Cuando se estaba por acostar Draco se encontraba mucho más taciturno que de costumbre. No se metió con él por sus andrajosos pantalones para dormir, un pantalón desgastado escocés rojo que Draco encontraba, inadmisible para cualquier ser humano con las caderas de Harry.

En lugar de eso, se metió bajo las sábanas de Ron, la cama más cerca a la suya, y se dio media vuelta.

Desde que compartían habitación, nunca cerraron las pesadas cortinas y cuando Harry se volvió para hablar, de lo que fuera, vio que las había cerrado.

Con un nudo en la panza, preocupado, se quedó mirando fijamente las cortinas. Rogando porque las cosas no cambiarán una vez que todos sus amigos volvieran. Tenía miedo de perder su amistad. Draco se había vuelto importante para él, más allá del salameo que tenían, Draco le importaba como amigo, o quizás como algo más que un amigo.

Pero sobre todas las cosas y por sobre todos, Harry lo quería. Los títulos le valían. Pasar el tiempo con Draco, peleas y bochornos mediante, se había vuelto una parte fundamental de su vida.

Alejó sus inseguridades. No tenían lugar, había pasado una semana completa y no había podido conseguir nada. En términos generales, había fallado en la misión que le habían encomendado. Esos días fueron literalmente unas vacaciones, y nada de trabajo. Podía decirse que logró cimentar una relación de amistad con Draco, pero no apostaría nunca porque este lo llamara si Lucius volvía a lanzarle una imperdonable y -eso le dolía.

Sus terrores nocturnos habían ido menguando. En los tres días que durmió en la enfermería, solo uno había tenido pesadillas, y desde que Draco se mudó a la torre de Gryffindor no tuvo ningún mal sueño, motivo por el cual, cuando un grito resonó en la habitación despertandolo, estaba más embobado que asustado. Por reflejo sacó la varita que dormía bajo su almohada y apuntó en dirección al escalofriante chillido.

Le tomó unos segundos darse cuenta que era Draco. Preocupado se puso sus lentes y salto de la cama. Abriendo la cortina murmuró un suave lumus y vio que Draco se revolvía con violencia en la cama. Se retorcía y gritaba en cortos intervalos y Harry cayó en la cuenta, que esa era la primera vez que lo veía tener una pesadilla.

Cuando toco su hombro Draco se alejó de él dormido y aullando como si Harry lo hubiera atacado. Preocupado, estaba por despertarlo cuando una idea, bastante poco ética, cruzó su mente. No estaba seguro que fuera a funcionar y solo una vez lo había logrado, sin contar a Voldemort, pero si bien lo suyo no era la oclumancia, había logrado un pobre dominio de la legeremancia.

La culpa se golpeaba contra la necesidad dentro de él. Sabía que estaba más que muy mal lo que pensaba hacer, pero Draco no se dejaba ayudar. Un Draco consciente, fingía que no necesitaba ayuda, mientra que ese Draco, demostraba que si.

Harry sabía por experiencia propia, que los peores sueños, no eran un invento del inconsciente. No, los peores eran esos recuerdos que no te dejaban en paz ni aun dormido. Las peores pesadillas, aquellas que te despertaban a la mitad de la noche con náuseas y un ataque de histeria, eran los recuerdos vividos de tus peores momentos. Una película de terror que se repetía noche a noche.

Lanzando una mirada de disculpa a Draco, se arrodilló junto a él en la cama. Alzó la varita y murmuró.

- Legeremens

Harry esperó encontrar algo de resistencia, pues él sabía que Draco era un oclumata formidable, pero cuando terminó de pronunciar el encantamiento, la mente del Slytherin se abrió para él sin problemas.

No necesito rebuscar un recuerdo. La mente de Draco lo impulsó con fuerza en su dirección. Casi como si estuviera en un pensadero, Harry vio la secuencia que sucedía frente a sus ojos.

Draco, un Draco muy asustado, miraba a su padre suplicante. Negaba con la cabeza y la angustia y el miedo golpearon a Harry. Su estómago se revolvió y el pánico fue minando su concentración. Era como sentir lo que Draco con una sonda amplificadora. Vio el momento en que la varita de Lucius apuntó a Draco.

- Imperio -dijo su padre y Harry sintió en su cabeza la fuerza del hechizo casi doblarlo.

Draco no se pudo mantener y cayó al piso de rodillas. Una infinita paz lo rodeo. La falta de voluntad era así, tranquila, dulce. Podía sentir el impulso de Draco por resistir, pero la fuerza de Lucius era superior a los intentos de Draco.

