Buenos días, pase con confianza, va a verme limpiecita como un sol. Soy yo, el limpiador de pocetas... Lol no puedo continuar jajaj, uds saben lo que sigue xD.
Pero pasen con confianza mis queridos lectores :3
Un saludo y un abrazo con todo mi cariño a:
Neri Dark, Ruby Purpura, aky9110, Yaelinuyasha, Izanami Kuro y Javita0san,
Como prometí este capítulo es mas alegre, pero no se dejen confiar xD...
Luces, cámaras y limpiador de pocetas mas...
Advertencia: Ya uds saben, caray.
11.
DANGER LINE.
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El radiante astro se mostraba nuevamente sonriente para aquel conocido reino. El ambiente había cambiado considerablemente, los colores del día eran mas intensos y hermosos, la nieve caía en cada rincón del lugar, los árboles se mostraban abundantes, los animales regocijaban y el palacio despedía un aire de paz, familiaridad y sosiego.
Cada persona, que habitaba en él, estaba contagiada irremediablemente del espíritu navideño que cada vez se acercaba más. No había ningún individuo que no llevara un gorro colorado o una bufanda para resguardarse del exquisito frío.
Era una época donde todos los problemas desaparecían para dar paso a la felicidad. Pero lamentablemente para una pelinegra, conseguir tal dicha requería hacerse cargo de un gran y mayúsculo problema… que comenzaba por un arrogante príncipe y terminaba en Inuyasha.
- REGRESA AQUÍ, SABANDIJA – Gritó eufórica, la predilecta pelinegra, persiguiendo con algo de desesperación a su impertinente prometido. – ¡Te voy a ahorcar! -
- ¡Tendrás que alcanzarme primero! – Burló el joven, quien sostenía en sus manos varios regalos y algunas cartas. Agilizó su carrera al ver como la azabache casi lo alcanzaba. – ¡Eres muy lenta, Kagome! - Carcajeó
- ¡Ya veras! – Siguió sin cesar su andar. Pensando, en el transcurso, la mala idea de decidir que ese día se pondría uno de los vestidos más largos. - ¡Eres una amenaza para la humanidad! ¿con qué moral vienes a quitarme mis regalos? – Preguntó enrabiada, cosa que solo le provocó más gracia al pelinegro. Luego de algunos segundos, paró su carrera para descansar un poco, dándose cuenta de que habían acabado en el bosque.
- Pues, hasta donde sé, soy tu prometido. Así que puedo hacer lo que me plazca. – Sonrió socarronamente, acercándose a la pelinegra para acompañarla, sin dejar de poner su distancia entre ellos. Kagome lo miró con el ceño fruncido.
- Sigue soñando si crees que me casaré contigo. – Comentó entre un deje de burla y molestia. Inuyasha miró los obsequios en sus manos, como si no hubiera escuchado lo que ella dijo.
- Nadie mencionó algo sobre una boda. Eres tu la que tiene una obsesión conmigo. – Siguió sonriendo al ver la cara de indignación de su prometida. – Pero tranquila no le diré a nadie. – Tomó una de las cartas. - Veamos que tenemos aquí. -
- ¡No te atrevas! – Corrió nuevamente para quitarle la carta en sus manos, fracasando en el intento.
- "Perdone mi gran atrevimiento, pero es que yo ya no pude mas. Su imagen está en mi pensamiento, y yo necesitaba encontrar paz." ¿Qué clase de porquería es ésta? – Preguntó, un escéptico Inuyasha. Kagome siguió forcejeando. – "La paz la encontraré ahora...después de mi confesión;confesión que mi alma implorae intenta tocar su corazón. Saludos desde la cárcel, querida Princesa." – Luego de esto el pelinegro no pudo evitar romper en carcajadas. – No puedo creerlo, es más patético que el lobo sarnoso. – Comentó con lagrimitas en los ojos.
- ¡Ya Inuyasha! ¡no seas infantil y dame eso! – Y de nuevo todos sus intentos fueron en vano.
- "Me gusta amarla así, porque de esta manera no hay tapujos ni misterios, porque mi cuerpo al estar desnudo…" Esto tiene que ser una broma… - Inuyasha sintió como aquellas confesiones ya dejaban de hacerle gracia. – Kagome, no me digas que te gustan esta clase de hombres. – Demandó una respuesta seriamente, mirándola fijamente. Kagome frunció el ceño.
