Advertencia: Este capítulo contiene escenas de contenido sexual, abstente de leer si eres susceptible a este contenido.
Capítulo 10
Terry fue el primero en despertarse. Le dolía todo el cuerpo como si le hubieran dado una paliza, pero no había sido el dolor de la espalda lo que lo había despertado, sino notar la mano de Candy en su abdomen y sus labios en el hombro. ¿Habían dormido juntos y no se acordaba? Era imposible. Si uno de sus sueños se hacía realidad, tenía que acordarse. Además, era imposible que él hubiese podido hacer nada. Por mucho que deseara a Candy, y la deseaba mucho, estaba demasiado enfermo como para hacerle el amor. ¿O no? Iba a volverse loco. Tenía que saberlo, y el único modo era preguntárselo al duende que tenía pegado a su costado.
—Candy, despierta. —Ella se acurrucó aún más. Él estaba encantado, pero entonces notó que ella desplazaba la mano que tenía descansando en su cintura más abajo. Peligro. Si bajaba un centímetro más, notaría lo recuperado que estaba. Le cogió la mano e insistió—. Candy, despierta.
Lentamente, ella abrió los ojos y se desperezó. Cuando su cerebro conectó todos los cables y se dio cuenta de dónde estaba, se despertó del todo, y se incorporó sobresaltada.
— ¿Cómo te encuentras? ¿Tienes fiebre? —Le tocó la frente, que ahora ya estaba fría—. Voy a buscarte las pastillas. —Iba a levantarse cuando Terry la detuvo.
—Estoy bien. —Le cogió la muñeca y, por algún extraño motivo, no quería soltarla—. ¿Qué haces en mi cama? —preguntó él un poco sonrojado.
Candy pensó que era fantástico ver que él también podía sentir vergüenza.
— ¿No te acuerdas? —Candy se apartó el cabello de la cara. Siempre se levantaba hecha un desastre, y en ese instante Terry vio el morado que le estaba apareciendo en la mejilla izquierda.
— ¿Qué te ha pasado? —Le acarició la cara preocupado—. ¿Cómo te has hecho esto?
Al principio, Candy no sabía de qué hablaba, pero cuando notó la punzada de dolor debajo del ojo se acordó del golpe que se había dado contra la mesilla al caer.
—No es nada. Voy a la cocina a por tus medicamentos. —Él seguía sin soltarla. Había algo raro en Candy aquella mañana—. Terry, ahora vuelvo. —Se liberó de la mano que le agarraba la muñeca.
«Gracias a Dios», suspiró Candy. Ya no podía más. Si llega a estar dos minutos más sentada en la cama con Terry mirándola con aquellos ojos y con la camisa del pijama desabrochada, se muere o se lo come a besos. Por desgracia, ninguna de las dos opciones era posible, así que tenía que recomponerse y seguir con su vida. Tardaría unos mil o dos mil años en olvidar a aquel hombre, pero lo lograría. Mientras, lo mejor que podía hacer era disfrutar de su amistad y sacar el máximo provecho de su experiencia británica. Ya lo había decidido, ahora sólo tenía que creérselo y llevarlo a la práctica. Bebió un vaso de agua y preparó otro para su enfermo, tomó las pastillas, puso su mejor cara de «sólo somos amigos» y regresó a la habitación.
Cuando entró, vio que Terry se había abrochado la camisa del pijama y estaba sentado en la cama. Tenía la mirada ausente.
—¿Te sientes mal? Tienes que tomarte estas pastillas —dijo ella, acercándole el vaso de agua.
—Gracias. —Se tomó las pastillas, cerró los ojos, como si intentara pensar, y cuando volvió a abrirlos buscó con la mirada a Candy—. ¿Cómo te diste ese golpe en la mejilla?
—Me caí y me golpeé con la mesita de noche. No es nada —respondió ella sonrojada.
—Ya. Candy, te lo preguntaré directamente, ¿te lo hice yo? No sé qué me pasa, no puedo acordarme de nada. —Terry estaba nervioso y no dejaba de tocarse el pelo—. Lo último que recuerdo es que te pedí que llevaras los artículos a Tom, ¿lo hiciste? Vaya tontería, seguro que sí. Esto ya me pasó una vez de pequeño, la fiebre se me disparó y... no sé, mi abuela dice que no paré de hablar, pero yo nunca logré acordarme de nada. Candy, por favor, dime si te lo hice yo antes de que me vuelva loco. —La miró directamente, esperando la respuesta.
—Claro que no, tú eres incapaz de hacerle daño a nadie.
Estaba tan preocupado que Candy decidió no contarle nada de sus pesadillas. Ya encontraría la manera de ayudarlo más tarde.
—Ya sabes que soy torpe; tropecé al salir de la habitación con las luces apagadas. No te preocupes, ahora lo más importante es que te pongas bien. Anoche estabas ardiendo de fiebre, casi me muero del susto, por eso me quedé aquí. —Candy no podía dejar de tocarle la frente, necesitaba saber que ya estaba bien, y a Terry parecía no importarle—. Ahora descansa, yo voy a ducharme para ir a trabajar y, antes de que lo intentes, no, tú no vas a ir a trabajar, te vas a quedar aquí recuperándote, ¿de acuerdo?
Dicho esto, se levantó y le acarició el pelo por última vez.
—De acuerdo. —Terry la miraba hipnotizado. Realmente era preciosa. ¿Cómo había sido capaz de estar tantos días sin apenas verla y sin tocarla? Debía de estar loco. No había escuchado nada de lo que le había dicho, sólo estaba concentrado en que no paraba de acariciarlo, le tocaba la frente, el pelo, como si no pudiera evitarlo. Cuando ella se levantó de la cama, reaccionó y le tomó la mano—. Candy, gracias por cuidarme. —Le besó el interior de la muñeca.
