Hace mil años que no escribo. Lo sé. Es cierto. Lo admito. Lo siento. Pero pero pero... no tengo excusa, en realidad. Sé que No me salían las palabras no es una excusa. Pero bueno, aquí está el siguiente capítulo. No está beteado porque cuando me han salido las palabras, mi beta está de viaje y soy tan caprichosa y voluble que me sale de los cojones colgar el capítulo.
Es el primer clímax de la historia. Y espero que os arméis de paciencia porque lo otro está planeado pero no escrito (jeeeej), pero por favor por favor PORFAVORPLEASE no dejéis de leer porque sois lo mejor del mundo... y casi son 70 reviews y eso es muchomuchoMUCHÍSIMO, más de lo que merezco. Como habéis sido buenas (y para que sigáis leyendo, para qué negarlo), os diré que entre mis planes futuros está escribir más sobre: Regulus y Nott (que sin quererlo se han hecho co-protagonistas de la historia.. aaay como me gusta el mariconeo...) y algo de Andrómeda, pero poco. El Señor Tenebroso entrará en escena, y por consiguiente, veremos a Bellatrix totalmente sumisa y embelesada y excitada sexualmente matando gente, ¡sí, bieeen! Quizá haya un poco más de la Orden del Fénix; y como soy una loca que se pirra por las chorradas y los excesos de la alta sociedad y me encanta escribir sobre todos estos... bueno, eso. Muchas gracias por leer, ¡aquí tenéis más!
11. Culpa
Poca gente había visto a Lucius Malfoy mostrar debilidad. No era propio de él; se jactaba de saber controlar sus emociones. Cuando murió su madre, contando él apenas veinte años, todo el mundo admiró su temple y serenidad en el funeral: no derramó ni una sola lágrima en público. El Señor Tenebroso alababa su capacidad para mantener la calma y la mente fría en situaciones de riesgo.
Por eso, los médicos que atendieron a Narcisa apenas podían explicarse aquél arrebato de pánico que le había entrado. Tuvieron que sacarlo de la habitación y deslizarle unas gotas de poción sedante en su copa de whisky de fuego.
Ahora, y especialmente después de saber que su esposa dormía plácidamente y ya no corría ningún peligro, Lucius estaba más sereno. Se sentaba detrás de su enorme escritorio de madera noble, con la cabeza entre las manos. En silencio. Parecía estar meditando.
Los dos sanadores que se habían atrevido a aceptar el trabajo estaban acomodados frente a él, en sendas sillas incómodas, pequeñas y claramente a inferior altura que las de su anfitrión. Tragaron saliva. No se decidían a hablar, así que al final Lucius lo hizo por ellos.
-Bien, señores- dijo, levantando la cabeza-. En su opinión, ¿qué creen que ha pasado?- el hombre tenía la voz ligeramente ronca, pero por lo demás parecía bastante tranquilo.
El sanador más bajito y rechoncho carraspeó.
-Bueno, señor Malfoy... un aborto puede ser causado por...
Lucius se estremeció involuntariamente.
-Interrupción del embarazo- lo cortó con frialdad.
El sanador se mordió la lengua para contenerse. Una interrupción no era ni de lejos el término más adecuado para describir lo que había sucedido en aquella habitación. En todos sus años de carrera, no había visto jamás una mujer que estuviera tan aterrada al experimentar un aborto. La señora Malfoy había luchado con todas sus fuerzas para conservar ese hijo; pero el hombre se obligó a corregirse y a adoptar el eufemismo que Lucius Malfoy sugería.
-Interrupción del embarazo. Por supuesto- cruzó una mirada fugaz con su colega, y ambos supieron que pensaban lo mismo pese a que no dijeron nada-. Verá, dicho... accidente... puede producirse por diversas causas: físicas, psicológicas, o una combinación. Pero si quiere mi opinión profesional, señor Malfoy, no debería concederle a este asunto más importancia de la que tiene en realidad.
-Pues resulta que no quiero su opinión profesional para nada- le espetó Lucius-. Por mí, puede coger sus opiniones profesionales y practicarles cuantas maldiciones imperdonables quiera, estimado caballero, porque es evidente que no es usted quien acaba de perder a su primogénito.
El hombre bajito se encogió en su silla y contuvo un estremecimiento. El otro sanador, más alto, con gafas y de pelo cano, tomó la palabra en un intento por reconducir la situación.