- La verdad es que me encantan. – Sintió como Inuyasha musitaba un abierto "¿¡Que!?" y luego suspiró, cansada. – Es broma, por supuesto que no, son fastidiosos. – Se extrañó de no recibir respuesta de su prometido y curiosa lo buscó, encontrándolo hecho un ovillo en la nieve.
- Ya entiendo… así que le gustan esa clase de hombres. – Musitaba quedadamente al aire.
- ¿No escuchaste que dije que era broma? – Inuyasha la miró, haciendo un mohín algo gracioso. – Ahora devuélveme mis regalos, por favor. – Demandó, ya casi perdiendo los estribos.
- ¿Qué tipo de hombres te gustan? – Preguntó algo serio, obviando el comentario anterior de la joven.
- Eso no es de tu incumbencia. – Kagome sintió de repente su rostro arder.
- No te devolveré tus regalos. – Sonrió, al notar cuanto conocía a su prometida, mientras observaba como ella cedía –molesta cabe agregar- a sus palabras.
- De acuerdo. – Inuyasha asintió con una torcida sonrisa. – Déjame pensar… que no sea violento, ni tampoco caprichoso. Que no tenga mal carácter. – Por cada palabra el pelinegro iba entrecerrando más los ojos. Kagome mostraba sus ojos brillantes. – Que sea tierno y que también me comprenda. – Sonrió. Inuyasha se cruzó de brazos.
- ¿Por casualidad ese hombre existe? – Pregunto burlón.
- Claro que si… debe estar por ahí, en algún sitio. – Lo miró fijamente.
- ¿Quieres decir que ni siquiera tienes un hombre en mente? -
- … No. – Inuyasha rio. Kagome entrecerró sus ojos. – No te rías, tú tampoco tienes a nadie. – Golpe bajo.
- Eh no, pero… los hombres tenemos una ventaja. – Respondió, en un intento patético de superioridad.
- ¿Ah sí? ¿y cuál es? -
Inuyasha se acercó lentamente, mirándola coqueto. – Sabemos seducir. – Kagome ocultó torpemente un estremecimiento.
- Las mujeres sabemos seducir también. -
- Las mujeres si… tu no. – Burló.
- ¿Qué te hace pensar que yo no? – Desafió.
- Hola, soy la princesa Kagome Higurashi, me encanta leer en mi tiempo libre, amo a los animalitos del bosque, los hermosos jardines y las románticas veladas. – Kagome casi gruñó al ver como el pelinegro la imitaba con una chillona voz. – No creo que en verdad sepas seducir. – Sonrió.
- ¿Y que hay de ti? Soy Inuyasha Taisho, me encanta fastidiar a las mujeres para que vean lo inmaduro que soy, no tomo nada en serio y no te comprometas, es espantoso. – Imitó poniendo su voz mas grave. Inuyasha dejó los obsequios y las cartas a un lado y se acercó a ella peligrosamente.
- ¿Eso sonó como una declaración de guerra? -
- ¿Y si lo fuera que? – Respondió de la misma forma.
Inuyasha sonrió. – No debiste decir eso. -
Y así comenzó un forcejeo de manos. Kagome intentó batallar lo más que pudo, pero luego se vio forzada a terminar presa en los brazos del pelinegro, quedando ella de espalda a su torso. – Esto es trampa. -
El pelinegro se acercó a su oído en silencio, mientras la mantenía aún presa. Kagome casi híper ventiló. – Justo aquí. – Pasó sus dedos delicadamente por una de las costillas de la joven, la cual se estremeció. – Tuve un accidente, cuando era pequeño. Unos niños del pueblo me golpearon y casi me rompieron unas costillas. – La volteó para poderla ver a los ojos. Kagome no dijo nada. – Desde ese entonces he practicado artes marciales. – Sonrió. – No te conviene meterte conmigo, querida. -
- Ni tú conmigo, aún no me conoces del todo. – Y dicho esto, forcejeó de nuevo su agarre. Inuyasha intentó someterla una vez más, pero la pelinegra siguió batallando. Entre movidas y contraataques ambos se enredaron y terminaron cayéndose en la nieve.