—De nada. —Y salió ruborizada de la habitación.
A partir de ese momento, la relación entre Candy y Terry cambió; dejaron de evitarse y volvieron a pasar más ratos juntos. Candy había perdido la oportunidad de alquilar el apartamento, pero ahora que las cosas volvían a estar bien, estaba encantada de que hubiera sido así. Terry tuvo que quedarse en cama un par de días, pero al empezar la semana siguiente volvió a incorporarse a la revista como si nada hubiera pasado. Seguía muy preocupado por los robos de los artículos, pero ya no utilizaba el trabajo como excusa para llegar tarde a su casa. Le encantaba cenar con Candy, hablar con ella, contarle cómo le había ido el día y que ella le contara sus aventuras. Le encantaba oírla hablar de la nueva tienda que había descubierto, del último chisme que su hermana Karen le había contado o, sencillamente, mirar la tele con ella. El único problema era que cada día tenía más ganas de tocarla, y debía hacer esfuerzos para recordarse que él no era el hombre que ella necesitaba. Candy era dulce, romántica y se merecía un hombre capaz de amarla con locura. Y si algo había aprendido de su padre, era que él nunca iba a amar de ese modo. Con lo que tenía resuelto; Candy y él sólo serían amigos.
Unas semanas más tarde, Terry estaba revisando unos documentos cuando Tom salió de su despacho y lo llamó.
— ¿Puedes venir un momento?
— Sí, claro. —Se levantó y apagó la computadora. Últimamente no se fiaba de nadie y, siempre que él no estaba delante, bloqueaba su computadora.
— ¿Pasa algo? Se te ve preocupado. —Terry se sentó y cogió la pelota antiestrés que Tom tenía encima de su mesa.
—Sí. ¿Quieres dejar esa pelota? Lo siento, estoy nervioso. —Tom andaba de un lado a otro—. ¿Has descubierto algo sobre el robo de los artículos?
—No, aún no. He estado preguntando y nadie parece saber nada. Incluso he hablado con un periodista de la revista The Scope y para él los artículos eran originales. Parece como si no hubieran existido antes de que ellos los publicaran. Todo sigue siendo muy confuso. ¿Por qué lo preguntas? ¿Has averiguado algo?
—No, bueno, no sé. He estado pensando que la persona que roba los artículos tiene que trabajar aquí. Antes de que te sulfures, escúchame. Tú mismo lo has dicho, es como si los artículos nunca hubieran existido, sólo había tenido acceso a ellos nuestro personal. Los únicos que nunca han sido robados son los que escribes tú, y ni siquiera yo conozco los códigos de tu ordenador. Tiene que ser alguien que trabaje aquí y a quien no le gustamos demasiado.
— ¿Adonde quieres llegar? —Terry estaba cada vez más confuso. A él no le gustaba desconfiar de sus compañeros. Algunos de ellos eran además sus amigos, pero la idea de Tom no era totalmente descabellada.
—He pensado que podríamos echar un vistazo a los currículos de todos, a ver si encontramos alguna pista. Yo empezaré con el equipo de dirección y los administrativos. Tú empieza con los periodistas, fotógrafos y diseñadores. ¿Te parece bien?
—No, no me parece bien, pero acepto; quizá pueda sernos útil. Pero con una condición.
—Tú dirás.
—Sólo lo haremos tú y yo. No quiero que nadie más se entere, y cualquier cosa que encontremos la hablaremos antes de hacer nada. Y, Tom, cuando digo nadie es nadie, ni siquiera Neil. —Terry le sostuvo la mirada a Tom.
—Está bien, sólo tú y yo —suspiró—. No puedo entender por qué tú y Neil ya no se lleven bien. Fuiste a la universidad juntos, y ya sé que mi sobrino puede ser un poco difícil a veces, pero su trabajo aquí ha sido muy bueno.
Terry lo interrumpió,
—Como tú muy bien has dicho, Neil puede ser difícil. Dejémoslo en que tenemos estilos diferentes. —Terry no tenía intenciones de contarle a Tom que su sobrino era un egoísta que sólo utilizaba a sus amigos, así que decidió cambiar de tema—. ¿Vas a pasar fuera este fin de semana?
—No, y ahora que lo pienso, a Paty y a las niñas les encantaría conocer a tu novia. La verdad es que desde que les conté lo de Candy no hacen más que insistir en que los invite. Vaya, ¡no sabía que fueras capaz de sonrojarte tanto!
—Yo no me sonrojo, y Candy no es mi novia. —Terry se arrepentía ya de haber preguntado por el fin de semana, y apretaba tanto la pelota antiestrés que temía por la integridad del artefacto.
—Suelta la pelota, la vas a romper. Ya, bueno, si no es tu novia es que eres idiota. La última vez que conocí a una chica como ésa, me casé con ella y tú sabes que ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. En fin, piénsalo, Candy, tu no-novia, y tú podríais venir a cenar el sábado y, si quieres, se pueden quedar a dormir. A las niñas les encantaría y a mí me gustaría recordarte quién te enseñó a jugar al ajedrez.
—Está bien, lo pensaré. Pero prepárate para perder miserablemente.
—¡Ya, sigue soñando! Sal de aquí y vuelve a trabajar.
Candy no había visto a Terry durante todo el día. Era raro. Desde que habían vuelto a hacer las paces, él iba a saludarla en algún momento; seguro que había estado muy ocupado. La verdad era que ella también lo había estado. Además, ese día se sentía muy melancólica; al marcar la fecha en el calendario que tenía encima de su escritorio, se había dado cuenta de que prácticamente sólo le quedaban dos meses para volver a Chicago. Dos meses. Era muy poco. En ese instante sonó el teléfono.
