En el Futuro

By: Lavi*


Primero que nada me disculpo por tardar tanto, sobre todo con Dotachin quien ha esperado con muchas ganas el capi, gracias por tus comentarios y a todas (os) las demas igual. Ahora, este capi ya lo tenía, pero no estaba editado además de que no estoy en mi casa, ni siquiera en mi estado y en donde me estuve quedando no había internet. El 12 aún no lo transcribo, así que igual tardo una semana mas o menos en subirlo, espero que no sea mas. Pues ya estare de vuelta en mi casa entonces. Espero no revolverlos con el final del capítulo y que sea de su agrado. Perdon por la mala ortografía y demás, bla blaa...

Gracias por sus comentarios. (Y por su paciencia xD)

KHR pertenece a Amano y ya saben lo demás...


Junio 15.

Ryohei dio un salto de susto en cuanto la puerta se abrió abruptamente. Miró al cabeza de pulpo entrar por ella con una sonrisa de oreja a oreja, de esas que sólo se le veían a Gokudera cuando tenía una maldad planeada –o estaba frente al Décimo, en todo caso-.

_Ya está_ Dijo el italiano asegurando la salida y caminando hasta él.

A falta de privacidad en la base, pues pese a su gran tamaño no había hora en la cual no hubiese nadie rondando por los pasillos de la misma, ambos habían acordado tener sus encuentros secretos en la habitación de entrenamiento de la quinta planta subterránea.

Rara vez alguien, excluyendo al capo, Reborn o Giannini, iba a la quinta planta. La razón mas lógica era que dado que la sexta seguía en proceso había una gran cantidad de polvo y ruido como para ser del agrado de alguien. Y más a favor era que, desde hacía un buen rato, nadie aparte de Yamamoto y él mismo usaban las salas de entrenamiento.

Y no era que los demás no entrenaran. Claro que no. Ryohei estaba seguro que Hibari hacia lo propio en su sección de la base, que aunque se negara, compartía con todos ellos. Había que ser sinceros y un par de muros de dudosa resistencia no eran suficientes como para considerar las habitaciones de Hibari como algo más que una extensión de la misma base. Sobre todo cuando el técnico-mecánico de los Vongola comúnmente viajaba de un extremo a otro solucionando desperfectos, incluido ese espacio.

Además y yendo por otro lado, Ryohei sabía –y vaya que sí- que Chrome tenía sus ratos de entrenamiento con Bianchi, o igualmente en soledad, en esas habitaciones que ambas habían denominado su espacio.

Lambo hacía lo que quería, muy cierto, pero al ser un guardián era sometido a cierto tipo de entrenamiento una vez a la semana por parte del arcobaleno del sol. No sabía de qué iba dicho entrenamiento, pero siendo sincero consigo mismo, poco le importaba. Mientras el chico vaca resultara útil en una situación riesgosa –como las que no habían tenido en un buen tiempo- le bastaba y sobraba.

Ahora, el capo entrenaba. Y lo hacía por que de lo contrario su tutor se lo habría cargado a base de tiros desde hacia tiempo. Y además, por que aunque Tsuna jamás lo reconocería, liberaba tenciones acumuladas en su cuerpo luego de horas tras un escritorio, innumerables viajes alrededor del mundo, reuniones tediosas con un puñado de asesinos y viejos sádicos y alguna que otra presión sobre libertades y sueños perdidos. Ciertamente, Ryohei nunca había estado presente en las prácticas de Tsuna, pero por la cantidad de daños acumulados en las habitaciones de entrenamiento pertenecientes exclusivamente al capo, ya podía sentirse feliz de nunca haber estado allí.

El otro, que al igual que él se entrenaba diariamente, era Yamamoto. De vez en cuando se cruzaban por las mañanas, cuando ambos salían a correr antes de que las obligaciones les enviaran al extranjero o a algún otro lugar. Y otras tantas le había visto en medio de la meditación con la espada en el salón reservado para él en el tercer piso. Por que si bien Sasagawa tenía también su propia área asignada para entrenar, prefería dar sus rondas por los pasillos de la base. Uno nunca sabe lo que puede toparse por ahí mientras entrena. Sobre todo en esa base, que bien podía considerarse un laberinto de obstáculos.

El último en sus pensamientos fue Gokudera, quien en ese momento se encontraba totalmente excitado explicándole algo que no alcanzaba a comprender del todo y que le avergonzaba al extremo, pues al menos, entendía de qué iba el tema aunque no el proyecto. Ryohei no podía asegurar nada acerca de Gokudera. Si bien era cierto que rara vez abandonaba la base –a menos que se tratara de una misión- casi nunca se encontraban.

