HELP ME NIGGAS. O0O Dios, voy tan estresada últimamente que si no fuera porque ya tengo los capis hechos no sacaría tiempo ni para subirlos. Y bueno creo que a todos nos emocionó el besito fugaz del anterior capítulo xD Kisaragi Seki, isa y Mi-chan son buenas pruebas de ello jajaja En serio casi me muero de la risa con vuestros reviews y porque os quiero mucho he aquí un dato que os hará feliz: solo faltan tres capis más para que tengáis vuestro lemmon *O*

BTW: lo próximo que actualice será de nuevo Corazón de tinieblas :D que parece que por fin he vuelto a cogerle el hilo!

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

~A woman is like a tea bag. You can't tell how strong she is until you put her in hot water.~

Eleanor Roosevelt.

El Cuervo se puso en pie pasados más de cinco minutos. Sentía un ligero dolor en la parte derecha de la espalda pero sobre todo se sentía confuso.

Crook que seguía junto a su cara no le dijo nada ni cuando se posó en su hombro. Recogió espada y puñal y agarró una antorcha; el corazón le dio un vuelco al pensar que Claude estaría esperándole para mostrarle la salida. Pero no. Fuera de la Cámara de los Reyes no había nada más aparte de oscuridad. Resopló entre aliviado y fastidiado, pensando que ahora tendría que buscar la salida por su cuenta, cuando un tintineo empezó a oírse cada vez más cerca.

Por el oscuro camino apareció Djali, la cabrita mascota sujetando una vela por la base de metal en que estaba colocada. Se paró frente a ellos y dio un pequeño balido entre dientes moviendo la cabeza. Los cuervos se miraron entre ellos y la siguieron.

Djali caminaba con gracia a paso ligero, muy segura de a dónde iba a juzgar por como ni vacilaba a la hora de torcer esta o aquella esquina. Cuando ya llevaban unos minutos siguiéndola el Cuervo pudo oler el aroma de la sal y el ruido de olas al estrellarse contra la roca. Por fin se vio luz al final de la oscuridad y apareció una obertura redonda con barrotes llenos de óxido. Los barrotes de en medio estaban doblados hacia los otros para dejar un hueco por el que salir. Djali se hizo a un lado y movió enérgicamente la cabeza señalando el hueco. El Cuervo la miró antes de comenzar a sacar las piernas.

La salida daba más allá del puerto, donde las olas rompían contra la muralla que protegía Oris entre el puente levadizo y el puerto. Las rocas resbalaban debido al agua que salpicaba pero no estaban tan bajas como para que la marea llegase hasta ellas. Djali asomó la cabeza entre los barrotes y baló en señal de despedida o de advertencia para que no volviera.

-Gracias cabra de mierda.—le contestó el Cuervo. La cabrita baló de nuevo y desapareció de nuevo.

Con cuidado fue pasando por entre las rocas, descendiendo hasta que dio con un punto en que era obligatorio saltar hacia delante para salir. Pues yendo hacia el lado comenzaba el foso de entrada a la ciudad. Sin embargo el salto era pequeño pues había un saliente en cada parte que acercaba los dos puntos. Dio un salto y ascendió sujetándose de las raíces de los árboles y las rocas. Crook lo esperaba al final de la subida.

Cuando llegó arriba vio la entrada a Oris algo alejada. Entonces comprendió por qué había salido por ahí. Claude había hecho correr el rumor de que él había salido de la ciudad en pos de una pista falsa, así que lo más lógico era que volviese a aparecer fuera. Se apoyó en el tronco nudoso de un árbol y acarició la empuñadura de Devora Almas con una mano llevándose la otra a la boca, tocándose el labio inferior con la yema de los dedos.

-¿Amo?pregunta Crook viéndole tan pensativo.

-No es nada Crook, volvamos.

-/-/-/-/-/-/-/-/-

Lan Mao sintió que el mundo volvió a respirar cuando vio venir corriendo hacia ella a Djali. La abrazó y le arregló el lazo del cuello con mimo. Cuando Claude volvió del laberinto a él también lo abrazó y besó, pero luego le empujó cuando le dijo que había mandado a Djali a que le enseñase la salida al Cuervo.

La chica había estado preocupada de que ese 'pajarraco' pudiera hacerle algo a su amiga. Hasta le habría gustado ir ella misma. Guiándole a oscuras habría sido fácil acabar con él.

Charivari ya estaba más tranquilo ahora que el Cuervo se había ido. Las madres volvían a dejar más libres a sus pequeños en lugar de tenerles el ojo echado a cada segundo y los hombres ya no estaban tan tensos. Incluso a Smile le había mejorado el ánimo. Pero a ella no. No hasta que lo viese bien lejos de Oris. Y sabía que Claude le ocultaba algo.

Cuando su hermano volvió se lo pudo ver en la cara. Escondía algo que seguramente había pasado cuando se fue por última vez con él.

