Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a una mujer rubia inglesa llamada J. K. Rowling.
Capítulo X: Guren no yumiya
"Fumareta hana no namae mo shirazu ni chi ni ochita tori wa kaze o machiwabiru inotta tokoro de nani mo kawaranai ima o kaeru no wa tatakau kakugo da" Linked Horizon
Evzek no podía más que maravillarse de la simpleza de los planes de su aliada y su brutalidad. Morrigan era algo así —y siempre lo había sido, desde Durmstrang— como su cómplice perfecta. Cuando él estaba en tercero, ella llegó con su hermano al colegio, en el norte, y, al cabo de unos años, eran… ¿amigos? No. Siempre había considerado a la bruja incapaz de tener amigos. Se rodeaba de cómplices, gente que le era útil, pero nada más. Empezó a llamarlo Ilusionista cuando supo de donde venía el apodo y se ganó su respeto. Y Evzek decidió que, mientras ella tuviera una buena idea, él iba a seguirla. Como siempre.
La brutalidad de sus actos no le escocía ni le provocaba remordimientos. Ella pide cosas extraordinarias y él se las da. Le da muerte y alimenta esa risa infernal que posee la mujer. Van como nómadas por toda Inglaterra, por el momento, esquivando a todas las patrullas. Evzek no se sorprende ante la pasmosa facilidad con la que Morrigan escapa de la vigilancia.
Al fin y al cabo, no tienen ni una foto suya. Sólo su cara en un montón de recuerdos y retratos hablados que, aunque lo intentan, no acaban de ser del todo exactos. A Evzek nunca le resultó guapa especialmente. No había heredado nada de su madre, una neerlandesa de ascendencia alemana, delicada, rubia y blanca. Morrigan era su padre, de rasgos prominentes, ojos grandes y oscuros, cabello negro enredado, que nunca cortaba, y tampoco nunca peinaba. Lo único que tenía de su madre —y que también había heredado su hermano—, era la piel pálida, casi translúcida.
Morrigan era sangre, muerte, destrucción y Evzek estaba muy feliz de acompañarla, si ella le daba un campo de experimentación y de momento, todo iba perfecto.
Se acercó hasta donde Morrigan, vestida con una túnica negra de hombre que le quedaba grande miraba fijamente un caldero. Llevaba días perfeccionando aquella masa color rojo sangre y parecía nunca estar conforme. A Evzek no le importaba demasiado lo que fuera aquella poción, esa materia no estaba dentro de su campo de estudio, aunque sabía que Morrigan se aprovechaba de cualquier tipo de magia, siempre que pudiera hacer daño con ella. Procuró no distraerla los primeros minutos, porque la conocía y sabía que intentar despegarla de la poción sería imposible.
—Tan cerca, tan cerca… —murmuró antes de ponerse en pie y dejar burbujear aquel líquido que a Evzek se le antojaba color sanguinolento—. ¿Y bien, Ilusionista? No creo que me interrumpas por que sí…
Evzek medio sonrió. Con Morrigan, sabía, había que andar con pies de plomo. Era inestable y disfrutaba del dolor ajeno. Y más aún: disfrutaba ser la causante de las lágrimas que proferían las víctimas y Evzek tenía claro que nunca la había visto más feliz que cuando hacía sufrir a alguien. Estaba loca y, si en Durmstrang se había molestado en esconderlo, en libertar daba rienda suelta a esa locura que ya formaba parte de ella.
—A la mejor quiero observar lo que haces…
—Y yo soy la Condesa… No, seguro que no —le espetó Morrigan—. Llevas días intentando hablarme de no sé qué y no te animas a decir nada, por Morgana… ¡eres insoportable a veces! —le gritó finalizando con un chillido.
La mayoría del tiempo parecía más cuerda. No cuando tenía una poción enfrente que planeaba usar con propósitos desconocidos y aun no quedaba bien. En ese momento, su voz se volvía un montón de chillidos y gritos, sus ánimos se volvían inestables —como toda la vida—. Evzek pensaba que lo mejor sería esperar a que tuviera éxito para encontrarla de un humor más taciturno, repasando sus planes una y otra vez antes de llevarlos a cabo.
—Es sobre la rubia… —murmuró, finalmente. Había visto un par de veces a Justine y le había parecido una chica idiota, sin más. Una aprovechada y egoísta que no sabía lo que escondía la senda en la que andaba caminando. Coqueteaba con la maldad sin tener ni idea de lo que estaba haciendo, pero Morrigan la dejaba hacer.
—Justine Higgs…
—Sí.
