¡Estoy viva! Y con un montón de obligaciones, pero con algo de tiempo (escaso, pero tiempo al fin) para seguir en el fandom. Me apena haber desaparecido, y gracias por todos sus comentarios, ellos son los que me trajeron de vuelta y animaron. Sin más preámbulos; KHR no me pertenece (disclaimer para todo lo que resta del fic).
A mi querida Naomi17Misora(y a todas mis lectoras) -que no sé sí están aún aquí o yo era la única desaparecida- les traigo lo prometido, y espero no desilusionaros, pues hace mucho mucho que no escribo algo (y lo que tenía escrito se perdió en aquella lap-top que murió tiempo atrás). Así que todo es nuevo, y apenas estoy calentando de nuevo para que el motor entre en marcha, así que… lamento el Ooc.
Universo Alterno
Sonríe
Sus lágrimas caían hacia el viento mientras corría, la escena de Tsunayoshi besando a su mejor amiga taladraba su corazón. Las personas no notaban nada extraño en la chica además de que ella corría con el rostro bajo, y sinceramente a nadie le importaba, ni a ella misma.
El celeste se había ocultado, la ciudad mostraba sus luces por excepción del callejón por el que ella caminaba, así como la desgastada lámpara que tintinaba en la noche. Su mente nublada de aquella escena, sin importarle en dónde estaba. Sus pasos se arrastraban, no fue sino hasta que observo a un joven ser golpeado en la mejilla que hipó con sus ojos agrandados en indignación y sorpresa, su mente le decía corre, pero sus emociones le gritaban que eso que sentía en el pecho debía de ser liberado prontamente o se sofocaría, así que de un impulso, tomando aire; gritó.
—¡Dejen a esa persona-desu!—. Uno de los atacantes se viró con una sonrisa altanera, ella dio unos pasos hacia atrás, finalmente su mente procesando en dónde estaba y en qué lío se había metido. Sus ojos brillaban con temor, alcanzando a robar una mirada al inexpresivo rostro del chico que estaba siendo golpeado.
Sus cejas se encorvaron en enfado, sin saber sí hacía ella o hacía aquel chico que no expresaba nada. Sin embargo, todo fue olvidado cuando uno de los hombre, que ahora ella percibía tenía aliento a alcohol, se acercó a ella, su mano acercándose al pecho de la chica que hipó cerrando sus ojos, escuchando golpes sordos en el suelo, tres para ser exactos y al no sentir nada en los segundos que se mantuvo así, abrió lentamente un ojo, después el otro.
—¡Hahi! —. Los hombres se hallaban tirados en el piso. El inexpresivo chico, mirándola sin emoción, y otro joven de alrededor 18 años con dorados flequillos cubriéndole la mitad del rostro con una sonrisa burlona de medio lado.
—Ushishi~ eres un inepto, una don-nadie te salvó el pellejo —. Escuchó decir al rubio, y ella apretó los labios, olvidando su temor de minutos antes, llenándose de indignación.
—¡Haru no es una don-nadie desu! —. Belphegor la observó curioso, y una sonrisa surcó su rostro, cómo es qué sí temblaba hace unos segundos, ahora esos ojos caoba guardaban tal determinación.
—¡Es verdad! Eres una doña-nadie, shishi~—. La chica infló sus cachetes, y el rubio amplió su sonrisa, mientras el inexpresivo chico parpadeó confundido, virándose hacía la muchacha que tenía sus mejillas sonrojadas aunadas a un pequeño mohín. No cabía duda que estaba enfadada, pero se veía… linda.
Fran desvió la mirada ante un pequeño brinco en su pecho.
—Sempai, es mejor que nos retiremos. El director querrá saber en qué problemas nos metimos, y su castigo no será reportarnos sino seguramente ser sus sacos de arena —.
El rubio borró su sonrisa cuando un leve escalofrió le recorrió, no, la última vez que él ayudo a su sempai de Judo, Xanxus, a entrenar, él terminó en el hospital con unos cuantos huesos rotos, y aún así no evitaba meterse en peleas callejeras como las de hoy. Belphegor encogió los hombros y sacudió su cabeza.
—Me debes una—.