Las semanas que el Cuervo había estado allí abajo Lan había decidido alejarse. No soportaba ver a su hermano cerca del que iba a ser su verdugo. Y lo peor era que al ojidorado no parecía importarle, sino más bien al contrario; lucía tranquilo y hasta cómodo con el mercenario a su lado. Y ella no era capaz de discernir por qué. Djali baló con alegría al ver a Undertaker pasar. Al sepulturero le gustaba rascarla entre los cuernos mientras le daba algo de sal.

-Djali bonita, cuando crezcas tendrás las ubres más grandes que las tetas de cualquier mujer.—le decía acariciándole detrás de las orejas. Normalmente Lan Mao le habría replicado sus comentarios groseros pero como esta vez estaba callada el peligris la miró.—¿Os ocurre algo, princesa? Estáis muy callada.

Lan frunció los labios y no contestó. Undertaker se puso en pie y se puso a su lado, apoyándose en la pared con tranquilidad.

-¿Preocupada aún por vuestro hermano?—la chica desvió un poco la mirada—El Cuervo ya se ha ido; si es listo se alejará de Oris mientras aquí le consideren muerto, aún si le supone perder la recompensa.

-¿Y si no?

-Pues no habrá de otra más que matarle de una vez por todas.

-Claude no querrá.—replica con voz queda—Ya le ha salvado una docena de veces e incluso le ha dejado marchar. ¿Por qué aceptaría a la decimotercera?—Undertaker se queda callado, no sabiendo muy bien qué decir para consolar a la muchacha, pero ella sigue hablando—¿Por qué no se deja ayudar?

-Oh, me recuerda a alguien que conocimos hace diez años.—Lan Mao se le queda mirando dubitativa hasta que él le devuelve la mirada sonriente.

-No es lo mismo.

-Tal vez no.—reconoce escurriéndose en la pared para tomar asiento en el suelo, Lan lo imita y se sienta a su lado con Djali entre los dos—¿Recuerdas cómo llegaste a Oris?

Lan Mao asiente. Cómo se iba a olvidar de todo eso. Ni aunque pasasen mil años podría olvidarlo.

Llegó metida en una jaula con paja. Como un animal atada por grilletes a los barrotes. Cuando se la llevaron de su casa, su auténtico hogar, pensó que vería cosas maravillosas y mágicas pero cuando le cambiaron sus prendas suaves por aquel sayo áspero y sucio y la metieron en la jaula supo que se había equivocado. Lloró. Lloró mucho incluso mientras vomitaba lo poco que comía por culpa del incesante bamboleo del barco.

Dejó de llorar cuando el capitán del barco en que la habían metido, un hombre de su misma tierra, le dio tal paliza que no pudo moverse un día entero. Incluso mientras la golpeaba sonreía con esa línea dibujada en su cara y los ojos entrecerrados, diciéndole que no valía nada, que sus padres la habían vendido como quien vende un fardo de harina. Pero que a comparación la harina era más valiosa.

"Ya no vales nada como ser humano. Eres mercancía en este barco y cuando atraquemos al otro lado del continente serás vendida como tal. Por lo menos da gracias de seguir siendo doncella, si no sí que no valdrías ni una moneda."

Se le secaron las lágrimas y ya no soltó ni una más. Incluso dejó de sentir los mareos tras pasar más de medio mes de travesía. Donde la habían metido era la bodega de carga y Lan sólo podía contar los días cuando veía al cocinero de a bordo bajar una vez al día a por lo que le haría falta para las comidas del día.

Los marineros le daban miedo. Si alguno bajaba de casualidad siempre le decían cosas horribles sobre el futuro que le esperaba siendo la mascota de algún rico o peor su concubina particular. Uno gordo siempre le decía que ella sólo serviría para mono de circo y una vez que le metió un plátano entre los barrotes para burlarse de ella, Lan se lo quitó y espachurró contra un ojo. Él le dio una patada a los barrotes y a una caja cercana, a la que se le abrió una pequeña brecha. Supuso que se lo habría dicho al capitán cuando se oyeron risas estruendosas desde cubierta.

La sensación de haberse podido revolver le insufló algo de ánimo a su mustio corazón. Y se juró salir de ahí. Cuando atracaran escaparía de algún modo y por la noche le prendería fuego a la nave, pero primero buscaría al capitán para vengarse de la paliza. Se sonrió satisfecha. Estiró los brazos por fuera de la jaula y se pinchó con una astilla de la caja agrietada. Se chupó la herida y con curiosidad escarbó hasta hacer la brecha lo bastante grande como para que le cupiera la mano.

