Bueno este es el último por el dia de hoy. Espero que lo esten disfrutando tanto como yo.


Capítulo 10

Cuando aquella noche Bella oyó el coche de Edward entrando en el garaje, estaba a punto de estallar de ira y era incapaz de sentir nada más. Los niños se habían dormido después de tomar sus medicinas y de que Bella los tranquilizara respecto a su futuro. Y de eso mismo tenía intención de hablar con Edward, sin importarle si traía a Tanya de vuelta o no. Los dos iban a hablar a solas sin perder un minuto más. Se trataba de Tony y Matt y de la responsabilidad que su padre tenía hacia ellos. No podía seguir huyendo de miedo y negándose a aceptarlos.

Entró en el garaje y cerró la puerta tras ella. Algo estúpido, pues el garaje quedó completamente a oscuras, pero aun así avanzó a tientas hacia la puerta del copiloto, decidida a hablar con Edward antes de darle oportunidad para respirar.

La puerta del coche se abrió y cerró, ofreciendo un poco de luz, lo bastante para ver que Edward había salido del coche y estaba mirándola.

—No vas a echarlos de aquí —declaró ella—. No vas a mandarlos a ninguna parte, ¿me oyes? Me da igual que tengas a Tanya en tu cama. Esos niños se quedarán con su padre y recibirán el afecto y la atención de su padre —siguió moviéndose en lo que esperaba que fuera la dirección correcta—. Se lo debes, Edward. Sabes que… ¡Umf!

Un pecho robusto había impactado contra sus suaves curvas. Unos fuertes brazos la rodearon y la sujetaron.

—Creo que deberías darte un respiro —le sugirió Edward en tono jocoso—. Parece que estás hecha un lío.

¿Hecha un lío? Bella dio un puñetazo a ciegas, pero él le agarró el puño y la llevó hasta el interruptor de la luz, situado junto al coche pequeño que ella usaba.

Cuando el garaje se iluminó, Bella vio la expresión intensa en el rostro de Edward y el modo tan íntimo en que la agarraba. Respiró con dificultad y volvió a la carga.

—No puedes mandar a tus hijos a un internado o algo peor. ¿No te das cuenta de lo cruel que sería abandonarlos, cuando ya han perdido tanto?

—Tu comportamiento está siendo ridículo —dijo él, sacudiéndola por los hombros—. Si te calmaras lo suficiente para escucharme…

—No es ridículo que me preocupe por tus hijos, Edward —replicó ella, intentando golpearlo de nuevo, sin éxito.

—No me refiero a eso —insistió él, bajando ligeramente la voz—. Estás permitiendo que tus propias experiencias controlen tus reacciones.

—Quizá —echó la cabeza hacia atrás y lo miró—. Y si es así, tengo buenas razones. Tus hijos no merecen la clase de infancia que yo tuve, Edward. Una infancia sin amor y con la eterna duda de qué había hecho mal para que me abandonaran. No puedes hacerles eso. Ya es bastante malo que guardes las distancias. Si metes a Tanya en tu vida y echas a tus hijos como ella quiere, no tendrán nada. ¡Nada!

La expresión de Edward se suavizó.

—Bella…

—¿Y dónde está ella, por cierto? —preguntó, escupiendo toda su ira y desaprobación. No quería quedarse allí y que Edward la compadeciera por su triste pasado.

—No está aquí —dijo él. Bella tenía las manos presionadas contra él, sin poder moverlas, y sintió cómo las palabras retumbaban en su pecho.

De hecho, sus cuerpos estaban presionados más íntimamente de lo que ella quería pensar, y una ola de calor empezaba a vencer su resistencia. Y al notar que el cuerpo de Edward también reaccionaba, el calor aumentó aún más.

¿Cómo se atrevía a desearla, aunque sólo fuera físicamente, cuando acababa de estar en los brazos de Tanya?

—Suéltame.

—En cuanto te calmes un poco. Ahora mismo no se puede confiar en ti.

—Eso es absurdo —dijo ella, intentando darle un puntapié, pero él la mantenía firmemente sujeta contra el coche—. Si hay alguien en quien no se pueda confiar, eres tú.

Edward maldijo en voz baja y la apretó con más fuerza.

