Hola c: ¿Me extrañaron? JEJEJEJEJEJE. Andaba trabajando más o menos 13 horas al día, por eso no encontraba fuerzas para inspirarme y escribir. Eso ya terminó ahora -aunque vuelvo a tener dos trabajos, y empezaré a estudiar alemán los sábados a partir de este que viene-.

Bueno, lamento la tardanza. Y lamento lo mala que soy con todos acá.

Tengo dos músicas para este cap: Zombie, de The Cranberries, y Zombie, de Miser.

Ahora no hay muro de guests porque todos comentaron con sus propias cuentas c: ¡Ahora, al cap!


CAPÍTULO XI: Hier und jetzt

Nuevo Brandeburgo, Alemania. 27 de abril de 1945

―Mikasa, ¿eh?

La mujer, quien se había presentado con el nombre de Arabelle, lucía algo ausente desde que se había enterado del nombre de Mikasa. Esta, sin embargo, mantenía su expresión estoica mientras la alimentaba con cuidado de no quemar sus labios con la sopa caliente.

―Escuché ese nombre antes…

Era raro que lo hiciese, mas Mikasa no deseaba forzarla a dar una respuesta. Además, era probable que se tratase de simples desvaríos inducidos por la fiebre.

―Sí, mi prometido me habló de ti.

Mikasa enarcó las cejas en un gesto de fingida sorpresa, y prosiguió a dejar el tazón de sopa de lado durante un momento entretanto arropaba mejor a la mujer, quien temblaba aun bajo dos enormes frazadas.

―¿Cuál es su nombre?

Lamentó haber formulado la pregunta apenas la cara de la mujer fue contorsionada por un rictus que parecía ocasionarle un dolor físico.

―Ah, él… su nombre era Eld. Eld Gin.

Esta vez, Mikasa sí se sorprendió.

―¿Eld…? Sí. Lo conocí. Un valiente soldado.

Le hubiese gustado decir «tuve el placer de combatir a su lado», mas ello sería una mentira: él había fallecido en la misma misión que se había cobrado la vida de Petra.

De todas formas, los avispados ojillos de Arabelle resplandecieron con vida al advertir que Mikasa sabía de qué estaba hablando.

―Él solía enviarme numerosas cartas. Me hablaba de todos ustedes. De ti, decía que eres un prodigio, que tu destreza es comparable a la del capitán Levi (claro que no decía su nombre, pero sí el tuyo).

Mikasa se esforzó por esbozar una débil sonrisa.

―Eso dicen ―coincidió a la par que tomaba una vez más el tazón y se disponía a alimentarla.

Aun así, la locuaz muchacha se las ingenió para hablarle entre cucharada y cucharada de sopa:

―Ah, el capitán Levi… Es tan amable, ¿eh? Él… Él me envió aquí, cuando no tenía donde ir… ¿Qué iba a hacer sin Eld? Pero él me envió aquí… «No es momento para ser emocional», me dijo. Y yo no tenía adonde ir… ¿Sabes lo que es eso? No tener adonde ir, no tener… ningún lugar al cual llamar «hogar».

Mikasa lo sabía. El problema era que lo sabía precisamente porque Levi la había dejado sin un lugar al cual llamar «hogar».

Y dolía. Dolía que todo cuanto averiguaba de él, solo hablaba en su favor.

Incluso las cartas a Bertholdt, las cuales la nombraban de paso. Incluso las noticias de los periódicos, las cuales retrataban al «capitán Rivaille» como el perpetuo encargado de desentrañar complicados enredos dentro de las SS.

Y siempre terminaba con alguna personalidad importante siendo despojada del poder.

Y, por lo tanto, terminaba salvando más y más vidas antaño oprimidas.

Solo que así salvase a mil personas, para Mikasa no tenía sentido.

No después de lo que había hecho.

―Es una lástima… que tras todo su esfuerzo, yo vaya a morir.

La repentina confesión de la muchacha bajó a la mente de Mikasa de las nubes en las cuales se encontraba.

―¿Disculpa?

Arabelle lucía algo apenada.

―Esta enfermedad… No soy ilusa, Mikasa.

Su sonrisa resignada, por alguna razón, no hizo más que enfurecerla. De todas maneras, luchó por no dejar traslucir sus sentimientos al responder con voz fría:

―No puedes darte por vencida.

Pero la mujer ya estaba sacudiendo la cabeza incluso antes de que ella finalizase la oración.

―No entiendes: deseo morir. Así, me reuniré con Eld…

Esta vez, Mikasa no disimuló:

―¡No puedes decir algo así! Discúlpame, pero por un hombre… No digo que no haya sido importante en tu vida, pero ¿el resignarte a morir por él? Simplemente, no…

Empero, las palabras las palabras quedaron colgando de su boca entreabierta al ver la expresión de Arabelle, quien la escuchaba como si sus quejas no fuesen más que la reacción esperada de una niña ajena a la verdadera situación.

―Creo que no entiendes ―con cuidado, la joven colocó su mano sobre la suya, con lo que ambas reposaban ahora sobre la rodilla de Mikasa―: Mi enfermedad es incurable, y eso es un hecho. Y… Eld no es solo un hombre.

