Navidad

Era Nochebuena y hacía un frío infernal, incluso para esta época del año. Sin embargo, la perspectiva de las fiestas habían animado los ateridos corazones. Las puertas del castillo estaban abiertas a todos los siervos, que podían compartir la mesa con los mismísimos monarcas y hartarse de comida y bebida por una vez.

Tal y como dictaba la tradición, en el centro de la gran sala se había colocado un enorme abeto decorado con guirnaldas y velas. Las paredes estaban más llenas de tapices que nunca para proteger del frío de fuera y bajo las ventanas se agolpaban montones de musgo para que absorbieran la humedad. Colgados de las paredes descansaban ramilletes de muérdago y, bajo ellos, casi siempre una feliz pareja que disfrutaba de un fugaz beso.

Como todos los años, el granero real se había abierto para repartir haces de trigo entre los campesinos. Éstos hacían cola en el patio, protegiéndose como podían del cortante viento. Dentro, los sirvientes se afanaban por terminar las preparaciones de la cena de Nochebuena.

Rose estaba sentada frente a una enorme chimenea, jugando con su hermanita. Aaron, sentado a su lado, jugaba con soldados de madera. Galen se había ido hacía un rato, pero hasta entonces había cumplido con sus obligaciones de hermano mayor al leerles un cuento a los más pequeños. Ahora, Aaron recreaba con sus soldados el rescate de la princesa.

-¿Qué me van a regalar este año Rose? –preguntó.

-No lo sé, y aunque lo supiera tampoco te lo diría. Se supone que es una sorpresa.

Aaron emitió un ruidito de fastidio a la par que azuzaba a uno de los soldados. Rose sonrió. Estaba más nervioso que de costumbre debido a los regalos. Decidió pincharle un poco más.

-Dentro de un mes será mi cumpleaños, y hasta ahora tú no me has querido decir cuales van a ser mis regalos. ¿Por qué tendría que decírtelos yo ahora?

Aaron agitó los puños, picado.

-¡Eres mala, Rose, mala! ¡Se lo diré a mamá…!

Rose rió.

-Venga, ve a decírselo, a ver qué te responde. Está en el granero con papá.

El niño esbozó una sonrisa de superioridad. Se levantó de un salto.

-Pienso chivarme, le diré a mamá que te ves con un chico a escondidas y que hacéis cosas…

La sonrisa de Rose se desvaneció por completo. También se levantó. Aaron hizo ademán de echar a correr, pero su hermana le agarró por los pliegues de la camisa. Le cogió por los hombros. Estaba furiosa.

-¡¿Qué sabes tú de eso?! ¡Contesta!

Aaron estaba asustado. El rostro de Rose le asustaba. Le hacía daño en los brazos; su mirada tenía un brillo que nunca antes había visto en ella. No era su hermana.

-Yo…Te vi con él…Una tarde…-hizo una pausa. No quería seguir, pero Rose le apretó los brazos con más fuerza-. Os fuisteis a una habitación, y…

-Y, ¿qué? –inquirió Rose- ¿Qué hicimos en esa habitación?

-¡N-N-No lo sé! –saltó Aaron, histérico-. Cerrasteis la puerta. Me entró curiosidad y trepé por un árbol hasta ver el cuarto. Os vi por la ventana; creí que te estaba haciendo daño…

El rostro de Rose se relajó durante unos instantes. Dejó de apretar los brazos de su hermano.

-¿Cómo que me estaba haciendo daño?

-Sí –respondió el niño, muy serio-. Estabas gritando; gemías. Pero pasado un rato el ruido cesó. Quise contárselo a Galen, pero me mandó al cuerno, como siempre.

Rose soltó al niño y bajó la cabeza. Al cabo de unos momentos, le entró la risa. Empezó como una risita tonta, pero pronto derivó en una serie de carcajadas que emitía sin poder contenerse.

Se sentía aliviada. Por un momento, había llegado a creer que Aaron la hubiese descubierto. Pero no, no era así.

Le costó dejar de reír. Aaron la observaba muy serio y preocupado pues sin duda alguna su comportamiento le era extraño. Al final, pudo vencer a la risa. Sonrió.

-¿Creías que me estaba haciendo daño? ¿Viste algo, o sólo lo escuchaste?

El niño negó con la cabeza; pero luego, habló.

-Quise ver, pero no pude acercarme a la cornisa. Pero pude veros un poco; os movíais de forma rara.

Rose se aguantó las ganas de echarse a reír de nuevo, pero se contuvo.

"Pobre hermanito", pensó, "que inocente que es".

-No te preocupes, Aaron. No me estaba haciendo daño. Pero te agradecería que no se lo contaras a nadie, sobre todo a nuestros padres. Mantenlo en secreto, ¿vale?

El niño asintió enseguida, intimidado.

-Rose…-empezó.

-¿Qué, Aaron?

El niño observó a su hermana recoger a Diane del suelo. Tardó un poco en contestar.

-Ese chico, se ha ido, ¿no?

Se encogió, esperando una nueva zurra, pero no fue así. Rose seguía allí plantada, con Diane en brazos, solo que ahora más seria.

-Sí, se marchó hace una semana. ¿Por qué lo preguntas, Aaron?

Este apretó los puños.

-No me gusta. Parecía que de verdad te estuviera haciendo daño. Disfrutaba haciéndote sufrir.

"Pues claro que disfrutaba", quiso responder Rose.

-No tienes que preocuparte por él, hermanito. No me estaba haciendo nada, no hacíamos nada ahí dentro. Ahora será mejor que nos vayamos a vestir para la cena. No querrás esperar para ver tus regalos, ¿no?

La frase surtió efecto, aunque no el deseado. Aaron sonrió y se fue, pero no mostraba no la décima parte de la ilusión que había mostrado los días anteriores. Rose se quedó sola con Diane. La pequeña estaba a punto de echarse a llorar por la discusión. Rose murmuró unas palabras en arcano y, al instante, surgieron pequeñas pompas de jabón de su mano. Flotaron alrededor del bebé, que empezó a juguetear con ellas encantada. Rose desvió la mirada de su hermana a la ventana. El paisaje era completamente blanco hasta donde alcanzaba la mirada. Sin embargo, Rose no prestaba atención a las nevadas colinas, ni a los desnudos árboles.

Su mente volaba muy lejos de allí, al lejano norte, a un viejo castillo entre las montañas.