CAPÍTULO 11


— Blaine... no podríamos hacer una tregua? al menos por esta noche? Ya estoy cansado de pelear...

El médico lo miró por largo rato. Sus ojos brillaban de forma extraña detrás de la cortina de pestañas Lo contemplaba como si estuviera bajo un embrujo. Como si alguna fuerza extraña lo obligara a no apartar sus ojos de él. Aunque se resistiera, no podría dejar de mirarlo. Kurt sintió que le daba un vuelco el corazón y se humedeció con la lengua los labios resecos. Estaba nervioso.

— ¡Dios no hagas eso! ¡No están las cosas como para que te comportes de manera tan provocativa! —estalló Blaine y masculló una maldición ahogada mientras aproximaba su rostro al de él. Kurt se apartó con rapidez y corrió hacia la helada penumbra exterior mientras esas palabras resonaban en su mente. Fue como si estuviera fundiéndose el pasado con el presente y una vez más fue el adolescente vulnerable que había acudido a él con el regalo de su amor y deseo, para ser rechazado con crueldad.

— ¡Kurt! —lo oyó llamarlo, pero el grito apenas penetró en el torbellino de sus pensamientos. La nieve era demasiado densa para que pudiera correr, pero avanzó con torpeza, sin saber a dónde iba; lo único que importaba era huir.

Cuando Blaine lo alcanzó, Kurt lanzó un grito angustiado y se volvió con brusquedad para apartarlo de un empujón pero patinó y cayó de espaldas en la nieve, arrastrando con él a Blaine.

El peso de Blaine sobre su cuerpo le sacó el aire de los pulmones. Fue una sensación extraña.

— ¡Kurt! ¡Dios! ¿estás bien?

Kurt comenzó a sentir humedad en sus ojos. Los sollozos lo sacudían de manera incontrolable. Pudo percibir la tibieza de las lágrimas sobre su rostro mientras Blaine se incorporaba. Lo levantó, lo acogió en sus brazos y lo llevó al interior de la casa hasta su estudio.

La nieve cubría la ropa del castaño, y no pareció darse cuenta de ello hasta que Blaine lo sentó frente al fuego y comenzó a despojarlo de las botas.

— Kurt, lo siento... Lo siento... No quise... —sus palabras eran tensas, casi suplicantes y el ojiazul se estremeció, protestando entre sollozos cuando él le quitó los calcetines y comenzó a frotarle los pies helados.

— Kurt, escúchame... fue mi... yo... Nunca quise...

Lo oyó maldecir entre dientes y el sonido penetró en su mente aturdida. Lo miró con ojos inexpresivos.

— Vamos. Hay que quitarte esta ropa húmeda —él le hablaba con suavidad, como si lo hiciera con un niño pequeño, y como tal, Kurt permaneció sentado, dócil mientras Blaine lo dejaba cubierto sólo con los bóxers, y luego lo envolvía en una toalla grande y tibia.— Quédate aquí. Iré a preparar una bebida caliente —informó por fin.

Cuando regresó, Kurt ya había recobrado el control. Blaine le ofreció una de las tazas de humeante café que llevaba en las manos.

— Lo siento — dijo el castaño en un murmullo.— Fue una estupidez hacer eso.

— Todos hacemos tonterías a veces. —Blaine parecía tan exhausto y demacrado, que Kurt quiso abrazarlo y recostar su cabeza en su pecho. Moría de ganas por consolarlo.

— Fue maravilloso... esta tarde —susurró Kurt casi con timidez, buscando un tema de conversación seguro.— Tan hermosa... esa nena era tan perfecta...

Algo en la cualidad nostálgica en su voz debió conmover a Blaine, pues preguntó con suavidad:

— ¿Te gustaría tener hijos, Kurt?

Solo los tuyos. El ojiazul se sonrojó como si hubiera dado expresión a su pensamiento.

