Capítulo once: Bienvenida catastrófica.
— Y ni siquiera fue capaz de decírmelo…— gruñó un chico de cabello obscuro.
El eco de sus pasos de escuchaba por los maderos del piso pertenecientes al pasillo que actualmente recorría. Tras abrir la puerta y cerrarla después de cruzarla, se dio cuenta que daba a un largo pasillo. Ignoraba cuando tiempo llevaba caminando hasta ese momento. ¡Parecía interminable! Tras un largo rato, seguramente unas cuantas horas, comenzaba a sentir que los pies empezaban a pesarle.
Mientras caminaba, recordaba que le causaba gruñir con molestia de vez en cuando, y eso era que no se atrevieron a decirle en esas circunstancias la verdad. Que realmente su padre biológico es Satanás, que los demonios iban tras él y que cualquier exorcista intentaría matarlo. Pero en sí, comprendía por qué se abstuvieron de comentarle respecto a eso mientras pudiesen evitarlo, era porque querían que él tuviese una vida normal.
Cuando ya estaba a punto de despotricar todas las "maldiciones satánicas", como Shiro les decía, que se sabía divisó la puerta al final del corredor. Corrió hacia ella, tenía ganas de respirar aire fresco, si seguía en ese lugar por más tiempo estaba seguro de que le daría claustrofobia. Se dispuso a abrir con ansias la puerta blanca con pomo y cerrojo de metal color plateado, dio vuelta a la llave que yacía en este, y cruzó el marco de éste de una vez.
Cuando salió del pasillo, tuvo que cerrar los ojos puesto que la nueva cantidad de luz le lastimaba los ojos, dio unos pasos tratando de ubicarse. Ya había comenzado a amanecer, no le extrañaba, se la pasó varias horas caminando por ese corredor. Parpadeó varias veces, mientras recuperaba del todo la visión, y mantuvo un rato la mano por sobre sus ojos.
Ante él, a la lejanía, podía divisar una asombrosa ciudad. En la parte más alta de esta, o al menos a su parecer, podía distinguir una increíble mansión lujosamente arreglada. Era más que seguro que alguien sumamente rico vivía ahí. Actualmente, se encontraba parado en una de las puertas de acceso al lugar, sino mal intuía era la entrada sur. En una de las bardas cercanas a la cabina de seguridad, divisó a un gato de dos colas.
— "Un Cat Sith…"— pensó al verlo — ¿Dónde demonios estoy?
Soltó un suspiró y sacó de su bolsillo del abrigo el celular de Shiro. Lo abrió y se fue directo a los contactos, tras picar un par de veces los botones, marcó el único número que se hallaba en la agenda. Se puso el celular al oído, escuchando el tono de espera, sin saber que más hacer.
— ¿¡QUÉ…!? — de pronto, ante él, apareció un extraño reloj cucú gigante del cual el pájaro le tomó entre su pico y lo encerró en él.
Frunció el ceño mientras apretaba uno de sus puños, tentado a romper a golpes aquella cosa, pero se contuvo. Estuvo así unos momentos, antes de que el reloj se abriera y el pájaro le botara sobre un mullido y lujoso sofá individual. Maldijo aquella cosa, queriendo quemarla con sus llamas azules hasta que no quedaran más que cenizas, más se abstuvo a hacerlo.
— Bienvenido a la Ciudad Verdadera Cruz — habló una voz de pronto.
Rin volteó a ver hacia la dirección de la que provino esa voz, le resultaba extrañamente familiar. Sentado, con las piernas cruzadas, sobre otro sofá individual se encontraba un hombre. Tenía el cabello morado, los ojos verde jade y vestía curiosas ropas blancas. Este dio un sorbo a su té. La habitación se encontraba caramente amueblada, era una casa de ricos después de todo.
No pasó mucho tiempo para que Rin lograra reconocerle, ¿Cómo no hacerlo? ¡Se trataba del "amigo" de su papá! Aquel que ocasionalmente visitaba al Paladín en las noches, cuando se suponía que Rin y Yukio dormían. Se formó un silencio en la estancia, sin embargo, no era un silencio incómodo. Se trataba de uno reflexivo, cada quien tenía cosas en que pensar.
