Por fin! Disfrutenlo!


Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la trama me la regalo una divinidad que habita en mi mente y la llamo MUSA.


Capitulo 10

Dolor de madre

Los preparativos para el funeral de su Alteza Jasper estaban terminados. Esa misma noche velarían el cadáver, por la mañana serian las misas funerarias y al ocaso le sepultarían. Desde luego el pueblo estaba consternado y aterrado por la muerte de su príncipe y la desaparición de su princesa. Todos temían lo que pasaría cuando los reinos que habían ambicionado sus tierras desde muchos siglos atrás, se enteraran de que se habían quedado sin heredero.

El rey no Edgard no tenía cabeza en ese momento para pensar en el futuro de su reino, su mente era obnubilada por el dolor de ver el cuerpo inerte de su hijo, dentro de aquel féretro. Su hijo estaba muerto, no había conocido dolor más grande que aquel.

Suzanne por su parte lloraba silenciosamente, pero no por aquel cadáver que se encontraba en el salón, sino por su hijo, el hijo que ella sabia se encontraba en el bosque, a merced de una malvada hechicera que no tenia compasión no siquiera por un niño, mucho menos por un hombre adulto como Jasper.

Durante los últimos días, aquel recuerdo de su infancia, que luchaba siempre por suprimir, había estado molestándola constantemente. Repitiendo la escena una y otra vez por más que intentara desterrar esa idea de su mente. Y el terror que le ocasionaba esa escena era reforzado por el pensamiento: "Si eso fue capaz de hacerle a un niño indefenso, ¿Qué cosas será capaz de hacerle a un hombre adulto, fuerte y capaz de defenderse?"

A eso le seguía una sensación de pánico que la hacía llorar quedamente por horas y horas. Luego le venía a la mente su hija y su nuera, ambas muchachas valientes e impredecibles. ¿Qué les haría a ellas? Deseaba con todo su corazón que pudieran defenderse. Y lograran su propósito.

Se encontraba sentada junto a la puerta de su balcón, mirando al cielo. A aquella estrella, acompañante del reino desde siglos remotos, pero que ahora parecía extinguirse de a poco, logrando que el corazón de la soberana se entristeciera aun mas, ella sabía lo que significaba, pero deseaba un día asomarse y que aquella estrella hubiera recuperado todo su brillo y esplendor, como despertando de una pesadilla.

Suspiro lastimeramente. ¡Qué difícil resultaba fingir que sufría por la muerte de un hijo, cuando realmente estaba angustiada por la integridad de dos! Parecía como si fuesen dos pesadillas juntas. Una, el quedarse allí, esperando que sus hijos estén bien y que puedan defenderse de la bruja. Esperar y rezar porque su hijo no fuera afectado por aquel faro embrujado, y resistiera todo y porque su hija fuera lo suficientemente fuerte para defenderse de la bruja, rescatar a su marido y a su hermano. Y tener ella la fortaleza de esperar a que ellos regresaran y que regresaran con bien.

La otra pesadilla era la que se vivía en el gran salón del palacio, donde los preparativos para el funeral de su hijo mayor, estaban casi terminados. Ella misma lucia ahora un vestido de luto que la hacía sentir deprimida por el solo hecho de verlo. Sentada en el balcón, como casi todos los días desde que llegasen tan nefastas noticias. Veía ir y venir a las doncellas y los criados una y otra vez, terminando todo.

Aquello le agobiaba. Estaba viviendo dos cosas diferentes al mismo tiempo, porque, a pesar de saber que su hijo se encontraba vivo, no podría saber si estaba a salvo, la ausencia de su hijo en el castillo, le hacía creer más fácilmente la posibilidad de que él estuviese muerto.

Al mismo tiempo era la incertidumbre de saber si sus hijos se encontraban a salvo, de saber si volvería a abrazarlos, si volvería a verles, si volvería a estar con ellos…

Suzanne no era tonta, ella sabía la cantidad de peligro a la que se enfrentarían en ese viaje. Pero no podía hacer nada más. Si no tuviera que cumplir con sus deberes de reina y velar por su pueblo en esos momentos de crisis, ella misma ya hubiese entrado en el bosque a enfrentar a la hechicera, aunque eso significara la muerte para ella. Prefería morir a dejar que su hijo siguiese prisionero, en garras de aquella bruja, a merced de su voluntad.