Sasagawa sabía que el albino no paraba de ir de un lado a otro de la base durante todo el día. En él, como mano derecha, recaían todas las responsabilidades que Tsuna, por falta de tiempo o ganas, no atendía. También era el encargado de llevar a cabo la organización de horarios y extender los archivos de misión a los demás guardianes y los subordinados, además claro, de verificar que los reportes se encontraran perfectamente redactados y en orden antes de entregarlos al capo.

Por otro lado, Gokudera supervisaba la movilidad de todos los subordinados que se encontraban en la base principal, allí en Namimori, y también se encargaba del contacto con la rama italiana y la americana. Ciertamente, estaba ocupado la mayor parte del día en un tira y afloja con los demás miembros de la familia, pues a él llegaban todas las peticiones y quejas que mas tarde se encargaría de atender Tsuna. Si alguien, aparte de Sawada, tenía una gran labor y responsabilidad, ese era definitivamente Hayato.

Era por eso que le absorbía la curiosidad acerca de si, en algún punto muerto de su ajetreada agenda, el albino se daría tiempo de entrenar su cuerpo y habilidades; por que ciertamente no gozaba de mala salud o figura y aunque, de vez en cuando Lambo, él mismo o su pareja (que dicho sea de paso, no era para nadie un secreto que era Yamamoto) le sacaban de quicio obligándole a volar algunas paredes de por medio, generalmente siempre mostraba un rostro serio, concentrado pero sin dejar de lado esa mueca de confianza y mala leche que brindaba seguridad de que todo iba viento en popa.

En cuanto a sus habilidades. Hacía tiempo que no hacían una misión juntos. La última había tenido consecuencias desastrosas –demandas le cayeron al capo casi en la misma cantidad que dinero les fue pedido para solucionar los daños- y hacía ya más de un par de años de ello. Por lo tanto no podía decir si había mejorado su técnica o la mantenía igual de desastrosamente buena.

_¿Me estas escuchando, cabeza de césped?_ Reclamó molesto su interlocutor mientras enarcaba una ceja.

_No entiendo nada, de todas formas_ Respondió sinceramente, encogiéndose de hombros.

Y como desde hacía dos días, que se reunían clandestinamente en ese sitio, Hayato exteriorizó un bufido y paso seguido se levantó haciendo aspavientos.

_¡Pero si no es tan difícil de entender!_ Removió distraídamente en su bolsillo, seguramente en busca de tabaco _Tu estas seguro que es ella y yo sólo quiero ayudarte a lograrlo_

Y ese era justo el problema, pensó Ryohei mientras le veía soltar maldiciones por no hallar sus cigarrillos. Que de pronto hubiera tanta comunicación amistosa entre ambos –obviando apodos e insultos de memoria aprendidos- y que él, precisamente él: Gokudera Hayato, estuviera tan placientemente dispuesto a auxiliarle en sus de por si ya traumáticos asuntos.

Se maldijo nuevamente por haberse dejado descubrir dos días atrás de una forma tan humillante y más aún, por que había sido precisamente el bombardero quien le había descubierto.

_¿Y por que quieres tú ayudarme?_ Exteriorizó.

_Por que todos salimos ganando, especialmente yo_ Contestó como si fuese la obviedad mas grande del universo.

_¿Y como?_ Bueno, sí quería que confiara en él, al menos debía decirle sus intenciones reales.

Gokudera pareció dudar un segundo sobre si hablar o no. Luego abrió la boca y justo cuando iba a hablar el repetitivo sonido de una alarma les hizo a ambos mirar el aparatito que descansaba sobre el cinto, en la cintura del albino.

Apresurado el bombardero tomó el móvil y aceptó la llamada. Urgente, segundo piso. Articuló un serio Yamamoto antes de cortar y de inmediato, explicando con la llamada, salió dejando al Sol con la duda pintada en el rostro.

Ryohei se preguntó si no había salido dañado en ese tiroteo en suelo francés y ahora mismo necesitaba un chequeo… EXTREMO.


_¿No tienes idea de cómo pudo suceder?_ Inquirió Yamamoto examinando la habitación.

_¡No, ninguna!_ Alegó un muy nervioso y temeroso Giannini _Sólo vine a la revisión de rutina, tu sabes, y me di cuenta de que ya no estaban_

_¡Mierda!_ Golpeó el puño contra el muro, seriamente frustrado.