»Fue el amor de mi vida, y voy a reunirme con él.

Mikasa aún quería refutar. Buscaba la forma de decirlo y no ofenderla. Arabelle veía esto, así que le respondió al instante:

―Tal vez… no lo comprendas aún. Puede que suene meloso, pero… no es que no pueda estar sin Eld. Sí puedo. Estuve muchos años de mi vida sin él. Pero ahora que no está… Sucede que, simplemente, él era quien debía estar a mi lado. Y aunque podría encontrar a otra persona, o bien, vivir sin nadie…, él era el indicado.

―Sigo sin comprenderlo ―Mikasa había dejado el tazón a un lado, y apretaba los puños firmemente, a pesar de que la mano de Arabelle seguía sobre la suya―. ¿Alegrarse de morir…?

―No me alegro de morir ―se apresuró a corregirla, y seguidamente suspiró―: Algún día encontrarás a alguien…, y sabrás que naciste para estar a su lado. Que no podría ser otra persona, sin importar qué ocurra. Que lo amas tanto, que incluso la muerte significa un alivio si significa reunirte con él.

Mikasa seguía en desacuerdo, mas reflexionó que, si su enfermedad era incurable, su resolución debía darle algo de paz a Arabelle.

―Solo espero… ―suspiró entonces ella con la vista fija en el techo― … que cuando llegue tu momento, sepas por qué o quién vale la pena ofrendar tu vida.

«Y si me das tu vida… Si dejas de pensar en cómo apuñalarme mientras duermo, y piensas mejor en cómo robar de toda fuerza a los enemigos que asechan fuera de este refugio, yo te prometo, Ackerman, te juro frente a todos los presentes, que mi vida será tuya para lo que quieras».

Mikasa sintió un repentino nudo en su garganta. En silencio, se levantó y dejó sola a Arabelle.

Esta no emitió sonido alguno.


Había dejado atrás todo.

Atrás habían quedado Arabelle, Bertholdt, e incluso Eren.

Porque todo lo que los ojos de Mikasa podían ver desde aquella colina cercana al refugio era el gris del cielo que ofrecía sus lágrimas a las flores que se veía incapaz de abrazar. El árbol bajo el cual había tomado asiento apenas le prodigaba resguardo alguno.

Fue así, que la lluvia se convirtió en una tormenta que no mostró clemencia.

Pero Mikasa no quería clemencia.

Se merecía la lluvia que la empapaba, y sabía que si pescaba una neumonía y moría, también se lo habría merecido…

«Creí que ya te habrías dormido. Suelta la bufanda, mocosa. Está mojada, y te dará una neumonía».

Mikasa apretó los ojos con fuerza.

«Mocosa. Estás aquí porque eres fuerte. No vas a morir de una neumonía. No te dejaría morir de una neumonía. Así que suelta la maldita bufanda».

¿Por qué, sin importar lo que hiciese, no podía dejar de pensar en él? ¿Seguiría con vida? ¿Podía al menos creer en algo tan incierto…?

¿O acaso Levi habría sacrificado ya su vida?

No.

El Führer seguía con vida, y Levi no ofrecería su sangre por nada menos que su cabeza.

Levi no podía fallar: era el soldado más fuerte del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.

No, se dijo Mikasa. Es el soldado más fuerte de la humanidad.

Esa era una verdad que le había costado aceptar, y, sin embargo, había otra verdad que aun ahora Mikasa se negaba a admitir.

Esa verdad que susurraba palabras vacías a su oído cada vez que atisbaba algún rastro de emoción en el rostro de Levi.

Esa verdad que, apoyada sobre su hombro, había canturreado cada palabra del vals que había bailado con Levi.

Esa verdad que gritaba como un doliente cada vez que su mente evocaba la textura de los labios de Levi perfectamente amoldados a su boca…

Esa verdad que era tan simple y tan buena, tan reconfortante como una chimenea en invierno o un aguacero sobre los campos secos en verano.

Tan reconfortante como el aroma de la lluvia que había ido cayendo sobre Mikasa como un velo.

Cinco meses habían transcurrido, y Mikasa aún no tenía su respuesta.

La respuesta de la forma de actuar de Levi, la respuesta respecto al misterio que era su vida…

Pero tenía la respuesta al motivo de haber ignorado a la verdad que golpeteaba en el interior de su pecho.

Mikasa fijó la vista en el pueblo de Nuevo Brandeburgo, y recordó el chocolate que Levi le había regalado; eran escasos, y carísimos, y aun así, él había gastado el poco dinero que llevaba consigo para dejarle un último recuerdo dulce…

Mikasa ya no recordaba el sabor del chocolate, pero sí recordaba una cosa: recordaba que en algún momento había encontrado su respuesta, aquella que explicaba por qué no importaban los errores de Levi o sus defectos, ni las atrocidades que había cometido.

Recordaba que no importaba nada de esto, ni su mal carácter, ni su poco atractivo físico debido a su estatura.

Ni siquiera importaba ―y Mikasa se odiaba a sí misma por ello― que Levi hubiese asesinado a sus padres.