Miro al cielo y clavo sus ojos en esa estrella que cada vez se veía menos. No podía evitarlo, lo único que le quedaba a ella en esos momentos era vigilar el futuro de sus hijos a través de aquel astro.

Escuchó unos pasos a sus espaldas, aproximarse a ella, pero no se molesto en voltear. Pronto un par de fuertes brazos rodearon su cintura. Se encontró con los ojos azulísimos de su esposo, compañero del alma y amor de su vida.

Pero ella se encontraba muy ofendida, porque le conto el más grande secreto de su vida y él no le creyó. La trato de loca y llamo al médico de la corte a quien, dicho sea de paso, tuvo que inventarle mil cosas para justificar sus "incoherencias". De acuerdo, aquello era algo complicado de creer, algo imposible de asimilar, algo difícil de comprobar. Pero era la pura verdad y él creyó que había enloquecido y ni siquiera la escucho realmente.

Aunque quizá llegaba el momento de hablar. Llevaban días sin hablarse y eso, más que estúpido, era insoportable. No soportaba estar peleada con él. Aunque el hecho de que él siguiera empeñado en no escucharla no ayudaba demasiado.

— Mi amor, ya está todo listo, debemos bajar—dijo con un tono de pesar en la voz tal, que a ella se le encogió el corazón y un escalofrío le recorrió su espalda. Debían bajar. ¿Bajar a qué? ¿A fingirse destrozada por la muerte de su hijo? Ella sabía de sobra que muchos miembros de la corte real esperaban verle llorando por primera vez en público. El hecho de ser una mujer reacia, de "corazón de piedra" según muchos, la hacía constantemente objeto de las malas lenguas. Se había enterado el día anterior que entre la corte habían corrido las apuestas a favor y en contra de verla derramar lagrimas a ella en ese momento. Muchos pensaban que, al ser sus hijos las únicas personas a quienes de verdad amaba, serian los únicos a quienes les llorarían. Otros decían que jamás la habían visto derramar una lágrima, ni siquiera a la muerte de sus padres, así que dudaban mucho que derramara alguna en el funeral de su hijo.

Por supuesto que todo aquello era la imagen que daba al público. Cuando sus padres habían muerto, ella había llorado horas y horas antes del evento, hasta tener la sensación de que se le habían secado los ojos.

Claro que esto era distinto. Estos días, desde la noticia de la muerte de su hijo y al confirmar sus sospechas cuando vio a las tres princesas partir, no había llorado tanto. Más bien había refrenado todo el tiempo sus deseos de correr al bosque y ella misma asesinar a la hechicera.

— No quiero—dijo ella, ausente pero firme.

— Mujer—dijo Edgard confundido. Suzanne se estaba negando a presentarse al funeral de su hijo. Eso era completamente extraño—, no puedes quedarte aquí. Es el sepelio de nuestro hijo

— No—dijo ella.

— Suzanne— Edgard intento mostrarse tranquilo, pero todo esto también le partía el alma en dos y el temblor en su voz lo delataba—. Por favor, no puedes quedarte aquí. Debemos despedir a nuestro hijo.

— No es nuestro hijo—dijo Suzanne aun ausente—, es una mentira, una ilusión, una farsa bien armada para que lo creamos muerto, pero no caeré, yo no.

— Suzanne, ¿sigues con eso? —pregunto Edgard, su mujer no se había movido un solo milímetro del balcón ni le había dirigido la palabra después de lo ocurrido aquella noche.

— Y seguiré. Conozco la verdad y no bajare a fingirme afligida por mi hijo, cuando me carcomen estas ansias de asesinar a la hechicera yo misma, y simplemente tengo que sentarme aquí esperando, esperando a que regresen, aun con la posibilidad de que nunca lo hagan, esperando a que regresen y no hacer nada por mis hijos— la voz de la soberana había pasado de ser un suave murmullo a un grito histérico. Ella salió de su ausentismo solo para mirarle. En sus ojos destellaba una chispa hasta entonces desconocida por su cónyuge un brillo enardecido, perturbador y que en ese momento clasifico como ira.

