Tras repasar el capítulo diez me di cuenta de algunos errores. Supongo que me emocioné tanto con el combate de Atreus que ni lo revisé después y, justo tras que lo publicara, noté que no era tan espectacular como había creído.

¡En este decimoprimer capítulo he intentado corregir mi impulsividad!

Mientras todavía leéis este pequeña introducción, yo río para mis adentros pensando en lo que os queda (jejeje…) por sufrir, o en su defecto, disfrutar.

En fin, gracias por haber llegado hasta aquí y en serio, os dedico estas, mis palabras… mis mejores palabras a día de hoy.

Capítulo XI: Marionetas del Destino

Confesión

El antiguo reloj de pared de aquella habitación marcaba ya más de las tres. Se había levantado tanto frío que incluso se podía sentir allí, con todo cerrado.

Atreus yacía dormido sobre una de las camas de la estancia bajo la mirada atenta de sus compañeros. Tan sólo la luz de una vela, que se mantenía algo doblada sobre la mesilla de noche, permitía que se viese algo.

La luz eléctrica podría molestar al enfermo, que seguía sudando bastante. Debía haber cogido fiebre y se notaba sobre todo en el temblor de sus miembros y lo costoso de su respiración. Ante tal circunstancia Lyone y Cecil parecían bastante preocupados.

Si las heridas que había recibido en combate no hubieran sido tan profundas, no habría ningún tipo de peligro, pero alguna de ellas debía haberse infectado.

-Este chico está mal… muy mal.- musitó el maestro.

Lyone ya se había sentado en un taburete próximo al maltrecho para alejarse a su mundo de pensamientos indescriptibles. Tenía los ojos cerrados por culpa del cansancio. A pesar de todo, consiguió percibir un timbre familiar. Tras suspirar miró el terso rostro de ojos miel de Cecil como preguntando con la vista.

-¿Me has dicho algo? Estoy como ausente. No puedo dormir y estoy destrozada…

-¿Insomnio?- inquirió su compañero.

-No sé… a veces me pasa.- La muchacha levantó para buscar algo en su mochila de viaje. Tras recoger su oscuro pelo con un coletero y sujetar los rebeldes y parejos mechones que se movían como si de un juego se tratase, siguió hablando. -Como estoy acostumbrada a dormir pronto cuando se me pasa la hora no puedo dormir.

Asintiendo, Cecil volvió a secar con aquella gasa el sudor de la frente de su alumno. Con un largo suspiro, el joven maldijo aquella situación. Era ridículo que un espíritu les hubiera atacado y apenas si podía creer lo que había visto.

-El Santuario no sabía esto, imagino…- interrumpió Lyone rompiendo el silencio.

-Siempre dan órdenes que ni ellos cumplirían. Sinceramente, dudo que no tuvieran idea de que pudiera pasar. Por si fuera poco, con este ahí tumbado lo tenemos más difícil.- discrepó el pálido caballero de pelo pardo.

Podía ser su imaginación, pero una especie de haz apagó la llamita de la vela inundando todo en penumbra. La ventana seguía cerrada así como la puerta trabada con el cerrojo. Cecil miró desconfiado y frunció el ceño con rostro amenazante.

-¡Disculpa! Fui yo al coger el otro coletero… Se me había caído al suelo.

-Lyone, si fuéramos atacados ahora, posiblemente sería nuestro fin. Yo estoy que me caigo del sueño, este no se levanta y tú andas dándome sustos con insomnio… ¡relájate de una vez!- regañó el agraciado en tomo amistoso. –Debiste avisarme cuando Atreus salió de la habitación.

-¡Si no lo hice fue porque no pensaba que iba a ser atacado por un fantasma! Si te das cuenta, es ridículo. ¿Cómo iba a saberlo?- por el contrario, la joven parecía sulfurada.

Con motivo de paliar su frustración, quizás, levantó de la butaca para agacharse y mirar bajo una cama. Extendiendo su brazo, sacó de debajo de ésta el pijama que vestía justo antes de convertirse en heroína junto a Cecil. Mientras levantaba, el hombre murmuró a oídos de su alumno que saldrían de aquella peliaguda situación. Lo hizo con tal mimo que pareció un hermano más que un tutor.