La chica, pardeó confundida. Ni siquiera tuvo la oportunidad de presentarse o preguntar sus nombres. Y una sonrisa se esbozó en su rostro; ya no se sentía asfixiada.
[***]
Aquel encuentro era como un sueño en sus memorias, años había pasado, y ella no recordaba a aquellos dos jóvenes, hasta que el profesor de matemáticas presentó a dos nuevos estudiantes en su cátedra universitaria.
—Ellos estudiaron un tiempo en el extranjero, en Francia e Italia, ahora han regresado a Japón, sean corteses con ellos—.
El profesor indicó a los nuevos estudiantes transferidos que tomarán lugar, no hubo otra presentación. Los estudiantes callaron, sin embargo, tan pronto acabó esa clase, corrieron hacía los nuevos ingresados, a preguntar sus nombres y cuántos años pasaron en el extranjero.
La morena, que pasaba sus días en solitario después de entrar a la universidad, con esa herida en su pecho de un amor no correspondido, estudiando en Tokio, y no Namimori, se levantó de su asiento. A ella no le interesaba saber de los nuevos estudiantes, únicamente se concentraba en sus deberes y en su trabajo a medio tiempo.
—¿Y cuántos años pasaste en Italia? —cuestionó una chica moviendo sus pestañas al rubio delante de ella, que con una gran sonrisa se levantó respondiendo.
—Los suficientes como para atrapar a un buen partido, y no uno de una noche, ushishi~—.
La joven, indignada, soltó una bofetada, sin embargo, la resonancia escuchada fue no porque el rubio había sido golpeado.
—Ushishi~ rojo en una rana hace buen contraste—. El chico de hebras verdes, sobó su mejilla, mientras la chica se disculpaba. Los dos jóvenes la ignoraron, caminando fuera del aula.
—Es injusto sempai. No es la primera vez que sus inútiles y no gráciles bromas me dejan así. Estúpido sempai—.
—No te quejes, no eres más que una rana sin emociones—. Belphegor caminó omitiendo las demás quejas e insultos a su persona. Siguiendo con la mirada a la joven de castañas hebras que minutos antes se había alejado.
La mirada de Fran seguía el mismo rumbo. Años atrás, en su primer encuentro, a diferencia del genio de Belphegor-sempai, Fran no se había percatado que el pequeño brinco en su pecho, fue el palpitar de su corazón diciéndole que aquella persona le gustaba. No fue sino hasta que Belphegor le dijo que él quería regresar a Japón a pesar de tener una buena vida en Italia, y él en Francia, pues había algo, alguien que no podría obtener sí se quedaba en aquel país; la chica de aquella noche, de hebras castañas, ojos chocolate y ruidosa voz, pero de faz atrayente. Fue entonces que Fran supo, él, así como Belphegor sempai, se habían enamorado de la misma chica.
Miura se encontraba sentada en el aula de la siguiente clase, esperando a que el salón se llenara y el profesor llegará. Su sorpresa fue poco grata al saber que ese día lo tenía libre, así que con un bufido quedo pero que remarcaba su inconformidad de su tiempo perdido al haber esperado más de una hora para esa clase, cuando pudo haber ido a trabajar horas extras.
Al levantarse, sus objetos, entre ellos estilógrafos y artículos personales cayeron al piso. Ella gruñó leve, sin embargo se disculpó al saberse culpable de estar distraída pensando en otras cosas.
—Doña nadie al ataque otra vez shihishi~—. La mujer infló los mofletes, dando un paso atrás, recogiendo sus cosas.
—Esa no es forma de hablarle a una dama—. Se quejó indignada, sin embargo la persona frente a ella sonrió peculiarmente, listo para contrarestar lo dicho con algún comentario impropio que sacara de sus casillas a la chca, sin embargo la monótona voz de un joven interrumpió a ambos.
—Sempai, seguramente ella tiene un nombre, además es hora de irnos, no queda nadie en el salón—. Belphegor levantó una ceja detrás de sus flequillos, es verdad, no hay nadie y el no se percató de ese hecho por estar mirando los ojos cacao que irradiaban un brillo de enfado, pero encantador.