En el caso de Rin, se encontraba abrumado con las palabras que el oji-jade le había dicho. ¿Había acabado en la Ciudad Verdadera Cruz? ¿Era en serio? De ser así, ¿Su padre le obligaría a permanecer ahí por su seguridad? Se había enterado por Amaimon que aquel sitio estaba plagado de barreras anti-demonios de alta seguridad, que no permitían que ni siquiera un rey demonio las traspasase. Si era así, entonces él… ¿Él no podría ver a Amaimon nuevamente?
Por su parte, Mephisto a pesar de verse tan relajado, se encontraba hecho una bola de nervios. Shiro le había advertido que únicamente le mandaría a Rin si algo muy grave llegase a ocurrir, sabía que el Paladín sólo enviaría al joven en una situación extrema, así que ¿Qué habría ocurrido? Eso le carcomía la curiosidad y le crispaba los nervios al rey demonio del espacio-tiempo.
— ¿A qué debo tu visita? — comentó el peli-morado, dejando su té en la mesilla de la sala para ver al muchacho a los ojos — Supongo que Fujimoto-san te habrá-…
— ¿Eres el novio del viejo? — preguntó Rin de manera directa.
Muy bien, eso dejó en blanco a Samael. Tuvo que parpadear un par de veces antes de lograr procesar la pregunta que el joven le había hecho. Pronto su expresión confundida pasó a ser una mueca de la más profunda vergüenza, tenía el rostro enrojecido debido a esto. Aquella reacción, a vista de Rin, fue una clara respuesta afirmativa.
— ¿Yo? ¿El novio de…? — comenzó a hablar sonrojado.
— De mi padre, Shiro Fujimoto — dijo Rin cruzándose de brazos, sin embargo, para fortuna de Samael decidió cambiar de tema — ¿Cómo es qué he llegado hasta aquí? Un pájaro raro me trajo…
— Fue cosa mía — comentó de inmediato — Bien, Okumura-kun ¿A qué debo tu visita? No creo que Shiro-…
— Tu novio — corrigió Rin.
— No creo que tu padre te enviara hacia Ciudad Verdadera Cruz solamente porque sí, tuvo que haber tenido una razón — dijo siendo él quien se cruzaba de brazos.
Rin asintió ante esto, podría jurar que Mephisto se veía un poco inquieto con el tema, su padre jamás le enviaría ahí sin una buena y poderosa razón. Y aquella razón era mantenerlo a salvo y fuera del alcance de toda la panda de demonios que iban tras él con el único objetivo de arrastrarle a Gehena.
Fijó sus orbes azules en las esmeraldas de Samael, el contacto visual se alargó por un largo rato antes de que ambos desviaran la mirada por diferentes razones. A fin de cuentas, Rin suspiró, luego tomó aire mientras se rascaba la nuca. ¿Cómo se suponía que explicara lo que pasaba? Si no mal suponía, todos creían que vivía ignorante de a quien pertenecía la sangre que corría por sus venas. Por ello, debía escoger las palabras adecuadas para responder la pregunta del demonio del tiempo.
— Creo que el viejo ya se está poniendo senil — comentó mientras mascullaba — Eso de ser exorcista incluso a los demás les estaba haciendo perder unos cuantos tornillos, mira que "creer" en los demonios al punto de poner círculos raros en los muros de la Iglesia…
Aquello captó por completo la atención de Samael, por la actitud del joven, debía suponer que era ignorante a lo que peligraba. Y, por ende, podría suponer que no había tenido ni la más mínima interacción con respecto a Satanás o alguno de los reyes de Gehena. Esperó a que comentara algo más, sin embargo, el joven sólo balbuceaba cosas inentendibles.
— ¿Qué ha pasado con Fujimoto-san? — comentó intentando esconder su interés por la respuesta que le darían.
