Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Obsesión
-¡Cuatro salidas a terreno en diez horas! -resopló Doppel, entrando antes que nadie a la oficina-. ¡Estoy reventada!
La cambiaformas ni siquiera acudió a sentarse sobre los archiveros, dejándose caer sin más ceremonias sobre la poltrona de Smith.
-Hacía mucho que no nos tocaba un día tan pesado -añadió la pelinegra, dejando sus gafas de sol encima de la neverita-. Ni tiempo de almorzar tuvimos entre un intento de secuestro, dos instancias de violencia intrafamiliar...
-...y un caso de bullying en la primaria del sector que por poco no terminó con cinco piltrafillas yéndose a las manos -completó la peliblanca-. Hay que ver qué tontos pueden ser los niños la mayoría del tiempo.
En eso entraron Masaaki Sakurada y la pequeña Manako, ambos igual de cansados y sólo con el ánimo de marcar tarjeta e irse a casa. Para mala suerte de todos los presentes, aún debían llenar los reportes de sus trabajos, digitalizar una copia y mandar los originales a Aya, la secretaria personal del jefe Narahara, antes de la hora de cierre.
-Los niños, sean humanos o extraespecies, son más crueles de lo que parecen y también de lo que deseamos creer como adultos -acotó el hombre, manteniendo sus gafas puestas y bebiendo algo de agua-. A menos que hayan crecido en ambientes donde el autocontrol es norma suprema, la inhibición sólo se aprende conforme se queman etapas de crecimiento.
-Si es que alguna vez se exponen a ella -otra vez la pelinegra-. Los peores casos son a la usanza del de hoy, cuando todas las partes se niegan terminantemente a entrar en razón. En fin, será mejor terminar con el asuntillo de los informes...
La coordinadora sacó a Doppel de su silla y comenzó a hurgar su desordenado espacio de trabajo en busca de un lote de formularios. Abrió y cerró cajones, desordenó sus apuntes e incluso levantó el monitor de su ordenador sin éxito.
-¡Me lleva el diablo! -suspiró exasperada, sacando una botella de agua mineral del minibar y sirviendo cinco vasos-. ¿Alguien tiene papelería suelta por ahí?
Los tres restantes miembros de MON dieron vuelta sus respectivas áreas e incluso la zona común, quedándose con las manos tan vacías como al principio. Sólo el escritorio de Tionishia, quien aún no había regresado del camarín tras quitarse su armadura de servicio, quedó sin tocar. Detrás de él, junto al estante de las cosas tiernas donde habitaban Winnie the Pooh, Malvavisco, el Señor Bigotes y tantos otros peluches juntando polvo poco a poco, descansaba otro cabinete de cuatro cajones.
-Tal vez Tio haya reservado algunos ahí dentro -sugirió la cíclope.
-¿Cómo lo vas a abrir? -inquirió Sakurada-. Recuerda que ella es muy recelosa de sus cosas y siempre deja todo cerrado a cal y canto cuando sale.
-Permíteme demostrártelo.
Manako levantó un portalápices rojo con motivos del Día de San Valentín descansando junto al ordenador de la ogro rubia; bajo él apareció un manojo de llaves sin marca. Tomándolas sin demora, acudió al archivero y deslizó una de ellas en la chapa del segundo cajón.
-Conociéndola como la conozco, sabía que tendría aquí sus llaves -sonrió la pelipúrpura-. Ya saben lo que dice sobre "guardar las cosas valiosas cerca del corazón". Ahora sólo tengo que tirar de la manija y... ¡Anda!
-¿Qué ocurre, Manakin? -inquirió Kuroko.
-No se mueve, Smith -replicó la chica de un solo ojo-. Parece que está -haló con todas sus fuerzas- atascado o algo así. Y eso sí es raro, considerando que hasta yo puedo operar estos chismes sin problemas.
-Déjame intentar.
