·.·´¯`·.·• ƸӜƷ Atrapando Solteros ƸӜƷ •·.·´¯`·.·•

Darien se detuvo al ver que W. Malachite Metelia y Serena estaban hablando en el vestíbulo. —Bienvenida a El Epicúreo —estaba diciendo Malachite—. Ah, señor Chiba... esta jovencita sabe negociar. Debería haberme advertido. Serena sonrió.

—Darien me ha enseñado a hacerlo.

—Felicidades —dijo él, incapaz de sonreír.

—Gracias. Te lo debo a ti.

— ¿Por qué no vienes a Nueva York a pasar una semana? En lugar de volver a Saint Louis, quiero decir. Así podrás ver la redacción y yo podré presentarte al resto del personal —sugirió Malachite.

—¿Qué te parece, Darien?

Él, personalmente, detestaba la idea. ¿Quién la tranquilizaría cuando empezase a temer que un águila kamikaze se lanzara contra la ventanilla del avión?

—¿A mí? Esa es decisión tuya.

—Sí, claro. En fin, ¿por qué no?

—Estupendo —dijo Malachite—. Voy a reservar el boleto... en primera clase. Y esta noche podemos cenar juntos en El Chalé... es un restaurante francés que acaban de abrir en Manhattan. El chef es de Provenza.

Serena sonrió. O, al menos, intentó sonreír.

—En Provenza tienen uno de los mejores vinos del mundo.

—Y los mejores chefs. Ya verás cuando pruebes sus hojaldres. Te garantizo que te enamorarás —dijo W. Malachite Metelia, antes de despedirse.

Darien se dio cuenta entonces de que no quería que Serena Tsukino se enamorase de nadie. No hasta que pudiera examinar sus sentimientos, oxidados por falta de uso.

Le gustaba Serena, le gustaba mucho. Sentía ternura por ella y la deseaba como no había deseado a ninguna otra mujer. Pero, ¿podía estar enamorado de ella? ¿Podía arriesgarse a decírselo antes de estar seguro?

La respuesta a esa pregunta era tan fácil como dolorosa. No. Tenía que dejarla ir. No permitiría que nada, y menos él mismo, estorbase la consecución de sus sueños.

Entonces sonó una campanita.

—Tengo que irme. Va a empezar el concurso.

—Buena suerte —dijo Darien, con un nudo en la garganta.

—¿No vienes conmigo?

—Ya no me necesitas. Además, tengo que guardar mis cosas... el avión sale a las tres.

—Ah, claro —murmuró ella, sin mirarlo—. Bueno, tengo que irme.

—¡Serena! —la llamó Darien cuando se dio la vuelta. Quería ver aquellos ojos azules por última vez.

—¿Sí?

—Espero que tus sueños se hagan realidad.

Ella sonrió.

—Eso espero, Darien.

XOXOXO

Dos semanas más tarde, Darien seguía viendo esa sonrisa cada vez que cerraba los ojos.

—Era lo mejor —dijo Nick, levantando una barra de cincuenta kilos.

—¿Tú crees? —preguntó Darien, secándose el sudor de la frente. Después de dos semanas, su vida había vuelto a la normalidad. O eso se decía a sí mismo.

Nick y él quedaban todos los jueves en el gimnasio para entrenar. Tiff Atherton, el propietario, era un antiguo compañero de entrenamiento suyo... y un tipo que daba miedo. Pero no tanto como su esposa. Por eso Tiff mantenía la prohibición para las mujeres en su gimnasio.

—Estoy seguro —dijo Nick—. Serena Tsukino no era mujer para ti.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Es guapa, ¿no?

—Mucho —contestó Darien.

—Error número uno. ¿No has oído esa canción que dice que no debes casarte con una mujer guapa?

—Lo dirás de broma, ¿no?

—Yo creo que es para pensárselo. Además, que sea guapa no es lo único malo.

—¿Qué más?

—No tiene palabra. Había prometido hacerle una crítica al Café Romeo, pero no ha pasado por allí.

