[El bien y el mal]

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A la mañana siguiente del baile, Hans bajó a desayunar muy temprano, se sorprendió de que Anna no se hallara allí, pero al final, pensó que probablemente la princesa se encontraba cansada por lo ocurrido la noche anterior. Él pasó toda la mañana en la villa más cercana mientras terminaba de arreglar un par de negocios para las caballerizas, y regresó cuando ya había caído la noche.

— La cena está lista, Alteza — dijo Clara mientras hacía una breve reverencia. Hans se quitó el abrigo café y se lo dio a la mucama, pues él sabía a la perfección cuanto odiaba Anna que pasara al comedor con aquella prenda. El príncipe estaba lleno de expectativa, pues no había visto a la chica en todo el día y quería compartir una conversación y un buen juego de cartas con ella.

— ¿Dónde está Anna? — preguntó Hans, mientras miraba la mesa de madera, precedida por un triste plato de estofado y un vaso de limonada.

— Su alteza… — empezó Clara preocupada— la princesa Anna no ha salido en todo el día, tampoco ha probado bocado.

— ¿Qué? — preguntó Hans alarmado. — voy a hablar con ella —dijo el príncipe mientras subía las escaleras. Hans se paró en frente de la puerta de Anna y tomó una gran bocanada de aire antes de tocar.

— Anna, soy yo — dijo — ¿puedo entrar? — en ese momento, la puerta se abrió ligeramente y la princesa se asomó por el borde.

— Hola — lo saludó Anna con una leve sonrisa. Hans reconoció de inmediato aquella expresión, fue la misma que tenía durante los días posteriores a su escape de Villa Krieg. Ella estaba completamente deprimida.

— Hola ¿podemos hablar un momento? — preguntó Hans con precaución, ya que no quería que ella lo rechazara.

— Bien — respondió Anna. Hans pasó al interior de la habitación, mientras que ella lo seguía con la mirada. Le preocupaba que nuevamente estuviera adquiriendo la costumbre de hablar en breves monosílabos. El príncipe miró a su alrededor. Anna había pasado en la casa del lago poco menos de tres meses, y ya había tenido la oportunidad de hacer esa habitación suya. Todo en aquel lugar reflejaba a su dueña, las muñecas de trapo en la ventana, las cintas colocadas en el tocador, las flores de las repisas y el aroma. Hans inhaló el perfume mientras tomaba asiento en la silla frente a la cama.

— ¿Qué te sucede? — preguntó Hans sin muchos rodeos.

— Nada importante — contestó Anna —no me siento bien.

— ¿Estás enferma? — preguntó Hans preocupado — puedo mandar llamar al doctor de la corte — sugirió el príncipe. Por primera vez desde que ella le abrió la puerta, él se fijó en su apariencia. Como era de esperarse, Anna se veía pálida, llevaba el cabello suelto y se encontraba vestida con un enorme camisón azul claro con flores bordadas en los extremos.

— No — respondió Anna. En ese momento, Hans recordó los primeros días que la princesa pasó en la casa del lago.

— Anna — empezó Hans mirándola a los ojos — sé que no te encuentras bien, pero tienes que salir de este cuarto y comer algo — dijo el príncipe calmadamente.

— Realmente, no deseo hacerlo — contestó Anna, quien se sentó en la cama en una posición que le dejó ver sus tobillos. Hans reconoció la marca que dejan los grilletes después de haberlos usado por mucho tiempo, aquella cicatriz le era familiar, ya que él también tenía una que obtuvo en aquella época en que viajó como prisionero en un barco hacía las colonias de oriente.

Cualquiera pensaría que se encontraba feliz por que la mujer que le había ocasionado semejante desgracia, se enfrentaba a una situación parecida, pero a esas alturas, Hans sabía que a diferencia suya Anna era inocente, ella no había hecho nada malo y todas sus heridas fueron ocasionadas por un grupo de hombres extremadamente ambiciosos y crueles, como era él en otro tiempo.

Hans no tuvo palabras para reconfortar a Anna, tan solo se paró de su silla y se sentó junto a ella. Hans trató de besarla tomando su mandíbula y rodeándola con su brazo libre, pero ella se asustó y lo apartó.

— Vete, por favor — pidió Anna quien puso sus brazos en su pecho como si quisiera protegerse de él

— Anna yo…

— Hans, no estoy molesta contigo, tu no has hecho nada malo, pero realmente preferiría que te alejaras de mi en este momento. — dijo la chica, por lo que él se retiró sin decir otra palabra.

Hans no sabía como proceder ante el comportamiento de Anna. Ella estaba muy triste, y no podía culparla. Sin embargo, tampoco podía permitir que se dejara morir, pasando días enteros sin comer y sin salir de su habitación. Al día siguiente, Hans decidió hacerle una visita a la reina, quería pedir su consejo.

A pesar de que el príncipe tenía la intención de entrar, hablar con la reina lo más rápido posible y salir nuevamente de allí, hubo algo que se lo impidió. Uno de los sirvientes personales del Rey se le acercó mientras atravesaba el recibidor del castillo y le dijo que él deseaba verlo en aquel momento.

Hans tomó una gran bocanada de aire, y caminó hacia el jardín en donde le esperaba su papá, quien miraba cada una de las rosas del invernadero con el mayor detenimiento. Aquello era típico de su padre, a él le gustaba supervisar cada uno de los aspectos de su castillo de una manera meticulosa y casi enfermiza.

— ¡Hans!— exclamó el Rey al verlo. Hans tuvo un terrible presentimiento de todo aquello. Normalmente, su padre lo trataba de una manera que rayaba en la frialdad propia de un hombre que no considera importante oír a nadie más que así mismo. Sin embargo, allí estaba él, gritando su nombre como si se tratara de su hijo más querido.

— Buenas tardes papá — respondió Hans fríamente — escuché que querías verme— dijo el príncipe.

—Si, Si— asintió el rey mientras tomaba el brazo del príncipe y se alejaban del grupo de jardineros que arreglaban las flores. Fuera los que fuera, aquel asunto debía ser confidencial.

— ¿Qué sucede papá?— preguntó el príncipe frunciendo el entrecejo— si se trata de la venta de aquella cuadrilla, yo...— empezó Hans, pero el rey no lo dejó terminar.

— No quiero hablar acerca de los establos, Hans, la que realmente me interesa es la princesa— dijo el rey. Ahora él estaba seguro, su padre no tenía buenas intenciones.

— ¿Qué es lo que quieres saber? — preguntó el príncipe mientras caminaba al lado del rey.

—Nada en realidad, simplemente quería felicitarte por la forma en que has manejado todo el asunto— comentó su padre con una amplia sonrisa de satisfacción.

—Siempre imaginé que la princesa sería una mujer mucho más dócil. Pensé que con algo de mano dura podría controlarla, pero creo que me equivoque, lo único que he hecho hasta ahora es alejarla de nuestros intereses. Rudi no logró que ella aceptara darle el heredero que necesitamos, pero veo algo muy diferente en ti, Hans— comentó el rey — parece que tu táctica si está funcionando.

—¿De qué táctica estas hablando?— preguntó Hans — ¿qué es lo que quieres de mi? No te entiendo— dijo el príncipe esperando lo peor de aquella conversación.