Haru parpadeó, su boca formando un perfecto circulo al haberse percatado de ello, apenada con un sonrojo, terminó de recoger sus cosas, y salió sin despedirse. El rubio gruñó ante la pérdida de la chica, pero una sonrisa se formó en su rostro al recordar el sonrojo y las múltiples expresiones que ella podía hacer.
—Una perfecta dama ¿eh? ushishi~—.
Fran tenía su mirada perdida en la puerta, maestros y estudiantes pasando, pero la mente del peliverde, se encontraba aún con la morena. Así que se volteó hacía el blondo.
—Sempai, tengo algo que hacer. Nos vemos mañana—.
Belphegor se mostró confuso, pero se encogió de hombros, mientras iría a molestar a algún profesor o compañero de clases.
[***]
—¡Hey! —.
Llamaba la voz de un joven, sí bien el tono era alto, lo suficiente para ser escuchado, carecía de énfasis en la voz.
—¡Espera!
Algunos volteaban, murmurando cuan extraño era ese chico. Ojos verdes y cabello del mismo color. Nada parecido al usual color negro del cabello, y ojos oscuros que inundaban la ciudad de Tokio, solamente algunos estudiantes extranjeros. El chico no prestó interés en murmullo alguno, y siguió gritando.
—¡La chica de cabellos café!—. Varias jóvenes se viraron con miradas coquetas, mientras Fran erguía una ceja, confundido. Era verdad, a su paso había diferentes chicas de cabello café, suspiró casi derrotado, sino fue hasta que la chica castaña se viró ante la voz de una joven que le llamó 'Haru'. Aquel nombre rodó en la cabeza de Fran innumerables veces, y sus labios se abrieron con la intención de pronunciarlos, más al ver la mirada de dolor en la chica y la sonrisa forzada, él calló.
¿Acaso Haru no era su nombre? ¿Acaso había pasado algo para que aquel femenino rostro mostrara aunque sea por un segundo, algo de dolor?
Y entonces la vio; una sonrisa vacia.
—¡Hahi! ¡Hola Kyoko-chan!—. La voz también sonaba familiar, y a la vez distante, contradictorio, pensó Fran, pero el hecho de haberlo escuchado él mismo, le hacía pensar que algo había entre ellas dos.
Un joven de castaños cabellos se detuvo, abrazando por el hombro a la chica de ojos miel y sonrisa tierna y sincera.
—Me alegra verte—. Suave, con cariño, y preocupación, los ojos del joven castaño buscaban algo en los de la morena. La sonrisa que decía lo siento, te extraño pasó a una de verdad, y fue entonces que Miura sonrió con todo su ser, pues en aquel momento; al verlos juntos, y saludándole, no le provocó el dolor de hace años, y ella empezó a reír. Había sido tan tonta, aquel amor había desaparecido, y sólo el amargo recuerdo había quedado grabado en su ser, siendo que hubo momentos felices.
Miura corrió, y los abrazó a los dos al mismo tiempo. Diciéndoles cuánto los extrañaba, y lo mucho que los quería. Gesto correspondido por los chicos, que después de un rato, se despidieron, pues tenían que regresar a Namimori, y sólo estaban en Tokio en una cita, cortesía de sus amigos. Miura los despidió diciendo que ella misma les mostraría los atractivos turísticos en su otra visita. Los tres con una sonrisa verdadera en sus rostros.
—Haru…—.
Fue un murmuró entre la multitud de personas, sin embargo, ella lo escuchó. Sus ojos chocolate buscaron al dueño de la voz, y aunque sabía debía de molestarse, o espantarse. Sonrió, pues aquel no era un desconocido, sino el joven que conoció en el salón horas antes, y algo le decía que tiempo atrás.
—Ese es mi nombre desu, ¿y el tuyo?—. Un gesto amable que sacó brilló a los ojos jade. No hubo sonrisa, ni un apretón de manos, sólo un nombre, pronunciado suavemente.
—Fran—.