Levántate, anda ve. Toma tu varita Draco. Eso es. Tu quieres hacerlo hijo. ¡Tomala!

Harry vio con impotencia como una atontado Draco caminaba en línea recta hacia las dos personas que se encontraban encadenadas a una de las paredes de los calabozos de la mansión, los había reconocido inmediatamente llegar al recuerdo ya que se veían exactos a como los recordaba. La pobre luz ocultaba casi del todo los rostros, pero al estar encerrados, el eco de sus gritos eran insoportables. Harry se tenía que recordar que estaba haciendo, que no podía ayudarlos. Ni a los dos que estaban encadenados a la pared, ni a Draco que se debatía constantemente contra la fuerza de Lucius.

- No, no quiero. No, no, no, no. -Era el ruego desesperado de Draco.
- Hazlo Draco, tu sabes que está bien. Se lo merecen Draco. ¡Hazlo! Tu quieres hacerlo Draco. Sabes que si.

Harry vio como el rubio levantaba su varita. Los gritos empeoraron. Se preguntó cuánto tiempo podía soportar una garganta, gritando con tanta vehemencia, y para su miseria, descubrió que tanto tiempo como le toma a una mente romperse.

La varita de Draco flaqueaba. Intentaba desesperadamente dejar de hacer aquello, pero nunca era suficiente. Cuando paso tanto tiempo que creyó iba a volverse loco, los llantos y las súplicas se acabaron.

Sintió la magia de Lucius abandonar el cuerpo de Draco y este volvió a caer al piso.

- Bien hecho Draco. -Dijo Lucius realmente complacido- Le diré al señor tenebroso que ya te encargaste de esta escoria.

Draco no levantó la cabeza. Seguía arrodillado, sollozando. Soltó la varita con asco y estiró la mano hacía la silueta que yacía muerta frente a él.

Harry lo vio cerrar los ojos llorando, pidiendo perdón. Como si de verdad él fuera el responsable. Le acomodó el pelo, dejando al descubierto sus rasgos y Harry pudo sentir el sabor salado de las lágrimas de Draco su boca. El rostro de una nena, de una criatura que no podía tener más de doce años.

No necesito que nadie le explicara que era una muggle. Voldemort no tenía por deporte desperdiciar sangre mágica tan joven. No si podía moldearlos.

Vio como Draco cargaba el ligero cuerpo en sus brazos y se hundía en la más absoluta de las desesperaciones. El asco, la vergüenza y la pena embotaron su cabeza cegandolo. Se obligó a recordar donde estaba. Donde estaba Draco, pero cuando quiso salirse del recuerdo, sintió como si su pecho se desgarrar a la mitad. Draco cargaba los dos cuerpos sobre su regazo y la deformada cara de un hombre mayor, caía sobre su brazo. El parecido con la niña dejaba en claro su parentesco y Harry se empujó fuera de la mente de Draco.

Cuando volvió a su cuerpo tuvo el tiempo exacto para convertir la mesa de luz de Ron en un tacho. Vaciando el contenido de su estómago, se volvió llorando hacía Draco.

El rubio seguía peleando contra el sueño y con el alma por los pies, Harry empezó a zamarrerarlo.

- ¡Draco!¡Draco despierta!

Por mucho que lo intento Draco no despertaba. Parecía como si Lucius lo siguiera obligando a quedarse ahí. Con la vista nublada le pegó un cachetazo, una piña y cuando su cabeza se quedó sin ideas, arrancó a llorar desconsolado sacudiendo sus hombros.

Quería llamar a McGonagall, a Pomfrey, al que fuera, pero no podía dejar a Draco solo en aquella pesadilla. Por más que el rubio no supiera que alguien lo sostenía en ese momento, no tenía corazón para dejarlo solo.

Sin saber qué más probar, hizo lo único que se le vino a la mente. Se agacho y empezó a besarlo.

No esperaba que funcionase y de hecho, no lo hizo. Pero su cabeza se logró calmar. Los gritos de Draco pasaron a ser incómodos gemidos y eso despejaba sus ideas.

Fue en ese momento que se dio cuenta que estaba sentado sobre las caderas de Draco. Casi se río, pero un quejido volvió a salir de la boca del rubio, lo centro.

Podía pegarse una piña así mismo. ¿Cuantas veces Ron le gritaba aquello? Hermione tenía razón, cuando te crías como muggle, tenias instintos muggles.

Agarrando la varita apuntó a Draco.

- Enervate

Los ojos de Draco se abrieron asustados. Y Harry no pudo contenerse de volver a besarlo aliviado. La pesadilla había terminado. Era un pobre consuelo, pero lo había sacado de allí.