Capítulo 10

Peleas, Conjuros y más.

Klaus decidió pasar todas las mañanas por el café. Una taza de café, un bollo y cuatro palabras.

Pensaba que ella se acostumbraría a verlo, a hablar con él, y que la próxima vez que se las apañara para estar a solas con ella, Caroline no se sentiría apremiada a buscar una escapatoria. Era perfectamente consciente de que no era la única que se había dado cuenta de su nueva costumbre matutina. Al sheriff no le importaban los comentarios jocosos, los guiños maliciosos ni las risitas. La vida de la isla tenía su ritmo y todo el mundo se daba cuenta si alguien añadía un compás.

Dio un sorbo del delicioso café de Caroline mientras escuchaba en el muelle las maldiciones que Cari Macey dedicaba a los pescadores furtivos de langostas.

—Ya van tres días esta semana con las nasas vacías y no te creas que por lo menos vuelven a cerrar las cestas. Sospecho de esos universitarios que han alquilado el Boeing. Aja —escupió—. Son ellos. Como los pille, esos malcriados gamberros universitarios van a acordarse de mí.

—Muy bien, Cari, todo apunta a que los culpables son veraneantes y, sobre todo, chicos jóvenes. ¿Por qué no me dejas que hable con ellos?

—No se justifica que jueguen de esa manera con el sustento de un hombre.

—No, pero ellos no lo verán igual.

—Pues deberían empezar a hacerlo —el curtido rostro del pescador se tornó sombrío—. He ido a ver a Katherine Pierce y le he pedido que haga un conjuro a mis nasas.

Klaus hizo una mueca.

—Vamos, Cari...

—Será mejor eso a que les llene sus pálidos traseros de perdigones, ¿no? Te juro que pienso hacerlo si siguen así.

—Deja que yo me ocupe.

—¿Te he dicho acaso que no lo hagas? —Cari frunció el ceño y meneó la cabeza—. Prefiero jugar todas las cartas. Cambiando de tema, ya me he fijado en la nueva forastera cuando he ido a la librería —en el rostro feo y arrugado de Cari se dibujó una sonrisa burlona—. Ahora entiendo que seas un cliente tan habitual. Aja. Seguro que unos ojazos azules como esos hacen que un hombre empiece su día libre con buen pie.

—No te diré yo que no. Tú guarda la escopeta en el armario, Cari. Yo me ocuparé.

Volvió a la comisaría para buscar la lista de veraneantes. El Boeing estaba lo suficientemente cerca como para ir andando, pero decidió llevar el todoterreno para dar un aire más oficial.

El Boeing era un edificio de espaldas a la playa que se alquilaba en verano y que tenía un amplio porche en un costado. Las toallas y los bañadores colgaban lánguidamente de una cuerda que había entre dos columnas. La mesa rebosaba de latas de cerveza y de los restos de la cena.

Klaus sacudió la cabeza y pensó que ni siquiera habían tenido la prudencia de eliminar las pruebas. Los caparazones vacíos de las langostas estaban esparcidos por encima de la mesa como insectos gigantes. El sheriff sacó la placa del bolsillo y la dejó a la vista.

Llamó a la puerta y siguió haciéndolo hasta que ésta se abrió. El muchacho que le recibió tendría unos veinte años. Entrecerró los ojos, cegado por el sol; estaba despeinado, llevaba unos calzoncillos de rayas y lucía el típico bronceado dorado de veraneante.

—Ugh —dijo.

—Soy el sheriff Mikaelson, de la policía de la isla. ¿Le importa si entro?

—¿Para qué? ¿Qué hora es?

Klaus decidió que eso se llamaba resaca y juerga.

—Para hablar con usted. Son alrededor de las diez y media. ¿Sus amigos están por aquí?

—Estarán. ¿Algún problema? Ay, Dios mío.

Tragó saliva, hizo una mueca de malestar, y fue tambaleándose hasta el fregadero. Abrió el grifo y metió la cabeza debajo del chorro de agua.

—Una fiesta, ¿eh? —comentó Klaus cuando el muchacho reapareció con la cabeza empapada.

—Eso parece —se secó la cara con unas toallas de papel—. ¿Hemos hecho demasiado ruido?

—No ha habido quejas. ¿Cómo te llamas, hijo?

—Josh, Josh Tanner.

—Muy bien, Josh, ¿por qué no despiertas a tus amigos? No quiero robarles mucho tiempo.

—Sí, vale. De acuerdo.

Klaus esperó y escuchó. Oyó juramentos, algunos ruidos sordos, agua corriendo y la cisterna del retrete. Los tres muchachos que entraron detrás de Josh tenían un aspecto lamentable. Permanecieron de pie, en distintos grados de desnudez, hasta que uno se dejó caer en una butaca y sonrió afectadamente.