La pelinegra contaba con bastante más fuerza física que Manako, así que se quitó su cortavientos, frotó ambas manos para despojarlas de sudor y se aferró al archivador como si su misma vida dependiera de ello. Traccionó sus pies contra el suelo pulido, gruñó y hasta llegó a gemir levemente. El cajón chirrió ligeramente, luego se resistió y volvió a trancarse tras engañarla con un avance de un par de centímetros hacia afuera.
-¡Vaya que salió duro este chiche! -resopló Smith tras hidratarse-. A menos que Tio haya guardado todos sus documentos a lo loco esta mañana, ignoro qué tendrá ahí dentro para oponer tanta resistencia.
-¿Por qué no intentas tú, Doppel? -sugirió Masaaki-. Podrías transformarte en una ogro u otra extraespecie grande y desencajar esto.
-No tendría sentido -replicó la cambiaformas con honestidad-. Más allá de que pueda alterar mi apariencia a voluntad, el cambio no me otorga fuerza, habilidad o velocidad adicionales. Físicamente hablando estoy a la par con Manako. ¿Por qué creen que prefiero jugar el papel de señuelo o actuar desde las sombras cuando estamos en misiones?
-¿Lo dices en serio? -la francotiradora apenas podía creerlo-. ¿Por qué no nos contaste de esto hasta ahora?
-Porque ninguno de ustedes me lo preguntó antes. Dado que no me creen -la peliblanca contempló los rostros desconcertados de sus colegas-, haré una demostración empírica.
Usando su larga cabellera a modo de complemento, Doppel se sujetó al cajón con aún más ahínco que la coordinadora pelinegra. Tiró y tiró, incluso apoyándose en la base del mueble con los pies... y se quedó en el sitio. Lo único que ganó, aparte de un calambre abortado por muy poco, fue quedar cubierta de transpiración.
-¿Ven? -jadeó, recibiendo su vaso de agua-. No estoy hecha para estos trotes.
Acto seguido la liminal no muerta volvió a sentarse en su rincón de siempre. Sakurada, el único de los presentes que no lo había intentado, también puso su máximo esfuerzo pero capituló poco después. El cuarteto de MON sintió una punzada en su orgullo colectivo. ¿Cómo podía ganarles un objeto inerte, lleno de papeles burocráticos y encajado en un riel científicamente diseñado para proveer rápido acceso al contenido con el mínimo de obstrucciones? Reagrupándose tras el agua y un par de minutos de descanso, decidieron aunar sus fuerzas y abrirlo aunque tuviesen que quedarse hasta la noche en la oficina o sacar explosivo plástico del arsenal. Incluso la variable de Tionishia, aún ausente de la ecuación, pasó a segundo plano.
Masaaki se aferró a la manija, apoyando el pie izquierdo contra la parte inferior del archivero y el derecho no muy lejos para hacer tracción. Kuroko se aferró a su cintura, posteriormente sintiendo las manitos de Manakin alrededor de ella. Doppel cerraba aquella extraña fila, ansiosa tanto por su curiosidad como por causar algo de pequeña destrucción a fin de desahogarse tras un día que deseaba poner en el retrovisor lo antes posible.
-¿Preparadas? -preguntó el humano-. A la de tres, ¿vale? ¡Uno, dos y...!
-¡Tres! -exclamaron las tres féminas al unísono, tirando hacia el otro lado de la oficina de forma coordinada.
Tuvieron que repetir el ejercicio tres o cuatro veces pero obtuvieron la tan anhelada recompensa cuando su propia inercia los arrojó hacia atrás y envió el cajón al suelo con un ruido sordo. Cayeron de espaldas al suelo, mas no sintieron el leve dolor debido a su propia satisfacción.
-¿Están todos bien? -dijo Manako, levantándose con cuidado.
-Yo sí -contestó Doppel, también de pie-. ¡Ahora veamos qué nos ha causado tantos problemas!
Su entusiasmo inicial murió nada más empezar. En vez de los esquivos formularios exigidos por los protocolos internos de MON para dejar cuenta de todos los hechos esenciales aparecieron coloridos ejemplares gruesos, impresos en papel cuché y con portadas de vivos colores. La Doppelgänger cogió uno al azar, le echó una mirada incrédula y luego lo mostró a sus colaboradores.