—La hará —dijo Darien.

—Para entonces dará igual lo que diga, Darien — suspiró Nick—. El Café Romeo no va aguantar mucho más. La competencia en esta ciudad es enorme. Está llena de cafés.

Darien no necesitaba que su hermano le contara del problema porque lo conocía perfectamente. Pero una crítica favorable en el Saint Louis Post ayudaría mucho. Sin embargo, el periódico sólo publicaba antiguas columnas de Serena, seguramente porque todavía no había vuelto de Nueva York.

—Quizá debería llamarla.

—De eso nada —dijo su hermano—. El Café Romeo no la necesita y tú menos. Ya buscaremos la forma de salvar el negocio de tía Luna.

—¿Qué tienes contra Serena? Ni siquiera la conoces.

—Fui a buscarte al aeropuerto, ¿recuerdas? Casi no te reconocí. Y no parabas de hablar de ella. Puede que Serena Tsukino no sea la responsable de tus hematomas, pero sí de tu extraño comportamiento.

—Estás exagerando —suspiró Darien. Pero sabía que su hermano decía la verdad. Para Serena Tsukino, hacer carrera en Nueva York era lo más importante. Pero no podía dejar de pensar en ella; día y noche. Incluso había pensado aceptar la invitación de Melisa Alfa para salir a cenar. Aunque ninguna mujer podría compararse con Serena.

—Hazme un favor, Nick.

—Dime.

—Diga lo que diga tía Luna, no dejes que te prepare una cita.

Su hermano soltó una risotada.

—No te preocupes por mí. Yo no voy a caer en sus trampas. Y deja de lloriquear por esa mujer, Darien. No te merece.

—No estoy lloriqueando.

—¿Ah, no? Has ampliado la fotografía que aparece al lado de su columna y la tienes colgada en tu dormitorio.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque te espío. Para eso estamos los hermanos.

Darien decidió que era el momento de mostrarle para qué servían los hermanos.

—¿Qué tal un par de asaltos en el ring?

Nick sonrió.

—Ahora mismo.

XOXOXO

Dos semanas después de llegar a Nueva York, Malachite la llamó a su despacho.

—¿No te gusta vivir aquí. Serena? —le preguntó, mirándola por encima de sus bifocales.

—Me encanta Nueva York —contestó ella, mirando por la ventana. Las oficinas de El Epicúreo estaban en el piso dieciséis de un rascacielos en el centro de Manhattan—. Es una ciudad enorme, magnífica, llena de vida. Pero...

—Pero no te gusta vivir aquí.

Ella dejó escapar un suspiro.

—Si quiero trabajar en la revista, tengo que vivir aquí.

—Pero yo esperaba que te gustase Nueva York.

—Y me gusta. Lo que pasa es que Darien Chiba me gusta más. Malachite sonrió.

—¿Por eso llevas dos semanas en las nubes?

—¿En las nubes?

—Ayer, durante el almuerzo, te pusiste tomate frito en la ensalada.

—Bueno, puede que esté un poco distraída...

—Al menos ahora sé la razón. Me tenías preocupado. Pensé que no te gustaba tu trabajo.

—Me encanta mi trabajo. Es mucho mejor de lo que había imaginado.

Malachite había sido encantador con ella. No se metía en su trabajo e intentó entretenerla durante aquellas dos semanas; las dos semanas más largas de su vida. Pero el tiempo y la distancia no la hicieron olvidar a Darien. Todo lo contrario. Y Serena aprovechó la soledad de su hotel para decidir qué quería hacer con su vida.

Un día llamó a su madre. La excusa era contarle lo de su nuevo trabajo en El Epicúreo, pero acabó hablándole de Darien. Para su sorpresa, la doctora Tsukino le aconsejó que hiciera lo que le dictase el corazón. Y también sugirió que le encantaría tener nietos.

Serena sonrió, pensando que nietos era precisamente lo único que sus inteligentísimos hermanos no iban a darle por el momento. Y se le hizo un nudo en la garganta al imaginarse con un niño, el niño de Darien, en brazos.

