El viaje.

Nota del Autor: Quiero aclarar que Raphril no se besó en ese momento. Sólo era una especie de coqueteo-broma clásico de ellos. Así que adelanté la escena un poco, porque el viaje después de aquella frase fue extrañamente silencioso.

Y ahora este capítulo inicia con April en una tienda de auto-servicio. Creo que así se llaman, no estoy segura.

Ah. Quiero aclarar que escribir un poco sobre mi OC Ben al principio me dio risa. Es decir, ¿un cajero que coquetea con cada chica en la fila de la tienda? No sé, me dio risa. Me cae bien, a pesar del patán que claramente es. Y sobre el supuesto cumplido de "tu trasero no es de este mundo", la frase no es mía, y casi me orino de la risa cuando la escuché: Frase cortesía de la bella y encantadora Mabel (venía en su libro sobre frases para coquetear que le dio a la Bruja Manos). *¿Alguien más obsesionada con Gravity Falls? ¿Nadie? Bueno*.

¡Disfruten la lectura! Y disculpen si la última escena suena algo forzada. Intenté con todas mis fuerzas que no sonara como tal, pero simplemente no sabía cómo acomodarla para que fuera como yo quería. Bah. Cosas de mi mente.

¡Los adoro personitas!

Descargo de responsabilidad: Yo no poseo Teenage Mutant Ninja Turtles.


Coloco las bolsas de papas fritas sobre la barra y espero. El cajero (un hombre tatuado, con una gorra en la cabeza y el nombre de Ben impreso en el uniforme) me recibe con una sonrisa arrogante.

—Hey, linda —dice, checando el precio de un paquete de galletas.

Ignoro el tono sutilmente egocéntrico y coqueto de su voz, y sonrío.

—Hola —lo saludo.

—¿Eres de por aquí? —pregunta, pasando al precio de las bebidas.

Frunzo el ceño.

—¿A qué se debe el interés?

—Pues, ya sabes —dice él, encogiéndose de hombros—, yo sólo creí que venías de otro planeta, porque tu trasero no-es-de-este-mundo.

Alzo una ceja. La joven que está detrás de mí en la fila se echa a reír, con una mano sobre su boca.

—Oh, woah —resoplo, con frustración—. Vaya.

Él se ríe, de una forma irritantemente condescendiente.

—¿Te gustan los chicos rudos? —él junta todos mis nuevos productos y, oprimiendo un botón del teclado de su computadora, imprime el recibo de compra—. Porque tengo una motocicleta afuera y un apartamento solo en…

—Quiero una bolsa con eso —interrumpo.

Él frunce el ceño.

—Oh, claro —masculla, mientras empaqueta las bolsas de frituras—. Son diez dólares con siete centavos.

Saco el dinero de mi bolsillo y lo empujo por la barra hasta él. Cargo las dos bolsas de papel que llevan mi próxima comida, y le sonrío forzadamente.

—Conserva el cambio —digo; después me inclino hacia delante y murmuro—: Y para la próxima, Ben —mis ojos ruedan y se dirigen a la rubia que sigue detrás de mí—, no menciones su trasero, o vas a asustarla.

Él se ríe.

—Lo que digas, corazón.

—Sí… —alargo la palabra, incómoda—, tal vez no debí darte dinero extra.

Me dirijo hacia la salida. En el estacionamiento, diviso la camioneta dorada separada del resto de los automóviles y sonrío mientras camino hacia ella. El cielo es de un color azul-amarillento y una franja naranja adorna el horizonte, indicando la llegada del atardecer. Estamos a unos cuantos kilómetros de Nueva York y Raphael ha decidido que, para no levantar sospechas en caso de que alguien de por aquí esté enterado del automóvil robado, vamos a llegar hasta la ciudad en autobús.

El internet bendito de mi T-Phone me consiguió tres entradas en una estación cerca de aquí. Tres kilómetros más de carretera, para ser exactos. Para eso se necesita una buena cantidad de dulces, bebidas y frituras; así que me ofrecí para ir a una tienda en las orillas de la calle, justo al lado de una gasolinera.

