Krista, Tincho, Cecilia, me animáis mucho con vuestros comentarios. Espero no defraudar con este nuevo capítulo :). Saludos!


Derrumbe 3. Acercamiento

Esa noche Kanon no había podido dormir. La habitación del hotel se le antojaba fría. Impersonal. Solitaria. En su mente se había fijado la imagen de Shaka, y con ella, todos los recuerdos de un pasado que no era precisamente digno de admirar.

Lo que se suponía que debía ser una visita a un desconocido que no durara más de cinco minutos se había convertido en una dimensión lejana a todo presente que le había engullido por completo. Una dimensión que hospedaba todos los sentimientos y emociones que año tras año había ido encarcelando muy adentro de su ser. Una dimensión repleta de ilusiones que se habían transformado en recuerdos demasiado reales. Y dolorosos.

La devastadora historia de Shaka le había empequeñecido. Le había arrebatado el orgullo y el menosprecio. Le había acercado irremediablemente a su hermano. Y había conseguido instalar en su pecho un dolor desconocido, vestido con un intenso sentimiento de admiración hacia Saga que nunca había sido capaz de querer aceptar.

Kanon se sentía solo. Esa sensación no era una novedad...siempre se había sabido solo. Concienzudamente se había esforzado en que así fuera. Pero nunca antes había importado. Nunca antes había dolido. Y ahora, el silencio que imperaba en esa habitación de hotel hacía que su propia respiración se presentara ensordecedora. Extrañaba la voz de Marin llenándola con sus incansables palabras. Con su vitalidad y su desenfrenada entrega movida por los celos. Con ella, sus propios recuerdos permanecían a salvo, atesorados a buen recaudo. Callados y quietos. Su pasado, relegado a ser una ilusión que no se sentía real.

Pero Kanon estaba solo. Solo y resquebrajado por completo.

La cama le acogía con calidez, pero las sábanas le molestaban. La poca luz que se filtraba por las persianas cerradas le cegaba unos ojos que escocían. Unos ojos que habían vuelto a saber lo que era ser bañados por esa agua salada que fluye de la liberación del alma. La vida que transcurría incansable en las calles de Barcelona no era suficiente para acallar su mente. Y su pasado acudió impecable a recordarle que no se había ido. Que en realidad, siempre había estado allí. Acechándole en silencio. Envenenándole lentamente.

Kanon se había dado la vuelta a la derecha, a la izquierda, boca arriba, panza abajo...Las horas pasaban lentas y la almohada nunca había resultado tan dura. Con un arrebato de desesperación la arrancó de bajo su cabeza, estrellándola contra la pared. Y allí se rindió.

Esa noche no iba a dormir.

Se levantó con rapidez y se enfundó los vaqueros que rato antes había olvidado en el suelo. Rebuscó con desesperación la salvación que su vicio le proporcionaría a la ansiedad que recorría su cuerpo y salió al balcón de esa habitación que ahora se presentaba claustrofóbica e irrespirable.

El cigarrillo estaba sujeto entre sus labios, esperando sin remedio ser la siguiente víctima de esa noche que parecía no iba a tener fin. La vida transcurría candente varios metros más abajo.

Esas calles tampoco dormían. Nunca lo hacían.

La brisa nocturna jugaba a remover esa larga cabellera que se desparramaba salvaje por su espalda, queriendo descubrir entre sus largos mechones enredados las deliciosas escenas mitológicas tatuadas en ese fibrado lienzo de piel. El aire era fresco, y con él arrastraba los aromas del otoño que estaba naciendo con pereza. Kanon no se había cubierto su torso, y el tímido roce del suave viento en su piel le arrancaba leves escalofríos que se materializaban en la reacción del vello de sus brazos. Pero no importaba. No existía frío en su interior. Sino todo lo contrario.

La llama del mechero luchaba para no extinguirse con la brisa, sin éxito. Una vez...dos veces...a la tercera, sus manos fueron capaces de darle cobijo y permitir que prendiera ese agonizante cigarrillo.