Era un ejemplar de la edición nipona de la Cosmopolitan con una hermosa modelo ataviada en un traje rojo intenso; parecía preparada para ir a una fiesta de las buenas.
-"Especial de nupcias: cómo hacerle perder la cabeza en tu gran noche" -leyó lentamente-. Vaya, parece que el número entero -hojeó rápidamente algunas páginas- tiene que ver con matrimonios.
-¿Matrimonios? -Smith acudió presurosa a ver el contenido del cajón-. Miren, aquí hay otra, concretamente una edición de Vogue en inglés que va por las mismas. "Tenidas inolvidables para tu despedida de soltera"; "50 lugares donde celebrar bodas épicas"; "Pequeños detalles para grandes ocasiones"... También es un número especial.
-No sólo eso -ahora le tocó a Manako-. El cajón entero está lleno de revistas, folletos, catálogos y demases asociados a matrimonios.
-Qué raro -Sakurada se hizo con otra de tantas publicaciones-. ¿Por qué tendría Tio esta clase de cosas en su archivador? ¿Y dónde están los formularios?
-Mentiría si dijera algo -Smith otra vez- pero coincido en tu diagnóstico, Masaaki. Su interés por los peluches y los chocolates es una cosa pero esto...
El cuarteto, olvidándose por completo de sus obligaciones profesionales, escudriñó hasta la última página del material hallado en ese extraño cofre del tesoro. Además de las mencionadas publicaciones, encontraron sendos ejemplares de Elle, Harper's Bazaar, The Weekly Liminal, Saisen! y diversas guías de confección de ropa o accesorios, algunas de ellas con meses y años de antigüedad. Entre medio de todo constaban también folletos de diversos salones de eventos o restaurantes como el 360 Grados que otorgaban servicios especiales a fiestas nupciales. Nada sufrió arrugones o daños de consideración luego de aquella extracción forzada, mostrando una vez más que los milagros existían.
-No sé ustedes pero aquí pasa algo muy raro -la extraespecie morena rompió el incómodo silencio inundando la oficina-. El archivador entero está lleno de más revistas, flyers, apuntes y diagramas de vestidos, arreglos florales, decoraciones de mesas y anillos.
-Sabemos que a Tio le encantan las bodas, aunque siempre se había limitado a reacciones tan eufóricas como breves cuando alguien las mencionaba -Smith estaba igualmente pensativa-. ¿Recuerdan cuando supimos del viaje de Kimihito a Shanghai?
-De eso no tenía idea -cortó la cambiaformas-. ¿Cuándo ocurrió?
-Hace algunos meses; tú aún estabas en Fukuoka.
Doppel asintió en silencio; ya llegaría el momento de enterarse de los detalles sabrosos en un entorno más propicio.
-Ah, ya caigo -dijo Manako-. Allí fue con Lala y Suu porque ellas deseaban conocer a sus padres y Tio, así de la nada, ya pensaba en un matrimonio múltiple. En ese momento deduje que había leído demasiadas revistas del corazón, mas nunca creí que tendríamos la evidencia mirándonos de frente -levantó otra de las tantas revistas.
-Si se me permite retroceder el calendario un poco más -intervino Sakurada, ordenando su lote antes de llevarlo al cajón reinstalado en su sitio-, traeré a colación otra cosa referente a relaciones cercanas. ¿Recuerdan a esta arpía pelirroja que solía pasarse por aquí con frecuencia?
-Pachylene -Smith unió el cable en dos tiempos-. Sí, ya veo dónde quieres llegar, Masaaki: ella y Eddie Maxon, su anfitrión, son probablemente el mejor caso de integración hasta ahora, comparable sólo al de Querido y sus muchachas.