— ¿Diga?
—Candy, soy yo. —Era Terry—. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú? Hoy no te he visto. ¿Pasa algo?
—No, nada, lo de siempre, trabajo. —«Y que no paro de pensar en ti», se dijo para sus adentros.
— ¿Puedo hacer algo? —preguntó Candy.
—No, pero gracias por preguntar. Nos vemos luego en casa. —Terry se dio cuenta de que le encantaba tener ese tipo de conversación con ella.
—Sí, claro, hasta luego. —Y colgó el teléfono.
Tras esa conversación, Terry se quedó pensativo. Era incapaz de recordar lo que había pasado la noche en que se puso enfermo, pero se acordaba perfectamente de que antes de que se fueran a dormir, Candy le había dicho que iba a alquilar un nuevo apartamento. Supuso que al haber estado cuidándole durante todo el fin de semana no había podido ir a finalizar los trámites, pero le inquietaba saber si continuaba teniendo esa idea en mente. Él no quería que ella se fuera de su casa. No quería perderla antes de que ella regresara a Chicago. Tenían que aclarar ese tema antes de que fuera demasiado tarde, pero no sabía cómo plantearlo. Cerró los ojos un instante para pensar y de repente tuvo una idea. Ella siempre le cocinaba platos maravillosos, había llegado el momento de que él hiciera lo mismo. Seguro que en Internet encontraría alguna receta que podría serle útil. Buscó por unas cuantas páginas y, cuando dio con lo que necesitaba, apagó el ordenador y ante la mirada atónita de Tom y Amanda, se fue a su casa.
Cuando Candy salió del trabajo, decidió replantearse su actitud. Era verdad que ya sólo le quedaban dos meses y pico, pero estaba en sus manos hacer que fueran increíbles, tenía que disfrutarlos al máximo. Era cierto, Chicago y Londres no estaban precisamente al lado, pero seguro que seguiría viendo a sus amigos. Lo de Terry ya era más complicado. Desde que estuvo enfermo, Candy había decidido dejar de engañarse: estaba enamorada. Pero no como lo había estado de pequeña, no, nada que ver. Ahora lo conocía, sabía que era un buen amigo, que era un nieto fantástico y que estaba muy herido y confuso. Tal vez pudiese ayudarlo de alguna manera. Tenía algo más de dos meses para averiguar qué había pasado con su padre y con su madre y, quizá, cuando se fuera, él la echaría tanto de menos como ella a él. No había tiempo que perder. De camino al apartamento, decidió poner en marcha su plan y llamó a Nana. Desde que llegó a Londres, se habían visto en un par más de ocasiones, y Candy estaba convencida de que era la aliada que necesitaba.
—¿Diga?
—¿Nana? Soy Candy, la amiga de Terry. —Las risas de Nana la interrumpieron.
—Candy, ya sé quién eres, no hace falta que me lo recuerdes. ¿Cómo estás? ¿Van a venir pronto? El pasado fin de semana Terry no me llamó. ¿Ha pasado algo?
—Estoy bien. No creo que podamos ir este fin de semana, Terry tiene mucho trabajo, ha estado enfermo, por eso no te llamó, y a mí se me pasó. Lo siento.
—¿Enfermo? Terry nunca está enfermo. —Nana parecía preocupada.
—Pues esta vez sí. La verdad es que me dio un susto de muerte. Tuvo tanta fiebre que pensé... En fin, por suerte ya está bien.
—Candy, ¿de verdad está bien? De pequeño una vez le subió mucho la fiebre, tuvo pesadillas y llegó a delirar. Lo pasó muy mal. Espero que esta vez no haya sido así.
Candy decidió arriesgarse y seguir con su plan.
—Sí, también fue así. Él no se acuerda y yo no se lo he contado. Nana, he llamado para pedirte un favor. —Esperó la respuesta mientras oía cómo Nana suspiraba:
—Sabía que no me equivocaba contigo. Dime, ¿qué necesitas?
—La verdad. Quiero saber qué le pasó al padre de Terry, quiero saber por qué Richard empezó a beber y por qué no le importó que su hijo lo viera todo. Quiero saber por qué Terry tiene miedo del amor.
Silencio otra vez.
—Candy, Richard era mi hijo, le quería, le querré toda mi vida, aunque no pueda perdonarle. No estoy dispuesta a que Terry pase otra vez por ese infierno. Así que, dime, ¿por qué quieres saberlo?
—Porque lo quiero y quiero ayudarlo.
—Ésa es una gran razón, la mejor. —Suspiró—. La próxima semana tengo que ir de visita a Londres, te llamaré. Podemos vernos entonces y te contaré todo lo que sé. —Volvió a suspirar.
—Gracias, no puedo ni imaginar lo difícil que debió de ser todo para ti.
—Sí, pero Terry merecía la pena. Es un chico fantástico y creo que tú eres una chica fantástica. Nos vemos en unos días y, Candy, si quieres un consejo...
—¿Sí?
—No le cuentes nada aún a Terry.
—No iba a hacerlo.
—Ja, ja, ja... sabía que eras lo que él necesitaba. Besos.
—Adiós.
Candy colgó el teléfono. Ahora sólo tenía que esperar.
Terry puso música y empezó a cocinar. Sinatra. Si a Candy lo ayudaba a lo mejor a él también le funcionaría. La receta que había encontrado era para preparar fideos tailandeses. Siempre le había gustado la comida oriental, y durante los últimos meses había probado muchos platos nuevos. Por otra parte, en Londres era muy fácil encontrar todo tipo de ingredientes.
Cuando Candy entró en el piso, tuvo que parpadear dos veces. No podía creer lo que estaba viendo.