— ¿Es tan difícil creer que sólo quiero tener una conversación civilizada con mi hijo menor? — preguntó — lo único que deseo es que sepas que reconozco lo que haces. Para ser honesto, nunca pensé encontrar algo especial en ti, después de 12 hijos es difícil sorprenderse, pero tu fracaso en Arandelle me mostró que a pesar de haber fallado hay algo de ambición en ti. Eso es bueno, después de todo, tu eres un Westergard.

— Papá yo...— trató de comenzar Hans,pero el rey no lo permitió.

—Déjame continuar — pidió el rey mientras lo detenía con la mano. — como te decía, me sorprende que conozcas a esa niña mejor de lo que haríamos cualquiera de nosotros, creo que tu sabes como hay que actuar para controlarla, y tengo que admitir que es verdaderamente admirable— dijo. En ese momento, Hans comprendió que su padre pensaba que toda su relación con Anna no era más que una fachada para que ella aceptara tener el heredero Westgard que tanto quería su padre.

Hans pensó cuidadosamente su siguiente movimiento, ya que si contrariaba a su papá podría perder de vista su lado bueno, y lo último que Anna y él necesitaban era enfrentarse a su furia.

— Papá, Anna no es del tipo de personas que reaccionan bien ante la violencia, solo lograría ponerla en contra mía, si se quiere que ella colabore hay que tratarla con delicadeza, no se gana nada siendo cruel con ella— dijo Hans, mientras pensaba que cada una de aquellas palabras era cierta.

— Perfecto, dejaré que lleves adelante tu plan. Te subiré la asignación adicional que te estaba dando por cuidarla, creo que te la has ganado. Nunca pensé decirlo, Hans, pero eres uno de mis hijos más inteligentes políticamente hablando, no sé como no lo vi antes. — comentó el rey mientras le palmeaba la espalda.

— Gracias papá — respondió Hans dedicándole una breve sonrisa.

— Quisiera poder decirle lo mismo a Jorgen, pero creo que tendré que enviar más tropas hacía Arandelle, tengo la impresión que la situación se le está saliendo de las manos— comentó el Rey — tengo una reunión con él en un par de minutos, así que si me disculpas…

— No hay problema, papá — dijo Hans con la misma suave sonrisa en sus labios. El rey de las Islas del Sur se adelantó de vuelta hacía el castillo.

Hans se quedó de pie en medio del jardín, mientras que se veía a sí mismo con quince años, asistiendo al cumpleaños de su madre y sintiéndose mortalmente atemorizado por tener que enfrentarse a sus hermanos. En aquel entonces, soñaba despierto con el día en que su papá estaría orgulloso de él. Sin embargo, aquel esperado momento finalmente llegó, y no se sentía ni la mitad de feliz de lo que siempre pensó. Hans sintió una chispa de lealtad, y se planteó la posibilidad de decirle la verdad respecto a Kristoff. Él sabía que el sirviente en el que tanto confiaba su hermano no era otro que el recolector de hielo.

No obstante, aquel impulso murió tan rápido como había aparecido, al verse nuevamente en el pasado, en aquellos días en los que le escribía detalladas cartas al Rey de las Islas del Sur acerca de Arandelle, con la esperanza de que sintiera algo más que un frio desprecio por él. Pero su padre no era un hombre bueno, pues utilizó todo aquel conocimiento para destruir la felicidad de una de las pocas personas que llegó a amarlo, aunque fuera por un breve tiempo.

En aquel preciso instante, Hans decidió que las Islas del Sur y su Rey podían irse al diablo. Él se mantendría al margen de aquella estúpida guerra, su única obligación era Anna, quien cada día se convertía en un asunto de placer, más que de obligación. Al príncipe poco le importaba lo que hiciera el recolector, lo único que deseaba era que nunca volviera a encontrarse con la princesa.

Hans comenzó a caminar de vuelta al palacio con el propósito de subir a las habitaciones de la reina, y una revelación llegó a él. El príncipe quería a Anna, es más, estaba enamorando de ella, la única posibilidad que tenía de perderla era que los rebeldes de Arandelle ganaran, e hicieran algún movimiento para llevarla de vuelta. Aquello era improbable, pues podrían ganar la guerra, pero invadir un país país solo para rescatar a una princesa era muy diferente, eso solo ocurría en la novelas y las leyendas mitológicas. El único que podría tener un verdadero interés en sacarla de las Islas del Sur era el recolector de hielo.

¿Y si me asegurara de que nunca lo hiciera? — se preguntó el príncipe mientras subía las escaleras de mármol — podría poner a Kristoff al descubierto, lo fusilarían en un cerrar de ojos, y yo…

Hans se detuvo de repente frente al gran ventanal al final de la escalera, era casi enfermizo lo rápido que sus pensamientos habían corrido en aquella perturbadora dirección. Había una corta distancia entre lo bueno y lo malo, y Hans no dejaba de sorprenderse de la facilidad en la que daba los cortos pasos que se requerían para ir en una u otra dirección. El príncipe tomó una gran bocanada de aire, no sabía que le había ocurrido, pero no podía reaccionar de la misma manera que lo había hecho en Arandelle , y ser el mismo sujeto que aún sabiendo cual era la dirección correcta tomaba la equivocada solo porque parecía más sencilla.

— ¿Te encuentras bien? — preguntó Sabrina quien lo encontró parado en la mitad del pasillo con el rostro pálido y la mirada perdida.

— Sí— contestó Hans — sólo estaba buscando a mamá — dijo el príncipe.

— Ella no se encuentra, está en la capital — le comentó la princesa. — ¿quieres tomar el té conmigo? — preguntó. Hans se sorprendió, ella raras veces le hablaba, pues siempre se encontraba demasiado ocupada en sus numerosos embarazos y siendo infeliz como para tener tiempo para otra persona.

— Por su puesto— aceptó dedicándole una amable sonrisa. Hans la siguió hasta la sala de estar de sus habitaciones donde se encontraban un par de niñeras atendiendo a las dos princesas más jóvenes. Su hermano había heredado el maravilloso don de la reproducción Westerguard, él y Sabrina ya tenían seis hijos en doce años de matrimonio, y no parecían querer detenerse allí.

Hans tomó entre sus brazos a la más pequeña quien tan sólo tenía cuatro meses, y jugó el papel de tío feliz, hasta que Sabrina se atrevió a tocar el tema del que había querido hablar desde el principio.

— ¿Cómo se encuentra Anna? — preguntó. Hans reacomodó el bebé en sus brazos.

— No muy bien, para ser honesto — confesó — ha estado deprimida desde nuestra fiesta de compromiso — dijo el príncipe con amargura en su voz.

— Me lo imaginé — comentó la futura reina mordiéndose el labio — todas nosotras hemos llegado aquí casi a la fuerza. Nuestros padres y hermanos arreglaron nuestros matrimonios, así que ninguna tuvo la oportunidad de decidir. Sin embargo, su situación es muy diferente, supongo que es mucho más miserable que cualquiera de nosotros — dijo Sabrina con la mirada ligeramente perdida, y refiriéndose a ella y al resto de las esposas de los hermanos Westergard.

— Me da pena que sea tan joven, y que tenga que pasar por todo esto. Todos saben lo que tu hermano le hizo — dijo con resentimiento.— A juzgar por como te trata, tú eres mucho más amable con ella— añadió la princesa mirándolo con curiosidad.

— Yo no soy Rudi — dijo Hans — sé que no soy un santo, pero no tengo la intención de lastimarla. En realidad, esa fue la razón por la que vine al palacio, quería pedirle a mamá su opinión respecto a una forma para hacerla sentir mejor. Desde el baile, Anna no sale de su habitación, no come y creo que tampoco duerme. Estoy realmente preocupado por ella — le confesó el príncipe.