-Íntimos es decir poco -señaló Manako-. Incluso antes de que Querido -empleó el apodo reservado al joven Kurusu- se decidiera por quiénes se quedarían a vivir permanentemente con él, descubrimos que Pachy y Eddie ya eran una pareja hecha y derecha. Pocas veces he visto a dos seres amarse tanto.
-Y así dicen que a los americanos les cuesta integrarse a nuestra cultura y costumbres... -reflexionó el comodín.
-Canadiense -corrigió Smith en el acto-. Eddie es canadiense y si hay algo que odia es que le digan americano. Citaré textualmente algo que me dijo una vez: "confundirme con esos rednecks nativistas e incivilizados es insultante". Volviendo al tema, no me sorprendería que ya se hayan comprometido.
Sólo Doppel notó el levísimo suspiro y el cambio de tono de Smith en sus palabras recién pronunciadas. Hizo otra nota que guardó en el rincón más seguro de su mente, a salvo del olvido y los caprichos.
-¿Quiénes se comprometieron?
Una voz dulce y curiosa llegó desde la puerta. Los cuatro levantaron la vista y se encontraron de frente con una Tionishia vestida con el uniforme de la agencia, el cabello rubio cayéndole a modo de cascada sobre la espalda y sus ojos rojos brillando con la chispa típica de la inocencia. A pesar de su imponente tamaño y poder físico, esta extraespecie seguía siendo una muchacha de alma limpia, pacífica y alegre.
-Ah, Tio -Smith se levantó de golpe, tapando las revistas sobre su mesa-. ¿Dónde estabas?
-No has contestado a mi pregunta -insistió la ogro, caminando hacia ellos-. ¿Quiénes se comprometieron?
-Nadie, nadie. Sólo estábamos...
Kuroko no pudo terminar la frase porque Tionishia, al notar el cajón abierto y los muchos ejemplares sobre su escritorio y el de sus colaboradores, sufrió un giro de 180 grados.
-¡¿Qué hacen con esto?! -espetó, apretando los puños-. ¡¿Quién les ha dado derecho a intrusear en mis cosas?!
-Estábamos buscando formularios para entregarle al jefe -contestó Doppel de forma plana-. Además, ni siquiera nos has dicho dónde has estado desde que volvimos de la última escena del crimen.
-¡No las toquen! -gritó la despampanante rubia, casi fuera de sí-. ¡No las toquen! ¡Quítenles sus sucias manos de encima!
A la usanza de una depredadora herida, correteó al resto como si fuesen mosquitos en una calurosa noche de verano.
-Tío, haz el favor de calmarte y explícanos algo -Sakurada intentó echar paños fríos-. ¿Por qué tienes tanto material sobre bodas en un archivero que es de uso exclusivo de la agencia?
-¡¿Qué tiene eso de malo?! -Tio pasó a la cólera sin filtro-. ¡Que te gusten las cosas lindas no es un delito ni un pecado!
-No es eso a lo que iba, si no...
-¡Silencio! -ella se abalanzó sobre sus revistas cual tesoros de incalculable valor-. ¡¿Por qué abriste mi archivero, Manakin?! ¡Ni tú ni nadie tenía derecho a intrusear ahí!
-Como te dijo Doppel, buscábamos formularios para redactar los reportes de hoy -la cíclope temblaba entera pero encontró la fuerza para contestarle-. Ninguno de los cuatro tenía, así que tus cajones eran la única opción. Jamás de los jamases esperamos toparnos con semejante hallazgo.
-Querida, sólo pedimos que te calmes -Smith habló, su voz ligeramente quebrada-. Nos basta ver tu reacción para entender que algo te sucede con este tema. ¿Por qué no nos cuentas? Así podríamos ayudarte.
La ogro continuaba fulminando al cuarteto con una mirada furiosa, manteniendo apretados los puños pero sin llegar a tomar su propio escritorio y arrojarlo hacia el fondo de la oficina. Gruñía de forma posesiva, gutural, casi impropia de alguien que adoraba vivir en la sociedad civilizada, entre tantos humanos y otras extraespecies.
-Por favor, amiga -insistió la pelinegra-. Respira profundo. Reacciona, por lo más sagrado.