Dentro de la caja había de todo. Desde pieles de tigre hasta pequeñas esculturas de jade. Pero a Lan Mao le llamó la atención lo único que se podía sacar por el hueco. Un puñalito labrado con filigranas de oro y cuya empuñadura era un dragón imperial. Lo observó embelesada a través de la poca luz que se colaba entre las rendijas de la madera. Lo apretó y decidió quedárselo, ésa sería su arma, su instrumento de escape. Así que lo ocultó como bien pudo.

Los días se le hicieron cada vez más largos esperando su oportunidad. Hasta que por fin oyó campanas y voces que anunciaban tierra. Oyó pasos por cubierta, pasos metálicos que decían cosas en un idioma desconocido para ella, también escuchó al capitán hablando en esa misma lengua con tono disconforme. Juntó las manos ansiosa de por fin poder salir, pero pasaron las horas y no pasó nada. Cuando le bajaron el pobre plato con la cena se dejaron la puerta abierta y Lan Mao escuchó las conversaciones de la tripulación.

Decían que no podían desembarcar, que los malditos guardias no daban permiso hasta que fuera de día y ellos habían llegado con las últimas luces. También escuchó algo de unos bandidos que asaltaban barcos recién llegados. Los guardias los llamaron gitanos.

Lan Mao se estrechó a sí misma deseando que fuese ya mañana. Se recostó sin probar bocado y cerró los ojos. No se había dormido aún cuando escuchó el capitán bramar que se bajaba del barco, que quien lo sacase de entre las piernas de una prostituta conocería el filo de su espada. Detrás de él se fue más gente a juzgar por el ruido de pasos. "Por lo menos no estará hasta mañana", pensó antes de dormirse.

No supo cuánto había dormido ni qué hora sería cuanto se oyeron golpes sordos arriba. Y algo que bajó rodando las escaleras de cubierta y se chocó contra uno de los cañones de estribor. Plop. Entre las rendijas, cerca de su jaula, cayó una gotita y luego otra y otra. Lan estiró la mano y recogió la gota con los dedos, acercándosela a la nariz para olerla. Estaba caliente y más espesa que el agua. Cuando la puerta de la bodega se abrió de golpe y entró luz de luna pudo ver que se trataba de sangre.

Su propia sangre se le heló cuando vio bajar a un grupo de hombres armadas con puñales, espadas cortas y curvas amparados en lo oscuro. Instintivamente se echó hacia atrás hasta chocar con los barrotes y se quedó quieta. No entendía nada de lo que decían pero a ella no la advirtieron hasta que inspeccionaron el resto del contenido de la bodega. Uno exclamó algo y todos fueron a curiosear. Lan Mao los miró con desconfianza y miedo. Esos no se parecían a la gente de su tierra. Todos o casi todos eran morenos y vestían de manera peculiar. Empezaron a hablar entre ellos señalándola, excepto el más joven que se quedó callado mirándola con curiosidad. Era apenas un niño con unos ojos muy brillantes, Lan pensó que no mucho mayor que ella pero como se había quedado tan delgada podía pasar por alguien de menos edad.

Una voz de mujer sonó impetuosa y presurosa desde cubierta. Los hombres se encogieron de hombros y le dedicaron una mirada como de soslayo. Le dijeron cosas que sonaban a preguntas, pero Lan no entendía ni media por lo que se quedó callada. La mujer se escuchó de nuevo y ellos se levantaron, vacilaron un poco pero comenzaron a irse; todos excepto el niño de ojos brillantes. Él le dijo algo y se fue derecho a una de las cajas abiertas y desparramadas. Esa apenas la habían tocado pues sólo contenía armas de hierro como mazas, martillos y puntas de flecha. El chico agarró una maza la mitad de grande que él y fue hasta su jaula. Lan pegó un grito cuando le vio abalanzarse con la maza en las manos contra el hierro de su prisión. Hubo un ruido estrepitoso. Lan, que había cerrado los ojos, los abrió y vio al chico golpear con fuerza el candado que la mantenía encerrada; al tercer golpe el candado cayó roto al suelo y la puerta se abrió. Él le extendió la mano.

Lan Mao estaba demasiado asustada e impresionada para moverse y simplemente tembló. El chico la apremió haciéndole gestos con la mano pero como ella no se movía entró en la jaula y la agarró de la mano. A tirones la sacó de la bodega. El aire fresco y salado le llenó los pulmones e incluso la luz de la luna y la lejana de los faroles se le hizo deslumbrante. Fue un tumulto de voces, que decían muchas cosas a la vez pero casi todas la señalaban a ella. La mujer que gritaba se alzó entre las demás y ordenó algo de una última voz. Se vio arrastrada de nuevo pero no se debatió. Sus captores salieron del barco en todas direcciones y el chico tiró de ella para bajar a tierra, pero de lejos se veían venir luces de antorchas que parecían fantasmas; entonces él la empujó por la borda.