— No lo sé — contestó el oji-azul — Me dio su celular y me hizo venir por un pasillo subterráneo. No dejaba de decir que corría peligro de algo que ni siquiera me dijo.
— Ya veo — comentó Samael, para ver por la ventana — "Así que quizá Shiro esté bien, pero no puedo decir lo mismo de Rin, con el ataque de Astaroth la Cruz Verdadera se pondrá en alerta y entonces…"
— Por cierto, ¿Realmente estamos en la Ciudad Verdadera Cruz? — preguntó, aunque en realidad, la respuesta era obvia.
— ¡Natürlich! — respondió Samael, levantándose de su asiento — Espero que disfrutes tu estancia aquí, Okumura-kun. Ahora, si me disculpas, tengo un muy importante asunto que atender.
El demonio le dio varios panfletos a Rin, antes de decir aquello y tras ese comentario desaparecer en una nube de humo rosa pálido. Rin, aún algo confundido, examinó el resto de la habitación antes de ponerse de pie y salir de la estancia. Comenzó a recorrer los engañosos pasillos, los cuales tenía una decoración, aunque cara, bastante repetitiva. Tenía cuidado al andar, lo que menos quería era endeudarse. Examinó los panfletos mientras caminaba.
Un mapa de la ciudad, los lugares más destacables de esta y, finalmente, una carta con su nombre en ella. La abrió con intriga, para poder leerla, estando curioso de saber que contenido tendría esa. Lo que leyó no le gustó para nada, siendo sincero, estaba totalmente en contra de lo que la carta decía, pero estaba seguro de que no podría apelar.
"Okumura-kun:
Debido a ciertos motivos, espero que disfrutes tu estadía en la Ciudad Verdadera Cruz, puesto que serás un ciudadano más de ésta desde ahora. La razón, no puedo decírtela, sin embargo, hago de tu conocimiento que es necesario que permanezcas aquí. Comenzarás a asistir a la Academia Vera Cruz, cuyas clases empiezan dentro de un mes, y se te ubicara el lugar en el cual te alojarás.
Sin más que decir, me despido.
Mephisto Pheles"
El joven tuvo deseos de romper en pedazos esa carta más, sin embargo, simplemente la arrugó y metió a uno de los bolsillos de su pantalón. Le dio la tentación de soltar un gruñido, pero en vez dejó escapar un cansado suspiro. Llegó a las escaleras, comenzando el descenso, mientras se sentía la persona más miserable del mundo.
Ese "necesario que permanezcas aquí" le respondía su incógnita, tendría que quedarse aquí debido a que en ese lugar sí existían aquellas barreras anti-demonios. Siendo esto cierto, estaba más que seguro que era real aquello de "ni siquiera un rey demonio podría atravesarlas". Su padre no lo dejaría abandonar la Ciudad por nada, eso quería decir que no podría ver a Amaimon en una larga temporada…
— Joder…— musitó, descendiendo el último escalón — Amaimon-nii…
— ¿Sí?
— ¿Eh? — instintivamente volteó a ver a un lado suyo — ¡WAH!
"En esos momentos…"
Rin cayó al suelo de sentón, inmediatamente miró a ver hacia la barandilla de las escaleras de fina madera, provocando que sus zafiros se encontraran con unos ojos del mismo color. Amaimon se encontraba de cuclillas en ésta, comía una piruleta y sus ropas estaban hechas un desastre. Se encontraban algo sucias y rotas, la corbata no la traía y su cabello se encontraba totalmente despeinado.
— ¿¡Nii-san!? — dijo Rin, parpadeando varias veces al finalmente espabilar.
— Hola — respondió el aludido, dando un asentimiento de cabeza.
— ¿Cómo has entrado a la Ciudad? Creí que…
— Mi hermano me ha dejado entrar — comentó bajándose de la barandilla.
— ¿Tu hermano? — parpadeó curioso varias veces.
— Sí, Aniue me ha dejado entrar — asintió acabándose la piruleta — Samael siempre me ha dejado entrar mientras no le cause problemas.
