Bienvenidas un capítulo más a mi historia.
Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.
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Capítulo 11
A Iliana, los días siguientes se le hicieron insoportables. La joven había entrado en un estado depresivo del que no podía salir.
No dejaba de pensar en Snape y en cómo estaría ahora que ella no podía cuidarle. Se culpaba por todo lo que había pasado y, por más que se esforzase por buscar la manera de solucionarlo, no se le ocurría cómo hacerlo. Intentó conseguir información a través de Nadine, pero la mujer se negó en redondo, le recordó que estaba prohibido hablar del prisionero y la amenazó con denunciarla si se lo mencionaba aunque fuera una sola vez más. Iliana sabía que no bromeaba.
Violet intentaba animarla diciéndole que no se preocupara, que Malfoy volvería a solicitarla y podría recuperar la capa, pero la joven estaba empezando a perder las esperanzas y apenas si probaba bocado a causa de los nervios.
Una tarde, sin embargo, el mortífago la mandó llamar y la esperanza prendió de nuevo en su corazón. ¿La habría perdonado? ¿Podría acceder una vez más a su dormitorio y recuperar los objetos que escondió allí? ¿Le dejaría volver a llevarle la comida a Snape? Todas esas preguntas se agolparon en la mente de Sandra mientras corría nerviosa por el pasillo para encontrarse con Malfoy. Pero cuando llamó a la puerta y una voz le gritó que entrase, se encontró al mortífago desnudo en la cama, flanqueado por Erin y Famke, también desnudas, que lo estaban acariciando y besando con mucha dedicación. Sin dejar de mirar a Iliana, Malfoy se giró hacia Erin y sacó la lengua en su dirección. La mujer se abalanzó sobre ella para chuparla como si se tratara de un fruto delicioso. Después, con una mano dirigió la cabeza de Famke para que descendiera sobre su miembro erecto y la chica comenzó a lamerlo en toda su extensión, obediente.
Las esperanzas de Iliana se hundieron de golpe. No sabía qué había esperado
encontrar, pero desde luego no aquella escena.
—¿M-me… me habéis mandado llamar, amo?
Desprendiéndose de la voluntariosa succión de Famke, Malfoy agarró las caderas de Erin e hizo que se sentase sobre él, deslizándose en el interior de la mujer con suma facilidad mientras Famke pasaba a pellizcar con suavidad sus pezones.
—Sí, Iliana —contestó él—. Sólo quería demostrarte cómo se debe comportar una buena puta. Espero que te haya servido para algo esta lección.
Iliana sintió ganas de llorar. Estaba claro que no la había perdonado y ahora ya estaba segura de que nunca iba a recuperar lo que se escondía en aquella habitación, tan cerca de ella y tan lejos de su alcance. Sin poder evitarlo, lanzó una pequeña mirada a la parte alta del armario, pero entonces Malfoy le dijo que ya podía marcharse y ella no se lo hizo repetir. Salió del dormitorio como una exhalación, medio asfixiada porque le faltaba el aire, y volvió a maldecirse por haber cometido aquel error terrible que podía haberles costado a todos la libertad.
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Tras la profunda decepción que supuso aquel encuentro con Malfoy, el humor de Iliana decayó aún más. Se volvió taciturna y melancólica, apenas hablaba con nadie y comía muy poco. La tan anhelada libertad parecía más lejos que nunca y había perdido toda la alegría de vivir.
Para distraerla, Violet la obligó a mentalizarse de que solucionarían aquello y la animó a empezar a hacer planes para el día en que recuperasen los objetos del dormitorio de Malfoy.
—Tendremos que ir agachadas, porque somos demasiado altas para que la capa nos cubra por entero y…
—Nosotras no teníamos que ir bajo la capa —dijo Iliana, con voz átona.
Violet la miró sorprendida.
—¿Cómo? Entonces, ¿para qué…?
—La capa era para cubrir al prisionero —explicó—. Nosotras podemos movernos con relativa libertad por el castillo con sólo argumentar que nos han solicitado para una fiesta, pero él no puede ser visto bajo ningún concepto fuera de la celda.
—¿Entonces crees que podremos salir sin ocultarnos? —preguntó Violet—. No sé, no me parece muy seguro. El pasadizo que lleva al exterior está en una sala de la cuarta planta. Nadie nos solicita nunca para ir allí.
Los ojos de Iliana se cubrieron con un velo de tristeza.
—Si no lo hubiera estropeado todo, podríamos haber dicho que tenía que hacer algún encargo para el amo Malfoy, pero ahora…
—No te preocupes, encontraremos una excusa convincente —se apresuró a consolarla Violet.
—Y lo peor es no tener noticias del prisionero. No sé nada de él. ¿Y si por algún milagro logramos huir y cuando voy a buscarlo se encuentra en carne viva porque le ha visitado el Lord? No podremos escapar si apenas se mantiene en pie, ¿no?
Violet la abrazó con ternura. Desde que la conocía, Iliana se había mostrado siempre fuerte y animosa, cosa que le daba fuerzas a ella misma para seguir adelante, pero ahora se la veía apagada y triste, como si al privarla de ir a visitar al prisionero, Malfoy hubiese destruido al mismo tiempo su razón de ser. Más que nunca, sintió curiosidad por saber quién era el misterioso ocupante del calabozo. Tenía que ser alguien muy especial para que su amiga se desviviese por él de aquella manera.