—Deja de retorcerte o no seré responsable de las consecuencias.

—Como casi todos los hombres, no eres capaz de pensar con nada que tengas más arriba del ombligo, y ahora me lo estás demostrando. Eres… eres…

Edward se ruborizó ligeramente.

—¿Qué pasó cuando te expliqué cuál era mi relación con Tanya?

—No me explicaste nada —respondió ella, esforzándose por guardar la calma—. Nunca me has dicho una maldita cosa sobre tu relación con ella.

—Exacto —dijo él con irritación—. No te dije nada porque tú sacaste tus propias conclusiones sin preguntarme. Me condenaste sin darme oportunidad.

—No puedes negar que hubo algo…

—Sí. Lo hubo —admitió él, mirándola fijamente a los ojos—. No soy un santo, Bella. Ha habido mujeres en mi vida. Tanya fue una de ellas, por breve tiempo. La dejé y eso fue todo. Lo nuestro acabó antes de que ella viniera aquí, ahora no hay nada. Ni siquiera sé lo que vi en ella hace tiempo.

—Iba a proponerte una fusión empresarial —balbuceó Bella—. Ella dijo que…

—Ella dijo muchas cosas —la interrumpió él—. Aceptaré el trato si aún sigue en pie, ahora que la he echado de aquí —se encogió de hombros—. Si no, lástima. Pero fue muy lejos al criticar a mis hijos… y a ti —añadió, bajando la voz.

A Bella le dio un vuelco el corazón. Bajó la mirada, rezando porque Edward no hubiera visto en sus ojos cuánto la había afectado su declaración.

—Pero… sus cosas siguen aquí.

—Jacob se encargará mañana de enviárselas —dijo él, acariciándole los hombros con movimientos lentos y circulares—. La verdad es que no me preocupa.

—Pero ella… —no pudo seguir hablando porque Edward le puso un dedo en los labios.

—Ella tenía unos planes que yo no compartía. Estaba dispuesto a tolerar su presencia aquí sólo para escuchar su oferta de negocios. Pero fue un error por mi parte.

—Pensaba que querías tenerla cerca. Que te sentías atraído por ella. Que cuando os encerrabais en el estudio…

—No —dijo él, reprendiéndola con la mirada por haber pensado así.

Bella tenía las manos contra su pecho y su cuerpo empezaba a relajarse, derritiéndose entre los brazos de Edward. Pensó que debería apartarse, pero era incapaz de moverse. No podía abandonar aquella sensación tan deliciosa.

—Nunca podría echar a mis hijos de aquí, Bella —dijo él en tono sincero y dolido, intentando esbozar una sonrisa—. Siento los estragos que haya podido causar Tanya. Si viene alguien más proponiendo un negocio y yo no estoy, ciérrale la puerta en las narices, ¿de acuerdo?

Las manos de Bella se flexionaron contra su torso. Lo hizo inconscientemente, y sintió su corazón latiendo bajo la punta de los dedos. Podía oler su cálida fragancia y sentir el tacto de sus pulgares mientras le acariciaban el cuello.

—¿Y si rechazo a alguien importante que te haga perder una fortuna?

—Entonces tendré que hacer negocios con otra persona. Sólo se trata de dinero —emitió un débil gruñido y cambió de postura para acercarla aún más. Presionó las manos contra su trasero y cerró los ojos para respirar lenta y profundamente, como si estuviera saboreando algo que deseara con todas sus fuerzas—. Te he echado de menos, Bella. Has hecho que desee cosas impensables hasta ahora. Has hecho que quiera volver a casa y pasar tiempo con mis hijos. Y has hecho que quiera contemplar tu rostro por encima de la mesa. Que Dios me ayude. No puedo explicarlo, pero te deseo, a ti y a nadie más.

Y entonces la besó allí mismo, en el garaje, rodeados por el olor a aceite, granito y humedad. La besó en la boca, en el cuello y bajo la oreja.

Bella le echó los brazos al cuello y dejó que la besara. Lo deseaba. ¿Qué importaba si luego se arrepentía? Lo único que importaba era el presente y que tenía a Edward donde quería. Y que él también la deseaba.

Edward separó ligeramente la cabeza, pero sin dejar de abrazarla.