— Realmente estas convencida de aquello que me contaste ¿no? — pregunto el rey.

— Edgard, tú no me crees y eres la única persona a quien le había contado mi secreto. He guardado muchos años completamente para mí los cientos de momentos buenos y malos que viví en aquel bosque fantástico, deseando contárselo a alguien. Cuando por fin rompo mi silencio y se lo cuento a la persona más importante de mi vida, se ríe de mí, me tacha de loca y llama al médico al cual le debo inventar como veinte mil excusas para que me deje en paz. ¿Cómo crees que se siente eso? —la soberana ya no soportaba esa angustia en su pecho, ese dolor que le ocasionaba toda la situación. La angustia ante la incertidumbre.

— Suzanne, debes entender que para mí esto resulta demasiado difícil. Tanto el asimilar y aceptar lo que me estás diciendo, como el hecho de que allá abajo tenemos el cuerpo de nuestro hijo, inerte y sin vida.

— Te comprendo, te comprendo perfectamente, pero ¿Quién me entiende a mí? ¿Quién comprende por lo que yo estoy pasando? ¿Quién comprende que estoy viviendo dos realidades muy distintas? Una, la que está allí abajo, con forma de cadáver, que me destroza completamente por ser una posibilidad. La otra se encuentra en un bosque oculto, la mitad, atrapada en un faro hechizado para hacerle olvidar toda su vida, la otra mitad, de camino a salvarle, aun cuando cabe una enorme posibilidad de que muera en el intento. Y todo se vuelve dos pesadillas unidas en una sola. Y yo quisiera salir de aquí corriendo y encargarme de la situación, pero estoy atada de manos y atrapada, destinada a no poder hacer nada de nada.

La angustia y el sufrimiento de la reina salían a borbotones de sus labios, en forma de palabras y sollozos, demostrando toda la angustia que vivía ella como madre. Sufría y sufría mucho al no saber qué pasaría. Y hasta ese momento nadie lo había notado. Ella, que parecía tan distante, tan fría y sin corazón, estaba siendo torturada por dentro en carne viva.

Edgard por su parte, comenzó a convencerse de las palabras de su reina, pero había un problema ahí. Si solo permitía entrar mujeres y niños, no cabía ninguna posibilidad de ir en la búsqueda de sus hijos.

Una parte de su cerrada mentalidad analista, aun se negaba a creer aquello. "Es una locura" pensaba "una tontería, no es natural. Solo es un cuento de hadas" pero poco a poco, la convicción de su esposa quien estaba ciento por ciento segura de lo que decía, iba ganando a la razón dejando que aquello en lo que en una situación más normal, jamás hubiese creído, formara parte de su realidad. Pero aun no, no debía sacar conclusiones apresuradas. Además los esperaban abajo.

— Suzanne… —dijo calmadamente—. Podremos discutir eso después y me contaras todo, pero ahora debemos bajar.

Ella asintió de mala gana y se encaminaron al salón.

El evento transcurrió sin mayores acontecimientos. No hubo nadie que llorara al príncipe, si bien todos se encontraban muy consternados por lo acontecido, no había nadie que fuera tan cercano al príncipe como para tener deseos de llorarle. Suzanne mantuvo su fachada perfecta de mujer dura ante todos, aunque uno que otro observador se percato de dos silenciosas lagrimas que se deslizaron por sus mejillas aun con esa expresión fría. Edgard, por más deseos que tuviera de llorar, pues aun no estaba cien por ciento convencido de aquella realidad, él no debía llorar. No es de un caballero llorar, y no lo hizo.

La viuda del difunto estaba ausente, hasta donde sabían, perdida, seguramente con la princesa Rosalie y la princesa Bella. Así que no hubo lágrimas para aquel difunto.