-No te juzgaremos -nuevamente la cíclope.
-Nada de lo que nos cuentes saldrá de aquí ni mucho menos llegará a oídos de Narahara o cualquier otro colega -añadió Sakurada, haciendo el gesto de sellar sus labios.
-Vamos, Tio, es algo fácil -Doppel adoptó un tono ligeramente sarcástico-. Es cuestión de poner un pie delante del otro, como cuando vas camino al altar y...
-¡No! -la aludida liberó un grito tan fuerte que por poco no trizó el ventanal-. ¡No lo entenderían! ¡Nadie lo entendería! ¡Déjenme en paz!
Arrojó desordenadamente toda su colección de imágenes y artículos al cajón, lo cerró con llave y arrancó a perderse; los ecos del pasillo trajeron a oídos de Smith y compañía las inconfundibles frecuencias de un sollozo desgarrador.
-¿Por qué tenías que decir eso? -Sakurada reprendió a la cambiaformas-. ¡Quién sabe dónde habrá ido a parar ahora!
-No es mi culpa que se resquebraje ante la más mínima presión -replicó la peliblanca-. Más allá de lo recién acontecido, miren lo positivo: tenemos pruebas irrefutables de que aquí hay algo muy raro.
-Iré por ella y trataré de calmarla -dijo Manako-. Creo saber dónde puede estar.
-¿En serio?
-Confía en mi, Masaaki -la francotiradora se puso seria-. El tiempo es crítico y cada segundo cuenta.
-Ve y que los dioses te ayuden -acotó la coordinadora-. Por los informes no te preocupes; los llenaremos nosotros así debamos ir hasta al tercer subterráneo en busca de esos condenados formularios.
-No olviden lo indispensable: ni una palabra de esto al jefe, ¿estamos?
-Cuenta con nosotros. Somos la discreción personificada -otra vez Sakurada, mirando de soslayo a Doppel.
-Vale, vale, ya entendí -la cambiaformas hubo de abandonar su postura cínica-. Tómate tu tiempo, Manako. Dejaremos todo esto presentable; no vaya a ser que alguien se pase por aquí sin querer.
Contando con la garantía de sus fieles amigos, a los que quería como una familia, la pequeña francotiradora se calzó su propio cortavientos y salió corriendo hacia el elevador. Fue una suerte que nadie lo llamara en un piso intermedio, permitiéndole llegar al nivel de calle en pocos segundos. Apenas posó sus diminutos pies en el ardiente asfalto de Ginza, reunió todo lo que sabía de la rubia en su memoria para trazar un mapa nítido, legible incluso con sus dificultades para apreciar la distancia focal de todo lo que la rodeaba. Corrió como si buscara un camino hacia la salvación, abriéndose paso cual fantasma entre el gentío de la hora punta en dirección sureste.
9:22... 9:21... 9:20... 9:19...
Calmando su respiración un momento, Tionishia levantó la cabeza por primera vez desde que ingresara en aquel domo de silencio. Ante ella, soportando estoicamente el calor de la tarde, aparecía una pequeña laguna donde se reflejaban las formas de un puente construido de madera blanca, flanqueado por lo que parecían ser sombrillas abiertas hechas de gruesa cuerda y dando la vuelta por el costado derecho de un gazebo típicamente oriental. De fondo, frondosos árboles verdes, a veces más delgados y otras más gruesos, se extendían hasta donde alcanzaba la vista, sólo opacados por los modernos edificios blancos con ventanales de espejo más allá de los límites del parque. Se encontraba casi en el mismo centro de los antiguos Jardines Imperiales marcando el límite sur de Ginza y ese rincón, compuesto por el Estanque de Shioiri más los senderos circundantes repletos de hermosas flores y formaciones vegetales meticulosamente mantenidas, era su válvula de escape cuando necesitaba pensar o se sentía dolida, como ahora mismo.
