XI

Prohibido

La tarde amagaba en convertirse lóbrega e insípida. Pero no para Antonio, nada podía aguarle el día ahora. Cuando entró al palacio José lo saludó amablemente; pero España no le contestó, parecía distraído.

—España... ¿te encuentras bien?

—Sí.

—Espera... —dijo al ver que el español seguía caminando—Cortés me dijo...

—Sí.

— ¡Oh, mira! ¡Llueven caballos del cielo!

—Sí.

— ¡España, por el amor del cielo!—espetó. Antonio había sacado de sus casillas al joven

—Sí.

—Sabéis qué... ¡Olvidalo! Palurdo.

Pero España ni se inmutó siguió caminando, pensando en quién sabe quien.

—Ay, pequeño español enamorado...

Como de costumbre, Cortés mandó cerrar las puertas bien entrada la noche. Todos los soldados sabían que después ya no había forma de entrar. "Qué habrá estado pensando ese muchacho", se repetía Antonio hasta el cansancio. Habían dado el toque de queda y éste no vio aparecer a José por ningún lado; tampoco después. Despreocupado, se fue a dormir; el chico podía arreglárselas solo.

Un sonido lo despertó en el medio de la noche; supuso que debía ser José, por lo que no se movió. Pero no eran los usuales pasos pesados del chico, alguien más había entrado. Como buen estratega permaneció quieto, arrebujado en su manta tratando de que su respiración pareciera pausada. Un mano se acercó a su rostro queriendo descubrirlo, pero Antonio fue más rápido y tomó al desconocido de las muñecas, inmovilizándolo con su cuerpo sobre éste. La habitación estaba en penumbras, apenas y los delgados rayos platinados de la luna lograban colarse entre tanta negrura; pero sus ojos eran inconfundibles.

—Hola, Jispania —saludó ella con total naturalidad.

—Quetzalli...

Rápidamente ella giró y los hizo cambiar de posiciones, ahora era ella quien estaba sobre él. Le plantó un beso enardecido al aturdido español y lentamente comenzó a bajar a su cuello; pero Antonio la apartó. Ella se incorporó, alejándose un poco de la cama, pero no tanto como para permitir que el español la perdiera de vista. A pesar de estar cubierta por un pieza basta de algodón su silueta se enmarcaba en forma tentadora, resaltada por la misma oscuridad como si fuera parte de ella. Antonio sentía estar haciendo una tontería, alejarla era lo menos que él quería.

—Quetzalli... —musitó él, ahogando un gemido—, José puede llegar en cualquier momento.

—No. No lo hará.

— ¿Qué?—preguntó con un dejo de preocupación— ¿Qué hiciste, Azteca?

—Oh, tranquilo. Yo no hice nada... pero no puedo decir lo mismo de Zeltzin.

Estúpido niño. Se había dejado engatusar por una mujer... Y ¿no es lo que más deseaba España?

—Eso no me tranquiliza en lo más mínimo.

—Te ves nervioso, España—ronroneó acercándose gatunamente.

—Eh... Quetzalli. N-no creo que... el tiemp-po no es a-a-ahora, no-no-creo...— tartamudeó, haciendo amago de levantarse; aún seguía atónito en la improvisada cama que se había hecho nada más instalarse en el palacio.

— ¿Es acaso que tienes miedo?—cuestionó ella, desafiante.

— ¿Miedo?

"No por mí...", pensó.

España sentía sus piernas flaquear, y aunque la azteca no pudiera verlas, sus mejillas ardían en un sentimiento mezclado de deseo y...

—Sí, miedo. Es más que obvio que te he intimidado—dijo ella con extrema seguridad.

— ¿Así?

Antonio recuperó toda su valentía. Se acercó a ella y la tomó por la cintura, haciendo a Quetzalli reír divertida.

— ¿Ahora te quieres hacer el interesante?—inquirió.