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No muy lejos de allí. En el vecino reino de Gardenia, los reyes Carlisle y Esme también despedían a sus hijos. El gran salón estaba lleno de miembros de la corte y gente de la más alta sociedad de los reinos amigos. Pero nadie sufría tanto como esa soberana de cabello caramelo y mirada dulce, ataviada en un vestido negro muy fino, pero muy sombrío por lo que representaba. Luto, muerte, soledad.

Esme no se había movido un solo centímetro de al lado de los féretros desde dos días atrás que habían llegado. Apenas dormía, apenas comía. El día se le iba en llorar, llorar a mares. Como si nunca fuera a dejar de hacerlo, aunque a veces parecía quedarse seca, pronto las lágrimas volvían a fluir como cascadas, bañando todo su rostro.

Carlisle solo mirada consternado. No podía evitarlo, odiaba verla sufrir, pero ¿qué podía hacer él ahora que se encontraba igual de destrozado? ¿Qué podía hacer él si ninguna palabra de consuelo podría servir en ese momento? No era como cuando Emmett pasó dos semanas enfermo de neumonía y parecía que no iba a sobrevivir. Ahora realmente estaba muerto. Y no solo Emmett, sino también Edward. Sus dos hijos estaban muertos, yacían inertes en ese féretro, sin vida.

Las lágrimas de Esme parecían no tener fin. No lo podía evitar, sus hijos, sus pequeños hijos. Esto parecía una pesadilla, una de esas pesadillas tan reales que son casi palpables y que destrozan el corazón y ocupan la mente aun después de despertar en la realidad. Lo peor de todo es que no era una pesadilla, era real, no iban a despertar en medio de lágrimas, gritos y sollozos. Nunca iban a despertar, por más que lo desearan, porque esta era la realidad.

Las horas se pasaron entre condolencias de todos los miembros de la corte y silencio, llenado únicamente por los gemidos lastimeros de Esme.

Poco a poco las personas se comenzaron a retirar, hasta que en el salón solo quedaban Esme y Carlisle. Ella había decidido quedarse toda la noche allí. No se alejaría un solo centímetro de sus hijos, hasta que su cuerpo descansara bajo tierra y su alma en el cielo.

— Amor—dijo Carlisle—. Debes ir a descansar.

— No—negó con la cabeza, su voz, un suspiro apenas audible.

— Mi vida, por favor, no quiero que te enfermes. No quiero perderte a ti también.

— No— volvió a decir Esme—. Quiero quedarme con ellos, hasta que descansen, hasta que hayan cruzado el portal hacia el otro mundo. Yo no me moveré de su lado.

— De acuerdo Esme—dijo el rey, no muy de acuerdo. Pero no podría separarla en ese momento de sus hijos, eso lo sabía.

La noche cayó pesadamente en el reino de Gardenia, creando en los habitantes un ambiente de confusión y en los moradores del castillo, perturbación y miedo.

A los quince minutos pasados de la media noche, Esme y Carlisle dormitaban incómodos. Él en un sillón muy pequeño, y ella en una silla junto a los féretros, recargada contra la madera de caoba del ataúd.

Esme despertó por el ruido de unos pasos en el salón. Se incorporo a medias y sus ojos buscaron al intruso.

Pronto vio a un niño; Nahuel, el hijo de la doncella Mary. Le sonrió, y él se asomo al féretro de Emmett. Esme se pregunto que buscaría. Los ojitos del niño iban y venían por lo que había dentro de la caja de madera y esto le consternó mas a la soberana.

Finalmente Nahuel clavó sus ojos en ella y abrió la boca queriendo hablar, pero la cerro inmediatamente.

— ¿Qué ocurre pequeño? —preguntó la reina, mostrando la sonrisa más dulce que su estado anímico le permitía. Nahuel, cuya edad era de dos años y medio, se llevo un dedo a la boca y señalo el féretro con la otra mano. Esme no comprendió ese gesto y camino los pocos pasos que había desde la caja de Edward, hasta la de Emmett. No vio nada especial, solo el cuerpo inmóvil de su hijo mayor. Miro al niño con la interrogación en los ojos— ¿Qué pasa?