—Nos las arreglaremos —le aseguró, intentando animarla—. Ya lo verás.
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Repicó con los dedos sobre la mesa, insatisfecho. Sí, le ponía buen empeño, tenía que reconocerlo, pero no era lo mismo. Terminó apartando a la mujer de un empujón y esta cayó al suelo de culo, sorprendida.
—Amo Malfoy, ¿no… no os ha gustado? —preguntó Erin, con voz temblorosa.
La mujer lo había cabalgado durante largos minutos mientras él permanecía sentado en su sillón del dormitorio, gimiendo ella sus mejores gemidos y acariciándolo con manos expertas que sabían exactamente lo que a él le gustaba, pero no apreció sus esfuerzos. Ya nada era como antes y las atenciones de las dos hermosas rubias, Erin y Famke, se le antojaban artificiales y sobreactuadas. El teatrillo que montó días atrás con las dos perseguía el único fin de atormentar a Iliana, para que comprendiera lo mucho que perdió al comportarse como lo hizo, pero lo cierto era que él se sentía también perdido sin ella. Su mente estaba siempre en otra parte últimamente y, cuando se abrochó los pantalones, encerrando en ellos su todavía demandante erección, y la mandó salir con un escueto "¡Lárgate!", la mujer supo que ese día tampoco conseguiría seducirle para ser su favorita de nuevo.
Cuando se quedó solo, se puso en pie y empezó a rondar la habitación, inquieto. Llevaba tres semanas sin verla y a cada día que pasaba su ausencia se hacía más palpable, más pesada e insoportable. ¿Qué le había hecho aquella maldita fulana para que no pudiera dejar de pensar en ella aun cuando tenía a su alcance a otras mucho más bellas, complacientes y adecuadas a sus gustos?
Pero es que su ausencia se hacía notar en todos los aspectos de su vida e incluso estaba afectando también a su trabajo. Se había vuelto descuidado, se distraía con facilidad y le costaba concentrarse en lo que hacía. El día anterior, sin ir más lejos, estuvo a punto del desastre en una reunión con el Lord. No había estado atento a lo que su amo decía y, cuando Él le hizo una pregunta, no supo qué responder. Lo salvó el hecho de que justo en aquel momento apareció Greyback con noticias sobre un asalto a un pueblo del norte de Francia que él había encabezado y la pregunta del Lord quedó olvidada. ¡Esa maldita mujer lo estaba consumiendo vivo!
Le dio una patada furiosa al armario, que se sacudió entero, y el pequeño hatillo de tela que estaba oculto en la parte superior se movió un poco, pero no llegó a caer y el mortífago no se dio cuenta. Abrió las portezuelas de madera y encontró allí una de las túnicas que le había regalado a Iliana, perfectamente limpia y doblada. La cogió y se la llevó a la nariz, intentando percibir en ella su olor, pero después de tantos días no quedaba ya nada.
—¡Maldita furcia barata! —rezongó, arrojando la prenda a un lado.
Los había encontrado abrazados, ¡abrazados y comiéndose la boca el uno al otro! ¿Cómo pudo hacerle eso? Traicionarlo por un mugriento ex profesor a quien todo el mundo desdeñado siempre y al que nadie echaba de menos.
¿Cómo pudo besar aquellos repugnantes labios finos y resecos y después besarlo a él, que se había desvivido por complacerla, que le había regalado joyas, vestidos y todo lo que cualquier mujer podría desear y hasta le había hecho un hueco en su cama?
¿Cómo pudo besar a Snape, ese ser traicionero, repulsivo y eternamente amargado; cuando lo tenía a él, que era atractivo, elegante, rico, sangre pura, deseado por todas, envidiado por todos y con una magnífica posición en el nuevo orden social?
Y, ¿por cuánto tiempo se habría prolongado el infame engaño si no los hubiera descubierto in fraganti?
Se trataba de una ofensa demasiado grande para quedar impune y se daba cuenta ahora de que devolverla al harén no era castigo suficiente. Lo mejor era hacerla llamar de nuevo, pero esta vez no se limitaría a mostrarle lo que había perdido, sino que la haría venir para rendir cuentas. Además, era preciso averiguar cuántas veces le había traicionado, en cuántas ocasiones mancilló sus labios con el sabor de otro hombre mientras se suponía que era sólo suya.
Tenía que –¡necesitaba!– hablar con ella para aclarar unas cuantas cosas, eso era todo. No se trataba de que la echase de menos, ¡qué idea tan absurda! Era sólo que tenía que saberlo. ¡Estaba en su derecho!
Cuando el elfo doméstico llegó con Iliana, Malfoy observó con inmensa satisfacción las bolsas oscuras bajo sus ojos y el aspecto desmejorado que ofrecía en general. Estaba claro que no dormía bien, y también que había perdido peso. Sin embargo, cuando entró en la habitación, un brillo esperanzado pareció refulgir en sus pupilas. Consideró cuestión de principios aplastar esa esperanza sin contemplaciones. Al fin y al cabo, cuanto más la quebrase, más desesperada estaría y se mostraría más complaciente.