— Yo podría darte un concejo— propuso Sabrina. — escuché a Caleb decir que Rudi le pidió permiso al Rey para dejarla salir a la capital. Al parecer, ella quería conocer la ciudad, pero su majestad no lo permitió, se suponía que nadie debía saber que se encontraba en las Islas, pero ahora que no es un secreto, tu podrías sacarla a pasear — dijo la princesa dedicándole una sonrisa.

— Eso parece una buena idea— murmuró Hans contemplativamente mientras batía el sonajero en frente de su sonriente sobrina.

—¡Tengo una mejor idea!— exclamó la princesa — llévala a pasar el fin de semana a la ciudad, dentro de dos semanas habrá una mascarada en la Real Galería de Las Islas del Sur, se divertirá muchísimo. Aquellos bailes son muy diferentes a las fiestas de tu padre. Yo también estaré presente. — comentó. Hans sonrió ante la sugerencia.

— Esa es una magnifica idea, a ella le gustan las pinturas y conocer las Islas del Sur le sentaría bien. Anna ha pasado mucho tiempo escondida en el campo, y para ser honesto, yo también— reconoció el príncipe.

Hans regresó a la casa en el lago con su animo renovado, pues ya tenía una idea para hacer que Anna fuera un poco menos infeliz, ahora solo faltaba ver cual sería su opinión al respecto.

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Anna corrió por los pasillos de Villa Krieg, no tenía la menor idea de cómo había logrado evadir a Rudi y escapar de su habitación. Rápidamente, bajó las escaleras y pasó por el lado de las dos mucamas que la miraban sorprendidas y asustadas. Anna abrió la puerta sin el menor cuidado y se apresuró hacía el bosque.

La princesa sabía que no era buena idea internarse en la floresta en la mitad de la noche, máxime, cuando no tenía zapatos y tan solo vestía su camisón. Sin embargo, ella no se hallaba dispuesta a volver a la casa, no permitiría que Rudi volviera a ponerle un dedo encima. Las ramas en el piso le rasparon los pies, y el barro le ensució la ropa. Con el paso del tiempo, a Anna le costaba cada vez más y más trabajo avanzar. Sus piernas aún no se encontraban completamente recuperadas de la tortura de William, por lo que fue cuestión de tiempo antes de que callera sobre el musgo del bosque.

¡Anna! — gritó Rudi. Anna cerró los ojos mientras permanecía acostada boca arriba. Ella sabía que él estaba furioso, su tono le bastó para entender que cuando la encontrara no tendría salvación, pero no le importó, solo quería disfrutar los últimos minutos que le quedaban en paz antes de que la tortura comenzara nuevamente.

Aquí estas, niña estúpida — dijo una voz al tiempo que el príncipe la tomaba firmemente del brazo y la obligaba a ponerse de pie. Sin embargo, Anna era demasiado terca para dejarse llevar sin decir una palabra, por lo que se dejó caer de rodillas en el piso.

¿Así que no vas a pararte? — preguntó Rudi quien la miró a los ojos mientras se ponía sus manos en las caderas. — ¿Qué se supone que voy a hacer contigo? — dijo el príncipe en tanto se colocaba de cuclillas y le tomaba fuertemente el mentón. Sin embargo, Anna no bajó su mirada.

Eres tan terca— comentó el príncipe. Rudi la empujó al piso y se colocó sobre ella, mientras que Anna no podía más que gritar y patear sobre el suelo fangoso en tanto trataba de quitarlo de encima de ella.

Elsa… por favor llévame contigo…

Elsa, te extraño.

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Anna despertó de su pesadilla completamente bañada en sudor. Los recuerdos aún la atacaban en cada tanto, no podía creer lo cerca que se había encontrado de regresar a Villa Krieg. Nadie podría imaginarse cuan agradecida estaba con Hans por haberla llevado a la casa en el lago. Sin embargo, todos los acontecimientos de la noche del baile la habían dejado completamente perturbada.

— Anna — llamó una voz en la puerta, Anna sabía que se trataba de Hans. No estaba segura de quererle abrir, aunque él le hubiera demostrado con sus acciones ser una persona completamente diferente a aquel príncipe ambicioso que conoció en Arandelle año y medio atrás, Anna sabía que estaba enamorándose de ella, y no se sentía completamente fuerte para aceptarlo.

La princesa se sentía avergonzada por haberlo besado con tanta facilidad, pues tan solo le daba la esperanza de un cariño que ella no estaba segura de poderle brindar a nadie más. Rudi la dejó marcada, la arruinó, jamás podría estar con una persona nuevamente, y eso era algo que jamás le perdonaría.

Anna abrió lentamente la puerta, y le indicó a Hans que entrara. El la siguió y se sentó en la silla frente a su cama.

— Hoy pasé por el pueblo y te traje un regalo— dijo Hans algo emocionado, mientras sacaba un paquete envuelto con papel de embalaje y sellado con un cordón. Anna lo tomó y lo destapó. Se trataba de tres libros nuevos.

— Muchas gracias — dijo Anna quien le dedicó una sonrisa al príncipe, él le respondió el gesto y siguió con su discurso.

—Anna, estuve hablando con Sabrina esta mañana, y ella me sugirió algo muy interesante — comentó el príncipe emocionado — dentro de dos semanas habrá una fiesta en la Real Galería de Arte de las Islas del Sur.

— No creo que… — trató de comentar la princesa. Anna se estremeció al escuchar semejante propuesta, lo último que quería hacer era asistir a otro baile, ya que el último había sido completamente catastrófico.

— No es un baile como él que dio papá — se apresuró a añadir el príncipe— es mucho más relajado, y será una mascarada, así que no tendremos problemas. — comentó, pero antes de que Anna pudiera responder él decidió continuar.

— Podríamos quedarnos en un hotel durante ese fin de semana, e incluso podrías conocer la ciudad, sé que te encantará — comentó Hans cada vez con más emoción en su voz. Anna se sintió conmovida por su deseo de complacerla.

— Eso suena interesante — reconoció Anna — ¿podré usar un disfraz? — preguntó Anna quien siempre había querido ir a una fiesta de mascaras como las que daban los miembros de la nobleza de Arandelle.

— Sí, es una fiesta, podrás ir con disfraz y máscara — le respondió.

— Uh, Uh, Uh, ¿podría ir como una Hada? ¿o con algún traje del siglo pasado? Siempre quise ponerme unos de esos vestidos — exclamó Anna quien sin darse cuenta ya estaba comenzando a emocionarse al tiempo que daba pequeños salticos.

— Si, claro.

— ¿Y podremos ir al puerto, a ver los almacenes de la galería y los jardines del rey? — preguntó Anna quien había leído sobre aquellos lugares mucho tiempo atrás.

— Por su puesto — asintió Hans quien por fin veía algo de emoción en los ojos de Anna, que hasta ese día habían permanecido completamente muertos.

—¿Podría pedirle a tu mamá que me ayude a buscar un vestido decente? — preguntó — ella tiene un buen gusto y me ayudaría mucho si lo hiciera — dijo Anna contenta.

— Por su puesto, la harás muy feliz, ese tipo de cosas le encantan— comentó Hans. — perfecto, ya tenemos un plan, espero que te guste la capital, es grande pero sé que la encontrarás divertida — dijo el príncipe antes de pararse y marcharse por la puerta.