— No es el príncipe—aseguro el pequeño con una dicción lo más clara posible a su edad, y quizá un poco más clara que la de los niños de dos años.

— ¿Qué dices? —pregunto.

— No es el príncipe—volvió a decir el niño. Luego agrego—. El príncipe no está allí.

— ¿Qué cosa? —volvió a preguntar Esme, cada vez mas consternada. Si ella veía adentro del féretro, solo veía el cuerpo de su hijo, tal cual era Emmett. Pero el niño estaba viendo algo más.

— Si, no es el príncipe. El príncipe no es él. Ni siquiera es un cuerpo. Es una mentira.

— ¿Qué dices pequeño explícate? —pregunto Esme más interesada por lo que decía.

— Esto no es un príncipe. Esto no es una persona, es un hechizo—dijo el niño.

— ¿Un hechizo? —pregunto Esme, pensando que el niño imaginaba cosas.

— Si. La señora Makenna nos conto historias de una bruja mala que hace estas cosas y es verdad, aquí esta.

— ¿Una… bruja… mala? — Esme se vio interesada de repente por esto, pues nunca había oído tales historias, ni siquiera en su infancia. Y, de algún modo, lo que decía el niño se colaba por su corazón como un resquicio de esperanza.

— Si, una bruja mala que roba príncipes y los encierra en un bosque secreto y después envía unas copias de ellos a los reinos haciéndolos parecer muertos.

Entonces Esme rio por primera vez en todos esos días. Si, ella también había oído la leyenda de la bruja María que secuestraba a los nobles y príncipes de los reinos cuando la desairaban. Era increíble como la imaginación hacia ese tipo de cosas podía disparar en un niño especulaciones.

La mirada penetrante del pequeño capto su atención. Él bajo la mirada y la clavo de nuevo en el rostro de Emmett. Esme observo con detenimiento el rostro de su hijo, pero no encontró nada diferente además de la extrema palidez, pero eso era natural en un cadáver.

Nahuel miraba penetrantemente la mano del príncipe y la mirada de Esme cayó en ese lugar y por un momento le pareció extraño, pero el sueño la vencía y no presto atención.

Se escucho venir desde afuera un grito preocupado. Era Mary que buscaba a su hijo. Nahuel levanto la mirada y salió corriendo de ahí sin decir nada más.

Esme siguió mirando la mano derecha de su hijo y le pareció ver algo inusual allí. Había algo, un especie de pedazo de… de… ¿piedra morada? Llevo su dedo hasta el dorso de la mano, que reposaba sobre el pecho del príncipe y toco la superficie de la piel. Si, era exactamente igual a la piel, excepto porque era fría. El fino dedo de la reina recorrió todo el dorso de la mano, hasta que topo con algo que no pertenecía allí. Miro fijamente la piel del príncipe y se dio cuenta de que había allí un pedazo de amatista. Pero no parecía que estuviera incrustado, sino que surgía de la piel, como si perteneciera a ella. Esme se quedo consternada, mirando la piel. Hasta que el sueño fue más y se sentó en una silla para descansar un poco. Pronto cayo rendida a los brazos de Morfeo, pero en su mente aun se presentaba aquel enigma.

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María observaba desde su cueva a las tres princesas. Ellas cabalgaban al Este. No podía dejarlas llegar más lejos, no podía. Todo se echaría a perder.

Dio mil y un vueltas al problema en su cabeza y de pronto se le ocurrió una idea magnifica. Muy sencilla y muy efectiva. Con un conjuro, abrió un pequeño portal hacia la parte del bosque donde se encontraban las princesas y camino hacia el interior de la cueva. Se cubrió el cabello con un hechizo que lo sujeto con una manta de color negro.

Llego a una jaula en la que se veían muchos ojos amarillo fosforescentes, amontonados. Abrió la reja y de allí salió un enjambre de criaturas volando, que atravesaron el portal directamente y se perdieron por ahí.

María cerró el portal con una sonrisa de satisfacción en el rostro y se dedico a observar.