—Sí... me gustaría. Pero yo... no puedo... dado que... bueno, tu sabes... Gay. Pero entonces veo a Rachel y a Leroy y a Hiram, y ella es tan feliz con sus dos padres que... pero... el hombre que amo no me ama de vuelta y yo... quisiera que mis hijos fueran sólo suyos... Adoptar un bebé o pedirle ayuda a alguien... pero definitivamente tendrían que ser suyos pero como eso no va a suceder, no tiene ni siquiera caso hablar de ello. Lo más sorprendente es que hasta el día de hoy, yo no me había planteado esa posibilidad, ya sabes, Kurt Hummel papá de un pequeño, pero entonces sucedió esa magia de presenciar un nacimiento y... me imaginé cosas... Tu y yo presenciando el nacimiento de nuestro bebé. —Kurt sintió una opresión en el pecho cuando notó que ese era otro sueño más que no se cumpliría.

El rostro de Blaine se ensombreció de repente. Se puso de pie y lo miró con intensidad. ¿Sería posible que amara a Sebastian a pesar de no haber sostenido una relación con él?, pensó Blaine. Sacudió esas ideas de su cabeza.

— ¡No es posible!

— Lo se, Blaine... soy idiota, ¿no?

— Kurt. Y-yo me prometí no... pero no puedo más... pero... Necesito decirte, Kurt... y si después te das cuenta que no es lo que realmente quieres... Y si te digo que te amo y yo ya no soy lo que quieres? —Blaine negó con la cabeza ante ese pensamiento. Volvió a hablar.— Sin duda debes haberte dado cuenta. Y la verdad es que él... Sebastian... ¿Qué caso tiene confesarte todo si igual te enamoraste de él?

Kurt lo miró. ¿Otra vez Sebastian? ¿Sebastian qué? Sintió ganas de preguntar. El café caliente lo reconfortaba pero... había algo en la mirada de Blaine que lo confundía. Se sentía extrañado por la intensidad en su voz.

— ¿Has estado enamorado alguna vez, Blaine?

El frunció el ceño y se apartó del castaño. Su rostro quedó en penumbra.

—Sí —su voz le pareció tensa a Kurt.

—¿Y... y él te amaba? —¿Por qué insistes en atormentarte, Hummel?

— Alguna vez creí que me amaba —las palabras parecieron arrancadas con dificultad de la garganta del médico.— Pero... me equivoqué.

Algún hombre en Londres quizá. Tal vez esa era la razón por la que había regresado a Lima. Sin embargo, Kurt ya no podía preguntar más. No tenía derecho y tampoco la fuerza para escuchar a Blaine hablando del hombre que había amado y a quien quizás amaba todavía.

—Tengo algunos informes que llenar ¿te molestaría si trabajo un poco? —Comentó Blaine sin siquiera voltear a verlo, temeroso de que Kurt descubriera en su mirada el gran amor que sentía.

Kurt negó con la cabeza y lo observó encaminarse hacia su escritorio, donde se sentó. A los pocos segundos, estaba absorto por completo en lo que hacía, dejándolo en libertad de contemplarlo a sus anchas.

Blaine trabajó durante cerca de una hora, pero Kurt no se había aburrido; el crujir de los leños en el fuego, los leves sonidos procedentes del escritorio, donde Blaine trabajaba, y el simple hecho de estar allí, en su compañía, lo llenaban de un placer teñido de melancolía. Se quedó dormido mientras él seguía ocupado, y no se percató del hecho de que Blaine dejaba su pluma para acercarse a mirarlo con expresión pensativa. La toalla había resbalado descubriendo la curva de un hombro. Cuando él se inclinó para volver a cubrirlo, Kurt despertó.

Se sobresaltó al verlo tan cerca.

—¿Ya terminaste de trabajar?

— Ya. —una leve sonrisa curvó los labios del medico.— ¿Tienes hambre? ¿Quieres que prepare algo de comer?

Kurt hizo una mueca de disgusto y repuso con voz somnolienta.— Creo que he perdido el apetito.

Por un momento, Blaine lo miró con fijeza y luego dijo, con voz tensa.— Kurt, tu padre me ha dicho que apenas sí comes ¿no estarás enfermo?

Cuando sus manos lo tomaron por los hombros, Kurt enfrentó su mirada. —No... no estoy enfermo. Simplemente he estado inapetente, eso es todo.

— Cuando dije que eras provocativo no quise referirme a lo que te imaginaste ¿sabes? — aclaró Blaine de improviso.

— ¿Quieres decir que no tratabas de recordarme que en alguna ocasión cometí el abominable pecado de provocarte? Sé que no era tu intención. No me explico por qué salí corriendo de esa manera... supongo que he tenido demasiadas impresiones este día. —se estremeció ante el recuerdo de su actitud bastante infantil.