Ahora la disputa era quien tenía el control en el suelo. Kagome tomaba el mando y de inmediato Inuyasha la derrocaba.
Pasaron algunos minutos entre risas y frases algo rebuscadas, hasta que Inuyasha logró aprisionarla en la escasa hierba cubierta por los copos blancos. Apresando sus brazos y poniendo casi todo su peso sobre ella, pero cuidando de no lastimarla. Kagome gruñó frustrada. – No es justo, usas la fuerza bruta. -
- Soy hombre. – Respondió burlón, con algo de obviedad. – Gané. – Y mostró una de esas sonrisas de 250 vatios. Kagome rio ante eso.
- Está bien, solo por esta vez. Pero ya luego te las cobraré. – Inuyasha la liberó de su agarre y ambos se sentaron con una sonrisa. Pasaron varios segundos de silencio, mientras admiraban el esplendor de la naturaleza.
- ¿Segura que no tienes frío? -
- No te preocupes, adoro este clima. - Kagome miró de reojo a Inuyasha y después de un prolongado tiempo, se aventuró a hablar: - Nunca me contaste de eso. -
- ¿De que hablas? -
- Sobre aquel incidente con esos niños. – Pausó, sin saber si debía continuar. Inuyasha no la miraba. - ¿Cómo acabaste en el pueblo? -
- Es solo algo sin importancia. – Carraspeó. – Fue en una de mis grandes escapadas del palacio… por supuesto ellos no sabían quién era yo.
- … ¿Los volviste a ver después? – Preguntó, temerosa. Inuyasha suspiró.
- Los iban a mutilar por haber robado comida. Ese día iba de visita al pueblo. – Miró fijamente a Kagome, con un deje de nostalgia en su voz. – Ordené que no les hicieran nada… - Kagome se sorprendió ante sus palabras.
- ¿De verdad? ¿Después de lo que te hicieron? -
- …Si… - Kagome lo miró fijamente, como si intentara indagar en sus pensamientos. - ¿Qué? -
- Nada, es solo que… ¿por qué no dejas que las personas vean lo bondadoso en ti? – Inuyasha se sorprendió ante esa pregunta y luego pasó a bajar la mirada con una triste sonrisa.
- Porque cuando las personas te ven así, eso es lo que siempre esperarán de ti. – La miró serio. – Y no quiero llevar en mis hombros, la carga de tener que cumplir las expectativas de todos. – Kagome lo miró por varios segundos, sintiendo como esas palabras retumbaban en su cabeza y con determinación tomó sus manos en las suyas. Inuyasha se sorprendió ante ese gesto.
- Pues, yo creo que eso no es del todo cierto. – Sonrió. – Quiero decir, dices que no te importa lo que la gente haga o diga de ti. Pero se que harías lo que fuera por tus seres queridos… porque al final si te importa. – Apretó su agarre, mientras lo miraba con ternura. – Y eso, Inuyasha, es tu humanidad. Eso es lo que te hace ser bondadoso. – Llevó una mano al rostro de un perplejo pelinegro y acarició su mejilla con delicadeza. – Y me gustas, así como eres… aunque muchas veces fastidies… – Burló como una niña pequeña, mientras miraba sus regalos en la lejanía. – Al final tienes un gran corazón. -
Inuyasha la miró durante varios segundos, sintiendo como esas palabras habían tocado su alma. Y no pudo evitar mirarla con mucha extrañeza y confusión ¿por qué era así esa mujer? ¿por qué tenían que ser así las cosas? y ¿por qué después de todo lo que había hecho, nada había cambiado?
Con una mirada taciturna, puso ambas manos en las mejillas de su prometida. Kagome calló nerviosa ante ese gesto. El pelinegro elevó la comisura de los labios, apenas dándose cuenta en el proceso, de que no podría hacer mas nada, no quería hacer mas nada. Esa era su derrota, ya no pelearía más. No podía apartarla de él… La necesitaba.
Buscó en sus ojos algo que le demostrara que estaba mal seguir con eso, pero no encontró nada. Los ojos de la pelinegra estaban más brillantes que nunca, ella estaba feliz.