Lan Mao cayó al agua casi sin darse cuenta. Hasta que el sabor a sal le llegó a la lengua no empezó a bracear como loca para intentar salir. Vio al chico caer a su lado pero él pronto empezó a ascender. Maldita su suerte de no saber nadar. Se desesperó pero no conseguía avanzar. Se le mezclaron las lágrimas con el agua salada pensando que en lugar de escapar encontraría la muerte entre las frías aguas de un lugar desconocido. Dio una última bocanada y se desmayó. Sólo pudo sentir que la agarraban de los brazos y tiraban, ni idea de si arriba o hacia abajo.

Despertó vomitando agua cuando le comprimieron la barriga y el pecho. Tosió con fuerza y trató de incorporarse. Unas manos delicadas la sujetaron por la espalda para ayudarla. Lan se vio rodeada de varias personas, entre ellas estaban el chico de ojos brillantes y la mujer que gritaba. Las manos eran de ella. Le preguntó algo con una voz dulce y maternal que Lan Mao no entendió. Sin saber por qué se puso a llorar con desconsuelo. La mujer la achuchó, le acarició la mata de pelo negro y se marchó llevándose a todos. Lan lloró durante muchos minutos, ya sólo sollozaba cuando asomó de nuevo el chico que la sacó de la jaula. Se acercó a ella y se sentó de frente en la cama en que la habían metido, comenzando a decirle un montón de cosas. Lan negó con la cabeza y él se quedó pensando, entonces cambió de idioma pero ella negó otra vez. Él frunció los labios y se acercó un poco más. Lan se echó hacia atrás chocándose con el cabezal de la cama, el chico se rió y dijo algo más. Levantó un poco las manos, flexionando los brazos hacia dentro, y cerró los puños con suavidad.

Un escalofrío recorrió la espina de la chica al rememorar la paliza que le dio el capitán.

-Claude.—dijo él dándose un golpecito en el pecho con los puños. Lan se lo quedó mirando—Claude.—Repitió más sonriente. ¿Sería ese su nombre? Se preguntó Lan Mao abriendo y cerrando la boca. El chico se lo tomaría como un intento de respuesta porque trató de cogerle la mano. Pero el miedo aún reciente sacudió a Lan Mao, que se apartó y rebuscó en el sayo que aún llevaba puesto sacando el puñalito y clavándoselo al chico en el pecho. Fue algo impulsivo, un reflejo producto del miedo.

El chico emitió un sonido ahogado y se cayó sobre la ropa de la cama agarrando la empuñadura del arma blanca. Las sábanas empezaron a ensangrentarse. Lan Mao no fue capaz de salir corriendo, se quedó mirando cómo su salvador se desangraba por la herida y un millón de cosas se le pasaron por la cabeza, pero todas se le esfumaron cuando empezó a gritar con tanta fuerza que se oyó retumbar.

Fue un grito lastimero y angustiado. De tanto que gritó llegó a pensar que se le podía quebrar la garganta. Cuando empezó a llegar gente atraída por sus gritos a ella se le habían puesto los ojos en blanco, y un fino hilo transparente le pendía de la comisura del labio. Cuando vio a la mujer que gritaba aproximarse totalmente acelerada el mundo se le hizo oscuro.

Un aroma cítrico mezclado con especias se le metió en la nariz haciéndole cosquillas, estornudó sonoramente y abrió los ojos.

-Salud.le dijo alguien con una risita ahogada.

-Gracias.contestó ella. Deteniéndose a procesar un segundo que le habían hablado en su idioma. Sorprendida se incorporó y vio que estaba en una estancia de piedra gris llena de tapices y biombos, el suelo esta cubierto de esterillas y había farolillos colgando del techo. Ella estaba tumbada en una camilla con una camisola blanca que le llegaba hasta los pies. El chico de ojos brillantes estaba sentado en un taburete vendado en torno al pecho, a su lado estaba la mujer que gritaba y dos hombres. El primero era muy moreno pero barbilampiño, con la mandíbula cuadrada y los hombros anchos además de alto. El anciano de larga y fina barba blanca con cuatro pelos en fila sobre su coronilla andaba algo encorvado y aunque llevaba amplias túnicas de seda se le notaba flaco, al lado del otro parecía una hormiguita.

-¿Te encuentras mejor pequeña?—preguntó el anciano con una amable sonrisa—No tengas miedo, yo hablo tu lengua y ellos no te harán daño.

-Yo...Yo...balbuceó.

-¿Qué ha dicho?—quiso saber la mujer que gritaba.

-Aún nada. Déjenme unos minutos a solas con ella y veré lo que puedo hacer. Pobrecilla, es pequeña y está asustada.—la mujer asintió y agarró al otro hombre llevándoselo casi a rastras. El chico no se movió del taburete. El anciano le dio una cucharada de un líquido verde y le pidió que se estuviese quieto. Después se volvió hacia Lan Mao, cogió una silla de madera vieja y se sentó al lado de la camilla.—Bueno pequeña, mi nombre es Xhi Fu y como ves somos de la misma tierra. Pero aquí todos me llaman Abuelo Limón, ten un caramelo y cuéntame cómo has acabado apuñalandole a él.—dijo con la misma voz amable señalando al chico—No tengas miedo y habla tranquila.