-Creo que lo que mi colega quiere decir, señor Malfoy,- intervino con suavidad- es que las estadísticas nos demuestran que dos de cada cinco mujeres sufren un... una interrupción en su primer embarazo. Es relativamente normal. Aunque su esposa es joven y por lo tanto más susceptible a quedarse embarazada rápidamente, hay que decir que tiene una complexión física- el hombre buscó las palabras- poco adecuada para el embarazo. Es delgada, y sus caderas...
-Soy consciente de la forma de las caderas de mi mujer- dijo Lucius lacónicamente. Era un hombre tremendamente intimidante: se dirigía a los dos médicos como si fueran simples empleados de alguna tienda que no le estuvieran vendiendo el producto que él buscaba, y no como a dos sanadores importantes que le doblaban la edad y podrían ser perfectamente sus padres-. Pero sospecho que su cuerpo no ha sido el único factor que nos ha conducido a... a esto, ¿me equivoco?- ambos médicos se miraron de soslayo, incómodos. Lucius notaba que querían decirle algo pero no se atrevían-. Señores- dijo el mortífago, impaciente-. Les exijo que me digan todo lo que deban decirme. No consentiré que mi mujer vuelva a pasar por esto sólo porque ustedes dos me tienen miedo-. Recordó la sangre. Sus manos y su camisa manchadas de sangre. Quitándole el vestido a Narcisa y viendo sus piernas teñidas de rojo. Los sanadores llegaron a toda prisa y se las arreglaron para subir a su mujer a la habitación; lo intentaron todo. Pociones, hechizos, ungüentos. Todo. Y Lucius no podía hacer nada salvo ofrecerle su mano a Narcisa para que se asiera a ella. Incluso él mismo tuvo que ser tratado. Ansiedad, dijo la enfermera que los acompañaba, y que ahora estaba velando el sueño de Narcisa. Pero él sabía que no era ansiedad; era culpa. Culpa por tener la certeza de que él era, de alguna manera, responsable de todo aquello. Si no se hubiesen peleado, Narcisa no habría pasado toda la tarde a la intemperie, y eso seguro que había tenido algo que ver. Nunca se había sentido tan impotente en toda su vida, yendo de un lado para otro en la sala contigua a su dormitorio como un león enjaulado, oyendo los gritos de Narcisa. Se obligó a respirar profundamente un par de veces antes de volver a hablar-. Créanme, ustedes no quieren parecer incompetentes delante de mí; no me gustaría pensar que todo el dinero que mi mujer y yo hemos donado a San Mungo se destina al sueldo de un par de sanadores asustados de emitir un diagnóstico.
Ambos médicos carraspearon. Gran parte de la infraestructura del hospital se mantenía gracias al dinero de Malfoy y de amigos suyos, que no dudarían en retirar o reducir sus donativos si Lucius se lo pedía.
El sanador de pelo cano se atrevió a volver a hablar.
-La condición física se su mujer es un factor importante, ya que procede de un linaje poco fértil y si pretende quedarse en estado de forma exitosa, debe tomar algunas precauciones adicionales- se subió las gafas con un dedo, nervioso, y prosiguió con voz insegura-. Es preciso que coma sano, duerma cómodamente y sobretodo en estos días, que se abrigue mucho. Hemos notado que ha estado expuesta al frío durante un largo tiempo.
-Cierto- reconoció Lucius-. Tuvimos una discusión. Salió de casa a eso de las siete, y volvió pasadas las once. Sospecho que en todo ese rato no se resguardó en ningún sitio.
-Es muy importante que una mujer en su estado no...
-Yo desconocía que mi mujer estuviese embarazada- se apresuró Lucius-. Y ella también lo ignoraba.
-Ella lo sospechaba, señor Malfoy- intervino el sanador bajito.
Lucius frunció el ceño, desconcertado. Se mantuvo en silencio, recostándose en la silla. Escondió la cabeza entre las manos de nuevo, ahogando un suspiro.
-Calculamos que la concepción se produjo hace unos tres meses. ¿No notó usted la ausencia del período? ¿Cada cuánto mantienen relaciones sexuales?
Evidentemente Lucius se abstuvo de responder, pero su expresión delataba que no había caído en ese detalle. Ahora, sin embargo, parecía que todo encajaba ante sus ojos.
-No me di cuenta. Tampoco percibí ningún... ningún cambio en su vientre.