Se acercó lentamente a su frente y la besó con ternura para luego musitar: - Feliz cumpleaños, Kagome. -
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- Sigo pensando que es precipitado que te vayas así. – Decía una mujer de avanzada edad, mientras acompañaba a la menor de sus hijas a la puerta principal del gran palacio.
- Lo sé, Madre. Pero tengo cosas que hacer y no pueden esperar… - Comentó algo apurada, su acompañante, al mismo tiempo que tomaba sus maletas para montarlas en el carruaje. - Por favor, discúlpame con Kagome. -
- Deberías decírselo tu misma. – Comentó, molesta. - Después de todo hoy es su cumpleaños. – Su hija quedó pensativa por un momento, mientras sonreía tristemente.
- Lo sé, recuerdo cuando Claret me obligaba a salir con ella una semana antes, para comprarle los regalos. – Añadió en un tono casi burlesco. – Le encantaban los collares. – Se dio cuenta de lo que estaba haciendo y rápidamente cerró los ojos mientras negaba con la cabeza. - Pero aún si pudiera quedarme no podría, mi trabajo aquí está hecho. – Hubo un momento de silencio y en seguida supo que había metido realmente la pata.
- ¿Qué quieres decir con eso? – Preguntó, Kaede, con un tono de voz demandante. La castaña sudó frío.
- Eh nada. – Rio nerviosa.
- Tsukiyomi, te conozco perfectamente. Dime que ocultas. – Insistió.
- No es nada, Madre, de verdad. Sabes que muchas veces digo cosas por decirlas. -
- No, nunca haces eso. Siempre haces las cosas con un propósito. – Se cruzó de brazos. - Se me hacía curioso que actuaras tan extraño estos meses. -
- Madre, no creo que sea el moment… -
- O me dices o te desheredaré como hija. – Tsukiyomi la miró con indignación.
- No puedes hacer eso. -
- ¿Quieres ver? – Sonrió desafiantemente. La castaña suspiró derrotada, sabiendo lo serio que hablaba su madre.
- De acuerdo, está bien. – Y dicho eso mostró su refinado collar donde yacía aquella invaluable joya. Kaede se sorprendió ante eso.
- ¿De donde sacaste esto? -
- Esta es una réplica, Madre. – Dijo, tendiéndole el fino collar. - Tenía la verdadera, pero Kagome la cambió. -
- Espera un momento, no entiendo. – Musitó más para sí misma, que para ella. Dejó de ver la joya y pasó a verla con confusión. - ¿Supiste todo este tiempo sobre eso? -
- Así es, las perlas Shikon tienen unos inigualables poderes, Madre. Y no me refiero a los poderes externos – Kaede le regresó la perla y la guardó en sus ropajes. - Luego sabrás de lo que te hablo. Mi trabajo aquí está hecho. – Dicho esto, se montó en el carruaje. – Antes de irme debo decir algo más… - La miró seriamente desde el interior del carruaje. Kaede sintió un escalofrío. – Naraku no es de fiar. –
- Eso ya lo sabemos, hija. –
- Ya sé que lo saben, pero escúchame bien, Madre. – Habló con un deje de desespero en su voz. – No se pueden confiar de él, ni de nadie que haya estado relacionado con él… Inuyasha fue torturado. –
- ¡¿Qué dices?! – Kaede se acercó a ella en un acto reflejo de impresión y susto. – ¿Cómo sabes eso? -
- Por ahora solo puedo decir esto, Madre. – Suspiró. – Cuida a Kagome ¿sí? –
- Pero, hija… -
- Cuida a Kagome, Madre. – Calló, elevando su tono de voz. Kaede retrocedió y entendió en silencio.
- De acuerdo, comprendo. – Respondió algo sumisa, para luego sonreírle maternalmente. - Te disculparé con ella, cuídate mucho. -
- Igual, Madre. Los quiero. -
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- Miroku, ya deja de fastidiar, ahora entiendo porque Sango no quiere nada contigo. – Habló fastidiado el joven príncipe, en compañía de su mejor amigo. Lo había motivado a que lo acompañara al pueblo para un asunto importante.