Anna se recostó en su cama mientras que abrazaba fuertemente los libros a su pecho. Era verdaderamente halagador ver como aquel hombre era capaz de preocuparse por su felicidad en tal medida. En momentos como aquellos, la princesa tenía problemas para reconciliar la imagen del aquel príncipe amable e interesado en ser una persona mejor, con la del ambicioso noble al que no le había temblado la mano al momento de decapitar a su hermana. Sin embargo, tenía que acostumbrarse al hecho de que se trataba de la misma persona, con la que de ahora en adelante se vería forzada a compartir su vida.

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las dos semanas pasaron, y Anna las pasó nuevamente en la cocina donde los trabajos para renovar la plomería y las estufas no cesaban. Era casi irónico, pero la chica se arrepentía por aquellos días en los que no había salido de su habitación, pues todo su trabajo parecía haberse suspendido.

— He perdido demasiado tiempo — solía decirle a Hans cada vez que él le decía que se tranquilizara, pues no se encontraban en una especie de batalla contra el tiempo.

Sin embargo, el príncipe parecía extasiado al verla trabajando, y rondando por toda la casa como solía hacerlo antes de sentir toda aquella tristeza. Por su parte, Anna estaba feliz de encontrarse nuevamente de pie, no quería perder la batalla contra sus propios sentimientos, aún más cuando tenía la posibilidad de hacer una nueva vida con aquel hombre por el que podría llegar a sentir algo más que una profunda amistad.

El vestido que Anna le encargó a la reina llegó un par de días antes del baile, y la princesa no pudo hacer más que reconocer que era verdaderamente hermoso, de un color borgoña oscuro, y con mangas que dejaban los hombros al descubiertos mientras que la falda y el corpiño se encontraban decorados con pedrería. A diferencia del traje que usó en el baile, este no era sencillo, sino completamente decadente, de seguro la mamá de Hans deseaba que llamara la atención.

Anna empacó el resto de sus pertenencias, y el viernes al medio día partieron después de que Hans llegó de trabajar en las caballerizas, en compañía Clara. La tradición decía que una mujer y un hombre solteros no podían viajar sin un chaperón que los acompañara, de lo contrario se armaría todo un escandalo en la alta sociedad de las Islas. La princesa encontraba todo aquello completamente ridículo, considerando que todos sabían que ella vivía con Hans, e inclusive, ya había pasado otros dos meses viviendo forzosamente con Rudi, pero esa era la hipocresía de la nobleza, y todos parecían querer seguir viviendo bajo sus reglas.

Mientras recorrían el camino, La princesa no podía despegar la vista de las ventanas del carruaje, pues aquel viaje tenía un sabor muy diferente al que hizo durante su llegada a las Islas del Sur. Tras una hora de trayecto, Anna y Hans entraron a la capital.

— Oh mira eso — señaló Anna tomando fuertemente el brazo de Hans — ¿Lo conocías Hans? ¿Tu ya conocías eso? — preguntó completamente emocionada y casi sin aliento.

— Sí, lo vi hace un tiempo — comentó Hans refiriéndose a un monumento en la mitad de una rotonda. El príncipe tenía una brillante sonrisa, pues Sabrina tenía toda la razón, aquel viaje haría a la princesa muy feliz.

—¿Qué es eso?— preguntó Anna emocionada mientras pasaban por un paseo peatonal.

— La galería, hay muchas tiendas adentro, si lo deseas, podemos dar una vuelta por allí mañana— comentó Hans.

— Por su puesto que sí —respondió Anna. Finamente, llegaron a un enorme hotel de mármol blanco y decorado con puertas doradas. La princesa leyó las letras al frente.

— "El gran hotel" — leyó en voz alta — esto es una locura Hans ¿podrías decirme como vamos a pagar esto? — preguntó Anna alarmada.

— Papá nos subió la asignación mensual para celebrar nuestro compromiso — comento — y para ser honesto, si él piensa abusar de nosotros de semejante forma, obligándonos a casarnos y a hacer el ridículo en frente de todos, yo pienso devolverle el favor abusando de su dinero — dijo el príncipe mientras se encogía de hombros. Anna sonrió ante aquel comentario, pues no tenía queja alguna de la venganza del príncipe.

— Suena justo — comentó Anna. El carruaje se detuvo y Anna bajó con Clara, quien hacía las veces de dama de compañía. fue cuestión de minutos antes de que la chica se hubiera acomodado en su habitación, preparándose para la noche.

Ya era bastante tarde cuando Anna finalmente tuvo tiempo para sentarse junto a la ventana de su cuarto a disfrutar la vista y las luces de la ciudad. La princesa miró hacía la calle frente a ella y no vio nada más que una pareja de novios pasear, un carruaje y un hombre al final de la calle vestido con un largo abrigo gris. Sin embargo, Anna se sorprendió al ver que el sujeto se paraba justo en frente del hotel, sin despegar su atención de su ventana. La princesa estaba estupefacta, pues podía tratarse de uno de los espías de William.

Anna se alejó de la ventana como si esta pudiera quemarle, y rápidamente cerró las pesadas cortinas tratando de olvidarse de todo aquel incidente. La princesa negó rápidamente con la cabeza, como quien trata de sacar ideas indeseadas de su cabeza. Probablemente, ella estaba comportándose como una mujer paranoica, tal vez se estaba volviendo loca y necesitaba calmarse. Tras un par de minutos de dar vueltas en su habitación, Anna decidió irse a dormir, sin dejar de pensar en el rostro del hombre vestido de gris y en lo que podría querer de ella.

Al día siguiente, Anna se despertó muy emocionada, pues el día era perfecto para dar un paseo por las principales atracciones de la ciudad. Tal y como Hans lo prometió, él la llevó a pasear por la galería, las plazas y los jardines. Incluso, cenaron en un elegante restaurante al lado de la costa.

— Por el Rey de las Islas del Sur quien se encuentra pagando esta comida demasiado costosa, y una champaña sobrevalorada — dijo Hans levantando su copa con cierto tono de burla en su voz.

— Salud, y que siga pagando mucho más — comentó Anna devolviéndole la sonrisa.

Eran cerca de las seis de la tarde cuando regresaron al hotel para prepararse para el baile. Anna estaba muy emocionada, siempre había soñado con ese tipo de fiestas,

pero debido a la situación de Elsa, tales diversiones estaban completamente prohibidas. La princesa se miró al espejo, no podía negar que se encontraba satisfecha con su apariencia, el vestido de la reina era tan decadente y hermoso, que dejaría a todos sorprendidos. Anna se unió a Hans en el recibidor del hotel y juntos partieron a la galería.

— Me encantan las pinturas — comentó Anna mientras se bajaban del carruaje y entraban al gigantesco edificio clásico, precedido por una fila de columnas.

— Lo sé, me contaste que solías inventar historias para cada una las pinturas que colgaban de las paredes en Arandelle— comentó Hans.

— No pensé que te acordaras de aquello — comentó la princesa sonriéndole.

— Claro que lo recuerdo — se defendió Hans — puede que yo halla dicho muchas mentiras en aquella oportunidad, pero mi simpatía por ti jamás fue una de ellas, verdaderamente me divertí aquella noche.

— No sé si creerte — dijo Anna mientras se acercaban al salón y se disponían en la fila para ser presentados en la entrada.