No, no era así: sí importaba. Pero esta verdad que la rondaba día y noche, con los ojos abiertos o cerrados, era independiente de lo mucho que odiase a Levi por lo que le había hecho…

Era independiente, por mucho de que Mikasa desease gritar y quitarse el corazón del pecho, de que Levi hubiese asesinado a sus padres.

Una gota encontró su lugar en el puente de su nariz, y se abrió paso sobre la piel blanquecina de su rostro hasta quedar pendida de su barbilla.

.

Mikasa volvió a cerrar los ojos.

Es la verdad.

La gota cayó. Justo cuando Mikasa se puso de rodillas.

No es posible negarlo.

No había ningún transeúnte cerca, pero de haber estado paseando alguien por allí, habría tildado de loca a Mikasa. O quizás, ni siquiera eso: habría pasado de largo ante la joven postrada en el charco que se había ido formando bajo aquel patético árbol deshojado por el viento.

Porque ¿importaba acaso lo que fuese a acontecer con ella? ¿Importaba, acaso, su dolor o su locura?

¿Importaba, acaso, su corazón roto?

No, no importaba. No le importaba a ella, porque se merecía este dolor.

Me merezco que esté roto. Me merezco que a nadie le importe.

Se lo merecía. Por mala hija, por mala amiga, por mala soldado.

No debía importarle a nadie su corazón roto.

Aunque esté roto por amar demasiado a alguien que no debería haber sido amado jamás…

Sus padres lo habían amado, y allí estaban, enterrados en alguna fosa común tras haber sido asesinados por su propia mano.

Aunque esté roto por amar demasiado al soldado más fuerte de la humanidad…

¿Y qué? Petra lo había amado, y allí estaba, en su hermoso cajón lustrado, donde dormiría apaciblemente hasta el fin de los tiempos.

¿Qué importa, en verdad…?

Mikasa rompió en llanto. Lloró como no lloraba hacía tiempo, como aquella vez en la cocina de Levi. Sus gemidos parecían abrirse paso desde su pecho y a través de su garganta con cuchillos que solo la instaban a llorar incluso más fuerte.

¿Qué importa, Levi?

Apretó los puños, y deseó con fuerzas que Levi siguiese vivo. Que siguiese en pie, así derramase más sangre inocente. Que no fuese su sangre la que fuese derramada en el campo de batalla.

¿Qué importa, Levi…

Y se sintió repugnante por atreverse a desear algo así.

si te amo tanto que estoy llorando por ti, cuando debería estar llorando por mí misma?


―Mikasa, levántate.

De alguna manera, siempre había sabido que Eren la quería. Solo que no sabía cómo expresar su cariño. Ella tampoco sabía cómo: se lo había demostrado salvando su vida durante incontables misiones.

―Mikasa…

La ayudó a levantarse, y la sujetó de los hombros. Mikasa fijó la mirada en sus grandes ojos de aquel azul-verdoso que siempre había adorado. Esos ojos, y aquella sonrisa comprensiva. A veces pensaba que Eren había crecido demasiado en unos pocos meses… ¿O tal vez eran días? Ya había perdido la cuenta. Lo cierto es que su mirada y su voz le prodigaban una paz que creía perdida.

Supuso que, en algún momento de su infancia, había idolatrado tanto a Eren que había terminado desarrollando ciertos sentimientos románticos hacia él.

Qué lástima que no hubiese estado a su lado por mucho tiempo.

Qué lástima que había terminado en el hogar de Levi.

Y por sobretodo, qué lástima que no se había terminado enamorando de su amigo de la infancia, sino del asesino de sus padres.

Y aun así, como siempre, Eren tenía la solución con apenas un abrazo y unas sencillas palabras en su oído:

―Si eres infeliz sin él, deberías ir a buscarlo.

Eran palabras como esas las que la habían hecho quererlo tanto, a pesar de que aquel incipiente amor le hacía pensar en la brisa que juega con los carrillones y relaja a todo aquel que oye su melodía, mientras que lo que sentía por Levi se asemejaba al fuego que devora bosques y selvas a la par que deja libre el camino para que todo lo verde sea renovado.

Era el ciclo de la vida, y así Mikasa supiese perfectamente quién hubiese sido más saludable para ella, no podía determinar el rumbo de sus sentimientos…

Lo que sí podía hacer era aceptar una mano amiga.

―Iré.


Le gustaba esa Mikasa. Esa Mikasa valiente y decidida, capaz de enfrentar lo que fuese.

Eren sonrió, y tomó distancia para poder verla a la cara.

―Iré contigo, entonces.

Era lo menos que podía hacer tras todo lo que ella había hecho por él.

Aunque no lo hacía por eso.


Berlín, Alemania. 30 de abril de 1945

Mis pecados van a matarme algún día.

Levi estaba seguro de ello, aunque hiciese lo posible por redimirse.

No, eso es una mentira.

Hacía tiempo que había perdido la oportunidad de enmendar sus errores. Vidas eran vidas, sin importar que fuesen tomadas como un asesino o un héroe.