—¿Y qué? —le preguntó Morrigan—. Es muy útil. Hace el trabajo sucio mientras yo estoy aquí, viendo colapsar el mundo. Comodidad, Ilusionista, comodidad. Justine me da lo que quiero sin pedir demasiado a cambio… ¿cuál es el problema?
—Que es imbécil —aseguró Evzek.
No le gustaba la chica. No les gustaban sus ademanes que delataban su ego, ni su manera de moverse, como si estuviera intentando seducir al mundo. Esos gestos que ponía para intentar disimular el pequeño tamaño de su boca y el tono de voz de usaba. Justine Higgs no le gustaba nada de nada.
—Ya lo sé —le respondió Morrigan—. Si no lo fuera no nos hubiera vendido a su novio hace dos años. Porque lo vendió muy barato: por la vida del imbécil con el que sale ahora. —Se encogió de hombros—. ¿Cuál es el problema con ella, Ilusionista? Es carne de cañón, un chivo expiatorio, si quieres. Lo que le pase por imbécil… porque le pasará algo y yo no iré a salvarla, es su problema. Tú lo has dejado claro: es imbécil. ¿Crees que me importa? Para nada.
—¿Entonces…?
—¿Para que la quiero? —Morrigan rió—. Para distraer, Ilusionista. ¡Es una puta distracción! Un boleto de salida si quieres. Si la culpan nadie tiene porque saber que nosotros estamos detrás. —Sacó el óculo que guardaba en un cajón de la cómoda que estaba en la habitación de aquel departamento que pronto tendrían que abandonar, porque aparecerían los verdaderos dueños y le pasó la varita por encima murmurando algunas palabras—. No, mis intenciones están puestas en otra parte, definitivamente. Justine Higgs, esa puta, no forma parte de ellos.
Evzek se acercó. Morrigan casi nunca sacaba aquella bola de cristal tan extraña. Debía de haber menos de diez en todo el mundo y ella tenía una. Descubrió la imagen de una joven de cabelo a los hombros, lacio, con un fleco que le tapaba la frente y una nariz de rasgos duros era quien aparecía en la imagen. Se le antojó guapa, con la piel oscura.
—¿Quién es?
—Zabini. Liliane Zabini —especificó Morrigan—. Se las arregló para vencer a la magia ancestral. Y estoy interesada en que me diga cómo.
Sonrió.
Y su sonrisa, como siempre, era una promesa de sangre. Morrigan nunca tenía mejores deseos.
—Y también por supuesto… ella… —murmuró otras palabras, moviendo la varita. Entonces apareció una mujer chaparrita, rubia, peinada con un apretado moño en una oficina con dos hombres más—. Zeller. Nunca pensé que hacer renunciar a Harry Potter sería tal tiro en la culata, pero mi padre insistió… Uno de sus muchos errores. Si no fuera por ella, mi hermano no estaría en la cárcel.
—Ya veo… —murmuró Evzek.
—Deja de preocuparte por Justine, Ilusionista, ella no importa nada en nuestra partida.
Aquel día ya se le estaba antojando largo cuando Ted llamó a su puerta con malas noticias, y lo que menos le apetecía era oír malas noticias. Estaba revisando aquel mapa que Dennis Creevey poseía, viendo como había puntos rojos muy débiles muy titilantes en todas partes, pero no una mancha como la que le había ayudado a encontrar a los mortífagos fugados la última vez. Fruncía el ceño y Creevey le miraba interrogante. Aquella vez todo parecía ser más difícil.
—Así que esta vez no funciona… —murmuró—. Nos está esquivando demasiado bien.
Llamaron a la puerta.
—¡Pase! —espetó Zeller, ya con el mal humor acumulado, aunque su mirada de suavizó un poco al ver a Ted Lupin con el cabello de un color verde chillón en su puerta—. Ah, eres tú.
—Tengo malas noticias… —empezó Ted.
—Joder… más —musitó Zeller—. Pues pasa y dímelas, que te estás tardando, Lupin, últimamente todo son malas noticias.
Ted pareció amedrentado por aquella actitud, pero sólo un momento, porque ya estaba acostumbrado a los bruscos cambios de humor de su jefa y su seca forma de hablar y de soltarle órdenes a cualquiera que se dejara.
—Otro guardia de Azkaban desapareció —informó—. Lo encontraron esta mañana, desmemorizado. No recuerda ni quien es, aunque sabe hablar y hace un montón de preguntas… Vamos que no recordaba ni que era mago.
—¿Otro de Azkaban?
