía su subordinado.
—No hemos podido encontrar los cuerpos, hay una posibilidad de que sigan con vida. La maldición de la celosa Amaterasu no desaparecerá hasta que hayamos borrado a todos sus descendientes del mapa.
—Ese asunto tendrá que esperar. La fiesta del primer ministro será en unos días y debemos comenzar a movilizar a nuestras fuerzas.
—Pero, ¿y si de verdad siguen con vida…?
—¡No tengo tiempo para corregir uno más de tus estúpidos errores! Nada de esto hubiese sido necesario si te hubieras encargado de nuestra princesa en su casa como te ordené.
—N-No sabía que ese entrometido muchacho estaría allí…
—Tampoco era necesario que volaras todo un hotel lleno de inocentes. ¿Y ahora pretendes que desperdiciemos más de nuestros valiosos recursos, buscando bajo cada piedra hasta calmar tu conciencia?
—Yo no…
—Silencio, es suficiente —Takamori hizo un gesto con la mano.
El conductor asintió y el automóvil comenzó a moverse. Aquel corpulento hombre se enderezó en su asiento dando un lastimoso suspiro, mirando por la ventana la oscura silueta del templo en lo alto de la colina, susurrando para sí.
—Siempre fuiste blando de corazón, jefe.
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Nodoka revisó el cargador, apenas le quedaban dos balas. Alzó la cabeza con atención intentando escuchar algún ruido. Los disparos habían cesado. Se asomó rápidamente apuntando con el arma y buscó. Alcanzó a ver las últimas siluetas alejándose, desapareciendo entre los árboles. En lugar de sentir alivio un oscuro presentimiento alimentó de desazón su ya cansado espíritu.
Corrió colina abajo, se movió entre las raíces expuestas del bosque y matorrales, con precaución, temía a una trampa. Luego quiso trepar por la colina a los pies del punto más alto del templo. Cuando llegó a la base de intrincadas columnas de madera se quedó quieta.
Nodoka no esperaba presenciar tan escabrosa escena, ni en sus peores pesadillas. Dio torpes pasos hacia adelante, dejó caer el rifle y con una mano se arrancó la gorra china desarmando por accidente el apretado moño del cabello. Sus cabellos cayeron y se desenrollaron sobre sus hombros cubriéndole la espalda y brazos.
Su hijo Ranma se encontraba allí, a pocos metros, cubierto de sangre y suciedad. El joven parecía una estatua, quieto, frío, confundiéndose con el lodo y las rocas, sin vida. Un cuerpo sin alma. En sus brazos sostenía el cuerpo inerte de la chiquilla apretándola contra su pecho. El único movimiento que hacía era el de los brazos que sin fuerzas intentaban luchar por mantenerla a ella lo más cerca que podía de su corazón.
Los brazos de Akane colgaban con las manos sobre el lodo. Su cabeza se inclinaba en el hombro de Ranma, pálida, con los labios de un frío tono morado y las marcas secas de las lágrimas en las mejillas.
Ranma levantó el rostro para encontrarse con su pasmada madre.
—Está… muerta.
Ranma lloraba como lo había visto hacerlo sólo una vez, cuando era casi un bebé siendo apartado de ella por la maldita voluntad de su padre.
—¡Está muerta, muerta por mi maldita culpa!... ¡Akane, estúpida, por qué…!
Ahogó el lamento ocultando su rostro en el pecho duro y frío de ese frágil cuerpo sin vida.
Nodoka todavía no entendía lo que estaba sucediendo negándose a aceptarlo. Dejó caer el peso de su cuerpo sobre las piernas dobladas. Cubrió su rostro con ambas manos.
«Kimiko, te he fallado».
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¿FIN?
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Notas del autor: si este fic continúa o no, no se los diré. Para ello tienen que averiguarlo en el sitio de Fantasy Fiction Estudios en Facebook, o en cualquiera de los canales oficiales de FFE. Vínculo en mi perfil.
¿Me odian?
¿Creen que esto es un vil chantaje?
Pues sí, lo es. Jamás dije que yo era un escritor de buen corazón. Además, ¿qué sería de la vida sin un poco de misterio, mis estimados detectives?
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Noham Theonaus.-
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