— No tienes que hacerlo, pero quiero que sepas que no digo nada más que la verdad— respondió el príncipe antes de ser presentados y bajar por la ancha escalera que conducía al salón donde se llevaría a cabo la fiesta. Anna sentía todas las miradas curiosas clavadas en ellos, la princesa supuso que se debía a que eran toda una rareza, el famoso príncipe asesino y la prisionera del rey.

— Hans, Anna — vengan con nosotros — dijo Sabrina emocionada mientras caminaba hacía ellos y hacia a un lado su antifaz.

—Siéntense con Caleb y conmigo, queremos algo de compañía— dijo la mujer mientras los tomaba de la mano y los halaba hacía la mesa en la que se encontraba el futuro rey acompañado de un par de nobles más y de sus esposas. Anna se dejó llevar, pero algo le decía que la futura reina había bebido más de la cuenta.

— ¡Hola Hans! — exclamó Caleb quien retiró su copa de champaña de su boca— pasen, siéntense con nosotros, pronto dará inicio la cena — dijo alegremente. Anna estaba sorprendida, no sabía que esperar de aquello, pero tenía que reconocer que aquella fiesta se veía mucho más animada que el baile del rey.

— Tranquilícense— les aconsejó Sabrina calmadamente mientras sacaba un espejo miniatura de su bolso de mano y se miraba en él reacomodando cada uno de sus cabellos fuera de lugar — les prometemos que esto no acabará en el mismo desastre en el que terminó el baile del rey — comentó alegremente.

— Uhg… papá es tan mal intencionado, siempre con sus estratagemas y sus estúpidas guerras — se quejó Caleb quien estaba tan embriagado como su esposa — y ustedes son jóvenes, las victimas perfectas— comentó el príncipe.

— Caleb siempre habla mal de su padre, pero no quiere admitir que es exactamente como él — comentó Sabrina con voz risueña y malintencionada, en ese momento, Hans miró de reojo a la princesa.

— Pareces tan dulce, si todos supieran que verdaderamente eres una bruja — murmuró Caleb por lo bajo.

— ¿Qué dijiste? — preguntó la princesa mirando con resentimiento a su esposo.

— ¿Quieres bailar, Anna? — Interrumpió el príncipe mientras le ofrecía su mano a la chica. Anna entendió que Hans quería escapar antes de que aquello se convirtiera en una guerra campal.

— Por supuesto — aceptó Anna. Como solía pasarles cada vez que bailaban, Anna y Hans comenzaron a llamar la atención de todos en aquel salón. La música se volvió cada vez más movida y por primera vez en el medio año que había trascurrido desde la invasión, ella se sintió feliz.

Anna tomó ambas manos de Hans y juntos dieron vueltas alrededor del salón, en medio de un mar de personas que bailaban junto a ellos. La princesa comenzó a reír casi a carcajadas casi sin darse cuenta. Era extraño, pero tener aquel antifaz negro decorado sobre su rostro, tenía cierta sensación de confianza. Finalmente, tras un buen rato de girar por la pista, Anna perdió el balance, y calló en los brazos de Hans sin dejar de reír mientras lo hacía.

— ¿Estás bien? — le preguntó Hans quien también contenía una buena carcajada en su voz.

— Si — dijo Anna sonriente — excelente— dijo la chica.

— Deberíamos ir por algo de comer — propuso Hans mientras tomaba la mano de Anna y la llevaba hacía el buffet.

La pareja se sentó junto a Sabrina, Caleb y al resto de sus amigos. Anna no sabía si se trataba del efecto del par de copas de champaña que había bebido instantes antes, el delicioso sabor de la comida, o la ligera conversación que mantuvo con un par de chicas de su edad que se habían acercado a conocerla, acerca de tonterías como vestidos, novelas de moda y otros temas sin importancia, pero se sentía mucho más alegre de lo que hubiera estado en meses, casi como nunca pensó volver a sentirse luego de la muerte de Elsa.

— El vestido lo escogió la reina — le respondió Anna a las muchachas cuando le preguntaron acerca de su vestido.

— La reina está loca por ella — comentó Sabrina quien se veía aún más desorientada que antes, tanto, que ya estaba comenzando a arrastrar las palabras mientras hablaba.

— Dice que es una "muchachita decente", eso es mucho más de lo que nunca halla opinado acerca de sus otras nueras, pero creo que también lo hace porque se siente apenada por todo lo que sus hijos y su esposo la han hecho pasar — comentó mientras bebía otro trago de champaña. Anna le dirigió una mirada a Caleb, pero él no se inmutó ya que parecía casi tan mareado como ella.

— Y va a tener la suerte de quedarse con su hijo favorito, y el menos miserable— comentó con amargura en su voz.

— Te equivocas Sabrina, yo soy el "príncipe asesino" — intervino Hans quien estaba tan alegre y despreocupado como Anna.

— Y aún así eres lo mejor de tu familia — dijo la princesa dedicándole una mirada cargada de resentimiento a Caleb. Era obvio que todo aquello era un comentario malintencionado en contra del príncipe heredero.

— Princesa Anna — comentó una de las chicas — ¿quiere ir a ver la exposición que está en la segunda planta? — preguntó una de ellas.

— ¿Te molesta si me retiro? — le preguntó Anna a Hans quien miraba a su hermano y a su esposa esperando que aquello se convirtiera en una batalla en cualquier momento.

— No, por su puesto que no, ve a divertirte — le respondió con una sonrisa, pero justo cuando se hallaba dispuesta a marcharse, tomó su mano y susurró:

— Por favor no te tardes, no sé cuanto más podré soportar con estos dos, están a punto de matarse — Anna sonrió al ver la forma en casi le imploraba aquello.

— No te preocupes, no me tardaré — dijo la chica.

Anna y las dos muchachas nobles caminaron hacía la segunda planta, la que se hallaba completamente vacía, y comenzaron a ver la exposición que se inauguraba aquella noche.

— Realmente hermoso — comentó Anna

— ¿Le gusta el arte, majestad? — preguntó una de las chicas.

— Me encanta, en Arandelle teníamos una gran colección, solo espero que el príncipe Jorgen la esté cuidando tanto como lo hacíamos Elsa y yo — dijo Anna sintiéndose algo melancólica, en tanto miraba las pinturas que colgaban en la pared, dándole la espalda a las dos chicas. — y por favor, no me llames "majestad" no soy reina ni mucho menos.

— Oh, pero usted si lo es, es la legitima reina de Arandelle — respondió la otra chica. Anna se sorprendió, los únicos que la reconocerían tal cosa eran los rebeldes patriotas de Arandelle, nunca un miembro de la nobleza de las Islas del Sur.

— Exijo saber inmediatamente quienes son ustedes, sus verdaderos nombres — dijo Anna quien se dio la vuelta y las miró a los ojos.

— Su majestad, no pretendemos asustarla — se disculpó una de las chicas haciendo una profunda reverencia — mi nombre el Claire Krass, mi papá era duque de Lenn, como usted sabe, él murió en la invasión, vinimos a las Islas del Sur porque mamá tiene familia aquí, pero mi lealtad está con Arandelle — explicó la chica.

— Mi nombre es Kiera Bagman, hija del marques de Sorge, perdí a mis padres en la invasión, la mamá de Claire ha sido muy amable, trabajamos ayudando a los espías de Arandelle en las Islas del Sur— dijo la Keira.

— Es muy peligroso que estén haciendo algo así, ustedes son muy jóvenes — dijo Anna mirado a lado y lado — sé lo que les pasará si las descubren — las reprendió la princesa mientras que recordaba la imagen ensangrentada de aquel prisionero torturado en los calabozos de William.