Le costó arrancarse pero Abuelo Limón, con palabras amables y caramelos con el mismo nombre que él, consiguió que le contase todo. Le habló de su familia, del barco, del capitán y sus golpes, de la tripulación y de la noche en que habían asaltado el barco y ella salió de la jaula. El anciano escuchó todo sin interrumpir ni una sola vez, cuando ella acabó sonrió comprensivo y le tendió un vaso de té especiado que ella se bebió con ganas. Entonces empezó a hablar él. Le dijo que quiénes habían asaltado el barco era una raza de personas llamadas gitanos, que la mujer gritona era su reina y el chico de ojos brillantes estaba intentando enseñarle su nombre cuando lo atacó. Les habló bien de ellos, diciéndole que se les adjuntaba peor fama de la que merecían y que no tenía por qué temer de ellos.

En ese momento una chica morena entró al consultorio cargada de frascos de colores. Los dejó al lado del Abuelo Limón y la miró de arriba abajo con ojos penetrantes, tanto que Lan se encogió.

-Hannah, prepara más jarabe para Claude. Cuando la herida le vuelva a doler lo necesitará.

-Entendido maestro.

-Abuelo ¿qué le está contando?—quiso saber el chico. El anciano sonrió mostrando los dientes pequeños y muy blancos.

-Tranquilo, cuando acabe os lo contaré todo.

Y así fue. Durante más de cinco meses Lan Mao se quedó con el Abuelo Limón con el beneplácito de la mujer gritona, que el Abuelo le dijo que se llamaba Anna. El Abuelo Limón era curandero; como ella había sido llevado a Oris, la ciudad en que se encontraba, para ser vendido como esclavo. Llegó de niño y consiguió la libertad ya siendo un hombre maduro al morir su dueña, que le concedió el indulto en su lecho de muerte. Como no tenía sitio al que ir decidió quedarse en la ciudad y desarrollar el oficio de curandero y sanador y así había seguido hasta la fecha. La chica morena era su aprendiza y el anciano decía que algún día llegaría a superarle, él la llamaba Ojos de Brujo pero en realidad su nombre era Hannah.

Mientras estuvo con él Lan Mao aprendió muchas palabras del idioma que se usaba en aquella tierra. El Abuelo Limón la enseñaba y muy de tarde en tarde lo hacía Hannah, que siempre la cartografiaba con la mirada antes de empezar a hablarle. Lan pensaba que le caía mal y cuando se lo comentó al Abuelo éste se echó a reír.

-Hannah no es tan dura como quiere aparentar.—le dijo en lengua común.

-¿Aparentar?

-Sí, digo que aunque te parezca seria no le caes mal. Es simplemente que—el anciano se apegó a su oreja y cambió el habla por el oriental— es algo resentida y Claude siempre le ha gustado un poquito. No te preocupes que se le olvidará que le pinchaste con el puñal.

Lan Mao también quería saber acerca de ese chico. Todos los días le preguntaba al anciano por él y por qué querría él salvarla. El Abuelo sonreía y le decía que se lo tendría que preguntar ella misma. Y un día cuando él volvió a que el anciano le quitase los puntos ella se acercó tímida y sonrojada apretándose y retorciendo el delantal que llevaba sobre el vestido. Con su acento torpe y meditando las palabras correctas le pidió perdón por hacerle daño. Él la miró inexpresivo y por un momento Lan Mao se temió que no la fuera a perdonar sino a odiar toda la vida, pero finalmente esbozó una media sonrisa satisfecha y movió la mano restándole importancia.

-No pasa nada, soy duro de pelar.

A partir de entonces Lan comenzó a hablar también con él. Claude era agradable pero no muy dado a sonreír, su voz siempre era tranquila y modulada y tenía una paciencia infinita repitiéndole las veces que hiciera falta la palabra que no llegase a comprender. De él aprendió muchas cosas y conoció Charivari.

Un día Claude le contó por fin de sí mismo. Le dijo que tenía once años, se llevaban tres, y que el hombre barbilampiño era su padre, pero que a su madre no la conocía. Que dentro de poco comenzaría a recibir instrucción para no sé que cosa sucesoria y que le gustaba practicar con la espada y las arañas. Lan Mao puso gesto de asco con esto último, pero él se rió y atrapó una especialmente gorda de una telaraña. Ella estuvo a punto de salir corriendo cuando él se la dejó en el dorso de la mano pero en lugar de eso se quedó quieta como una estatua haciéndose la valiente.