—Terry, ¿estás cocinando? — Preguntó mientras se quitaba la chaqueta y la colgaba en la entrada—. Esa fiebre debió de afectarte más de lo que pensaba.
—Muy graciosa. Sal de aquí —le dijo Terry, que estaba muy ajetreado en la estufa.
—Huele muy bien, ¿qué es? —Candy se apoyó en la puerta para no molestar al chef.
—Son fideos tailandeses, es una receta que he encontrado por Internet. No te atrevas a reírte y sé amable. —Se enjugó el sudor de la frente y repasó las instrucciones de nuevo—. Es la primera vez que los hago, así que no esperes demasiado.
—Seguro que te quedarán buenísimos. —El corazón de Candy empezaba a estar descontrolado. Resistirse a Terry en estado normal ya era difícil, pero ese Terry tímido e inseguro era letal para sus sentidos—. Tiene muy buena pinta.
—Bien, pero hazme un favor, no se lo digas a mi abuela, o si no, cuando vaya a su casa me va a tener esclavizado cocinando para ella.
Los dos sonrieron, pero Terry seguía preocupado pensando en que Candy decidiera finalmente mudarse.
—Tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo. Soy una tumba. —Volvió a sonreír—. ¿Qué hago? ¿Pongo la mesa?
—¿Por qué no vas primero a cambiarte? Pareces cansada y ahora que lo pienso, ¿por qué llegas tan tarde?
—Porque me he parado a alquilar una película. Como creía que ibas a llegar tarde...
—¿Qué película es? —Terry estaba concentradísimo en su receta.
—Drácula.
—¿Drácula? ¿La versión de hace unos años?
—Sí, ésa. A mis hermanas y a mí nos encanta, y cuando alguna de nosotras está un poco «depre» o tiene mal de amores, la vemos juntas, lloramos, luego nos reímos de nosotras mismas y todo nos parece menos grave.
—Bien, bueno, creo que no lo entiendo, pero si quieres podemos verla. Aunque no esperes que llore.
Candy se rió.
—No te preocupes. Si además de cocinar lloras al ver Drácula, tendré que casarme contigo. —A Terry se le cayó la espátula de la mano—. Es broma. Voy a cambiarme.
—Date prisa, esto casi está. —Terry recuperó la compostura y probó los fideos con la cuchara de madera para ver si necesitaban sal. Al comprobar que sabían bastante bien se sintió muy orgulloso de sí mismo.
Candy regresó en menos de cinco minutos, y cuando fue a poner la mesa se llevó otra sorpresa. Terry había comprado flores. No iba a poder resistirlo.
—¿Flores?
—Sí, las he visto mientras compraba las verduras y he pensado que te gustarían —contestó desde la cocina—. ¿Te gustan?
—Son preciosas. —Como no sabía qué más decir se concentró en poner la mesa. Candy dudó que jamás lograra recuperarse de esa cena.
Terry apareció con un plato en cada mano.
—Bueno, a ver qué tal me ha salido esto.
—Ya te he dicho antes que huele muy bien.
—Gracias. Ahora a ver qué tal sabe.
Los dos probaron la comida.
—Genial. De lo mejor que he comido nunca. Te felicito.
—No exageres —respondió Terry un poco incómodo por el piropo. Tras unos segundos, se le dibujó una sonrisa en los labios—. Acabo de darme cuenta de una cosa.
—¿De qué? —preguntó Candy llevándose el tenedor a la boca.
—Si he cocinado yo, a ti te toca limpiar. —Le guiñó un ojo.
—Ésas son las normas —convino ella también sonriendo.
—Pues te advierto que he ensuciado mucho.
—No importa.
Comieron unos minutos más en silencio hasta que Terry ya no pudo aguantar y le preguntó directamente:
—¿Sigues teniendo intención de mudarte a otro lugar?
Candy se atragantó con la comida.
—¿Quieres que lo haga?
—No —respondió él sin dudar ni un instante. Desde la noche en que estuvo enfermo, Terry había empezado a plantearse que tal vez estuviera equivocado. Tal vez enamorarse no fuera tan malo; además, era incapaz de imaginarse sintiendo todo eso por alguien que no fuera Candy. Aún tenía muchas dudas, pero lo único que tenía claro era que no quería que ella se fuese de su casa.
—Entonces no lo haré. La verdad es que yo tampoco quiero. —Se limpió los labios y continuó—. Ahora que tú y yo volvemos a ser amigos, no me apetece vivir sola. —Sintió la tentación de confesarle que lo echaría de menos, pero no se atrevió, y en vez de eso dijo—: ¿De verdad no te molesta que me quede?
—Pues claro que no. Todo lo contrario. —Bebió un poco de vino—. Me alegra ver que volvemos a ser amigos, echaba de menos... —Como no sabía cómo describir lo que había entre ellos, movió las manos—... esto.
—Yo también. —«Sea lo que sea», pensó Candy.
—Recuerdo que me dijiste que estabas a punto de firmar el contrato de alquiler. ¿Llegaste a hacerlo? —Terry hablaba sin apenas mirarla. Estaba nervioso.
—No. Estabas tan enfermo que al final no fui —respondió Candy también nerviosa. No quería decirle que estaba tan preocupada por él que se había olvidado completamente del tema.
—Lo siento.
—No te preocupes. Le pedí a Anthony que llamara a la inmobiliaria para anular la cita. —Anthony se había portado como un sol. Tan pronto como supo que Terry estaba enfermo, se ocupó de solucionar el tema, y cada día la llamaba para preguntarle cómo iban las cosas. Candy se alegraba mucho de contar con alguien como él, pero por la cara que puso Terry, vio que él no pensaba lo mismo. Candy quería confesarle que sólo eran amigos, pero como Anthony le había aconsejado que aún no dijera nada, se mordió la lengua. Los consejos de ese adorable canalla solían ser acertados. Candy optó por cambiar de tema—. ¿Te ha pasado algo interesante hoy?