—Estás más delgada.
—No he tenido mucho apetito, amo.
El hombre asintió, le complacía saber que también lo estaba pasando mal, quizá incluso añorándole tanto como él a ella.
—No te sienta bien. Me gust… estás mejor con algo más de curvas. De hecho, tienes un aspecto horrible, como sigas adelgazando más ningún mortífago va a querer solicitarte, ni siquiera Greyback, que tiene gustos muy... amplios. Y, ¿de qué sirve una puta a la que nadie solicita?
Iliana no respondió y se produjo un silencio pesado en el que Malfoy se la quedó mirando sin mostrar ninguna emoción. De pronto, levantó la mano con un movimiento de fastidio.
—No sé ni para qué te he llamado, ¿quién en su sano juicio querría follarse la piltrafa en la que te has convertido? —dijo, aunque ni de lejos tenía tan mal aspecto. De hecho, a pesar de los kilos perdidos y el rostro demacrado, el cuerpo de Iliana le seguía resultando irresistible, pero el mortífago acababa de descubrir que el placer de humillarla le resultaba tan estimulante como el de hacerla gozar y una creciente erección se fue formando bajo su túnica.—. Dime, ¿alguien ha tenido estómago para requerir tus servicios desde que te devolví al harén?
—Lo siento —dijo la joven, con aire atormentado.
—¿Qué es lo que sientes, exactamente? ¿Haberte convertido en una piltrafa? ¿Traicionar mi confianza como lo hiciste? ¿Perder los privilegios que tenías siendo mi favorita?
—N-no pretendía traicionaros, amo.
—Ah, entonces quieres decir que no fue premeditado, sólo un impulso del momento, ¿es eso? ¿O quizá un accidente? ¿Te tropezaste con la boca del prisionero?
—Yo... —vaciló un momento y, como si considerase que cualquier cosa que dijera sólo serviría para incriminarla aún más, cerró la boca de nuevo.
Malfoy vio que desviaba la vista un instante hacia el armario y después de nuevo hacia él y recordó que lo había dejado abierto y que la túnica seguía tirada en el suelo.
Se acercó al mueble en silencio, cerró las portezuelas de madera y se agachó a recoger la prenda para lanzársela a ella, que la atrapó en el aire.
—Esto es tuyo, lo he encontrado mientras me deshacía de tus cosas, puesto que ya no me sirven para nada —mintió.
Ella avanzó un paso hacia él y murmuró, con gesto humilde:
—Amo, la verdad es que llevo días deseando disculparme por haberos ofendido como lo hice. Lamento mucho lo que pasó en la celda.
Malfoy se sintió complacido ante la actitud sumisa de la joven, pero no tenía ninguna intención de demostrarlo.
—¿Y qué es lo que pasó en la celda? —dijo, con tono áspero—. Porque si te soy sincero, no puedo entender lo que vieron mis ojos.
Iliana titubeó.
—Me avergüenza reconocerlo, pero la verdad es que sentí morbo —dijo al fin.
Malfoy se quedó de piedra con la respuesta.
—¿Morbo?
—Sí... quería demostrarme a mí misma que era capaz de despertar el deseo en un prisionero con apenas energías suficientes para mantenerse con vida.
La observó con interés un instante y finalmente sonrió de medio lado.
—¿Y lo conseguiste?
—No lo sé, no tuve tiempo, fue entonces cuando entrasteis vos.
—Lamento haberos interrumpido —dijo con sorna.
—No, amo, no pretendía decir eso, en absoluto. Sé que no debería haberlo hecho, eso lo tengo claro. Por algo dicen que la curiosidad mató al elfo doméstico.
Realmente era una mujer muy intrigante. Nunca reaccionaba como uno se esperaba. Reprimió una nueva sonrisa, no quería demostrar cuánto le complacía hablar con ella de nuevo.
—Besarlo fue una traición imperdonable, sea cual sea el motivo por el que lo hiciste. Si te solicito para mí, has de ser para mí en exclusiva. ¿Sabes lo que quiere decir eso? Significa que nadie más puede tenerte; y menos un miserable prisionero zarrapastroso que además traicionó al Lord.
—Lo comprendo, amo, y deseo fervientemente ganarme la oportunidad de reparar mi error.
—Ganarte la oportunidad, ¿eh? —repitió malfoy en un murmullo ronroneante, satisfecho por la sutil formulación de la frase. No sólo deseaba enmendar su error, sino también ganarse el derecho a hacerlo. Tal vez los días de separación le habían sentado bien y habían ayudado a domar su carácter. ¿Sería él el primer hombre en domesticar a una yegua de thestral? Su erección comenzó a palpitar con fuerza y comprendió que no iba a dejar que se marchara de su habitación sin poseerla una vez más—. Pues quizá puedas empezar a ganártela más pronto de lo que imaginabas… ven aquí.
Iliana obedeció y se situó justo delante del hombre, muy cerca de él, para quedar a su alcance. Malfoy rodeó su cintura con las manos y la besó con brusquedad, con apremio, magullando sus labios con los dientes y atacando su lengua sin tregua. Más que un beso, parecía un asalto, pero ella se dejó hacer con absoluta docilidad hasta que el hombre dejó de pensar y cedió el control total de su cuerpo a su propio deseo salvaje.