Ella desabrochó lentamente las ataduras de su prenda; dejando al descubierto sus hombros. Antonio la veía embelesado. La azteca pudo notarlo pues comenzó a bajar la tela con parsimonia hasta que ésta cayó por completo al suelo dejando al descubierto su desnudez. No podía verla claramente, pero era notorio que ella no llevaba nada puesto además de la ya abandonada prenda.

"Perdóname, Roderich"

Era más de lo que el español pudiera soportar. Sin importarle nada más que ese momento, la tomó entre sus brazos y besándola, recorrieron toda la habitación, ansiosos, sólo escuchaban de vez en cuando el sonido de algo romperse; Quetzalli rasgaba la ropa de España, y no paró hasta dejarla reducida a no más que tela raída. Terminaron en la cama del español. Él se sumergía en el olor de su piel, perdiéndose en las curvas de su cuerpo, robando suspiros anhelantes de los labios de ella, absorbiendo su esencia como si no hubiera más. Cómo nunca se había dado cuenta de lo perdido que estaba. Sin ella.

Quetzalli encajaba sus uñas violentamente en la espalda de Antonio, jalaba su cabello, mordía, rasguñaba su cuerpo en un intento por provocarlo. Ella no estaba consiente de que cada caricia, rasguño, mordida, beso o mirada no hacía más que incitarlo, pero no, aún no, quería disfrutar cada minuto, cada segundo a su lado. Recorría con manos ansiosas su cuerpo, la besaba desde su cuello bajando hasta su vientre. Sólo ver esos ojos le hacían caer más y más en el abismo de su cuerpo; pero no iba a resistir por mucho tiempo y cuando menos lo pensó, ya estaba en ella. Fue recibido por ella con un estremecimiento. Comenzó lentamente, pero pronto sus embestidas se volvieron cada vez más fuertes y con más celeridad. Gemidos aprisionados recorrieron cada recoveco de la habitación, un deleite silencioso los abrumó. Se sentían tan completos, tan amados. Cuando sus almas y sus cuerpos llegaron a su cenit, lo hicieron casi en sincronía. En su momento de arrobamiento ella arqueó la espalda, para satisfacción de España; y éste no dejaba de susurrar su nombre. Tantas veces había soñado tenerla, amarla así; pero la realidad había rebasado todas sus expectativas.

—Te amo, Antonio...

—Te amo—contestó en un susurro—. Te amo, te amo, Quetzalli.

Cuando se retiró, ella se asió a él con fuerza, y él la envolvió en sus brazos. Estaban cansados y magullados; pero lo único que les importaba era estar ahí. Juntos. Ella recostada en su pecho y el abrazándola. Si Francis lo viera así, no se la creería. En eso recordó un "consejo" que le había dado su buen amigo francés. Sonrió ante tal ocurrencia.

"Recuerda, Antoine, siempre después del amour tienes que salir corriendo como si no hubiera mañana. Nunca te quedes"

— ¿Qué?—la voz de Quetzalli, lo regresó a donde quería estar.

—Sólo recordaba a un amigo—respondió inocentemente.

La azteca enarcó las cejas.

—Me acabo de entregar a ti y tú piensas en tu amigo... No sé que hacer: si asustarme o besarte.

—Preferiría lo último.

Y la azteca muy obediente, lo besó. Distraídamente ella colocó su mano sobre el lugar en su pecho donde se encontraba su corazón.

—Ahora, eres mío... y yo soy tuya, Antonio. Tú corazón me pertenece tanto como a ti el mío.

Por toda respuesta, él le propino un beso trémulo, se sentía agotado; Quetzalli pareció comprender, quitó su cabeza del pecho de Antonio, aliviándolo de la opresión y acostada le dio la espalda, sugiriéndole a él abrazarla. España lo hizo rápidamente, acercando sus cuerpos el uno con el otro. Respiraban pausadamente, recobrándose. Muchos rostros pasaron ante sus ojos en esos momentos mirándolo con desaprobación, pero con un parpadeo los hizo desaparecer. Incluso al de él, que siempre lo miraba con esos ojos violáceos que en ocasiones lo exasperaban tanto.