No había dicho nada a Tsuna por que ahora mismo este se hallaba fuera de la base con Chrome, al parecer por un asunto que tenía que ver con los antiguos camaradas de la misma. Reborn se había ido con ellos por la mañana, alegando seguridad.

No podía creer como de fácil les habían burlado.

_Haré una revisión con los monitores por toda la base_ Argumentó el mecánico, buscando redimir lo que a sus ojos era, una falta suya.

_Si, está bien, avisa a Ryohei para que ponga a las chicas a salvó, yo informaré a mi escuadrón para que se pongan a buscar en los alrededores_ Se sentía cabreado y preocupado en partes iguales _Yo esperaré a Hayato aquí_

El regordete hombre asintió y desapareció presuroso por el camino. Yamamoto informó a su segundo en el escuadrón de la Lluvia y de inmediato sus quince hombres se dividieron las entradas de la base para iniciar la búsqueda de sus dos fugitivos.

Cuando Takeshi dejó el móvil de nuevo en el bolsillo de su chaqueta no pudo evitar preguntarse si todo había sido parte de una estrategia enemiga y ellos, como idiotas, habían caído en él.


Gokudera estaba ansioso. No se había sentido tan ansioso en mucho, muchísimo tiempo. La falta de tabaco le estaba matando y decidió que no sería tan mala idea volver a su habitación en busca de su cajetilla. Aunque de inmediato descartó la idea puesto que su pareja había sonado muy serio en la corta llamada.

Se preguntó internamente ¿Qué diantres había sucedido ahora? Pero sin menguar un segundo el ritmo, siguió avanzando a grandes zancadas por los pasillos de la base hasta el ascensor.

Ahora mismo, por su cabeza había demasiadas cuestiones pendientes. Tenía que hablar con Miura y dejarle claro algunos puntos, por si no había entendido razones la última vez. Tenía que hablar con el Décimo y sacarle de una vez por todas que lo preocupada, desde la tarde anterior había estado con los nervios a flor de piel y al parecer con una mortificación tan grande acerca de algo que no podía concentrarse ni en firmar un trozo de papel para enviar a Italia –puros formalismos-. Por otro lado, estaba la guerra inminente que se les venía encima. Cierto era que no habían logrado sacarle mucha información a sus cautivos visitantes quienes simplemente se soltaron de la lengua para ofender y finalmente mencionar algunas cuantas familias implicadas. Por último estaba el asunto de Mukuro y por ende el del Cabeza de césped.

Diablos, mentiría si dijera que no se la estaba pasando en grande. Luego de una insana cantidad de ideas, por demás absurdas, sobre como vengarse del ilusionista finalmente había terminando por estirarse los pelos al ver que cada una de sus tretas caería velozmente y él perdería muchos puntos a favor de personas que sí le interesaban.

Pero eso jamás disminuiría sus ansias de venganza, claro que no. Así que aquel descubrimiento le había venido como anillo al dedo. Si bien, aunque nunca lo reconocería, estaba acostumbrado a las excentricidades del Sol, sobre todo después de volver del futuro hacía cinco años, y de que éste hablara solo por los pasillos y de vez en cuando se golpeara la cabeza contra los muros cuando creía que nadie le miraba; jamás se imagino sorprenderlo agazapado en un rincón, mientras escondido cual ladrón espiaba –por que aunque el otro jurara mil cosas Gokudera sabía que estaba ESPIANDO- a una de las inquilinas de la base y soltaba suspiros enamorados y al mismo tiempo resignados a la nada.

Como pasaran los años que pasaran, él seguiría siendo Gokudera, primero se burló hasta que le dolieron las costillas de tanto reírse y después, con la maldad pintada en el rostro, la iluminación de la mas brillante verdad instalándose en su cerebro y la seguridad de tener bajo la manga el as vencedor, le propuso una tregua a su semi relación de rivalidad y le ofreció su ayuda en el tono mas inocente y sincero que pudo articular.

Era obvio que, luego de verlo burlarse de él durante aproximadamente una hora, ahora Ryohei no confiara ciegamente en sus buenas y nobles intenciones. Pero ya le haría cooperar, se dijo a si mismo.

El ascensor abrió sus puertas y sabiendo que en el segundo piso el único lugar donde podría estar Yamamoto era en las habitaciones de detención, se dirigió allí casi corriendo. No esperaba lo que se encontró al llegar, como igualmente tampoco se esperaba el huracán que se volvería la base al finalizar el día.