—¿Los niños están durmiendo?

—Sí.

—Entonces salgamos del garaje —dijo él con decisión. Sabía lo que quería—. Se me ocurren sitios más cómodos.

Cuando le tendió la mano, Bella supo que era algo más que una invitación a tomar un chocolate caliente y un sándwich en la cocina. Era algo que ella nunca había creído posible.

Y no se negaría. Aceptaría el regalo y le demostraría a Edward que podía vivir el momento.

—Acabas de ducharte, ¿verdad? —le preguntó él cuando entraron en su dormitorio—. Tu piel huele a rosas.

—Es el jabón que me gusta usar —dijo ella sin poder ocultar los nervios.

—Tengo que saber que deseas esto, Bella —susurró él, mirándola a los ojos—. Que lo necesitas tanto como yo.

—Estoy aquí —era la respuesta más simple y sincera que podía dar. Presionó el rostro contra su clavícula y soltó un suspiro de placer—. Y te deseo. Esta noche. Solos tú y yo.

Cuando él le tocó el pelo, ella empezó a temblar y se le escapó un gemido.

—Yo también te deseo —confesó él—. Y esta noche tengo que hacerte mía.

—¿Me harás todo lo que estoy deseando? —preguntó ella—. ¿Llenarás el vacío de mi interior para siempre?

—Mi dulce y frágil Bella… —murmuró él, besándola en los labios.

—No soy frágil —replicó, y le devolvió el beso con toda la pasión de la que fue capaz, hasta dejarlo sin aliento—. Soy fuerte.

Edward respondió con más besos y caricias por todo el cuerpo.

—Eres preciosa. Increíble. Sexy…

Sus palabras la envolvieron como una manta cálida y suave, y le hicieron experimentar una alegría que nunca había sentido.

—Y tú… llevas demasiada ropa para la ocasión —respondió, jugueteando con un botón de su camisa.

Él sonrió y se apresuró a rectificar la situación. Los botones saltaron y la camisa dejó de ser un obstáculo. Edward cerró los ojos y volvió a apretar a Bella contra él.

Con manos temblorosas, la tumbó suavemente en la cama. El temblor de su tacto alcanzó el corazón de Bella, que se aferró a sus cabellos y respiró agitadamente mientras él la exploraba con sus caricias. Al cabo de un rato, Edward abrió los ojos, le clavó la mirada en su alma e inclinó la cabeza para besarla.

Sus labios se fundieron con anhelo y ardor. Ella extendió las manos sobre su pecho de un modo casi reverente y sonrió al notar cómo le latía el corazón. Lo besó en el hombro y él se estremeció y pareció suspirar de alivio.

—Quiero que formemos un solo cuerpo —susurró él, entrelazando las manos con las suyas—. He visto quién eras y quién eres, y te deseo.

Bella dudaba de que hubiera visto tales cosas, pero no era momento para discutir.

—Me deseas para este momento —aclaró, por el bien de ambos.

Él negó con la cabeza.

—Te haré el amor hasta que no sepas dónde acabas tú y empiezo yo. Hasta que los dos nos hayamos perdido el uno en el otro.

Por un momento Bella intentó resistirse a la promesa. Pero la ilusión era demasiado dulce y maravillosa, así que extendió los brazos y lo guió hacia ella.

—Quiero volar contigo.

Y juntos volaron lenta y apasionadamente hasta la cima del mundo. A la cúspide del placer. Y a Bella se le llenaron los ojos de lágrimas por lo completa que se sentía y, al mismo tiempo, por el miedo que acompañaba esas sensaciones.

¿Se arrepentiría de eso?

No.

Y sí.

Las dos posibilidades estaban equilibradas en la balanza, y Bella se quedó dormida en los brazos de Edward, con la inseguridad sobre su futuro acechándola desde lejos.

Cuando despertó, aún era de noche y Edward la estaba esperando. Volvieron a hacer el amor, pero eso no consiguió saciar la necesidad que sentía por él. Nunca dejaría de desearlo. Ni de desear todas las cosas que jamás podría tener. Era el momento de acabar con todo aquello antes de que fuera demasiado tarde.

