Holas... ya tamos a 30 y comienza la cuenta regresiva pal año nuevo... Espero ke pasen una muy feliz fiesta y ke el prox año lo pasen genial.. yo no se si podre subir capitulo mañana pero tratare...

ya saben ke ni la historia ni los perosnajes me pertenecen...
beshos
nos vemos abajooo

ATENCION ESTE CAPITULO CONTIENE LEMON


Afrontar el Fuego

Diez

Pasaron a la cocina y se arrojaron el uno en brazos del otro. Apoyados en la puerta, Kaoru sintió que todo el cuerpo se le encrespaba bajo las cari­cias de Kenshin.

Era maravilloso que volvieran a tocarla, que la acariciaran unas manos firmes, desconocidas y fami­liares a la vez. Esa libertad desenfrenada y perversa la arrasó y se llevó consigo cualquier pregunta, preo­cupación o duda. Qué maravilla que volvieran a de­searla de esa forma completamente desesperada. Qué maravilla que sus anhelos fueran correspondidos por otros igual de insaciables.

Kaoru le apartó la camisa hecha jirones y se llenó las manos de carne suave y ardiente. Lo mordis­queó con ansia de saborearlo. Susurró peticiones medio enloquecidas mientras salían a trompicones de la cocina.

Algo se cayó con un sonido de cristales rotos cuando chocaron con la mesa del vestíbulo. Los añicos de lo que habían sido las alas de un hada formaron unos restos resplandecientes a los pies de Kenshin.

Kaoru no podía respirar ni pensar. Le rozaba con los labios las heridas del hombro. Ninguno de los dos se percató cuando las señales desaparecieron.

— Tócame. No dejes de tocarme.

Kenshin habría estado encantado de morirse antes de dejar de hacerlo.

Se llenó las manos de ella; de sus formas; de su es­beltez. Notó un estremecimiento primitivo cuando ella también se estremeció contra él. La sangre le bu­lló con un palpito irrefrenable cuando Kaoru se quedó sin aliento para luego dejarlo escapar con un gemido.

Le recorrió las piernas con las manos y gruñó de placer por su espléndida longitud, por el calor que emanaba de la marca de bruja que tenía en lo alto del muslo. Sin pensárselo dos veces y sin deli­cadeza alguna, tiró de la fina barrera de seda.

—Tengo que. . . — introdujo los dedos en ella —. Dios mío, Dios mío — ocultó la cara en su melena.

—Otra vez, otra vez — reclamaba Kaoru.

Le dominó la ferocidad y le mordió el cuello hasta ver que todo el cuerpo de Kaoru se sacudía sin control.

Ardiente como el sol, húmeda como el rocío y suave como el musgo. Volvió a besarla para acallar los jadeos implorantes.

Se arrastraron escaleras arriba mientras Kenshin le desabotonaba o arrancaba los diminutos botones que tenía en la espalda.

— Tengo que verte.

El vestido se deslizó al suelo y pasaron sobre él. En lo alto de las escaleras, Kenshin tiró de ella hacia la derecha.

—No, no — a punto de llorar por la desespera­ción, Kaoru peleaba con el botón de los vaqueros de Kenshin —. Por aquí.

Lo llevó a la izquierda y se estremeció cuando él le desabrochó el sujetador y tomó sus pechos entre sus manos. Pronto, la boca, ardiente y voraz, sustituyó a las manos.

—No puedo más, no puedo más — desbocado, le levantó los brazos por encima de la cabeza y se deleitó con ella.

Kaoru se abandonó y disfrutó ante la inevitable ansia de que la poseyera. Igual que su corazón se rebelaba contra su boca ansiosa, su cuerpo implo­raba más.

Cuando Kenshin la agarró de las caderas, ella lo rodeó con los brazos como una anaconda. La cama estaba a unos pasos, pero podían haber sido varios kilómetros. Los ojos de Kenshin, dorado intenso, ar­dieron en el azul de los de Kaoru. Por un instante, el mundo pareció pararse.

—Sí — musitó Kaoru —. Sí.

En ese momento, Kenshin entró en ella. Se tomaron apresuradamente y sin contempla­ciones. El placer daba paso a la felicidad plena y les impedía respirar y pensar mientras copulaban con una virulencia consentida. Kaoru tenía clavadas las uñas en la espalda de Kenshin quien le dejaba las mar­cas de los dedos sobre la piel; y, a pesar de todo, se embestían sin tregua.

Las bocas se encontraron con una fogosidad frenética y los cuerpos se reclamaban incesante­mente.

El clímax la atenazó como las garras de un tigre; como un zarpazo que le vaciara las entrañas. Impo­tente, se sometió y notó que él se precipitaba tras ella.