—He tenido una reunión con Tom. —Terry se dio cuenta de que ella no quería hablar de Anthony. Bebió un poco de vino y pensó que ya volvería a sacar ese tema más tarde. Por el momento prefería seguir disfrutando de la tregua que se había instalado entre ellos.
—¿Ah, sí?
—Sí, y el sábado nos ha invitado a su casa de campo. Su mujer y sus hijas quieren conocerte. ¿Te apetecería ir? Si no, no pasa nada, pero he pensado que podría estar bien. —Terry intentó que su tono de voz no delatara lo importante que era su respuesta para él.
—Sí, podría estar bien. Si tú quieres ir, vamos —respondió Candy, aunque no sabía por qué querían conocerla.
—Entonces iremos. —Terry acabó de comer—. ¿Has terminado? Pues siéntate en el sofá y prepara la película mientras yo ordeno esto.
—De eso ni hablar. Hoy me toca a mí recoger. —Se levantó y recogió los platos.
Terry puso la película en el DVD y se sentó a esperar a Candy. No le gustaba nada que estuviera recogiendo la cocina sola, pero ella había insistido en que ésas eran las normas.
— ¿Tienes velas? —preguntó Candy al salir de la cocina.
— ¿Velas? —Se sorprendió Terry—. ¿Para qué?
—Una película como ésta no se puede ver con luz normal. —Candy lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Ah, claro, perdona. Supongo que en el último cajón del mueble que está al lado de la tele habrá algunas. Aunque no sé si será lo que buscas. Las compré el año pasado, cuando hubo unos cortes de luz. —Terry se levantó y empezó a rebuscar dentro del cajón—. Aquí están. ¿Éstas te parecen bien? —Le ofreció tres velas.
Candy las cogió, las colocó encima de la mesilla baja y las encendió. Luego apagó la luz y se sentó en el sofá con las piernas cruzadas, como una india. Le encantaba sentarse así para ver películas.
—Vamos, Terry, ven aquí. —Dio unos golpecitos al sofá indicando que esperaba que él se sentara a su lado.
—Ya voy. —Terry aún estaba de pie, observando el ritual de Candy. Al ver que ella ya lo daba por finalizado, se acercó al sofá y, para mantener un poco las distancias, puso un cojín entre los dos con la excusa de apoyarse mejor. No quería estropear la noche, y si se sentaba demasiado cerca no se veía capaz de controlar las ganas que tenía de besarla.
La película empezó. Terry no la había visto, pero estaba más interesado en mirar a Candy que en otra cosa. Era fascinante ver cómo se sorprendía, se asustaba, y eso que, según ella, ya la había visto un montón de veces. Pero cuando Drácula intenta morder a Keanu Reeves, a quien, en opinión de Candy y sus hermanas, habría que considerar patrimonio de la humanidad, ella se abrazó a él y Terry se quedó petrificado.
—¿Qué te pasa?
—Odio esta escena. Me pone los pelos de punta. —Candy tenía la cabeza pegada a su pecho.
—Pero si ya la has visto, ya sabes lo que va a pasar. —Terry estaba perplejo, y empezaba a costarle respirar; por no hablar del problema que empezaba a tener entre las piernas.
—Ya sé que no tiene lógica, pero no puedo evitarlo. Cuando acabe, me avisas. —Ella seguía sin moverse y su cerebro no paraba de repetirle que le encantaba el olor de Terry.
—Ya está, ya ha salido de la habitación, ya puedes darte la vuelta.
Él no hizo ningún esfuerzo para que ella se soltara.
Candy se volvió, pero no recuperó su posición inicial, sino que se quedó a su lado, apoyó la cabeza en el pecho de Terry y puso la mano encima de su cadera. La excusa de los sustos de la película era perfecta, pero además a él parecía no importarle; incluso se movió para que ella pudiera acercarse más y le rodeó la espalda con un brazo. A medida que la historia de Drácula avanzaba, Terry y Candy estaban cada vez más abrazados, él le acariciaba el brazo cuando ella se asustaba y ella le recorría suavemente con las manos los abdominales o el muslo. Ninguno de los dos decía nada. Cuando llegó la escena final, Candy empezó a llorar. Fue a enjugarse las lágrimas con la manga de la camiseta, pero notó cómo Terry se incorporaba y le cogía la cara entre las manos. Seguro que se reía de ella. Pero no, sin decir nada, recogió con el pulgar una de sus lágrimas, la miró directamente a los ojos, sonrió y susurró:
—No llores. Sólo es una película. —Seguía acariciándole las mejillas.
—Es tan triste. —Candy continuaba llorando—. Se quieren tanto. Todas las historias de amor que me gustan acaban mal.
—¿Todas? —Ahora él le acariciaba el pelo, parecía totalmente concentrado en desenredárselo.
—Todas. —Dejó de llorar y sintió cómo a cada pequeña caricia de Terry, se le aceleraba el pulso Si no la soltaba, iba a tener un problema—. Ya estoy bien.
—Yo no.
La miró a los ojos. Le temblaban las manos; bajó suavemente la cabeza y la besó. Eran unos besos suaves, ligeros, como de mariposas. Le besó las mejillas, los párpados, los labios, la nariz. Candy estaba perpleja, las veces anteriores en que Terry la había besado era como si no pudiera evitarlo, pero en esa ocasión era como si quisiera hacerlo, como si ella fuera lo único que le importara. Terry le cogió las manos y empezó a besarle las puntas de los dedos.
—Terry, ¿qué haces? —A Candy empezaba a costarle respirar.