-¡Lyone! ¡Era igual que Van Gogh! ¡Podía ser hasta él!- exclamó nada más terminar su anterior frase.

Con el pijama en una mano, la chica volvió a prender la vela para al menos ver algo sin correr el riesgo de despertar al herido. Imprudente, dejó el mechero que le habían regalado en el viaje al lado de la vara de cera.

Cecil había levantado y miraba por la ventana al horizonte. A duras penas podía distinguir los Alyscamps, que todavía le ponían la piel de gallina. En el cielo, la luna seguía siendo llena y ahora, con algunas nubes, el nuevo día todavía estaba lejano.

Lyone estaba de pie entre cama y cama, mirando con dulzura a Atreus. Se limitó a escuchar la entrecortada respiración febril que tenía. Con la misma dulzura del maestro, arropó al joven hasta que la manta le tapó los labios. Dedicando una sonrisa, movió una mano hacia el primer botón de su camisa.

Cecil de Orión seguía divagando por sus pesimistas lagunas de ideas. En alguna ocasión su viejo amigo y maestro Alexer de Altar le había explicado cómo sellar un espíritu de otra dimensión: para empezar, se requería una gran cantidad de cosmoenergía para sellar la puerta dimensional.

-Siempre cae todo sobre mis hombros.- rechistó.

-No te quejes. Piensa que todos los golpes se los ha llevado Atreus. No sabría decirte si está más deteriorada su cara o estos sucios muebles.

La dulce chica seguía desabrochando los botones de su blusa. Cuando llegó al último bostezó y con una mueca optimista, pensó que quizás pudiera dormir antes del amanecer. Con un sensual movimiento de hombros, retiró la prenda dejándola caer resbalando sobre sus brazos, al suelo.

Cecil, que lo estaba viendo todo, sustituyó las ideas beligerantes por el cuerpo de la chica, que se reflejaba en el cristal de la ventana. La silueta que mostraba la adolescente era tan delgada que rozaba el límite de la salubridad. Sus curvas eran tan sutiles y a la vez, tan sugerentes que cautivaron la mirada del preocupado guerrero. Bajando la vista desde el sujetador rosado que llevaba, llegó a la zona ventral, en la cual, a través del reflejo, pudo ver una gran cicatriz que la marcaba como el pálido surco de una estrella fugaz al cielo.

Ahogando un grito de horror, el caballero siguió contemplando en silencio con todo el morbo de la situación. Unos movimientos tan delicados como los de ella… ¿marcados por una herida pasada?

-Cecil… ¿me miras a través del reflejo? Puedes darte la vuelta, no voy a quitarme el sujetador.

Obedeciendo, el hombre se giró manteniendo su vista fija el la cicatrizada herida de la muchacha. No podía imaginar cómo, a pesar de las imágenes que le venía. Sólo deseaba guardar la imagen del cuerpo de la aprendiz en lo más recóndito de sus retinas, para siempre.

-¿Acaso soy la primera mujer a la que ves sin camisa?- cuestionó algo molesta.

-No. Es tu cicatriz… no puedo imaginarme cómo…

-Acércate, Cecil.

De nuevo, obedeció dando un par de pasos hacia su compañera, mirándola ahora a sus brillantes ojos azulados. Con una sonrisa, ella cogió su temblorosa mano, haciéndole que el corazón se le disparara.

Con violencia nula, arrimó la extremidad a su vientre, posándola allí. El relieve de una marca del pasado erizó el vello de Cecil. La palma de su mano palpó lo que nunca antes había hecho.

-¡Es espantoso! Debió ser una herida profunda, ¿no?

-Abrázame.- ordenó parpadeando con rapidez. Su sonrisa no desaparecía, aunque no era como todas las sonrisas. Esta ocultaba un matiz de perversidad.

Cuando la estrechó entre sus brazos, apretó su espalda como si no quisiera que se la robasen. El joven cerró los ojos ante el suave tacto de su piel desnuda. Lyone, por su parte, volvió a tomarle la mano izquierda haciéndola bajar hasta más allá de la mitad de su delgadísima espalda. Volvió a posar su palma en otra cicatriz de semejantes dimensiones y forma de la anterior. Cecil abrió sus ojos comprendiendo el significado de aquello. Había sido una herida tan horrible que la había marcado por dos sitios distintos.