—Eras virgen —dijo él. Ella se puso rígida al oírlo, sin poder evitarlo—. Ojalá lo hubiera sabido —añadió, acariciándola para aliviar su tensión.

—¿Importa eso mucho? Sabía lo que estaba haciendo —dijo ella, forzando una sonrisa.

—Tu padre se equivocó. Vales mucho más de lo que él te dio.

—¿Cómo lo sabes? Nunca hubiera creído que Alice te lo dijera. Era nuestro secreto.

—No fue Alice. Quería saberlo, así que hice unas cuantas averiguaciones.

—¿Cuándo? ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Qué has descubierto?

—Que se negó a reconocerte como hija suya. No quiso saber nada de ti. Y aún así conseguiste superarlo.

A Bella no le gustaba mirar atrás. Había aprendido que era un pasatiempo inútil.

—Mi madre intentó sacarle dinero cuando se quedó embarazada y también cuando yo nací —dijo, preguntándose si de verdad Edward quería oír aquello—. No lo consiguió y me dejó en un orfanato. Cuando cumplí los once años, decidí que ya había tenido bastante de esa vida. Localicé a mi padre y lo amenacé con publicar en la prensa sus pruebas de ADN si no me sacaba del orfanato.

—Debería haberte aceptado —dijo Edward, visiblemente dolido—. Te lo debía.

—Él no me quería ni tampoco yo a él. Le exigí que me pagara un colegio interno y mis gastos. Nada más. No quería su negocio ni su compasión —se apoyó en un codo y acarició el rostro de Edward por el consuelo que le producía tocarlo—. Ahora sé que mis amenazas no lo asustaron más que las de mi madre. Tal vez pensó que tenía agallas, no lo sé, pero el caso es que accedió a correr con mis gastos con tal de que me mantuviera lejos de él. El trato me pareció perfecto.

—Se equivocó —dijo Edward—. Si hubiera sabido lo que se perdía, lo habría lamentado más que nada. Yo sólo me he perdido cuatro años de Tony y Matt, pero me siento como si hubiera perdido toda una vida.

—¿Lo dices en serio, Edward? Creía que no te importaban, que querías separarte de ellos.

—Supongo que también pensabas que nunca me importó Alice —dijo él con voz amarga.

—No, nunca pensé eso —respondió ella sinceramente. Desde el principio había visto que Edward quería a su hermana y lo mejor para ella.

—Dejemos el tema, ¿de acuerdo? —propuso él—. Disfrutemos del momento.

—¿Como si fuera el único? —preguntó ella, que ya había empezado a retirarse emocionalmente. Sólo Dios sabía lo doloroso que sería no estar con él—. No encajo muy bien en tu mundo, ¿verdad?

—¿Tenemos que hablar de eso ahora, Bella? —preguntó él, poniéndose tenso.

—No hay nada que hablar —dijo ella con una sonrisa, y se alejó de él—. Soy yo, no tú. Nunca podremos estar en la misma habitación sin discutir.

—No es así. Me gusta cómo eres —dijo él, pero sus palabras sonaron superficiales.

—¿En serio, Edward? ¿Te gusta mi ropa extravagante, mi pelo descuidado y mi manía de decir siempre lo que pienso? —le preguntó. El silencio de Edward fue muy revelador, y Bella sintió que se desmoronaba por dentro, pero aun así sacó fuerzas para mantener la compostura—. Hemos tenido esto, que ya es más de lo que esperaba tener, y no me arrepiento por ello. Creo que tú eras la persona indicada para mi primera vez. Y tal vez ahora que ha sucedido, pueda seguir adelante.

—Están los niños y tu amistad con Alice —se apresuró a decir Edward—. No podemos permitir que lo sucedido cambie las cosas. Creo que deberíamos hablar de esto y ver adonde nos dirigimos.

Ella soltó una triste carcajada.

—No nos dirigimos a ninguna parte, Edward. Todo ha terminado.

Si él aún no lo sabía, ella sí. No eran compatibles. Se levantó de la cama, recogió su ropa y se dirigió hacia la puerta.

—Yo sólo soy la niñera, nada más. Buenas noches, Edward. Gracias por hacerme ver cosas de mí misma que había estado ocultando. Ya era hora de sacarlas a la luz.