Se sujetaron el uno al otro sudorosos, tamba­leantes y obnubilados. Kenshin bajó la cabeza hasta apo­yarla en la frente de su amante e intentó coger ai­re. Se notaba como si hubiera caído de lo alto de una montaña para acabar en un estanque de oro derretido y ardiente.

—Tengo un poco de vértigo — consiguió decir Kaoru.

—Yo también. A ver si podemos llegar hasta la cama.

Alcanzaron la cama de Kaoru a tientas y se derrum­baron juntos en ella. Tumbados de espaldas, se que­daron aturdidos y con la vista clavada en el techo.

Kenshin se dio cuenta de que no había sido el en­cuentro sexual que se había imaginado. No había tenido la seducción, la sofisticación y la delicadeza que había esperado de sí mismo.

—Estaba un poco ansioso — se justificó.

—No importa.

—¿Te acuerdas de cuando te dije que habías engordado un poco?

—Mmm... — el tono era de ligera advertencia.

—La verdad es que me encanta — movió la mano lo justo para rozarle el costado del pecho —. De verdad, me encanta.

—Tú también has engordado un poco.

Kenshin, ensimismado, observaba el mural del te­cho. Las estrellas brillaban y las hadas volaban en la noche.

— Has cambiado de sitio tu dormitorio.

—Sí.

—Menos mal que la otra noche no seguí el im­pulso de trepar por la espaldera.

Kaoru suspiró al recordar las noches en que lo había hecho.

Había pasado mucho, mucho tiempo desde que su cuerpo se sintiera receptivo, usado. Sintió deseos de acurrucarse como un gato y ronronear.

Hubo un tiempo en que lo habría hecho. Se habrían abrazado y habrían dormido como unos gatitos después de retozar.

Esos días habían pasado a la historia, se dijo, pero, por lo que se refería a retozar, no había esta­do nada mal.

—Tengo que volver al trabajo — dijo Kaoru.

—Yo también.

Se miraron y sonrieron.

—¿Sabes cuál es la ventaja de tener tu propio negocio? — le preguntó Kaoru.

—Sí — se acercó hasta que las bocas se roza­ron —. Nadie nos puede bajar el sueldo.

Sin embargo, eso no quería decir que fueran a irse de rositas. Cuando Kaoru volvió a entrar en la librería, Lulú la miró y no dudó.

—Lo has hecho con él.

—¡Lulú! — Kaoru, abochornada, miró a ver si había algún cliente.

—Si crees que no se nota y que la gente no va a darse cuenta, entonces es que el revolcón te ha afectado el cerebro.

—Sea como sea, no voy a quedarme para co­mentarlo en el mostrador — con la cabeza muy al­ta, fue hacia las escaleras y se topó con Gladys Macey. — Hola, Kaoru. Te veo muy guapa.

—Hola, señora Macey —Kaoru ladeó la cabeza para leer los títulos de los libros que había elegido Gladys —. Tiene que decirme qué le parece éste — señaló un éxito de ventas —. No lo he leído to­davía.

—Lo haré. He oído que has cenado en el hotel — Gladys la miró con una sonrisa resplandecien­te—. Creo que Kenshin Himura está haciendo algunos cambios. ¿La comida sigue siendo tan buena?

—Sí, me gustó — miró a Lulú por encima del hombro. Si tenía en cuenta la voz de Lulú y el oí­do de Gladys, podía estar segura de que ésta había oído el comentario—. ¿Quiere saber si me he acostado con Kenshin? —preguntó amablemente.

—No, cariño — Gladys le dio una palmadita maternal—. No saques las cosas de quicio. Ade­más, es imposible mirarte sin notar que estás res­plandeciente. Es un chico muy guapo.

—Un liante — farfulló Lulú entre dientes.

—Vamos, Lulú, ese chico no ha creado más problemas que muchos otros de por aquí y sí me­nos que algunos —replicó Galdys demostrando la finura de su oído.

—Los otros no han ido rondando a mi niña.

—¿Cómo que no? — Gladys sacudió la cabeza mientras se dirigía a Lulú como si Kaoru no existie­ra o fuera sorda —. No ha habido ni un solo chico en la isla que no haya rondado a Kaoru. La verdad es que Kenshin fue el único que obtuvo alguna respues­ta. Siempre pensé que hacían una pareja maravi­llosa.

—Perdón... — Kaoru levantó un dedo —. Me gustaría recordaros que el chico y la chica que se rondaban, son ya unos adultos hechos y derechos.

—Pero seguís haciendo una pareja maravillosa — insistió Galdys.

Kaoru se rindió y se inclinó para besarla en la mejilla.

—Tienes un gran corazón.

Y una lengua muy larga, se dijo mientras iba a su despacho. La noticia de que Kenshin Himura y Kaoru Kamiya estaban juntos correría de boca en boca por toda la isla.