Abro la puerta del copiloto y me lanzo al asiento.

—… y por eso creo que… —Mike interrumpe su cansado discurso y me mira, rebosante de emoción—. ¿Trajiste los gusanos picantes?

Me río. Mi mano hurga entre la bolsa de papel y saca el paquete grande. Lo lanzo hacia atrás.

—Ahí tienes.

Sigo hurgando y tomo un paquete de galletas de coco.

—Y ahí tienes lo tuyo Raph —digo, entregándoselo.

Él sonríe.

Entonces mi celular comienza a vibrar. Lo tomo y miro la pantalla. Donnie. Levanto un dedo en la dirección de Raphael y Mike; y con los labios articulo un Voy a contestar silencioso.

"Hey. Hola, Donnie. ¿Qué pasa?" Llamo.

"Hola, April. ¿Cómo están? Ya no han llamado y…"

"Estamos bien, Donnie. Gracias. De hecho ya vamos de regreso."

Hay un momento de silencio, y puedo escuchar su lenta respiración.

"Oh." Responde.

Hundo los labios.

"Parece que están bien, entonces."

"Sí."

"¿Y los artículos viejos de tu tía? Estaba pensando que si pueden llegar a la guarida antes de ir a tu casa yo podría inspeccionarlos. Siempre me…"

"No." Oh, mierda. Me golpeo mentalmente.

"… ¿Qué?"

Piensa en una excusa, piensa en una excusa.

"Es que…" Oh, maldito e inservible cerebro. "Lo que pasa es…"

Cierro los ojos y suspiro, culpable.

"Lo que pasa es que no los pudimos comprar."

Más silencio. Más incómodo.

"¿Por qué? ¿Ocurrió algo?"

"Nada malo. Es sólo que nos retrasamos un poco y Carl vendió los artículos a otra persona."

Él se aclara la garganta del otro lado de la línea.

"Oh, vaya. Lo lamento, April."

Mi cabeza me duele. Ya me he quitado la blusa del cráneo, porque la herida ha dejado de sangrar. Pero el corte todavía es visible. Entonces veo mi reflejo, observo las bolsas debajo de mis ojos y, de pronto, me siento mucho más incómoda en este automóvil. Porque es robado. Porque, de sólo pensar que yo le estoy mintiendo a Donnie, que le estoy mintiendo a uno de mis mejores amigos… la culpa me da náuseas.

"Sí. Mi tía va a matarme." Al menos eso es verdad.

"No. ¿Sabes? Creo que sé cómo ayudarte. La otra vez curioseaba en la basura del centro militar y encontré unos chips y tecnología interesante. Pero dentro de lo que recopilé venían unas… cosas. Unos artilugios que encontré en un centro militar, ya sabes. Al parecer eran posesiones de un antiguo cadete que estuvo en la Guerra. Creo que eso podría servir para regalo de tu tía."

El solo pensar en que él está intentando ayudarme, de forma impresionantemente dulce, me revuelve el estómago. Yo no debería mentirle.

"Eres muy lindo. Creo que serviría. Iré a la guarida en cuanto lleguemos a Nueva York, ¿sí?"

"Claro, April." Su voz sonaba más animada, ahora. "¿Y cómo se comportan Raph y Mike?"

El repentino cambio de tema me deja incómoda. Giro mi cabeza y veo a Raph y Mikey haciendo una guerra de comida con galletas y gusanos picantes. Sonrío.

"Bien. Muy bien."

"Oh."

"Pero… los extraño. A ti y a Leo."

"Tal vez mañana, ya que haya pasado todo esto del viaje, pueda enseñarte algo nuevo en lo que estuve trabajando. Tiene que ver con el Kraang. Creo que te gustará."