— ¿Samael? ¿El segundo rey de Gehena? — cuestionó Rin.
— Sí, aunque aquí es el rector de la Academia Vera Cruz, Mephisto Pheles — comentó metiéndose otra piruleta a la boca.
Después de eso, se quedaron un rato en silencio. Amaimon permaneció viendo a Rin, y Rin permaneció viendo a Amaimon. Cada quien pensaba en diferentes cosas. El peli-verde pensaba en qué hacer, lamentablemente debido a que no podía usar todas sus habilidades para no ocasionar problemas graves, Astaroth se le había escapado. Es que, aquel rey demonio, era más difícil de exterminar que una cucaracha.
— ¿¡Ese bicho raro es el rey espacio-tiempo, Samael!? — chilló sorprendido — Espera, ¿¡Entonces ese payaso es mi hermano!?
— Podría decirse que sí — dijo Amaimon, intrigado por la reacción del joven.
— Entonces, si él es novio de mi padre…— comenzó a murmurar — Si se casan, ¿¡Mi propio padre va a volverse mi cuñado y mi medio hermano va a volverse mi "madre"!?
— No estoy entendiendo…— murmuró el peli-verde.
— ¡Qué espeluznante! — dijo Rin abrazándose a sí mismo — Pero, por lo menos podré seguir viéndote, Nii-san.
Amaimon dejó su vista fija sobre Rin, quien había formado en su rostro una linda y amplia sonrisa de felicidad. Creyó que ya no podría ver más a su hermano, o en su defecto, sólo verlo en escasas ocasiones. Así que, enterarse que Amaimon era capaz de permanecer en la Ciudad, había sido un gran alivio.
Tras un buen rato, lograron salir de la mansión, comenzando a bajar la escalera de piedra que los dejaba a lo que era la parte intermedia: El campus de la Academia. Siguiendo las instrucciones, Rin llegó ante lo que se suponía era su lugar de alojamiento. Era un dormitorio, tras ingresar en él, se dio cuenta que estaba abandonado. O ese aire daba por lo menos.
Ningún estudiante más se estaría alojando ahí, el dormitorio evidentemente había entrado en desuso y supuso que el sería el único ahí por razones obvias. Era el hijo de Satanás y necesitaban precauciones, era para evitar que los estudiantes se involucraran si algún demonio le atacaba y además el chico era un tanto temperamental así que era mejor ahorrarse problemas con esos mimados niños ricos.
— Rin, este lugar me aburre — comentó Amaimon mordiéndose la uña.
— Sí, a mi igual — admitió el muchacho suspirando.
— ¿Quieres ir a mi casa a jugar un rato? — cuestionó dejando su uña en paz.
— ¿Tu casa? — dijo Rin, perplejo.
— Sí, estar aquí es bastante aburrido, pero estar solo lo es aún más ¿Vienes?
El muchacho se lo pensó un poco, se suponía debía quedarse ahí. Por los recientes hechos, supuso que la casa de Amaimon quedaba en la Ciudad Vera Cruz. Con respecto a su padre, dado que estaría frenando a Astaroth y sus esbirros, aunque sabía que estaría bien igualmente sabía que tardaría bastante con el asunto. Así que tardaría un rato más en llegar.
— Vamos — dijo finalmente tras haber dejado sus cosas en uno de los otros cuartos.
Sin embargo, no salieron del edificio, un ruido los alertó. ¿Acaso los esbirros de Astaroth los habrían seguido? Pusieron atención, haciendo uso de la ventaja de lo fino de su oído, para averiguar que era. Rin palideció, mientras Amaimon frunció el ceño, no se trataba de una horda de demonios. Aquel era el inconfundible sonido…
"…nunca me imaginé la tormenta que se avecinaba…"
De pasos humanos.
¡Chan chan chan chaaaaaa! ¿Quién será? ¿Shiro? ¿Yukio? O... ¡Averiguelo en el siguiente cap! :3