Como no sabía qué pensar de eso, ni podía ha­cer nada por evitarlo, Kaoru intentó olvidarse y vol­vió a trabajar en la propuesta.

Hacia las cuatro, sin hacer caso de las miradas, cruzó la calle y entró en el hotel, donde dejó un sobre en el mostrador de recepción y pidió que se lo entregaran al señor Himura lo antes posible. Luego, volvió a salir.

Se encerró en el almacén y se concentró en el trabajo para recuperar el tiempo que había perdi­do. Organizó y elaboró una lista de las existencias que debía reponer. El solsticio atraía a muchísimos turistas a la isla y convenía estar preparada.

Se levantó con la lista en la mano y volvió a sentarse inmediatamente con sensación de mareo. Era tonta, se regañó a sí misma, una imprudente. No había comido nada en todo el día salvo medio bollo. Volvió a ponerse de pie con la idea de tomar un cuenco de sopa en el café y entonces una ima­gen le pasó por la cabeza.

Soujiro Seta estaba junto a una ventana con barrotes y sonreía. Tenía la mirada inexpresiva como la de un muñeco y giró la cabeza lentamente, muy lentamente, mientras los ojos empezaban a resplandecer con un color rojo que no era humano.

Tuvo que hacer un esfuerzo para no echar a correr y esperó a que la calma la cubriera como un manto. La imagen se desvaneció y se olvidó del trabajo.

—Tengo que hacer un recado —le dijo a Lulú antes de salir disparada de la tienda—. Volveré cuando pueda.

— Todo el rato yendo y viniendo — masculló Lulú.

Kaoru fue directamente a la comisaría. Se paró un par de veces para saludar a algunos conocidos y se dio cuenta de que las calles ya estaban llenas de turistas que paseaban y compraban, que recorre­rían la isla para encontrar el rincón perfecto para hacer una comida campestre, que por la noche abarrotarían los restaurantes o volverían a sus ca­sas alquiladas para cocinar el pescado fresco que compraron en el muelle.

Las tiendas tenían las rebajas previas al verano y la pizzería ofrecía dos ingredientes gratis al comprar la segunda pizza. Vio pasar a Pete Stubens monta­do en su camioneta y Denis, el sobrino de Megumi, cruzó la calle como un rayo sobre su monopatín. La camiseta roja le flameaba como una bandera.

Todo era completamente normal, se dijo. La vida transcurría sin alteraciones y ella iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para que siguie­ra así.

Aoshi estaba en su mesa y se levantó precipita­damente al verla entrar.

—Hola, Kaoru.

—No he venido para echarte la bronca.

—Es un alivio. Misao ya se ha encargado de eso. Sólo quiero decir que no hacíamos nada a vuestras espaldas. Estábamos investigando la situación. Mi trabajo consiste en ocuparme de los problemas que pueda haber en la isla.

—Ya discutiremos eso después. ¿Puedes comprobar la situación de Soujiro Seta?

—¿Comprobar?

—Asegurarte de que está don­de debe estar. Comprobar cómo ha evolucionado su tratamiento, el pronóstico, sus últimas pautas de conducta.

Aoshi iba a preguntarle el motivo, pero la ex­presión de Kaoru le dijo que sería mejor responder primero y luego hacer las preguntas.

—Lo primero que puedo decirte es que está encerrado y que va a seguir estándolo. Todas las semanas hablo por teléfono con unos contactos — Aoshi ladeó la cabeza —. Supongo que no te pa­recerá que también eso está fuera de mis atribu­ciones.

—No te pongas susceptible. ¿Puedes conse­guir un informe de su evolución?

—No tengo acceso a su historial médico, si te refieres a eso. Necesito un mandamiento judicial y un motivo para pedirlo. ¿Qué pasa?

—Que sigue metido en todo esto; esté en una celda acolchada o no.

Aoshi rodeó la mesa de dos zancadas y agarró a Kaoru del brazo.

—¿Es una amenaza para Misao?

—No —¿Cómo sería que te amaran tan pro­fundamente? Se preguntó. Hubo un tiempo que creyó saberlo—. No directamente. No como an­tes, pero están utilizándolo. Me pregunto si él lo sabe.

Era fundamental descubrirlo.

—¿Dónde está Megumi?

—Fuera, patrullando —la agarró con más fuerza—. ¿Corre peligro?

—Aoshi, tanto Misao co­mo Megumi han hecho lo que tenían que hacer, pe­ro yo tengo que hablar con ellas. ¿Podrías decirles que se pasen por mi casa esta noche sobre las siete?

Aoshi le soltó el brazo y se lo acarició hasta lle­gar al hombro.

—Tú eres la que tiene problemas...