En otra ocasión le preguntó por qué la había sacado de la jaula. Él se encogió de hombros y contestó que fue un impulso porque le dio lástima. Se sintió medio agradecida y medio ofendida de su compasión así que le propinó una patada que él esquivó de un salto. Desde entonces Claude comenzó a llamarla Avispa por su mal genio.

Después de eso recordaba que el Abuelo Limón enfermó de vejez y ella acabó viviendo entre los gitanos. Anna, la reina gritona, le ofreció quedarse con ella pero Lan lo meditó y rememoró lo que el Abuelo Limón le dijo: "Cuando yo no esté, ve con Claude. Él cuidará de ti como hizo cuando te salvó." Así que decidió irse con Claude y su padre, que acabaron convirtiéndose en su padre y hermano, su familia.

-¿Princesa?

-Ah no es nada Undertaker. Me he quedado pensando en el pasado.

-Yo recuerdo cuando érais una chiquilla cometiendo trastadas por Charivari.

-Claude me enseñó. Las culpas a él.—suspiró—Desearía que fuéramos niños otra vez. Así no estaríamos viviendo nada de esto.

-El tiempo pasado nunca volverá.—filosofiza Undertaker tironeando con cariño de los cuernos de Djali—Pero el futuro está en nuestras manos.

Lan se queda callada unos segundos, pensando. Hasta que se levanta de un salto.

-¿A dónde vais?

-A dar un paseo. Y a tratar de encaminar el futuro.

Undertaker se sonrió y sujetó a Djali para que ésta no saliera corriendo detrás de la chica. Que diez años más cortos desde que llegó hecha una Avispa. Y ahora era una princesa, una de armas tomar. Se levantó seguido de la cabrita y fue en busca de su rey, a quien encontró tranquilamente tirado entre los cojines de su tienda. Claude no pareció advertirle a juzgar por lo metido que estaba en sus pensamientos así que el sepulturero se dio unos segundos antes de interrumpirle para ver de qué modo lo entretenía mientras su hermana estuviese fuera.

-/-/-/-/-/-/-/-/-

Beast aún lloraba de felicidad cuando Paula entró abriéndose paso entre la marea de gente que se había congregado en La Mansión. La florista había oído que el Cuervo había vuelto a aparecer así que se dirigió a la posada para comprobar si era cierto, pero no esperó encontrarla tan abarrotada.

-Pero Beast ¿qué pasa aquí?—le preguntó cuando por fin alcanzó la barra, Beast se sorbió la nariz.

-Nada. Que estaba tan feliz de que hubiese vuelto que he invitado a todos la próxima media hora.

-Ay Beast—rió Paula—, lo tuyo por ese hombre es demasiado. Y eso que él no te hace ni caso.

-Porque aún no se ha dado cuenta de lo mucho que le convengo.—replicó sonriendo gatuna—Pero en serio estoy contenta de que haya vuelto, todos le daban ya por muerto.

-¿Te ha contado algo?

-Nada. Cuando ha aparecido casi he creído estar viendo a un fantasma pero no he conseguido sacarle más de dos frases seguidas. Ahora está arriba hablando con los Tres Guardias Celestiales.

-¿Los tres? Vaya.—dijo sorprendida.

-Sí. En cuanto ha entrado por la puerta de la ciudad ellos han venido corriendo a su encuentro. Pobre capitán Phipps aún camina algo resentido pero ya no lleva bastón.

-¿Dónde crees que habrá estado tanto tiempo?

-Ni idea. Pero seguro que en ningún lugar bueno a juzgar por la cara que traía; parecía sorprendido, perdido y confuso. Su pájaro estaba más despierto a comparación, pero si su amo no habla él tampoco lo hará.

-/-/-/-/-/-/-/-/-

-Entonces señor Cuervo ¿dice que en todo este tiempo no ha averiguado nada ni visto nada?

-Nada de nada.

-¿Y dónde ha estado?

-Fuera.

-¿Ni una pista sobre el rey de los gitanos?

-...

-¿Señor Cuervo?

-Ya os lo he dicho. Nada de nada.

Los Tres Guardias Celestiales suspiraron y bufaron. Llevaban casi una hora intentando sonsacarle algo con sentido al mercenario, pero éste se había cerrado en banda y no cooperaba. Grey ya barajaba la posibilidad de que le hubiesen hecho alguna brujería que le hubiese dejado 'pallá'. Brown observaba que el hombre lucía abstraído, muy metido en sus pensamientos como dándole vueltas a la cabeza. Y Phipps, que se temía que les estuviese ocultando algo, hubiese insistido pero la mirada que le dedicó el cuervo mascota le hizo desistir.

-/-/-/-/-/-/-/-/-

La luz del día se había ido hacía ya rato y la gente se recogía en sus casas. Todos cerraban las puertas con cerrojo. Las dos derrotas consecutivas del último mercenario habían minado la moral de los ciudadanos de ver atrapado al rey de los gitanos y sus bandidos. Y los guardias que habían patrullado durante un tiempo las calles de noche tras el Festival ya habían abandonado esa labor.