-Yo también he derramado sangre. Puede que más de la que crees.

El caballero retomó el abrazo con más fuerza que antes y, sin saber, ni explicarse porqué, le besó el cuello haciendo que su lengua acariciara suavemente la zona. Quizás lo hizo por el sentimiento de melancolía y tristeza que le invadía además de por el tacto de los poco más que incipientes pechos que tanto le excitaron. Nunca antes jamás había visto un cuerpo tan impactante como aquel, tan bello y macabro.

Unidos en un abrazo sin precedentes, resbalaron al suelo. De rodillas, fue cuando Lyone correspondió el primer mimo con un mordisquito en el lóbulo de la oreja del nervioso Orión que no supo lo que hacía.

Aunque la primera sensación que tuvo fue como un escalofrío, luego deseó volver a sentirla, por lo que siguió con aquel largo beso en el cuello. Ella, casi absorta por eso que nunca le habían dado, se separó del hombre y le miró a los ojos con un brillo especial.

Ambos estaban medio tirados en el suelo. Algo cansados, pero sin embargo, una magia les envolvía como a tiernos enamorados. El éxtasis parecía guía del cuerpo de Lyone, haciéndola notar algo que no había sentido hasta ahora. Algo que le hizo morderse el labio y entornar los ojos.

Ante la involuntaria provocación, Cecil cerró los ojos para acercar sus labios a los de la chica. En apenas unos minutos se habían envuelto en un beso indescriptible en su totalidad. Él no dejaba de acariciar más y más su espalda, atreviéndose a bajar aún más de esta. Ella, por el contrario, estaba demasiado ocupada con el movimiento de la lengua y sus pensamientos más privados. El sabor del néctar salival de la boca de Lyone era algo ácido, pero en concordancia con el beso místico que apenas recordaba ya.

Todo fue lento y apasionado. Los dos se dejaron llevar por el momento, sin considerarlo debilidad en ningún momento. Las dulces caricias de sus lenguas acabaron tumbándolos contra el suelo en una vorágine de pasión y lubricidad.

Lyone emitió un gemidito entornando sus ojos, casi llorosos. Cecil sólo se deleitaba con el tacto casual del canto de las paletas de la dulce muchacha. La fuerte atracción que sentían por el momento les impedía dejar de besarse. Cuando lo hicieron, un hilo de salive se deslizó travieso contra el labio de uno de ellos. Aquel fue el momento en que Lyone, tumbada en el suelo, comenzó a susurrar al oído de su amante.

-Nosotros, cuyo destino es proteger a Atenea, somos unos desgraciados.

-Te equivocas.- contestó Cecil con suma dulzura, aún saboreando aquel beso que hizo su boca un poco más extraña.

-No. Atreus quedó huérfano al cargo de aquella mujer que murió. Tú… debiste pasar bastante y yo… a mí me intentaron matar cuando era una niña.

-¿Me dices que tu herida es de entonces?- inquirió el delgado muchacho.

La princesa de sujetador rosado abrió los ojos reflejando cierto terror. Bajó su muñeca hasta la zona ventral y la giró con cautela mostrando otro tajo cicatrizado como el primero. La similitud de las cicatrices corroboró que fueron hechas, o que al menos debieron serlo, por la misma mano y en el mismo momento.

-Ellos nunca me quisieron… mis padres.- sollozó la adolescente. –pero, ¿sabes lo que más me molesta?

-¿Qué es, Lyone?- preguntó temiendo cualquier respuesta semejante al horror de aquellas marcas parricidas.

-Que a pesar de que me hicieron esto, a veces lloro porque no están a mi lado.-

La respuesta de la chica quebró y heló el corazón de Cecil, cuyas lágrimas comenzaron a brotar como si alguien le hubiera apuñalado el alma. Sus carrillos se inundaron en seguida. El horrible testimonio oído le hizo cuestionarse algo: ¿Cómo podría llorar la falta de alguien que la hirió tanto? ¿Tanta amargura… para qué?