_Escaparon_ Fue lo único que dijo el espadachín, como si esa simple palabra explicara todo.

_¡¿Como demonios pudo ser?_ Gokudera entró, buscando indicios de paredes derribadas, una pelea, cerraduras forzadas.

Cualquier cosa que pudiera explicar como era posible que alguien pudiese liberarse de esas habitaciones que jamás nadie había burlado.

_No hay signos de nada, Giannini comprobó que la cerradura no fue forzada_ Siguió explicando mientras observaba los frenéticos movimientos de su compañero_ Acaba de informarme que en los monitores no aparece nada así que probablemente ya se hayan largado de la base_

¿Largarse de la base? Si como no. Con tantos hombres apostados alrededor de la misma y tantos otros más –de los escuadrones particulares que cada guardián tenía asignado- dentro de la base era ilógico que nadie hubiese activado las alarmas. Seguido de que sólo existía una salida posible, puesto que era mas que seguro que por la del templo Namimori nadie saldría sin antes ser identificado y sino molido a golpes por los esbirros de Hibari.

Por otro lado, se dijo que era imposible que hubiese un traidor entre ellos, pensando que debía haber una explicación lógica a como habían logrado abrir las cerraduras sin forzarlas. Y sin usar llamas de la última voluntad, por que estaba claro que dentro de esas habitaciones no se podían utilizar.

_Debemos informar al Décimo_ Articuló sintiéndose jodidamente estresado y preguntándose ¡¿Donde carajos estaba su tabaco en esos instantes?

Yamamoto asintió, convencido de que ya no tenía más opción. Informaron a los demás dentro de la base y activaron la alarma principal. Sin embargo justo en el momento en que se disponía a marcar al móvil del capo, les cayó la segunda noticia a bocarrajo.

Una histérica Kyoko corría apresurada por los pasillos de la base, alcanzándolos a ambos a vivas voces. La chica tenía la mirada brillosa, no supieron si de preocupación o miedo. Además de que no entendían como la chica había salido de la custodia de su hermano que supuestamente las debía mantener en un lugar seguro.

_¿Que sucede, Sasagawa?_ Inquirió el moreno, brindándole su atención mientras la alarma roja comenzaba a hacer eco en los pasillos de la base.

_Mukuro…_ Articuló la chica mientras intentaba hacer llegar aire a sus pulmones debido a la carrera que había hecho _Mukuro-san no está en su habitación_ Dijo de corrido al fin, con la mirada fija en los castaños ojos de su amigo.

La sorpresa cayó en ambos, quienes se esperaban todo menos algo como eso. Y para rematar en esos justos instantes.

Gokudera tuvo como principal reacción salir corriendo rumbo a las habitaciones y a la mitad del camino su cuerpo se paralizo impidiéndole seguir. Un pensamiento nada alentador llegó a su mente y se giró sobre su propio cuerpo mirando a los otros dos que le observaban con curiosidad y temor.

_¿Crees que él…?_ Insinuó Yamamoto ante la duda que leía en el rostro de su pareja.

_Espero que no_ Aseguró el albino _De verdad que deseo estar equivocado_

La alerta llegó a cada rincón de la base y en segundos todos los guardianes presentes se encontraban en la sala de reuniones esperando al jefe. Los subordinados que en ese momento se hallaban en sus rondas por todo el sitio reforzaron la seguridad. Nadie se podía explicar como aquellos sujetos habían podido desaparecer tal cual si hubiesen sido absorbidos por la tierra y peor aún, en sus narices.


Se llevó una enorme decepción cuando el dueño del local le dijo que ya no tenían col, puesto que las había visto en oferta cuando pasara una hora antes por ese lugar. Sin embargo no se desanimó y alegre caminó con sus compras rumbo a casa.

Alzó las tres bolsas entre sus brazos con algo de esfuerzo y empezó la marcha pero apenas un par de pasos y una de las bolsas de papel se rompió regando el contenido en la calle.

_Descuide, yo le daré una bolsa_ Le dijo uno de los dependientes de un local de comida rápida que se encontraba cruzando la calle.

_Oh, muchas gracias_ Nana suspiró contrariada mientras juntaba una a una sus mandarinas para colocarlas en la bolsa que le darían a continuación.