Uno de los pocos lugares que aún no corría el cerrojo era el templo. El portón caoba de madera maciza estaba siempre cerrado excepto en días señalados de acoger a mucha multitud; pero la portezuela tallada en la misma estaba siempre abierta. Dentro del templo olía a incienso y sebo de las velas.

El Cuervo había ido solo. Esta vez Crook no le acompañaba aunque el pájaro bien hubiese querido no alejarse de su amo. Pero el mercenario necesitaba estar a solas un rato. Contó apenas cuatro personas dentro. Una era el sacerdote recogiendo y guardando antes de irse a su celda, las otras tres eran siluetas de mujeres rezando en las primeras filas con la cabeza gacha, dos sentadas y una arrodillada. El hombre optó por sentarse atrás, en una de las bancas laterales a las que no le llegaba tanto la luz de los candelabros y que estaba a salvo de miradas indiscretas. Por lo menos en el templo se estaba en silencio.

-"Muerte, compañera, cómplice, mi amante caprichosa. ¿Cuánto hace que no te rezo?"comenzó a recitar en silencio cruzándose de brazos y de piernas, con la cabeza baja y los ojos cerrados—"Estoy hecho un lío. En estas ¿qué han sido, más de dos semanas? Has tenido oportunidad de llevárteme y cobrar todas las deudas que te debo. No te pedí aplazos y aún así aquí estoy. Vivo y con cada vez menos honor." "La lucha no me asusta, pelear es mi vida sin duda."

Entonces dejó callados hasta sus pensamientos porque una vocecita en su cabeza le hizo una réplica acusadora. ¿Entonces por qué dudas ahora, eh? ¿Por qué no les has contado que has estado en Charivari, que conoces el modo de entrar y que el rey de los gitanos en lugar de matarte...?

-"Me besó."Terminó en su mente. Tragó saliva no sabiendo qué cara poner frente al recuerdo del joven herrero acercándose a él hasta...hasta...—"Mierda. ¿Pero cuál es su problema?"

Cualquier hombre joven estaría deseando enredarse en las faldas de una mujer, que cuanto más pecho tuviera mejor, y si ya estaba entrenada en la materia era la guinda del pastel. Pero ése imberbe imbécil va y lo besa a él ¡A su enemigo! El Cuervo pensó que de estar esa chica malhumorada los habría matado a los dos. Pero no él, no Claude, no el fugitivo y escurridizo rey de los gitanos. Él no había querido matarlo desde la primera oportunidad que tuvo.

Cuando regresó a Oris se le empezaron a venir a la cabeza millones de ideas disparatadas. La más plausible de todas era que Claude hubiese intentado envenenarle de esa forma. Pero el beso fue más un choque de labios que algo profundo. Tuvo un ligero estremecimiento que le hizo rechinar los dientes cuando se imaginó al otro metiéndole la lengua.

-"Se la arranco y hago tragar. Lo juro."

Ah ¿eso sí no? Volvió a susurrarle la voz. Se dio con la palma en un lado de la frente para acallarla, molesto. Entonces abrió los ojos dándose cuenta de que se había quedado solo en el templo. Bufó hastiado y se levantó a comprobar que no le hubiesen encerrado.

Cuando fue a asir de la arandela que hacía de pomo el instinto le hizo girarse. Y de no haberlo hecho un puñal bien afilado le habría acertado, pero en lugar de eso se quedó clavado en la madera hasta que su propietaria lo desclavó con rapidez mandándole otro tajo que esquivó.

-Vaya, esto sí que no me lo esperaba. Que el hermano mandase a la hermana a liquidarme.

-Él no sabe que estoy aquí, y así es mejor.—contestó venenosa Lan Mao empuñando a Aguijón, el puñalito que la había acompañado muchos años.

-Con ese puñal lo único que me vas a provocar es la risa. ¿Y qué es eso de que tu hermano no sabe que estás aquí?

Lan Mao se guarda el puñal en un cinturón que llevaba atado al muslo y agarra uno de los grandes candelabros de hierro tirándole las velas. Como si fuera un palo cualquiera lo agitó sobre su cabeza hasta blandirlo como un arma.

-He venido a ajustar cuentas contigo por mi cuenta. Ya que Claude no te matará fácilmente, lo haré yo, la princesa de los gitanos.

-¿Tú?—pregunta burlón.

-El día del Festival cuando te pateé no te reíste tanto.—contesta igual de burlona. El Cuervo entonces recuerda a la bailarina con el antifaz de mariposa. Así que era ella.—Acabemos con esto y que Dios me perdone por manchar su suelo con tu sucia sangre.

Sin decir nada más Lan Mao le ataca con el cuerpo de hierro. El Cuervo nota su peso al frenarlo con Devora Almas y se sorprende de que mujer tan pequeña tenga tan asombrosa fuerza. Se ríe.