Y ya de vuelta en Berlín, apostado en aquella casa abandonada, cuidándose tanto de los aliados como de los nazis, Levi estaba seguro de que terminaría pagando todo lo que había hecho. Después de todo, no había papel más difícil que el de las FDF: debían purgar nada más que a los nazis, pero eran blanco tanto de ellos como de los Aliados.

―Levi, hay una emergencia.

Él levantó la vista hasta Erwin.

―El Führer ha muerto.

Era un soldado, y una piedra: nunca demostraba lo que pensaba o sentía. Pero ahora, no podía ocultarlo: era alivio, era miedo, era terror. Apretó la mandíbula, e inquirió:

―¿Y ahora qué?

Como era de esperarse, Erwin tenía la respuesta:

―Salir con vida de aquí. Y luego de eso, tengo una misión que darte mañana.

Era el camino que Levi había elegido. Y aunque pudiese, no habría actuado de manera distinta: sabía que no había nadie en Alemania que hubiese podido desempeñar su papel.

Sí.

El papel de héroe tras bambalinas.

El héroe de la humanidad a la que la humanidad misma detestaba.


Berlín, Alemania. 1 de mayo de 1945

Mikasa no tenía idea de cómo lo habían logrado. Debieron avanzar en tren hasta un pueblo cercano a Berlín, y a partir de allí, montar a caballo, en carro, en lo que fuese necesario hasta llegar a destino.

Y todo para que, tras haberse escondido en un sótano que hacía las veces de refugio antiaéreo, escuchase una noticia inesperada a partir de aquel lujo que era la vieja radio de uno de los refugiados.

Eran las nueve y media de la noche cuando Radio Hamburg interrumpió su programa ―fragmentos de ópera de Wagner y la Séptima Sinfonía de Bruckner― para dar una «grave e importante noticia», como ellos mismos la habían denominado.

La noticia en cuestión heló la sangre de Mikasa.

―Nuestro Führer, Adolf Hitler, luchando hasta el último aliento contra el bolchevismo, cayó por Alemania esta tarde, en su cuartel general de la Cancillería del Reich. El 30 de abril, el Führer designó al gran almirante Doenitz para ocupar su lugar. El gran almirante y sucesor del Führer va a hablar a continuación al pueblo alemán.

Mikasa temblaba.

―Hitler ha caído a la cabeza de sus tropas…

Si el Führer estaba muerto… Eso significaba que…

La tarea que a mí me incumbe es la de salvar a los alemanes de la destrucción que implica el avance del enemigo bolchevique…

Eso significaba que…

―La guerra se acabó, Mikasa.

Sí, lo sabía. Sabía que nada ni nadie detendría a los Aliados; Eren tenía razón.

Pero…

Levi.

Mikasa se puso de pie. Eren la siguió en un acto reflejo. Ambos habían traído sus armas consigo, y se habían hecho pasar por soldados encargados de defender a los civiles berlineses incapacitados para la lucha.

―¿Van a dejarnos…?

El anciano que lo había preguntado temblaba. Mikasa no le respondió.


Levi recordaba las palabras de Armin entonces. Internados en una de las casas derrumbadas a causa de las bombas que habían caído sin piedad sobre Berlín, él y Leonhardt apuntaban a las nucas de los soldados nazis que pensaban que solo los Aliados eran sus enemigos.

Esta chica…

La había observado durante bastante tiempo, había llegado a la conclusión de que era idéntica a una loba: solitaria y letal.

Entonces, ¿por qué…?

Había preparado todo. El resto de los escuadrones se hallaba en zonas más encarnecidas de la batalla, peleando al igual que ellos.

¿Por qué, entonces…?


Mikasa corrió, la capucha negra ondeando tras ella. Eren la seguía, a su propio ritmo, entre escombros y destrucción, entre cuerpos que ya empezaban a pudrirse o que ya llevaban tiempo pudriéndose en las calles.

La verdad era que no tenía idea de adonde ir, y aun así, era como si su cuerpo se negase a creer lo que su mente daba por cierta.

Está muerto.

―¡Mikasa…!

Debía estarlo. Debía, puesto que el Führer estaba muerto, y no se habían develado aún las circunstancias de su fallecimiento.

Debía estar muerto, en algún lugar de Berlín.

De Berlín, que ahora era una sombra de lo que era.

Era como revivir la pesadilla nuevamente.

Eren estaba a su lado, de nuevo.

Pero aun así, había vuelto a perder demasiado…

―¡Mikasa!

Oía su voz demasiado lejos. Demasiado, como si no fuese real. Solo seguía corriendo, con la esperanza de alcanzar algún lugar, algún rincón donde las garras de la destrucción no hubiesen llegado…

―¡MIKASA!

Eren la tomó de los hombros, y estampó su espalda contra la pared de un callejón.

―¡Mikasa, escúchame! ―susurró de forma histérica―. ¡¿Adónde vamos?!

Ella no tenía respuesta para eso, y dudaba que sus pensamientos anteriores fuesen de ayuda a Eren.

―Yo… no lo sé, Eren.

Como era de esperarse, el chico solo frunció más el ceño.

―Esa estrategia va a matarte.