[***]
Sonríe, es el pensamiento que inunda a Fran al verla con esa mueca de felicidad, esos ojos redondos y brillantes en donde él se ve reflejado. Esas mejillas sonrosadas al comer aquel pastel dulce, y Fran está seguro de que envidia aquel postre, pues se derrite físicamente por ella, mientras el corazón del chico está derretido sin mostrarlo, y es entonces cuando una sus labios se curvan hacia arriba, es un leve movimiento, pero ahí está; una sonrisa en el rostro que antes no expresaba.
—¡Hahi! —. Fran parpadeó un par de veces confundido, hasta que ella habló nuevamente —¡Fran-san está sonriendo!—.
Su corazón palpito estrepitosamente, así mismo que un sonrojo, ligero pero visible se apodero de las masculinas mejillas.
—Es una alucinación tuya—. Haru sonrió ante la reacción de Fran al ladear su rostro para esconder fallidamente su sonrojo.
Mientras en la distancia. Donde los transeúntes pasaban, la sonrisa de un joven de rubios cabellos al observar a la castaña se tornó en una línea recta, sin embargo se viro, alejándose con un corazón roto, y sin los ánimos para asistir a la escuela.
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FIN
N/A: Siento que le falto un mejor final, sin embargo lo re-escribí más de cinco veces y terminaba semejante, aún así espero os guste n.n
Extra (no sabía dónde poner esto, así que es un pequeño extra drabble)
No fue sino hasta que era tarde, que se percató de aquellos sentimientos. La forma en que él la abrazaba, en que sus brazos rodeaban el femenino cuerpo, amoldándose el uno al otro, y sus voces en un susurro hablaban. Era tan extraño para él, y sin embargo, es ahora cuando finalmente se da cuenta que esas acciones le gritaban; estás enamorado.
Sonríe de medio lado, mostrando sus blanquecinos dientes, y es la primera que vez que encuentra amargura en aquel gesto, el sabor de una sonrisa acida, y algo duele dentro de su pecho.
—Eres un idiota—. Se dice así mismo, pues nadie más puede llamarle así, él es un príncipe, y por tal; no es tonto, no es un bufón, no es un idiota. No obstante, se siente como uno al levantar la vista, y observar a aquella mujer correr hacía él, llamándole.
—¡Belphegor-san!—.
Su pecho se estremece ante aquella voz, ante aquel gesto familiar que tantas veces fue para él, y sus ojos viajan por detrás de sus flequillos hasta aquellos labios curvados en una sonrisa.
Duele.
—Yo! Plebeya—.
Ella hace un mohín, y él quiere reír, formar esa torcida sonrisa muy suya, y sin embargo una línea es lo que se forma en sus labios. Ella parpadea ladeando la cabeza.
—Haru no es una plebeya, ¡es una fina dama-desu!—.
Lo sé.
Esas palabras se quedaron atoradas en su garganta, alojadas en su alma. Internamente lo sabe, lo delicada y contradictoriamente fuerte que ella es, lo elegante e infantil, y es por eso que la ama más.
—Aún así plebeya, ushishi—.
Esa alegría en su corazón fue desvanecida, no cuando ella hipó indignada, sino cuando unos brazos rodearon la cintura de la chica, y ella se sonrojó fuertemente, olvidándole, y dedicando una sonrisa a aquel monótono ser de orbes verdes, opacas alguna vez con un tenue brillo ahora.
—Haru. Estoy aburrido, no hay nadie a quién molestar, vámonos —.
Belphegor apretó los dietes, mostrando a su vez una implacable sonrisa, mientras Haru –sonrojada –asintió, y se despidió de una reverencia.
Fran, su nada lindo kohai, lo molestó sin saber, pues era un secreto. Uno que calaba el ser de Belphegor, el secreto de amar en silencio, y haber perdido la oportunidad de ser amado.
No, el nunca la amó, se repetía el príncipe como un mantra al ver a esa mujer de castañas hebras alejarse, no, jamás la amó, porque de ser así, como el príncipe que es, entonces habría perdido ante el mago, el hechicero. Y eso no sucede –al menos no en los cuentos de hadas –.
No, él no la amó, porque eso significaría que al perderla, habría perdido aquel corazón que no conocía tener.