Por supuesto, antes tendría que solucionar ciertos detalles, como, por ejemplo, convencer a Darien para que se casara con ella. Pero eso tenía que hacerlo en Saint Louis, no en Nueva York.

—El consejo de administración ha aprobado tu plan —dijo Malachite entonces, sosteniendo un bolígrafo de oro entre los dedos—. Como vas a tener que viajar por todo el país, da igual dónde vivas. Puedes enviar tu columna por correo electrónico y venir a Nueva York una vez cada tres meses para las reuniones.

—Suena maravilloso.

—Ah, por cierto, también han aprobado tu contrato —sonrió su jefe—. Eres una negociadora muy dura. Serena.

—Gracias.

Sólo esperaba que sus negociaciones con Darien tuvieran el mismo resultado. Tendría que encontrar las palabras adecuadas para convencerlo.

Afortunadamente, las palabras eran lo suyo.

XOXOXO

Una semana después, Darien entró en el Café Romeo... e inmediatamente volvió a salir para mirar el letrero de neón. O aquel sitio no era el Café Romeo o acababa de entrar en la zona desconocida.

No quedaba una sola mesa libre. Todas estaban ocupadas y en la barra había un montón de jóvenes que charlaban y reían mientras tomaban café.

Darien miró alrededor, incrédulo, y entonces vio a Seyia acercándose a la barra.

—¿Qué está pasando aquí?

El camarero se llevó una mano al corazón.

—Tengo palpitaciones. No puedo soportar tanto estrés.Me queda esto —dijo, juntando el índice y el pulgar— para sufrir un ataque de nervios.

—¿Dónde está mi tía?

Seyia se encogió de hombros.

—Probablemente habrá sido aplastada por la multitud. Y ahora se volverán contra mí porque nos hemos quedado sin pastel de chocolate. Por cierto, ¿nadie sabe que en este país se deja un veinte por ciento de propina? —siguió el camarero, ofendido—. En la última mesa me han dejado diez céntimos. ¡Diez céntimos! Como si uno no tuviera sentimientos. ¿Por qué no me patean el hígado, ya que están?

—Te estás poniendo histérico —suspiró Darien—. Por favor, no te lo tomes como algo personal.

—¡Ja! Eso es muy fácil de decir —sollozó Seyia—. Tu prometida no ha cortado contigo... ¡por carta!

—¿La que estaba en la cárcel? Pensé que había roto contigo hace meses.

—Sí, pero se equivocó de dirección porque esa carta iba dirigida a un tal John. Creo que había estado engañándome. ¿Qué tiene ese John que no tenga yo?

Darien levantó los ojos al cielo. Sin embargo, por primera vez tenía algo en común con Seyia: los dos habían perdido a la mujer que amaban.

Pero él pensaba ir a buscarla.

—Sé un hombre. Seyia. Puedes hacerlo.

El camarero levantó la barbilla y respiró dramáticamente.

—Lo intentaré.

Después, fue a atender a otra mesa. «Pobres», pensó Darien, mientras miraba alrededor buscando a su tía. La encontró en la oficina, rodeada de tazas de café que esperaban lectura.

—Tía Luna, ¿qué haces aquí?

Ella levantó la mirada.

—¡Darien! ¡Has venido!

—He venido para despedirme. Sólo puedo quedarme un momento.

—No puedes marcharte —exclamó su tía.

—Debería haberme ido hace días. Y espero que no sea demasiado tarde.

En ese momento Nick entró como una tromba en la oficina.

—Tía Luna, yo... ¿qué demonios haces tú aquí?

—Despedirme. Mi avión sale dentro de una hora —contestó Darien.

—Buen plan —dijo su hermano, pasándose una mano por el pelo—. Podemos salir por la puerta de atrás. ¿Cuánto tiempo crees que tendremos que estar escondidos?

—¡Darien no va a ninguna parte! —exclamó Luna, colocándose frente a la puerta con los bra zos abiertos—. Si sales por esta puerta, serás responsable de mi muerte.