- No metas a Sango en esto, Yasha. Sabes lo duro que ha sido que vuelva a tener confianza en mí. – Respondió ofendido. - Además hablamos de ti, ¿qué piensas regalarle? -
- Aún no lo se, esperaba que me ayudaran. Pero detallando las cosas creo que estoy mejor por mi cuenta. – Había tomado la delantera para no verlo a la cara. Se dio cuenta de cómo los aldeanos reparaban en su presencia.
- Lo mismo digo. – Bufó una tercera voz. - Solo un torpe como tu busca un regalo a ultima hora. – Inuyasha gruñó molesto.
- No molestes, lobo. Ya me estoy arrepintiendo de haber venido con ustedes dos. – Intentó seguir su andar, en lo que quedaba de paz.
- ¿Entonces por qué nos trajiste en primer lugar? – Preguntó, desafiantemente.
- Calma, muchachos. – Intentó apaciguar un Miroku. Inuyasha se volteó, dispuesto a encararlo.
- Eres un bastardo. Te estoy dando un techo donde quedarte y aun así me hablas en ese tono, eres un perro asqueroso. – Koga se puso en guardia. Los tres jóvenes ya llamaban la suficiente atención de las personas, como para hacer que apostaran entre ellos, para ver quien ganaba en una posible pelea.
- Nadie te pidió que hicieras eso, bestia. – Y todo culminó con "Y supongo que tampoco esto" por parte de Inuyasha, para empezar una nueva y autentica pelea entre estos eternos rivales. Ambos estaban cegados por la envidia y el mal afecto que se tenían, comenzaron con puños y patadas para luego seguir con piedras y ramas, mientras se profesaban improperios. Ambos eran un espectáculo para el pueblo.
- Oigan, cálmense muchachos. No esta bien que usen la violencia. – Intentó apaciguar Miroku, interponiéndose entre ambos, pero recibió una piedra en la cabeza como respuesta. Frunció su ceño, pero aun así intentó mantener la calma. - Con palabras se entiende la gente. – Y esta vez fueron dos piedras. Una vena gigante apareció en su frente y bien enojado agregó: - ¡Pero con golpes les queda más claro! – Y así la riña fue entre tres.
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- ¿Qué? – Preguntó Kagome, al notar como Sango la miraba después de un prolongado silencio.
- Simplemente no lo entiendo. – Soltó por fin la castaña, tras la confesión que le había hecho la pelinegra hace momentos atrás.
- ¿De que hablas? – Preguntó, como si no supiera de lo que estaba hablando.
- Kagome, las cosas son muy obvias ¿cómo no te das cuenta? – Respondió, rolando los ojos.
- Vamos, Sango, que actúe así no significa nada. -
- Conozco a mi primo, Kía, en verdad te aprecia. – Comentó, mirándola seriamente. - Pero el problema es, si tú también. -
- Yo… -
- No luches, Kía. – Soltó frustrada. - Todos merecemos ser felices, aunque sea una vez. -
- ¿Cómo tú con Miroku? – La miró pícaramente cuando sintió la actitud indignada de su compañera.
- Ah, eso es completamente diferente. – Soltó, algo nerviosa.
- ¿Diferente? Sango se ha disculpado más de cincuenta veces y te ha mandado cualquier cantidad de obsequios… dale una oportunidad. -
- Yo… no puedo lidiar con él ahora. – Dijo, a la vez que suspiraba pesadamente.
- Cuando decidas hacerlo puede que sea demasiado tarde. – La castaña la miró con reproche. – Sabes que tengo razón. –
Sango roló los ojos. – Es complicado… -
- Te diré algo… hablaré con Inuyasha, cuando tú lo hagas con Miroku. – Propuso sonriente, viendo por primera vez en mucho tiempo un brillo especial en los ojos de su mejor amiga.
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- ¿Cómo que no quieres fiesta? – Preguntó/Exclamó alterada, la reina Izayoi, encarando a su futura nuera.
- Con todo respeto, Majestad. Es que no me sentiría bien en estos momentos, si hicieran una fiesta. – Respondió, algo avergonzada, la pelinegra. Sintiendo como sudaba algo de frío por la mirada de la reina.
- Pero, querida, hay que celebrar. Al menos deja que te organice una pequeña reunión. – Sugirió, aún con su pronunciado drama. La reina Izayoi no sabía lo que significaba la palabra "darse por vencida".