—Es un mensaje, Rose… —intervino Dennis por primera vez en la plática—. Sabemos que lo que Lestrange quiere está en Azkaban, ¿cierto? No estaría mal reforzar la seguridad por allí, en especial la de su hermano —sugirió—. No queremos más malas noticias…
—Ya, ya… —cortó Zeller—. Reforzaremos las medidas de seguridad de Azkaban, definitivamente, eso está fuera de discusión. Su hermano ya está en las celdas de alta seguridad, así que no se me ocurre qué más podemos hacer…
—Quizá… —empezó Ted, un poco nervioso por dar una sugerencia, sobre todo a su jefa—, poner vigilancia en su puerta. Día y noche. Así quizá evitemos las eventualidades.
Rose lo pensó un momento y acabó por asentir.
—No me gusta ni un pelo esto, porque parece que Morrigan Lestrange no se preocupa por esconder que es ella…
—Así piensa —explicó Dennis—. Tiene ese enfermizo por mostrarle al mundo lo que causa y no me extrañaría nada que se sintiera orgullosa de todo lo que ha causado, definitivamente. Su padre podía ser un mortífago que creía en la pureza, pero ella salió psicópata… De hecho, Rose, venía a mostrarte algo sobre eso… Logré encontrar sus orígenes.
—Me pregunto cómo…
—Con contactos y un poco de persuasión… —Dennis le otorgó una mirada de disculpa—. No te voy a mentir. En fin… —sacó unos papeles de un sobre amarillo gastado por el uso y se los puso enfrente a Zeller. Uno de ellos era un acta de nacimiento de Paises Bajos—. Es falsa —se apresuró a aclarar—, pues nota que sólo fue la madre a registrarla y se registró como madre soltera. Morrigan Schumann, —tomó otra de la pila de papeles—, Adolf Schumann. Todo coincide. Logré encontrar a la madre.
Entonces, enseñó una foto. La mujer que le sonreía a la cámara era rubia y blanca, muy joven.
—Es bonita… —murmuró Ted.
—Era —aclaró Creevey—. Esta foto tiene más de veinte años y si la vieran hoy… Rabastan Lestrange hizo de ella lo que quiso y la dejó irreconocible. Él llegó una noche de invierno a su puerta… Curiosamente, el invierno de 1998, después de separarse de su hermano. Se estaba congelando, y ella, que vivía en un pueblo y no estaba interesada en leer las noticias, no notó que era un prófugo.
—¿Hablaste con ella?
—A cambio de unos galeones, sí… E información de su hijo. —Vio la mirada incrédula de Zeller y se apresuró a aclarar—: Parece que quiere de verdad a su hijo. Aunque insiste que Morrigan es un monstruo…
»En fin, cuando se enteró de la verdadera naturaleza del hombre que tenía bajo su techo, veinte años mayor que ella, estaba embarazada —prosiguió—. Se había enamorado de su paciente, sólo para descubrir que era un mortífago. Tuvieron una discusión en la que Rabastan la hizo creer que era víctima de las circunstancias… y a los cinco meses nacieron dos niños. Morrigan, que heredó su piel y los rasgos de su padre y Adolf, que nació albino y metamorfomago. No podían registrarlos bajo el apellido de «Lestrange», así que ella usó el suyo.
»A los once años, la madre decidió que irían a Durmstrang. Es más común que los magos neerlandeses acudan a Beuxbatons o sean educados en casa, pero como ella había ido a Durmstrang debido a que su padre era alemán o polaco o algo, habló con el director para que no hiciera demasiadas preguntas: y fueron a Durmstrang. Ocurrieron demasiadas cosas extrañas allí, pero la mujer no quiso decirme qué… —Dennis se encogió de hombros—. No sé nada más, sólo que Rabastan le arrebató a sus hijos cuando salieron del colegio y la dejó hecha mierda. Llevaba destrozándola psicológicamente casi veinte años… ¿qué problema había con dejarla postrada en cama con la sonrisa borrada?
—Horrible —opinó Ted.
—Pasa todos los días, Lupin —cortó Zeller—, y es triste, no lo negaré, pero en este momento necesitamos concentrarnos en encontrarla, donde quiera que se haya metido. ¿Su madre…?
—Su madre no la ve desde hace diez años —resumió Creevey—. No se mostró interesada en volverla a ver, tampoco.
Zeller negó con la cabeza, frustrada.
—Pues entonces, Lupin, me quedaré con tu propuesta. Dile a Longbottom que es la primera guardia en Azkaban, en la celda de Lestrange —pidió—. Si Potter… James —aclaró—, puede, lo mandas a la de la noche, ya que me pidió un día libre, al menos la de esta noche. —Se quedó pensando—. ¡Y piensa a quien cederle la de la mañana! Sólo recuerda que Holmes y Proudfoot se quedan fuera de las guardias
Ted suspiró, asintiendo.