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Había sido más violento que las otras veces; seguramente, para dejar patente su poder sobre ella, pero no le importó. Iliana tenía la mente concentrada en un único propósito: recuperar la capa y, si podía, hacerse con la varita de Malfoy. Ni siquiera se permitió sentirse mal por la excusa que había puesto para justificar el beso que le dio a Snape. Estaba dispuesta a todo para conseguir su propósito y, durante todo el tiempo que pasó en la habitación del mortífago había estado pendiente del armario ropero, como si perderlo de vista fuera a hacer que desapareciera.
Pero aquel día no tuvo oportunidad de acercarse a los objetos que tanto necesitaba, porque el mortífago la despachó en cuanto se hubo saciado con ella.
Tardó una semana en volver a llamarla, pero unos días después la solicitó dos tardes seguidas, aunque tampoco estuvo mucho rato en sus aposentos y siempre la hacía volver de inmediato al harén. Ni siquiera tuvo ocasión de pedirle que le permitiera alimentar al prisionero de nuevo. Era un tema muy delicado y no lo podía plantear de cualquier manera si no quería volver a fastidiarlo todo; esta vez, para siempre.
Al cabo de dos semanas, sin embargo, Malfoy la llamó una tarde a última hora. Había tenido que desempeñar una tarea fuera de la Fortaleza, según le dijo, y parecía cansado. Además, había tenido otra agria discusión con su esposa en relación a los términos del divorcio y necesitaba desfogarse. Iliana escuchó sus quejas con disimulada alegría: que le explicase aquellas cosas de nuevo sólo podía significar que se había abierto una grieta en el muro que se había formado entre ellos. Tenía que manejar sus cartas con cuidado, así que lo escuchó con paciencia y se mostró tierna y comprensiva con él, sin dar ninguna opinión personal para no arriesgarse a decir algo que no le gustase. Y, finalmente, a base de mantener aquel pulso continuado con el mortífago, sus esfuerzos fueron recompensados: Malfoy le pidió que pasara la noche con él. Iliana supo entonces que aquella era su tan ansiada oportunidad y se prometió que no la iba a desaprovechar.
Se mantuvo despierta mucho después de que él se durmiera. Apenas sin respirar, totalmente alerta y pendiente de los sonidos que hacía el hombre a su lado, esperó que llegase a la fase más profunda del sueño para que el riesgo de que despertase fuera menor. Su corazón palpitaba a mil por hora y sentía la garganta seca: era el momento decisivo, si Malfoy la descubría de nuevo, no volverían a tener ocasión de escapar.
Cuando llegó el momento, se levantó de la cama con un cuidado extremo y sin hacer ningún ruido, mientras el miedo corría por sus venas junto a su propia sangre. Vigilando en todo momento el sueño del hombre, tanteó encima del armario hasta que notó el bulto de tela y contuvo un suspiro de alivio. Cogió el fardo y se acercó a las ropas de Malfoy. No había visto la varita en todo el rato que habían pasado juntos, pero suponía que debía llevarla encima y lo más lógico era que la guardase en su túnica, por lo que ahí fue donde miró primero, pero no estaba.
Frunciendo el ceño, intentó pensar en qué otro sitio buscar. Se acercó sigilosamente a la mesilla de noche del mortífago. No estaba encima, así que abrió poco a poco el primer cajón. El roce de la madera provocó un pequeño chirrido que le hizo apretar los dientes. Miró con preocupación al hombre y casi se cayó de espaldas al ver que tenía los ojos abiertos y la estaba mirando directamente a la cara. Inmóvil como un cervatillo asustado, esperó a que su furia se desatara sobre ella, pero entonces Malfoy resopló, balbuceó algo incomprensible y entornó los ojos hasta casi cerrarlos del todo. Seguía dormido.
Se tomó un momento para calmarse del susto y después continuó con la inspección de los cajones, todavía más despacio y con más cuidado, pero sin resultado. Maldijo su suerte en silencio al darse cuenta de que el único lugar que le quedaba por revisar era debajo de la almohada de Malfoy. Armándose de valor, rodeó la cama, dejó la capa y el bolso en el suelo y se tumbó junto al hombre, que estaba estirado de lado, de espaldas a ella. Se acercó más a él y pasó una mano por su cadera, como si, dormida, buscase el contacto de su cuerpo. Él se removió un poco y puso una mano sobre la de ella, pero no se despertó, y la joven se incorporó lo justo para pasar la mano izquierda debajo de la almohada con sumo cuidado, tanteando poco a poco con los dedos hasta que encontró la rígida y alargada superficie de la varita mágica.
Una sensación de triunfo inundó el pecho de la joven y su corazón se aceleró. Se humedeció los labios ligeramente y empezó a tirar con suavidad de la varita con la punta de los dedos hasta que salió por completo de su escondite.
Intentó entonces recuperar su mano derecha, pero Malfoy la tenía firmemente sujeta; de modo que tiró de ella con cierta con energía y el hombre se dio la vuelta y se quedó tumbado frente a ella.