—Besarte. Pero no debo de estar haciéndolo muy bien si tienes que preguntármelo. —Él sonrió, pero siguió con el camino de besos que estaba dibujando ya en su muñeca.
—No, lo haces muy bien. Estoy segura de que te lo habrán dicho muchas veces. Demasiadas. Lo que quiero saber es por qué. —Candy cerró los ojos, Terry le estaba besando el cuello y le acariciaba la espalda.
—Nunca nadie como tú. Candy, ¿me escuchas? Nunca ha habido nadie como tú. Me estás volviendo loco, no puedo concentrarme en el trabajo, ando como trastornado todo el día, pensando en lo que debes de estar haciendo, y por las noches no puedo dormir. Estas últimas semanas me he dado cuenta de una cosa. —Se separó un poquito de ella, aunque sin soltarle las manos, quería seguir tocándola—. No sé cómo decirte adiós.
A Candy le temblaba el labio inferior y volvía a estar al borde de las lágrimas.
—Pero tampoco sé cómo pedirte que te quedes.
Entonces la soltó para pasarse las manos por el pelo nerviosamente.
—¿Quieres que me quede? —Candy le acarició la rodilla.
Terry se levantó y empezó a pasear por delante del televisor, que ahora tenía la pantalla azul.
—Sí, creo que sí. Pero me da miedo. No se me da muy bien lo de necesitar a los demás. Nunca me he en... —antes de decir «enamorado», rectificó—, sentido tan bien con nadie, pero no sé si puedo. No sé si tengo determinados sentimientos o, mejor dicho, no sé si quiero tenerlos.
—Tranquilo. —Candy se puso también de pie y le acarició la espalda.
—No quiero hacerte daño. No me lo perdonaría y... —Levantó el labio en una media sonrisa—. Seguramente Albert me mataría.
—No te preocupes, sé cuidarme sola. Los problemas que tengamos, si es que llegamos a tenerlos, los solucionaremos en su momento. Sólo quiero saber una cosa, ¿estás seguro? —Candy se paró delante de él, mirándolo directamente a los ojos.
—Sí —respondió él sin dudar ni un segundo—. ¿Y tú?, ¿quieres quedarte?
—Sí.
Terry soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo en los pulmones, y la besó. Candy estaba apoyada contra la pared, Terry la tenía atrapada, había colocado cada una de sus manos al lado de su cabeza, y con el vientre y las piernas la mantenía totalmente prisionera. Tampoco era que Candy quisiera ir a ninguna otra parte; por nada del mundo. Los besos habían comenzado dulces, despacio, pero ahora eran cada vez más hambrientos. Los dos hacían esfuerzos por respirar, una actividad demasiado sobrevalorada. Terry se apretó aún más contra ella, como si quisiera fundirse con su cuerpo, y abandonó su boca para centrar su atención en su cuello. Le lamió el interior de la muñeca y Candy gimió. Notar los labios de Terry contra su piel era algo que pensaba que no volvería a suceder.
—Terry. —A ella le costaba respirar—. Me tiemblan las rodillas.
—Eso es bueno.
Él seguía besándole el cuello. Con una mano empezó a quitarle la camiseta a la vez que metía una rodilla entre sus piernas. Apretó su erección contra su cuerpo y volvió a besarla. La boca de Candy lo volvía loco, su forma, su textura, cómo temblaba cuando él estaba cerca, cómo se movía al ritmo de la de él. Nunca se había fijado en esos detalles, pero con ella todos parecían importantes. Sus suspiros, sus temblores. Todo.
—Tu olor. Casi me vuelvo loco estas semanas, oliéndote. ¿Sabes que antes de meterme en la ducha huelo tu perfume? —Estaba tan excitado que no se daba cuenta de lo que decía, sólo era consciente de que necesitaba tocarla, besarla, estar dentro de ella. Tenía que recuperar el control o todo acabaría demasiado pronto, y si de algo estaba seguro era de que Candy merecía más que un revolcón rápido en el suelo. Así que dejó de besarla y volvió a centrar su atención en su cuello. Era preciosa, tenía una piel suave y respondía a sus caricias con una naturalidad que lo volvía loco. ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo viviendo con ella sin tocarla todos los días? Los dos habían perdido un tiempo precioso. Candy colocó una de sus manos en su erección, lo acarició y, cuando notó que él se apretaba aún más contra su mano, lo acarició con más fuerza. Apartó la mano un segundo con la intención de repetir la caricia, esta vez sin la barrera del pantalón. Aunque éste no era un gran impedimento: el algodón del pantalón de Terry era delgado, el de unos pantalones que se han lavado mucho, pero él no se veía capaz de aguantar las caricias de Candy directamente sobre su piel. Quería, necesitaba que ella estuviera tan al límite como él antes de hacer el amor. No se planteó el porqué, siempre había sido un amante generoso y siempre se había preocupado de sus parejas, pero Candy era... No sabía qué era, sólo sabía que todo aquello era nuevo para él, y que quería que fuera especial. Tanto en la cama como fuera de ella. Quería que Candy se quedara, que fuera suya. La mordió suavemente. Primero sólo iba a besarla otra vez en el cuello, pero al sentir cómo temblaba, le vino a la cabeza la película que acababan de ver. Era una idea infantil, pero en ese momento pensó que quizá Candy y él sí tenían un futuro juntos, y que quizá estaban destinados a estar el uno con el otro. La mordió un poco más fuerte, sin hacerle daño; nunca le haría daño. Sólo quería sentirla suya, y cuando la notó temblar y apretarse aún más contra su vientre, vio que a ella también le gustaba.
—Creo que empiezo a entender a Drácula, tu sabor es mejor que el olor, más intenso.