—La haré yo…
—Tú no —le dijo Rose—. No creo que Morrigan sea tan tonta como para asaltar Azkaban en el momento preciso en el que hay un guardia apostado en la puerta de su hermano y te quiero aquí por cualquier cosa que pase…
Rose se quedó mirando al chico que ya no era tan chico y se acercaba peligrosamente a los treinta, alejándose de los veinticinco. Ya estaba casado, incluso y cada vez le costaba más verlo como el joven que había sido su alumno en la Academia de Aurores. Cuando pasara algún tiempo intentaría convencerlo de impartir alguna clase allí, imaginaba que Ted Lupin sería buen profesor.
—Entonces buscaré a alguien… —dijo.
—Bien, parece que la encontraremos —dijo Creevey, pero Rose, con una media sonrisa sarcástica, no lo dejó seguir.
—Oh, no estés tan seguro, Lestrange es una mujer demasiado escurridiza.
Pero estaba formando al ejército que cargaría contra ella. Rose Zeller estaba muy segura de a quienes quería a su lado en aquella titánica labor. Habría lágrimas y risas, decepciones y alegrías, como siempre, pero si atrapaban a Morrigan antes de que algo serio pasara habría valido la pena.
—¡Joder! —fue la exclamación que atronó en la biblioteca de la Mansión Zabini. James se apresuró a acercarse con el libro que estaba hojeando en la mano y se encontró a Liliane mirando con cara de muy pocos amigos las dos plumas verdes. Levantó un poco la ceja como Liliane solía hacerlo, aunque sólo consiguió un resultado penoso del gesto. Al verlo, Liliane se explicó—: Estaba equivocada, no tiene nada que ver con un hechizo vinculante…
Era lo último que se le había ocurrido, pero al parecer no había funcionado. James había sugerido algo que las hubiera hecho explotar a todas al mismo tiempo y Liliane había tenido la teoría de que algo vincultante debería de estar en la ecuación, pero al final resultaba que no. Era todo un misterio como habían logrado hacer explotar a todas las serpientes exactamente al mismo tiempo.
—Supongo que tendremos que buscar algo más… —empezó James, buscando un punto conciliador en todo aquello.
—Hay muy pocas cosas que puedan causar ese efecto, James… y me temó que ya hemos comprobado todo lo que se me ocurría posible —explicó Liliane. Parecía terriblemente enojada con algo, por la manera en la que apretaba los dedos—. Nunca me había enfrentado a tal callejón sin salida.
Al parecer eso la sacaba de sus casillas: no tener ni una pista de a qué se estaba enfrentado. Lo que más parecía desesperarla era no haber identificado el tipo de magia que había en esas plumas. Le había dicho que había un rastro de magia del solsticio, claro, pero que realmente eso no decía nada, porque había demasiadas cosas que se aprovechaban de la magia del solsticio.
«Demasiados tipos de magia, de hechizos…», había explicado Liliane hacía unos días. A James le ponía nervioso verla en aquel estado, como si fuera una bomba que podía explotar en cualquier momento. Sentía que debía hacer algo para calmarla, pero tratándose de Liliane nunca sabía que podía ser una buena o una mala idea. Había aprendido a tratarla, pero a veces aún no estaba seguro de qué demonios le pasaba por la cabeza, sobre todo en momento como ese.
—Sólo tenemos que investigar algo más…
—¡¿Qué?! —espetó Liliane—. No conozco nada más por ahora…
—Podríamos empezar por «serpientes emplumadas», quizá si conocemos un poco su naturaleza… —Bien pensado no le parecía una mala sugerencia. A Liliane, la bruja mexicana, Ferrer, le había explicado lo básico, pero era demasiado notorio que eso no era suficiente—. Podemos buscar algún libro o pedírselo a los mexicanos… —Se sentó al lado de Liliane—. Llevas tres horas con eso, ¿por qué no nos tomamos un descanso?
—Potter…
—Zabini… —contestó él, como cada que ella volvía a ese hábito de llamarlo por su apellido, alegando que tenía más sonoridad. Y ciertamente la quería, cuando Liliane quería causar ese dramático efecto con su voz que James no conseguía—. Te vas a freír el cerebro allí, vamos por un café…
Liliane sacudió la cabeza.
—Pero estaba tan cerca…
—Lo sé, lo sé —musitó en tono conciliador, intentando alejar el enfado de Liliane—. Y lo lamentó, pero no puedes estar allí cinco horas y luego recriminarte que no haces nada…
«Nunca admitirá que está por encima de ella, que le molesta no saber algo en lo que se supone que es su área…», pensó. Liliane era la experta y él tenía ideas —acertadas, la mayoría del tiempo—, pero esa vez iban a ciegas, nunca habían tratado con la magia que estaba impregnada en esas plumas y que cada día se borraba un poco más. Magia desconocida.