-En realidad, empezaba a apreciarse una ligera curva. Pero es normal que en tan poco tiempo...
-No me enteré de nada- dijo Lucius débilmente. Parecía que hablaba más para sí mismo que para los sanadores-. Tendría que haber... tendría que...
-No se torture- dijo el sanador de pelo cano-. No ha sido culpa de nadie. La interrupción del embarazo puede deberse a una situación emocional tensa. También a una impresión fuerte y traumática... o simplemente porque pasó demasiado tiempo en el frío y su cuerpo, ya de por sí débil, no pudo aguantar más la nueva vida que se gestaba en su interior. Las razones que han llevado a este desafortunado incidente no pueden conocerse con exactitud; tan solo podemos hacer conjeturas. Lo importante ahora que trate a su esposa con cariño y no hacerla sentirse mal. No hay razón alguna para pensar que no puedan tener un hijo.
-¿Insinúa que no trato a mi mujer debidamente?¿Qué no intento con todas mis fuerzas que sea feliz?
-Con todos mis respetos, señor Malfoy, su esposa estaba aterrada. Tenía miedo de que usted se disgustase. Ha luchado mucho para no perder a ese bebé.
-No es ningún crimen desear un hijo- se defendió Lucius-. Es cierto, quiero ser padre; y claro que estoy disgustado. Tengo sentimientos. También era mi bebé, y yo hubiese luchado por él si hubiese podido. Pero no estoy enfadado con mi esposa. Por supuesto que no.
-Ella no tiene la culpa- añadió el sanador bajito.
-Ya sé que no tiene la culpa- le espetó Lucius de mala manera-. No soy un ignorante supersticioso que aún cree en todas esas tonterías, pese a lo que usted parece pensar. Soy un hombre leído, maldita sea. No insulte a mi inteligencia- se masajeó las sienes con las yemas de los dedos-. Y hágame un favor: no hable más. Me cae usted mal- dijo, molesto. Se dirigió al otro sanador: - ¿Había alguna manera de saber si era un varón?
-Pese a que el estado de gestación no era muy avanzado, hemos logrado averiguarlo.
-¿Y bien?
-Era una niña.
Lucius asintió lentamente y se cubrió la cara con las manos de nuevo. Ambos sanadores observaron, incómodos, cómo Lucius permanecía en silencio durante unos tensos minutos. Al levantar la cabeza, sus ojos estaban humedecidos, pero por lo demás nada delataba que había estado a punto de llorar. Su voz era de nuevo normal.
-Como seguramente sabrán, mi esposa y yo aparecemos en la prensa con relativa regularidad. No esa algo que no agrade especialmente, pero parece más bien inevitable. Por eso mismo, si alguien se enterase de lo ocurrido, es posible que apareciese en los periódicos antes de que yo pudiese hacer nada para impedirlo. No querría que mi mujer lo viese. Les agradecería que mantuviesen esto en secreto; estoy seguro de que ambos coincidirán en que es lo mejor para el bienestar psíquico de Narcisa, que es lo que más me preocupa ahora. Ha pasado ya por suficiente; sólo faltaría que todo el mundo mágico se enterase de esta desgracia.
-Descuide, señor Malfoy- dijo el sanador-. Esté tranquilo. Todo esto es confidencial. Por lo que a nosotros respecta, su esposa ha cogido un resfriado. Le bajó la tensión y se desmayó. Usted hizo bien en llamarnos, pero no ha sido más que un susto desagradable: un vulgar catarro que la tendrá una semana o dos en cama, sin poder aparecer en ninguna clase de acto público, pero nada relevante.
-Eso sería adecuado. Gracias- dijo Lucius levantándose. Parecía muy cansado. Debajo de sus ojos empezaban a adivinarse ojeras. Se acercó a los dos sanadores y les estrechó la mano-. Disculpen si he estado un poco frío. Comprenderán que las circunstancias no son las más alegres.
-Lo comprendemos perfectamente.
-Trabajan ustedes en el ala de maternidad, ¿no es cierto?
-Sí, señor.
-Tengo entendido que recientemente han sufrido algunos recortes presupuestarios, ¿verdad?
-Lamentablemente sí. El ministerio ha decidido que se empiecen a emplear algunas técnicas muggles, que lógicamente no necesitan los costosos ingredientes de algunas pociones, pero claro...