Pocas veces desde que llegara a Tokio fue presa de semejante furia, usualmente reservada a los nativistas o desadaptados que acosaban a liminales y/o sus anfritriones. Ver a Kuroko y los demás con las manos en sus revistas de moda la golpeó como toda una violación a su privacidad, bajeza de la que nunca creyó capaz a esos colaboradores que adoraba como auténticos hermanos y formaban, más allá de su propia familia anfitriona, parte crucial de su vida. Aquel material escrito, reunido pacientemente a lo largo de meses, constituía uno de sus mayores orgullos y no tenía que andar dando explicaciones.
-Que te gusten las cosas lindas no es un delito ni un pecado -repitió en voz baja, aún vulnerable.
Dio gracias en silencio que dicha zona del parque estuviese desierta porque así no tendría que justificarse ante nadie; los únicos habitantes perturbando la quietud eran unos pocos patos buscando comida en el agua, no lejos del kiosco pintado de rojo intenso. La rubia vio aquella estructura e imaginó un corazón latiendo al unísono con otro mientras se unían en eterno compromiso ante los ojos del Creador y de sus seres queridos.
-¿Por qué me pasan estas cosas si yo jamás les he hecho nada ni cuestionado sus aficiones? -preguntó, hundiendo su cabeza entre sus manos-. Todo lo que deseo es un poco de respeto por mi privacidad.
-Una privacidad que, como te dijera hace un rato, nunca esperamos terminar violando, amiga -mencionó una vocecita junto a ella.
Tionishia giró rápidamente su cabeza y se encontró con la pequeña forma de Manako mirándole a una distancia prudente a fin de enfocarla correctamente. Preocupada era la expresión en el infantil rostro de la francotiradora, su único ojo expresando el deseo irrefrenable de saber las raíces del tormento de la rubia.
-¿Qué haces invadiendo mi escondite, Manakin? -preguntó con una furia falsa.
-Sabía que te encontraría en los jardines, Tio, pero no te preocupes por mí. Te he traído algo dulce para levantarte el ánimo -levantó un paquete de masitas frescas compradas en una pastelería cercana.
-No vas a sobornarme con pasteles ni peluches ni ninguna otra cosa adorable -la ogro apartó la vista; aún estaba tocada emocionalmente.
-Mi intención no es sobornarte -Manako se sentó a su lado, sintiéndose aún más pequeña que de costumbre-. Te conozco y te quiero como si fueras mi hermana de sangre, por lo que sé que esta actitud tuya no es nada normal. Detesto verte triste, especialmente tras todo lo que pasamos juntas luego de mi incidente con Zombina. ¿Recuerdas que también me sentí impotente al principio, maldiciendo mi suerte e intentando entender sin éxito por qué ella llegó a tal extremo? ¿Recuerdas cómo tus palabras de aliento y tu ayuda en el día a día me permitieron recuperarme, abriéndome de paso las puertas de un mundo cuya existencia ignoraba? -elevó su vocecita para enfatizar-. Allí habitan los pequeños gestos e indicios que casi todos ignoran, pero que asociados de forma lógica abren incontables puertas.
-No lo entenderías...
-¿Por qué no, Tio? Sabes bien que jamás buscaría causarte daño y pido disculpas en nombre mío y de los demás por lo que ocurrió hace un rato. Tú me enseñaste, en medio de mi ceguera, a escuchar y apreciar las finezas del aire trayendo consigo los ruidos de barrio, el toqueteo del reloj y los giros de las flores buscando el sol. A cambio sólo pido que me dejes regresarte el favor.
La forma en que Manako presentó su petición terminó por deshacer las cadenas sosteniendo el entramado hostil de la extraespecie rubia, quien comió un par de brownies de chocolate y menta (sus favoritos de siempre) antes de largarse a contarle la mismísima raíz de sus problemas en un periplo que se extendió por al menos un par de horas, abarcando más años y sinceridad de lo que incluso ambas pensaron inicialmente. Cuando terminaron el sol ya casi se había ocultado tras los edificios, forzando a los encargados del parque a encender las luces artificiales.
