Capítulo 11. Convivencia.

Cuando pensaba que ya había llegado a la máxima expresión de su edad adulta y que había conseguido un nivel estable en cuanto a su madurez mental, Alexa la ponía una vez más a prueba. La teoría explica que las personas adultas, con respecto a las más jóvenes, son capaces de post-poner el placer inmediato para conseguir uno más gratificante a largo plazo. Hecho que se demuestra de forma divertida con el famoso test de la nube de algodón, donde niños pequeños deben elegir entre comerse una única chuchería o dos, pero esta última opción la conseguirían si lograban esperar varios minutos sin comerse aquella que tenían en frente. Una tentación.

Aplicado a la vida, Alexa Woods era su golosina, o más bien la propuesta de que viviesen juntas, y no le costó nada aferrarse a ella y decir que sí. Porque ¿quién le aseguraba que si esperaba unos días más iba a conseguir lo que ella quería de verdad?

Lo último era algo imposible, porque sus últimas noticias eran que, finalmente, habían pasado de la etapa de "conocernos" a "novias". Sus principios le hacían frenarse, y se había resignado a esperar simplemente. A esperar si Alexa algún día la miraba como ella quería. ¿Podría pasar? No estaba muy segura, estos últimos días sus posibilidades bajaron a los números negativos y algo se rompía de forma ruidosa en su interior cada vez que veía cómo Alexa sonreía a Avery o la besaba como saludo cuando acudía a su piso.

No pudo evitar romperse cuando volvió hacía unas semanas de mirar pisos, porque de normal aguantaría perfectamente todas esas situaciones, pero la espina que tenía clavada en el pecho al darse cuenta de que Alexa iba a elegir a Avery una y otra vez sobre ella era difícil de obviar en esos momentos. Se derrumbó al darse cuenta de que, quizás, el haber ido hasta Palo Alto había sido una completa estupidez porque Alexa no sentía lo mismo que ella cinco años después.

Mantuvieron una adecuada convivencia las dos en el piso que tenía la más pequeña de ellas, poniéndose más al día o hablando de los estudios que llevaron a cabo esos años. Logró que accediera a que durmiese ella en el sofá, no iba a consentir que, encima que le dejaba dormir en su piso, tuviese que irse de la que fue su cama, porque la mudanza estaba a punto de suceder.

Llevaban toda la semana mirando pisos, algunos los vieron de forma individual por coincidir por trabajo, pero por la noche lo ponían en común y seguían decidiendo. Al final, se quedaron con uno que vieron juntas la noche anterior: dos habitaciones con cama de matrimonio, una cocina enorme, un salón aún más grande y un baño, que estaba colocado entre las habitaciones, separándola. Y le venía genial para oír menos a la pareja si alguna noche se quedaba a dormir. Como plus, al ser un ático, tenían una terraza en la que tenía muy claro que pasaría las horas muertas, de momento, tomando el sol.

—¡Ayúdame! —escuchó su grito desesperado, y rodó los ojos divertida, porque era tan dramática como siempre.

Dejó las bolsas que preparaba en la cocina para acudir a la llamada de Alexa, que provenía de la habitación. La vio con medio cuerpo en el altillo del armario, con una pierna estirada y la otra colgando.

—¿Qué haces ahí arriba?

—Mis juguetes sexuales —dijo con esfuerzo, seguramente se estaba clavando el borde de la madera en el estómago.

—¿Llegas?

—Sí, pero no sé dónde está la silla —movió la pierna que tenía colgando, intentando alcanzar el objeto que mencionaba.

Sonrió mientras la miraba y acercó la silla hacia su pie antes de sujetar su pierna y ayudarla a apoyarse en ella. Su sonrisa se ensanchó cuando la vio cogiendo un balón de fútbol, el cual reconoció de inmediato, porque fue un regalo que le hizo. Si no recordaba mal, por Navidad.

—¿Aún lo tienes?