—¿Iliana? ¿Qué haces? —preguntó, con la voz pastosa por el sueño. Muerta de miedo, la joven sujetó la varita con todas sus fuerzas, preparándose por si tenía que lanzar un hechizo, aunque no sabía si sería capaz de hacerlo con la mano izquierda—. ¿No duermes?
—He... he tenido una pesadilla. Con Crabbe.
—Ah. No te preocupes, ese gorila descerebrado no volverá a tocarte —dijo, y se abrazó a ella, acurrucándose contra su cuerpo cuanto pudo.
Iliana metió de nuevo la mano bajo la almohada para esconder la varita sin soltarla y esperó, rígida como un palo, hasta que la respiración del hombre se volvió a normalizar; y después todavía un rato más, para asegurarse de que estaba bien dormido. Entonces, y sólo entonces, se cambió la varita de mano con lentitud y pronunció un desmaius prácticamente inaudible. Con esto hubiera bastado, por supuesto, pero Iliana estaba tan asustada que le lanzó también un muffliato para que no escuchase ningún ruido que pudiese sacarlo de su sopor.
Algo más tranquila tras el segundo hechizo, Iliana pudo regodearse en la incomparable sensación de la magia saliendo de sus dedos. No se había dado cuenta de cuánto había añorado practicarla, pero al tener de nuevo una varita en su poder notó lo mucho que le había hecho falta y una pequeña sonrisa escapó de sus labios.
Sin embargo, todavía quedaba mucho por hacer y la joven no se permitió perder ni un segundo. Se vistió rápidamente, cogió la capa invisible y se la pasó por encima, después agarró el bolso de Violet y, abriendo despacio la puerta que daba al pasillo, se fue hacia el harén.
De pronto, la asaltó una idea horrible: ¿qué pasaría si la chica no estaba allí? ¿Si había sido solicitada por algún mortífago? Sería muy difícil encontrarla.
Pero no servía de nada preocuparse por algo que no tenía remedio, si ese fuera el caso, ya se replantearía la situación, pero mientras tanto, desestimó el pensamiento por inútil y se concentró en lo que sí podía hacer: lanzarle un imperius al centinela que custodiaba la puerta del harén.
Llena de impaciencia y de temor, esperó en el pasillo bajo la capa invisible mientras el hombre entraba en la sala. Poco después, emergió de nuevo de ella seguido por Violet. Un suspiro de alivio escapó de su pecho, se acercó a la chica, la sujetó del brazo y le susurró al oído: "Soy yo, Iliana, actúa con normalidad". Le lanzó un obliviate al centinela y llevó a la muchacha, sujeta del brazo, varios pasillos más allá. Sólo entonces se quitó la capa y Violet pudo ver a una sonriente Iliana mirándola con los ojos brillantes de excitación.
—La he conseguido —susurró con alegría, señalando la prenda—. Tengo la capa, Violet. Esta noche nos vamos.
—Dios mío… —musitó la otra, frotándose las manos con nerviosismo—. Estoy aterrada. Creo que no he tenido nunca tanto miedo, y eso que con Harry pasamos por todo tipo de aventuras horribles. Pero estas semanas aquí encerrada me han… me han… no sé cómo decirlo.
—¿Te han subyugado, sometido, acobardado, apocado? —la ayudó Iliana. La chica asintió—. Lo sé. Créeme que lo entiendo. Pero eso se acaba hoy. Vamos.
—Espera. ¡Tengo que coger el mapa que nos dio Draco!
Violet entró de nuevo al harén para recuperar el mapa que había mantenido escondido a buen recaudo durante todo aquel tiempo y luego volvió al pasillo donde la esperaba Iliana.
—Tendremos que ir muy juntas y agachadas para que no se nos vean los pies bajo la capa —dijo Violet, preocupada—. ¿Qué haremos cuando encontremos a Neville? No cabremos los tres aquí dentro…
—No hará falta, nos cubriremos con la capa sólo hasta que nos reunamos con los demás, después iremos a cara descubierta y actuaremos como si nos hubieran solicitado. Sólo hay una persona a la que no debe ver nadie por los pasillos: el prisionero. El plan es lanzarle un imperius al primer mortífago que encontremos y obligarle a que nos ayude.
—Eso es muy peligroso, lo sabes, ¿verdad?
—No más que permanecer aquí encerradas. ¿Eres buena conjurando hechizos?
—Era la primera de la clase —contestó Violet, con orgullo.
—Pues entonces tú le lanzarás el imperius al mortífago. Yo me he atrevido con el centinela, pero contra alguien más poderoso no sé si sería capaz…
—Ehhh… bueno, tengo que admitir que en Defensa Contra las Artes Oscuras no era la primera, sino la segunda… Harry siempre sacaba la mejor nota en eso.
—Pero Harry no está aquí ahora y, aún así, eres más hábil que yo —dijo Iliana, zanjando el tema, y las chicas se pusieron en marcha.
Esperaron en el pasillo a que pasara alguien, pero no contaban con que la primera persona que vieran fuese Bellatrix Lestrange. Iliana miró a Violet y señaló hacia la mortífaga con la cabeza, pero la chica negó histéricamente. Ni loca se atrevería a lanzarle un hechizo a aquella bruja psicópata a menos que fuera cuestión de vida o muerte. Iliana lo entendió y decidieron esperar a que se marchara; pero Bellatrix, que increpaba a uno de sus subordinados por algún error que había cometido, se giró dos veces hacia donde estaban ellas ocultas bajo la capa, sobresaltándolas y haciéndolas temblar.