—¿Alguien quiere decirme qué está pasando aquí? ¿Por qué os portáis como si estuvierais lo cos? ¿Y por qué está el café lleno de gente?

—Todo el mundo ha venido para ver el espectáculo —contestó Nick.

—¿Qué espectáculo? ¿Seyia ha vuelto a imitar a Jerry Lewis?

—¿No lo sabes? —preguntó su tía Luna.

—¿Saber qué?

Su tía le dio un ejemplar del St. Louis Post.

—Esto.

Darien vio la columna de Serena. Llevaba tres semanas leyéndola, aunque eran artículos antiguos. Pero había guardado la de aquel día para leerla en el avión.

—No me lo puedo creer —murmuró, atónito. Y luego volvió a leerla, con el corazón a punto de saltar de su pecho.

Los mordiscos de Serena

Ahora puedo decir que el Café Romeo es mi café favorito en Saint Louis. No, mí café favorito en todo el mundo. No por su café ni por su renombrado pastel de chocolate. No por sus empleados, que hacen todo lo posible para que tú visita sea inolvidable. No, sencillamente porque el Café Romeo es el sitio al que hay que ir si buscas amor.

A mi me pasó.

Fui al Café Romeo buscando una taza de té y encontré al hombre de mi vida. Está escrito en los posos del café, según su propietaria, Madame Luna. Así conocí a Darien Chiba, el hombre que me robó el corazón.

Aunque él no lo sabe todavía.

Así que, por primera vez, voy a usar esta columna para dar un mensaje personal: Darien, te quiero. Si sigues viendo las estrellas, por favor espérame en el Café Romeo esta tarde a las siete. Estaré tomando una tarta de nata y fresa.

También tengo un mensaje especial para mis lectores: si buscáis amor, pasaos por el Café Romeo.

—¿Está aquí, hoy, ahora?

—Sí —contestó Nick—. ¿No es por eso por lo que ibas a salir corriendo?

—Iba a Nueva York a buscarla. Estoy loco por ella —dijo Darien, con una sonrisa de oreja a oreja—. Y parece que Serena también está loca por mí.

Luna se puso a aplaudir, entusiasmada.

—¡Lo sabía, lo sabía! No se puede escapar del destino.

—¿No habías dicho que Serena Tsukino no era la mujer de mi vida? ¿Por qué has cambiado de opinión? —rio Darien.

—Seyia vio lo disgustada que estaba cuando leí los posos del café y me confesó que se lo había tomado él. Así que Serena es la mujer de tu vida, Darien. Pero aléjate de Seyia.

—Todo lo posible —prometió él, tomándola en brazos—. ¡Me quiere, tía Luna! ¡Serena me quiere!

—Lo sé, lo sé. Y ahora deja de marearme y ve a encontrarte con ella —sonrió su tía, con lágrimas en los ojos.

Pero Nick lo sujetó del brazo.

—Darien, ¿estás loco? Yo creo que esa mujer te hizo daño de verdad con el ladrillo. Ve al médico, ve a un neurólogo...

—Darien ya ha encontrado su medicina. Nick. El amor —rio su tía.

El amor. Todo parecía tan sencillo... Aquella mañana Darien se despertó deseando con todo su corazón que Serena estuviera a su lado. Había perdido demasiado tiempo dejando que sus dudas lo apartasen de ella.

Y no pensaba perder ni un minuto más.

Entró en el café como un rayo, mirando de un lado a otro...

—¡Serena!

—¿Darien?

Serena estaba en la puerta, pero había tanta gente que no lo dejaban pasar, de modo que se subió a una mesa.

—¡Serena!

—¡Darien!

—¿Quieres casarte conmigo?

De repente, el café se quedó en silencio. Darien vio que los ojos de Serena se llenaban de lágrimas... nunca le había parecido más guapa que en aquel momento.

—¡Sí, quiero casarme contigo!