-¡Qué horror!- dijo Lucius, alarmado-. Tengan la seguridad de que haré todo lo que esté en mi mano para solucionar este terrible error. Sin duda, el ministro no debe de haber prestado la importancia que merece este asunto.
-Agradeceríamos mucho su ayuda, señor Malfoy. La situación se está haciendo insostenible.
-Cuenten con ella. Y ahora, caballeros, si no hay nada más que deseen añadir, me gustaría ir a ver cómo se encuentra mi esposa.
Los sanadores se levantaron de sus sillas, procurando no rallar el suelo de madera brillante.
-Debería guardar cama durante unos días. Los mareos serán normales, y se sentirá débil, como si hubiera sobrevivido a una enfermedad, pero no hay porqué alarmarse. Si tiene alguna pregunta, no dude en llamarnos.
Lucius asintió, y con una última sonrisa despidió a los dos hombres. Después, fue al mueble-bar y se llenó un vaso de whisky de fuego hasta el borde. Se lo tomó lentamente antes de entrar en el dormitorio a ver a su mujer.
...
Narcisa parecía más niña que nunca, perdida en medio de la inmensa cama, protegida por el edredón blanco y los cojines bordados. La habitación olía bien, vagamente a las pociones que habían empleado. No quedaba rastro alguno de sangre. Todo estaba silencioso, calmado, sumido en la penumbra.
-¿Narcisa?- susurró Lucius-. ¿Estás despierta?
Ella se removió un poco.
-Sí- musitó simplemente.
Los recuerdos de aquella noche se resistían a abandonar la mente de Narcisa. La sangre caliente resbalándole por las piernas, dolor agudo en el vientre, como una daga clavada permanentemente allí. Extraños que la obligaron a soltar la mano de Lucius cuando lo único que quería ella era la figura de su marido a su lado, presente en el momento de decirle adiós a su hija. Oía instrucciones, pero ella sólo podía preguntarse porqué no había nadie conocido junto a ella, porqué nadie le decía que todo iba a salir bien. Los sanadores estaban aterrorizados por lo que pudiera pasarles si el hijo de Lucius Malfoy moría en sus manos; una madre no eran muy difícil de encontrar, pero un heredero ya era más escaso.
Pero ahora no tenían nada. Narcisa había fracasado en todo: hija, hermana, esposa. Y por último, madre.
-Narcisa- Lucius se acercó a la cama y se arrodilló junto a ella-. ¿Cómo te encuentras?
Ella se encogió de hombros y bajó la vista.
-Bien, supongo- musitó. Tenía las mejillas coloradas y la frente aún perlada de sudor. Su cara, recostada en la almohada, parecía muy cansada y soñolienta. Miró a Lucius con aquellos ojos azules, tan claros y grandes-. ¿Y tú?
-Mírate- sonrió él-. Preocupándote por mí- el hombre se sentó en la cama y le acarició el pelo a su esposa.
-¿No estás... enfadado?
Él negó con la cabeza lentamente.
-Estoy enfadado conmigo, Cissy. Porque no he sabido tenerte contenta a mi lado. Tú me hacías tan feliz que no me paré a pensar que quizá necesitases a alguien que te hiciese feliz a ti. He sido un mal marido, egoísta e infantil. Lo siento mucho.
Ella sonrió y le acarició la mano levemente.
-Gracias- dijo. No intentó justificarle ni negar que las afirmaciones de su marido fuesen falsas-. Significa mucho para mí que te des cuenta. Yo tampoco he sido la mejor esposa del mundo.
-¿Crees que podremos arreglarlo?- inquirió el hombre. Narcisa no distinguía bien su expresión en la penumbra, pero le pareció que su tono de voz era algo suplicante.
Ella sabía que le estaban pidiendo otra oportunidad. Para enmendar las cosas, para empezar de cero con aquél extraño con el que había convivido los cinco peores meses de su vida. Seguir viviendo el aquella enorme y fría casa que aún no podía considerar su hogar e intentar que las cosas cambiasen sin saber bien cómo hacerlo. Superar lo que acababa de pasar de alguna manera. Fingir ante todos, como siempre, mientras ambos eran ahora conscientes de que su matrimonio era una farsa. Arriesgarse a fracasar, ¿y luego qué? Seguir fingiendo indefinidamente aunque nada funcionase. ¿Era eso lo que quería?
-Sí- dijo Narcisa, esbozando una leve pero decidida sonrisa-. Lo intentaremos.
...