Sólo cuando desapareció por la esquina las chicas volvieron a respirar.
—¿Tú estás pirada? —preguntó Violet, en un susurro—. ¿Lanzarle un imperius a Bellatrix? ¡Ni hablar! No tengo tendencias suicidas.
—Está bien, está bien, sólo quiero salir de aquí cuanto antes —se disculpó Iliana.
—Pero sería recomendable hacerlo con vida —insistió la otra.
—Sí, tienes razón, perdona. Esperaremos a que pase algún otro mortífago. Ojalá sea pronto.
Cinco minutos más tarde, Mulciber apareció por el pasillo. Iliana miró a Violet, interrogante, y esta asintió de una seca cabezada y se concentró en el hombre, con la varita de Malfoy alzada contra él. Mulciber se detuvo en mitad del pasillo, como ella le había ordenado.
—Y ahora, ¿qué le digo que haga? —preguntó.
—Dile que vaya a buscar a Neville Longbottom al harén masculino y lo traiga aquí.
—De acuerdo.
La chica hizo lo que le había propuesto la otra y el hombre se dio la vuelta y se fue en la misma dirección por la que había venido.
Volvió unos minutos más tarde acompañado de un joven alto y moreno que Iliana no conocía de nada.
—¿Es él?
Violet asintió.
—¿Qué pasa? ¿Por qué nos detenemos aquí en medio? —le preguntó el chico al mortífago, pero el hombre no contestó, esperaba instrucciones de Violet.
Las dos mujeres se quitaron la capa para que el chico las viera y Neville abrió los ojos como platos.
—¡Hermione! —exclamó—. ¿Qué haces aquí? ¿Y cómo has conseguido la capa de Harry?
—No hay tiempo para explicaciones —le apremió ella—. Vamos a huir de aquí y Mulciber nos está ayudando, aunque de manera involuntaria. Mulciber, dame tu varita —le exigió al mortífago, que obedeció de inmediato, y entonces la joven se giró hacia Iliana—. Y ahora, ¿qué?
—Ahora, nuestro amigo —dijo, señalando al mortífago— nos llevará a la celda, nosotras iremos aún tapadas por la capa, pero Neville puede ir al descubierto, como si Mulciber le condujese a algún sitio. Cuando lleguemos allí, le lanzaré un imperius al carcelero y entraré a buscar al prisionero mientras vosotros esperáis fuera.
—¿Y si pasa alguien? —preguntó Violet. pero como vio que Iliana vacilaba, insegura de qué contestar, se adelantó a ella—. Bueno, no te preocupes, haremos que Mulciber ponga alguna excusa.
—No había pensado en esa circunstancia. Soy patética elaborando planes, ¿verdad? —dijo la mujer, frustrada.
—Si conseguimos escapar, querrá decir que eres excelente elaborando planes —la animó Violet—. Y tiene que funcionar, no podemos fallar.
—En eso tienes razón —concordó, y se pusieron en marcha.
Lo hicieron todo según lo acordado, Iliana hechizó al carcelero para que le dejara entrar y Neville, Violet y Mulciber se quedaron esperando en el pasillo.
Iliana se adentró en la oscuridad llena de temor, si Snape había recibido una visita del Lord en el tiempo que llevaba sin verlo, quizá estuviera demasiado débil para moverse y eso dificultaría muchísimo la huida. Cuando llegó a la celda, no le gustó nada lo que vio. El hombre estaba con la cabeza inclinada hacia delante y con los cabellos alborotados y grasientos cubriéndole el rostro por completo. Le recordó tanto a la primera vez que había bajado allí que temió que todo lo que habían avanzado se hubiera perdido, por lo que se le acercó corriendo y se arrodilló frente a él para examinar su estado.
—Profesor —dijo, con voz ahogada. La alivió comprobar, al menos, que no se veían heridas recientes en su cuerpo—, ¿cómo se encuentra?
Al oír su voz, Snape levantó la cabeza de inmediato y la miró con asombrada incredulidad.
—¿Sandra? Merlín, ¿eres tú de verdad? Creía que… me dijo… la mujer que me trae la comida dijo que te habían ejecutado.
—¡¿QUÉ?! —Se escandalizó Iliana—. ¿Nadine le dijo eso? —El hombre asintió y ella soltó un resoplido exasperado—. Bien, eso ya no tiene importancia, he venido a sacarle de aquí, profesor. Nos largamos. ¿Cree que podrá caminar bien?
—Los últimos días he dejado de hacer ejercicio… —explicó—. Pensaba que ya no tenía sentido, ¿entiendes? Si no iba a poder escapar... pero antes de eso había conseguido ponerme bastante en forma, así que no creo que haya problema.
Para mayor seguridad, Iliana sacó la varita de Malfoy y le lanzó a Snape un conjuro revitalizante y después apuntó a las cadenas que lo retenían para liberarlo, pero cuando lanzó un hechizo contra ellas, la mujer cayó de espaldas con un grito de dolor.