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Las tres princesas y la hechicera cabalgaban a través del bosque, con un poco de miedo en los corazones. Natasha detuvo su andar y miro a todos lados. Las tres princesas hicieron lo mismo. Un zumbido se escuchaba surcar el cielo en dirección a ellas. Se quedaron quietas. Rosalie tenía una mano en el mango de la espada, cuando…

Llego a ellas como una nube de gris y café pardo, y las cubrió completamente, tan repentinamente que no les dio tiempo a defenderse. Los caballos relincharon violentamente y comenzaron a correr de nuevo, pero rodeados de aquellas criaturas.

— ¿Qué son estos? —gritaba Bella sintiendo tirones en su ropa y cabello.

— ¡Kiwtchis! —se escucho la voz de Natasha. Alice enfoco la vista en uno de ellos. Era la criatura más extraña que había visto en todos esos días. Un animal con cabeza y pico de pájaro, unas patas con dedos tan cortos que bien podrían no tener, pero con unas uñas larguísimas. La cola larga y tenía unas alas de murciélago. Cubiertos completamente de plumas de colores cafés y grises. El animal abrió su pico y se encontró con cuatro pares de poderosos dientes. Eso no era natural.

— ¿Qué hacemos? —grito Alice.

— Quítenselos de encima— dijo Natasha.

Pero de pronto se escucho un ruido parecido a un chillido combinado con un zumbido y todas las criaturas desaparecieron.

Bella miro a Rosalie y a Natasha, pero, ¿Dónde estaba Alice?

— ¡Ayuda! —grito La pequeña princesa y pronto la miraron. Todas las criaturas se habían arremolinado contra la pequeña princesa. Ella intentaba apartárselos a manotazos para alcanzar la daga en su cintura, pero no lo lograba.

— ¿Qué hacemos? —grito Bella desesperada. Los relinchos histéricos del caballo acentuaban el terror del momento.

— Tu cabello—-grito de pronto Natasha—. Quieren tu cabello.

— ¡¿Qué?! —gritaron a coro las princesas.

— Se alimentan de cabello—dijo Natasha. En un momento los animales se alejaron de Alice, pero se quedaron volando a su alrededor. Bella, Rose y Natasha vieron la razón. Alice había alcanzado la daga de su cinturón y ahora la sostenía en alto. Miro a su hermana con una cara de sufrimiento que Bella solo atino a pensar que se la iba a encajar.

Alice tomo su trenza y en un movimiento rápido e impensable corto su largo cabello, dejándoselo únicamente hasta la barbilla. Lanzo toda su cabellera lo más lejos que pudo y aquellos animales siguieron el cabello, emitiendo aquel sonido extraño que hacían.

Alice agito las riendas y alcanzo a las demás.

— ¡Alice! —dijo Bella en un suspiro.

— Ya se acabo—dijo Alice tocándose lo que le había quedado de cabello. Sus ojos estaban aguados.

— ¿Por qué atacaron a Alice así? —pregunto Rosalie.

— Por el color de su cabello. Prefieren el cabello oscuro, entre más oscuro, mejor para ellos.

— Mi cabello—gimió Alice, llevando ambas manos a su nuca, allí donde terminaba el poco cabello que le había quedado.

— Ya Alice, tranquila—dijo Bella.

— Pero, Bella, ¡me quedo de varón! —dijo Alice histérica.

— Alice te ves muy bien de todas formas—dijo Rosalie.

— Además es mas cómodo—dijo Natasha, todos la miraron—. Lo he llevado corto algunas veces.

Y acto seguido, la hechicera pronuncio algunas palabras ininteligibles y el cabello que llevaba hasta la cintura, cayo, dejándolo hasta los hombros. Alice sonrió.

— ¿No puedes…? —preguntó.

— No, si pudiera lo haría, pero solo tengo poder para cortarlo de vez en cuando, nunca he podido hacerlo crecer, al menos no desde que hice las entradas al bosque— el dejo de melancolía en la voz de la hechicera, dejaba ver que no se arrepentía de haberlo hecho, pero a veces añoraba sus poderes.

— Igual—dijo Alice—. Ya no importa—se seco las lagrimas y tomo las riendas del caballo—. Ahora importan nuestros esposos.