Mikasa pensó que en verdad debía ser el fin del mundo si era Eren quien estaba siendo prevenido ahora mismo.

―Ahora, pensemos…

Empero, Eren no finalizó la frase. Sus manos, trémulas, soltaron a Mikasa.

―M-Mikasa…, ¿es ese…?

Ella miró en su dirección, y no pudo creer lo que veían sus ojos.

―¡Armin!


Ella no se movía. Solo asesinaba a los nazis con certeros disparos.

Levi se preguntó si Armin estaría errado. ¿Quizás no era ella…? Mas sus sospechas eran fundamentadas en agudas observaciones hechas a conciencia, ¿cómo podían estar mal?

Estaban solos. Ahora era el momento.

¿Tal vez espera alguna oportunidad más propicia…?

Eso debía ser.

Fue entonces cuando oyó pasos. Pasos deliberadamente suaves tras ambos. Y el sonido del gatillo… Al instante se apartó de la ventana, justo a tiempo para esquivar un proyectil que había ido a colisionar contra el marco de la misma.

―¡Mierda!


El joven levantó la cabeza casi sin fuerzas. Su cuerpo se hallaba entre los escombros de una de las casas aledañas.

―Eren… Mikasa…

Mikasa siempre había sospechado, en lo profundo de su ser, que Armin era un llorón.

Lo que nunca había imaginado era que esta característica de su personalidad no le restaba ni un poco de aquel valor leonino que exhibía ahora mismo, mientras se apresuraba a decir todo lo que sabía:

―Rápido, ayuden al… al capitán Levi…

Eren lo instó a guardar su aliento, no así Mikasa, si bien no dejó en ningún momento de retirar los escombros con sus manos desnudas.

―¡Espera! ¿Qué… ocurre con el capitán Levi…?

―Le dije… Le dije que Annie era la infiltrada…

Eren lucía visiblemente perturbado ante esta información. Mikasa no podía decir que nunca había dudado de ella, así que la información la sorprendió en menor medida.

―Pero no pensé… ¡Ah! ―Armin cerraba los ojos debido al dolor que suponía el intento de sus amigos por ayudarlo a salir de entre aquel derrumbe―. No pensé que… que habría otro infiltrado…

Mikasa lo oía, y sabía que era importante. Sabía que no podía llorar de alivio aún.


Leonhardt se apresuraba en apuntar hacia él. Levi tiró de su arma y golpeó con el movimiento a la muchacha: no obstante, el intruso se apresuraba a arremeter de vuelta, por lo cual decidió abandonar el rifle y correr en dirección al atacante; una patada bien dirigida a sus piernas lo hizo perder el equilibrio.

Y aun así, no pudo quedarse cuando ya Leonhardt volvía a dirigir el rifle hacia él.

Mientras corría escaleras abajo con toda la velocidad que le era posible, se reprendió mentalmente tal desatención.

Era de esperarse que tuviese un cómplice.

Solo que no había imaginado que se trataría de Reiner Braun, y que este dejaría su posición asignada hacía poco en el escuadrón de Erwin.

Demonios.

Tenía una Walther P38, de ocho cartuchos, una recarga, y una daga, mientras que estaba seguro de que Leonhardt y Braun contaban con las mismas armas, además de los fusiles Karabiner 98 Kurz. Sabía que era bueno, pero no olvidaba que, después de Mikasa, aquellos dos mocosos habían obtenido los mejores resultados entre los reclutas.

Y era por algo.

Levi pensó que, en tal caso, lo mejor que podía hacer era apostar por una ventaja externa.

Sí.

Emergió a la calle trasera: en medio de la lucha, nadie se fijaría en la ágil figura encapuchada que corría en la oscuridad.


―¿Annie… y Reiner? Dios…

Armin recorría sus piernas con sus dedos trémulos. La batalla no se había detenido por ellos, pero habían tenido la suerte de estar en una zona menos violenta que el resto.

―El capitán apartó a Reiner de su escuadrón pensando en hallarse en una batalla frente a frente con Annie, pero de pronto, él desapareció en medio de la lucha y… Todo tuvo sentido, cómo Reiner cruzaba algunas palabras con ella, mas siempre sigiloso, siempre cuidadoso de que no lo viesen… Pensé que era solo desconfiado, pensé que Annie no le agradaba, y… me equivoqué… Dios, van a matarlo, ¡y será mi culpa! Vine hasta aquí pero… pero es probable que sea ya en vano…

Eren estaba por discrepar, cuando Mikasa colocó una mano sobre el hombro de Armin.

―Armin. Necesito tu ayuda. ¿Adónde fue el capitán Levi? ¿Adónde?

Mikasa sentía la mirada de Eren clavada sobre su rostro, y sin embargo, no le importaba. No le importaba si lucía desconsiderada, si estaba siendo exigente con alguien que había sufrido un daño probablemente irreparable a sus piernas.

Su prioridad era salvar la vida de Levi.

Armin lucía desorientado por el dolor, y no obstante, luchó por concentrarse y responder:

―Estaban en una casa cercana… Esa era su posición… Pero vengo de allí, y no estaban…

―Trata de pensar como él, Armin. Si… ―Mikasa se forzó a decirlo como una posibilidad, puesto que eso era, y no una certeza―… Si él sigue con vida, y logra descubrir que Reiner también está allí… ¿Qué haría? ¿Dónde podría encontrarlo…?