—No —la voz de Kaoru era clara y tranquila—. Lo tengo dominado.

Estaba convencida de ello. Como entendía la importancia de esa fe y de esa sensación de soledad.

Las dudas, las preguntas y los miedos sólo dismi­nuirían sus poderes cuando más los necesitaba.

La visión se había presentado espontáneamen­te y le había producido cierta angustia. No se lo tomaría a la ligera.

Lo dispuso todo con cuidado. No era el mo­mento para ser temeraria ni para entretenerse en demostraciones espectaculares, aunque le gustara hacerlas de vez en cuando.

En ese momento le parecía que muchas de las cosas que habían pasado ese día tenían como obje­to prepararla. Su arrebato de genio de esa mañana que la había desfogado, el ayuno y también el sexo. Eliminar cualquier insatisfacción y darle al cuerpo uno de sus mayores placeres sólo podía ayudarla para lo que se avecinaba.

Había elegido con premeditación las hierbas y los aceites del baño. La rosa para el poder físico y la adivinación; el clavel para que la protegiera; el lirio para permitirle entender lo que se le mos­trara.

Se sumergió a la luz de las velas grabadas para ayudarle en su búsqueda, se lavó el cuerpo y el pe­lo y purificó la mente.

Se untó el cuerpo con cremas que había hecho ella misma y se puso una bata blanca, larga y am­plia. Eligió con mucho cuidado los complementos: ágata para protegerse en el viaje, amatista para in­tensificar su tercer ojo y unos pendientes de mala­quita para la visión.

Reunió sus herramientas y su vara para adivi­naciones con la punta de piedra de luna. Cogió incienso, velas, unos cuencos y sal marina. Tam­bién un tónico reconstituyente porque sabía que podría necesitarlo.

Luego salió al jardín para apaciguarse y espe­rar a sus hermanas.

Llegaron juntas y la encontraron sentada en un banco de piedra junto a un seto de aguileñas

—Necesito vuestra ayuda. Os lo contaré cami­no del claro del bosque.

Acababan de entrar en el bosque y la luz empe­zaba apagarse con el crepúsculo cuando Megumi se detuvo.

—Tú no deberías hacer esto. El vuelo te deja demasiado expuesta, demasiado vulnerable.

—Por eso necesito mi círculo —replicó Kaoru.

—Debería hacerlo yo — Misao la tomó del bra­zo — Soujiro está más conectado conmigo.

—Precisamente por eso no deberías hacerlo —razonó Megumi—. La conexión es demasiado ín­tima. Yo ya lo he hecho una vez y debería volver a hacerlo.

—Hiciste el vuelo sin preparación, sin protec­ción, y resultaste herida —Kaoru recordó que era preferible razonar y reemprendió el camino —. La visión me llegó a mí de forma espontánea. Me co­rresponde hacerlo y estoy completamente prepara­da. Tú todavía no tienes control suficiente —le di­jo a Megumi— y a ti, hermanita, te falta experiencia. Además, aunque no tuviéramos en cuenta estos dos hechos, me corresponde a mí hacerlo y todas lo sa­bemos. Así que no perdamos más tiempo.

—No me gusta — insistió Megumi — , sobre to­do, después de lo que le pasó a Kenshin ayer.

—Yo, al revés que algunos hombres, no tengo que demostrar mi heroísmo. No saldré del círculo.

Dejó la bolsa en el suelo y empezó a trazar el círculo. Misao encendió las velas. Estaba tranquila por­que la serenidad era necesaria.

—Dime qué tengo que hacer si algo va mal.

—Nada irá mal — la tranquilizó Kaoru.

—Por si acaso.

—Si algo va mal, me sacas — Kaoru miró hacia arriba y comprobó que las copas de los árboles res­plandecían con la luz de la luna que comenzaba a elevarse —. Empecemos.

Se quitó la bata y levantó los brazos sin llevar otra cosa encima que los cristales. Extendió las manos a sus hermanas y empezó la invocación que le liberaría la mente del caparazón del cuerpo y le permitiría volar.

—Ábrete ventana, ábrete puerta. Quiero ver y quiero volar. Mi espíritu se eleva y mis sentidos flotan sobre el cielo y el mar. Tengo este poder y pido que lo que vea no dañe a ninguna de las tres. Que se haga mi voluntad.

Tuvo una sensación de ingravidez lenta y deli­ciosa, como si el espíritu se desprendiera de la cora­za que lo mantenía pegado al suelo. Voló libremen­te, como un pájaro llevado por el viento y, sólo por un instante, se permitió gozar del momento.

Era un don precioso, pero sabía que los lazos que la mantenían atada a la tierra podían romperse por un descuido. Ni la emoción del vuelo podía apartarla de la realidad.