Y antes de que ella pudiera contestar, la besó. Un beso húmedo, profundo, que ninguno de los dos podría olvidar nunca. Sus lenguas se acariciaron, ella le mordió el labio inferior y él tomó posesión de su boca. Se saborearon. Para Candy, el sabor de Terry era un sueño hecho realidad, le encantaba cómo su lengua la acariciaba; como si fuera una fruta exótica, como si quisiera impregnarse de ella. Candy se notaba el pulso acelerado, tenía que tocar a Terry, sentir su piel contra la de él, comprobar que su corazón latía tan rápido como el de ella, cómo temblaba si lo tocaba, cómo sudaba al tenerla cerca, de modo que le quitó la camiseta y le acarició la espalda. Cuando sintió que él temblaba tanto como ella, la recorrió un escalofrío. Los labios de Terry volvieron al cuello de Candy. Miró la marca que sus dientes le habían dejado y se la besó, se la chupó. Candy se movía contra su erección, le acariciaba la espalda y le lamió el sudor del cuello. Él centró ahora su atención en los pechos, primero le recorrió el cuello con la lengua hasta encontrar la tira del sujetador, que resiguió hasta llegar a su objetivo. No la desnudó, sino que besó el encaje rosa, se lo acarició.
—Me gusta tu ropa interior. Es femenina y delicada. Como tú —dijo todo esto sin separarse ni dos milímetros de ella. Candy notaba cómo su respiración le acariciaba la piel. No recordaba haber estado tan excitada en su vida. Terry estaba concentrado besándola, y al rozar sus pechos, se excitó aún más al ver cómo se erguían sus pezones contra el algodón del sujetador.
—Terry. —Él le besaba el pecho como si tuviera todo el tiempo del mundo. Con la lengua dibujó su forma, con los labios los resiguió—. Terry. —Candy le apretaba los hombros, y le notaba la espalda húmeda de sudor—. Terry, vamos a la cama.
—No. —En esos momentos estaba muy ocupado besando su estómago. Había dejado los pechos en un intento de recuperar un poco de control, pero las pecas que Candy tenía en el abdomen lo estaban desconcentrando.
—¿NO? —No podía ser que otra vez se apartara de ella. Candy ya notaba las lágrimas en sus ojos cuando Terry añadió:
—No, antes tengo que hacer una cosa.
Él seguía besándole todas y cada una de las pecas que encontraba, pero ahora una de sus manos estaba en la cintura de su pantalón de algodón gris.
—¿Qué es lo que tienes que hacer? —Terry no entendía nada, pero le bastaba con que él no dejara de besarla.
—Tengo que olerte toda, comerte. Además —resiguió con la lengua la forma de sus costillas—, así tú estarás tan excitada como yo.
Él se había agachado y le besaba el ombligo. La mano que había apoyado en su cadera le acariciaba otra vez la espalda y, cuando encontró el cierre del sujetador, lo desabrochó. Entonces Terry se incorporó, volvió a colocarse a su altura y la besó. Candy temblaba. Le devolvió el beso con fuerza, ella también estaba al límite. Él le quitó el sujetador y lo tiró al suelo. Se besaban, y ahora que estaban piel contra piel, los pulsos de ambos se aceleraron, el sudor de los dos, las lenguas de los dos, el corazón de los dos parecían tener el mismo objetivo; entrar en el otro. Candy fue la primera en separarse. Tenía que serenarse, nunca había sentido nada parecido y estaba un poco asustada. Era la primera vez que hacían el amor. La noche en que se acostaron había sido increíble, pero no había sido hacer el amor. Esa noche había habido pasión, fuego, pero ahora, además, había sentimientos. Ahora él le estaba entregando mucho más que su cuerpo y Candy estaba tan excitada que era como si su propia piel le quemara, como si el corazón le explotara. La respiración se le había descontrolado, y ya no sentía nada que no fueran los labios, las manos de Terry sobre ella.
—No tienes que preocuparte por eso. Estoy a punto de...
Él le desató también el cordón de los pantalones con una mano y cayeron al suelo. Bajó la cabeza y le miró los pechos, sin el sujetador eran aún más bonitos, perfectos. Se los besó, esta vez desnudos. Le mordió suavemente cada uno de ellos y luego besó las pequeñas marcas de sus dientes.
—Terry...
Candy ya había perdido totalmente el control, temblaba, y sólo quería que él la tocara, que le hiciera el amor. Terry bajó aún más y volvió a besarle el ombligo y cada una de las pecas que encontró a su paso hasta llegar a la ropa interior. Entonces lamió la piel que quedaba justo sobre la cinturilla, y con una mano empezó a desnudarla.
—Terry. No hagas eso. —Candy tenía la cabeza apoyada en la pared, los ojos cerrados y los dedos entre el pelo de él, que ahora estaba totalmente de rodillas frente a ella.
—No puedo evitarlo. —Le besó el vientre y lenta, muy lentamente, la desnudó—. No puedo dormir pensando en esto. O lo hago o me vuelvo loco. —Le puso las manos en las nalgas y la empujó suavemente contra su boca.
—Terry...
Ella temblaba por completo, las piernas se le derretían, el sudor le resbalaba por el cuello, tenía el pulso descontrolado, y entonces sintió cómo él también se estremecía, cómo la besaba, cómo la acariciaba y cómo aquello le afectaba.
—Terry. —Estaba tan excitada que ni siquiera podía pensar—. Terry, llévame a la cama. —Se mordía el labio inferior—. Por favor...
Él seguía besándola, devorándola, era sexy, dulce, quería absorber su olor, su sabor, su pasión. Candy apretó los dedos que tenía entre el pelo de Terry y sintió cómo se le doblaban las rodillas. Él la cogió en brazos, se levantó y echó a andar. Ella lo besó en el cuello. Le encantaba cómo olía. Candy flotaba, soñaba, seguía besándolo. Entraron en su habitación y la tumbó en la cama.