Armin se tomó unos segundos para pensarlo mientras Eren lo ayudaba a sentarse de una mejor manera.

―Si yo fuese el capitán… y me viese en una desventaja así… Si yo fuese…

Se mordió el labio inferior, y seguidamente, con nuevas fuerzas, exclamó:

―¡No se los dejarían tan fácil, Mikasa! ¡Huiría hasta un lugar que me fuese propicio…! ¡Un lugar que yo conozca, y ellos no! ¡Un lugar que me dé la ventaja…!

―Pero un lugar así, ¿dónde…? ¿Mikasa?

Sabía que Eren estaba hablando, pero ella no lo escuchaba. Pensaba detenidamente en cada palabra de Armin. ¿Un lugar que conociese…? ¿Un lugar que…?

Mikasa levantó la vista.

A unos metros de ellos, fuera del callejón, un cartel metálico se balanceaba debido al viento con un molesto chirrido.

―Eren…, cuida a Armin.

No eran más que tres niños jugando a ser héroes, y ella lo sabía. Arrodillados entre las ruinas y el polvo de Berlín, Mikasa estuvo segura de lo mucho que los quería a ambos. Con cuidado para no lastimar a Armin, rodeó con sus brazos a sus dos amigos.

―Gracias…, los quiero.

Depositó sendos besos en las sienes de los dos chicos, y salió disparada fuera del callejón.

Ellos la siguieron con los ojos. Lo único que se escuchaba eran disparos a lo lejos, y el sempiterno chirrido del cartel metálico que Mikasa había visto cientos de veces de la mano de sus padres.

Friedenstraße.


Levi podría haber mentido entonces, y dicho que no le dolía cada parte de su cuerpo. Que los proyectiles que lo habían rozado, las cortaduras y los cristales incrustados en su piel no significaban nada.

Pero significaban.

Solo que quedaban disminuidos ante el peso de la culpa que lo atormentaba cada día, y le carcomía las entrañas cada segundo que pasaba dentro de esa casa.

―Maldición…

Leonhardt y Braun eran inteligentes. No lo habían atacado de frente, sino que habían aparecido como fantasmas en esquinas, lo habían amenazado, y habían logrado que malgastase un montón de municiones. Solo le quedaba la recarga, y se sentía idiota por primera vez en mucho tiempo.

Fue entonces cuando, casi de casualidad, la vio venir: Leonhardt había escalado hasta el segundo piso de la casa, y había ingresado a través de la ventana. Era una jugada arriesgada, mas Levi estaba seguro de que se debía a que apostaba a que Braun apareciese segundos luego.

Empero, su compañero no dio señales de vida, y todo se limitó a una pelea final entre los dos: Leonhardt atacaba sin piedad, y aun así, Levi adivinaba en sus movimientos algo externo a su habilidad…

Algo en su forma de atacar le recordaba a Mikasa de pequeña.

Había sentimientos nublando su potencial: sus movimientos eran predecibles, guiados por el odio y la desesperación.

Levi nunca se había dado cuenta de que aquella muchacha que arremetía contra él lo odiaba.

Y se hizo más evidente cuando, guiada por esta misma desesperación, falló los últimos disparos de forma estúpida, porque no había otra manera de denominar sus errores: Levi, no obstante, supo exactamente qué hacer, y apuntó a sus piernas; sus dos últimas balas la inmovilizaron a causa del dolor y la hicieron retroceder…

―Tú… maldito monstruo…

Levi no comprendía la causa de su odio. Pero aquella palabra, «monstruo», solo le recordó más a Mikasa…

―Ilumíname, Leonhardt ―preguntó entonces acremente―: ¿qué fue lo que hice para merecer tal título a tus ojos? ¿Matar a casi la totalidad de un escuadrón, o qué?

Ella temblaba. Veía un torbellino de negras emociones en el interior de sus ojos azules, y todo tuvo sentido.

―Ah… Ya vi ojos como los tuyos antes… ¿Es eso lo que hice? ¿Maté a tus padres?

Ella no respondió, mas sus ojos lo hicieron por ella.

De cualquier manera, Levi no se esperó que la muchacha guardase otro revólver en su uniforme, así que se apresuró a aprovechar la última oportunidad con la que contaba: sacó ventaja de lo mucho que temblaban las manos de Leonhardt mientras cargaba el revólver, y lo pateó fuera de sus manos; este fue a deslizarse bajo la cama llena de polvo que perteneciese a los padres de Mikasa.

Era un déjà vu en toda regla.

―¿Qué fue lo que hice? ¿Quiénes eran?

No sabía por qué lo preguntaba. No era como si pudiese cambiar algo con preguntarlo.

La sujetó del cuello de su uniforme, y volvió a preguntar:

―¿Qué hice?