Los codos se apoyaron sobre la barandilla de grueso metal. El humo le envolvía travieso antes de ser llevado por la corriente que acarreaba las últimas señales de un verano que había sido muy largo. Kanon deseaba que los recuerdos también corrieran el mismo destino del humo que escapaba de sus labios. Pero ellos permanecían. Pacientes. Constantes.

Kanon cerró los ojos con fuerza, pero las imágenes del día de la boda de su padre insistían en acudir a su mente.

Dieciocho años había tardado su padre en atreverse a vivir de nuevo. Dieciocho largos años de dolor y tristeza que por fin fueron suavizados por la presencia de esa mujer que siempre fue paciente. Amable. Respetuosa. Una mujer que nunca quiso erigirse madre. Una mujer que luchó para acercarse a su padre y ofrecerle amor y comprensión sin pretender nada más que intentar hacerle feliz. A él. A los tres.

Saga la había aceptado enseguida, se había alegrado inmensamente al poder ver su padre sonreír por primera vez en su corta vida. Él, en cambio, simplemente la rehuía. La odiaba por intentar hacerse un lugar que él consideraba que no le concernía. La detestaba por atreverse a ocupar una posición que debería haber pertenecido a quién él le arrebató la vida.

El día de la boda, íntima, sencilla, Kanon no acudió. Nadie esperaba que lo hiciera. Y nadie se lo hubiera reprochado. Su comportamiento arisco y esquivo era bastamente conocido. Y aceptado. Comprendido. Todo hubiera transcurrido sin problemas si se hubiera mantenido alejado, como era su primera intención. Pero el odio y rencor le ganaron la batalla una vez más, le llenaron el cuerpo de sustancias que nublaron su mente, y le condujeron al epicentro de la última reunión familiar que se atrevió a romper.

Sus pies irrumpieron en la sala en pleno brindis, callando todas las voces. Obligando a todos los ojos voltearse hacia él. Hacia su figura descuidada. Hacia su mirada desbordante de desprecio y maldad.

Sus ojos se clavaron fijos en su padre, que había quedado paralizado en el tiempo, con la copa de vino en alto y la mirada apuñalándole en silencio. Rogándole que se marchara antes que fuera demasiado tarde.

Pero Kanon no se fue. Avanzó con decisión entre todos esos ojos que lo juzgaban en silencio, mirando con desdén a Saga y a la muchacha que le acompañaba, que sin saberlo se había convertido en el propio engaño de su hermano. Pero la primera vícitma de la noche no iba a ser Saga. Ya le llegaría el momento...La primera víctima debía ser su padre y la mujer que se había atrevido a convertirse en su segunda esposa.

- ¿Te crees que serás feliz con esta zorra?- espetó, en medio de la sala, mirando con sorna hacia su padre para seguidamente clavar sus ojos sobre ella.- Y tú...¿te crees que dejaremos que te conviertas en nuestra madre?

- Kanon...Vete.

La voz de su padre sonó fría. Autoritaria.

- ¿Por qué? Yo también tengo derecho a disfrutar de la fiesta, ¿no?

Saga se acercó a él e intentó agarrarlo del brazo para llevárselo de allí, pero Kanon repelió su agarre, propinándole un empujón.

- ¡Déjame, imbécil! ¡¿Qué pasa?! ¡¿Acaso yo no puedo brindar por el olvido de nuestra madre?!

Su padre espetó la copa de vino sobre la mesa, provocando que se rompiera en mil pedazos y que la sangre de las uvas manchara el blanco mantel. Cuando Kanon quiso darse cuenta, se econtró con el rostro furibundo de su padre a escasos palmos de él. Una fuerte mano lo agarró por el cuello de la camiseta y con un intenso furor ocultando una gran tristeza, la grave voz, arrojada entre dientes, volvió a martillearle los oídos.

- Vete de aquí antes que tengas que arrepentirte de haber venido...y no pasará nada.

El agarre aflojó, y esa leve rendición dio alas a Kanon para continuar con su personal batalla contra todo.

- Esta fiesta es gracias a mí. Deberías ser más amable conmigo, papá. Si yo no hubiera matado a mamá al nacer esta mujer no estaría aquí ahora.