- Querida, no insistas, si ella no quiere una fies… - Intentó apaciguar su esposo, tomándola por los hombros, pero fue bruscamente interrumpido por su "amada" esposa.
- ¡Tu no te metas! – Y si las miradas mataran el gran rey de Sengoku estaría enterrado a cincuenta metros bajo tierra. - ¿Y bien? ¿qué dices? Será algo pequeño y privado te lo prometo. – Siguió como si nada. Luego se pudo apreciar a Inuno Taisho al otro lado del gran salón principal, casi llorando por la gélida mirada de su amada.
- De acuerdo, algo pequeño. – Expresó la azabache, más por miedo que por estar realmente convencida.
- Así me gusta, iré ahora mismo a preparar todo. Inuno, acompáñame. – Y dicho esto se llevo a rastras a su esposo, el cual siguió llorando en lo que quedaba del trayecto.
- ¿Se puede? – Preguntó, un placable Higurashi, pidiendo adentrarse al gran salón principal.
- Claro, Padre. Adelante. – Sonrió, haciéndole un ademán para que se acercara. - Que bella, gracias. – Comentó sonriente, al recibir una rosa por parte de él.
- Feliz cumpleaños, hija. – La acompañó en su sonrisa. - Hay algo de lo que quisiera hablarte. – La invitó a que se sentara en uno de los grandes muebles del salón. Kagome obedeció.
- Pues, tiene toda mi atención. -
- No se por donde comenzar… a partir de ahora las cosas cambiarán. Tu vida cambiará, pasarás a preocuparte por cosas más importantes y tomaras las decisiones que se requieran. Tendrás días en los que no sabrás que hacer, pero el mundo no se detendrá por eso, cariño. – La miró con ternura. - Pase lo que pase, debes seguir adelante siempre. No podré evitar que tropieces, pero estaré ahí para levantarte. No podré evitar que te equivoques, pero prometo estar ahí cuando necesites un consejo. – Tomó una de sus manos, al notar como se le cristalizaban sus ojos. - No podré solucionar tus problemas, pero prometo estar ahí cuando necesites hablar de ellos. No soy perfecto, Kagome, pero el amor de un padre es incondicional. Haría lo que fuera por ti, mi Princesa. -
- Padre, yo… - Sollozó. - Gracias… -
- Tu madre y tu hermana estarían muy orgullosas de ti. – Kagome se petrificó ante eso. - Claret consiguió que seas lo que siempre quiso y Kikyo se enaltecería en ver lo pura y radiante que estás. – Y eso retumbo en su cabeza… y por primera vez en mucho tiempo pensó en ¿qué diría Kikyo si la viera? - Tienes una luz especial, Kagome, no lo olvides. – Dicho esto el rey de Goshimboku se retiró del lugar, dejando a su hija sola.
Se mantuvo por un prolongado tiempo en silencio, pensando en las palabras de su padre, en su madre y su hermana. Llevó sus manos a su rostro algo frustrada, las palabras de su padre no eran del todo ciertas, hacía un gran tiempo que no. Recordó cuando su madre le decía que ella sería uno de sus mas grandes orgullos, pero hoy en día ¿qué tan cierto era eso?, ¿qué rayos pasaba con ella? ¿cómo había dejado que las cosas resultaran así?
¿Qué Kikyo se alegraría de verla pura y radiante? Sintió miedo y vergüenza. Por seguir sus deseos y su felicidad, estaba cometiendo algo horrible… estaba traicionando a su propia hermana.
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Durante el resto del día se tragó sus pensamientos y emociones y con un nudo en la garganta, recibió a los invitados para la "pequeña" reunión en el palacio. Sonreía fingidamente una vez mas, al igual que cuando había llegado ahí. Debía volver a ser la mujer que era antes, no podía permitir que las cosas siguieran saliéndose de control. Debía seguir siendo la princesa que era, no aquella chiquilla que por una mirada se desmoronaba completamente. Recibiría a las personas, pasaría la noche ahí, se acostaría y seguiría su vida como si nada hubiera pasado. Sonreiría hasta que ya no fuera tan difícil.
- ¿Qué? –
- ¿Eres… tu, Kagome?