—No quiero imaginar cuánto te gastaste en él, pero está como nuevo —bajó de un salto, y lo soltó para colocárselo en el empeine antes de dar patadas con él, controlándolo como ella sabía, pero tan solo con una de las piernas. Suponía que la rodilla operada se le resentía bastante. Acabó pasándoselo a ella, que lo sujetó con las manos, rememorando los días que iba a verla como profesora en la universidad. Su jugadora favorita.

—Lo echas de menos, ¿verdad?

—Viviré mi sueño frustrado a través de mis hijos —puso voz profunda, llevándose la mano al pecho.

—¿Quieres tener hijos? —se interesó, y Alexa la miró divertida.

—Tengo a Juno —se encogió de hombros—. Será lesbiana y futbolista. Cuando gane millones, le diré que te invite a algo.

—Está bien, quizás pueda liarme con su entrenador o algo así, no me vendrían mal unos millones —se encogió de hombros, pero la mueca de Alex hizo que frunciese el ceño.

—Raven, tienes ya una edad y Juno tiene cuatro años…

Le dio con el balón en el abdomen, empujándola hacia atrás con la pelota sujeta con sus manos.

—No pusiste tú muchos impedimentos para liarte con una diez años mayor.

—Me he acostado con mayores.

—¿Y menores? —curioseó.

—Uh, sí… La hermana de una compañera de doctorado. Un bomboncito de dieciocho.

—Menuda pervertida —rio, y Alexa la siguió cuando volvió a recoger los demás alimentos—. ¿Cuándo viene el casero?

—En teoría en unos minutos. ¿Crees que se me olvidará algo? —preguntó dejando el balón metido en una bolsa aparte, para que no ensuciase nada.

—Revisa todos los muebles y me encargo yo de revisar los de la cocina cuando termine de sacar todo lo que hay en la nevera.

Alexa asintió, y salió de allí. La recorrió completamente hasta acabar en su culo, y mordió su labio antes de girarse y volver a coger más alimentos de la nevera.

Contrólate, Reyes.

¿Cómo iba a controlarse si iba a tener a la tentación viviendo en la habitación de al lado?

X X X

Llegaron agotadas, ese día hacía especialmente calor y no habían parado en todo el día entre las clases y la mudanza. Quedaron en que aprovecharían la mañana siguiente de sábado para terminar de llenar la nevera, porque decidieron no comprar más cosas e intentar gastarlo todo para tener menos que mover.

Admitía que estaba feliz tras haber compartido esos momentos con Raven, el elegir pisos juntas y ver que aún parecían tener esa complicidad que en un pasado tuvieron. Parecían amigas de toda la vida, y era una sensación que le encantaba. En la elección del piso estuvieron de acuerdo en todo, incluso para elegir habitación de cada una.

—Vale, he preparado algo para nuestro primer día en nuestro piso —anunció, y Raven la miró interesada mientras colocaba la comida en la nevera.

—Sorpréndeme —la alentó.

Dejó de ordenar las encimeras con los platos y fue hacia su habitación para coger una botella de vino que escondió en su maleta, aún sin deshacer. Llegó a la cocina, llevándola como si fuese un ejemplar de un museo, caminando lentamente y entonando una canción estúpida para hacer reír a Raven. Cerró el frigorífico tras colocar lo último que había, y doblar la bolsa sin dejar de mirarla con una sonrisa.

—Ahora que vamos a vivir juntas, necesitamos vino.

—¿No eras ahora de cervezas?

—Me adapto rápido.

Raven fue hacia el mueble y sacó dos copas, colocándolas frente a ella en la isleta.

—¿Está muy caliente? —preguntó mientras ella descorchaba.

—Por favor, Raven, ¿con quién estás hablando? Venía vestido para estar fresquito. La temperatura ideal —dijo con voz burlona.

—Estaba segura de que había sido así.

—Siempre has confiado en mí.

—Nunca me has dado motivos para no hacerlo —ella sonrió al escucharla y le tendió la primera copa que llenó, dejando que la probase antes de servir más.

—Si es una mierda, compro otra ahora mismo. Tenemos que dar la bienvenida con una copa de vino —dejó claro.