Sobrevoló el mar donde las estrellas se refleja­ban como deslumbrantes cristales diseminados en un terciopelo negro. De las profundidades llegaba el canto de una ballena que la llevó mar adentro.

La vida continuaba y se agitaba debajo de ella; el bullicio del tráfico, las conversaciones dentro de las casas, el olor de los árboles y de las cenas que se preparaban.

Oyó el llanto desgarrador de un recién nacido y el último suspiro de un moribundo. Sintió el ro­ce delicado y fugaz de las almas que pasaban junto a ella. Se mantuvo iluminada por ellas y buscó la oscuridad.

Estaba dominado por un odio infinito y muy profundo y ella, al acercarse, se dio cuenta de que no todo era suyo. En ESoujiro Seta se mezclaban los componentes más hediondos, pero al observar a los enfermeros, a los guardas y a los médicos que iban y venían por el lugar donde estaba encerrado Seta, Kaoru se dio cuenta de que ninguno de ellos captaba la peste que había en su interior.

Dejó que se diluyeran los pensamientos y las voces de los demás y se centró en Seta.

Estaba en su habitación dispuesto a pasar la noche. Era una celda muy distinta de los lujos con los que había vivido. Comprobó que había cambiado mucho desde la noche que Misao lo de­rrotó en el bosque.

Tenía el pelo más fino, la cara más redonda y los carrillos empezaban a hundirse bajo profundas arrugas de abandono.

Ya no era guapo ni elegante y su rostro había empezado a reflejar lo que había ocultado en su in­terior durante tantos años. Llevaba un amplio mono naranja e iba de un lado a otro como un centinela.

—No pueden retenerme aquí. No pueden re­tenerme aquí. Tengo trabajo. Voy a perder el avión. ¿Dónde está esa zorra? — se dio la vuelta y escudriñó el espacio vacío con sus ojos transparen­tes y un gesto de fastidio —. Vuelve a retrasarse. Tendré que castigarla. No me deja otra alternativa.

Desde fuera, alguien le dijo que se callara de una puta vez, pero él siguió con sus idas y venidas mientras hablaba en voz alta.

—¿No se da cuenta de que tengo asuntos que resolver¿No se da cuenta de que tengo responsa­bilidades? No se saldrá con la suya. ¿Quién coño se ha creído que es¡Putas, son todas unas putas!

De repente, como si fuera una marioneta, le­vantó la cabeza y Kaoru vio que la locura apenas ocultaba el odio en sus ojos. La locura empezó a adquirir un resplandor rojo.

—¿No sabes que puedo verte, puta zorra? Te mataré antes de que te enteres.

El estallido de energía la golpeó como un pu­ñetazo en el estómago. Notó que vacilaba y se so­brepuso.

— Das lástima. Utilizas a un loco para acumu­lar tu poder. Yo me basto conmigo misma.

—Tu muerte será lenta y dolorosa. Te manten­dré viva el tiempo suficiente para que puedas ver la destrucción de todo.

—Ya te hemos derrotado dos veces —sintió otra descarga de energía y la desvió, pero tuvo que emplear toda su fuerza y notó que se debilitaba el vínculo mientras la cabeza de Seta tomaba la forma de la de un lobo que mostraba los colmi­llos— y la tercera es el encantamiento.

Volvió tambaleantemente a su cuerpo y se ha­bría caído si Megumi y Misao no la hubieran sujetado.

—¿Estás herida? —Kaoru intentó restablecerse an­te el apremio que había en la voz de Misao—. Kaoru...

—No, no estoy herida.

—Has estado mucho tiempo —le dijo Megumi.

—Lo justo.

—Como tú digas —Megumi hizo un gesto con la cabeza sin soltar la mano de Kaoru—. Tenemos compañía.

A medida que las visiones abandonaban su ca­beza, Kaoru vio a Kenshin de pie fuera del círculo. Lle­vaba el abrigo negro que ondulaba al viento.

—Termina y cierra el círculo antes de que te derrumbes —lo dijo con un tono seco, como si ha­blara de negocios.

—Sé lo que tengo que hacer.

Agarró el tónico que Misao había servido y, con las dos manos, se lo llevó a la boca y lo bebió. De­jó de sentirse como si fuera un jirón de niebla que el viento pudiera arrastrar.

—Cierra el círculo —le exigió Kenshin—. O en­traré aunque no quieras.

Kaoru, sin hacerle caso, dio gracias por haber tenido un viaje seguro y, con sus hermanas, cerró el círculo.

—Sigue utilizando a Seta —se puso la bata y el cinturón, aunque sentía la piel tan fina y frágil como la seda—. Más como recipiente que como origen. Lo llena de odio hacia las mujeres, hacia el poder femenino, y luego emplea la mezcla para nutrir su propia energía. Es muy fuerte, pero tiene puntos débiles.