Frunzo los labios. La culpa es inevitable. Miro a Raphael de nuevo, y pienso en todas las cosas que hemos pasado juntos y en las malditas mariposas que revolotean en mi estómago cuando estoy junto a él, y me duele. Porque sé que Donnie me quiere, y sé que cuando vuelva del viaje, todo será como antes. Y Raph y yo ya no volveremos a hablar igual, y eso duele.

Dolor y culpa no es lindo.

"Claro", digo. Tal vez con muy poco ánimo. "Estaría… bien".

"¡Estupendo!"

"Sí. Nos vemos, Don."

"¡Nos vemos, April!"

Cuelgo, porque no puedo seguir charlando. Mis ojos se cierran, con frustración.

—¿Está todo bien, April? —me pregunta Mikey.

—Sí. Es sólo que no me gusta mentirle.

—Él no se dará cuenta, April. No te preocupes.

—Gracias, Mike.

Y, sin embargo, yo no dejo de pensar en una sola cosa: Raphael. Él y yo no vamos a pasar más tiempo juntos y, por alguna razón, eso me duele mucho más que llegar a mentirle a Donnie. Y sé que va hacer así. Sé que, cuando lleguemos a Nueva York, Donnie me arrastrará con él y Raph no se interpondrá porque sabe lo que su hermano siente por mí.

—¿Raph? —digo.

—Si no quieres conducir, lo seguiré haciendo —me dice, sagaz—. Pero yo no respondo si arrollo peatones —bromea.

No puedo sonreír, sin embargo.

—No es eso. ¿Podemos hablar sobre algo?

Lo miro. Él mete una galleta a su boca y asiente, como si fuera lo más normal del mundo.

—Creo que merecen privacidad —dice Mike, sonriendo—. Yo sólo voy a… ir a… Gusano Land.

Él mete su cabeza dentro de la bolsa de gusanos picantes y grita:

—Listo. Ya me esfumé.

Me río, porque no puedo evitarlo.

Cuando el humor pasa, me giro y miro a Raph de frente. Él está sonriendo y sigue comiendo las galletas como si fueran la cosa más deliciosa en todo el mundo. En tan sólo pensar en lo que estoy a punto de decir me duele el estómago.

—Raph. No te alteres por lo que voy a decir, por favor. Y tampoco te enojes.

Él mastica más lentamente su refrigerio y estrecha los ojos.

—¿Sucede algo malo?

—No. Sólo necesito decirte algo. Importante.

Él asiente.

—Seguro. No importa. Sólo dilo.

—Yo sólo… —digo, insegura—, quiero decir que…

No. No puedo hacerlo. ¿En qué mierda estaba pensando?

—Que… bueno. Tú sabes… —vacilo—. Te… quiero mucho.

Él sonríe.

—¿Eso era todo? —dice, divertido—. No era necesario ser tan dramática entonces, pelirroja.

Hace una pausa.

—Yo también te quiero mucho, April —añade.

—No lo entiendes. No te quiero en ese sentido —refuto—. Me refiero a… Es sólo… ¿No crees…? ¿No crees que nosotros estuvimos… bien en el viaje?

Él se ríe.

—Creí que habías dicho que odiaste el viaje.

—Bueno, sí. ¡Pero no me refiero a eso! Es decir… Acabo de hablar con Donnie, y me di cuenta de que, tal vez, yo no…

Resoplo.

—Sólo —continúo, agonizante— promete que vas a seguir hablando conmigo como lo has hecho en el viaje. Que vamos a pasar tiempo juntos.

Él frunce el ceño.

—Siempre pasamos tiempo juntos, April.

Pongo los ojos.

—¡No me refiero a eso tampoco!… Nosotros… —muevo las manos, con exasperación—. Ugh. ¿Por qué no entiendes nada?

—¿Qué?

Me golpeo la frente con la palma de la mano. Entonces me encojo y cubro mi rostro con ambas manos para ocultar el rubor que me quema las mejillas. ¿Por qué tiene que será tan estúpido y volver todo más complicado de lo normal?