Con sus últimas fuerzas, la muchacha lo atacó. En su mano llevaba la daga que Levi había olvidado que tendría. Pero esta vez, debido al ángulo en que acometió contra él, no tuvo manera de esquivarla: solo fue capaz de empujarla para apartarla de sí, y no calculó la magnitud del daño que llevó a cabo.

Los trozos de cristal de la ventana rota quedaron desparramados por el suelo y el alféizar, pero a Levi no le importó: se le incrustaron en la piel de las manos mientras se inclinaba hacia fuera del edificio para ver mejor…

Para ver mejor el cuerpo inerte de Annie Leonhardt en el suelo de la vereda.

Parecía dormida, incluso desde aquella altura.

Y fue entonces que lo recordó.


La había visto antes, claro. La había visto mientras espiaba a su padre, un importante oficial de las SS.

«A que no me quiebras, a que no me alcanzas».

Era alguna especie de juego de la pequeña con el hombre: este fingía empujarla, y luego la recogía del suelo y la elevaba por encima de su cabeza. El juego se le antojaba ridículo, mas ahora pensaba que nunca lo había entendido, en un principio.

En aquella época, las FDF se limitaban a los actuales líderes de los escuadrones: no había nadie más que conociese la causa, y menos que estuviese dispuesto a morir por ella.

Eran unos chicos jóvenes luchando por cambiar el mundo. Y Levi lo logró aquella noche, cuando cobró la vida de aquel oficial.

No pudo, sin embargo, evitar despertar a su hija, quien había estado durmiendo al lado de su padre.

Alguna pesadilla, algo así debía haber causado que ella no se encontrase en su cama. Pero Levi la vio demasiado tarde.

Y ella lo había visto a él de igual manera.


Debería haber un límite de vidas que uno puede arruinar.

Sí, debería ser así.

Levi fue levemente consciente del sonido de la puerta de la habitación abriéndose. Estaba seguro de que era Reiner, porque sus pisadas eran pesadas y fuertes.

―¡Annie…! ¡No debiste venir sin mí! ¡¿Estás allí?!

Levi no lograría alcanzar el arma debajo de la cama a tiempo. Estaba seguro de ello.

Era la noche del primero de mayo del año 1945.

Y sin embargo, en su mente, el calendario se había detenido el nueve de noviembre de 1938.

Aquella había sido una noche de cristales rotos, sí, pero más que simples cristales de vidrieras fueron hechos añicos: fueron rotos costosos escaparates, y bellas rosas transparentes que nunca serían obsequiadas. Fueron rotos años de trabajo y esfuerzo con una rapidez mayor a la que tardaron las piedras en colisionar contra las lisas superficies.

Porque todo eso se había ido resquebrajando de a poco, como si se hubiese tratado de una larga prueba de resistencia.

«A que no me quiebras, a que no me alcanzas».

Pero incluso más que cristales de escaparates o rosas, incluso más que años de trabajo y esfuerzo fueron destrozados.

Y por eso él estaba allí.

Para arrodillarse sobre las podridas tablas de madera de la casa número 124 de Friedenstraße, aunque los afilados restos se incrustasen en sus rodillas y los clavos de las tablas del suelo deshilachasen su pantalón.

El picaporte de la puerta giraba lentamente.

Y él sabía que era el fin.

Cuando la puerta se abrió, Levi vio lo que esperaba. A Reiner Braun, y a su mirada preocupada. A Reiner Braun, y a su mirada iracunda.

El arma le apuntó directamente.

Levi estuvo seguro de que podría haberse ocultado al lado de la puerta, y tratado de batallar.

Solo que no tenía fuerzas.

El Führer estaba muerto, ¿para qué se lo necesitaba? Era mejor que dejase a estos chicos obtener su venganza…

Ya había asesinado a Leonhardt, cuando era él quien se habría merecido morir a sus manos.

O a las de Mikasa.

Pero ¿qué diferencia hacía?

Braun apuntó el arma directo a su cabeza; Levi estaba de rodillas, sería casi una ejecución.

Pese a que era el final, no podía cerrar los ojos.

Oyó el ruido del gatillo al ser jalado, así como lo vio.

Y finalmente, el ruido del disparo.


Empero, no sintió nada. Solo el impacto de la bala contra la pared a su lado, y un fuerte estrépito.

¿Falló…?

No comprendió el porqué hasta que vio el brazo que rodeaba el cuello del hombre, y tiraba de él hacia atrás. En segundos, una figura se escabulló desde el costado y se alzó sobre el pecho de Braun, quien no atinaba sino a forcejar de forma desesperada.

Y eso no era nada para ella, quien lo despojó del arma en segundos. Levi podría haberlo hecho, y lo sabía. Eso había pensado antes, que habría podido dar pelea…

Solo que no quería.

Pero ¿cómo iba a rendirse, cuando ella en persona estaba allí?

Con su cabello azabache, con sus despiadados ojos grises que no pasaban por alto un solo movimiento de Braun.

Suficiente.

Apenas un susurro surgió de sus labios, mas era un claro indicador de que la muchacha había dado por finalizada la afrenta y procedía ahora a dejar inconsciente con un certero golpe en la cabeza a su adversario.