-¡Luz de velas, intimidad, música! Qué mejor lugar para entablar un combate cuerpo a cuerpo.—le desvía un ataque y frena otro para luego dar un paso atrás—¡Peleas igual que un hombre!

-¡Anda, yo iba a decir lo mismo de ti!—responde cínica dándole un empujón con el candelabro. El Cuervo finge estar ofendido.

-¿Eso ha sido un golpe bajo, no crees?

-No. Este.—dice atacándole con la cabeza del candelabro a los pies, pero el mercenario la frena y entonces ella hace girar el pie de metal hasta dar con él en la cabeza de su adversario. El ruido que produce el golpe suena hueco entre las enormes paredes del templo. El Cuervo sacude la cabeza para espabilarse y frunce el ceño.

-Touché.—replica, entonces otro golpe directo en su abdomen lo hace contraerse.—La cabra de mierda.—exclama sorprendido a la par que adolorido. Esa cabrita estaba cogiendo la costumbre de cornearlo y eso no le hacía ni pizca de gracia.

-Pues le caes tan mal como a mí, así que imagínate.—dice Lan Mao retrocediendo un par de pasos aún con el candelabro en ristre.

-Ya lo había notado.—contesta irónico poniéndose derecho—Así no acabaremos ni mañana, chiquilla. Podemos pasarnos la noche haciéndome perder el tiempo, puedes dejarte matar o podemos irnos tan tranquilos como si nada.

-¿Te estás burlando de mí?

-¿Y tú vas a seguir hablando toda la noche? Porque me caigo de sueño.

-...—Lan Mao y Djali se intercambian una mirada inquisitiva, sopesando si verdaderamente el hombre estaba de broma.

-¿Por qué estás tan obsesionada conmigo? Es a tu hermano a quien quiero, no a ti.

-Precisamente por eso. No puedo ni pienso permitir que le hagas daño. Él me devolvió la vida y me juré a mi misma que mientras estuviéramos juntos nada malo nos habría de pasar.

-Búscate un novio de verdad y olvida esas pamplinas.—Lan Mao se sonroja y aprieta más el candelabro—Tú sola no conseguirás salvarlo ni a él ni a ti.—sentencia apuntándola con la espada. Ella aprieta los puños y frunce el ceño, el Cuervo sujeta su espada con la diestra y con la zurda gesticula—Estoy esperando chiquilla ¿te rindes o te mato?

Lan Mao no contestó y unos pasos que se arrastraban se acercaron a ellos desde la sacristía.

-¡Alto, y vos no la toquéis!

Un sacerdote muy entrado en años llegó arrastrando los pies dentro de las sencillas pantuflas y ondeando el hábito. Los ojillos pequeños eran severos y todas sus arrugas estaban fruncidas, incluso la papada estaba tensa. El anciano posó su mano en el hombro de la chica, que depositó el candelabro en su sitio.

-No te alarmes. Hombres como él aprendieron hace mucho a respetar la santidad de estos muros.

-Se equivoca de hombre.—le contestó el Cuervo. Envainó a Devora Almas y se dio la vuelta—Espero que no te me vuelvas a cruzar por estupideces, chiquilla.

A paso ligero abandonó el templo. Cuando se fue Lan Mao se dejó caer al suelo, abrazándose por la rodillas, Djali se restregó contra ella para consolarla. El sacerdote fue prendiendo las velas apagadas.

-¿Qué hacías por aquí, niña? No es sensato alimentar la ira de un hombre peligroso.

-No se preocupe por mí padre. Si el pajarraco cree que puede asustarme se equivoca.—le rasca la cabeza a Djali.

-Son valientes tus actos pero no puedes enfrentar sola a todos los peligros.—le tiende la mano para ayudarla a levantarse.

-Y ninguno querrá ayudarme, seguro.

-Bueno, tal vez haya alguien aquí que sí quiera, al menos, escuchar tus oraciones.—dijo tras reírse suavemente, dejándola sola otra vez.

Lan Mao deambuló por el templo hasta pararse frente al altar mayor. Hizo una genuflexión y se sentó en la primera banca. Djali se tumbó a sus pies. Rezó en silencio y después, también sin despegar los labios, entonó en su cabeza un himno para pedir fuerzas. Cuando acabó salió del templo, se echó una túnica que llevaba por los hombros y puso rumbo a casa de Yé ye. Las calles estaban tan desiertas que sus pisadas sonaban el doble y las pezuñas de Djali el triple. Se sintió tan sola que se puso a cantar en voz baja la canción que su padre gitano le cantaba cuando empezó a crecer. Siempre le gustó mucho esa canción, aunque nunca se sintió del todo identificada con la letra. Se llamaba 'La Descarada' y Undertaker le contó que su padre la compuso para la madre de Claude.