Se agachó para coger la bolsa y al levantarse se tambaleó.

—Ya está bien —Kenshin la tomó en brazos—. Tie­ne que dormir. Yo sé lo que tengo hacer con ella.

—Tiene razón —Megumi apoyó la mano en el hombro de Misao mientras Kenshin se la llevaba fuera del claro del bosque—. Él sabe lo que ella necesita.

Kaoru giró la cabeza con un gesto exasperado.

—Sólo necesito recuperar el equilibrio y no puedo hacerlo si no estoy de pie.

—Antes no te molestaba tanto que te ayudaran

—No me molestaría si necesitara ayuda y no necesito que tú... —se mordió la lengua—. Perdo­na, tienes razón.

—Caray, tienes que encontrarte fatal.

Kaoru apoyó la cabeza en su hombro.

—Me siento mareada.

—Lo sé, cariño. Vamos a solucionarlo. ¿Qué tal el dolor de cabeza?

—No está mal. De verdad. Habría vuelto con más fuerza, pero tuve que darme prisa. Maldita sea, Kenshin, este mareo es... —empezó a nublársele la vista—. No se me pasa. Estoy hundiéndome.

— No pasa nada. Tranquila.

Por una vez en su vida, Kaoru hizo exactamente lo que Kenshin le dijo y no discutió. Se abandonó en sus brazos y él la llevó hacia la casa. Ya le echaría la bron­ca más tarde, se dijo Kenshin, cuando ella pudiera de­fenderse. De momento, la llevó hasta su habitación.

Kenshin sabía que Kaoru tenía que dormir larga y profundamente, pero no se quedó tranquilo al ver­la tan pálida y quieta en la penumbra del dormito­rio. Sabía lo que había que hacer y eso por lo me­nos le ayudaba a mantener la mente centrada en los aspectos prácticos.

Sabía los aceites y cremas que usaba como pro­tección. Podía olerlos en su piel. La tumbó en la cama y reunió el incienso y las velas adecuadas pa­ra reforzar los que ella ya había usado.

Siempre fue una persona ordenada, se dijo mientras revisaba las baldas y los armarios que ha­bía en la habitación de la torre.

Hasta allí tenía flores, macetas de arcilla con violetas, y libros. Echó una ojeada a los títulos y eligió uno de sortilegios y encantamientos curati­vos por si tenía que refrescarse la memoria.

Encontró las hierbas que necesitaba en la coci­na y aunque hacía bastante tiempo que no practi­caba ese tipo de magia, hizo una infusión de ruda para ayudarla a purificar el espíritu.

Kaoru estaba profundamente dormida cuando regresó. Kenshin encendió las velas y el incienso, se sentó a su lado y se introdujo en su mente.

— Kaoru, tienes que beber, luego podrás des­cansar.

Le acarició las mejillas y le rozó los labios con los suyos. Kaoru abrió los ojos, pero el azul estaba nublado. La sintió completamente fláccida cuando le levantó la cabeza para llevarle la taza a los labios.

—Bebe y cúrate mientras duermes. El sueño será largo y profundo. De la noche pasarás al día — le apartó el pelo de la cara y volvió a dejar la ca­beza sobre la almohada —. ¿Quieres que te acom­pañe?

—No. Aquí estoy sola.

—No lo estás — la besó en la mano y ella cerró los ojos —. Te esperaré.

Kaoru se alejó de Kenshin camino de los sueños.

Se vio de niña en la rosaleda que sus padres ha­bían descuidado. Las mariposas revoloteaban so­bre las palmas de sus manos como si los dedos fue­ran pétalos de una flor.

Kenshin y ella, jóvenes y ansiosos, encendían una hoguera en el claro del bosque y se tumbaban de­lante del fuego mientras Lulú hacía punto sentada en una silla.

Paseaba por la playa con Kenshin una calurosa no­che antes del verano. El corazón le palpitaba ma­chaconamente cuando él se acercaba y la atraía hacia sí. El mundo que se detenía y contenía la respiración en ese momento mágico antes de dar­se el primer beso.

La sensación de las lágrimas, la oleada ardiente que le rebosaba el corazón. Él se había alejado sin volver la cabeza y la había dejado destrozada y afli­gida junto a un estanque precioso con las primeras violetas de la primavera.

«No volveré.»

Esa declaración la había hecho añicos.

Los sueños la llevaban de un lado a otro. Se vio en el jardín de verano cuando enseñaba a Misao a agitar el aire. Sintió la dicha de unir sus manos, por fin, con las de sus dos hermanas para formar un círculo de unidad y poder.

Vio la delicadeza de los colores y la dulzura de la boda de Misao y la emocionante promesa de ma­trimonio de Megumi. Ella observaba mientras sus hermanas empezaban otro círculo en el que no te­nía cabida, como debía ser. Estaba sola.