—¿De qué se trata?

Klaus pensó que aquello era pura chulería.

—¿Te llamas?

—Steve Hickman.

Klaus percibió el acento de Boston. De clase alta, casi kennedyniano.

—Muy bien Steve. Se trata de lo siguiente: la pesca furtiva de langostas se multa con mil dólares. El motivo es que, aunque puede resultar muy divertido vaciar las nasas y cocer un par de langostas, hay gente que vive de su captura. Lo que para ti es una diversión, para algunas personas supone una pérdida de dinero.

Klaus vio que los muchachos se movían incómodos, mientras los sermoneaba. El que había abierto la puerta estaba sonrojado por la culpabilidad y miraba hacia otro lado.

—Lo que comieron anoche en el porche costaría unos cuarenta dólares en el mercado. De modo que busquen en el muelle a un hombre que se llama Cari Macey, dedle los cuarenta dólares y asunto zanjado.

—No sé de lo que habla. ¿Ese Macey pone acaso etiquetas en sus langostas? —Steve volvió a sonreír afectadamente y se rascó la tripa—. No puede demostrar que nosotros hayamos pescado furtivamente.

—Muy cierto —Klaus miró alrededor y echó una ojeada a las caras de los chicos. Nervios y algo de vergüenza—. Este sitio cuesta unos mil doscientos en plena temporada de verano y el barco que han alquilado otros doscientos cincuenta. Si le añadimos la diversión, las cervezas y la comida, pasar una semana aquí suma una bonita cifra.

—Que va a parar directamente a la economía de la isla —dijo Steve con una sonrisa sarcástica—. Es una tontería molestarnos de esta forma por un par de langostas que dice que hemos pescado furtivamente.

—Quizá. Pero es una tontería mayor no poner diez dólares cada uno para facilitar las cosas. Piénsenlo. Es una isla pequeña —concluyó Klaus mientras se ponía en marcha hacia la puerta—. Las cosas se saben enseguida.

—¿Es una amenaza? Amenazar a un ciudadano puede ser delito.

Klaus se volvió para mirarlo y sacudió la cabeza.

—Estudias derecho, ¿verdad?

Salió y se montó en el todoterreno. No tardaría en salirse con la suya.

~KC~

Rebekah bajaba por la calle principal y se encontró con Klaus en la puerta de la Posada Mágica.

—La tarjeta de crédito de los muchachos de las langostas se ha atascado en el bar de las pizzas —empezó a contarle—. Al parecer la conexión falló o algo así y los chicos han tenido que rascarse los bolsillos para pagar.

—¿De verdad?

—Sí. Y todos los vídeos que han querido alquilar estaban ya alquilados.

—Qué mala suerte.

—He oído también que las motos náuticas estaban reservadas o estropeadas.

—Una pena.

—Y el colmo de las coincidencias, el aire acondicionado de la casa que han alquilado ha dejado de funcionar.

—Y hoy hace calor de verdad. Esta noche hará bochorno. Van dormir francamente mal.

—Eres un maldito hijo de perra, Nik —Rebekah se puso de puntillas y le dio un breve y sonoro beso en los labios—. Por eso te quiero.

—Voy a tener que esforzarme un poco. Ese Hickman es duro de pelar. Los otros tres se rendirán antes, pero él va a necesitar un poco más de persuasión —Klaus pasó el brazo por los hombros de Rebekah—. ¿Vas al café a comer algo?

—A lo mejor, ¿por qué lo dices?

—He pensado que podías hacerme un pequeño favor ya que me quieres y todo eso.

Su cola de caballo se movió de un lado a otro cuando Rebekah se dio la vuelta para mirar a su hermano.

—Si quieres que hable con Caroline para organizarte una cita, olvídalo.

—Puedo organizarme mis propias citas, gracias.

—Con poco éxito, por el momento.

—Estoy en el dique seco todavía —replicó Klaus—. Quiero que le digas a Katherine que estamos ocupándonos del asunto de las langostas y que ella... que no haga nada.

—¿Qué quieres decir con que no haga nada? ¿Qué tenía que hacer ella? —Rebekah se calló con un arrebato de ira—. Maldita sea.

—No te pongas furiosa. Cari ha hablado con ella. Estamos a tiempo de que nuestra bruja local no haga un conjuro o algo así —Klaus apretó el brazo alrededor de los hombros de Rebekah—. Se lo diría yo mismo, pero esos chicos van aparecer por aquí dentro de unos minutos y quiero que me vean con toda mi autoridad.

—Hablaré con ella.