—Vamos por un café, anda… Podemos ir a esa cafetería muggle que te agrada —le dijo, intentando convencerla—. Y luego volvemos otra vez con esto. Quizá despejar nuestra mente ayude a que las ideas vuelvan… o algo así.
Liliane medio sonrió.
—No te callarás hasta que no acepte un descanso, ¿verdad? —le preguntó.
James negó con la cabeza.
—Ya me conoces —le sonrió—. Vamos, Liliane… Te pagan por hacer eso y, en este momento, la vida de alguien no depende de tu éxito. Será mejor si atascas tu cuerpo de cafeína, por Merlín. No entiendo como no te da taquicardia después de un expresso doble.
Liliane se encogió de hombros.
—No te gusta porque no aprecias lo bueno de la vida, James —le dijo—, una pena.
—Me gusta el café normal, común y corriente.
—El agua pintada de negro, querrás decir —espetó Liliane—. Eso de café tiene lo que yo de Gryffindor.
James negó con la cabeza y, cuando Liliane se puso en pie, hecho a andar hasta la puerta de la biblioteca, que daba a uno de los pasillos principales de la mansión en donde vivía la chica. James nunca había soñado con tener una casa de esa magnitud, para empezar. Su casa, en el centro de Londres, con cuatro habitaciones de buen tamaño era perfecta para su familia. Sabía que su padre tenía otra propiedad en Grimmauld Place y lo había acompañado allí un par de veces, pero a todo el mundo le parecía una casa tétrica, aunque habían quitado todas las cabezas de los elfos —aun con las quejas del viejo Kreacher— y el polvo.
—¿Vamos por la red flú a mi apartamento? No creo que haya nadie… —le dijo—. Sabes, mi primo Louis quiere mudarse con Frank y conmigo.
Liliane se encogió de hombros. Como siempre, los temas relacionados con la familia de James la traían sin cuidado alguno.
—Me parece bien —concedió ella y en menos de cinco minutos ya estaban en aquel diminuto apartamento justo para tres personas. Salieron y caminaron un par de cuadras, donde se encontraba aquella cafetería italiana que a Liliane le gustaba.
Les dieron una mesa para dos, ya acostumbrados a verlos por allí. Liliane pidió lo de siempre y James buscó algo con poca cafeína que pareciera tener buen sabor mientras la chica rebuscaba entre sus cosas en busca de un par de billetes muggles. Casi siempre traía algo, aunque a su padre no le hacía demasiada gracia y siempre le decía cosas como «¿Qué buscas con los muggles, Liliane?» y ella respondía, como siempre: «Café decente».
Su abuela Caterina era la que le había enseñado lo que era un café bien hecho. Pero ya había muerto.
Cuando llegó el café y le dio un sorbo, ni siquiera se percató de que James la miraba con una sonrisa. Sólo sintió la cafeína correr por su sangre.
—Por Morgana, ¿por qué no te hice caso antes?
—Porque eres demasiado terca y estás obsesionada con esas plumas —le respondió él—. Pero confía en mí, saldrá bien.
Liliane se dijo que le hubiera gustado mucho decirle que confiaba. Pero cuando se trataba de optimismo, nunca podía dar nada por sentado.
¡Hola!
Bueno, en este capítulo le hicimos otra visita a los antagonistas, Evzek y Morrigan. Evzek tiene dudas sobre alguien y bueno, ya vemos lo que dice Morrigan. Por cierto, ¡ya verán para qué quiere a la rubia ya no rubia en el capítulo que sigue! Ya lo verán…
Sobre Rose, que es un amor —a veces—, pues ya vimos. Ella está armando su ejército y quiere a Ted por allí. Sí, Ted será su sucesor según ella, a ver si le sale. Dennis Creevey le dice a Rose lo que ha averiguado de Morrigan y vaya que su historia da para mucho más, pero bueno, no sé si la escribiré algún día (aunque no estaría nada mal).
De Liliane y James no digo nada, por ahora.
La canción es de Linked Horizon y es el primer opening de Shingeki no kyojin, un anime que, si por algo de distingue, es por su brutalidad. Aun no acabo de verlo, lo empecé hace como seis meses, pero así son las cosas, me topé con cosas mejores y pues nada…
¡Hasta el próximo viernes!
"Diles que no maten, Justino, diles que no me maten"
Andrea Poulain
A 27 de marzo de 2014