—Candy, princesa. —Depositó unos besos en sus mejillas—. ¿Estás bien? —Se había tumbado a su lado, con la cabeza apoyada en una mano y con la otra acariciándole un brazo.
—Sí, pero te echo de menos. —Se incorporó y lo besó con pasión—. Quiero hacer el amor contigo. —Le tembló un poco la voz, nunca había estado así con nadie. Evidentemente, había estado con hombres antes, chicos que le habían gustado y con los que había disfrutado, pero nunca con nadie que la completara, que la hiciera sentir que todas las películas de amor tenían sentido.
—Yo también quiero hacer el amor contigo. —Terry pronunció «hacer el amor» como si fuera la primera vez que lo decía, como si le costara creérselo.
Ella volvió a besarlo. No quería que él se preocupara por nada; le acarició el pecho, deslizó su mano hasta el pantalón.
Sus labios empezaron entonces un camino descendente; le besó la mandíbula, la nuez, dibujó sus pectorales con su lengua lenta, húmeda. Le encantaban los ruidos que hacía Terry y sus esfuerzos para no gritar. Llegó a donde quería; le bajó los pantalones, e iba a besarlo, cuando él se incorporó.
—No. —Se sonrojó—. Estoy demasiado... ejem... La próxima vez, princesa. Ahora o entro dentro de ti o pierdo definitivamente el poco control que me queda.
Terry la besó con urgencia y se sentó en la cama. Abrió el cajón de la mesilla de noche y Candy vio con satisfacción que la caja de preservativos estaba tal como la habían dejado la noche que se acostaron juntos. Terry tomó uno y se lo colocó él mismo. No confiaba en aguantar más si dejaba que lo hiciera ella. Se volvió y ella lo abrazó. Volvieron a besarse; era como si nunca fueran a tener suficiente. Candy temblaba otra vez, estaba muy excitada y muy nerviosa, Terry lo notó y dulcificó sus besos, sus caricias.
—Tranquila, yo también estoy nervioso. Pero esto está bien, tiene que estarlo, yo nunca, nunca, había estado así por nadie. —La besó intentando transmitir en su beso lo que no podía decirle con sus palabras—. ¿Me crees? —La miró inseguro.
—Te creo. —Para evitar llorar delante de él en un momento como ése, lo atrajo hacia su pecho y le susurró al oído—: Hazme el amor, Terry. —Le recorrió la oreja con los labios.
Él se estremeció.
—Tus deseos son órdenes, princesa.
Entró dentro de ella con cuidado, quería recordar ese momento, quería saborear cómo era hacer el amor con la única mujer capaz de atrapar su corazón. Por otra parte, pensó que así controlaría un poquito más su propio deseo. Se equivocó. Cuando notó cómo Candy lo envolvía, cómo su cuerpo se fundía con el suyo, perdió el control. Ambos lo perdieron; se movían al mismo ritmo, con el mismo latido, se devoraban, y de golpe todo fue demasiado para los dos; las miradas, los besos, el cielo se derrumbó, el infierno se abrió, todos, todos los tópicos se hicieron realidad, y Candy y Terry entendieron que estaban hechos el uno para el otro, aunque quizá ninguno sabía qué hacer al respecto.
Se quedaron tumbados, abrazados, mirándose el uno al otro asombrados, como si no pudieran creer lo que acababa de pasarles. Él le apartó un mechón de pelo que tenía en la frente, ella lo peinó un poco. Los dos tenían el pulso muy acelerado. Terry fue el primero en hablar.
—Candy… yo. —No continuó, cerró los ojos unos instantes para recuperar el control—. Yo... —No sabía qué decir.
—Tranquilo. A mí me pasa lo mismo.
— ¿Sí? ¿Qué te pasa? —Le cogió la mano y, cariñosamente, le besó los nudillos.
—Que no sé cómo explicar lo que hay entre tú y yo. —Candy se incorporó un poco y le dio un beso muy dulce.
— ¿Y no te da miedo? —preguntó él asombrado de que ella estuviera tan tranquila.
—Un poco. Pero creo que merece la pena que nos arriesguemos.
—Espero que tengas razón. —Terry le pasó la mano por el pelo. Tenía que irse de allí. Necesitaba estar solo para pensar en lo que había pasado—. Tengo que levantarme.
—Claro. —Candy se apartó, pero antes de que él se incorporara del todo, lo cogió del brazo—.Terry, lo único que te pido es que lo intentes. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. —Él le dio uno de aquellos besos que la dejaban sin sentido y se fue hacia el baño.
Candy se durmió en pocos segundos. Nunca había sido tan feliz…
CONTINUARÁ...
Hola niñas lindas! aquí les dejo un capítulo más... espero que les esté gustando la historia.
mil gracias por sus reviews, créanme que los leo todos y me encanta saber que piensan.
besitos y saludos
P.D. Anon, me propusiste algo y pues yo te respondo... pues por mi no hay ningún problema, solo que con una cosita.. y pues es que el reto estaría solo hasta las 19 hrs de donde yo vivo, creo que es 20 hrs Cd. de México... y no es como condicion, la cuestión es que posterior a esta hora ya no podré... si llegan antes, en cuanto lleguen a la meta yo subire el capitulo y si no pues hasta el domingo y no pasa nada. Tengan en cuenta que son 50 reviews más a partir de... 117, que es lo que me marca ahorita el conteo de reviews, así que ya saben si quieren el 12, me avisan! jejeje...
bueno pues ahora si NOS LEEMOS LUEGO...
besitos