— ¿Tienes frío? —las manos de Blaine le frotaron los brazos a través de la toalla.— Más vale que suba a encender el fuego en una de las habitaciones de otra forma te congelaras esta noche

— ¿Solo en una? ¿Y tu?

Por suerte, Blaine no pareció percatarse de la ansiedad en su voz.— Yo no tengo mucho frío. No necesito calefacción. Parece que poseo mi propio termostato natural. —hizo una breve pausa.— Tu maleta está en el vestíbulo ¿Quieres que la traiga?

Kurt asintió con una inclinación de cabeza. Mientras Blaine encendía la calefacción, el castaño podría ponerse algo de ropa. Aunque nada había dicho a Blaine, incluso sus boxers estaban empapados después de su caída en la nieve y ansiaba quitárselos.

Esperó hasta oír las pisadas de Blaine en la escalera para quitarse la toalla y despojarse del húmedo bóxer. Tembló un poco por el intenso frío.

Solo había llevado consigo una muda de ropa interior de modo que, después de un momento de vacilación, se puso un pantalón deportivo que le quedaba bastante flojo, con la esperanza de que esto ocultara el hecho de que no llevaba nada debajo.

Puso el bóxer que acababa de quitarse con el resto de la ropa mojada. Blaine se quedó unos momentos mirándolo desde el umbral cuando regresó al estudio.

— Empieza a nevar otra vez —informó.

Casi en el momento en que pronunciaba esas palabras, las luces oscilaron y luego se apagaron. Afuera ululó el viento.

— ¡Lo que nos faltaba! —estalló el médico

— ¿Tienes linternas de pilas? —indagó Kurt con ironía.

— Es probable que haya alguna en el sótano, pero no quiero arriesgarme a ir ahí y romperme la cabeza. Tendremos que conformarnos con velas.

Velas y luz de chimenea; era muy íntimo, muy romántico, pensó Kurt. ¡Lo que me faltaba!

— Cuéntame sobre Londres.

Blaine estaba sentado frente a él y, por un momento, mientras lo miraba, Kurt creyó que él había adivinado cómo le afectaba su cercanía.

—No hay mucho que contar —empezó a decir el moreno; no obstante, algunas de las historias y anécdotas que le contó resultaron divertidas y, mientras escuchaba, Kurt rió y Blaine también olvidando que la risa compartida era tan peligrosa como el silencio compartido... quizá más.

Cenaron pasta y verduras que Blaine había preparado y servido, negándose a que Kurt lo ayudara y luego, mientras envolvía con las manos una taza de humeante chocolate, Kurt sintió que lo embargaba un delicioso adormecimiento. Dejo la taza sobre una mesita y se reclinó contra el respaldo de su sillón. Sólo cerraría los ojos un momento.

Media hora después seguía dormido. Blaine se inclino para mirarlo y lo tomo en brazos. Kurt se desperezó un poco y se acurruco contra él con un suspiro de satisfacción. Los brazos del médico lo ciñeron más estrechamente y Blaine frunció el ceño.

Arriba, en el cuarto que él le había preparado, la luz de la chimenea danzaba en los muros, iluminando los diseños del papel tapiz.

Lo depositó sobre la cama y luego añadió más leños al fuego, antes de regresar al lado de Kurt. No podía dejarlo dormir con la ropa puesta.

Kurt despertó y lo miró con los ojos nublados por el sueño mientras él empezaba a quitarle la sudadera. El castaño tiró de la prenda y se la apretó contra el cuerpo, en ademán de protesta.

— Kurt, no puedes dormir vestido. Mira, te traje tu ropa de dormir.

Aturdido por el sueño, Kurt trató de recordar por qué era tan importante que Blaine no lo despojara de su ropa pero fue un esfuerzo demasiado grande, de manera que dejó que le quitara la sudadera y luego el pantalón. Solo recordó la razón cuando sintió el aire frió sobre su cuerpo total y completamente desnudo.

Kurt vio su expresión y sintió su propia respuesta a esa expresión hambrienta directamente en su entrepierna.

No se asombró cuando Blaine se acercó para tomarlo en su regazo, parte de él habia esperado que lo tocara esa noche... lo habla esperado y deseado. Tímidamente trató de jalar una manta para cubrirse. Pudo hacerlo a medias.