Hijo del pasado

Con el rostro sonriente, un desconocido generaba una lluvia de rayos en el cementerio del Santuario. Su aspecto era juvenil. Con el pelo erizado, los ojos anaranjados y los dientes oprimidos en aquella mueca, parecía cumplir órdenes con éxito.

A pesar de no llamar la atención por su espléndida forma física, lo hacía por el contrario, con el desarraigo de sus ropas, rasgadas y viejas, sobre las cuales lucía una fulgurante vestimenta de Atenea.

Cuando la magia eléctrica cesó, el destartalado René comenzó a reír dirigiendo su mirada al impasible Durante. Con un guiño, señaló el hueco sobre el que había proyectado el furibundo azote eléctrico.

-¡Listo!

-Está genial para ser un caballero de bronce.- apreció el fornido superior del chaval. -¿De veras no sabías que la clave de la vida estaba en el rayo?

-Lo cierto es que no…- René hizo una mueca para lamentarse, pero inmediatamente recuperó su alegre sonrisa. Con el mismo timbre coloquial, preguntó si podía ayudar de alguna otra forma.

El señor Portinari caminó despacio hasta aquel de Fornax. Cuando puso su mano sobre el hombro del excitado muchacho, apeló unas palabras sobre el cuerpo que yacía desnudo en el suelo.

-Contempla el milagro de un poder bien empleado. No todo ha de ser destrucción…

Entonces, el que no era más que un cadáver, abrió los ojos revelando un brillo añil semejante al del cielo en una despejada mañana estival. A juzgar por el brillo de éstos, la duda se cernió sobre el recién renacido, que tras tanto tiempo durmiendo, comenzó a erguirse.

La belleza de aquel hombre era inaudita en un varón, comparable incluso a la de la mujer más bella. El cabello ondulado y celeste que le resbaló sobre los hombros le tapó parte del rostro. Los labios del misterioso profirieron una mueca de desagrado.

-¡Qué horror!

-¡De verdad ha resucitado!- exclamó René impresionado. Ante la mirada de la beldad que tenía enfrente, quedó enmudecido.

-¿Y tú quien eres?- indagó el misterioso hombre, desnudo todavía.

-No es de eso de lo que has de preocuparte, Albafika de Piscis.-

Durante Portinari parecía conocer a aquel caballero de la antigüedad del que se decía que había participado en la guerra santa de mediados del siglo XVIII. Aludiendo al buen estado de su cuerpo a pesar de los dos siglos transcurridos, comentó que la necromancia y el poder del trueno habían servido para devolvérselo.

-¿Y con qué motivo me sacas del Hades ahora?

-¿Te dice algo en nombre de Shion?

Tras recuperar su agilidad mental, el agraciado Albafica pudo ver en su cabeza la armadura de Aries vistiendo a un apuesto joven de unos dieciocho años, cuya melena verde se deslizaba por los cuernos de la coraza del carnero. Sin dudar, asintió.

-No hay fuerza suficiente en el santuario como para acabar con la insurrección de su alumno, el último lemuriano.

-¿Lemuriano?- preguntó asustado René. Había oído hablar con anterioridad de la guerra contra los duendes de la Atlántida.

-Escucha, niñó… Ya has hecho suficiente por mí. Ya puedes desaparecer.

-¡¿Cómo?!- la hostilidad en las palabras del desconcertado eran marca de sorpresión.

-Era necesario sacrificar a un rebelde como tú en pos de recuperar a un aliado tan poderoso como éste caballero de Piscis, el más valiente de su época. ¡Muere!

Cerrando su puño, Durante provocó que el cuerpo del ingenuo caballero de bronce explotara desapareciendo en el acto éste y su armadura. Tan sólo algunos fragmentos metálicos se precipitaban al suelo.

-¿Revolución en el santuario?- Albafika todavía no comprendía la situación.

-Debes acompañarme a la Cámara de los Espejos. Allí te explicaremos el motivo de tu resurrección.

En la misma oscuridad de la noche, Durante y su nuevo aliado caminaron hasta perderse en la penumbra. Una ráfaga de malos presagios se había cernido sobre el Santuario tras la muerte de Saori, y era inminente lo que estaba por llegar…

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