—¿Es un requisito? —ella asintió al oírla, y sonrió cuando la latina rio suavemente.

Raven sujetó la copa, meneándola y llevándosela hacia la nariz para olerla mientras se miraban fijamente.

—Vamos, no aguanto más —pidió, dramatizando y simulando que se ponía nerviosa.

La vio dar el primer sorbo, y estuvo un rato haciendo que lo saboreaba, y las dos se miraron divertidas.

—Está bien.

—¿De verdad? No me mientas —la acusó con el dedo, y la vio dar otro sorbo mientras ella rellenaba la suya y la probaba—. Bueno, he probado mejores… En nuestra primera compra juntas, iremos a buscar el mejor de los mejores.

—¿Tenemos que brindar?

—Por nosotras —alzó su copa, para chocarla con la suya sobre la isleta, estirándose para llegar bien, frente a frente.

—Por nosotras —le sonrió, y se sentaron un rato en la isleta, observándose directamente a los ojos.

Los últimos pensamientos que tenía de forma habitual presente invadieron su mente. Llevaba desde el miércoles, que le tocó dar clases para sustituir a Bella, algo extraña, porque no volvieron a hablar de "romances", pero tenía la ligera sospecha de quién era el amante de Raven. Eso, o estaba haciendo bastantes migas con un tal Alejandro.

Rubio, sonrisa perfecta, barba de varios días, sin demasiado músculo… Muchas veces pensó en dejarle un pañuelo para las babas mientras observaba a la latina. Se sentaba normalmente al lado de ella y se fijó que en los descansos aparecieron los susurros al oído del otro y las sonrisas. Y, uf, admitía que le dio un poco de envidia la forma que tuvo ese día Raven de acariciar su brazo distraída mientras hablaban con otros compañeros de las filas de atrás.

Esa mañana, nada más llegó a dar su clase, se encontró a Raven sentada en la mesa, con una minifalda que casi consiguió matarla cuando la vio salir para desayunar, y Alejandro acariciando su rodilla con los dedos, como si le hiciese un masaje, a la vez que reían con los mismos compañeros. Y necesitaba saber si estaba con él o no, dejarle claro que podían hablar de esos temas y que le gustaría saber si empezaba a salir con alguien.

—¿Es Alejandro?

—¿Qué? —preguntó alzando las cejas mientras se hacía una coleta alta, probablemente por el calor que hacía ese día.

—A quien te encontraste aquella noche, si fue él —fue directa.

—Sí —bebió de nuevo.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No creí que fuese importante, ni tampoco que supieses quién es —empezó a jugar con la etiqueta de la botella.

—Admito que me he fijado un poco en vuestras interacciones —sonrió, intentando sonar amigable—. ¿Te gusta? —con la pregunta consiguió que la mirase de nuevo.

—Me gusta… ¿para qué? —quiso aclarar.

—No lo sé —se encogió de hombros—. ¿Para follar? ¿Para ser amigos? ¿Para ser pareja?

—Qué orden tan extraño has usado —rio.

—No cambies de tema —pidió, y se miraron fijamente—. ¿Te trata bien?

—Me trata bien —confirmó—. Es el hombre que mejor me ha tratado —sabía que lo decía para tranquilizarla, y se percató de que usó la palabra "hombre" en lugar de "persona" —. Es muy cariñoso y atento, además de divertido —la vio sonreír.

—¿Tuviste algún orgasmo con él? He oído que los hombres suelen ser malos en el acto —se metió con él.

—Es el único hombre que me ha practicado sexo oral.

—¿Qué dices? —frunció el ceño, y ella rio de nuevo antes de beber otro sorbo del vino.

—Así es… Mucho hablar de sexo, pero parece que lo que es ir hacia abajo —miró hacia lo que se refería, y notó calor por todo el cuerpo al recordar cuando era ella la que iba hacia abajo— parece que les da miedo.

—No me lo creo. ¿El único?

—Con orgasmo incluido.

—Menudos idiotas, no saben lo que se pierden.