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María observo su plan venirse abajo, con una gran mueca en el rostro. ¿Cómo rayos iba a hacer para deshacerse de ellas? No podía creerlo, era el plan más sencillo. Los Kiwtchis, les encanta el cabello, tanto que terminaban arrancando el cabello y la piel de la cabeza a sus víctimas. ¿Cómo había fallado? Claro, la chica se lo corto y ellos felices de la vida de no tener que emplear garras ni dientes.

Debía pensar en algo mejor, pero que, pero que…

— Desde aquí nos separamos—se escucho la voz de Rosalie, que parecía venir de un sueño lejano, pero venia de su observador. María se acerco interesada en la conversación de las cuatro.

— Les deseo mucha suerte—decía Alice.

— Igualmente— decía Bella.

Con que se iban a separar. Eso no lo había llegado a imaginar. Era interesante. La mente de María corría como loca en las miles y miles de posibilidades. La decisión estaba tomada, las atacaría por separado.

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— A partir de aquí no sigo—dijo la hechicera con una nota de perturbación en la voz—. De adentrarme más, me quedaría sin poderes.

— Entonces—dijo Rosalie—, desde aquí nos separamos—no era una pregunta, era una afirmación.

— Les deseo mucha suerte—decía Alice, ya preparada para irse. Necesitaba ver a Jasper, necesitaba verlo ahora más que nunca.

— Igualmente—dijo Bella, mirando alternadamente a su hermanita y hacia el norte, donde sabía que estaba su esposo. Alice también miraba a su hermana y amigas y al sur, hacia Jasper. Rosalie miraba al este, hasta Emmett.

— Nos vemos— dijo Bella, comenzando a alejarse.

— Esperen—dijo Natasha—. Rosalie, la flor Llama Viva puede ser destruirá con esto—saco de su vestido un frasco del tamaño de uno de perfume y se lo entregó—. Es veneno de quimera, me parece que será suficiente para ayudar a salir a Emmett del claro.

Rosalie observo con detenimiento el frasquito y sonrió. Se lo guardo.

— Adelante, todas pueden lograrlo. Solo recuerden que no pueden fiarse de todo lo que sus sentidos les digan, pues podrían engañarlas. Sean firmes en su amor y todo lo lograran.

— Nos veremos pronto—dijeron as tres al mismo tiempo y, no sin cierta renuencia, comenzaron a cabalgar. Bella hacia el norte, a la Cueva de la Soledad; Rosalie hacia el este, hacia el Claro de la Flor de Fuego; y Alice hacia el norte, hacia el Faro de la Locura y el Olvido.

Natasha se quedo allí mirándolas partir y dijo, tanto para sí como para María, pues sabía que las observaba:

— Te has encontrado con la horma de tu zapato, María.

Las princesas cabalgaron velozmente a través de la espesura. La verdadera prueba, había comenzado.


¡Hola! Ya les habia avisado que iba a tardar. De igual forma una disculpa. Desenme suerte, mañana Miercoles 3 de Octubre compito en la Olimpiada Nacional de Filosofia "Jose Vasconcelos" Etapa de Subsistema, necesito ganar!

Bueno el capitulo: Este capi es un poco corto para mi gusto, pero es una introduccion a lo que vendra en los siguientes. Para empezar vimos un poco de la situacion en que se encuentras ambas madres. Esme aun no esta segura, pero la semilla de la sospecha ya esta sembrada :D Y María, esa bruja como la odio! Alice se ha cortado su cabello, pero debia salvar la vida! Ya veremos que ocurre despues. Y María ha decidido atacarlas po separado. Asi que vamonos con un final a lo suerheroe: ¿Lograra maría evitar que las princesas lleguen a sus esposos? ¿Alice llegara a tiempo con Jasper? ¿Que tiene planeado la hechicera contra las tres princesas? ¿Lograran rescatar a sus amores?

Bueno un beso y nos leemos pronto. El siguiente capitulo de Amor de Pelicula esta en proceso.

Les agradeceria de todo corazon un lindo review para que mi historia pueda crecer grande y fuerte.

Klau :D