—Diosss… —gimió, encogiéndose en un ovillo en el suelo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Snape—. ¿Qué te ocurre?
—No… no lo sé. Al intentar abrir los grilletes he sentido como… como si me lanzaran un cruciatus…
—Merlín… están malditos.
—¿Qué? ¿Qué quiere decir?
—Han lanzado una maldición contra las cadenas y los grilletes para que si alguien trata de abrirlos sienta el dolor de las torturas que el prisionero ha sufrido mientras estaba atado a ellos. La maldición se llama reciprocus. Es una excelente forma de disuadir a cualquiera que intente ayudarme a escapar y uno de los trucos preferidos del Lord —explicó, con una sonrisa amarga—. Lo sé bien, ya que yo la inventé para él.
—¡Oh, no!
—Me temo que sí. El Lord debió de considerar que era una divertida paradoja usar este maleficio conmigo.
—Entonces, ¿no se pueden abrir? —preguntó ella, alarmada.
—Oh, sí, pero sólo después de que hayas sentido en tus carnes cada una de las torturas que él me ha infligido en estos tres años de cautiverio.
—Oh, Dios… y esto que he sentido ahora es…
—Sólo el primero de sus castigos.
—¡Dios mío, profesor! No sé si seré capaz…
—¡Claro que no! —dijo él—. Y jamás te pediría que lo intentaras. Lo que tienes que hacer es escapar con Granger y…
—¿Qué? ¡No! No pienso dejarle aquí. ¿Está seguro de que no hay otra manera de romper las cadenas?
—Lamentablemente, lo estoy.
—¿Y si hago saltar el trozo de pared al que están clavados los grilletes?
—No funcionará, pero pruébalo, si así puedo convencerte de que debes marcharte cuanto antes.
La joven lanzó un hechizo contra el muro de piedra, pero nada sucedió.
—¡Ya sé! ¡Encogeré sus manos para que pasen por los grilletes y después las devolveré a su tamaño natural!
Trató de llevar a cabo su idea, pero tampoco funcionó. Después probó con otros hechizos, pero ninguno sirvió de nada.
—Sandra, es inútil, déjalo estar. El Lord no deja cabos sueltos, habrán pensado en todo. No debes perder más tiempo: huye antes de que sea demasiado tarde.
—¡No! ¡No me iré sin usted!
—Créeme, no valgo la pena.
—Eso no es cierto. Además, en realidad usted es más necesario que yo: es el único que puede despertar a Harry Potter —dijo y, sin dejarle tiempo a replicar, lanzó de nuevo el hechizo hacia los grilletes, conteniendo la respiración y apretando los dientes con fuerza para no gritar.
—Sandra, no lo hagas —pidió Snape, horrorizado—. ¡No seas estúpida, te va a matar!
La chica conseguió no caer esa vez, pero el dolor era tan intenso que tuvo que doblarse sobre sí misma para agarrarse el estómago. No es que sirviera de nada en cuanto a la agonía que sentía pero, psicológicamente, el replegarse sobre sí misma como aquellos insectos que se convierten en una minúscula bola cuando son atacados parecía ayudar un poco. Sólo un poco.
Después de sostener el hechizo durante varios minutos que le parecieron una eternidad, Iliana hizo una pausa para recuperar el aliento. Bajó la varita con mano trémula -en realidad, toda ella temblaba violentamente- y preguntó, entre jadeos:
—¿No… no se han abierto aún?
Snape, con la expresión más consternada que ella le había visto jamás, negó con la cabeza.
—Sandra, escúchame. Esto es una locura, debes parar ahora mismo.
—No —replicó ella—, lo que necesito es algo que me obligue a mantener el hechizo aún cuando todo mi cuerpo me reclame que lo detenga, porque en estos momentos ya no puedo fiarme de mi fuerza de voluntad.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué piensas hacer?
Pero Iliana no contestó, se lanzó un conjuro para adherir la varita a su mano, otro que la mantuviese apuntando a los grilletes y, por último, otro más que le impediría pronunciar el finite incantatem que podría poner fin a su tortura.
—Merlín, te has vuelto completamente loca —murmuró Snape, horrorizado—. ¡Para ya, Sandra, no sabes lo que haces! No entiendes que…
El hechizo contra los grilletes fue acompañado del prolongado grito de agonía de Iliana, que esa vez no consiguió retenerlo en su garganta. Se retorció en el sitio, contrayendo los músculos en un intento por aplacar el dolor, por suavizarlo de alguna manera, pero fue inútil. Inclinada hacia delante, con la frente tocando el sucio suelo de piedra, los alaridos se fueron haciendo cada vez más roncos, más desgarrados, a medida que su garganta se iba irritando por el esfuerzo. Sin embargo, el brazo seguía elevado, apuntando implacable a los grilletes que retenían al hombre, manteniendo su tormento aún a pesar de su deseo de parar y de todos sus agónicos intentos por deshacer los conjuros y acabar con aquello de una vez.