— Nosotras tenemos su misma edad, alteza, si usted ha llegado tan lejos, nosotras también podremos hacerlo — dijo la chica con alegría — uno de los miembros de la red de informantes nos contó que usted se hallaba en la ciudad, por eso es que nos encontramos aquí — le explicó.

— ¿En qué puedo ayudarlas? — preguntó Anna — la verdad es que ustedes saben que estoy atrapada en el castillo de las Islas del Sur, no puedo hacer mayor cosa por los rebeldes de Arandelle. La familia Westergard tiene todos mis movimientos vigilados— respondió la chica.

— Aún así, el General Andersen sabe que usted podría tener información confidencial que debió dejarle la Reina antes de morir, algo sobre otro posible heredero al trono — comentó la chica refiriéndose al ex novio de Elsa. Anna palideció. Claire y Keira podrían decir la verdad, o también podrían ser una trampa de William para socavarle aquella información.

— ¿Qué les hace pensar que yo tengo ese tipo de conocimiento? — preguntó Anna fingiendo inocencia.

— Majestad — empezó Keira —entendemos que usted no confía en nosotros, y no la culpamos — dijo la chica.

— Es por eso que trajimos esto para usted, pero debe ser muy cuidadosa, nadie puede enterarse que usted las tiene, quémelas en cuanto las halla leído, de lo contrario, solo logrará que nos fusilen a todos — dijo Claire sacando un par de cartas de su bolso. Anna miró los sobres y reconoció la letra de Kristoff en uno de ellos.

— El general Andersen nos dijo que usted debe mantener la información que la reina le halla dado en secreto, hasta que él nos de la señal — indicó Keira.

— Yo no tengo ninguna información confidencial — negó Anna — Elsa no me dejó documentos — dijo, por lo que las dos chicas se miraron entre ellas.

— El general Andersen nos advirtió que usted diría aquello, pero nuestro único trabajo es advertirle que debe tener la información escondida hasta que él se lo indique. — comentó Claire preocupada.

— Será mejor que volvamos al salón, no queremos despertar sospechas —agregó Keira.

— Vuelvan ustedes, yo necesito un momento — dijo Anna. La princesa caminó por la galería sin atreverse a abrir las cartas, tan solo las escondió debajo de su falda entre sus enaguas para que nadie pudiese verlas.

Anna bajó las escaleras hacía la primera planta en donde se llevaba a cabo el baile. Sin embargo, algo llamó su atención: una enorme pintura que se encontraba en colgada en el rellano de las escaleras. Anna se detuvo a observarla, parecía medir poco menos de cinco metros, y en ella se exhibía una sangrienta batalla mitológica en la que todas las figuras se hallaban semidesnudas, y dibujadas con extremo cuidado y realismo. Los dos ejércitos chocaban en el centro de la imagen mientras que en los bordes se encontraban mujeres llorando sobre cadáveres y cargando a sus hijos. No obstante, fue la escena de un soldado persiguiendo a una joven mujer lo que la alteró. Se veía indefensa ante el poderoso sujeto que parecía estar dispuesta atacarla.

Anna tapó su boca con sus manos y contuvo las lagrimas, mientras que pensaba que a pesar de que fuera tan solo una pintura de una antigua batalla, ella sabía exactamente cual sería el destino de aquella mujer. La princesa volvió a abrir sus ojos y miró el rostro lleno de horror de la chica. Quien era o qué fue de ella, eso nunca lo sabría, pues tan solo era una pobre victima de las circunstancias, quien tendría que sufrir mucho de ahí en adelante.

— Anna — la llamó Hans desde el piso de abajo. El príncipe subió las escaleras hasta donde se encontraba Anna, en donde la encontró mirando aquella pintura con los ojos llorosos, y se dio cuenta de la escena que se hallaba observando.

— Vamos Anna — le dijo tomándola del brazo. Sin embargo, Anna lo detuvo y lo miró fijamente.

— Gracias Hans, gracias por todo, si no fuera por ti, no sé que hubiera sido de mi, seguiría atrapada con él— lloró Anna quien lanzó los brazos alrededor del cuello de Hans y comenzó a sollozar en su hombro. El príncipe respondió el gesto y la acunó suavemente, hasta que ella se separó de él y lo besó.

Por primera vez desde su espantosa fiesta de compromiso, Anna se dejó llevar por el calor del momento. Puede que ya no tuviera puesto el antifaz, pero al tratarse de una fiesta de disfraces, no le costó trabajo imaginar como serían las cosas si las circunstancias fueran otras, si él no fuera el mismo hombre que trató de matarlas a ella y a su hermana, o el hijo menor del sujeto que le arrebató todo. Tal vez entonces, ellos dos serían muy felices y ella podría amarlo sin ninguna culpa.

Anna y Hans se separaron levemente para tomar algo de aliento, antes de seguir con el baile que habían iniciado momentos antes. Anna ya no era tan inocente como en otro tiempo, ella podía sentir el deseo del príncipe en cada una de las acciones. Es más, lo había hecho desde hacía un par de semanas, pero no se sentía capaz de aceptarlo.

Por favor Elsa, perdóname, no quiero traicionarte

Por favor, perdóname.

— Quiero que sepas cuanto te amo, Anna de Arandelle — murmuro Hans sin soltar su mejilla.

— No puedo Hans, ¿qué pensaría Elsa de mi? — preguntó Anna sosteniéndole las manos —no puedo hacer esto — confesó la princesa, quien por primera vez exhibía sus verdaderos temores al príncipe.

— ¡Hey! — los llamó Sabrina sonriente y risueña desde el piso de abajo, mientras enredaba su brazo con el de Caleb, quien se veía tan desorientado como ella. — los estábamos buscando, pero se ven algo ocupados, ¿no lo crees Caleb?

— Disfruta mientras puedas Hans, después no te dejan ni tocarlas, eso te lo prometo — comentó el príncipe heredero quien le lanzaba un comentario velado a su esposa.

— No me gusta dormir con cerdos

— Bruja…

— Caleb — lo interrumpió Hans quien bajó en compañía de Anna para impedir que siguieran armando escandalo — ya es muy tarde, es hora de volver al hotel, si lo desean, podemos compartir carruaje— propuso el príncipe. El heredero se mostró sorprendido.

— ¿Tu quieres compartir carruaje conmigo? —preguntó — pensé que tu y Lars no me consideraban más que un bruto animal — comentó casualmente.

— Puede que lo seas — respondió Hans mientras Sabrina dejaba salir una risita — pero sigues siendo mi hermano, no me siento cómodo dejándote solo cuando tu esposa y tu se encuentran en semejante estado — comentó.

— ¿De qué estás hablando? Nosotros estamos completamente bien — comentó Sabrina.

A pesar de las quejas de la pareja, Hans no les hizo caso, él los condujo hasta el carruaje y los llevó hasta el hotel asegurándose que estaban sanos y salvos. Sin embargo, las constantes quejas de Caleb en contra de su padre llamarón la atención de Anna, al parecer, el príncipe no estaba de acuerdo con todo el asunto de la guerra, ya que no dejaba de quejarse una y otra vez de cuan mala idea fue la invasión.

— Es un irresponsable, yo jamás habría permitido a Rudi salirse con la suya, una cosa es encubrir la violación de una plebeya, pero otra muy diferente hacerlo con una princesa, si llegamos a perder la guerra, lo que le hizo a la princesa Anna nos saldrá muy caro, y yo no pienso interceder por él — dijo Caleb quien parecía haber olvidado que ella estaba allí.