En esos momentos sólo la quería a ella. Su rostro, su silueta, su respiración, su aroma. A toda ella. Un sentimiento de abnegación inundó a España viéndola dormir. Dejaría todo y a todos por ella.

Y observándola, se durmió.

...

Los rayos del amanecer acariciaban su rostro como las manos del español la noche anterior. Ella abrió sus ojos lento, lo primero que vio fue a él. Y afortunadamente, ni rastros del muchacho; se notaba que Zeltzin lo había distraído muy bien. Antonio la rodeaba con sus brazos, se sentía tan segura. Pero un nuevo día había llegado y de seguro que si no se iba pronto Moctezuma comenzaría a buscarla. Con delicadeza apartó el brazo del español; pero aún así España lo sintió y abrió los ojos. Esos profundos ojos esmeraldas. Sonrió al verla, cerrando los ojos de nuevo.

—Debo irme...—musitó ella.

—Quedate, por favor.

—No puedo. —Besó sus labios—. No puedo.

Se incorporó, tomó la prenda que había llevado consigo y se la puso. Sólo bajo la luz del sol se dio ella cuenta de que lo rasgadas que estaban las mantas, los rasguños y moretones de España, la ropa hecha jiras, las cortinas... no, no quería ni ver en las "cortinas", los jarrones...

—Te llevarás una sorpresa cuando abras los ojos—susurró a su oído—. Dejare a Itzmin con Zeltzin, sólo aprieta el ojo derecho de la pantera y el pasadizo se abrirá. Sólo sigue a la derecha, siempre a la derecha. Te amo...

Antonio sólo escuchó algo pesado abrirse y cerrarse; después sintió la amarga soledad. Abrió los ojos, Quetzalli se había ido. Aún seguía adormilado, por lo que necesito unos segundos para caer en la cuenta de lo que ella le había querido decir. Casi gritaba de felicidad, pero debía contenerse. Se recostó de nuevo, aspirando su aroma.

Minutos después escuchó el mismo sonido, pero está vez era José quien entraba. Sólo estaba cubierto por una pequeñísima manta.

— ~Fusofusofuso. Mejor ni pregunto.

—Ah, España...—suspiró el chico, tirándose a su cama. El aludido se limitó a darle la espalda, pero su compañero al verlo ahogó un grito—. ¡Por Dios! España, ¿cómo es que no sientes nada?

—Eh... ¿por qué?

—Tocaos la espalda...—sugirió.

España se incorporó y llevó su mano a su dorso, sintió una extraña calidez en sus dedos y cuando los miró descubrió que era sangre, volvió la vista a donde estaba recostado, y pequeñas gotas manchaban la manta.

—Parece que vosotros también os divertisteis, ¿no?

—Ay, José...

El chico le dedicó una mirada sardónica a España. Pero éste ni atención le prestó. Su último pensamiento antes de cerrar los ojos de nuevo, fue ella...


Gracias por leer. No olviden comentar.

OkamiYuki98: Jajaja, es que España no se callaba (los nervios pues) Creo que esto es lo más sin cesura que lo puedo hacer, aún no me acostumbro X3... JAJA, no creo que esta época existieran los preservativos... pero sí, no creo que a Toñito le importara.

LadyLoba: Jojo la guerra se acerca... Sí, Coatzin es una víbora. Ya, tranquis, ya se apuraron... gracias a Azteca (obviamente) si fuera por Antonio, nomás no.

redcoverpaint: Pues aquí tenéis a Zeltzin de alcahueta (como diría mi abuela jaja) Bien, sacrificadita con José. Jajaja, hombre tenía que ser España.

...

Bueno, jeje. Esté es de seguro el capitulo más corto que he hecho :s Que vergüenza me doy... Pero los fines de semana no son nada productivos para mí, lo siento... así que si las palabras suenan demasiado atropelladas jeje mis más sinceras disculpas :a

Oooh, a los tortolos les queda un capitulo más y ¡BUM!... jeje espero disfruten (y si todo sale como lo he planeado) los haré sufrir c: Oh, lindo, lindo romance. Ciao!