OoOoOoO
Seis minutos más hubieron de pasar hasta que Snape notó por primera vez que los grilletes cedían un poco y empezó a tirar con fuerza de ellos, pero todavía no era suficiente. Miró a Iliana con una preocupación febril; estaba seguro de que no sobreviviría, era imposible. Sin embargo, el hechizo se mantuvo aún varios minutos más, durante los cuales él no dejó de forcejear hasta que, a un mismo tiempo, las piezas metálicas se abrieron de golpe y la joven se desplomó en el suelo, el brazo inerte al lado del cuerpo y la varita rodando por el suelo, libre al fin del hechizo que la sujetaba.
Snape se abalanzó sobre ella, seguro de encontrarla muerta, y la sujetó entre sus brazos con fuerza. Un gemido de alivio escapó de sus labios cuando se dio cuenta de que, aunque apenas, aún vivía. Agarró la varita y conjuró hechizos de primeros auxilios sobre el cuerpo caído, esperando que fueran suficiente hasta que abandonaran la fortaleza. Se puso en pie con la joven en brazos y subió las escaleras que daban al pasillo, algo tambaleante. Por más que hubiera hecho ejercicio y le lanzaran un conjuro revitalizante, la cuestión seguía siendo la misma: había pasado más de tres años encadenado, manteniendo siempre la misma posición, y si ya le costaba andar por sí mismo, cargar además el peso de otra persona le resultaba un esfuerzo considerable. Pero eso no lo detuvo. Nada le impediría seguir adelante. Tenía que hacerlo por ella, la mujer que había estado dispuesta a dar su vida por él de la forma más horrible. Se lo debía.
Cuando llegó arriba, el carcelero le cedió el paso dócilmente y una exclamación de asombro le dio la bienvenida.
—¡Iliana! —Hermione salió de debajo de la capa y se acercó a ellos corriendo—. ¿Qué ha ocu…? —Cuando miró al prisionero de cerca, ni la crecida barba, ni el pelo larguísimo, ni las mejillas hundidas pudieron evitar que reconociese de inmediato aquellos fríos ojos negros. La chica se llevó una mano al pecho como si la hubieran golpeado—. ¡Profesor! ¡No… no es posible!
—¿Profesor? —repitió Neville, sin comprender, pero al dar un paso adelante se dio cuenta de quién era aquel hombre demacrado, sucio y con una barba larga y desaliñada—. ¡Snape! ¡Está vivo!
—Tan perspicaz como siempre, Longbottom —replicó el aludido, que no estaba de humor para obviedades.
Sin embargo, una rápida ojeada al chico le hizo comprender que él tampoco había estado pasando unas vacaciones en el paraíso y sintió cierta afinidad con él. El muchacho nervioso y torpe que había sido su alumno resultaba casi irreconocible en el cuerpo de aquel hombre de rostro atormentado. Su estancia en el harén masculino había dejado huella en él y su mirada reflejaba todo aquel sufrimiento. Snape miró entonces a Hermione y vio idénticos cambios en ella. Ya era toda una mujer, y una mujer hermosa, pero su rostro contenía todo el dolor y todas las desgracias vividas. No había duda de que todos habían perdido mucho por el camino, pero eran los supervivientes de un mundo que se había vuelto aterrador y la lucha todavía no había terminado.
—En marcha, no podemos perder tiempo —los apremió.
—¿Qué le ha pasado a Iliana? —preguntó Hermione—. ¿Está… está muerta?
—Aún vive, pero por poco.
—Merlín, sabía que ocurría algo malo al ver que tardaba tanto en salir, y luego cuando el carcelero se encontró libre de su imperius y tuve que conjurarle yo otro…
—Ahora no tenemos tiempo para explicaciones, Granger, ¿cuál era el plan de Sandra?
—Pues… insistió mucho en que usted se escondiese bajo la capa invisible, ahora entiendo por qué, claro, y nosotros tres seríamos conducidos por Mulciber hasta la salida secreta.
—¿Qué salida es esa?
—La de la Sala de los Menesteres —contestó Neville—, creemos que todavía puede contener el pasadizo que se abrió durante el año que usted fue director en Hogwarts y que llevaba a Cabeza de Puerco.
—¿Creéis? —dijo el hombre, frunciendo el ceño—. Eso no da muchas garantías, ¿verdad?
—No hemos podido comprobarlo —se defendió Hermione—. Ninguno de nosotros ha ido nunca a la séptima planta y no sabemos qué hay allí ni qué ha cambiado desde que los mortífagos ocupan el castillo.
—Está bien, tendremos que conformarnos con ese "creemos". A Sandra la llevaré yo. Pásanos la capa por encima.
Para que la capa les cubriera mejor, se puso el cuerpo de la joven sobre el hombro, doblada sobre sí misma, en vez de llevarla en brazos. Hermione tendió la prenda sobre ellos y torció el gesto.
—Tendrá que agacharse un poco, profesor, se le ven los pies.
Con esfuerzo, el hombre se agachó hasta quedar completamente cubierto. Caminar así iba a ser aún más difícil.
—Coge la varita del carcelero, borra su memoria y larguémonos de aquí —dijo, desde debajo de la capa.
La chica obedeció y se pusieron en marcha de inmediato: Mulciber, liderando en apariencia la comitiva; Neville y Hermione, siguiéndole muy de cerca; y, por último, bajo la capa, Snape llevando en brazos a Iliana.