Un tremendo golpe cegó su visión por unos largos instantes. El dolor que ardía en su mejilla era lacerante. La mano derecha de su padre había descargado un revés sobre su rostro que le hizo trastabillar unos pasos.

- No vuelvas a decir nunca más semejante atrocidad, Kanon. Y ahora ¡Vete! ¡Márchate de aquí!

El rostro de Kanon se había refugiago detrás de sus desgreñados mechones azules, pero a través de ellos fijó sus ojos dentro de la mirada desencajada de su padre. Su orgullo hizo que aguantara el dolor de la mejilla sin mostrar ninguna emoción, ahogándose la necesidad de rozarla con su mano, cerrada con fuerza al costado de su cuerpo. Se sostuvieron la mirada unos escasos segundos que parecieron eternos. La mirada de Kanon destilaba un profundo odio que cada vez se hacía más venenoso. Los ojos de su padre luchaban contra demasiadas emociones que nunca había sido capaz de asimilar.

- No te lo volveré a repetir...¡Vete!

El brazo extendido señalando el camino no le dio ninguna otra opción. Las miradas de todos los presentes transmitían un estupor generalizado, teñido de una gran vergüenza ajena por lo que acababan de presenciar. Pero a Kanon no le importaba. Hacía tiempo que no le importaba nada.

Sosteniendo aún la mirada vidriosa de su padre empezó a alejarse, paseando luego su afilada vista sobre todos los presentes, buscando a Saga. Encontrándole, retraído sobre sí mismo, mirándole con dolor.

- Sois todos unos hipócritas de mierda...- Soltó, sin esperar respuesta.- Y tú, Saga, más que nadie...¿ya le has dicho a tu amiguita lo que en realidad te gusta?

La mirada de Saga le fulminó por completo, guardando detrás de su fulgor un inmenso temor a ser humillado frente a todo el mundo. Esta tímida reacción dibujó una maliciosa sonrisa sobre el rostro enrojecido de Kanon, que sin dudar se dirigió a la muchacha, con toda la maldad de la que fue capaz.

- Cuando te lo tires, si es que te deja, pregúntale si le gusta lo que tienes entre las piernas...

Estas hirientes palabras abalanzaron a Saga sobre él, perdiendo el control y la vergüenza, deseando romper el idéntico rostro que le sonreía con desprecio, pero el fuerte brazo de su padre, rodeándole por encima del hombro y abarcando su pecho, le detuvo.

Esa vez fue la última que habló con Saga. Esa vez fue la última que vio a su padre. Y hubiera seguido siendo la última si Saga no hubiera muerto en ese accidente que le reunió de nuevo con ese destrozado hombre en una gris sala de hospital.

Kanon desapareció de sus vidas. Esa noche se dirigió a la que había sido su casa durante dieciocho años, agarró cuatro cosas de ropa que cabían en una maltrecha mochila, se hizo con todo el dinero que encontró y se largó. A Atenas. Dónde un mundo que se cocía en las sombras le esperaba con los brazos abiertos, ofreciéndole todo tipo de vicio y descontrol. Ofreciéndole una falsa sensación de poder. Ofreciéndole olvido.

El humo del cigarrillo dolía al intentar traspasar el nudo que se había formado en su garganta. El recuerdo de esa maldita noche le había asaltado con una viveza aplastante. Todavía le parecía escuchar la voz de su padre ordenándole que se marchara como si alguien la pronunciara en sus oídos. Todavía le parecía oler el vino derramado sobre la mesa en la brisa que se empeñaba en acariciarle.

Y todavía le parecía que su mejilla volvía a escocer.

Sus verdes ojos se habían vuelto a humedecer, pero no lloraría más. Hacía demasiados años que se había prometido no volver a hacerlo, y esa misma tarde se había rendido frente a la abrumadora serenidad de un hombre que le había arrebatado todo el odio de un plumazo. Con la mano que no custodiaba el cigarrillo se frotó ambos ojos con rabia, recogiendo los cabellos que le rozaban el rostro hacia atrás, permitiendo que la frescura de la noche enfriara el extraño sudor que se había instalado en su frente.

Perdonarse a sí mismo...¿Cómo podía atreverse siquiera a pensarlo?