Sus labios se unieron con suavidad a los de Blaine, y su piel se deleitó en la sensación del contacto de las manos que lo recorrían ávidas de más.

Podía percibir el palpitar del corazón de Blaine y supo que el suyo latía con igual frenesí. Había deseo y ansiedad en la forma como Blaine lo besaba, y no pudo negar una respuesta a esa pasión. No pudo evitar dejar escapar un gemido entrecortado y necesitado.

— Kurt... déjame permanecer contigo esta noche —susurró contra su piel, mientras besaba el suave recorrido hasta su oreja.— Te deseo tanto.

Irónicamente, si Blaine no hubiera hablado, Kurt habría ido al infierno mismo con él, pero el sonido casi angustioso de su voz había roto el delicado hechizo y Kurt se apartó del médico dominado por la tensión y emoción.

— No puedo.

— ¿Por qué? —la voz del moreno brotó densa y torturada.— ¿Es a causa de él? —el rostro de Blaine se contrajo y Kurt se sobrecogió al reconocer los celos en el brillo siniestro de esa mirada miel-ámbar.— Es posible que lo ames, Kurt, pero no puedes tenerlo. Además, es a mí a quien deseas.

Le acarició suavemente su miembro a través de la tela de la manta para subrayar su aseveración y la sensación obligó al castaño a lanzar un gemido de placer.

— Déjame permanecer contigo esta noche... — repitió Blaine, suplicante.— Sé que he sido un idiota al tratarte de la peor manera... Sebastian no te ama... pero yo...

—No —la negativa escapó de la garganta de un angustiado Kurt. Eso era demasiado y ya no podía mentir más — No entiendes Blaine. No amo a Sebastian, nunca lo he querido... Es cierto que él me deseó durante algún tiempo, tal como deseó a miles de hombres; y no niego que es atractivo, pero nunca lo he amado. Además de que se ha dado cuenta de que ama a Thad.

Blaine lo contemplo con tristeza, mas él le sostuvo la mirada hasta que quedó convencido de que no mentía. El médico pareció ponerse más tenso y luego dijo con voz sofocada:

— ¿Entonces, por qué? Ya te he pedido perdón. Sé que he sido el peor de los hombres al tratarte de la manera tan fea como lo hice. Yo... ¡Dios, Kurt!...

Él no lo dejó terminar.— ¿No puedes adivinarlo? No deseo tener una relación sexual contigo. Blaine... — lo vio respingar ante esas palabras. Parecía lastimado.— No puedo acostarme más contigo; no deseo comprometerme en una aventura pasajera, porque eso me destrozaría... Yo... Yo te amo demasiado.

Ya lo había dicho ¡Ahora lo dejaría en paz! Se apartó de él volviéndole la espalda, jalando la manta y cubriéndose con ella. Esperó a escuchar la puerta al cerrarse cuando Blaine saliera. Ya que sabía la verdad, entendería. De modo que Kurt esperó, tenso y peligrosamente cerca de perder el poco control que le quedaba.

Cuando Blaine lo tocó se sobresaltó como si hubiera sido quemado por un carbón ardiente. Blaine lo hizo volverse hacia él.

— Quiero que me expliques bien esto. —pidió Blaine con lentitud. Respiraba con agitación como si controlara con dificultad una oleada interior de... ¿furia?— ¿No quieres acostarte conmigo porque... porque me amas?

Por primera vez en su vida Kurt tuvo miedo de él. Blaine no reaccionaba como el castaño había supuesto. Parecía enfadado, violenta y peligrosamente enfadado y lo miraba con una expresión que le erizó la piel.

— ¿Es eso lo que dices?

— Sí. —Lo soltó de forma tan inesperada que Kurt se fue de espaldas sobre la cama sin dejar de mirarlo con confusion. Blaine tenía la mirada fija en el techo y respiraba con dificultad.

— No puedo creerlo —su voz era monótona y dura.

— ¿Por qué supones que hice el amor contigo? —preguntó Kurt con voz trémula e insegura. Se incorporó.— Te aseguro que no fue por algo que tuviera relación con Sebastian.