—Me gustas —declaro.

Hay silencio. Demasiado silencio por un momento.

—Tú también me agradas, April —dice él, al cabo de un rato.

Me destapo el rostro, desesperada. Pero entonces lo veo. Él está sentado ahí, con una cara vagamente inocente; los ojos esmeralda brillando con diversión y una sonrisa arrogante. Y lo sé. Lo comprendo. Sé que él sabe qué es lo que quise decir. Sé que ha estado bromeando todo este tiempo. Sé que lo único que quiere es hacerse el tonto.

Sonrío. El muy idiota ha estado jugando conmigo todo este tiempo sólo para verme en ridículo. Bueno, claro. Era más que obvio que debía saber de qué estaba hablando.

Él sonríe aún más que yo, y algo dentro de mí se remueve.

—No lo entiendes, otra vez —digo, intentando seguirle el juego—. Me gustas de gustar. En serio.

Él se echa a reír.

—Qué humillante debes sentirte en este momento como para admitirlo cuando sabes que ya me di cuenta de eso antes.

Sonrío, y el rubor me baña el rostro.

—Qué puedo decir. Me gustas mucho.

Él sonríe de vuelta. Me da una mirada traviesa durante un momento, y sé que prácticamente está diciéndome que yo también le gusto, pero necesito oírlo.

—No voy a admitirlo en voz alta —dice él, como si leyera mi mente.

Me río.

—Eres obstinado.

—Así me quieres.

—No voy a intentar negarlo.

Él se inclina hacia delante y sus manos me toman de las mejillas. Sus dedos enormes acarician mi piel por un momento, y me encanta la manera en que su piel juega con la mía. Cierro los ojos, sonriente.

—¿Sabes? —murmuro—. No necesitas un dedo medio para hacer eso. Con tres eres excelente.

Él se echa a reír, y el soplo de su aliento me acaricia el flequillo de la frente.

—¿Aún podrías besarme? —me dice y, a pesar de que no lo estoy viendo, sé que está sonriendo—. Porque yo podría besarte en este momento.

Muerdo mi labio inferior y reprimo una carcajada alegre.

—Inténtalo —lo desafío, sin abrir los ojos. No soy capaz de abrirlos con el intenso rojo de mis mejillas.

Y lo hace. Me besa. Y yo siento cómo cada uno de mis músculos se derriten por dentro. A la mierda lo que sea que pase cuando volvamos del viaje. En lo único que puedo pensar es en que le gusto.

Sus labios son tan malditamente suaves y cálidos, lo que me sorprende, pero no mucho. Sólo puedo concentrarme en la manera en que todo mi cuerpo está temblando de emoción por esto.

Nos separamos, y oigo cómo Mikey se está riendo locamente en la parte de atrás.

—Por Dios, eso fue tan cursi —chilla, sonriente. Aún lleva la bolsa de gusanos picantes sobre la cabeza, lo cual me hace más gracia.

Raphael le pone una mano en el rostro y lo empuja.

—Sólo cállate —le dice.

—Yo también te quiero, hermano.

Raphael sonríe y enciende el auto. Yo me acomodo en mi lugar, con todo el cuerpo hormigueando, y sin importar lo ridículamente tonta que puede ser mi sonrisa justo ahora.

El automóvil avanza hacia atrás y Mike vuelve a hablar.

—Hey, Raphie. ¿Por qué no me das uno a mi también, eh? —bromea.

Raphael pone los ojos en blanco.

—Eres el idiota más idiota que conozco, Mike.

Él se ríe.

—Así me quieres —contesta, imitando su voz.

Y, por primera vez, puedo observar cómo el rostro de Raph se llena de rubor al recordar lo que dijo. Lo entiendo, después de lo que acaba de pasar, el rubor vivirá en mis mejillas hasta que muera.


¡Wiiii! ¡BESO RAPHRIL! :D Y Mike lo vio todo, haha.

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