—El destino nos pone en el camino y nosotros elegimos.

Estaba en el acantilado con alguien llamada Fuego. Kaoru se volvió y se encontró con una cara igual a la suya.

—No me arrepiento de la elección que he to­mado — afirmó Kaoru.

—Yo tampoco; ni puedo hacerlo.

—Morir por amor es una mala elección.

La llamada Fuego arqueó las cejas con un ges­to de arrogancia innata. El viento de la noche ha­cía que el pelo le pareciera una llamarada azul.

—Sin embargo, fue mi elección. De no haber­la tomado, hija, quizá tú no estuvieras aquí ni fue­ras lo que eres. De modo que no me arrepiento. ¿Podrás decir lo mismo cuando llegues al final de tus días?

—Soy cuidadosa con mis dones y no hago mal a nadie. Vivo mi vida y me siento en paz.

— Yo también lo hice — extendió los brazos —. Mantenemos este lugar, pero cada vez queda me­nos tiempo — señaló a la niebla que se espesaba en el borde de las rocas —. Anhela más de lo que pue­de conseguir y, al final, lo que no puede conseguir lo derrotará.

—¿Qué puedo hacer que no haya hecho ya? — preguntó Kaoru —. ¿Qué me queda por hacer?

— Todo.

Se desvaneció y Kaoru se quedó sola.

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Lulú estaba sola. Profundamente dormida y flotando en sueños tapada por el batiburrillo de colores de la colcha. No se daba cuenta de la nie­bla oscura que se formaba en el exterior de la casa y que se colaba por todas las rendijas.

Se agitó y tembló cuando la niebla heladora la cubrió y se deslizó entre las sábanas para pegarse a su piel. Se acurrucó más profundamente en la colcha con un leve quejido, pero no encontró más calor.

Oyó el llanto del bebé y los lamentos intermi­nables. Se destapó con un gesto automático y ma­ternal, se levantó en medio de la oscuridad y salió del dormitorio.

—Ya voy, ya voy.

En el sueño, caminaba adormecida por el largo pasillo de la casa del acantilado. Cuando dejó la ca­sa y entró en la niebla espesa, notó la madera puli­da debajo de los pies y no la áspera hierba de su pequeño jardín. Tenía los ojos abiertos, pero vio la puerta del dormitorio del bebé y no la calle flan­queada por casas silenciosas por la que caminaba.

Ni vio ni sintió al lobo negro que la acechaba por detrás.

Llegó al final y abrió la puerta inexistente en la esquina que daba a la playa.

La cuna estaba vacía y los lamentos del bebé se tornaron en gritos de terror.

—¡Kaoru! — echó a correr por la calle principal que para ella era un laberinto de pasillos—. ¿Dón­de estás?

Corría con la respiración entrecortada y llama­ba a puertas cerradas mientras intentaba dirigirse hacia el llanto del bebé.

Se cayó y los dedos se le hundieron en la arena de la playa. Entre lamentos se levantó y llamó a su bebé; se tambaleó y siguió corriendo. En el sueño, bajó la escalera a toda velocidad, salió a la oscuri­dad de la noche y se precipitó al mar.

Chocó contra el agua y quedó aturdida, pero la rabia por encontrar y proteger a su hija hizo que se recuperara y se abriera camino entre las olas.

El agua la cubría, pero mantenía los ojos abiertos y los gritos del bebé le retumbaban en los oídos.

Notaba una gran opresión en el pecho y el re­gusto ácido del vómito en la garganta. Sintió náu­seas y volvió a arrojar.

—Respira. No pasa nada, Lulú, tranquila.

Le ardían los ojos y no podía enfocar. Vislum­bró la cara borrosa de Aoshi. Gotas de agua le caían del cabello y se deslizaban por las mejillas.

—¿Qué ha pasado? — preguntó con una espe­cie de gruñido que le irritó la garganta.

—Dios mío, Lulú — Misao se arrodilló junto a ella, le tomó la mano y se la llevó a la mejilla —. Gracias a Dios.

—Todavía está conmocionada — Megumi apartó a su hermano y se acercó para abrigar a Lulú con una manta.

—¿Conmocionada? Una mierda.

Lulú se sentó y tosió tan violentamente que pensó que se le iba a partir el pecho, pero se rehi­zo y miró a las caras que la rodeaban. Misao lloraba sin disimulo con Sano, empapado, de rodillas junto a ella. Megumi se sentó en la arena y le puso la man­ta sobre los hombros con la ayuda de su hermano.

—¿Dónde está Kaoru? — preguntó Lulú.

—Está en su casa, está con Kenshin — le contestó Misao —. Está a salvo.