— Todos estos años luché contra mí, contra el impulso de regresar... Me decía que lo que habías sentido era sólo un enamoramiento de adolescente. Me mantuve en contacto con tus padres, traté de sonsacarles toda la información que fuera posible. Pensé que eras feliz en Nueva York. El hombre profesional que daba prioridad a su trabajo y ponía en segundo plano al amor. Trate por todos los medios de olvidarte y convencerme de que no estaba loco por haberme enamorado de un niño de diecisiete años. ¿Tienes idea de lo que sufrí? Me sentía como una especie de... de pervertido! ¿Que pudo hacerte pensar que lo que deseaba era tener un amorío pasajero contigo? ¡¿Cómo puedes pensar que eso es lo único que quiero?!

Kurt estaba demasiado sorprendido para hablar.

—Yo...Túsólo...Túsólodijisteque... quemedeseabas...y-y... yocreíque-que...era... sólo sexo. Me dijiste, cuando mencioné a Nick, que no te interesaba el compromiso. Y... y-y... yo...

— ¡¿Y?! ¡Por supuesto que con Nick no me interesaba, en absoluto! Sólo ha habido un hombre en mi vida con el que he querido estar... y ese eres tú.

Extendió una mano y lo atrajo hacia él, estrechándolo contra su pecho. Su voz brotó ahogada contra si cuello.

— Kurt... bebé... Al pensar en lo cerca que estuvimos de perdernos... Y Dios! Sebastian! Él me dijo que entre tú y él... y luego no me dejabas explicarte... y

— ¿Sebastian?

— Sí. Él vino a verme y hablamos y... y yo sólo quería correr a verte pero... me dio miedo, Kurt! Entonces esta noche cuando hablamos asumí que lo amabas y... y cuando dijiste que no querías hacer el amor conmigo... — calló de repente y lo abrazó con una angustia incontenible.

— No podía hacer el amor contigo, Blaine. Tenía miedo de lo que podría revelar si eso sucedía. ¿De verdad me has amado durante todos estos años? —la voz le temblaba por la emoción.

La sonrisa de Blaine fue maliciosa.

— ¿Quieres que te demuestre cuánto? —rió con suavidad al observar la expresión de su Kurt.— Cuando tenías diecisiete, yo contaba con veinticinco años; era lo bastante maduro para saber lo que quería de la vida, lo bastante mayor para que me aterrorizaran mis sentimientos por ti. Una de las razones por las que me fui a Londres, fue porque no podía confiar en mí, no me creía capaz de controlarme para no iniciar una relación para la que tú no estabas preparado. Habría sido demasiado fácil valerme de tus sentimientos de adolescente para persuadirte de que estuviéramos juntos; pero sabía que no estaba bien, que no era correcto.

Le acarició el labio inferior con el pulgar y Kurt lo atrapó entre los dientes mordisqueando con suavidad. Sus ojos se dilataron cuando percibió el profundo suspiro que sacudió a Blaine.

— Lo primero que voy a hacer cuando esta nieve nos permita salir es llevarte a una cita y darte todo el romance que te mereces. —anuncio Blaine con voz profunda.

Kurt rió. Era un sonido alegre, claro y lleno de felicidad. ¡Ahora estaba seguro del amor de Blaine!

— ¿Y mientras tanto? —preguntó, incitante.

Blaine retiró la manta que cubría el cuerpo de Kurt, pegó su cuerpo al del castaño y los envolvio a ambos con la manta. Podía sentir cada milímetro de su piel arder ante el contacto del cuerpo de Kurt. Lo miró a los ojos con total intensidad, amor y deseo, luego desvió la mirada a los labios de Kurt. El castaño pasó su lengua muy lentamente por su labio inferior y Blaine no pudo más y lo besó. Un beso cargado de amor y promesas. Se sentía embriagado por su sabor y por los ruiditos tan eróticos que salían de la boca de Kurt.

— Quédate conmigo esta noche —suplicó Kurt al oído de Blaine.— Ya hemos pasado demasiadas noches separados.

— ¿Estas seguro de que es lo que deseas?

Kurt pudo ver la tensión que brillaba en los ojos de Blaine mientras esperaba la respuesta.

— Lo estoy, mi amor. Nunca estuve más seguo de algo en toda mi vida.

— Te amo, Kurt. Por Dios que te amo.

— Sshhhhh... Ahora quiero que me beses...