En silencio, él siempre se había responsabilizado de la muerte de su madre. Él solo se había cargado a sus hombros el deber de acarrear con el dolor de su padre. De Saga. De él mismo. Él siempre se había sentido despreciable, inmerecedor de nada. Y había luchado con fervor contra todo lo que le pudiera ofrecer un gramo de felicidad. Lo había destruído todo sin consideración. Arrasando con ello a los que le perdonaban desde el mismo silencio toda la cólera que vomitaba por las esquinas.

Silencio...quizás ese había sido el muro más infranqueable que había erigido a su alrededor. Un muro levantado con gruesos ladrillos llenos de palabras sin voz. Un muro compartido con Saga. Un muro que su padre también había construído para intentar que su propia tristeza no pudiera sobrepasarlo y acabara salpicando a sus hijos. Fracasando en la buena intención. Consiguiendo intensificar aún más un carácter agrio y apagado que sólo el amor incondicional de otra mujer fue capaz de endulzar al cabo de los años.

Las palabras de Shaka no paraban de resonar dentro de su alma. Su historia...Su lucha...Su amarga victoria, apenas saboreada por culpa de los caprichos del destino que se llevaron a Saga con él.

Quizás Shaka tenía razón. Quizás había llegado el momento de dejar que las personas que habían aparecido en su nueva vida, ésa que le alejaba del odio cada vez que se convertía en señor de los cielos, se acercaran a él. Quizás había llegado el momento de escuchar la voz de eso que llaman corazón, y que siempre había tenido amarrado con un bozal.

Quizás había llegado el momento de pedir ayuda. Y ser capaz de aceptarla.

Esa noche Kanon no había podido dormir. El amanecer le sorprendió aún en ese balcón de hotel y algo en su interior le dijo que debía volver a casa. Que los días de descanso en esa ciudad tan mediterránea como la suya podían esperar.

El aeropuerto de Barcelona le acogió como un viajero más, y no pudo evitar sentir la extraña sensación de estar en el lugar equivocado. Compró un billete para el primer avión hacia Atenas que estuviera libre.

Ironías del destino, la compañía con la que volaría era en la que había trabajado Saga desde que empezó con su brillante carrera.

Ironías o Karma...eso etéreo, invisible, que daba nombre al local de Shaka...eso que afirma que siempre vuelve todo lo que en la vida se entrega. Inconscientemente, ésa podía ser la particular manera que encontró Kanon de empezar a reconciliarse con Saga.

Tomó asiento en su lugar asignado, al lado de la pequeña ventana. Sacó su móvil y conectó su atronadora música, mientras esperaba con cierto nerviosismo y una peculiar sensación de encontrarse enjaulado, que el avión se pusiera en movimiento. Su mirada, cansada, extenuada pero negada a cerrarse para descansar aunque sólo fuera un par de horas, se posó sobre una de las azafatas.

El avión todavía no arrancaba, la señal de apagado de dispositivos electrónicos aún no prohibía su uso. Sin pensarlo, buscó la lista de contactos y con rapidez tecleó sobre la pantalla plana un escueto mensaje que fue enviado sin repasar. Acto seguido, puso el teléfono en modo avión. No vería la repuesta hasta su llegada a Atenas.

En Barcelona quedaría un hombre que le había revuelto las entrañas de su propia alma como nunca hubiera imaginado que se podía hacer. Allí quedaba un hombre que le había regalado una magistral lección de lucha, fortaleza y perdón a través de la visión de un frágil cuerpo y una suave voz que disfrazaban una valentía admirable y descomunal.

Allí quedaba Shaka, que se había atrevido a empezar a derribar todos sus muros sin pedir permiso. Shaka, que le había despedido con un cálido abrazo y una palabras cargadas de significado.

- Kanon, cuando no sepas qué decir...simplemente abraza. En el abrazo, todo lo innecesario desaparece.

En Barcelona quedaba la promesa de volver. Y de no hacerlo solo.

En el móvil que dormitaba sobre la mesa de un curioso apartamento de Atenas, apareció un mensaje.

Marin, esta noche estoy en casa. Te espero.

Continuará