En la huida de la sala de control no habían reparado en él. Inicialmente presa del terror, el Amo vio como el Último Doctor cogía a Clara de la mano para salir corriendo de la sala, y al Doctor siguiéndolos en la carrera. Cuando su cuerpo reaccionó, vio como una esfera se interponía entre él y la puerta de escape, al tiempo que el resto de esferas salían en persecución de sus, hasta entonces, compañeros.

Cayó de rodillas al suelo y comenzó a gatear de espaldas mientras aquella esfera avanzaba lentamente hacia él. De cuando en cuando se inclinaba lateralmente, como un animal cuando inclina su cabeza intentando reconocer a otro. De manera aleatoria extendía sus cuchillas para hacerlas girar, ocultándolas de nuevo, en un juego macabro a sabiendas de que tenía una presa a su merced. Si hubiera querido matar al Amo ya lo hubiera hecho; su comportamiento era el de alguien que disfrutaba con aquella situación.

El Amo lo sabía, o al menos, lo intuía. Con una cara desencajada por el pánico, veía aquella acercarse esfera, a sabiendas de que algo lo observaba desde su interior, y que ese algo estaba sonriendo. Sabía que estaba en sus últimos momentos; no habría regeneración posible después de lo que ese ser hiciera con él, fuera lo que fuera.

La esfera contrajo sus armas y se detuvo, a escasos centímetros del Amo, que mostraba un rostro enrojecido y una respiración al borde del histerismo. El Amo quiso gritar, pero era incapaz de emitir ningún ruido. Su cuerpo había dejado de responder de manera consciente; lo único que funcionaba en su interior era un cerebro que no dejaba de pensar en las muchas maneras de morir que tenía enfrente, mientras unos ojos abiertos de par en par eran incapaces de mirar hacia otro lado que no fuera aquel ser.

– ¿Has matado al doctor Yana? – dijo una voz metalizada proveniente del interior de la esfera.

– ¿Quién? ¿Yo? – contestó instintivamente el Amo, sin saber realmente qué preguntas respondía.

– Nosotros recordamos. Llevas las ropas del doctor Yana… No eres el doctor Yana… ¿Has matado al doctor Yana?

– Yo… Sí… No…

– ¿Has matado al doctor Yana? ¿Cómo mataste al doctor Yana? Nosotros queremos saber…

– ¿Matar? ¿Matar? Matar…

– Matar es divertido…

– Sí… Matar es divertido – contestó el Amo, tejiendo por fin un pensamiento de manera coherente.

– Pero allá donde moramos los Toclafane no hay nada que matar… No hay nada en Utopía.

– ¿Utopía?

– Nos dijeron que en Utopía el cielo estaba hecho de diamantes, pero no es verdad… Sólo hay oscuridad y frío.

Al escuchar esta última frase, el Amo recordó. La había oído de boca de un niño, cuando vivía como humano bajo el aspecto del doctor Yana… Creet… Así se llamaba el niño. Creet… Como doctor Yana había estado trabajando en un cohete que llevara al último reducto humano a Utopía, tratando de escapar de la muerte del universo. Nunca llegó a saber qué había sucedido a aquellos miles de personas que subieron a la nave confiando en un futuro mejor; ahora tenía la respuesta frente a sus ojos.

Si en algún momento el Amo pudo haber recuperado la cordura, aquel conocimiento cortó de manera irremediable el hilo que la unía a él. El Amo rio para sus adentros; luego comenzó a reír con una risa sorda, hasta que poco a poco sus risotadas comenzaron a subir el volumen hasta convertirse en una sonora carcajada. La esfera continuaba observando.

– ¿Divertido?

– Sí, ¡muy divertido! – contestó el Amo sin poder parar de reír – Amiguito… Yo sé cómo os podéis divertir mucho.

– Nosotros escuchamos… ¿Diversión?

– A raudales. Venid conmigo, y os llevaré a lugares donde las estrellas brillan como nunca las habéis visto brillar, y donde hay mucha, mucha diversión…

La esfera giró noventa grados, de modo que el punto en que se unían las hendiduras verticales quedó cara al Amo. Como si de una flor se tratara, se abrieron cuatro pétalos metálicos, mostrando su interior. Ante el Amo apareció una cabeza humana, de piel cadavérica y llena de arrugas, conectada a la esfera por una serie de cables y conexiones que penetraban en su interior, ojos enrojecidos y muy abiertos, aunque probablemente ciegos, y una especie de respirador allá donde debería tener la nariz y la boca.

– Los Toclafane escuchamos.

El Amo sonrió al ver aquello, y aunque no apreció ningún cambio, le pareció intuir que aquel ser también estaba sonriendo.

No hicieron falta más palabras. El pacto se había sellado.