Le salió sin más, y ambas se quedaron en silencio. Se miraron unos segundos antes de enfocar hacia otro lado, y algo le decía que Raven bebía, como ella, en esos momentos.

—Si quieres traerlo algún día a casa, no tengo problemas —ofreció, sin mirarla—. Mejor que estés feliz con orgasmos, aunque sea un tío, que amargada por estar cerca de los cuarenta —se metió con ella.

Protestó cuando Raven le tiró a la cabeza el corcho del vino y la vio con los labios fruncidos observándola.

—Me gustaría verte a ti con casi cuarenta, a ver qué es de tu vida.

—Suicidio, Raven. No pienso llegar a la edad que empieza con cuatro.

—Eres idiota —ambas rieron, y entonces ella volvió a hablar—. ¿Le has contado a Avery sobre nosotras?

Le pilló por sorpresa, pero suponía que Raven aprovechó que mencionó a Alejandro para hacer ella lo mismo con Avery.

—Voy a hacerlo.

—¿Qué le vas a decir? Supongo que lo de que tu exnovia vaya a vivir contigo no le hará gracia.

—Le tendrá que hacer gracia si quiere seguir conmigo —se encogió de hombros—. No dijo nada sobre el vivir juntas, le caes bien. Supongo que tengo labia hablando de mi exprofesora favorita.

—No me hagas la pelota, que me has dicho antes algo feo con respecto a mi edad.

—No hay que negar lo obvio, mami.

Mierda. Mierda. Pero ¿qué le pasaba? La miró algo alarmada por haber usado otra vez ese nombre con ella; es que le había vuelto a salir sin querer. Se relajó al ver que se reía.

—¿Terminamos de sacar las cosas y pedimos algo para cenar? —propuso.

X X X

Llevaba un rato tumbada en su nueva cama. Por fin tenía un sitio suyo, aunque lo compartiese con Alexa. Al menos, tenía su espacio en aquella habitación, que era bastante amplia y tenía un gran armario. Todas sus maletas cupieron en altillo, y su ropa por fin estaba completa colgada en un lugar para ellas solas y no compartido con Alexa. Cosa que no le molestaba tampoco demasiado, pero era una sensación buena, al fin y al cabo, eso de tener su habitación, su cama y sus cosas en su sitio. Se ganaba el premio el saber que esa noche iba a poder dormir por fin en un colchón de verdad.

Su primera noche en su nuevo piso con Alexa, casi no se lo creía, porque en esos días en los que había estado viviendo con ella se había dado cuenta de lo fácil que era retomar todo ese contacto que perdieron, incluso se sintió como si hubiesen sobrepasado varios niveles a la vez y fuesen grandes amigas. Alexa y ella tenían confianza la una en la otra y su relación fluía de forma muy natural. No era forzado, era como tenía que ser. Y, a pesar de las circunstancias y sus sentimientos, estaba feliz.

Sonrió al escuchar a Alexa hablando fuera de su habitación, era una persona muy familiar e intentaba llamar todos los días a su sobrina, su hermana y sus padres. Se levantó de la cama y caminó fuera de su habitación, encontrándose con Alexa saliendo del baño.

—Eso era el baño —anunció mirando hacia su móvil, que lo mantenía colocado frente a su rostro y cuando la vio sonrió, acercándose a ella y rodeando su cuello con su brazo—. Esta es Raven, mi compañera de piso —la presentó y salieron las dos enfocadas en el teléfono y vio a Gerard y Verónica mirándolas alegres.

—Cuánto tiempo, Raven, veo que sigues igual de preciosa —anunció el hombre, y ella rio suavemente.

—Vosotros estáis geniales, ¿cómo os va todo?

—No vemos el día de jubilarnos y empezar a vivir la vida.

—Para eso os queda aún bastantes años —desanimó al hombre, que suspiró.

—¿Queréis ver su habitación? —en ese momento miró a Alexa, que sonreía pícara— ¿Has guardado los tangas?

—Sabes que no llevo tangas.