En esos momentos, más que nunca, echaba de menos a sus ruidosos compañeros de compras. Hacía ya un par de años que Lambo e I-pin se habían ido alegando volver a sus casas y si bien de vez en cuando la venían a visitar no se comparaba a tenerlos todo el día alborotando alrededor. Por otro lado, Tsuna se había ido de casa apenas graduarse. Según le había dicho a su madre tenía ahora un buen trabajo que le permitía comprar su propia casa y que le ocupaba mucho tiempo. Y obviamente, sin su hijo en casa, todos los demás amigos rara vez se pasaban a verla y si lo hacían era más que nada para saludar.

Al igual que con su esposo, Nana había tenido que dejar ir a su hijo con una sonrisa que apenas y podía aguantar en el rostro y con el corazón hecho un nudo en el pecho. Tan solo con la excusa vaga de un "no quiero ser un perdedor toda mi vida" que le había dado su primogénito y que ella, dicho sea de paso, entendía y respetaba.

Pero nunca se deja de ser madre y aunque sabía que Tsunayoshi hacía hasta lo imposible por que no le hiciera falta nada y por visitarla lo mas a menudo posible, no podía dejar de sentirse sola y preocupada todo el tiempo por como le estaría yendo.

Nana estaba orgullosa de su familia y los amaba con todo su ser, pero ciertamente anhelaba volver a los días donde su pequeño corría a esconderse tras su falda, cuando la despertaba por las noches para pedirle dormir a su lado, cuando le sonreía y le gritaba un alegre "Te quiero Mamá" o un "Mamá es la mejor" cuando ella le cocinaba su platillo favorito o le regalaba un dulce. Nana ansiaba volver a los días donde su hogar rebozaba vitalidad y alegría, donde en cada esquina de la casa había alguna persona con la cual toparse. A esos días donde muchos dependían de ella y la hacían sentirse útil y amada.

Y sin embargo, sabía que esos días ya se habían ido. Ahora su refugio era ir de compras casi cada día, aun cuando fuera solo por una tontería, para así huir de esa casa vacía y de la soledad que a veces la absorbía poco a poco.

Una blanca mano atrapó la suya cuando tomaba una mandarina y ella, abandonando sus nostálgicos pensamientos, alzó el rostro.

_Permítame ayudarle con todo esto_ Dijo el joven que entre sus brazos cargaba ya parte del reguero que había en el suelo.

_Oh que amable_ Sonrió ella poniéndose de pie _Muchas gracias_

La sonrisa le fue devuelta y cargando dos bolsas el joven se ofreció llevarlas hasta su casa. Nana asintió dispuesta a aceptar la ayuda y la compañía de buena gana. El trayecto fue salpicado de cortas y casuales conversaciones sobre todo y nada a la vez. El chico le sonreía de tanto en tanto con amabilidad y al mismo tiempo con un no se qué pintado en la mirada.

Llegaron a la puerta de calle de la casa Sawada y la mujer agradeció la ayuda del chico con un par de mandarinas y al mismo tiempo, invitándole a tomar el té.

_No es muy tarde y si no estas ocupado, sería una forma de agradecer tu ayuda_

Pero no hubo respuesta así que ella lo miró. El joven, que ahora se hundía en sus pensamientos, observaba fijamente la fachada de la casa. Nana pudo identificar un escaneo a su propiedad por parte de aquel muchacho quien detuvo su revisión en la placa con el nombre de la familia incrustada al lado derecho del enrejado.

_¿Sucede algo?_ Preguntó ligeramente perturbada por la actitud de su acompañante y preguntándose si no había sido una mala idea confiar en él.

_Sawada…_ Susurró para luego sonreír de una forma que a la mujer le erizó el cabello de la nuca _Así que usted es la madre del Vongola_ Dijo encarándola.

_¿De quien?_ Algo confundida Nana decidió que lo mejor era entrar a su casa y alejarse del muchacho así que tomó sus bolsas y entró al jardín, pero una mano en su hombro la detuvo y la obligó a girar sobre su propio eje para toparse de frente un par de ojos fríos.

_Lamento tener que involucrarla en todo esto_ Dijo haciéndola estremecerse en un mal presentimiento _Al parecer no queda otra opción más que…_

Pero ella no pudo escuchar el final de la frase, porque el joven rostro frente a él fue difuminándose poco a poco hasta ser una enorme y uniforme mancha de color blanco. Todo a su alrededor pareció desparecer y su cuerpo dejó de responderle.

En ese instante Nana anheló poder haber visto a su hijo y a su esposo una última vez, por que estaba segura que, fuera lo que fuera que le hubiese hecho aquel hombre, no era algo bueno.


Continúa...


Si llegaste hasta aquí te felicito y agradezco.

De verdad! gracias por esperar!