- Perdone, pero me encuentro en desventaja, no tengo idea de quién es usted… -
- Oh, es que tú eres… es decir, luces… Lo lamento, no sabía que se encontraba aquí. No fue mi intención entrar de esa forma. –
Pestañeó confundida, al verse de nuevo envuelta por esas visiones. Llevó una mano a su cabeza, intentando calmar un súbito dolor que quería hacer acto de presencia.
- Exijo saber quién es y que hace aquí. –
- Eso a usted no le incumbe, además un buen asesino no da nunca su nombre. –
– ¡Que cínico! ¿No tiene la más mínima delicadeza? -
- Pues si algo debe saber, señorita, es que tengo grandes influencias en este palacio. –
- ¿Se supone que debo sentirme atemorizada por eso? -
- Debería. -
- Pues, lamento desilusionarlo. -
Sintió como todo su cuerpo se estremecía, se estaba comenzando a alterar y eso no era nada bueno. Intentó tomar respiraciones profundas, no podía seguir así.
- ¿Le sucede algo, Alteza? – Preguntó uno de los invitados, en conjunto con otros que notaron el estado algo pálido de la princesa.
- Estoy bien. – Respondió, algo agitada. – Por favor, discúlpenme. – Y dicho esto se dirigió al baño mas cerca.
Se encerró y prosiguió a lavarse el rostro. ¿Qué estaba mal con ella?
- Yo… Tengo un compromiso en este lugar. -
- ¿Sobre que?... si se permite preguntar. -
- Solo puedo decirte que se trata de la vida, y el futuro. Al parecer ya tengo todo eso planeado. -
- Y… ¿Eso no es lo que quieres? -
- N-no, yo… Es complicado... ¿existe alguien seguro de lo que en realidad quiere? -
- Pues yo pienso que todos siempre deseamos algo en común… Tú quieres lo que todos queremos. -
Llevó una mano a su boca, asustada, las visiones eran cada vez mas claras. ¿Cómo era eso posible? ¿qué significaba?
- Entonces extraño… dime, ¿Qué es aquello que todos queremos? –
- Quieres un amor que no solo te haga mejor persona, sino que te haga sentir querida hasta el punto de consumirte, quieres pasión por supuesto, que te reten, que te hagan pensar, quieres aventura y ¿para que negarlo? también un poco de riesgos… -
Kagome se descolocó ante eso y en un movimiento en falso perdió el equilibrio, quedando en el suelo aún con su mirada absorta.
- Kagome, me divertí al hablar contigo y espero que tu estadía aquí sea lo más amena posible, quiero que no dejes de sonreír, aunque sea difícil, no quiero tener problemas y tampoco quiero causártelos… por lo que olvidarás lo que acaba de pasar entre nosotros. Estabas durmiendo y tu padre te despertó, eso es todo lo que recordarás. -
Sintió algo extraño en su interior, ¿por qué veía todo eso? El dolor en su cabeza creció un poco más y quiso llorar de la frustración.
- ¿Hay alguien ahí? – Se oyó del otro lado de la puerta, cosa que hizo despertar a Kagome de su perturbante trance. La azabache se paró, aún nerviosa, se miró en el espejo e intentó arreglarse como si no hubiera pasado nada. Todavía su cabeza era un revoltijo de pensamientos, pero no podía lidiar con eso ahora, tenía otras cosas que hacer. – Oh, lo lamento mucho, su Alteza. – Respondió la doncella, al ver como la princesa salía del baño, ella la disculpó con una sonrisa y siguió inquieta en lo que quedaba de la velada, ya luego averiguaría que demonios ocurría.
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Suspiró, algo cansado, llevaba algo de tiempo esperando en aquel balcón. Miró una vez más a la luna, estaba más brillante que nunca, todo parecía estar en paz. Pero el no, el estaba batallando internamente en lo que quería hacer y lo que era correcto.
Sintió ruido detrás de él y apretó su puño. Se volteó lentamente, para descubrir a la persona por la que había estado esperando. La vio ahí, perturbada, cansada, indefensa; y todos los esfuerzos que el hacía por controlarse se iban derrumbando.
- ¿Dónde estabas? – Preguntó la azabache, rompiendo el silencio creado entre ambos.
- Ya sabes, por ahí. – Intentó bromear, pero la verdad era que no sentía ánimos de hacerlo. - ¿Qué tal tu día? – Kagome suspiró ante eso.