—Que viejo truco, hija —anunció Verónica, y entonces vio que Alexa sonreía—, pero Raven ha caído.

—Solo quería saber qué ropa interior usas ahora. Me gusta que sigas manteniendo viejos hábitos —le guiñó un ojo.

—Sabéis que vuestra hija es un poco pervertida, ¿no?

—Ha salido a su padre —suspiró Verónica.

—Y un poco a ti también —añadió Gerard.

—Última habitación de la casa —entró en su dormitorio, y giró con el móvil en mano—. Aquí es donde dormirá mi compañera de piso y sus posibles amantes cuando haya.

—¿Y en la tuya habrá amantes? —escuchó que hablaba su padre. Tal para cual.

—En la mía supongo que entrará Avery.

Alexa se tumbó en su cama boca abajo, continuando con su conversación con sus padres, y ella avisó de que iba a ir pidiendo la cena desde el ordenador, dejándola a solas con Verónica y Gerard, tras despedirse de ellos.

X X X

Una semana conviviendo juntas, y lo llevaban muy bien. No siempre estaban en el piso por sus horarios laborales y lectivos, pero por las noches charlaban de su día en la facultad y otros temas más banales. De momento, ninguna había llevado ni a Avery ni a Alejandro, aunque no es que llevasen mucho viviendo juntas en aquel nuevo edificio.

Entró en su piso y estaba todo en silencio, quizás Raven no había llegado aún de sus horas con Patrick. Menudo pringado. En una de sus conversaciones mencionó que, por primera vez, una noche se quedó con las ganas, y sabía que se refería a Raven por eso de que "besaba como una diosa"; era una descripción que se acercaba mucho a la realidad, quizás se quedaba incluso corta. A pesar de ser un poco mujeriego, sabía que respetaba a las mujeres, y eso la tranquilizaba a ella como persona.

Avanzó por el pasillo, dispuesta a ir a su habitación para cambiarse de ropa y salir a comprar la cena para esa noche. Estaba loca por probar la barbacoa que había en la terraza, además de que hacía la temperatura ideal y podrían quedarse hasta tarde hablando porque era viernes. La habitación de Raven estaba abierta, cosa que le confirmaba que no estaba allí, porque el salón también estaba vacío. A pesar de esa idea, sus ojos fueron al interior de su dormitorio, no sabía por qué exactamente, puede que para echar un vistazo de la imagen que había dentro de él. Porque era para no perdérsela.

Había una esterilla color lila extendida a los pies de la cama de Raven y ella estaba sobre ella, descalza con pantalones ceñidos hasta sus tobillos y un top; aunque el top lo intuía, porque solo podía mirar su culo. Había posturas en yoga donde tenían esa zona del cuerpo más alta o que se podía notar más, pero, joder, no sabía qué había hecho exactamente esos cinco años, pero tenía unas nalgas muy apetecibles, muy bien puestas y rellenas.

Raven estaba tumbada, con el tronco semielevado y apoyada en sus brazos, sus caderas estaban contra el suelo, al igual que sus piernas, estiradas hacia atrás. Su hermana tuvo una época que practicaba ese deporte y no se sabía los nombres de las posturas, y mucho menos había provocado en su interior lo que la latina en esos momentos.

No sabía que esas reacciones sucedían en la vida real, en las películas quedaban muy bien, pero podía jurar que era cierto, porque estaba en el suelo tirada de la impresión cuando se levantó, totalmente ajena a que había alguien mirando, y se colocó lentamente en esa postura con el culo alzado. Benditos pantalones de yoga y bendita ella que no usaba tangas y podía ver la línea que hacía su culote en mitad de sus nalgas a través de su ropa. Gracias al sonido que hizo su cuerpo al caer de culo en el suelo, la distrajo de su concentración y vio que la miraba sobre su hombro.

—No te he escuchado llegar —dijo, arrodillándose en la esterilla para observarla mejor, entonces vio que fruncía el ceño tras recorrerla con la mirada—. ¿Qué haces en el suelo tirada? —se colocó mejor la coleta, que había quedado un poco por su rostro, y vio sus brazos y su abdomen tensos por el tiempo que llevaría ejercitándolo con el yoga.