— Realmente pensé que Rudi lograría que ella diera a luz al heredero a la corona de Arandelle — comentó el príncipe mientras Hans le dedicaba una mirada asesina.

— Probablemente fue suerte — dijo Anna descaradamente. Caleb la miró y sonrió.

— Yo no creo que halla sido suerte, si lo fuera, usted ya tendría un niño en su vientre. Usted no se encontrará completamente segura hasta que le dé a papá lo que él quiere— comentó Caleb.

— Él tiene razón— asintió Sabrina — mi sitio en las Islas del Sur nunca estuvo completamente seguro hasta que le di al Rey un heredero a la corona.

— ¿Cómo está Freddy? — preguntó Hans tratando de cambiar el tema de conversación, y refiriéndose al heredero al trono.

— En la academia— respondió Caleb sin prestarle mucha atención.

— Es mejor para él que esté lejos de este manicomio — agregó Sabrina.

Cuando los cuatro llegaron al hotel, la dama de compañía de Sabrina la llevó a su habitación, pero Hans se encontró con que nadie quería hacerse cargo de su hermano. El príncipe se pasó el brazo de Caleb sobre sus hombros, y lo arrastró a través de los pasillos. En otra época, Hans ni siquiera se hubiera planteado la posibilidad de encargarse de su hermano mayor, pero ya no tenía la sangre fría para dejarlo a su suerte.

— ¿Qué estás haciendo? — preguntó Caleb arrastrando las palabras mientras Hans lo cargaba.

— ¿Qué parece? — gruñó — te estoy llevando a tu cuarto — respondió Hans molesto.

— Tu no haces nada por nadie — respondió Caleb.

— Tal vez, ahora si lo hago — respondió Hans. — tal vez, si hubiera hecho las cosas de la manera indicada me hubiera ahorrado muchos problemas. — terminó el príncipe mientras dejaba caer pesadamente a su hermano sobre la cama.

— Entiendo lo que dices — respondió Caleb firmemente— cuando era más joven lo único que quería era complacer a papá, ¿recuerdas el desastre que armé en Riverland? — preguntó el príncipe.

Hans sabía a que se refería su hermano. Cuando Hans tenía catorce años, Caleb había iniciado una larga y costosa campaña militar contra el reino vecino de Riverland. Todos le dijeron que era una mala idea, Lars pasó tardes enteras tratando de convencerlo de que abandonara la batalla, pero el no lo hizo, y como consecuencia, las Islas del Sur perdieron grandes terrenos. Era irónico, pero Hans siempre pensó que a su hermano no le importaba su derrota, pues al ser el mayor podía salirse con la suya, mientras que el desafortunado treceavo hijo tenía que pasar un año como poco más que un esclavo en las colonias del oriente. Sin embargo, todo parecía indicar que Caleb lamentaba más ese incidente de lo que parecía.

— Él hará que nos maten a todos— dijo Caleb en medio del delirio del alcohol.

—¿Quién? — preguntó Hans.

— Papá— murmuró — alguien debería retirarlo del trono para que no siga haciendo barbaridades — comentó el príncipe, por lo que Hans abrió los ojos de par en par.

— No me mires así — dijo el príncipe quien se sentó en la cama y miró a Hans con la vista desviada — yo sé que tu también lo odias, tienes bastantes razones para hacerlo. Te envió como preso a las colonias, te usa como una especie de vasallo, invadió el reino de tu princesa, asesinó a su hermana, dejó que uno de sus hijos la violara a su antojo y si no fuera por que le impedí que le hicieran más daño, él y William la habrían torturado aún peor de lo que lo hicieron.

— No voy a tramar un complot para asesinar a mi propio padre — negó Hans quien realmente quería creer que era el alcohol el que hablaba por él. Caleb soltó una leve carcajada.

— Le dije a Lars que tu no querrías unírtenos pero no me creyó. Creo que tendremos que seguir con el plan solos— comentó.

— No voy a ayudarlos a matar a mi propio padre, sin embargo… — comenzó el menor— tampoco voy a detenerlos — dijo el muchacho. Caleb sonrió de una forma retorcida y volvió a dejarse caer sobre la cama

— Eso me imagine. Puede que yo sea el mayor, y tu el menor, pero tenemos más cosas en común de lo que parece. Yo tampoco volveré a cometer el mismo error— dijo. Hans no respondió aquel comentario. Solo cerró la puerta y caminó hasta su habitación en donde se encontró una sorpresa esperándolo en la puerta.

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Anna bajó del carruaje y corrió hacía su habitación, quería leer las cartas que había escondido en sus enaguas, y leerlas lo más rápido posible, en especial la de Kristoff, ya que ella contenía la verdad acerca de los rumores que le había contado Jorgen. Anna se sentó en la silla frente a la chimenea que calentaba su habitación y comenzó a abrir los dos sobres.

Sorpresivamente, ella empezó por la del General Andersen, pues quería reservar la que más le entusiasmaba para el final. La carta del ex novio de su hermana contenía gran cantidad de información, en ella le relataba uno a uno los logros de la resistencia de Arandelle. En aquel memento, Anna se dio cuenta de que Jorgen se hallaba en peor situación de la que se imaginaban sus hermanos en las Islas del Sur, y que el antiguo amante de Elsa había tenido mucho éxito en averiguar información confidencial de los ejércitos enemigos. Tal y como Hans había advertido, su hermano mayor descuidó las tropas y ahora se enfrentaban a un ejercito encubierto con unos pocos soldados mal entrenados. Anna sonrió al ver las buenas noticias.

Sin embargo, la carta de Kristoff no fue tan afortunada como la anterior, en ella el recolector de hielo le relataba sus dudas respecto a su nueva pareja. "A pesar de todo no puedo olvidarte" decía el muchacho. Anna frunció el seño, aquella carta debió haber sido escrita por lo menos un mes antes, que era lo que se tardaba el viaje entre los dos países. La princesa sabía que para aquellas alturas, él ya debía haber tomado una decisión. Anna entendía que no podía responder aquel mensaje dándole esperanzas o pidiéndole que la esperara eternamente, ya que no estaba segura si algún día podría regresar a Arandelle.

Anna se secó una lagrima que trataba de salir de la comisura de sus ojos, y tiró las dos cartas al fuego, pues lo más conveniente sería destruirlas antes de que alguien se enterara de su existencia. Y respecto a Kristoff, la princesa ya había decidido no responderle, no era justo hacerlo en aquellas circunstancias, lo mejor sería dejar que el continuara con su vida mientras ella también seguía con la suya.

De repente, Anna dejó de observar el fuego bailar frente a ella y se puso de pie. La princesa atravesó el pasillo hasta la puerta de la habitación al lado de la suya y esperó recostada en ella, hasta que Hans apareció caminando tranquilamente.

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— Supuse que ya estarías dormida — comentó Hans mientras sacaba la llave de su bolsillo y abría la cerradura.

— No tengo sueño — respondió Anna sonriéndole

— ¿Quieres pasar? — preguntó Hans. Ella sonrió y asintió lentamente, mientras que el príncipe no dejaba de preguntarse que era lo que deseaba de él.

Anna entró a la habitación y se sentó en la pequeña salita de estar que se encontraba junto a la chimenea del cuarto, por lo que Hans la imitó y se sentó en la silla frente a ella. El príncipe quería iniciar una conversación, pero algo en el ambiente le indicaba que ella no estaba de humor para hacerlo, por lo que se quedó los minutos siguientes en silencio. Hans la observó hasta que ella se paró silenciosamente, tomó su mano y le indicó que él debía hacer lo mismo.