- Tedioso, ¿y el tuyo? – Lo miró fijamente.
- Igual. – Elevó la comisura de sus labios y Kagome sintió un nudo en la garganta. Pasaron algunos segundos de silencio, en los que crearon un ambiente visual algo profundo. Inuyasha se fue acercando poco a poco y la mirada de Kagome era cada vez más suplicante. La azabache quiso intervenir, pero el pelinegro se le adelantó. – No es la gran cosa, pero espero que te guste. – Y dicho esto le mostró un hermoso collar con elegante pedrería. Kagome se sorprendió de sobre manera ante eso.
- ¿Cómo es posible que lo recordaras? – Preguntó, casi sin palabras ante el obsequio.
- Digamos que cuando convives un tiempo con una persona, te das cuenta de muchas cosas. – Respondió sonriente y Kagome se preguntó ¿por qué tenía que comportarse así de amable y hacer las cosas jodidamente más difíciles?
- Gracias. – Musitó apenas. - ¿Puedes ponérmelo? -
- Claro. – Y dicho esto la encaminó hacia el gran espejo, para luego colocarle el hermoso collar. Inuyasha sudó frío ante el contacto de sus manos con la piel de la azabache y Kagome simplemente se estremeció. – Te queda bien. – Comentó una vez el collar puesto. Kagome lo miró a través del espejo y luego se volteó hacia él.
- Yasha, hay algo que tengo que decirte. – Musitó con una triste mirada. Inuyasha elevó la comisura de los labios apenas, intuyendo el por que del comportamiento de su prometida.
- Lo sé, y de verdad lo entiendo. – Kagome frunció el ceño, confundida. – Pero quiero decirte algo primero. – Y dicho esto mostró la Shikon, que estaba en su dominio. Kagome se extrañó ante eso y miró algo asustada a sus dorados ojos.
- No, espera por favor. – Respondió, retrocediendo algo alterada.
- Tranquila. – Intentó calmarla, tomándola delicadamente por los hombros. – Solo lo diré una vez. – Tomó su rostro en sus manos y la miró con ternura. – Y tú necesitas escucharlo. -
- Por favor, no lo hagas. – Susurró en casi un hilo de voz, mientras sentía como sus ojos empezaban a humedecerse.
Inuyasha la miró con melancolía y con una triste sonrisa añadió: - Te amo, Kagome. – La aludida sintió su corazón acelerarse ante eso, sus ojos se abrieron hasta mas no poder y su respiración se descontroló. – Y es justo porque te amo que… no puedo hacerte esto. – Cerró los ojos y acercó su frente a la de ella. – Y no debes saberlo… no soy digno de ti. – Kagome notó como los ojos de Inuyasha se cristalizaban. – Pero no me arrepiento de haberte conocido. – Besó con ternura su frente. – Solo… quiero agradecerte por todas las cosas que has hecho por mí. – Y dicho esto, dos labios anhelantes se encontraron por primera vez.
Inuyasha sabía que estaba jugando con fuego, pero si quería sentirse realmente culpable de algo, lo haría por una buena razón; como lo que estaba haciendo ahora. Se estaba arriesgando a hacer algo que había deseado hacer desde hace un largo tiempo, y tal vez se consumiría del dolor luego, pero se permitiría ser así de egoísta, aunque fuera por una vez.
Kagome vio ese beso venir, y por instinto intentó frenarlo, pero a medio camino se quedó sin fuerza. ¿A quien quería engañar? Era inútil intentar luchar con algo que ella sabía, había anhelado desde hace mucho tiempo. Inuyasha se había metido debajo de su piel y ya era tarde.
La azabache se rindió por primera vez y con una implacable pasión y fulgor correspondió a aquel deseoso beso. Los segundos pasaron más rápidos que nunca e Inuyasha fue el primero en romper aquella impactante conexión. Sus labios aún seguían rozándose, pero se alejaban cada vez más.
Kagome abrió los ojos confundida, Inuyasha la siguió luego y la forzó a mirarlo fijamente. La azabache pudo notar como de aquellos dorados párpados brotaban finas lágrimas. – Como desearía que no olvidaras esto. – La azabache lo miró con extrañeza. - … Pero lo harás. -
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