Y convenciéndose con ese mantra, Belphegor sonrió cuando observo a Fran acercarse a Haru, a aquella primavera que arrebató su no existente corazón, y como ella sonreía ante los susurros de amor de aquel que no era él. No desvió su vista, no sintió celos, tan sólo algo quebrarse en infinitos pedazos dentro de su pecho, y sonrió torcidamente.
No, él nunca la amó, porque eso, significaría que él no era un príncipe, sino un hombre enamorado.
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Mary-chan este es un pequeño drabble porque te gusta el TsuHaru :D
Sus ojos viajaron por aquellos cabellos castaños que caían grácilmente sobre la frente de la chica, pasando por la perfilada nariz, los exquisitos labios y mandíbula, hasta posarse en los tremulosos hombros, sonrió forzadamente de lado, alejando las sensaciones amargas en su estomago al tiempo que posó su mano sobre uno de los hombros de ella.
—Mírame —. Miura levanto la vista, ojos cristalinos, mordiendo su labio inferior previniendo hipar. Ella no tenía derecho a tal ternura y afecto cuando había causado que aquel corazón tal amable que cuido de ella, estuviera ahora partido, sin embargo, elevó sus ojos, encontrándose con aquellos castaños.
La mirada suave, frágil, y aún así confortante la hizo sentir devastada, así como la sonrisa que el Décimo Vongola le dedicó.
—Lo siento…—. Un murmuró perdido entre los sonidos de la cuidad, la apresurada gente caminando de un lado a otro, cruzando las calles.
—No te disculpes, fue mi culpa —. Miura negó fervientemente con la cabeza, lagrimas cayendo de sus asombrados ojos.
—¡No es verdad!—.
Tsunayoshi rió muy bajo. Ah… ese calor y dolor en su pecho le carcomía. Claro que era su culpa, no de ella. Él la dejó ir, no, no es verdad, él no la dejó ir, él la abandonó en el momento que la engaño con aquella mujer, fue un desliz, una sola noche, y sin embargo, aunque Haru le perdonó, el nunca fue capaz de perdonarse, alejándose cada día y empujándola a estar en brazos de alguien más, de alguien que la cuidaría y amaría –sí bien no más, al menos mejor que él –en las manos de su hermano; Dino Cavallone.
—¡Haru es la culpable! —.
Tsunayoshi calló ante tan dulces palabras, tan inocente como la primera vez a pesar de todo, y el negó. Múltiples recuerdos de las veces que ella ha estado para él, pero él no para ella, sino Dino, y una amarga mueca se asomó en su faz, culpa.
—No—. Simple y seca respuesta. Sus miradas clavadas en la del contrario, expresando con sus ojos las palabras no dichas. Tsunayoshi elevó su mano, acariciando el rostro de la chica que ladeó su faz para percibir mejor aquel tacto al cerrar sus ojos.
—La culpa no es nuestra, sino de aquellas emociones que no supimos controlar, de aquellos momentos que no supimos disfrutar, de aquella distancia que creció, y no pudimos aminorar —.
Haru soltó unas lágrimas más, y Tsunayoshi dejó caer su mano a su costado. La fuerza se iba, y con ella su primavera.
Tantas emociones agolpadas en su ser, aquel deseo de tomarla entre sus brazos, y clamarla como suya, y sin embargo… lo único que hizo fue sonreír, y abrazarla como a una hermana.
—Sé feliz, les deseo lo mejor —. Las palabras eran sinceras, ella lo sabía, él también. Sin embargo calaban, dolían, y el cielo lloró, borrando rastro de tristeza.
Tsunayoshi no se molestó en limpiar las gotas saladas ni las del cielo, e internamente agradecía el caprichoso clima; pues su fuerza se había desvanecido. Su corazón galopaba, no era anticipación, sino ansiedad, angustia, pues al llegar a su hogar, ahora una casa vacía. No habría sonrisas ni bienvenida, sino soledad y vació. El murmuro de su corazón estrujándose no le ayudó, pero cuando volteó la vista para verla, siendo abrasada por Dino, sonrió.
Al menos… uno de los dos era feliz.
Muchas gracias por su siempre apoyo, y espero estar por estos lares más seguido, aún así no prometo nada, lo siento, la verdad mi tiempo anda muy corto.
Os quiero mucho :D