—V-voy a hacer la compra —fue lo mejor que pudo decir en esas condiciones—. Tú sigue saludando al sol, y aprovecha y dale un beso de mi parte.

La escuchó reír mientras ella reptaba por el suelo hasta llegar a su habitación; no sentía bien las piernas, su sangre debía estar en otro lado. Acabó tumbada en su cama, intentando controlar su forma de respirar, algo pesada, y la reconocía bastante bien, porque Raven parecía que siempre iba a tener ese efecto en ella. Yoga. Tenía que hacer yoga. Y no sabía qué era peor para su sistema nervioso autónomo: el yoga o simplemente ella en el gimnasio. ¿Seguiría yendo al gimnasio?

Mordió su labio y se levantó, yendo a su armario para ponerse otros vaqueros más cómodos y quitarse la blusa que llevó al trabajo para colocarse una camiseta básica y de tirantes. De repente, hacía mucho más calor.

Cogió su bolso de nuevo y salió hacia el pasillo, volviendo a fijar la vista en la habitación de la latina, que estaba tumbada boca arriba con las manos sobre su vientre, respirando de forma abdominal, pues notaba cómo se hinchaba con cada inhalación esa zona.

—¿Necesitas algo? —susurró, y la vio abrir los ojos antes de mirarla.

—Creo que no —le contestó también con un susurro, medio sonriendo.

—¿Te apetece estrenar esta noche la barbacoa?

—Claro —se levantó del suelo y caminó hasta el marco de la puerta de su dormitorio, e hizo un esfuerzo por controlar el enfoque de su mirada, porque sus ojos querían ver su abdomen, pero consiguió fijarse únicamente en su rostro—. Voy a estar en la ducha, ¿vale? Después te ayudo con la cena.

Ahora fue su turno de asentir antes de despedirse para ir a por sus compras para su gran día de inauguración de la barbacoa en su piso compartido con Raven Reyes.

X X X

—No tienes que venir si no quieres —rio al teléfono.

—Oh, vamos, me muero por estrujarte un rato.

—Alexa se pondrá contenta cuando te vea —le dijo a su amiga—. Te habrá echado de menos.

—¿Puedo tener alguna charla con ella sobre el amor?

—No —le quitó las alas.

El mes que viene, ¿vale? Te llevaré un regalo de cumpleaños adelantado.

—Oh, lo siento —escuchó en la puerta, y vio a Alexa girándose. Otra vez no la había escuchado llegar.

—No vas a ver nada raro, idiota —la avisó. Justo cuando salió de la ducha, escuchó su teléfono sonando y fue a coger la llamada con tan solo la toalla liada en su cuerpo. Alexa solamente iba a ver sus piernas y sus brazos, no pensaba que fuese ningún mal para el ojo humano.

¿Es Alex? —preguntó al otro lado del teléfono.

—Sí, pero no te la voy a pasar.

—Uh, cómo estás hoy… Creo que necesitas relajarte, Reyes, y ya sabemos quiénes te dan los mejores orgasmos.

—Lo has conseguido. Adiós —le colgó y mordió su labio. Qué tonta podía llegar a ser y cómo le recordaba a quien tenía frente a ella en esos instantes.

—Voy a meterme en la ducha ahora yo, ¿has terminado? —preguntó Alexa, observando algo por su ventana distraída mientras ella seguía sentada en la cama.

—Sí, tengo mis cosas en el armario —se refirió a sus artículos de higiene personal.

—¿Cómo vas a vestirte? —paseó hasta colocarse frente a ella y agarró su dedo gordo del pie, tirando de él— Te pondrás algo, ¿no?

—Sí, creo que sí —le siguió el rollo—. Aunque tengo calor.

—Puedes quedarte desnuda —le ofreció, y le dio con el pie en la mano para que dejase de tocarla, sonriéndose a la vez.