—Muy bien — Lulú empezó a dar unas lentas bocanadas de aire —. ¿Qué coño hago aquí calada hasta los hueso en medio de la noche?

—Ésa es una buena pregunta — Aoshi se lo pensó un instante y decidió que lo mejor era decir la verdad —. Misao se despertó y supo que te pasaba algo.

—A mí me pasó lo mismo — añadió Megumi —. Acababa de quedarme dormida cuando te oí lla­mar a Kaoru. Luego, la visión me arrolló — miró a Misao—. Te vi salir de tu casa con la niebla que se cerraba sobre ti.

—Y el perro negro —murmuró Misao que espe­ró a que Megumi asintiera con la cabeza—. Te ace­chaba. Temía que no pudiéramos encontrarte a tiempo.

Lulú levantó la mano como si quisiera aclarar­se las ideas.

—¿Me metí en el agua? Por amor de Dios.

—Te llevó hasta allí —intervino Sano—. ¿Sabes cómo lo hizo?

—Tuve un sueño, eso es todo. Una pesadilla. Fui sonámbula.

—Vamos a casa para que entres en calor —dijo Misao, pero Megumi sacudió la cabeza.

—Todavía no. Has estado a punto de ahogarte dormida —el tono se volvió cortante y enojado—, así que no me vengas con cabezonerías de mierda. Si Misao y yo no llegamos a conectar, mañana te ha­bríamos encontrado muerta y arrojada por la puta marea —a Megumi se le quebró la voz y siguió ha­blando entre los dientes apretados—. Mi hermano y mi marido te sacaron y Aoshi te devolvió la vida. No te desentiendas de esto.

—Basta. Deja de gritar —Lulú, muy excitada, sacudió el brazo de Megumi—. Ha sido un mal ro­llo, eso es todo.

—Te llevó hasta allí —repitió Sano.

—Eso es una bobada —volvió a temblar por un frío que le congelaba las entrañas—. ¿Por qué iba a querer hacerme daño esa cosa? Yo no tengo poderes.

—Si te hace daño a ti —contestó Sano—, hace daño a Kaoru. Eres parte de ella, así que eres parte de todo esto. ¿Qué habría sido de la isla, de los hi­jos que dejaron las Hermanas, si no hubiera habido niñeras que los cuidaran? Tendríamos que haberlo tenido en cuenta antes. Ha sido una estupidez no hacerlo. Un descuido.

—No volveremos a descuidarnos —Misao pasó el brazo por los hombros de Lulú—. Tiene frío. Tenemos que llevarla a casa.

Permitió que la llevaran, permitió que la cuida­ran e, incluso, permitió que la arroparan en la cama. Sintió el peso de la edad, pero no se sintió acabada.

—Quiero que Kaoru no sepa nada de esto.

—¿Qué? —Megumi se puso en jarras—. ¿Te has quedado idiota después de la experiencia?

—Piensa en lo que ha dicho tu marido. Si me hace daño, le hace daño a ella. Si se preocupa por mí, estará distraída —ya se había puesto las gafas y vio a Sano con toda claridad—. Va a necesitar toda su fuerza y todo su ingenio para terminar con esto.

—Tiene que ser fuerte, pero...

—Entonces¿por qué complicarle las cosas? —no había nada, nada, que fuera más importante que el bienestar de Kaoru—. ¿Cómo sabemos que esto no ha pasado esta noche para tenerla preocupada por mí y que así fuera más vulnerable? Lo que ha ocurri­do ya ha ocurrido y decírselo no cambiará nada.

—Ella podría ayudar a protegerte —puntuali­zó Misao.

—Sé cuidar de mí misma —nada más decirlo vio que Aoshi la miraba con las cejas enarcadas y resopló—. Llevo haciéndolo desde antes que nin­guno de vosotros hubiera nacido. Además, tengo un sheriff fuerte, un científico muy listo y un par de brujas que cuidan de mí.

—Quizá tenga razón — Megumi se acordó de lo pálida y débil que había vuelto Kaoru del vuelo—. Acordemos no decirle nada a Kaoru hasta que haya que hacerlo. Misao y yo podemos proteger la casa.

—Podéis ir empezando —les propuso Lulú.

—Yo puedo instalar un sensor — intervino Sano—. Así, si hay algún cambio de energía, te lo advertirá.

—Parece una buena idea —Lulú apretó la mandíbula—. Kaoru es el objetivo. Nada ni nadie va a utilizarme para hacerle daño. Eso, lo prometo.

Continuara...


Yaps... un nuevo capitulo ESpero ke lo hayan disfrutado...

ya saben dejen sus comentarios ke ellos me dan mucho mas animo para continuar...

cuidense

y ke apsen un muy feliz año nuevo

matta nee