Cuando Braun dejó de luchar, la joven se separó, y clavó su mirada en él. Levi sabía que no era el momento ni el lugar, mas no podía evitar detenerse en sus ojos llenos de rabia, sus mejillas sonrojadas y su boquita entreabierta.

Sus ojos llenos de rabia.

Porque ella no lo miraba de otra manera.

Quiso reír, porque esto parecía una batalla por disputarse su vida, y le causaba gracia. No era más que una insignificante escoria, un gusano que había intentado luchar por la libertad, y allí estaban aquellos tres niñatos, cazándolo como si fuese la reencarnación del diablo en persona.

―¿Y esto? ―su voz destilaba amargura, y no le importaba―. ¿Viniste a matarme personalmente?

Ella solo avanzó hacia él en silencio.

―Pudiste haberles dejado el trabajo al resto de mi escuadrón ―le aseguró.

Se detuvo frente a sí, y Levi tuvo que mirar hacia arriba. Desde hacía tiempo que era más alta que él, pero ahora, estando él de rodillas, era una notable diferencia de estatura.

―¿O es que creíste que no podrían concretar el trabajo?

Ella no dijo nada.

En lugar de eso, se dejó caer de rodillas frente a él, sin importarle los cristales desparramados por el suelo. Sus ojos quedaron a la misma altura, y con tal cercanía, Levi estuvo seguro como nunca de cuán desesperadamente la amaba. Y de cuán amargo se le hacía todo esto, en especial que hubiese vuelto desde el refugio al que él la había enviado.

―Te envié lejos por tu bien ―lo susurró, porque no permitiría que ella oyese su voz quebrarse―, ¿y osas hacerme este desaire de venir hasta aquí?

Ella se mantuvo en silencio todo el tiempo. Solo fijó su mirada en su brazo derecho. Levi supo lo que buscaba mientras levantaba su manga.

―Es el izquierdo.

La joven lo escuchó, y tomó su brazo izquierdo: con rudeza, con prisa, levantó la manga y desató el vendaje.

Levi no podía ver su mirada, y sabía que ella no lo dejaría. No sabía ni qué expresión tendría, y ya intentaba adivinarla, cuando sintió una lágrima sobre su muñeca.

Luego otra.

Y otra.

Terminó por levantar su brazo hasta su rostro, y presionó los labios contra el hilo rojo. Levi sintió que él mismo podría llorar en aquel instante.

―Estás vivo…

Levi no encontraba las palabras. Y si pudo vislumbrar aunque fuese el rabo de alguna palabrilla extraviada en el nudo de su garganta, todo volvió a oscurecerse cuando ella lo miró con su rostro entero bañado en lágrimas y sus labios trémulos.

Le estaba dirigiendo la mirada. Y aunque aún veía odio, aún veía rabia, veía algo más.

Algo que él conocía gracias a ella.

Y sintió a este «algo» que no se atrevía a nombrar en su mente ―no osaba siquiera conjeturar su existencia en ella a causa de él― envolverlo cuando ella lo abrazó y hundió su rostro en su pecho.

―Estás… vivo…

Obviamente.

Pero no dijo lo que pensaba. Solo le correspondió el abrazo en silencio, y sintió los sollozos ahogados contra su pecho.

Sentía que todo estaba bien, aunque el mundo afuera estuviese destruido.

Porque ella no había venido a asesinarlo.

No.

Mikasa Ackerman había venido a salvarlo.


Mikasa nunca estuvo tan maravillada con la simple existencia de alguien como en aquel instante, con la simple existencia del aquí y del ahora.

Maravillada porque la respiración de Levi, el latido de su corazón y sus mismos ojos verdes se constituían en el mayor milagro que había visto jamás.

No podía dejar de lado su odio así como así, ni su rencor, pero sí podía hacer algo más de espacio en su corazón para el amor que sentía por este hombre.

Estaba enamorada de él, y lo sabía. Estaba enamorada de él, y abrazaba el sentimiento resignada, como un condenado a muerte en el patíbulo.

Lo amaba tanto que sentía que podría besarlo en aquel mismo instante.

Solo que antes que besarlo y olvidarse del mundo, prefería recordar dónde estaban, que aún había un sinfín de situaciones que resolver, y por sobretodo, que Levi estaba vivo y a su lado, a salvo entre sus brazos, en aquel mismo lugar, en aquel mismo instante.

―Levi…

Esperaba que él pensase lo mismo, así que le susurró al oído con una suavidad que no imaginó que sería capaz de expresar hacia aquel hombre jamás en su vida:

―Vamos a casa.

Este soltó una carcajada, lo que lejos de desconcertar a Mikasa, la puso al tanto de cuán roto estaba Levi.

―Es posible que «nuestra casa» ya no exista, ¿sabes?

Mikasa quiso sonreír, pero no lo hizo.

Ella sabía que su casa, su hogar, seguía existiendo.

Y seguiría existiendo mientras Levi siguiese vivo.


Amo a Annie con todo mi corazón, en serio ;w; Y a Armin también, DIOS, BABUS. Bueno, aquí los tienen uwu Espero que haya valido la pena la espera. ¿Reviews? c:

PD: Nati, no me vas a ganar el puesto de Satán (?)