—¿Quieres que vaya preparando algo? —se levantó de la cama, sujetando la toalla con una mano y abriendo su armario con la otra.

—No, hoy me encargo yo de todo. Demasiado que tú eres la que hace de comer la mayoría de los días.

—Porque cocino mejor que tú —dio por sentado y la miró con media sonrisa, quedándose enganchada a cómo la observaba Alexa, apoyada contra la pared que continuaba en su armario empotrado. Justo a su lado—. ¿Vas a quedarte ahí parada? —preguntó divertida, sacando su ropa y dejándola sobre su cama.

—Es un plan para ver qué bragas te vas a poner —respondió tras unos segundos en los que ella aprovechó para cambiar la camiseta que eligió inicialmente por una camiseta de tirantes mejor.

—¿Quieres elegir el color? —rio, y la observó mientras se agachaba para abrir el cajón donde se encontraba su ropa interior.

—Los colores claros te sientan bien —la escuchó decir a su espalda—. Aprovecha que estás más morena para que haga mejor contraste tu piel con esos colores.

—Sí, recuerdo que te gustaban —la picó y eligió un conjunto en blanco, dejándolo también sobre la cama y vio que Alexa miraba en esa dirección—. Voy a cambiarme —anunció cuando comprobó que no se movía, y la chica la miró, sonriendo divertida.

—Tengo una bebida especial para esta noche, Reyes, espero que tengas las papilas gustativas preparadas para mí.

La chica le guiñó un ojo antes de cerrar. Seguía exactamente igual de siempre, y se alegraba de poder tener esas confianzas con ella, a pesar de que quería más.

X X X

Deja de mirar sus labios.

Deja de mirar sus labios.

Deja de mirar sus labios.

Joder, no podía dejar de mirar su boca.

Estaba tan cerca de ella... Un momento, estaban abrazadas.

Movió sus manos, notándolas algo agarrotadas, y sintió la piel de Raven bajo sus dedos. Cerró los ojos por la sensación y, entonces, se dio cuenta del hecho de "que estaba tocando la piel de Raven".

—Joder —murmuró al sentir un escalofrío con lo suave que era.

Se apartó ligeramente, notando que su respiración cambiaba por completo al comprobar que estaba en ropa interior, algo descolocada, y ver que una tira de su sujetador caía por su hombro, mostrando el inicio de su seno. Intentó no mirar su escote de más, y movió su rostro para descubrir que estaban aún en la terraza y se habían quedado dormidas en algún punto de la noche en uno de los muebles del jardín. Sonrió al ver a Raven tan tranquila, y volvió a mover su mano. Se podría acostumbrar a ello fácilmente.

Oh, no. ¿Qué mierda hacía? ¿Qué había pasado?

Se separó de ella, y empezó a sentir taquicardia cuando vio la ropa interior que llevaba: jodidamente sexy. Y es que ella misma estaba también en ropa interior.

—Oh, joder, joder —perdió el equilibrio al encontrarse ella al filo de aquel sofá, cayendo al suelo.

Se quejó por el dolor en su espalda que produjo la postura en la que aterrizó en el suelo. Echó el cuerpo a un lado, para caer mejor, protestando entre dientes por el tirón que tuvo en una de sus piernas. ¿Algo más?

—¿Alexa?

Alzó la vista y vio a Raven enderezándose. Convulsiones, hiperventilación, mareos, desangre por la nariz… No supo exactamente qué fue lo que sufrió cuando vio su escote, esos pechos apretados por aquel sujetador. Joder, estaban perfectas, como siempre. ¿Le habían crecido? Giró la cabeza para tener un mejor ángulo, pero Raven se las tapó y cuando subió la vista a su rostro notó que respiraba agitada. Sus ojos conectaron de nuevo y pudo leer su mirada, sabía que se estaba preguntando lo mismo que ella: ¿qué coño había pasado esa noche?


¡Sorpresa! Nuevo capítulo, parece que la convivencia empieza fuerte.

¿Qué coño había pasado esa noche?

*música de misterio*

Nos leemos, si todo va bien, el día 25.