—Sé amable, Bekah. Recuerda que fue Cari quien se lo pidió.

—Sí, sí, sí.

Se soltó del brazo de Klaus y cruzó la calle. Brujas y conjuros. Un montón de tonterías para idiotas. Un hombre como Cari Macey debía saberlo. Estaba bien para que los crédulos turistas compraran los típicos recuerdos de Tres Hermanas; era uno de los atractivos que los llevaba hasta allí. Pero no podía soportarlo cuando alguien de la isla caía en semejante superstición.

Y Katherine lo fomentaba. Sólo con ser Katherine. Rebekah entró en el café y miró con el ceño fruncido a Lulú, quien estaba llamando por teléfono a un cliente.

—¿Dónde está Katherine?

—Arriba. Muy ocupada.

—Ya, es una abejita muy atareada —dijo Rebekah antes de subir las escaleras.

Vio que Katherine estaba con un cliente en la sección de libros de cocina. Rebekah sonrió. Katherine parpadeó. Rebekah, presa de la impaciencia, fue a la barra, esperó su turno y pidió bruscamente un café.

—¿Nada de comer?

Caroline, que estaba sofocada por el gentío de mediodía, se lo sirvió de una cafetera recién hecha.

—He perdido el apetito.

—Es una pena —intervino Katherine zalameramente desde detrás de Rebekah—. La ensalada de langosta está especialmente buena.

Rebekah se limitó a levantar un pulgar, pasó detrás de la barra y entró en la cocina, donde, con los brazos en jarras, encaró a Katherine.

—Nik y yo estamos ocupándonos de ese asunto. Quiero que te quedes al margen.

Un tazón de nata montada habría sido menos suave que la voz de Katherine.

—No se me ocurriría obstaculizar la labor de las autoridades de la isla.

—Perdón —Caroline dudó un instante y se aclaró la garganta—. Sándwiches. Tengo que preparar unos cuantos.

—Adelante —Katherine hizo un gesto—. Supongo que la dócil ayudante y yo casi hemos terminado.

—Ahórrate tus ingeniosos comentarios de mierda.

—Ya lo hago. Los guardo todos para ti.

—Quiero que no hagas nada y que le digas a Cari que no has hecho nada.

—Demasiado tarde —Katherine estaba disfrutando y sonrió—. Ya está hecho. Un conjuro muy sencillo; incluso alguien con unas facultades tan escasas como las tuyas podría haberlo hecho.

—Rómpelo.

—No. ¿Qué te importa? Tú dices que no crees en la Hermandad.

—Y no creo, pero sé cómo funcionan los rumores por aquí. Si les pasa algo a esos chicos...

—No me insultes —el humor desapareció como por ensalmo de la voz de Katherine—. Sabes muy bien que no haría nada que pudiera hacerles daño. Sabes, ésa es la esencia. Eso es lo que tú temes. Temes que si dejaras salir lo que hay en ti, no serías capaz de controlarlo.

—No temo nada y no vas a llevarme a ese terreno —señaló a Caroline que intentaba denodadamente mantenerse muy ocupada haciendo sándwiches—. Tampoco tienes derecho a arrastrarla a ella.

—Yo no concedo los dones, Rebekah, sólo los reconozco. Como tú.

—Hablar contigo ha sido una pérdida de tiempo —Rebekah salió precipitadamente de la cocina.

Katherine suspiró, fue su único gesto de cansancio.

—Las conversaciones con Rebekah nunca resultan especialmente productivas. No debes permitir que eso te preocupe, Caroline.

—No tiene nada que ver conmigo.

—Puedo notar tu ansiedad. La gente discute y a veces lo hace con acritud. No todos resuelven los conflictos con los puños. Vamos... —le pasó las manos por los hombros—. Olvídate, la tensión es mala para la digestión.

Caroline sintió que aquel contacto era como una oleada de calor que derretía la gelidez que se había apoderado de su estómago.

—Las aprecio a las dos. Detesto que se lleven tan mal.

—Rebekah no me disgusta. Me irrita, me contraría, pero no me disgusta. Te preguntas de qué hablábamos, pero no vas a preguntármelo, ¿verdad?

—No. No me gustan las preguntas.

—A mí me fascinan. Tú y yo tenemos que hablar —Katherine se apartó y esperó a que Caroline preparara el pedido—. Tengo cosas que hacer esta tarde. Mañana. Te invito a tomar algo. Vamos a quedar pronto. A las cinco en la Posada Mágica, en el bar. Se llama El Aquelarre. Si quieres, puedes olvidarte de las preguntas —dijo Katherine mientras salía—. En cualquier caso, yo llevaré las respuestas.