Los clientes empezaron a aplaudir y dos chicos altos tomaron a Serena en brazos para llevarla hasta la mesa, donde él la esperaba.

—Te quiero, amor mío.

—No me lo puedo creer... Te quiero, Darien. Te quiero desde que te vi por primera vez.

—¿Eztá zegura, zeñorita Tsukino?

—Bueno, no desde la primera vez... pero ahora estoy segura. Nunca había estado más segura de algo en toda mi vida.

—Serena, amor mío... ¿cómo he podido creer que podría vivir sin ti?

—Debió ser la conmoción cerebral.

—Gracias a Dios he recuperado el sentido común. Nos iremos a Nueva York y...

—No hace falta, cariño. Puedo quedarme en Saint Louis.

—¿Y tu trabajo en El Epicúreo?

—Puedo escribir mi columna desde cualquier parte. He negociado mi contrato con Malachite — sonrió ella—. Pero tengo que hacerte una pregunta.

—Dime.

—¿No vas a besarme?

—¿Delante de todo el mundo? —sonrió Darien.

—Así practicamos.

—Ah, es verdad. Y ya sabes lo que dicen: la práctica hace al maestro.

Serena enredó los brazos alrededor de su cuello y Darien la besó con toda su alma, acariciando su pelo, su espalda... hasta que por fin se apartaron para buscar aire.

—Espero que hayas negociado unas semanas libres para la luna de miel —dijo con voz ronca—. Una larga luna de miel.

—¿Qué te parece un viaje por Europa? Cenando en los mejores restaurantes... y con todos los gastos pagados.

Darien sonrió.

—Creo que, en este momento, podría llegar a Europa sin avión.

—No vamos en avión. Iremos en barco —sonrió Serena—. Un crucero, Darien. Y tendremos una suite.

—Es usted muy inteligente, señorita Tsukino.

—¿Quieres decir que no vas a casarte conmigo por mi cuerpo?

—Eso también.

—Te quiero —le dijo Serena al oído. Darien se dio cuenta de que había caído en la trampa de su tía. Y no podía ser más feliz.

XOXOXO

Nick Chiba oyó los gritos en el café y se llevó las manos a la cabeza. Su hermano había caído en la trampa.

—No te lo tomes así —sonrió su tía Luna—. Era inevitable.

—¿Qué quieres decir?

—Yo sabía desde el principio que Serena era la mujer que Darien había estado buscando.

—¿Cómo?

—Había leído los posos del café.

—¿Del café de Darien?

—Claro.

—¿Y cómo has leído sus posos? —preguntó Nick, con expresión horrorizada.

—Eso no importa. Lo importante es que ahora Andy y tú podéis empezar a pensar en...

—¡De eso nada, tía Luna! ¿No me digas que también has leído nuestros posos?

—Me temo que sí. Y seréis tan felices como Darien —sonrió ella.

—¿Quieres decir...?

—Tú eres el siguiente. Nick. Y Andy después. Será mucho más fácil si no te resistes, cariño.

Nick levantó el teléfono y marcó un número con dedos temblorosos.

—¿Qué haces?

—Llamar a Andy para decirle que no vuelva de Atlanta. Allí estará a salvo.

—¿A salvo? ¿Del amor?

—Del desastre. Lo siento, tía Luna, pero no quiero ni pensar en lo que nos tienes preparado.

—No irás a marcharte de la ciudad, ¿no? Nick le dio un beso en la mejilla.

—Claro que no. Yo soy más fuerte que mis hermanos. Puedo resistir a cualquier mujer que me pongas por delante.

Luna contuvo la risa hasta que su sobrino salió de la oficina.

—Querido Nick... ¡la que te espera!

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Hola amigas… que les pareció esta historia?, que cosa mas tierna cuando le pide matrimonio a viva voz enfrente de todos los clientes del café… a mi me encanto esta historia… espero que les haya gustado mucho y próximamente estaré publicando las historias que faltan. Gracias por seguir la historia, agregarme a sus favoritos y dejar reviews.

Besitos

Ángel Negro