Hans sentía que ella ejercía un increíble encanto en él, era casi como si una especie de magnetismo lo invitara a ponerse de pie y a unírsele. Anna se empinó hasta que alcanzó su altura y lo besó en los labios, mientras que él se dejaba llevar por el baile que ella le proponía. Hans tomó su cintura con una de sus manos, y con la otra, acarició su mejilla, hasta que ella lo empujó suavemente de vuelta a la silla. El príncipe se sentó con Anna en su regazo, sin dejar de besarla. Esta vez, el muchacho pudo sentir el contacto de la piel desnuda de sus hombros, y continuó acariciándola mientras esperaba que ella lo detuviera.

Hacía año y medio atrás, cuando se encontraba en la coronación de Elsa, Hans recordaba haber tenido una fantasía similar, pues imaginaba el día en que ella se sentaría sobre su regazo de aquella manera, estarían en el trono de Arandelle, él sería el rey, y ella su reina. Sin embargo, en aquel momento, ya no le importaba que titulo tuvieran, solo eran Hans y Anna y aquello era más que suficiente.

— Anna… — suspiró Hans — ¿Qué es lo que quieres de mi? — preguntó el príncipe. En ese momento, ella tomó su rostro con sus dos manos y se separó de él.

— Quiero que sepas que siento mucho afecto por ti — dijo Anna mirándolo fijamente — pero también necesito que entiendas que mi lealtad está con Arandelle — comentó. Hans abrió los ojos mientras recordaba las sospechas de William, y el extraño y cambiante relleno de las muñecas de trapo que tenía en su habitación.

— Ya lo sé, desde que William me habló de ti, he sabido que escondes algo, y eso no me importa — aseguró Hans.

—¿No te importa? — preguntó Anna.

— Los intereses de las Islas del Sur me importan un bledo, lo único que quiero es estar tranquilo— dijo Hans tratando de alcanzar los labios de Anna nuevamente.

— Eres un egoísta — murmuró Anna quien retiró sus labios.

— Lo soy, eso ya lo sabías, lo único que deseo es tenerte a mi lado —confesó el príncipe sin dejar de acariciar sus hombros y seguir con su pulgar la línea imaginaria que trazaban sus pecas sobre su piel.

— No sé si creerte — suspiró Anna quien finalmente se rindió y lo besó nuevamente.

— No tienes que hacerlo — dijo Hans — solo te pido una cosa: por favor, no me cuentes nada, prefiero vivir en la ignorancia que tener que guardar secretos, prefiero que te quedes en silencio, pero no me mientas — pidió el príncipe. Anna asintió, juntó sus labios con los de él nuevamente.

— Pero dime algo, esto es por todo el asunto del recolector ¿no es verdad? — murmuró Hans en sus labios — él finalmente te hizo a un lado, y por eso vienes a mi.

— Aún no estoy segura, pero creo que lo hizo— confesó Anna. Hans entendió que ella quería ser honesta, y lo agradecía, pues esta vez no deseaba secretos y mentiras entre ellos, pero no pudo de dejar de sentir aquello como un golpe en la mandíbula, pues aún no estaba segura de sus sentimientos por él, mientras que el príncipe estaba completamente enamorado.

Hans sonrió ante la ironía de la situación, ahora los roles se invertían. Sin embargo, si lo pensaba con detenimiento, aquella noche de verano en Arandelle, los papeles tampoco estaban tan claros como parecían, después de todo, no se sabía quien estaba utilizando a quien.

Anna se separó de él y recostó su cabeza suavemente sobre su hombro, mientras él sentía la suave caricia de su cabello en su mejilla. Hans observó la luz de la chimenea bailar frente a ellos y hacer suaves visos en la tela del vestido rojo de la princesa. Hans acarició el brazo de Anna suavemente, en tanto pensaba una y otra vez en aquella difícil situación.

— Estoy contento de poder tenerte junto a mi en medio de esta locura — comentó Hans antes de besar su frente — no estoy seguro de que va a pasar, pero creo que la situación podría tornarse más y más inestable— confesó el muchacho.

— Yo también estoy contenta de estar contigo— respondió Anna quien alzó su mirada hacía él — eres una buena persona Hans, a pesar de todo lo que hay en tu pasado, estoy contenta de que estés tomando las decisiones correctas.

Hans sonrió, y la besó en los labios, antes de mirar nuevamente a la violenta llama frente a él, sin dejar de preguntarse si podría seguir haciendo lo correcto, o si toda aquello que se movía alrededor de ellos los forzarían a seguir otro camino, y jugar con las mismas retorcidas reglas por las que se guiaban todos los que conocía.


Hola a todos, primero que todo quiero pedir disculpas por la edición de este capitulo, lo tenía listo desde hacía días, pero tenía pereza de releerlo, finalmente lo hice, pero tengo que admitir que no fui tan cuidadosa. Además, tuve el problema de que ffnet estuvo mal por algunos días, e incluso mi cuenta se dañó los días anteriores al cierre masivo, por lo que espero que los administradores de la pagina no nos jueguen malas pasadas.

Respecto al capitulo, toda la escena de la fiesta está hasta cierto punto basada en la escena de la Mascarada de la película de Maria Antonieta de Sofia Coppola. la película ocurre en 1789 (aproximadamente) y Frozen tiene lugar en 1840. Siempre me gustó toda la decadencia de esa escena, aunque para la época en que Frozen sucede, las costumbres eran mucho más conservadoras. Es raro, pero a veces quiero que mis fics sean históricamente "correctos" pero en algunas ocasiones se me mete una idea a la cabeza y al diablo todo. Un ejemplo el vestido rojo de Anna, se supone que una dama no usaba rojo, eso era para prostitutas, pero bha… yo quería que fuera rojo y rojo fue, después de todo esta es mi fantasía. Respecto a la escena de la pintura, si quieren una referencia de cómo se veía, la idea surgió del "Rapto de las Sabinas", pueden buscarla en google, aunque tengo que admitir que en mi cabeza la escena era una combinación de pinturas de este tipo.

Finalmente frente Hans en ese capitulo, cuando vi la película uno de los aspectos que más me gustó es como las expresiones de Hans siempre demuestran cada uno de sus pensamientos, es como si uno pudiera tener pistas del momento en que toma las decisiones al ver su expresión. Casi se ve la lucha interna que él tiene en su cabeza. Como cuando Weselton enfrenta a Anna y él decide ponerse de su lado, o cuando uno de los nobles le dice que es la única esperanza de Arandelle. Me gusta Hans porque es muy humano, no es tan malo como otros villanos Disney (dígase Frollo) pareciese ser del tipo de personas extremadamente egoístas que toman muy malas decisiones en un momento de su vida, por eso en este capitulo quise poner a Hans nuevamente en una encrucijada entre seguir su deseo inicial de redimirse o dejarse llevar nuevamente por la ambición.

Lamento lo largo de la nota, nuevamente muchas gracias por comentar TT_TT deberás me han hecho muy feliz, sé que no somos muchos los que leemos, pero me encanta esta historia, por alguna razón me hace feliz, y me agrada que halla más gente que siente lo mismo. Me despido, y les prometo que tendré el próximo capitulo pronto, estoy muy emocionada con lo que va a pasar. Adiós.