-Gracias por escucharme, Manakin -concluyó Tionishia, devorando el último pastelillo-. Sé que ahora te puede parece extraño saberlo todo pero no podía decirlo frente a tanta gente. También acepto tus disculpas; mañana hablaré con los demás individualmente para limar asperezas.
-Me alegra mucho oír eso -la pequeña se puso de pie-. ¿Qué tal si ahora volvemos a marcar tarjeta? Ha sido un largo día y se impone una buena noche de sueño.
-Es una fantástica idea -la ogro hizo lo propio y le sonrió tenuemente.
Manako no pudo evitar contagiarse del gesto. Por fin tenía a su amiga de vuelta entre los vivos.
-¿Puedo sugerirte algo más, Tio?
-Lo que quieras.
-Admitir esta clase de cosas es el primer paso para solucionarlas -reflexionó la cíclope mientras caminaban hacia la salida del parque-. Mientras charlábamos pensé en la posibilidad de ponerte en manos de la señora Tomoe...
-¿La esposa de Sakurada?
-La misma.
Un momento de reflexión vino a la mente de la despampanante liminal. Más allá del impasse sufrido hoy, su actitud cambió para mejor luego de la conversación con su gran amiga y las lecciones recordadas del anterior caso. Si Manako se recuperó de una ceguera que habría significado el fin de su mundo, ¿por qué ella no podría dar un paso en la misma dirección?
-Es una buena idea, pero Masaaki siempre cuenta que ella tiene unas rutinas incluso peores que las nuestras. No sé si podría conseguirme una hora...
-Preguntando se llega a Roma. Habla mañana con él, plantéale lo general de tu caso y luego... que sea lo que Dios quiera. Por angas o por mangas habrá una forma.
-Tienes razón, amiga. Gracias por venir hasta aquí y sacarme de la estacada -tomó en brazos a la pelipúrpura y la estrechó contra sí con tal fuerza que casi la desarmó-. No olvidaré esto.
-Cuando... Cuando quieras, Tio -resopló ella, recuperando todo el aire perdido-. Apuremos el tranco, ¿vale? Dentro de poco se armará el atochamiento de todos los días en el cruce y como lleguemos tarde, no podremos cruzar.
-Deja que me ocupe de todo, Manakin. Vamos a ganarle este duelo al semáforo.
Cogiéndola en brazos una vez más, la sentó detrás de su cabeza y ancló sus delgadas piernas entre sus fuertes manos. Acto seguido corrió en dirección norte asistida por una brisa divina, la misma limpiando poco a poco su corazón de la pena y la impotencia mientras anulaba las quejas de sus zapatos de tacón.
Nota del Autor: ¡Hola, hola, hola! De vuelta con los efectivos de MON, también regresamos un poco la línea de tiempo y nos posamos en julio de 2017 para abordar una historia donde el principal tema, además de las obsesiones, son los límites. Un antiguo dicho expresa que los derechos de un individuo terminan donde comienza el espacio personal de otro y es precisamente allí donde se marcan las barreras más tenues... y más sagradas. El giro de los formularios que terminaron siendo revistas o que derechamente nunca estuvieron allí descoloca a Smith y compañía, poniéndolos de frente con un lado de Tionishia cuya existencia ignoraban. La reacción de la rubia pone de manifiesto una obsesión tejida a nivel de mecanismo de defensa, aunque lo que está más allá del umbral sólo es conocido por ella y la francotiradora, cuyas experiencias pasadas le ayudaron a apagar el fuego magistralmente. Aquí asoma una posibilidad interesante, dejando suficiente información sin amarrar para extender esta pequeña trama a futuro, condición también aplicable a otros relatos de Eslabones.
El tema de los límites da para mucho pero por esta semana basta y sobra, así que me despido. Que pasen un muy buen día y mil gracias de antemano por sus comentarios. ¡Hasta otra, amigos! O como se dice en japonés, "tal vez sea tiempo de pensar qué barreras jamás llegarían a cruzar, ¿no?".
